2 Corintios 7: Quitaos de en medio

El tema de este pasaje enlaza realmente con 2:12s, donde Pablo dice que no tuvo tranquilidad en Tróade porque no sabía cómo se había desarrollado la situación en Corinto, y que había salido para Macedonia al encuentro Tito para recibir las noticias lo más pronto posible. Recordemos otra vez las circunstancias. Las cosas habían ido mal en Corinto. En un intento para remediarlas, Pablo les había hecho una visita que puso las cosas peor y casi le rompió el corazón. Después de aquel fracaso, mandó a Tito con una carta excepcionalmente seria y severa. Pablo estaba tan preocupado con el resultado de todo aquel asunto tan desagradable que no pudo estar tranquilo en Tróade, aunque había mucho allí que se podía hacer; así que se puso en camino otra vez para salirle al encuentro a Tito y recibir las noticias lo antes posible. Se encontró con Tito en algún lugar de Macedocia, y comprobó lo desbordantemente feliz que venía, y que el problema se había resuelto, la herida se había cerrado y todo estaba bien. Ese era el trasfondo de acontecimientos que iluminan la lectura de este pasaje.

En él se nos dicen algunas cosas acerca del método de Pablo y acerca de la reprensión cristiana.

(i) Está claro que había llegado el momento en que era necesaria la reprensión. Cuando se deja pasar ese momento para mantener una paz inestable no se cosechan más que problemas. Cuando se deja desarrollar una situación peligrosa por no enfrentarse con ella -cuando los padres no imponen disciplina para evitar disgustos, cuando uno se resiste a coger la ortiga del peligro porque sólo quiere las florecillas de la seguridad-, no se hace más que almacenar disgustos. Los problemas son como las enfermedades: si se tratan a tiempo, a menudo se erradican; si no, se hacen incurables.

(ii) Aun admitiendo todo eso, lo que menos quería Pablo era reprender. Lo hacía sólo por obligación, y no se complacía en infligir dolor. Hay algunos que experimentan un placer sádico al contemplar los gestos de los que reciben los latigazos de su lengua viperina, y que presumen de ser justos cuando en realidad están siendo crueles. Es un hecho que la reprensión que se da con regodeo no es tan efectiva como la que se administra con amor y por necesidad.

(iii) Además, el único objetivo de Pablo al reprender era capacitar a esas personas para ser como debían. Mediante su reprensión quería que los corintios vieran lo profunda que era su relación con ellos a pesar de su desobediencia e indisciplina. Tal sistema podría de momento causar dolor, pero no era éste su fin último; no era dejarlos fuera de combate, sino ayudarlos a levantarse; no desanimarlos, sino animarlos; erradicar el mal, pero dejar crecer el bien.

Aquí se nos descubren también tres grandes alegrías.

(i) Todo este pasaje respira el gozo de la reconciliación, de la brecha restañada y de la pelea remediada. Todos recordamos momentos de nuestra niñez en que habíamos hecho algo que no estaba bien y que levantaba una barrera entre nosotros y nuestros padres. Todos sabemos que eso puede pasar otra vez entre nosotros y los que amamos. Y todos conocemos el alivio y la felicidad que nos inundan cuando las barreras desaparecen y nos encontramos otra vez en paz con nuestros seres queridos. El que se complace en la amargura se hace daño a sí mismo.

(ii) Está el gozo de ver que alguien en quien creemos confirma nuestra confianza. Pablo había elogiado a Tito, y Tito había ido a enfrentarse con una situación difícil. Pablo estaba encantado de que Tito hubiera justificado su confianza y demostrado que estaba bien fundada. Nada nos produce más satisfacción que el comprobar que nuestros hijos en la carne o en la fe van bien.

La alegría más profunda que pueden proporcionar un hijo o una hija, un estudiante o un discípulo, es demostrar que son tan buenos como sus padres o maestros los consideran. Una de las más dolorosas tragedias de la vida son las esperanzas fallidas, y una de sus mayores alegrías, las esperanzas que se hacen realidad.

(iii) Está el gozo de ver que se recibe y se trata bien a alguien que amamos. Es un hecho que la amabilidad que se tiene con nuestros seres queridos nos conmueve aún más que la que se tiene con nosotros. Y lo que es verdad en nosotros es verdad en Dios. Por eso podemos mostrar el amor que Le tenemos a Dios amando a nuestros semejantes. Deleita el corazón de Dios el ver que tratan amablemente a Sus hijos. Cuando se lo hacemos a uno de ellos, Se lo hacemos a Él.

Este pasaje traza una de las más importantes distinciones de la vida: la que hay entre el pesar piadoso y el mundano.

(i) El pesar piadoso produce arrepentimiento verdadero, y el verdadero arrepentimiento se demuestra por sus obras. Los corintios mostraron su arrepentimiento haciendo todo lo posible para remediar la terrible situación que había producido su insensatez. Aborrecían el pecado que habían cometido, y procuraban deshacer sus consecuencias.

(iii) El pesar del mundo no es pesar por el pecado o por el dolor que causa a otros, sino porque se ha descubierto. Si se tuviera oportunidad de hacerlo otra vez sin sufrir consecuencias, se haría. El pesar piadoso ve el mal que se ha cometido, y no lo lamenta sólo por sus consecuencias, sino aborrece la acción. Debemos tener cuidado con que nuestro pesar por el pecado no sea sólo porque se ha descubierto, sino porque vemos su maldad, y nos proponemos no hacerlo nunca más y expiarlo el resto de nuestra vida por la gracia de Dios.

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