2 Corintios 5:Gloria y juicio por venir

(iii) Y entonces aparece la nota grave. Aun cuando estaba pensando en la vida por venir, Pablo no se olvidaba nunca de que vamos de camino, no solamente hacia la gloria, sino también hacia el juicio. « Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo.» La palabra para tribunal es béma. Puede que Pablo estuviera pensando sencillamente en el tribunal del magistrado romano ante el que él había estado, o en el sistema griego de administración de la justicia.

Todos los ciudadanos griegos eran elegibles como jueces o, como diríamos ahora, para formar parte de un jurado. Cuando un ateniense era nombrado miembro de un jurado, se le daban dos disquitos de bronce que tenían un eje cilíndrico. Uno de los ejes era hueco, y ese disco representaba la condenación; y el otro era macizo, y representaba la absolución. En el béma había dos urnas. Una, de bronce, se llamaba « la urna decisiva,» porque era en ella en la que se metía el disco que representaba el veredicto. La otra, de madera, se llamaba «la urna inoperativa,» porque era donde se echaba el disco que se descartaba. Así que, al final, el jurado echaba en la urna de bronce el disco de la condenación o el de la absolución. A los espectadores les parecían exactamente iguales, y no podían adivinar cuál sería el veredicto final de los jueces. Entonces se contaban los discos y se dictaba sentencia, condenatoria o absolutoria.

Así esperaremos un día el veredicto de Dios. Cuando nos acordamos de ello, la vida se nos presenta como algo tremendamente serio y emocionante, porque en ella estamos logrando o fallando nuestro destino, ganando o perdiendo una corona. El tiempo es el campo de pruebas de la eternidad.

La nueva creación

Por tanto, es porque sabemos lo que es el temor de Dios por lo que seguimos haciendo lo posible por persuadir a las personas; pero Dios ya nos conoce totalmente, y espero que también vosotros nos llegaréis a conocer igualmente en conciencia. No estamos tratando otra vez de recomendarnos a nosotros mismos, sino de daros ocasión para que estéis orgullosos de nosotros, para que podáis responder a los que se enorgullecen de las apariencias externas y no de las cosas del corazón.

Porque, si nos hemos comportado como locos, ha sido por causa de la obra de Dios; y si como personas sensatas, ha sido por mor de vosotros. Porque lo que nos controla es el amor de Dios; porque hemos llegado a la conclusión de que, si Uno murió por todos, eso no puede querer decir más que que todos hemos muerto. Y es indudable que Él murió por todos para que los que viven no sigan viviendo para sí mismos sino para Aquel Que murió y resucitó.

En consecuencia, desde ahora en adelante no apreciamos a las personas según la escala de valores del mundo. Hubo un tiempo cuando aplicamos ese estándar a Cristo; pero ahora ya no es así como Le conocemos. Por tanto, si una persona es cristiana -es decir, está en Cristo- , ha sido creada totalmente de nuevo. Todo lo viejo ha desaparecido; y, ¡fijaos!, todo se ha hecho nuevo. Y todo esto ha sido obra de Dios, Que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación, cuyo mensaje es que Dios, por medio de Cristo, estaba reconciliando el mundo consigo mismo, no imputándole sus pecados, y nos ha confiado la proclamación de esta reconciliación.

Este pasaje continúa directamente el pensamiento del anterior. Pablo ha estado hablando de comparecer ante el tribunal de Cristo. Toda la vida mantuvo esa perspectiva a la vista. No es del terror a Cristo de lo que nos habla, sino del santo temor y reverencia que Él debe inspirarnos. En el Antiguo Testamento aparece con frecuencia la idea del temor purificador. Job habla del «temor del Señor que es la sabiduría» (Job 28:28). « ¿Qué pide el Señor tu Dios de ti -pregunta el autor del Deuteronomio, y contesta-,sino que temas al Señor tu Dios?» (Deuteronomio 10:12). « El temor del Señor -dice Proverbios- es el principio de la sabiduría» (Proverbios 1: 7; 9:10). «Con el temor del Señor los hombres se apartan del mal» (Proverbios 16:6). No se trata del miedo al castigo que puede sentir un esclavo, sino del sentimiento que puede hacer que hasta una persona insensata se abstenga de profanar un lugar santo, o que nos hace evitar una acción que sabemos que ha de quebrantar el corazón de alguien a quien amamos. «El temor del Señor es limpio» (Salmo 19:9). Hay un temor purificador sin el que no es posible vivir como es debido.

Pablo está tratando de convencer a sus lectores de su sinceridad. No tiene la menor duda de que, a los ojos de Dios, tiene las manos limpias y el corazón puro; pero sus enemigos han hecho todo lo posible para desacreditarle, y ahora quiere darles muestras de su sinceridad a sus amigos corintios. No por ningún deseo de vindicación egoísta, sino porque sabe que, si se pone en duda su sinceridad, se dañará el impacto de su mensaje. El mensaje de una persona se escuchará siempre en el contexto de su carácter. Por eso tienen que estar libres de toda sospecha los pastores y los maestros. Tenemos que evitar, no sólo el mal, sino todo lo que se le parezca, para que nada haga que nadie piense mal, no de nosotros, sino del Evangelio que predicamos o enseñamos.

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