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2 Corintios 4: Ceguera espiritual

Pastor Lionel

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El gran proyecto del pantano de Dam llevó la fertilidad a muchas zonas de América que antes habían sido desiertos. En su construcción fue inevitable el que algunos perdieran la vida. Cuando se completó el pantano, se puso en uno de sus muros una lápida con los nombres de los obreros que habían muerto en la empresa, que acababa con esta inscripción: «Estos murieron para que el desierto se pudiera regocijar y florecer como la rosa.»

Pablo pudo soportar todo aquello porque sabía que no sería un sacrificio inútil, sino que serviría para llevar a otros a Cristo. Cuando una persona tiene la convicción de que todo lo que le sucede está dentro del plan de Dios y forma parte de la causa de Cristo, es capaz de hacerlo y de sufrirlo todo.

El secreto de la resistencia

Esa es la razón de que no nos rindamos. Pero, por supuesto: si nuestra armazón exterior se va desgastando, nuestra personalidad interior se renueva de día en día. Porque la leve aflicción que tenemos que soportar de momento nos reporta, de una manera que es imposible exagerar, un peso eterno de gloria, en tanto en cuanto no demos una importancia suprema a las cosas que se ven, sino alas que no se ven. Y es que las que se ven son pasajeras, mientras que las que no se ven son eternas.

Aquí expone Pablo el secreto de la resistencia.

(i) A lo largo de toda la vida es inevitable que la fuerza física de la persona se vaya desgastando; pero también a lo largo de toda la vida debe seguir creciendo y fortaleciéndose el alma. Los sufrimientos que dejan a una persona con un cuerpo debilitado puede que contribuyan a fortalecer los tendones de su alma. La oración del poeta era: «Hazme crecer en simpatía como crezco en edad.» Desde el punto de vista físico, la vida es un lento pero inevitable deslizamiento ladera abajo hacia la muerte; pero, desde el punto de vista espiritual, la vida es una constante escalada de la colina que conduce a la presencia de Dios. Nadie tiene por qué temer a los años; porque le acercan, no a la muerte, sino a Dios.

(ii) Pablo estaba convencido de que lo que tuviera que sufrir en este mundo sería insignificante en comparación con la gloria que disfrutaría en el mundo venidero. Estaba seguro de que Dios nunca quedaría en deuda con la humanidad. Alistair Maclean, pastor y padre del autor de H. M. S. Ulyses y otras obras, cuenta de una anciana de las Highlands de Escocia que tuvo que ausentarse del aire puro y de las aguas azules y las colinas purpúreas para vivir en los suburbios de una gran ciudad. Seguía viviendo cerca de Dios, y un día dijo: «Dios me lo compensará, y me dejará ver las flores otra vez.»

En Christmas Eve -Nochebuena- , Browning escribe la historia de un mártir, tomándola de la tablilla de un cementerio cristiano antiguo: Nací débil, y no teniendo nada, un pobre esclavo; pero la miseria no podía guardarnos de la envidia del César a los que Dios había dado en Su gracia la perla de gran precio. Por tanto, con las fieras en el circo luché dos veces, y otras tres sus leyes crueles sobre mis hijos se ensañaron. Pero, por fin, mi libertad obtuve, aunque tardaron en quemarme vivo. Entonces una Mano descendió, y sacando mi alma de las llamas la condujo de Cristo a la presencia, a Quien ahora veo en plena gloria. Mi hermano Sergio es el que ha escrito en la pared este mi testimonio. En cuanto a mí, ya lo he olvidado todo. Los sufrimientos de la Tierra se olvidan en la gloria del Cielo.

Es una hecho evidente que, en toda la historia evangélica, Jesús nunca predijo Su muerte sin predecir al mismo tiempo Su Resurrección. El que sufra con Cristo compartirá Su gloria. Dios ha comprometido Su honor en esta promesa.

(iii) Esta es la razón por la que debemos fijar nuestra mirada, no en las cosas que se ven sino en las que no se ven. Las cosas que se ven, las de este mundo, duran un tiempo y dejan de ser; las cosas que no se ven, las del Cielo, permanecen para siempre.

Hay dos formas de considerar la vida. Podemos verla como un lento pero inexorable viaje cada vez más lejos de Dios. Wordsworth, en su Oda sobre las intuiciones de la Inmortalidad, expone la idea de que, cuando nace un niño, trae en la memoria los recuerdos del Cielo, que va perdiendo paulatinamente a medida que va creciendo: Dejando una estela nebulosa de gloria a este mundo venimos de Dios, que es nuestro Hogar.

Pero las sombras de la cárcel empiezan a cerrarse en torno del muchacho conforme va creciendo. Y el hombre acaba por estar tan encasillado en la Tierra que olvida el Cielo.

El mismo sentimiento expresaba Gaspar Núñez de Arce en su oda Tristezas: Cuando recuerdo la piedad sincera con que en mi edad primera entraba en nuestras viejas catedrales, donde postrado ante la Cruz de hinojos, alzaba a Dios mis ojos, soñando en las venturas celestiales; hoy, que mi frente atónito golpeo, y con febril deseo busco los restos de mi fe perdida, por hallarla otra vez, radiante y bella, como en la edad aquella, ¡desgraciado de míl, diera la vida. ¡Oh anhelo de esta vida transitoria! ¡Oh perdurable gloria! ¡Oh sed inextinguible del deseo! ¡Oh Cielo, que antes para mí tenías fulgores y armonías, y hoy tan oscuro y desolado veo! Ya no templas mis íntimos pesares, ‹ya al pie de tus altares como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino, y errante peregrino entre tinieblas desespero y dudo.

Esa es nuestra suerte cuando pensamos sólo en las cosas que se ven. Pero hay otra manera de vivir. El autor de Hebreos decía de Moisés: «Se mantenía como si viera al Que es invisible» (Hebreos 11:27).

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