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2 Corintios 4: Ceguera espiritual

Pastor Lionel

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Todo lo que nos sucede es para vuestro bien, para que la gracia abunde más y más y haga que la acción de gracias que se eleva de muchos abunde todavía más para la gloria de Dios.

Pablo empieza este pasaje expresando la idea de que podría ser que los privilegios que disfruta un cristiano le movieran al orgullo. Pero la vida está diseñada para mantenernos libres del orgullo. Por muy grande que sea su gloria, el cristiano vive todavía al nivel mortal, y es víctima de las circunstancias; está sujeto todavía a los azares y avatares de la vida humana, y a la debilidad y el dolor que conlleva un cuerpo mortal. Es como un cacharro de arcilla, frágil y sin ningún valor, en el que se ha guardado un tesoro valiosísimo. Ahora se habla mucho del poder de la persona y las grandes fuerzas que controla; pero lo más característico de la persona humana no es su poder, sino su debilidad. Como decía Pascal: «Una gota de agua o un soplo de aire la pueden matar.»

Ya hemos visto lo grandioso y glorioso que era el triunfo de un general romano. Pero había dos ingredientes diseñados para librar del orgullo al general. Lo primero era que, cuando iba en la carroza con una corona por encima de su cabeza, la gente no sólo gritaba sus vítores sino también, de vez en cuando, «¡Mira detrás de ti y recuerda que eres mortal!» Lo segundo era que al final del desfile llegaban sus mismos soldados y hacían dos cosas mientras desfilaban: cantaban canciones en honor de su general, pero también burlas e insultos para que no se enorgulleciera más de la cuenta.

La vida nos ha cercado de debilidad, aunque Cristo nos ha rodeado de gloria, para que tengamos presente que la debilidad es cosa nuestra y la gloria es de Dios, y reconozcamos nuestra absoluta dependencia de Él.

Pablo prosigue describiendo en una serie de paradojas esta vida cristiana en la que nuestra debilidad se mezcla con la gloria de Dios.

(i) «Estamos atacados por todas partes, pero no acorralados.» Estamos sometidos a toda clase de presiones, pero no estamos nunca tan arrinconados que no tengamos salida. Es característico del cristiano el que, aunque su cuerpo esté confinado en alguna circunstancia angustiosa, su espíritu siempre puede volar libremente por los espacios de Dios en comunión con Cristo.

(ii) «Perseguidos por los hombres, pero no abandonados por Dios.» Una de las cosas más notables en los mártires es que, aun en medio de los más terribles sufrimientos, gozaban de la dulce presencia de Cristo. Como decía Juana de Arco cuando la abandonaron los que deberían haberle sido fieles: « Es mejor estar sola con Dios. Su amistad nunca me fallará, ni Su consejo, ni Su amor. En Su fuerza osaré, y osaré, y osaré hasta la muerte.» Como decía el salmista: «Aunque me abandonaran mi padre y mi madre, el Señor me recogería» (Salmo 27:10). Nada puede alterar la fidelidad de Dios.

(iii) «Desbordados, pero no desesperados.» Hay momentos en los que un cristiano no sabe qué hacer; pero, aun entonces, no duda de que algo se puede hacer. Hay veces cuando no puede ver muy bien hacia dónde va la vida, pero no pone en duda que va hacia alguna parte. Si tiene que «lanzarse al oscuro y tremendo mar de nubes,» sabe que saldrá con bien. Hay veces en que un cristiano tiene que aprender la lección más difícil de todas, la que Jesús aprendió en Getsemaní: a aceptar lo que no puede comprender, pero decir: «Señor, Tú eres amor. Sobre eso edifico mi fe.» Podemos estar derribados, pero no destruidos, porque entonces, tal vez más que nunca, Cristo está con nosotros.

(iv) «Sobre la lona,, pero no fuera de combate.» La suprema característica del cristiano no es que no puede caer, sino que siempre que cae se levanta otra vez. No es que no acuse los golpes, sino que no es nunca derrotado definitivamente. Puede que pierda una batalla, pero sabe que, a fin de cuentas, no puede perder la guerra. Browning describe en sus Epilogues a un verdadero caballero: Es uno que jamás volvió la espalda, siempre iba con el pecho por delante; no dudó que las nubes se abrirían, ni soñó, cuando el bien iba perdiendo, que el vencedor final sería el mal; mantuvo que caer y levantarse era como dormir y despertar para poder mejor seguir luchando.

Después de detallar las grandes paradojas de la vida cristiana, Pablo pasa a revelar el secreto de su propia vida y las razones que le permitieron llevar a cabo su obra y soportar las adversidades sin rendirse.

(i) Se daba perfecta cuenta de que si una persona está dispuesta a asumir la vida de Cristo tiene que estarlo también a asumir sus riesgos; y si quiere vivir con Cristo tiene que estar dispuesta a morir con Él. Pablo conocía, reconocía y aceptaba la ley inexorable de la vida cristiana: « No hay Corona sin Cruz.»

(ii) Arrostraba todos los embates teniendo presente el poder de Dios Que levantó a Jesucristo de entre los muertos. Podía hablar con tanto valor y coraje y con tal menosprecio de su seguridad personal porque creía que, aunque le alcanzara la muerte, Dios podía hacer que-eso no fuera su final, sino que le levantaría como levantó a Jesús. Sabía que podía depender de un poder que era suficiente para todas las necesidades de la vida y más fuerte que la muerte.

(iii) Lo soportaba todo con la convicción de que sus sufrimientos y luchas eran el medio para que otros llegaran a participar de la luz y del amor de Dios.

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