2 Corintios 12: El aguijón y la gracia

(iv) Tiene actitudes mercenarias (erithía). Originalmente esta palabra simplemente describía el trabajo que se hace por un salario, la jornada laboral de un obrero. De ahí pasó a significar lo que se hace exclusivamente por dinero. Describe la ambición totalmente egoísta que no tiene en cuenta el servicio, sino solamente lo que pueda sacar para sí.

(v) Están las calumnias y las murmuraciones (katalaliaí y psithyrismoí). La primera palabra describe el ataque abierto y en voz alta, los insultos que se lanzan en público, el vilipendio público de una persona simplemente porque ve las cosas de otra manera que nosotros. La segunda palabra es todavía más repulsiva. Describe la campaña de murmuración que se propaga de boca en boca, el cuento desacreditador que se transmite en secreto. De la primera clase de ataque uno se puede al menos defender, porque lo ve venir; pero ante la segunda uno está indefenso, porque se trata de una corriente subterránea que no presenta la cara, y de una insidiosa contaminación de la atmósfera cuya fuente no se puede atacar porque se oculta.

(vi) Está el engreimiento (fysioseis). En la iglesia, uno debe tener un alto concepto de su ministerio, pero no de sí mismo. Cuando los demás vean nuestras buenas obras, no será a nosotros a los que glorificarán, sino a nuestro Padre Que está en el Cielo, a Quien servimos y Que nos ha capacitado para obrar bien.

(vii) Están los desórdenes (akatastasíai). Esta es la palabra que designa los tumultos, los líos y los jaleos. Hay un peligro sutil que acecha permanentemente a la iglesia. Una iglesia es una democracia, pero hay que tener cuidado de que no se convierta en una democracia a lo loco. Una democracia no es una situación en la que cada cual puede hacer lo que le dé la gana, sino el lugar en el que se entra en una comunión en la que la consigna no es el aislamiento individualista, sino la solidaridad interdependiente.

(viii) Por último están los pecados de los que hasta los más recalcitrantes entre los corintios podría ser que no se hubieran arrepentido.

(a) Está la inmundicia (akatharsía). La palabra describe todo lo que incapacita a una persona para entrar a la presencia de Dios. Describe una vida que se refocila revolcándose en la suciedad del mundo. Kipling Le pedía a Dios: Enséñanos a mantenernos siempre controlados y limpios noche y día. Akatharsía es lo contrario de esa limpieza de corazón que es condición imprescindible para ver a Dios (Mateo 5:8).

(b) Está la fornicación. Los cristianos corintios vivían en una sociedad que no consideraba nada malo el adulterio, y que daba por sentado que todo el mundo buscaba el placer donde quería. Era muy fácil contraer el contagio o recaer en un estado que apelaba tan directa y poderosamente al lado más bajo de la naturaleza humana. Tenían que aferrarse a la esperanza que puede, como dice un poeta,
«purificar el alma de la sensualidad y del pecado con la pureza de la que Cristo nos ha dado ejemplo. »

(c) Está la deshonestidad (asélgueia). Aquí nos encontramos con una palabra intraducible. No quiere decir solamente impureza sexual, sino la aberración total. Como la definía Basilio: «Es la actitud del alma que nunca se ha sometido ni se someterá a ninguna disciplina.» Es la insolencia que no conoce límites, que carece del sentido de la decencia de las cosas, que se atreve a todo lo que apetezca un capricho desmedido, que no tiene en cuenta la opinión pública ni su propio buen nombre con tal que conseguir lo que quiere. Josefo se la atribuye a Jezabel, que construyó un templo a Baal en la ciudad de Dios mismo. El pecado capital por excelencia de los griegos era hybris, e hybris era la orgullosa insolencia que « ni teme a Dios ni respeta a las personas.» Asélgueia es el espíritu insolentemente orgulloso que ha perdido totalmente el honor y que se apodera de lo que se le antoja donde, cuando y como sea, sin tener en cuenta ni a Dios ni a nadie.

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