2 Corintios 12: El aguijón y la gracia

Este pasaje, en el que Pablo está llegando al final de su defensa, suena como si fueran las palabras de alguien que hubiera hecho un gran esfuerzo y estuviera cansado. Parece casi como si Pablo se hubiera quedado hecho polvo del esfuerzo tremendo realizado.

Una vez más, habla de mala gana de todo este asunto de la autojustificación; pero tenía que hacerlo, aunque fuera un mal trago. Podía no darle demasiada importancia a que le desacreditaran; pero el que el Evangelio perdiera su eficacia era algo que Pablo no podía soportar.

(i) En primer lugar, Pablo dice que es en todos los sentidos tan buen apóstol como sus oponentes, que pretenden ser supersapóstoles. Y su afirmación se basa en una cosa: la eficacia de su ministerio. Cuando Juan el Bautista envió mensajeros que Le preguntaran a Jesús si era de veras el Prometido o si tenían que seguir esperando a otro, la de Jesús fue: « Volved, y decidle a Juan lo que está sucediendo» (Lucas 7: 18-22). Cuando Pablo quiere demostrar la autenticidad del Evangelio que predicó en Corinto, hace una lista de los pecados y de los pecadores, y le añade una frase impactante: «¡Y eso es lo que erais algunos de vosotros!» (1 Corintios 6:9-11). Una vez felicitaron al doctor Chalmers por un gran sermón que predicó a una iglesia abarrotada, y contestó: « Sí; pero, ¿sirvió para algo? La eficacia es la prueba de la autenticidad. La realidad de una iglesia no se ve en el esplendor de su edificio o. en lo elaborado de su liturgia o en la riqueza de sus ofrendas o en el tamaño de su congregación, sino en las vidas cambiadas. Y, si no hay vidas cambiadas, falta el elemento esencial de la autenticidad. La única piedra de toque que Pablo reconocería para juzgar su apostolado era su capacidad para traer a las personas la gracia de Jesucristo que transforma las vidas.

(ii) Debe de haberles sentado muy mal a los corintios el que Pablo no quisiera aceptarles ninguna ayuda económica, porque vuelve al tema una y otra vez. Aquí establece una vez más uno de los grandes principios de la generosidad cristiana. « No es vuestro dinero lo que quiero -les dice-, sino a vosotros mismos.» El dar que no es darse no es nada. Hay deudas que se pueden saldar con dinero, pero hay otras para las que el dinero no sirve.

H. L. Gee cuenta en algún sitio la historia de un vagabundo que llegó una vez pidiendo limosna a la puerta de una buena mujer. Ella entró dentro de la casa para buscar algo que darle, y descubrió que no tenía cambio. Salió, y le dijo: « No tengo nada de cambio en casa. Necesito una barra de pan. Aquí tienes una libra. Ve a comprarme una barra de pan y, cuando vuelvas con el cambio, te daré algo.» El hombre cumplió el encargo y volvió con el cambio, y la mujer le dio una moneda. Él la cogió con lágrimas en los ojos, y dijo: « No es por el dinero, sino por fiarse de mí. Nadie se ha fiado de mí así nunca, y no se lo puedo agradecer suficientemente.» Es fácil decir que la mujer asumió el riesgo que sólo podía correr una tonta sentimental; pero aquella mujer le dio al hombre más que dinero: le dio algo de sí misma al darle su confianza.

Turguéniev cuenta que una vez le paró un mendigo en la calle. El se hurgó en los bolsillos, y no llevaba absolutamente ningún dinero. Impulsivamente, le tendió la mano y le dijo al mendigo: «Hermano, esto es todo lo que puedo darte.» A lo que el mendigo contestó: «Me has llamado hermano. Me has dado la mano. Eso también es dar.» La manera más cómoda de cumplir con nuestra obligación con la iglesia o con la caridad de ayudar a nuestros semejantes pobres y necesitados es dar una suma de dinero y santas pascuas. No es que no sea nada, pero dista mucho de serlo todo; porque, en todo verdadero dar, el dador debe dar, no sólo lo que tiene, sino lo que es.

(iii) Parece que los corintios tenían una última acusación contra Pablo. No podían decir que se hubiera aprovechado nunca de ellos; con toda su malicia, no tenían ningún motivo para acusarle de eso. Pero parece que apuntaban a que, posiblemente, parte del dinero recogido para los pobres hermanos de Jerusalén había ido a los bolsillos de Tito o del otro emisario de Pablo, y que Pablo habría recibido así su parte. Una mente tan maliciosa se agarrará a cualquier detalle insignificante para encontrar motivos de crítica. La lealtad de Pablo a sus amigos salta en su defensa. No es lo más cómodo el ser amigo de un gran hombre.

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