2 Corintios 12: El aguijón y la gracia

(viii) Con mucho lo más probable es que Pablo sufriera de ataques crónicos recurrentes de fiebres de una cierta malaria vírica que acechaba las costas del Mediterráneo oriental. Los nativos de esas regiones, cuando querían hacerle el mayor daño posible a sus enemigos, rezaban a sus dioses que los «consumieran con el ardor» de esta clase de fiebres. Uno que las padeció describía los dolores que las acompañaban como « si le atravesaran la frente con un yerro candente.» Otro hablaba «del dolor demoledor que le perforaba las sienes como la fresa de un dentista, o como si le metieran una cuña entre las mandíbulas;» y decía que, cuando se le presentaba una crisis, «llegaba al colmo de la resistencia al dolor.» Eso sí merece describirse como un aguijón, y aun como una estaca, en la carne. El hombre que soportó tantos otros sufrimientos tenía también esta agonía en su cuerpo todo el tiempo.

Pablo le pidió a Dios que se lo quitara; pero Dios contestó a esa oración como a tantas: no se lo quitó, pero le dio a Pablo las fuerzas para soportarlo. Así actúa Dios. No nos baja el listón, sino nos capacita para superarlo.

A Pablo se le concedió la promesa y la realidad de la gracia todosuficiente. Veamos en su vida unas pocas cosas para las que le bastó con aquella gracia.

(i) Era suficiente para soportar el cansancio físico. Le capacitó para seguir adelante. John Wesley predicó 42,000 sermones. Recorrió un promedio de 7,500 kilómetros al año. ‘Cabalgaba 100 kilómetros y predicaba tres sermones al día por término medio. Cuando tenía 83 años escribió en su diario: « Yo mismo me admiro. No estoy nunca cansado, ya esté predicando, escribiendo o viajando.» Ese era el resultado de la gracia todosuficiente.

(ii) Era suficiente para soportar el dolor físico. Le capacitaba para soportar la cruel estaca. Una vez una persona fue a visitar a una chica que estaba en cama, muriendo de una enfermedad incurable y dolorosísima. Le llevaba un librito con lecturas para animar a los que tienen problemas, un libro gracioso, ocurrente y feliz. «Muchas gracias -le dijo la chica-, pero ya conozco ese libro.» « Ah, ¿lo has leído ya?» -le preguntó la persona que había ido a visitarla. La chica contestó: « Yo soy su autora.» Esa era la obra de la gracia todosuficiente.

(iii) Era suficiente para soportar la oposición. Pablo se pasó la vida arrostrando oposición, y nunca cedió ante ella. No había nada que pudiera rendirle o hacerle volverse atrás. Esa era la obra de la gracia todosuficiente.

(iv) Le capacitó, como puede verse en toda esta carta, para arrostrar la calumnia. No hay nada más difícil de resistir que ser objeto de malentendidos y prejuicios conscientes. Una vez un hombre le arrojó un cubo de agua a Arquelao el Macedonio. Él no dijo ni palabra. Y, cuando un amigo le preguntó cómo podía soportarlo tan serenamente, le contestó: « No me arrojó el agua a mí, sino al hombre por el que me tomó.» La gracia todosuficiente capacitaba a Pablo para no tener en cuenta lo que los demás pensaran de él, sino sólo lo que Dios sabía que era.

La gloria del Evangelio consiste en que en nuestra debilidad podemos encontrar esta maravillosa gracia; porque cuando llegamos al fondo de nuestra indefensión es cuando se le ofrece a Dios la oportunidad de intervenir.

Final de la defensa de Pablo

He hecho el tonto -vosotros me obligasteis. Tendríais que haber sido vosotros los que me alabarais, y no yo; porque no soy menos en nada que esos superapóstoles, aunque no sea nada. He dado señales pacientemente entre vosotros de ser apóstol con milagros y maravillas y obras de poder. ¿En qué os he hecho de menos con las demás iglesias, como no sea en que no os he estrujado para que hicierais caridad conmigo? ¡Perdonadme esta ofensa! Fijaos: Estoy dispuesto a ir a visitaros por tercera vez, y no aceptaré caridad de vosotros. No es vuestro dinero lo que yo quiero, sino a vosotros. No son los hijos los que tienen que ahorrar para los padres, sino al revés. Con mil amores gastaré yo y me gastaré hasta el colmo por vuestras almas, aunque cuanto más os quiera menos me queráis vosotros. Pero supongamos que digáis que no es que os haya sido una carga, sino que, como soy un tipo astuto, os metí en el bote. De los que os he enviado, ¿me aproveché de vosotros por medio de ninguno de ellos? Animé a Tito a que os fuera a ver, y mandé también con él al hermano. ¿Se aprovechó Tito de vosotros? ¿No nos portamos exactamente igual y dando los mismos pasos?

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