2 Corintios 1: Confortado para confortar

(i) Deben de haber estado diciendo que había más en la conducta de Pablo de lo que se veía. Su respuesta es que se ha conducido siempre en la santidad y transparencia de Dios. No había nada escondido en la vida de Pablo. Podríamos añadir a la lista otra bienaventuranza: «Bienaventurados los que no tienen nada que ocultar.» Hay una antigua historia de uno que iba de puerta en puerta diciendo: «¡Huid! ¡Todo se ha descubierto!», y uno se sorprendía de ver que salían huyendo los que no se habría figurado. Se cuenta que una vez un arquitecto se ofreció a construirle a un filósofo griego una casa en la que era imposible ver desde ningún sitio lo que había dentro; y el filósofo le dijo: « Te pagaré el doble de tus honorarios si me construyes una en la que todo el mundo pueda ver lo que hay en todas las habitaciones.» La palabra que hemos traducido por transparencia es eilikrinía, y es sumamente interesante. Puede describir algo que puede soportar la prueba de ser expuesto a la luz del Sol y que se vea el Sol a través ‹ de ello. Bendita la persona cuyas acciones puedan soportar la luz del día y que, como Pablo, pueda asegurar que no hay segundas intenciones ocultas en su vida.

(ii) Había algunos que le estaban atribuyendo motivaciones ocultas a Pablo. Su respuesta es que toda su conducta está motivada, no por una astucia calculada, sino por la gracia de Dios. No había motivaciones ocultas en la vida de Pablo. El poeta escocés Robert Bums, en otra relación, señala la dificultad de descubrir « Lo que los movió a hacerlo.» Si somos honestos, tendremos que admitir que rara vez hacemos nada sin mezcla de motivos. Hasta cuando hacemos algo bien, puede estar enredado en motivos de prudencia, prestigio, exibicionismo, temor o cálculo. La gente puede que nunca vea esos motivos; pero, como decía Tomás de Aquino, «los humanos vemos la acción, pero Dios ve la intención.» La pureza de acción puede que sea difícil, pero la pureza de intención lo es todavía más. Sólo podemos tener tal pureza cuando podemos decir como Pablo que nuestro viejo yo ha muerto, y Cristo vive en nosotros.

(iii) Había algunos que decían que Pablo no quería decir en sus cartas lo que parecía. Su respuesta fue que no había ninguna segunda intención en sus palabras. Las palabras son criaturas extrañas. Se pueden usar para revelar el pensamiento, o para ocultarlo. Pocos son los que pueden decir honradamente que quieren decir exactamente lo que dicen. Puede que digamos algo porque es lo que hay que decir en esa situación; puede que lo digamos para cumplir, o para quedar bien; o para no meternos en líos. Santiago, que veía los peligros de la lengua mejor que nadie, decía: « El que no comete errores en lo que dice es una persona perfecta» (Santiago 3:2).

En la vida de Pablo no había cosas ocultas, ni motivos ocultos, ni sentidos ocultos. Vale la pena proponerse ser así.

El sí de Dios en Jesucristo

Fue con esta confianza como hice planes anteriormente para visitaros, para llevaros algo agradable por segunda vez, y luego seguir para Macedonia desde vosotros para que me ayudarais a ganar tiempo para ir a Judea. Así que, cuando hice ese plan, ¡no diréis que lo hice veleidosamente! ¿O podéis creer de veras que cuando hago los planes los hago como los haría un mundano diciendo que sí y que no a la vez? Podéis fiaros de Dios. Podéis estar completamente seguros de que el Mensaje que os llevamos no vacilaba entre el sí y el no; porque el Hijo de Dios, Jesucristo, a Quien proclamamos entre vosotros Silvano, Timoteo y yo mismo, no era algo que vacilaba entre el sí y el no. ¡Era un rotundo sí! El es el sí a todas las promesas de Dios. Por eso podemos decir ¡Amén! por medio de Él cuando hablamos de ello para la gloria de Dios. Pero es Dios el Que os garantiza a vosotros con nosotros en Cristo, el Dios que nos ha ungido y sellado y nos ha puesto el Espíritu Santo en el corazón como adelanto y prenda de la vida por venir.

A primera vista, este parece un pasaje difícil. Detrás de él se esconde otra acusación o calumnia contra Pablo. Pablo había dicho que les haría una visita a los corintios; pero la situación se había enrarecido tanto que él pospuso la visita para no causarles disgusto (versículo 23). Sus enemigos aprovecharon rápidamente la ocasión para acusarle de ser la clase de hombre que hacía promesas frívolas que luego no cumplía, y que nunca decía claro sí o no. Eso ya era bastante malo; pero de ahí pasaban a decir que, « Si no podemos confiar en las promesas de Pablo en cosas cotidianas, ¿cómo vamos a creer lo que nos ha dicho acerca de Dios?» La respuesta de Pablo es que podemos fiarnos de Dios, y que Jesucristo no está cambiando de posición constantemente entre el sí y el no.

Y entonces comprime todo este asunto en una frase epigramática: « Jesucristo es el Sí a todas las promesas de Dios.» Lo que quiere decir esto es que, si Jesús no hubiera venido, podríamos haber dudado de las maravillosas promesas de Dios. Pero un Dios que nos ama tanto Que nos ha dado a Su Hijo es seguro que cumplirá todas las promesas que nos ha hecho. Jesús es la garantía personal que Dios nos da de que todas Sus promesas, desde las más grandes hasta las más pequeñas, son verdad.

Aunque los corintios estaban calumniando a Pablo, queda esta verdad saludable: la fidelidad del mensajero confirma la fiabilidad del mensaje. Predicar, se dice, es « verdad a través de personalidad;» y, si no se puede confiar en el mensajero, tampoco se puede confiar en su mensaje. Entre las normas judías en relación con la conducta y el carácter de un maestro, se establecía que no debía nunca prometerle nada a sus alumnos que no tuviera intención de cumplir. Porque eso sería acostumbrarlos a la falsedad. Aquí tenemos la advertencia de que no se deben hacer promesas a la ligera, porque se dejarían de cumplir con la misma ligereza. Antes de hacer una promesa se debe calcular lo que costará cumplirla, y estar seguro de que se puede y se quiere pagar ese precio.

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