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1 Timoteo 6: El peligro del amor al dinero

Pastor Lionel

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La carta termina con un tremendo desafío a Timoteo, un desafío tanto más grande por la deliberada nobleza de las palabras en que está vestido.

Desde el mismo principio se pone a Timoteo en su categoría. Pablo se le dirige como hombre de Dios. Ese es uno de los grandes títulos del Antiguo Testamento. Es un título que se le da a Moisés. Deuteronomio 33:1 habla de «Moisés, varón de Dios.» El título del Salmo 90 es «una oración de Moisés, varón de Dios.» Es el título de los profetas y de los mensajeros de Dios. El mensajero de Dios que fue enviado a Elí era un hombre de Dios (1 Samuel 2:27). Samuel se describe como hombre de Dios (1 Samuel 9:6). Semaías, el mensajero de Dios a Roboam, es un hombre de Dios (1 Reyes 12:22). Juan Bunyan en El peregrino llama a Gran-Gracia «campeón de Dios.»

Aquí tenemos un título de honor. Cuando se le encarga la comisión a Timoteo, no se le recuerda su propia debilidad y pecado, que podrían haberle reducido a una desesperación pesimista; más bien se le desafía por el honor que es suyo de ser un hombre de Dios. Es la manera característicamente cristiana, no el deprimir a una persona definiéndola como pecadora perdida, sino más bien elevarla convocándola a ser lo que tiene en sí ser. La manera característicamente cristiana no consiste en arrojarle a uno su pasado humillante a la cara, sino presentarle el esplendor de su futuro potencial. El mismo hecho de que se dirija a Timoteo como «hombre de Dios» le haría cuadrar los hombros y levantar la cabeza a uno que ha recibido su comisión del Rey.

Las virtudes y cualidades nobles que se colocan delante de Timoteo no se han reunido casualmente. Hay un orden entre ellas. La primera que viene es la integridad, dikaiosyné. Esta se define como «darle tanto a los hombres como a Dios lo que les es debido.» Es la más general de las virtudes; un hombre íntegro es el que cumple con su deber para con Dios y para con sus semejantes.

En segundo lugar viene un grupo de tres virtudes que se orientan hacia Dios. Piedad, eusébeia, es la reverencia del que nunca deja de darse cuenta de que toda la vida transcurre en la presencia de Dios. La fe, pistis, aquí quiere decir fidelidad, y es la virtud de quien, a través de todos los azares y avatares de la vida, aun hasta las mismas puertas de la muerte, es leal a Dios. El amor, agapé, es la virtud de quien, aun si es probado, no podría olvidar lo que Dios ha hecho por él ni el amor de Dios a los hombres.

En tercer lugar viene la virtud que se orienta a la conducta de la vida. Es hypomoné. La Reina-Valera traduce esta palabra por paciencia, pero hypomoné nunca quiere decir el espíritu que se sienta con los brazos cruzados y simplemente soporta las cosas dejando que las experiencias de la vida fluyan sobre él como una marea. Es una perseverancia victoriosa. « Es una constancia firme en la fe y en la piedad a pesar de la adversidad y el sufrimiento.» Es la virtud que más que aceptar las experiencias de la vida las conquista.

En cuarto lugar aparece la virtud que se dirige a los hombres. La palabra griega es praypathía. Se traduce por amabilidad, pero es realmente intraducible. Describe el espíritu que nunca se inflama de ira por las ofensas que recibe pero que puede ser devastadoramente airado por las ofensas que reciben otros. Describe el espíritu que sabe perdonar y que sin embargo sabe librar la batalla de la integridad. Describe el espíritu que camina al mismo tiempo en la humildad y en la dignidad de su sublime llamada de Dios. Describe la virtud por la cual en todo tiempo una persona es capacitada para tratar rectamente a sus semejantes y para considerarse rectamente a sí misma.

Recuerdos que inspiran

Con el desafío de las tareas para el futuro recibe Timoteo la inspiración de las memorias del pasado.

(i) Ha de recordar su bautismo y los votos que hizo entonces. En las circunstancias de la Iglesia Primitiva el bautismo era inevitablemente de adultos, para personas que venían directamente del paganismo a Cristo. Era la confesión de fe y el testimonio a todos los hombres de que la persona bautizada había tomado a Jesucristo como Salvador, Maestro y Señor. La más temprana de todas las confesiones cristianas era el sencillo credo: «Jesucristo es Señor» (Romanos 10:9; Filipenses 2:11). Pero se ha sugerido que detrás de estas palabras a Timoteo se esconde una confesión de fe que decía: «Creo en Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la Tierra, y en Jesucristo, que sufrió bajo Poncio Pilato y volverá a juzgar; creo en la resurrección de los muertos y en la vida inmortal.» Bien puede haber sido un credo así el que usó Timoteo para confesar su fe. Así que, en primer lugar, se le recuerda que es un hombre que se ha comprometido. El cristiano es por encima de todo una persona que se ha comprometido con Jesucristo.

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