1 Timoteo 3: Los dirigentes de la iglesia

Hay un dicho que todos debemos creer: Si uno aspira al cargo de supervisor de la iglesia, es un trabajo digno el que se ha propuesto. El supervisor debe ser un hombre que no esté sujeto a críticas. Debe haber estado casado solamente una vez; debe ser sobrio, prudente, de buenos modales, hospitalario y con capacidad para la enseñanza. No debe ser excesivamente aficionado al vino, ni ser la clase de persona que se enfrenta con otros, sino debe ser amable y pacífico y libre del amor al dinero. Debe tener su casa en orden, manteniendo a sus hijos bajo control con completa dignidad. (Si uno no sabe dirigir su propia casa, ¿cómo va a estar a cargo de la congregación de Dios?) No debe ser un converso reciente, no sea que se enorgullezca con un sentimiento de su propia importancia, y caiga así en la misma condenación que el diablo. Debe haberse ganado el respeto de los de fuera de la Iglesia, para que no caiga en críticas y en lazo del diablo.

Éste es un pasaje muy importante desde el punto de vista del gobierno eclesiástico. Trata del hombre al que la versión Reina-Valera y muchas otras traducciones llaman el obispo, y que hemos traducido por supervisor.

En el Nuevo Testamento hay dos palabras que describen a los dirigentes principales de la Iglesia, es decir, los encargados que se habían de encontrar en todas las congregaciones y de cuya conducta y administración dependía su buena marcha.

(i) Estaba el hombre que se llamaba el anciano (presbyteros). El cargo de anciano es el más antiguo de todos los de la Iglesia. Los judíos tenían sus ancianos, y remontaban su origen a la situación en que Moisés, en el tiempo de la peregrinación por el desierto, nombró a 70 hombres para que le ayudaran en la tarea de controlar y cuidarse del pueblo (Números 11:16). Todas las sinagogas tenían sus ancianos, que eran los verdaderos dirigentes de la comunidad judía. Presidían el culto de la sinagoga; administraban reprensión y disciplina cuando era necesario; zanjaban los pleitos que en otros países se habrían llevado a los tribunales. Entre los judíos los ancianos eran hombres respetables que ejercían una supervisión paternal sobre los asuntos espirituales y materiales de cualquier comunidad judía. Pero los judíos no eran los únicos que tenían el cargo de anciano. El cuerpo rector de los espartanos se llamaba la guerusía, que quiere decir la junta de los ancianos. El Parlamento de Roma se llamaba el Senado, que viene de sénex, que quiere decir un anciano. En Inglaterra los hombres que se cuidaban de los asuntos de la comunidad se llamaban aldermen, que quiere decir ancianos. En los tiempos del Nuevo Testamento todas las aldeas de Egipto tenían sus ancianos que se cuidaban de los asuntos de la comunidad. Los ancianos tenían una larga historia, y tenían un lugar importante en la vida de casi todas las comunidades.

(ii) Pero algunas veces el Nuevo Testamento usa otra palabra, epískopos, que se suele traducir por la palabra que ha dado en español, obispo, y que quiere decir literalmente supervisor o superintendente. Esta palabra también tiene una historia larga y honrosa. La Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, la usaba para describir a los capataces, que estaban a cargo de las obras públicas y los proyectos de edificación (2 Crónicas 34:17). Los griegos la usaban para describir a los hombres nombrados para ir de la ciudad madre a regular los asuntos de una colonia recién fundada en algún lugar lejano. La usaban para describir lo que nosotros llamaríamos comisionados, nombrados para poner en orden los asuntos de una ciudad. Los romanos la usaban para describir a los magistrados nombrados para supervisar la venta de los alimentos dentro de la ciudad de Roma. Se usa de los delegados especiales nombrados por un rey para ver que las. leyes que había establecido se cumplían. Epískopos siempre implica dos cosas: Primera, la supervisión de algún área o esfera de trabajo, y segunda, la responsabilidad o algún poder ante autoridad superior.

La cuestión es: ¿Qué relación había en la Iglesia Primitiva entre el anciano, presbyteros, y el supervisor, epískopos.

La investigación moderna mantiene prácticamente unánimemente que en la Iglesia Original el presbyteros y el epískopos eran lo mismo. La base para esa identificación es:

(a) Los ancianos se nombraban en todas las iglesias. Después del primer viaje misionero Pablo y Bernabé eligieron ancianos en todas las iglesias que habían fundado (Hechos 14:23). A Tito se le instruye que nombre y ordene ancianos en todas las ciudades de Creta (Tito 1:5).

(b) Las cualificaciones de un presbyteros y las de un epískopos son idénticas en todos los sentidos (1 Timoteo 3:2-7; Tito 1:6-9). (c) Al principio de Filipenses, Pablo dirige sus saludos a los obispos y los diáconos (Filipenses 1:1). Es totalmente imposible que Pablo no mandara saludos a todos los ancianos que, como ya hemos visto, había en todas las iglesias; y por tanto los obispos y los ancianos deben ser la misma clase de personas en la iglesia. (d) Cuando Pablo estaba haciendo su último viaje a Jerusalén, mandó llamar a los ancianos de Éfeso para que se reunieran con él en Mileto (Hechos 10:17), y en el curso de su conversación con ellos les dice que Dios los ha hecho episkopoi para alimentar la Iglesia de Dios (Hechos 20:28). Es decir: Se dirige precisamente al mismo cuerpo de hombres, primero como ancianos, y luego como obispos o supervisores. Cuando Pedro está escribiendo a los suyos, les habla como un anciano a ancianos (1 Pedro 5:1), y entonces pasa a decir que su función es supervisar el rebaño de Dios (1 Pedro 5: 2), y la palabra que usa para supervisar, es el verbo episkopein, del que deriva epískopos. Toda la evidencia del Nuevo Testamento contribuye a demostrar que el presbyteros y el epískopos, el anciano y el obispo o supervisor, eran lo mismo y los mismos.

Surgen dos preguntas. La primera, si eran lo mismo, ¿por qué se usaban dos nombres para designarlos? La respuesta es que presbyteros describía a aquellos dirigentes de la Iglesia tal como eran personalmente. Eran los hombres más ancianos, miembros respetados en la comunidad. Epískopos, por otra parte, describía su función, que era supervisar la vida y el trabajo de la iglesia. Una palabra describía al hombre; la otra describía su tarea.

La segunda pregunta es: Si el anciano y el obispo eran lo mismo en un principio, ¿cómo llegó a ser el obispo lo que llegó a ser? La respuesta es sencilla. Era inevitable que el cuerpo de los ancianos requiriera y adquiriera un moderador. Era esencial que alguien asumiera la dirección, y eso fue lo que sucedió. Cuanto más organizada llegó a estar la Iglesia tanto más era normal que surgiera tal figura. Y el anciano que sobresalía como dirigente llegó a ser conocido como el epískopos, el superintendente de la iglesia. Pero ha de notarse que era simplemente un dirigente entre iguales. Era de hecho el anciano cuyas circunstancias y cualidades personales se combinaban para hacerle dirigente de la obra de una congregación de la Iglesia Cristiana.

Se verá que el traducir epískopos por la palabra obispo en el Nuevo Testamento le da un sentido que no le corresponde. Es mejor traducirla por supervisor o superintendente.

El nombramiento y los deberes de los dirigentes de las iglesias

Este pasaje es interesante además porque nos dice algo del nombramiento y los deberes de los dirigentes de la Iglesia.

(i) Se los apartaba oficialmente para su responsabilidad. Tito tenía que ordenar ancianos en todas las iglesias (Tito 1:5). Los encargados de la iglesia no se nombraban en secreto; se los apartaba a la vista de todos; el honor de la Iglesia se ponía en sus manos públicamente.

(ii) Tenían que pasar un período de prueba. Primero tenían que ser aprobados (1 Timoteo 3:10). Nadie construye un puente o una maquinaria con metal que no haya sido probado. La Iglesia haría bien en ser más estricta en la prueba de los que son elegidos como dirigentes.

(iii) Se les pagaba por el trabajo que tenían que hacer. El obrero se merecía su salario (1 Timoteo 5:18). El dirigente cristiano no trabaja por el sueldo; pero, por otra parte, es el deber de la iglesia que le ha escogido para ese trabajo proveerle de los medios de vida.

(iv) Estaban expuestos a la crítica (1 Timoteo 5:19-22). En la Iglesia Primitiva los encargados tenían una doble función. Eran dirigentes de la iglesia; pero eran también servidores de la iglesia. Tenían que dar cuenta de su administración. Ningún encargado cristiano se debe considerar libre de tener que dar cuenta; es responsable ante Dios y ante la comunidad sobre la que Dios le ha encargado presidir.

(v) Tenían la obligación de presidir las asambleas cristianas y de enseñar a la congregación cristiana (1 Timoteo 5:17). El encargado cristiano tiene la doble obligación de administrar y de instruir. Bien puede ser que una de las tragedias de la Iglesia moderna sea que la función administrativa haya usurpado el espacio de la función docente casi totalmente. Es triste ver qué pocos ancianos se ocupan activamente de la enseñanza de niños y jóvenes en la Escuela Dominical.

(vi) El encargado no tenía que ser un converso reciente. Se dan dos razones para esta norma. La primera está bien clara. Es «no sea que se envanezca con un sentimiento de su propia importancia.» La segunda no está tan clara. Es, como dice alguna versión: « No sea que caiga en la condenación del diablo.» Hay tres posibles explicaciones de esta frase tan extraña.

(a) Fue por su orgullo por lo que Lucifer se rebeló contra Dios y fue expulsado del Cielo. Y esto puede ser sencillamente una segunda advertencia del peligro del orgullo.

(b) Puede que quiera decir que si el converso que se pone en un puesto de responsabilidad demasiado pronto llega a ser culpable de orgullo, le da al diablo una oportunidad de hacer sus acusaciones contra él. Un encargado de iglesia que sea muy creído le da al diablo una oportunidad de sugerirle a los críticos de la Iglesia: «¡Fijaos! ¡Ahí tenéis a vuestro cristiano! ¡Ése es vuestro miembro de iglesia! ¡Así son todos los dirigentes!»

(c) La palabra diábolos tiene dos significados. Quiere decir diablo, y ese es el sentido en que la ha tomado aquí la ReinaValera; pero también quiere decir calumniador. Es de hecho la palabra que se usa para calumniador en el versículo 11 donde se prohíbe a las mujeres que sean calumniadoras. Así es que esta frase puede querer decir que el converso reciente que ha sido nombrado para un cargo, como si dijéramos, le ha crecido la cabeza, da ocasión a los calumniadores. Su conducta indigna es una munición para todos los que están en contra de la Iglesia. No importa cómo lo tomemos; lo importante es que un dirigente de iglesia presumido es una mala inversión para la iglesia.

Pero, desde que la Iglesia lo descubrió, la responsabilidad del encargado no empezaba ni terminaba en la iglesia local. Tenía otras dos esferas de responsabilidad, y si fallaba en ellas era impepinable que fallara también en la iglesia.

(i) Su primera esfera de responsabilidad era su propio hogar. Si no sabía gobernar su propia casa, ¿cómo se podía encargar de la tarea de gobernar la casa del Señor? (1 Timoteo 3:5). El que no hubiera conseguido hacer un hogar cristiano no se podía esperar que consiguiera hacer una congregación cristiana. El que no hubiera instruido a su propia familia está claro que no sería idóneo para instruir a la familia de la Iglesia.

(ii) La segunda esfera de responsabilidad era el mundo. Tenía que ser «bien considerado por los de fuera» (1 Timoteo 3: 7) Debe ser un hombre que se haya ganado el respeto de sus contemporáneos en los negocios de la vida de día a día. No hay nada que le haya hecho más daño a la Iglesia que los que son activos en ella cuya profesión y vida social desmiente la fe que profesan y los preceptos que enseñan. El encargado cristiano debe en primer lugar ser una buena persona.

Carácter del dirigente cristiano

Acabamos de leer que el dirigente cristiano debe ser una persona que se haya ganado el respeto de todos los demás. En este pasaje encontramos una gran serie de palabras y frases que describen su carácter; y valdrá la pena considerar cada una por turno.

Antes de hacerlo será interesante colocar al lado de ellas dos descripciones famosas hechas por grandes pensadores paganos acerca del carácter del buen dirigente. Diógenes Laercio (7:116-126) nos transmite la descripción estoica. Debe estar casado; debe carecer de orgullo; debe ser modesto; debe combinar la prudencia intelectual con la excelencia de la conducta exterior. Un escritor llamado Onosandro nos da la otra. Debe ser prudente, controlado, sobrio, frugal, sufrido en el trabajo, inteligente, sin amor al dinero, ni joven ni viejo, a ser posible padre de familia, capaz de hablar competentemente, y de buena reputación. Es interesante ver hasta qué punto coinciden las descripciones pagana y cristiana.

El dirigente cristiano debe ser un hombre al que no se le pueda criticar de nada (anepílémptos). Anepilémptos se usa de una posición que no está expuesta al ataque, de una vida que no está expuesta a la censura, de un arte o técnica que es tan perfecto que no se le puede encontrar ningún fallo, de un acuerdo que es inviolable. El dirigente cristiano no debe estar sólo libre de las faltas a las que pueda estar expuesto por acusaciones definidas; también debe tener tan buen carácter como para no estar expuesto a la crítica. Alguna versión antigua del Nuevo Testamento traduce la palabra griega por una muy inusual en inglés, irreprehensible, a quien no se le pueda encontrar un fallo. Los griegos mismos definían la palabra como «no ofreciendo nada que un adversario pudiera utilizar en su contra.» Aquí tenemos el ideal de la perfección. No seremos capaces de realizarlo plenamente; pero sigue en pie el hecho de que un dirigente cristiano debe tratar de ofrecerle .al mundo una vida de tal pureza que no deje ninguna grieta abierta para la crítica.

El dirigente cristiano debe haber estado casado sólo una vez. El original quiere decir literalmente que debe ser «el marido de una sola mujer.» Algunos interpretan que esto quiere decir que el dirigente cristiano debe ser casado, y es posible que ése sea un sentido legítimo. Es indudablemente cierto que un hombre casado puede recibir confidencias y aportar ayudas de una manera que un soltero no puede, y que puede aportar una comprensión y simpatía especiales a muchas situaciones. Unos pocos interpretan que quiere decir que el dirigente cristiano no puede casarse por segunda vez, ni siquiera después de la muerte de su primera esposa. Citan en apoyo de esta idea la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7. Pero, por su contexto aquí, podemos estar seguros de que la frase quiere decir que el dirigente cristiano debe ser un marido fiel, que mantenga el matrimonio en toda su pureza. En tiempo posterior los Cánones Apostólicos establecían: « El que haya contraído más de un matrimonio después de su bautismo, o el que haya tomado una concubina, no puede ser elegido epískopos, un obispo.»

Podríamos preguntar por qué era necesario establecer algo que parece tan obvio. Debemos tener presente el estado del mundo en que se escribió esto. Se ha dicho, y con mucho acierto, que la única virtud totalmente nueva que aportó al mundo el Cristianismo fue la castidad. El mundo antiguo estaba en muchos sentidos en un estado de caos moral, incluido el mundo judío.

Aunque pueda parecer alucinante, algunos judíos todavía practicaban la poligamia. En el Diálogo con Trifón, en el que Justino Mártir discute el Cristianismo con judíos, se dice que « es posible que un judío tenga, aún ahora, cuatro o cinco mujeres»

(Diálogo con Trifón 134). Josefo podía escribir: «Según costumbre ancestral un hombre puede vivir con más de una mujer» (Antigüedades de los Judíos 17:1,2).

Totalmente aparte de estos casos raros, el divorcio era trágicamente fácil en el mundo judío. Los judíos tenían el ideal más alto del matrimonio. Decían que un hombre debe entregar la vida antes que cometer asesinato, idolatría o adulterio. Tenían la creencia de que los matrimonios se hacen en el Cielo. En la historia de la boda de Isaac y Rebeca se dice: « Este asunto procede del Señor» (Génesis 24:50). Esto se interpretaba que quería decir que el matrimonio lo concertaba Dios. Así que se dice en Proverbios 19:14: «Una esposa prudente es algo que procede del Señor. » En la historia de Tobías, el ángel dice a Tobías: «No tengas miedo, porque ella fue preparada para ti desde el principio» (Tobías 6:17). Los rabinos decían: «Dios se sienta en el Cielo para concertar los matrimonios.» «Cuarenta días antes de que empiece a formarse el niño una voz celestial proclama su cónyuge.»

A pesar de todo eso la ley judía permitía el divorcio. El matrimonio era por supuesto el ideal, pero el divorcio estaba permitido. El matrimonio era «inviolable pero no indisoluble.» Los judíos mantenían que una vez que el matrimonio ideal había sufrido una sacudida por crueldad o infidelidad o incompatibilidad, lo mejor era permitir un divorcio y que los dos pudieran tener un nuevo principio. La gran tragedia era que la mujer no tenía absolutamente ningunos derechos. Josefo dice: «Entre nosotros es legal que el marido disuelva el matrimonio; pero la mujer, si se aparta de su marido no puede casarse con otro, a menos que su marido anterior le conceda el divorcio» (Antigüedades de los Judíos, 15:8, 7). En caso de divorcio por consentimiento, en los tiempos del Nuevo Testamento, todo lo que se requería eran dos testigos, sin que se tuviera que pasar por el juzgado. Un marido podía despedir a su mujer por cualquier causa; como mucho una mujer podía solicitar al juzgado que hicieran lo posible para que su marido le escribiera la carta de divorcio; pero no se le podía obligar a darla.

En vista de la situación, las cosas llegaron a tal punto que «las mujeres se negaban a contraer matrimonio, y los hombres encanecían célibes.» Se puso el freno en este proceso mediante una legislación que introdujo Simón ben Shétaj. Una mujer judía siempre aportaba a su marido una dote que se llamaba ketubá. Simón estableció que un hombre podía disponer totalmente de la ketubá mientras siguiera casado con su mujer, pero si la divorciaba estaba obligado irremisiblemente a devolverla, aunque para ello tuviera que « vender hasta su pelo.» Esto era un freno para el divorcio; pero el sistema judío siempre estuvo viciado por el hecho de que la mujer no tenía derechos.

En el mundo gentil las cosas estaban infinitamente peor. Allí también, según la ley romana, la esposa no tenía ningún derecho. Catón decía: «Si sorprendieras a tu mujer en adulterio, podrías matarla impunemente, sin peligro a juicio; pero si tú estuvieras implicado en adulterio, ya se guardaría ella muy bien de levantar un dedo contra ti, porque sería ilegal.» Las cosas se pusieron tan mal y el matrimonio se convirtió en algo tan molesto que en 131 a.C. un romano famoso llamado Metelo Macedónico hizo un pronunciamiento que más tarde citó el propio Augusto: « Si pudiéramos pasarnos sin mujeres, nos libraríamos de muchas molestias. Pero, puesto que la naturaleza ha decretado que no podamos vivir tranquilamente con ellas, ni tampoco sin ellas, debemos mirar más bien a nuestros intereses permanentes que al placer pasajero.»

Hasta los poetas romanos se dieron cuenta de lo terrible de la situación. «Edades ricas en pecado -escribió Horacio fueron las primeras en manchar el matrimonio y la vida familiar. De esta fuente el mal ha seguido fluyendo» «Antes se secarán los mares -dijo Propercio- y se arrebatarán las estrellas de los cielos que se reformen nuestras mujeres.» Ovidio escribió su famoso, o infame, libro El Arte de Amar, y ni una sola vez desde el principio hasta el fin menciona el amor conyugal. Escribió cínicamente: «Las únicas mujeres castas son las que nadie desea, y el que se enfurezca porque su mujer tiene algún amorío no es más que un rústico jabalí.» Séneca declaraba: «Las mujeres desprecian como si fuera un adolescente a cualquiera cuyos amores no sean notorios, o que no le pague a una mujer casada con otro una renta anual; de hecho los maridos se han convertido en meros juguetes para sus amantes.» « Solamente las feas -decía- son fieles.» «Una mujer que se contente con tener dos perseguidores es un dechado de virtud.» Tácito alababa a las tribus germánicas supuestamente bárbaras por « no tomar a risa el mal, y no convertir la seducción en el espíritu de los tiempos.» Cuando tenía lugar un matrimonio, el hogar de la nueva pareja se decoraba con hojas verdes de bayas. Juvenal decía que había quienes iniciaban el divorcio antes de que las hojas se hubieran secado. El 19 a.C. uno llamado Quinto Lucrecio Vespilón erigió una lápida a su mujer que decía: «Raro es el matrimonio que llega a la muerte sin divorciarse; pero el nuestro se ha mantenido felizmente durante 41 años.» Un matrimonio feliz era una excepción.

Ovidio y Plinio tuvieron tres mujeres; César y Antonio, cuatro; Sula y Pompeyo, cinco; Herodes tuvo nueve; Tulia, la hija de Cicerón, tuvo tres maridos; Nerón fue el tercer marido de Popea y el quinto de Estatila Mesalina. No fue sin razones el que las Pastorales establecieran que el dirigente cristiano debe ser marido de una sola mujer. En un mundo en el que hasta los puestos de máxima responsabilidad estaban inundados de inmoralidad, la Iglesia Cristiana debía mostrar la castidad, la estabilidad y la santidad del hogar cristiano.

Carácter del dirigente cristiano

El dirigente cristiano debe ser sobrio (néfálios) y no debe darse excesivamente al vino (pároinos). En el mundo antiguo el vino era de uso corriente. Donde la provisión de agua era deficiente y a veces peligrosa, el vino era la bebida más natural. El vino alegra el corazón de los dioses y de los hombres (Jueces 9:13). En la restauración de Israel, se plantarían viñas y se bebería su vino (Amós 9:14). Los licores fuertes se dejaban para los que estaban a punto de perecer, y el vino para los de corazón apesadumbrado (Proverbios 31:6).

Esto no es decir que el mundo antiguo no se diera cuenta de los peligros del alcohol. Proverbios habla del desastre que sobreviene al que se queda alucinado contemplando el vino rojo (Proverbios 23:29-35). El vino es burlador, y los licores pendencieros (Proverbios 20:1). Hay historias terribles de lo que les sucedió a las personas que se entregaban demasiado al vino. Tenemos el caso de Noé, al que un clásico español llamaba « el inventor del sarmiento» (Génesis 9: I 5-27); de Lot (Génesis 19:30-38); de Amnón (2 Samuel 13:28s). Aunque en el mundo antiguo se usaba el vino corrientemente, esto no quiere decir que se usara en exceso. Se solía beber mezclado con agua dos partes de vino a tres de agua. Un borracho era despreciado en cualquier sociedad pagana ordinaria, y no menos en la iglesia.

Lo interesante es que ambas palabras tienen su doble sentido en esta sección. Néfálios quiere decir sobrio, pero también quiere decir alerta y vigilante; pároinos quiere decir aficionado al vino, pero también quiere decir peleón y violento. Lo que las Pastorales dejan bien claro es que el cristiano no debe permitirse nada que reduzca su vigilancia cristiana o que ensucie su conducta cristiana.

Siguen dos palabras griegas que describen dos cualidades que deben ser características del dirigente cristiano. Debe ser prudente (sófrón) y de buenos modales (kósmios).

Hemos traducido sófrón por prudente, pero es virtualmente intraducible. Se traduce diversamente por sano de mente, discreto, prudente, controlado, casto, en perfecto control de sus instintos sensuales. Los griegos lo derivaban de dos palabras que quieren decir mantener la mente sana y salva. El nombre correspondiente es sófrosyné, y los griegos escribían y pensaban mucho de esta cualidad. Es la contraria de la incontinencia y del descontrol. Platón la definía como « el dominio del placer y el deseo.» Aristóteles la definía como « el poder por el cual se usan los placeres del cuerpo como manda la ley.»

Filón la definía como «limitar y ordenar correctamente los deseos, lo que elimina los que son externos y excesivos, y adorna los que son necesarios con sazón y moderación.» Pitágoras decía que era « el fundamento sobre el que descansa el alma.» Hámblico decía que «es la salvaguardia de los hábitos más excelentes de la vida.» Eurípides decía que era « el más precioso don de Dios.»

Jeremy Taylor la llamaba « el cinto de la razón y la brida de la pasión.» Trench describe sófrosyné como « la condición de total control sobre las pasiones y los deseos, que reciben no más campo de actividad que el que admiten y aprueban la ley y la recta razón». Gilbert Murray escribía de sófrón: «Hay una manera de pensar que destruye, y una manera que salva. El hombre o la mujer que es sófrón anda entre las bellezas y los peligros del mundo, sintiendo amor, gozo, ira, y el resto; y entre todas las cosas tiene en su mentalidad aquello que salva. ¿A quién salva? No a la persona sola, sino, como si dijéramos, la situación total.

Impide que el mal inminente llegue a producirse.» E. F. Brown cita como ilustración de sófrosyne una oración de Tomás de Aquino pidiendo «tranquilidad en todos nuestros impulsos, carnales y espirituales.»

La persona que es sófrón tiene todas las partes de su naturaleza bajo perfecto control, lo que quiere decir que la persona que es sófrón es aquella en cuyo corazón Cristo reina supremo.

La palabra compañera es kósmios, que hemos traducido como de buenos modales. Si uno es kósmios en su conducta exterior es porque es sófrón en su vida interior. Kósmios quiere decir ordenado, honesto, decoroso. Tiene dos usos especiales en griego.

Es corriente en tributos e inscripciones dedicadas a los muertos. Y se usa corrientemente para describir al que es un buen ciudadano. Platón describe al hombre que es kósmios como « el ciudadano que está tranquilo en la tierra, que cumple fielmente en su lugar y circunstancias los deberes que le conciernen como tal.» Esta palabra describe a la persona cuya vida es hermosa y en cuya personalidad se integran armoniosamente todas las cosas.

El dirigente de la Iglesia debe ser una persona que es sófrón, que tiene bajo control todos sus instintos y deseos; debe ser una persona que es kósmios, su control interior manifestándose en su integridad exterior. El dirigente debe ser una persona en cuyo corazón reina el poder de Cristo y en cuya vida se refleja la belleza de Cristo.

El dirigente cristiano debe ser acogedor (filóxenos). Ésta es una cualidad en la que el Nuevo Testamento hace mucho hincapié. Pablo exhorta a la iglesia romana a «practicar la hospitalidad» (Romanos 12:13). «Practicad la hospitalidad sin murmuraciones unos con otros,» dice Pedro (1 Pedro 4:9). En El Pastor de Hermas, uno de los más antiguos escritos cristianos, se establece: « El epíscopos debe ser acogedor, que de buena gana y en todo tiempo reciba en su casa a los siervos de Dios.» El dirigente cristiano debe ser una persona con un corazón y una puerta abiertos.

El mundo antiguo prestaba mucho cuidado a los derechos del huésped. El forastero estaba bajo la protección de Zeus Xenios, el Protector de los extranjeros. En el mundo antiguo, las posadas eran notoriamente malas. En una de las comedias de Aristófanes, Heracles le pregunta a su compañero dónde pararán esa noche; y la respuesta es: «Donde haya menos pulgas.»

Platón habla de un posadero que era como un pirata que retenía a sus huéspedes como rehenes. Las posadas tendían a ser sucias y caras, y sobre todo inmorales. En el mundo antiguo había un sistema de lo que llamaban amistades de hospedaje. A lo largo de generaciones algunas familias habían llegado al acuerdo de darse acomodo y hospitalidad. Los miembros de las familias llegaban a menudo a acabar por ser totalmente desconocidos de los otros, y tenían que identificarse por lo que llamaban emblemas. El forastero que buscaba alojamiento presentaba la mitad de un cierto objeto; el anfitrión tendría la otra mitad; y si las dos mitades casaban exactamente el anfitrión sabía que el otro sería su huésped y el huésped sabía que el otro era indudablemente el amigo ancestral de su familia. En la Iglesia Cristiana había maestros y predicadores ambulantes que necesitaban hospitalidad. Había también muchos esclavos que no tenían casa propia, para los que sería un gran privilegio que se les permitiera entrar en un hogar cristiano. Era la mayor bendición el que los cristianos tuvieran hogares cristianos siempre abiertos en los que pudieran encontrarse con personas parecidas a ellos. Vivimos en un mundo en el que hay todavía muchos que están lejos de su hogar, muchos que son extranjeros en un lugar extraño, muchos que viven en condiciones en las que es difícil ser cristiano. La puerta de un hogar cristiano y la bienvenida de un corazón cristiano deberían estar siempre abiertas.

El dirigente cristiano debe tener facilidad para enseñar (didaktikós). Se ha dicho que su deber es «predicar a los inconversos y enseñar a los convertidos.» Hay que decir dos cosas acerca de esto. Uno de los desastres de los tiempos modernos es que el ministerio de la enseñanza de la Iglesia no se ejerce como es debido. Abunda la predicación sobre temas cualesquiera y la exhortación; pero sirve de poco el exhortar a ser cristiano cuando no se sabe lo que eso quiere decir. La instrucción es un deber primario del predicador y dirigente cristiano. La segunda cosa es la siguiente. La enseñanza más preciosa y más efectiva no se imparte hablando sino siendo. Hasta una persona que no tenga don de palabra puede enseñar vi-viendo de tal manera que se pueda ver en ella el reflejo del Maestro. Se ha dicho que un santo es alguien « en quien Cristo vive otra vez.»

El dirigente cristiano no debe ser una persona que le dé la paliza a los demás (pléktés, golpeador). Que esta advertencia no era innecesaria se ve en una de las primeras reglas de los Cánones Apostólicos: «Un obispo, sacerdote o diácono que golpee a los fieles cuando yerran, o a los incrédulos cuando cometen una injuria, y que desee por tales medios atemorizarlos, recomendamos que sea depuesto; porque el Señor no nos ha enseñado esto en ningún sitio. Cuando Le insultaban, Él no devolvía el insulto, sino por el contrario. Cuando Le golpeaban, Él no devolvía el golpe; cuando sufría, no amenazaba.» No es probable que ningún dirigente cristiano ahora golpee físicamente a otro cristiano; pero sigue presentándose el hecho de ejercer violencia, ser irascible, dominante, de mal genio y acción, cosas que le están prohibidas a un cristiano.

El dirigente cristiano debe ser benigno. En griego se usa la palabra epieikés, otra de esas palabras totalmente intraducibles.

El nombre es epiec7ceia, que Aristóteles describe como «lo que corrige la justicia» y lo que «es justo y mejor que la justicia.» Decía que era la cualidad que corrige la ley cuando la ley yerra por ser demasiado general. Lo que quiere decir es que a veces puede ser injusto el aplicar la estricta letra de la ley. Trench decía que epiefeia quiere decir «retirar de la letra del derecho para preservar mejor el espíritu del derecho;» y es « el espíritu que reconoce la imposibilidad de adscribirse a toda ley formal… que reconoce el peligro que siempre acecha en la aserción de los derechos legales, para que no se empujen hasta llegar a ser errores morales… el espíritu que rectifica y endereza la injusticia de la justicia.»

Aristóteles describe plenamente la acción de epieíkeia: «Perdonar las faltas humanas; mirar al legislador, no a la ley; a la intención, no a la acción; al todo, no a la parte; al carácter del actor en conjunto y no solamente en un momento determinado; recordar el bien antes que el mal, y el bien que uno ha recibido más bien que el que uno ha hecho; soportar la injuria; desear zanjar una cuestión con palabras mejor que con obras.» Si hay alguna cuestión en disputa, se puede resolver consultando un libro de práctica y procedimiento, o consultándoselo a Jesucristo. Si se trata de una cuestión en debate, se puede resolver por la ley, o por el amor. La atmósfera de muchas iglesias cambiaría radicalmente si hubiera en ellas más epieakeia.

El dirigente cristiano debe ser pacífico (ámajos). La palabra griega quiere decir indispuesto a pelear. Hay personas a las que les encanta apretar el gatillo en sus relaciones con otras personas. Pero el verdadero dirigente cristiano lo que quiere es mantener la paz con sus semejantes.

El dirigente cristiano debe estar libre del amor al dinero. No hace nunca nada simplemente para sacar provecho. Sabe que hay valores que están por encima del precio del dinero.

Los hombres del servicio cristiano

Paralelamente, los diáconos deben ser hombres respetables, rectos, que no se permiten excesos en el vino, que no estén dispuestos a rebajarse a métodos indignos de hacer dinero; deben mantener el secreto de la fe que les ha sido revelado con limpia conciencia. A los diáconos también hay que ponerlos a prueba primeramente; y, si salen intachables de la prueba, que sean diáconos… Los diáconos deben estar casados sólo una vez; deben dirigir a sus propios hijos y sus hogares como es debido. Porque los que realizan un buen trabajo en el puesto de diáconos son dignos de un alto grado de honor, y obtienen mucha libertad en la fe de Jesucristo.

En la Iglesia Primitiva la función de los diáconos se circunscribía principalmente en la espera del servicio práctico. La Iglesia Cristiana heredó una magnífica organización de la beneficencia de los judíos. No ha habido ninguna otra nación que tuviera un sentimiento de responsabilidad comparable para con los hermanos y hermanas pobres. La sinagoga tenía una organización estable para ayudar a tales personas. Los judíos más bien desanimaban a que se diera ayuda individual a personas individuales. Preferían que la ayuda se diera por medio de la comunidad y especialmente por medio de la sinagoga.

Todos los viernes en todas las comunidades dos encargados de la colecta se daban una vuelta por los mercados y llamaban en todas las casas recogiendo donativos para los pobres en dinero y en especie. Los productos así recogidos se distribuían entre los que estaban en necesidad mediante un comité de dos o más si era necesario. A los pobres de la comunidad se les daban suficientes alimentos para catorce comidas, es decir, para dos comidas diarias durante una semana; pero nadie podía recibir de este fondo si ya tenían en su casa el alimento de la semana. Este fondo para los pobres se llamaba la kuppá, o la cesta. Además de esto se hacía una colecta diaria de alimentos de casa en casa para los que se encontraran de momento en una necesidad extrema. Este fondo se llamaba el tamjui, o la bandeja. La Iglesia Cristiana heredó esta organización de la beneficencia, y sin duda sería la tarea de los diáconos el hacerla funcionar.

Muchas de las cualidades del diácono coinciden con las del epískopos. Habían de ser hombres de carácter intachable; tenían que ser abstemios, o por lo menos moderados en su beber; no tenían que mancharse las manos con maneras poco recomendables de hacer dinero; tenían que someterse a prueba un cierto tiempo; debían practicar lo que predicaban, para mantener la fe cristiana con limpia conciencia.

Se añade una nueva cualidad: habían de ser rectos. El original dice que no debían ser dílogos, y dílogos quiere decir hablar con dos voces, diciéndole una cosa a uno y otra a otro. En El Peregrino, Juan Bunyan pone en boca de Interés-privado la descripción de las personas que viven en el pueblo Buenas palabras. El señor Voluble, el señor Contemporizador, el señor Buenas-palabras, de quien tomó su nombre el pueblo; también los Sres. Halago, Dos-caras, Cualquier-cosa, el vicario de nuestra parroquia señor Dos-lenguas (Juan Bunyan, El Peregrino, capítulo 14). Un diácono que fuera corrientemente de casa en casa, y en su trato con los que necesitaran ayuda, tenía que ser recto. Una y otra vez tendría la tentación de evitar problemas con un poco de hipocresía a tiempo y de palabras suaves. Pero el que hubiera de hacer el trabajo de la Iglesia Cristiana tenía que ser recto.

Está claro que el que realiza su trabajo de diácono como es debido puede esperar que se le eleve al puesto de anciano, y ganará tal posición en la fe que le permita mirar a todos a cara descubierta.

Mujeres que sirven en la iglesia

De la misma manera las mujeres deben ser dignas; no deben entregarse al chismorreo; deben ser sobrias; en todas las cosas, dignas de confianza.

Por lo que se refiere al texto original, esto podría referirse a las mujeres de los diáconos, o a mujeres que realizaran un servicio semejante. Parece mucho más probable que se refiera a mujeres que están comprometidas también en el trabajo de beneficencia. Tiene que haber habido obras de amabilidad y de ayuda que solo una mujer podría ofrecer adecuadamente a otra mujer. No cabe duda de que en la Iglesia Primitiva había diaconisas. Tenían el deber, probablemente entre muchos otros, de instruir a las mujeres que se convertían, y en particular presidir y ayudarlas en su bautismo, que era por inmersión.

Era necesario advertir a tales mujeres obreras del peligro del chismorreo y exhortarlas a que fueran del todo de confianza. Cuando un médico joven se gradúa y antes de empezar su práctica, se le toma el juicio hipocrático, una parte del cual es el compromiso de no repetir nunca lo que ha oído en la casa de un paciente, o acerca de un paciente, aunque lo haya oído en la calle. En la labor de ayudar a los pobres se podrían oír fácilmente ciertas cosas que, repetidas, causarían un perjuicio tremendo.

No es ningún insulto a las mujeres el que en las pastorales se les prohíba sucumbir al chismorreo. Según está montada la vida una mujer corre más peligro de chismorrear que un hombre, porque a éste el trabajo le saca al mundo, mientras que una mujer vive tradicionalmente en una esfera más estrecha y por esa misma razón tiene menos cosas de las que hablar. Esto aumenta el peligro de hablar acerca de relaciones personales de las que pueden surgir chismorreos dañinos. Ya se trate de un hombre o de una mujer, el divulgar secretos o el repetir cosas que se han dicho en confianza es algo monstruoso para una persona cristiana.

En la civilización griega era esencial el que las obreras de la Iglesia conservaran su dignidad. Una mujer griega respetable vivía en la más estricta reclusión; nunca salía sola; nunca ni siquiera participaba en las comidas con su familia. Pericles decía que el deber de una madre ateniense era vivir una vida tan retirada que no se mencionara nunca su nombre ni para alabarla ni para criticarla. Jenofonte cuenta lo que decía un caballero del país que era amigo suyo acerca de la joven esposa con la que acababa de casarse y a la que amaba entrañablemente. « ¿Qué era probable que supiera cuando yo me casé con ella? Todavía no tenía quince años cuando la introduje en mi casa, y había sido criada bajo la más estricta supervisión; en la medida de lo posible no se le había permitido ver nada, oír nada, ni hacer ningunas preguntas.» Esa era la manera en que se criaban las chicas griegas respetables. Jenofonte nos pinta el retrato de una de estas jóvenes esposas que gradualmente «iban creciendo acostumbradas a su marido y estando suficientemente domesticadas para mantener una conversación con él.»

El Cristianismo trajo la emancipación de las mujeres; las liberó de una especie de esclavitud. Pero tenía sus peligros. La mujer liberada podía usar mal su libertad recién encontrada. El mundo respetable se podría escandalizar ante tal emancipación; así es que la Iglesia tenía que establecer ciertas reglas. Era usando su libertad sabiamente como las mujeres llegarían a tener la posición respetable en la Iglesia que tienen, y van adquiriendo en mayor medida, en nuestro tiempo.

Privilegio y responsabilidad de la vida en la iglesia

Te estoy escribiendo estas cosas esperando, mientras escribo, ira verte pronto. Pero te estoy escribiendo para que, si me retraso, puedas saber cómo conducirte en la casa de Dios, que es la asamblea del Dios viviente, y la columna y el baluarte de la verdad.

Aquí tenemos en una frase la razón por la que se escribieron las epístolas pastorales; se escribieron para decirles a las personas cómo debían comportarse en la iglesia. La palabra para comportarse es anastréfesthai; describe el conjunto de la vida y el carácter; pero describe especialmente a la persona en su relación con los demás. Como se ha dicho, la palabra misma establece que el carácter personal de un miembro de la iglesia debe ser excelente y que sus relaciones personales con otros deben manifestar una verdadera comunión. Una congregación cristiana es un cuerpo de personas que son amigas de Dios y amigas entre sí. Pablo pasa a usar cuatro palabras que describen cuatro grandes funciones de la Iglesia.

(i) La Iglesia es la casa (oikos) de Dios. Lo primero y principal es que debe ser una familia. En un informe escrito después de una sus grandes victorias navales, Nelson la atribuía al hecho de que «había tenido la dicha de mandar a una banda de hermanos.» A menos que una iglesia sea una banda de hermanos no es una verdadera iglesia. El amor de Dios sólo puede existir donde existe el amor fraternal.

(ii) La Iglesia es la asamblea (ekklésía) del Dios viviente. .La palabra ekklésía quiere decir literalmente una compañía de personas que han sido convocadas. No quiere decir que esas personas hayan sido seleccionadas o escogidas. En Atenas, la ekklésía era el cuerpo gobernante de la ciudad; y su membresía consistía en que todos los ciudadanos se reunían en asamblea. Pero, muy naturalmente, en ninguna ocasión asistieron todos. Se proclamaba la llamada a asistir a la Asamblea de la ciudad pero solamente algunos ciudadanos respondían asistiendo. La llamada de Dios se ha dirigido a todas las personas; pero solamente algunos la han aceptado, y esos son la ekklésía, la Iglesia. No es que Dios haya sido selectivo. La invitación se dirige a todos; pero una invitación requiere una respuesta.

(iii) La Iglesia es la columna de la verdad (stylos). En Éfeso, adonde se dirigieron estas cartas, la palabra columna tendría un significado especial. La más grande gloria de Éfeso era el Templo de Diana o Artemisa. «¡Grande es Diana de los Efesios!» (Hechos 19:28). Era una de las siete maravillas del mundo. Una de sus excelencias eran sus columnas. Tenía ciento veintisiete columnas cada una de las cuales había sido el regalo de un rey. Todas eran de mármol, y algunas estaban adornadas con joyas y recubiertas de oro. Los de Éfeso sabían muy bien lo hermosa que podía ser una columna. Bien puede ser que la idea de la palabra columna no indique aquí tanto el apoyo -eso está contenido en baluarte- como despliegue. A menudo se colocaba la estatua de un personaje famoso encima de una columna para que pudiera sobresalir por encima de todas las cosas ordinarias y verse claramente, hasta desde lejos. La idea aquí es que el deber de la Iglesia es mantener bien alta la verdad de tal manera que todos puedan verla.

(iv) La Iglesia es el baluarte (hedraíóma) de la verdad. El baluarte es el apoyo de todo el edificio. Lo mantiene de pie e intacto. En un mundo que no quiere enfrentarse con la verdad, la Iglesia la mantiene en alto para que todos la puedan ver. En un mundo que muchas veces querría eliminar la verdad, la Iglesia la sostiene frente a todos los que quieran destruirla.

Un himno de la iglesia original

Como todos han de confesar, grande es el secreto que Dios nos ha revelado en nuestra religión: El Que fue manifestado en la carne; el Que fue vindicado por el Espíritu; el Que fue visto por ángeles; el Que ha sido predicado entre las naciones; en el Que los hombres han creído en todo el mundo; el Que ha sido elevado a la gloria. El gran interés de este pasaje consiste en que aquí tenemos un fragmento de uno de los himnos de la Iglesia Primitiva. Es la fe en Cristo puesta en poesía y en música, un himno con el que los creyentes cantaban su credo. No podemos esperar en poesía la precisión de expresión que buscaríamos en un credo; pero debemos tratar de ver lo que nos dice cada verso de este himno.

(i) El Que fue manifestado en la carne. Desde el mismo principio subraya la humanidad verdadera de Jesús. Dice: « Mirad a Jesús, y veréis la mente y el corazón y la acción de Dios de una manera que todos podemos entender.»

(ii) El Que fue vindicado por el Espíritu. Éste es un verso difícil. Hay tres cosas que puede querer decir.

(a) Puede querer decir que a lo largo de toda su vida en la Tierra Jesús fue guardado del pecado por el poder del Espíritu Santo. Es el Espíritu el Que da dirección al ser humano; nuestro error consiste en que tan a menudo rehusemos Su dirección. Fue la perfecta sumisión de Jesús al Espíritu de Dios lo que le guardó del pecado.

(b) Puede querer decir que las credenciales de Jesús fueron vindicadas por la acción del Espíritu que moraba en Él. Cuando los escribas y los fariseos acusaron a Jesús de realizar curas por el poder del diablo, Su respuesta fue: « Si Yo echo a los demonios por el Espíritu de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha venido a vosotros» (Mateo 12:28). El poder que estaba en Jesús era el poder del Espíritu, y las obras de poder que Él realizaba eran la vindicación de las tremendas credenciales que Él presentaba.

(c) Puede ser que esto haga referencia a la Resurrección. La humanidad tomó a Jesús y Le crucificó como a un criminal; pero por el poder del Espíritu resucitó; el veredicto de la humanidad se demostró que era falso, y Él fue vindicado. No importa cómo interpretemos este verso; su sentido es que el Espíritu es el poder que probó que Jesús es el Que declaró ser.

(iii) El Que fue visto por ángeles. De nuevo tenemos aquí tres posibles significados.

(a) Puede que haga referencia a la vida de Jesús antes de venir a la Tierra.

(b) Puede que haga referencia a Su vida en la Tierra. Aun en la Tierra los ejércitos celestiales estaban contemplando Su tremenda contienda con el mal. (c) Puede conectarse con la creencia de todos los hombres en el tiempo de Jesús de que el aire estaba lleno de poderes demoníacos y angélicos. Muchos de estos poderes eran hostiles a Dios y a la humanidad, y estaban empeñados en destruir a Jesús. Pablo expone por lo menos una vez que esos poderes trataron de destruir a Jesús por ignorancia, y que Jesús les trajo a ellos y a los hombres la sabiduría que había estado escondida desde la creación del mundo (1 Corintios 2: 7s). Esta frase puede que quiera decir que Jesús trajo la verdad aun a los ángeles y a los poderes demoníacos que nunca la habían conocido. De cualquier manera que lo tomemos quiere decir que la obra de Jesús es tan tremenda que incluye tanto el Cielo como la Tierra.

(iv) El Que ha sido predicado entre las naciones. Aquí tenemos la gran verdad de que Jesús no fue la posesión exclusiva de ninguna raza. No fue un Mesías que viniera para elevar a los judíos a una posición de grandeza universal, sino el Salvador de todo el ancho mundo.

(v) En Quien las personas han creído en todo el mundo. Aquí tenemos una verdad casi milagrosa presentada con una sencillez extrema. Inmediatamente después de tener lugar la muerte y resurrección y ascensión de Jesús a Su gloria, el número de Sus seguidores no pasaba de ciento veinte (Hechos 1:15). Todo lo que Sus seguidores podían ofrecer era la historia de un Carpintero galileo que había sido crucificado en la cima de una colina de Palestina como un criminal. Y sin embargo, antes de que pasaran setenta años, esa historia ya había llegado al fin de la Tierra y hombres de todas las naciones habían aceptado a este Jesús crucificado como Salvador y Señor. En esta sencilla frase se encierra toda la maravilla de la expansión de la Iglesia, una expansión increíble sobre cualquier base humana.

(vi) El Que fue elevado a la gloria. Ésta es una referencia a la Ascensión. La historia de Jesús empieza y acaba en el Cielo. Vivió como un siervo. Fue marcado como un criminal; fue crucificado; resucitó con las cicatrices de Sus clavos y otras en Su cuerpo; pero el final fue la gloria.

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