1 Pedro 1: La gran herencia

(i) Les dice que se ciñan los lomos de la mente. Esta es una frase deliberadamente gráfica. En Oriente era comente que los hombres llevaran túnicas largas y sueltas más aptas para mantenerse frescos que para avanzar rápido o trabajar arduamente. El cinturón, colocado donde su nombre indica, no arreglaba mucho las cosas; mejor era y es la faja que probablemente heredamos de ellos los campesinos españoles. Se sugiere que el equivalente moderno podría ser remangarse o quitarse la chaqueta. Pedro está diciéndoles a los suyos que hay que estar dispuestos para una ardua tarea intelectual. No se debe nunca contentar uno con una fe difuminada e inconcreta; hay que proponerse pensar las cosas en serio y a fondo. Puede que eso nos lleve a descartar algunas cosas. Puede que sé cometan errores; pero lo que le quede a uno será suyo de una manera que nada ni nadie se lo podrá quitar nunca.

(ii) Les dice que sean sobrios. La palabra griega, como la española puede tener dos sentidos. Puede querer decir sencillamente que no se está borracho, y también puede querer decir que se tiene una mente equilibrada. Es decir: que no deben intoxicarse ni con bebidas intoxicantes ni con ideas intoxicantes; deben mantener un juicio equilibrado. Le es fácil al cristiano dejarse llevar por este, ese o aquel entusiasmo repentino y emborracharse con la última moda o manía. Pedro les exhorta a que mantengan la compostura esencial que les es propia a los que saben lo que creen.

(iii) Les dice que pongan su esperanza en la gracia que se les va a dar cuando venga Jesucristo. Es la gran característica del cristiano el vivir en esperanza; y porque vive en esperanza puede soportar las pruebas del presente. Cualquiera puede soportar la lucha y el esfuerzo y el trabajo si está seguro de que conduce a alguna parte. Es por eso por lo que el atleta se somete al duro entrenamiento y el estudiante al estudio. Para el cristiano, lo mejor siempre está por venir. Puede vivir con agradecimiento por todas las misericordias del pasado, con resolución de aceptar los desafíos del presente y con una esperanza segura de que, en Cristo, lo mejor es lo que está todavía por venir.

La vida sin cristo y la vida llena de cristo

Sed hijos obedientes. No sigáis viviendo una vida de acuerdo con los deseos que teníais en los días de vuestra ignorancia anterior, sino mostraos santos en la forma que os conducís en todos los aspectos de vuestra vida, como es santo el Que os ha llamado; porque escrito está: «Sed santos, porque Yo soy santo.» Si llamáis Padre al Que juzga a cada uno conforme a su obra con una imparcialidad total, conducíos con reverencia todo el tiempo de vuestra peregrinación por el mundo; porque sabéis que no fue con cosas perecederas como plata u oro como fuisteis rescatados de la manera vana de vivir que habíais aprendido de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin mancha ni contaminación. Fue antes de la creación del mundo cuando fue predestinado para esta obra; ha sido al fin de las edades cuando ha aparecido, por amor a vosotros, que por medio de Él habéis llegado a creer en Dios, Que Le levantó de los muertos y Le ha dado gloria, para que pongáis en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Ahora que habéis purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad -una purificación que debe desembocar en un amor fraternal sincero- , amaos los unos a los otros de corazón y con constancia, porque habéis nacido de nuevo, no de simiente mortal, sino inmortal, por medio de la Palabra viva y permanente de Dios. Porque «toda carne es hierba, y su belleza como la florecilla del campo. La hierba se seca, y la flor se mustia; pero la Palabra de Dios permanecerá para siempre.» Y esa es la Palabra cuya buena noticia ha llegado hasta vosotros.

En este pasaje hay tres grandes líneas de enfoque que debemos considerar una a una. En primer lugar Pedro nos habla de Jesucristo como Redentor y Señor.

Jesucristo, Redentor y Señor

(i) Jesucristo es el Emancipador, por medio de Quien somos libertados de la esclavitud del pecado y de la muerte; es el Cordero sin mancha ni contaminación (versículo 19). Cuando Pedro hablaba así de Jesús, su mente se retrotraía a dos imágenes del Antiguo Testamento: a Isaías 53, con su descripción del Siervo doliente por medio de cuyo sufrimiento somos salvados y sanados, y sobre todo a la del Cordero Pascual (Éxodo 12:5). En aquella noche memorable cuando dejaron atrás la esclavitud de Egipto, se mandó a los israelitas ,que tomaran un cordero, y lo sacrificaran, y marcaran con su sangre el dintel y los dos postes de las puertas; y, cuando el ángel de la muerte pasara por la tierra matando a los primogénitos de los egipcios, « pasaría por alto» -eso es lo que quiere decir pascua- las casas así marcadas. Ese cuadro del Cordero Pascual contiene las ideas gemelas de la emancipación de la esclavitud y liberación de la muerte. No importa cómo lo interpretemos: costó la vida y la muerte de Jesucristo el libertarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

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