1 Pedro 1: La gran herencia

(iii) Pueden soportarlo todo porque, al acabar todo, cuando aparezca Jesucristo, recibirán de Él alabanza y gloria y honor. Una y otra vez en la vida hacemos un esfuerzo supremo no para que nos lo paguen ni recompensen, sino para ver la luz en los ojos de alguien y escuchar sus palabras de aprecio. Estas valen más que nada en el mundo. El cristiano sabe que, si resiste la prueba, Le oirá decir al Maestro: « ¡Bien hecho!»

Esta es la receta para resistir cuando la vida y la fe se ponen difíciles. Podemos aguantar lo que sea por la grandeza que esperamos, porque cada adversidad es otra prueba para fortalecer y purificar nuestra fe, y porque al final de todo Jesucristo está esperando decir a todos Sus siervos fieles: «¡Bien hecho!»

No le hemos visto, pero le conocemos

Aunque nunca Le habéis visto, Le amáis; aunque ahora tampoco Le veis, creéis en Él. Y os regocijáis con un gozo indecible y glorioso porque estáis recibiendo lo que es el objetivo de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Pedro está trazando un contraste implícito entre él mismo y sus lectores. Él había tenido el privilegio inapreciable de conocer a Jesús en Su vida en la Tierra. Sus lectores no habían tenido ese gozo; pero, a pesar de eso, Le amaban; y aunque no Le veían con los ojos de la cara, creían en Él. Y esa fe les producía un gozo que trascendía la expresión y que estaba revestido de gloria, porque aun aquí y ahora les aseguraba el bienestar definitivo de sus almas. E. G. Selwyn distingue en su comentario cuatro etapas en la aprehensión de Cristo por nosotros.

(i) La primera es una etapa de esperanza y anhelo, la etapa de los que soñaron con la venida del Rey en todas las edades. Como Jesús mismos les dijo a Sus discípulos: «Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros estáis viendo, pero no lo vieron» (Lucas 10:23s). Hubo días de un anhelo y una expectación que no se habían realizado.

(ii) La segunda etapa fue la de aquellos que conocieron a Jesús en Su vida terrenal. Eso es lo que tiene en mente Pedro aquí. Eso era lo que estaba pensando cuando le dijo a Comelio: «Nosotros somos testigos de todo lo que Él hizo, tanto en el país de los judíos como en Jerusalén» (Hechos 10:39). Hubo algunos que convivieron con Jesús, y de cuyo testimonio dependemos para saber cómo era y qué hizo.

(iii) Hay personas en todas las naciones y en todos los tiempos que ven a Jesús con los ojos de la fe. Jesús le dijo a Tomás: «¿Has creído porque Me has visto? ¡Benditos los que no han visto, y sin embargo creen!» (Juan 20:29). Esta manera de ver a Jesús es posible solamente porque Él no es simplemente alguien que vivió y murió y ahora no es más que el protagonista de un libro; sino que es Alguien que vivió y murió y resucitó y vive para siempre. Se ha dicho que «ninguno de los apóstoles se acordaba nunca de Cristo.» Es decir: Jesús no es sólo un recuerdo; es una Persona Que conocemos.

(iv) Está la visión beatífica. Pedro estaba seguro de que Le vería como Él es (1 Juan 3:2). «Ahora dice Pablo- vemos borrosamente como en un espejo; pero entonces, cara a cara» (1 Corintios 13:12). Si la mirada de fe permanece, día llegará en que Le veamos cara a cara, y Le conozcamos como Él nos conoce.

No ya con ojos de la fe, sin velo allí contemplaré el rostro del Dios mío; del alto Rey la majestad, la gloria de Su santidad, ‹ de cerca ver confío. Tanto – cuanto fue escondido – al sentido, bella, pura, celestial, alta hermosura. (Philip Nicolai – Tr. Federico Fliedner).

El anuncio de la Gloria

Los profetas que anunciaron la gracia que os habría de venir, inquirieron e indagaron sobre esa Salvación, tratando de descubrir cuándo y cómo el Espíritu de Cristo que estaba en ellos les decía que había de suceder, testificando anticipadamente acerca de los sufrimientos que Le estaban destinados a Cristo y las glorias que habrían de seguirlos. A ellos les fue revelado que el ministerio que estaban ejerciendo acerca de esas cosas no era para sí mismos, sino para vosotros; las cosas que ahora os han sido proclamadas por medio de los que os han predicado el Evangelio en el poder del Espíritu Santo enviado desde el Cielo, que son cosas que los ángeles anhelan vislumbrar.

Aquí tenemos otra vez un pasaje henchido de riquezas. La maravilla de la Salvación que había de venir a la humanidad en la Persona de Jesucristo era tal que los profetas inquirieron e indagaron acerca de ella; y hasta los ángeles estaban ansiosos por vislumbrarla. Pocos pasajes tienen tanto que decirnos sobre cómo escribieron los profetas y cómo eran inspirados.

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