1 Pedro 1: La gran herencia

Pedro, apóstol de Jesucristo, al Pueblo Escogido de Dios diseminado como exiliados por todo el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Yo soy un apóstol, y vosotros sois elegidos de acuerdo con el conocimiento anticipado de Dios, por medio de la consagración del Espíritu, para la obediencia y para ser rociados con la sangre de Jesucristo. ¡Que la gracia y la paz se os multipliquen!

Sucede una y otra vez en el Nuevo Testamento que la verdadera grandeza de un pasaje no se encuentra solamente en la superficie y en lo que se dice de hecho, sino en las ideas y convicciones que subyacen ocultas. Eso es particularmente cierto en este caso.

Está claro que esta carta iba dirigida a personas de la gentilidad. Habían sido liberadas de la manera de vivir insustancial que habían aprendido de sus antepasados (1:1S). Los que antes no eran un pueblo habían llegado a ser nada menos que el Pueblo de Dios (2:10). En tiempos anteriores habían vivido de acuerdo con la voluntad y los deseos mundanos de los gentiles (4:3). Pero lo extraordinario de este pasaje está en que toma palabras y concepciones que originalmente se habían adscrito sólo a los judíos, el Pueblo Escogido, y se aplican a los gentiles, que anteriormente se había creído que estaban excluidos de la misericordia de Dios. Algunos judíos habían dicho que «Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña para los fuegos del infierno.»

Se había dicho que, como con las mejores serpientes no se puede hacer otra cosa que aplastarlas, así había que destruir hasta a los mejores de los gentiles y que Dios no amaba nada más que a Israel de todas las naciones de la Tierra. Pero ahora, la misericordia, los privilegios y la gracia de Dios se habían extendido por toda la Tierra y a todos los seres humanos, hasta a aquellos que nunca los habrían esperado.

(i) Pedro llama a las personas a quienes escribe los elegidos, el Pueblo Escogido de Dios. Anteriormente ese había sido el título que pertenecía exclusivamente a Israel: «Porque tú eres un pueblo santo del Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para que seas Su pueblo especial, entre todos los pueblos que hay sobre la superficie de la Tierra» (Deuteronomio 7: 6; cp. 14:2). El profeta dice que Dios llama a Israel « Mi elegido» (Isaías 45:4). El salmista habla de «los hijos de Jacob, Sus escogidos» (Salmo 105:6, 43). Pero la nación de Israel falló en lo que Dios le había asignado; porque, cuando Dios envió a Su Hijo al mundo, Le rechazaron y crucificaron. Cuando Jesús contó la parábola de los Viñadores Malvados, dijo que la heredad de Israel se les iba a quitar y dar a otros (Mateo 21:41; Marcos 12:9; Lucas 20:16). Esa es la base de la gran concepción novotestamentaria de la Iglesia Cristiana como el Nuevo Israel, el Israel de Dios (cp. Gálatas 6:16). Todos los privilegios que antes habían pertenecido a Israel, ahora pertenecían a la Iglesia Cristiana. La misericordia de Dios se había extendido hasta cubrir toda la Tierra, y todas las naciones habían visto la gloria y experimentado la gracia de Dios.

(ii) Aquí hay otra palabra que antes pertenecía exclusivamente a Israel. La dirección de la carta dice literalmente: « A los escogidos extranjeros de la Diáspora por todo el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia.» Diáspora, literalmente dispersión, era el nombre técnico de los judíos diseminados en el exilio por todos los países fuera de las fronteras de Palestina. Algunas veces en su turbulenta historia, los judíos habían sido deportados a la fuerza de su tierra natal; otras veces se habían trasladado voluntariamente para trabajar, y a menudo prosperar, en otras tierras. Esos judíos constituían la Diáspora. Pero ahora, la verdadera Diáspora no son los judíos, sino la Iglesia Cristiana diseminada por todas las provincias del imperio romano y las demás naciones del mundo. Hubo un tiempo cuando los que eran extraños eran los judíos; ahora eran los cristianos. Son el pueblo cuyo Rey es Dios, cuyo hogar es la eternidad, y que están exiliados en el mundo.

Los escogidos de Dios y los exiliados de la eternidad

Lo que acabamos de decir significa que los dos grandes títulos en los que hemos estado pensando nos pertenecen a nosotros los cristianos.

(i) Somos el Pueblo Escogido de Dios. Aquí hay algo que eleva. Seguro que no puede haber mayor distinción o privilegio en el mundo que el ser escogidos de Dios. La palabra eklektós puede describir cualquier cosa que sea especialmente escogida; puede referirse a fruta selecta, artículos especialmente elegidos por estar excepcionalmente hechos, tropas seleccionadas para una misión distinguida. Tenemos el honor de haber sido escogidos especialmente por Dios. Pero hay también desafío y responsabilidad aquí. Dios escoge siempre para un servicio. El honor que confiere a una persona es el de usarla en Su propósito. Fue precisamente ahí donde fallaron los judíos, y debemos poner todo nuestro empeño para que no marque nuestra vida la tragedia de un fracaso semejante.

(ii) Somos exiliados de la eternidad. Esto no es decir nunca que debemos retirarnos del mundo, sino que debemos de la manera más realista estar en el mundo y no ser del mundo. Se ha dicho sabiamente que el cristiano debe ser una persona aparte, pero no estar apartada del mundo. Dondequiera que los exiliados judíos se asentaban, sus ojos se dirigían a Jerusalén. En los países extranjeros construían sus sinagogas de forma que cuando entraba la congregación estaban orientados hacia Jerusalén. Por muy útil que fuera un judío como ciudadano en su país de adopción, su lealtad suprema era para con Jerusalén. La palabra griega para un residente temporal en un país extraño era pároikos. Un pároikos era el que se encontraba en otro país, aunque con el pensamiento siempre estuviera en el suyo. Tal forma de residencia se llamaba paroikía; y paroikía es la palabra de la que deriva la española parroquia. Los cristianos en cualquier lugar son un grupo de gente cuya mirada se dirige siempre hacia Dios y cuya lealtad suprema está en el más allá. « Aquí -decía el autor de Hebreos- no tenemos ciudad de residencia estable, sino que buscamos la que está por venir» .(Hebreos 13:14).

Debemos repetir que. esto no quiere decir que nos retiremos del mundo, sino que el cristiano lo ve todo a la luz de la eternidad, y la vida como un viaje hacia Dios. De esto depende la importancia que concede a las cosas; es esto lo que dicta su conducta. Es la piedra de toque y la dinámica de su vida.

Hay un famoso dicho tradicional de Jesús -un ágrafon, es decir, no escrito en el Nuevo Testamento-: «El mundo es un puente. El sabio pasa por él, pero no construirá en él su morada.» Este es el pensamiento que hay detrás del famoso pasaje de la Epístola de Diogneto, uno de los escritos más conocidos de la era posapostólica: «Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad por su país o lengua o costumbres… Viven en ciudades tanto griegas como bárbaras, cada uno como le corresponde, siguiendo las costumbres de la región en cuanto a la ropa o la comida y en las cosas exteriores de la vida en general; sin embargo manifiestan el carácter maravilloso y abiertamente paradójico de su propio estado.

Habitan las tierras de su nacimiento, pero como residentes temporales de las mismas; asumen su parte de todas las responsabilidades como ciudadanos, y sobrellevan todas las incomodidades como forasteros. Todas las tierras extranjeras son sus tierras nativas, y todas las tierras nativas les son extranjeras… Pasan la vida en la Tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo.»

Sería erróneo pensar que esto hace que los cristianos sean malos ciudadanos en la tierra de su residencia. Precisamente porque ven todas las cosas bajo el punto de vista de la eternidad son los mejores ciudadanos; pues es sólo a la luz de la eternidad como se puede descubrir el verdadero valor de las cosas.

Nosotros, como cristianos, somos el Pueblo Escogido de Dios; somos exiliados de la eternidad. Ahí están nuestro inapreciable privilegio y nuestra inescapable responsabilidad.

Los tres grandes hechos de la vida cristiana

En el versículo 2 se nos presentan tres grandes hechos de la vida cristiana.

(i) El cristiano es elegido de acuerdo con el conocimiento anticipado de Dios. C. E. B. Cranfield nos ofrece un hermoso comentario a esta frase: « Si concentramos toda nuestra atención en la hostilidad o la indiferencia del mundo o lo éxiguo de nuestro propio progreso en la vida cristiana, bien podemos sentirnos desanimados. En tales momentos necesitamos que se nos recuerde que nuestra elección es de acuerdo con el conocimiento anticipado de Dios Padre. La Iglesia no es simplemente una organización humana -aunque, por supuesto, también lo es. Su origen no se encuentra en la voluntad de la carne, o en el idealismo de algunos hombres, o en aspiraciones y proyectos humanos, sino en el propósito eterno de Dios.» Cuando estemos desanimados bien podemos recordar que la Iglesia Cristiana llegó a ser de acuerdo con el propósito y el plan de Dios y, si le es fiel, a fin de cuentas no puede nunca acabar en el fracaso.

(ii) El cristiano es elegido para ser consagrado por el Espíritu. Lutero decía: «Creo que no puedo con mi propia razón o esfuerzo creer en mi Señor Jesucristo o acudir a El.» Para el cristiano, el Espíritu Santo es esencial en todos los aspectos de la vida cristiana y en cada uno de sus pasos en ella. Es el Espíritu Santo quien despierta dentro de nosotros los primeros débiles anhelos de Dios y de bondad. Es el Espíritu Santo quien nos redarguye de pecado y nos guía a la Cruz de Cristo donde podemos encontrar el perdón. Es el Espíritu Santo quien nos capacita para ser librados de los pecados que nos tienen bajo su dominio, y para alcanzar las virtudes que son el fruto del Espíritu. Es el Espíritu Quien nos da la seguridad de que nuestros pecados son perdonados, y de que Jesucristo es el Señor. El principio, el medio y el final de la vida cristiana son la obra del Espíritu Santo.

(iii) El cristiano es elegido para la obediencia, y para ser rociado con la sangre de Jesucristo. En el Antiguo Testamento hay tres ocasiones en las que se menciona la aspersión con sangre. Puede que Pedro tenga en mente los tres, y que los tres tengan algo que contribuir al pensamiento que encierran estas palabras.

(a) Cuando un leproso se curaba, se le rociaba con la sangre de una avecilla (Levítico 14:1-7). El rociar con sangre era por tanto símbolo de la purificación. Por el sacrificio de Cristo, el cristiano es purificado del pecado.

(b) El rociar con sangre era parte del ritual de la consagración de Aarón y de los sacerdotes (Éxodo 29:20-21; Levítico 8:30). Era la señal de que se apartaban para el servicio de Dios. El cristiano es apartado especialmente para el servicio de Dios, no sólo dentro del templo, sino también en el mundo.

(c) La gran escena de la aspersión nos llega de la promulgación del pacto entre Dios e Israel. En el pacto, Dios, por Su voluntad misericordiosa, se acercó a Israel para que fuera Su pueblo, y Él sería su Dios. Pero esa relación dependía de que los israelitas aceptaran las condiciones del pacto y obedecieran la ley. La obediencia era una condición necesaria del pacto, y la desobediencia quebrantaba la relación del pacto entre Dios e Israel. Así es que se leyó el libro del pacto a oídos del pueblo, y este lo asumió diciendo: «Haremos todas las cosas que el Señor nos ha dicho que hagamos.» Como señal de la relación de obediencia del pueblo para con Dios, Moisés tomó la mitad de la sangre del sacrificio y roció con ella el altar, y con la otra mitad roció al pueblo (Éxodo 24:1-8). La aspersión significaba obediencia.

Mediante el sacrificio de Jesucristo, el cristiano entra en una nueva relación con Dios en la que sus pecados pasados son perdonados y él se compromete a obedecer a Dios en lo sucesivo.

El cristiano es llamado conforme al propósito de Dios. Su vida es consagrada a Dios mediante la obra del Espíritu Santo. Por la aspersión de la sangre de Cristo es limpiado de los pecados del pasado y dedicado a la obediencia a Dios.

El nuevo nacimiento del cristiano

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo Que por Su gran misericordia ha producido en nosotros este nuevo nacimiento que nos introduce a una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo, una herencia imperecedera, incontaminable e inmarcesible, guardada a salvo en el Cielo para nosotros, que somos protegidos por el poder de Dios mediante la fe hasta que llegue esa liberación que está lista para manifestarse en el último tiempo!

Nos llevará un tiempo considerable el apropiarnos las riquezas de este pasaje, porque hay pocos en el Nuevo Testamento donde se reúnan tantas grandes ideas fundamentales.

Empieza con una doxología dirigida a Dios, pero es una doxología sui géneris. Para los judíos, la manera más comente de empezar una oración era: «¡Bendito eres Tú, oh Señor, Rey del Universo!» Los cristianos asumieron esa oración, pero con una diferencia. Empezaban: « ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo!» Los cristianos no oramos a un Dios distante y desconocido, sino al Dios que es como Jesús, y a Quien, por medio de Jesucristo, podemos acudir con confianza filial.

Este pasaje empieza con la idea del nuevo nacimiento; el cristiano es una persona que ha nacido de nuevo, engendrado otra vez por Dios para vivir una nueva clase de vida. Entre otras cosas esto quiere decir que, cuando nos hacemos cristianos, se produce en nuestra vida un cambio tan radical que de la única manera que se puede describir es diciendo que la vida ha empezado para nosotros completamente otra vez. Esta idea del nuevo acimiento recorre todo el Nuevo Testamento. Vamos a tratar de reunir lo que se nos dice de él.

(i) El nuevo nacimiento cristiano sucede por la voluntad y la acción de Dios (Juan 1:13; Santiago 1:18). No es algo que hace la persona, como no lo fue tampoco su nacimiento físico.

(ii) Otra manera de expresarlo es decir que este nuevo nacimiento es la obra del Espíritu (Juan 3: 1-15). Le sucede a una persona, no por su propio esfuerzo, sino cuando se entrega a que tome posesión de ella el Espíritu y la cree de nuevo interiormente.

(iii) Sucede por la Palabra de la Verdad, es decir, por el Evangelio (Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23). En el principio, fue la Palabra de Dios la Que creó el Cielo y la Tierra y todo lo que hay en ellos. Dios habló, y el caos se convirtió en el universo, y el universo se equipó para y con la. vida. Es la Palabra creadora de Dios en Jesucristo lo que produce este nuevo nacimiento en la vida humana.

(iv) El resultado de este nuevo nacimiento es que la persona que lo experimenta llega a ser primicia de una nueva creación (Santiago 1:18). La eleva de este mundo de espacio y tiempo, de cambio y caducidad, de pecado y derrota, y la pone en contacto aquí y ahora con la eternidad y la vida eterna.

(v) La persona nace de nuevo a una esperanza viva. Pablo describe el mundo gentil como algo sin esperanza (Efesios 2:12). Sófocles escribió: «No nacer en absoluto es con mucho la mejor fortuna; lo segundo mejor es, tan pronto como se nace, regresar rápidamente allá de donde se vino.» Para los gentiles, el mundo era un lugar en el que todo se aja y decae; podría ser suficientemente agradable en sí, pero no conduce más que a la oscuridad sin fin. Para el mundo antiguo la característica cristiana era la esperanza, que procedía de dos cosas.

(a) El cristiano percibía que había nacido; no de simiente corruptible, sino incorruptible (1 Pedro 1:23). Tenía en sí mismo algo de la misma naturaleza de Dios; y, por tanto, tenía una vida que ni el tiempo ni la eternidad podrían destruir.

(b) Aquello procedía de la resurrección de Jesucristo(] ,Pedro 1:3). El cristiano tiene para siempre a su lado -aún más, es una cosa con- este Jesucristo Que ha conquistado aun la muerte y, por tanto, no hay nada a lo que deba tener miedo.

(vi) El nuevo nacimiento del cristiano le introduce en la integridad (1 Juan 2:29; 3: 9; 5:18). Por este nuevo nacimiento es purificado de sí mismo, de los pecados que le encadenaban y de los hábitos que le dominaban; y recibe un poder que le permite caminar en integridad. Eso no es decir que el nacido de nuevo ya no peca más; pero sí que cada vez que caiga recibirá poder y gracia para levantarse otra vez.

(vii) El nuevo nacimiento del cristiano le introduce en el amor (1 Juan 4: 7). Como el Don de Dios está en él, es limpiado de toda la amargura del resentimiento esencial de la vida egocéntrica, y hay en él algo del amor sacrificial y perdonador de Dios.

(viii) Por último, el nuevo nacimiento del cristiano le introduce en la victoria(] Juan 5:4). La vida deja de ser derrota y empieza a ser victoria sobre el yo y el pecado y las circunstancias. Como la vida de Dios está en el cristiano, aprende el secreto de la vida victoriosa.

La gran herencia

Además, el cristiano ha recibido una gran herencia (kléronomía). Aquí tenemos una palabra con una gran historia, porque es la palabra que se usa corrientemente en Antiguo Testamento griego para la herencia de Canaán, la Tierra Prometida. Una y otra vez se habla en el Antiguo Testamento de la tierra que Dios le ha dado a Su pueblo por heredad para que la tome en posesión (Deuteronomio 15:4; 19:10). Para nosotros herencia tiende a querer decir algo que será nuestro en el futuro; pero la Biblia usa esta palabra en el sentido de una posesión segura. Para los judíos, la gran posesión definitiva era la Tierra Prometida, convicción que no ha dejado de producir problemas hasta el tiempo presente.

Pero la herencia cristiana es algo aún mayor. Pedro usa tres palabras que presentan tres cualidades que la describen. Es imperecedera (afthartós). Esta palabra quiere decir imperecedera, pero también indestructible por ejércitos invasores. Muchas veces Palestina había sido arrasada por ejércitos extranjeros, que habían guerreado para conquistarla, o despojarla, o destruirla. Pero el cristiano posee una paz y un gozo que ningún ejército invasor puede asolar ni destruir. Es incorruptible. La palabra original es amíantos, y el verbo miainein del que deriva quiere decir contaminar con impureza impía. Muchas veces Palestina había sido corrompida por el culto falso a dioses falsos (Jeremías 2:7, 23; 3:2; Ezequiel 20:43). Las cosas que contaminaban habían dejado su impronta en la Tierra Prometida; pero el cristiano tiene una pureza que no puede infectar el pecado del mundo.

Es inmarcesible (amárantos). En la Tierra Prometida, como en cualquier otra, hasta la florecilla más preciosa se aja y muere.

Pero el cristiano ha sido elevado a un mundo en el que no hay cambio ni caducidad, y en el que su paz y gozo están fuera del alcance de las suertes y las fases de la vida.

¿Cuál es, entonces, esa heredad que posee el cristiano nacido de nuevo? Puede que haya muchas respuestas secundarias a esa pregunta, pero sólo una primaria: la heredad del cristiano es Dios mismo. El salmista lo dijo: « El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa… y es hermosa la heredad que me ha tocado» (Salmo 16:5s). Dios era su porción para siempre (Salmo 73: 23-26). «Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré» (Lamentaciones 3:24).

Porque el cristiano es la posesión de Dios y Dios es la posesión del cristiano, éste tiene una herencia imperecedera, incontaminable e inmarcesible.

Protegido en el tiempo y a salvo en la eternidad

La heredad del cristiano, la plenitud del gozo de Dios, le espera en el Cielo; y de esto tiene Pedro dos grandes cosas que decir.

(i) En nuestro viaje a través del mundo hacia la eternidad somos protegidos por el poder de Dios mediante la fe. La palabra que usa Pedro para proteger (frurein) es una palabra militar. Quiere decir que nuestra vida está guarnecida por Dios, y que Él es el centinela que nos guarda todos nuestros días. El que tiene fe, nunca duda, aunque no pueda verle con los ojos de la cara, que Dios está presente entre las sombras, montando la guardia sobre los Suyos. No es que Dios los libre de los problemas y los dolores de la vida, sino que nos capacita para que los conquistemos y sigamos adelante.

(ii) La Salvación final se revelará al final del tiempo. Aquí tenemos dos concepciones que están a la base del pensamiento del Nuevo Testamento. En él se habla frecuentemente del último día o de los últimos días o del tiempo del fin. Por detrás de todo esto está la manera en que los judíos dividían la Historia en dos edades: la presente, que está totalmente bajo el dominio del mal, y la por venir, que será la edad de oro de Dios. Entre las dos vendría el Día del Señor, cuando el mundo sería destruido y rehecho y tendría lugar el Juicio Final. Ese tiempo intermedio es el de los últimos días o el tiempo del fin en que el mundo tal como lo conocemos llegará a su fin.

No se nos ha concedido saber cuándo llegará ese tiempo ni qué pasará entonces; pero podemos reunir lo que el Nuevo Testamento nos dice sobre este tema.

(i) Los primeros cristianos creían que ya estaban viviendo en los últimos días. « Hijitos, ya es el último tiempo» -les dice Juan a los suyos (1 Juan 2:18). El autor de Hebreos habla de la plenitud de la revelación que ha venido a la humanidad en Cristo « en estos postreros días» (Hebreos 1:2). Los primeros cristianos veían que Dios había invadido ya el tiempo, y el fin era inminente.

(ii) Los postreros días habría un derramamiento del Espíritu de Dios sobre las personas (Hechos 2:17). Los primeros cristianos vieron el cumplimiento de esa esperanza el día de Pentecostés, y a la Iglesia llena del Espíritu Santo.

(iii) Era la convicción normal de la Iglesia Primitiva que, antes del fin, los poderes del mal lanzarían un último ataque, y que surgirían toda clase de falsos maestros (2 Timoteo 3:1; I Juan 2:18; Judas 18).

(iv) Los muertos resucitarían. Jesús prometió que al final resucitaría a los Suyos (Juan 6:39s, 44, 54; 11:24).

(v) Inevitablemente, habría un tiempo de juicio cuando la justicia de Dios se impondría, y Sus enemigos recibirían su justa condenación y castigo (Juan 12:48; Santiago 5:3). Tales son las ideas de los autores del Nuevo Testamento cuando hablan del tiempo del fin o de los últimos días.

Sin duda para muchos ese sería un tiempo de terror; pero para los cristianos no era de terror, sino de liberación. La palabra sózein quiere decir salvar en mucho más que un sentido teológico. Es la palabra corriente para rescatar de un peligro y sanar de una enfermedad. Charles. Bigg indica en su comentario que en el Nuevo Testamento sózein, salvar, y sótéría, salvación, tienen cuatro campos de significación diferentes pero íntimamente relacionados. (a) Describen liberación de un peligro (Mateo 8:25). (b) Describen liberación de enfermedad (Mateo 9:21). (c) Describen la liberación de la condenación de Dios (Mateo 10:22; 24:13). (d) Describen liberación de la enfermedad y el poder del pecado (Mateo 1:21). La Salvación es una realidad que tiene muchos aspectos: liberación de peligro, de enfermedad, de la condenación y del pecado. Es eso, y nada menos que eso, lo que el cristiano espera en el tiempo del fin.

El secreto de la resistencia

Ahí radica vuestro gozo, aunque si es necesario de momento y por poco tiempo estéis afligidos por diversos tipos de pruebas; porque el objeto de tales pruebas es que vuestra fe probada y confirmada (más preciosa que el oro, que es perecedero aunque se purifica por medio de fuego), obtenga alabanza y gloria y honor cuando aparezca Jesucristo.

Pedro se sitúa en las circunstancias concretas de la vida en que se encuentran sus lectores. Su Cristianismo los había hecho siempre impopulares, pero ahora los acechaba una persecución más que probable. Pronto se desataría la tormenta, y la vida se convertiría en una agonía. Ante esa situación amenazadora, Pedro les recuerda tres razones por las que ellos podrán resistir cualquier cosa que se les venga encima.

(i) Pueden resistirlo todo a causa de lo que pueden esperar. Al fin y al cabo, tienen una herencia magnífica: la vida con Dios. De hecho, así es como interpreta Westcott la frase en el tiempo postrero (en kairó esjátó). Nosotros la hemos tomado en el sentido de en el momento en que llegue a su fin el mundo tal como lo conocemos; pero en el original puede significar cuando las cosas lleguen a lo peor. Es entonces, dice Westcott, cuando todo llegue al límite, cuando se desplegará el poder salvador de Cristo. En cualquier caso, el sentido resultante es el mismo. Para el cristiano, la persecución y la prueba no son el final; más allá se encuentra la gloria y en la esperanza de esa gloria se puede sufrir todo lo que la vida nos depare. A veces sucede que una persona tiene que sufrir una grave operación o curso de tratamiento; pero acepta el dolor o las molestias porque espera recuperar una salud y unas fuerzas renovadas que la esperan al otro lado. Es uno de los hechos fundamentales de la vida que lo que se puede sufrir está en función de lo que espera -y el cristiano espera un gozo indescriptible.

(ii) Se puede soportar cualquier cosa que le sobrevenga a uno si se tiene en cuenta que la aflicción es realmente una prueba. Para purificar al oro, hay que someterlo al fuego. Las pruebas que le sobrevienen a una persona prueban su fe, que sale de ellas más fuerte de lo que era antes. Los rigores que un atleta tiene que soportar no pretenden colapsarle, sino capacitarle para desarrollar más fuerza y habilidad. Las pruebas de este mundo no están diseñadas para agotar nuestra resistencia, sino para incrementarla. En relación con esto hay una cosa sumamente sugestiva en el lenguaje que usa Pedro. Dice que el cristiano, de momento puede que tenga que sufrir diversos tipos de pruebas. En griego dice poikilos, que quiere decir literalmente de muchos colores. Pedro usa esta palabra solamente otra vez, y es para describir la gracia de Dios (1 Pedro 4:10). Nuestras adversidades puede que tengan muchos colores, pero también la gracia de Dios; no hay color en la situación humana con el que la gracia de Dios no pueda hacer juego. Hay una gracia que le va a cada prueba, y no hay prueba a la que no le corresponda alguna gracia.

(iii) Pueden soportarlo todo porque, al acabar todo, cuando aparezca Jesucristo, recibirán de Él alabanza y gloria y honor. Una y otra vez en la vida hacemos un esfuerzo supremo no para que nos lo paguen ni recompensen, sino para ver la luz en los ojos de alguien y escuchar sus palabras de aprecio. Estas valen más que nada en el mundo. El cristiano sabe que, si resiste la prueba, Le oirá decir al Maestro: « ¡Bien hecho!»

Esta es la receta para resistir cuando la vida y la fe se ponen difíciles. Podemos aguantar lo que sea por la grandeza que esperamos, porque cada adversidad es otra prueba para fortalecer y purificar nuestra fe, y porque al final de todo Jesucristo está esperando decir a todos Sus siervos fieles: «¡Bien hecho!»

No le hemos visto, pero le conocemos

Aunque nunca Le habéis visto, Le amáis; aunque ahora tampoco Le veis, creéis en Él. Y os regocijáis con un gozo indecible y glorioso porque estáis recibiendo lo que es el objetivo de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Pedro está trazando un contraste implícito entre él mismo y sus lectores. Él había tenido el privilegio inapreciable de conocer a Jesús en Su vida en la Tierra. Sus lectores no habían tenido ese gozo; pero, a pesar de eso, Le amaban; y aunque no Le veían con los ojos de la cara, creían en Él. Y esa fe les producía un gozo que trascendía la expresión y que estaba revestido de gloria, porque aun aquí y ahora les aseguraba el bienestar definitivo de sus almas. E. G. Selwyn distingue en su comentario cuatro etapas en la aprehensión de Cristo por nosotros.

(i) La primera es una etapa de esperanza y anhelo, la etapa de los que soñaron con la venida del Rey en todas las edades. Como Jesús mismos les dijo a Sus discípulos: «Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros estáis viendo, pero no lo vieron» (Lucas 10:23s). Hubo días de un anhelo y una expectación que no se habían realizado.

(ii) La segunda etapa fue la de aquellos que conocieron a Jesús en Su vida terrenal. Eso es lo que tiene en mente Pedro aquí. Eso era lo que estaba pensando cuando le dijo a Comelio: «Nosotros somos testigos de todo lo que Él hizo, tanto en el país de los judíos como en Jerusalén» (Hechos 10:39). Hubo algunos que convivieron con Jesús, y de cuyo testimonio dependemos para saber cómo era y qué hizo.

(iii) Hay personas en todas las naciones y en todos los tiempos que ven a Jesús con los ojos de la fe. Jesús le dijo a Tomás: «¿Has creído porque Me has visto? ¡Benditos los que no han visto, y sin embargo creen!» (Juan 20:29). Esta manera de ver a Jesús es posible solamente porque Él no es simplemente alguien que vivió y murió y ahora no es más que el protagonista de un libro; sino que es Alguien que vivió y murió y resucitó y vive para siempre. Se ha dicho que «ninguno de los apóstoles se acordaba nunca de Cristo.» Es decir: Jesús no es sólo un recuerdo; es una Persona Que conocemos.

(iv) Está la visión beatífica. Pedro estaba seguro de que Le vería como Él es (1 Juan 3:2). «Ahora dice Pablo- vemos borrosamente como en un espejo; pero entonces, cara a cara» (1 Corintios 13:12). Si la mirada de fe permanece, día llegará en que Le veamos cara a cara, y Le conozcamos como Él nos conoce.

No ya con ojos de la fe, sin velo allí contemplaré el rostro del Dios mío; del alto Rey la majestad, la gloria de Su santidad, ‹ de cerca ver confío. Tanto – cuanto fue escondido – al sentido, bella, pura, celestial, alta hermosura. (Philip Nicolai – Tr. Federico Fliedner).

El anuncio de la Gloria

Los profetas que anunciaron la gracia que os habría de venir, inquirieron e indagaron sobre esa Salvación, tratando de descubrir cuándo y cómo el Espíritu de Cristo que estaba en ellos les decía que había de suceder, testificando anticipadamente acerca de los sufrimientos que Le estaban destinados a Cristo y las glorias que habrían de seguirlos. A ellos les fue revelado que el ministerio que estaban ejerciendo acerca de esas cosas no era para sí mismos, sino para vosotros; las cosas que ahora os han sido proclamadas por medio de los que os han predicado el Evangelio en el poder del Espíritu Santo enviado desde el Cielo, que son cosas que los ángeles anhelan vislumbrar.

Aquí tenemos otra vez un pasaje henchido de riquezas. La maravilla de la Salvación que había de venir a la humanidad en la Persona de Jesucristo era tal que los profetas inquirieron e indagaron acerca de ella; y hasta los ángeles estaban ansiosos por vislumbrarla. Pocos pasajes tienen tanto que decirnos sobre cómo escribieron los profetas y cómo eran inspirados.

(i) Se nos dicen dos cosas de los profetas. La primera, que inquirieron e indagaron sobre la Salvación que iba a venir. La segunda, el Espíritu de Cristo que estaba en ellos les habló acerca de Cristo. Aquí tenemos la gran verdad de que la inspiración depende de dos cosas: la mente investigadora de la persona, y el Espíritu revelador de Dios. Se solía decir a veces que los que escribieron las Sagradas Escrituras eran como plumas en las manos de Dios, o como flautas por las que soplaba el Espíritu o liras por las que Se movía. Es decir: se afirmaba que no eran más que.instrumentos, casi inconscientes, en las manos de Dios. Pero este pasaje nos dice que la verdad de Dios sólo viene al que la busca. En la ‹inspiración hay un elemento humano, y otro divino; es el producto, a la vez, de la búsqueda de la mente humana y de la revelación del Espíritu de Dios. Además, este pasaje nos dice que el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, siempre ha estado activo en el mundo. Siempre que las personas han vislumbrado la belleza, o han alcanzado la verdad, o han- sentido el anhelo de Dios, era por la acción del Espíritu .de Cristo. Nunca ha habido ningún momento en la historia de una nación cuando el Espíritu Santo no estuviera moviendo a las personas a buscar a Dios, y guiándolas para que Le encontraran. Algunas veces la gente estaba ciega y sorda, o malentendían esa dirección; a veces no captaba más que fragmentos de ella; pero siempre el Espíritu revelador estaba guiando a la mente buscadora.

(ii) Este pasaje nos dice que los profetas hablaron de los sufrimientos y de la gloria de Cristo. Pasajes tales como el Salmo 22 e Isaías 52:13 – 53:12 encontraron su consumación y cumplimiento en los sufrimientos de Cristo. Pasajes tales como los Salmos 2, 16:8-11, o 110 encontraron su cumplimiento en la gloria y el triunfo de Cristo. No tenemos que creer que los profetas tuvieron visiones del Hombre Jesús de manera anticipada. Lo que sí previeron fue que Uno vendría un día en Quien se harían realidad y cumplirían sus sueños y visiones.

(iii) Este pasaje nos dice para quién hablaron los profetas. Era el mensaje de la gloriosa liberación de Dios lo que ellos trajeron a la humanidad. Esa era una liberación que ellos mismos no llegaron a experimentar. A veces Dios le da una visión a una persona, pero le dice: «¡Pero todavía no!» Llevó a Moisés a la cima del Pisga, y le mostró toda la Tierra Prometida y le dijo: «Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá» (Deuteronomio 34:1-4). Alguien cuenta que a la caída de la tarde había un ciego encendiendo las farolas. Iba guiándose con el bastón de farola en farola llevando una luz que él mismo no habría de ver. Como los profetas sabían, era un gran privilegio tener una visión, aunque su cumplimiento fuera para otros en el futuro.

El mensaje del predicador

Este pasaje nos habla, no sólo de las visiones de los profetas, sino también del mensaje de los predicadores. Habían sido los predicadores los que habían llevado el mensaje de Salvación a los lectores de la carta de Pedro.

(i) Nos dice que predicar es anunciar la Salvación. La predicación puede cambiar de sistema o de aspecto según los tiempos, pero fundamentalmente es la proclamación del Evangelio, la Buena Noticia. Puede que el predicador tenga a veces que advertir, amenazar y condenar; puede que tenga que recordarles a las personas que hay tal cosa como el juicio y la ira de Dios; pero básicamente, por encima de todo, su mensaje es el anuncio de la Salvación.

(ii) Nos dice que predicar es por medio del Espíritu Santo enviado del Cielo. El mensaje del predicador no es algo suyo, sino que le es dado. Él presenta, no sus propias opiniones y hasta prejuicios, sino la verdad que le ha dado el Espíritu Santo. Como el profeta, tendrá que indagar e inquirir, que estudiar y que aprender; pero debe fundamentalmente esperar que le llegue la dirección del Espíritu Santo.

(iii) Nos dice que el mensaje del predicador es acerca de cosas que los ángeles querrían vislumbrar. Es inexcusable la trivialidad en la predicación. No hay disculpas para presentar un mensaje embadurnado de tierra y desamable, sin interés ni emoción. La Salvación de Dios es una cosa tremenda.

Es con el mensaje de Salvación y la inspiración del Espíritu de Cristo como debe siempre presentarse el predicador.

La virilidad necesaria para la fe cristiana

Así que, ceñid los lomos de vuestro entendimiento; sed sobrios; llegad ala decisión final de poner vuestra esperanza en la gracia que se os va a traer cuando Se revele Jesucristo.

Pedro ha estado hablando acerca de la grandeza y la gloria que el cristiano espera; pero el cristiano no puede nunca perderse en sueños de futuro; tiene siempre que ser viril en la batalla del presente. Así es que Pedro le envía a su gente tres desafíos.

(i) Les dice que se ciñan los lomos de la mente. Esta es una frase deliberadamente gráfica. En Oriente era comente que los hombres llevaran túnicas largas y sueltas más aptas para mantenerse frescos que para avanzar rápido o trabajar arduamente. El cinturón, colocado donde su nombre indica, no arreglaba mucho las cosas; mejor era y es la faja que probablemente heredamos de ellos los campesinos españoles. Se sugiere que el equivalente moderno podría ser remangarse o quitarse la chaqueta. Pedro está diciéndoles a los suyos que hay que estar dispuestos para una ardua tarea intelectual. No se debe nunca contentar uno con una fe difuminada e inconcreta; hay que proponerse pensar las cosas en serio y a fondo. Puede que eso nos lleve a descartar algunas cosas. Puede que sé cometan errores; pero lo que le quede a uno será suyo de una manera que nada ni nadie se lo podrá quitar nunca.

(ii) Les dice que sean sobrios. La palabra griega, como la española puede tener dos sentidos. Puede querer decir sencillamente que no se está borracho, y también puede querer decir que se tiene una mente equilibrada. Es decir: que no deben intoxicarse ni con bebidas intoxicantes ni con ideas intoxicantes; deben mantener un juicio equilibrado. Le es fácil al cristiano dejarse llevar por este, ese o aquel entusiasmo repentino y emborracharse con la última moda o manía. Pedro les exhorta a que mantengan la compostura esencial que les es propia a los que saben lo que creen.

(iii) Les dice que pongan su esperanza en la gracia que se les va a dar cuando venga Jesucristo. Es la gran característica del cristiano el vivir en esperanza; y porque vive en esperanza puede soportar las pruebas del presente. Cualquiera puede soportar la lucha y el esfuerzo y el trabajo si está seguro de que conduce a alguna parte. Es por eso por lo que el atleta se somete al duro entrenamiento y el estudiante al estudio. Para el cristiano, lo mejor siempre está por venir. Puede vivir con agradecimiento por todas las misericordias del pasado, con resolución de aceptar los desafíos del presente y con una esperanza segura de que, en Cristo, lo mejor es lo que está todavía por venir.

La vida sin cristo y la vida llena de cristo

Sed hijos obedientes. No sigáis viviendo una vida de acuerdo con los deseos que teníais en los días de vuestra ignorancia anterior, sino mostraos santos en la forma que os conducís en todos los aspectos de vuestra vida, como es santo el Que os ha llamado; porque escrito está: «Sed santos, porque Yo soy santo.» Si llamáis Padre al Que juzga a cada uno conforme a su obra con una imparcialidad total, conducíos con reverencia todo el tiempo de vuestra peregrinación por el mundo; porque sabéis que no fue con cosas perecederas como plata u oro como fuisteis rescatados de la manera vana de vivir que habíais aprendido de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin mancha ni contaminación. Fue antes de la creación del mundo cuando fue predestinado para esta obra; ha sido al fin de las edades cuando ha aparecido, por amor a vosotros, que por medio de Él habéis llegado a creer en Dios, Que Le levantó de los muertos y Le ha dado gloria, para que pongáis en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Ahora que habéis purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad -una purificación que debe desembocar en un amor fraternal sincero- , amaos los unos a los otros de corazón y con constancia, porque habéis nacido de nuevo, no de simiente mortal, sino inmortal, por medio de la Palabra viva y permanente de Dios. Porque «toda carne es hierba, y su belleza como la florecilla del campo. La hierba se seca, y la flor se mustia; pero la Palabra de Dios permanecerá para siempre.» Y esa es la Palabra cuya buena noticia ha llegado hasta vosotros.

En este pasaje hay tres grandes líneas de enfoque que debemos considerar una a una. En primer lugar Pedro nos habla de Jesucristo como Redentor y Señor.

Jesucristo, Redentor y Señor

(i) Jesucristo es el Emancipador, por medio de Quien somos libertados de la esclavitud del pecado y de la muerte; es el Cordero sin mancha ni contaminación (versículo 19). Cuando Pedro hablaba así de Jesús, su mente se retrotraía a dos imágenes del Antiguo Testamento: a Isaías 53, con su descripción del Siervo doliente por medio de cuyo sufrimiento somos salvados y sanados, y sobre todo a la del Cordero Pascual (Éxodo 12:5). En aquella noche memorable cuando dejaron atrás la esclavitud de Egipto, se mandó a los israelitas ,que tomaran un cordero, y lo sacrificaran, y marcaran con su sangre el dintel y los dos postes de las puertas; y, cuando el ángel de la muerte pasara por la tierra matando a los primogénitos de los egipcios, « pasaría por alto» -eso es lo que quiere decir pascua- las casas así marcadas. Ese cuadro del Cordero Pascual contiene las ideas gemelas de la emancipación de la esclavitud y liberación de la muerte. No importa cómo lo interpretemos: costó la vida y la muerte de Jesucristo el libertarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

(ii) Jesucristo personifica el eterno propósito de Dios. Fue antes de la creación del mundo cuando fue predestinado para la Obra que se Le encomendó (versículo 20). Aquí tenemos un gran pensamiento. A veces tendemos a pensar en Dios primero como Creador y luego como Redentor, como si Él hubiera creado el mundo y después, cuando se Le rebeló, encontró la manera de rescatarlo mediante Jesucristo. Pero aquí se nos presenta a Dios como Redentor antes de ser Creador. Su propósito redentor no fue una salida de emergencia a la que se vio obligado cuando las cosas se Le pusieron mal; estaba ahí desde el principio, desde antes de la Creación.

(iii) Pedro tiene un curso de pensamiento que es general en todo el Nuevo Testamento. Jesucristo no es sólo el Cordero que fue sacrificado: es también el Resucitado y el Triunfador a Quien Dios dio la gloria. Los pensadores del Nuevo Testamento rara vez separan la Cruz de la Resurrección; rara vez piensan en el sacrificio de Cristo sin pensar en Su triunfo. Edward Rogers, en su libro Para que tengan Vida, nos dice que en una ocasión recorrió atentamente toda la historia de la Pasión y la Resurrección de Cristo para encontrar la manera de representarla dramáticamente; y prosigue: «Empecé a darme cuenta de que hay algo equivocado sutil y trágicamente en cualquier énfasis que se haga en la agonía de la Cruz que pudiera nublar la gloria de la Resurrección, cualquier sugerencia de -que lo que aseguró la salvación del mundo fue el dolor soportado pacientemente más bien que el amor triunfador de la vida y de la muerte.» Se pregunta dónde concentran la mirada los creyentes desde el principio de la cuaresma, qué es lo que más vemos. « ¿Es la oscuridad que cubrió la Tierra al mediodía, rodeando el dolor y la angustia de la Cruz? ¿O es la deslumbradora misteriosa brillantez del amanecer que irradió desde la tumba vacía?» Y sigue: «Hay formas de predicación evangélica seria y devota, y de obras teológicas que dan la impresión de que, de alguna manera, la Cruz ha ensombrecido la Resurrección, y que todo el propósito de Dios se cumplió en el Calvario. La verdad, que se nubla a nuestro grave riesgo espiritual, es que la Crucifixión no se puede interpretar ni entender más que a la luz de la Resurrección.»

Con Su muerte Cristo emancipó a la humanidad de la esclavitud al pecado y la muerte; pero con Su Resurrección le da una vida gloriosa e indestructible como la Suya. Su Resurrección nos da fe y esperanza en Dios (versículo 21).

En este pasaje vemos a Jesús como el gran Emancipador al precio del Calvario; vemos en Jesús el eterno propósito redentor de Dios; vemos a Jesús como el Vencedor glorioso de la muerte y Señor de la vida, el dador de la vida que la muerte no puede tocar, y de una esperanza que nada puede arrebatar.

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