1 Pedro 1: La gran herencia

Hay un famoso dicho tradicional de Jesús -un ágrafon, es decir, no escrito en el Nuevo Testamento-: «El mundo es un puente. El sabio pasa por él, pero no construirá en él su morada.» Este es el pensamiento que hay detrás del famoso pasaje de la Epístola de Diogneto, uno de los escritos más conocidos de la era posapostólica: «Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad por su país o lengua o costumbres… Viven en ciudades tanto griegas como bárbaras, cada uno como le corresponde, siguiendo las costumbres de la región en cuanto a la ropa o la comida y en las cosas exteriores de la vida en general; sin embargo manifiestan el carácter maravilloso y abiertamente paradójico de su propio estado.

Habitan las tierras de su nacimiento, pero como residentes temporales de las mismas; asumen su parte de todas las responsabilidades como ciudadanos, y sobrellevan todas las incomodidades como forasteros. Todas las tierras extranjeras son sus tierras nativas, y todas las tierras nativas les son extranjeras… Pasan la vida en la Tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo.»

Sería erróneo pensar que esto hace que los cristianos sean malos ciudadanos en la tierra de su residencia. Precisamente porque ven todas las cosas bajo el punto de vista de la eternidad son los mejores ciudadanos; pues es sólo a la luz de la eternidad como se puede descubrir el verdadero valor de las cosas.

Nosotros, como cristianos, somos el Pueblo Escogido de Dios; somos exiliados de la eternidad. Ahí están nuestro inapreciable privilegio y nuestra inescapable responsabilidad.

Los tres grandes hechos de la vida cristiana

En el versículo 2 se nos presentan tres grandes hechos de la vida cristiana.

(i) El cristiano es elegido de acuerdo con el conocimiento anticipado de Dios. C. E. B. Cranfield nos ofrece un hermoso comentario a esta frase: « Si concentramos toda nuestra atención en la hostilidad o la indiferencia del mundo o lo éxiguo de nuestro propio progreso en la vida cristiana, bien podemos sentirnos desanimados. En tales momentos necesitamos que se nos recuerde que nuestra elección es de acuerdo con el conocimiento anticipado de Dios Padre. La Iglesia no es simplemente una organización humana -aunque, por supuesto, también lo es. Su origen no se encuentra en la voluntad de la carne, o en el idealismo de algunos hombres, o en aspiraciones y proyectos humanos, sino en el propósito eterno de Dios.» Cuando estemos desanimados bien podemos recordar que la Iglesia Cristiana llegó a ser de acuerdo con el propósito y el plan de Dios y, si le es fiel, a fin de cuentas no puede nunca acabar en el fracaso.

(ii) El cristiano es elegido para ser consagrado por el Espíritu. Lutero decía: «Creo que no puedo con mi propia razón o esfuerzo creer en mi Señor Jesucristo o acudir a El.» Para el cristiano, el Espíritu Santo es esencial en todos los aspectos de la vida cristiana y en cada uno de sus pasos en ella. Es el Espíritu Santo quien despierta dentro de nosotros los primeros débiles anhelos de Dios y de bondad. Es el Espíritu Santo quien nos redarguye de pecado y nos guía a la Cruz de Cristo donde podemos encontrar el perdón. Es el Espíritu Santo quien nos capacita para ser librados de los pecados que nos tienen bajo su dominio, y para alcanzar las virtudes que son el fruto del Espíritu. Es el Espíritu Quien nos da la seguridad de que nuestros pecados son perdonados, y de que Jesucristo es el Señor. El principio, el medio y el final de la vida cristiana son la obra del Espíritu Santo.

(iii) El cristiano es elegido para la obediencia, y para ser rociado con la sangre de Jesucristo. En el Antiguo Testamento hay tres ocasiones en las que se menciona la aspersión con sangre. Puede que Pedro tenga en mente los tres, y que los tres tengan algo que contribuir al pensamiento que encierran estas palabras.

(a) Cuando un leproso se curaba, se le rociaba con la sangre de una avecilla (Levítico 14:1-7). El rociar con sangre era por tanto símbolo de la purificación. Por el sacrificio de Cristo, el cristiano es purificado del pecado.

(b) El rociar con sangre era parte del ritual de la consagración de Aarón y de los sacerdotes (Éxodo 29:20-21; Levítico 8:30). Era la señal de que se apartaban para el servicio de Dios. El cristiano es apartado especialmente para el servicio de Dios, no sólo dentro del templo, sino también en el mundo.

(c) La gran escena de la aspersión nos llega de la promulgación del pacto entre Dios e Israel. En el pacto, Dios, por Su voluntad misericordiosa, se acercó a Israel para que fuera Su pueblo, y Él sería su Dios. Pero esa relación dependía de que los israelitas aceptaran las condiciones del pacto y obedecieran la ley. La obediencia era una condición necesaria del pacto, y la desobediencia quebrantaba la relación del pacto entre Dios e Israel. Así es que se leyó el libro del pacto a oídos del pueblo, y este lo asumió diciendo: «Haremos todas las cosas que el Señor nos ha dicho que hagamos.» Como señal de la relación de obediencia del pueblo para con Dios, Moisés tomó la mitad de la sangre del sacrificio y roció con ella el altar, y con la otra mitad roció al pueblo (Éxodo 24:1-8). La aspersión significaba obediencia.

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