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1 Juan 4: Los privilegios de la vida exhuberante del espíritu

Pastor Lionel

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Juan establece en este pasaje una gran verdad, y encara un gran problema.

(i) El cristiano no tiene por qué tenerle miedo al hereje. En Cristo se ganó la victoria sobre todos los poderes del mal. Los poderes del mal Le hicieron todo el mal que pudieron, hasta el punto de matarle en la Cruz; pero Él surgió victorioso. La victoria le corresponde al cristiano. Sea cual fuere el aspecto de las cosas, los poderes del mal están peleando una batalla perdida. Como expresaba el proverbio latino: «Grande es la verdad, y acabará por prevalecer.» Todo lo que tiene que hacer el cristiano es tener presente la verdad que ya conoce, y aferrarse a ella. La verdad es aquello por lo que viven los hombres; el error es a fin de cuentas lo que hace que los hombres mueran.

(ii) Sigue el problema de que los falsos maestros ni escucharán ni aceptarán la verdad que ofrece el verdadero cristiano.

¿Cómo se puede explicar eso? Juan vuelve a su antítesis favorita: la oposición entre el mundo y Dios. El mundo, como ya hemos visto antes, es la naturaleza humana aparte de Dios y en oposición a Él. El hombre que tiene su origen en Dios recibirá la verdad; el hombre que tiene su origen en el mundo, la rechazará.

Cuando llegamos a pensar en ello, es una verdad obvia. ¿Cómo puede una persona cuya consigna es la competencia empezar a entender una ética cuya clave es el servicio? ¿Cómo puede una persona cuya finalidad es la exaltación del yo, y que mantiene que los más débiles deben ir al paredón, empezar a entender una enseñanza cuyo principio vital es el amor? ¿Cómo puede una persona que cree que este es el único mundo, y que, por tanto, las cosas materiales son las únicas que importan, empezar a entender una vida que se vive a la luz de la eternidad, en la que las cosas invisibles poseen los valores supremos? Una persona no puede escuchar nada más que lo que se ha entrenado a escuchar, y puede estar absolutamente incapacitada para escuchar el mensaje cristiano.

Eso es lo que Juan está diciendo. Ya hemos visto una y otra vez que es característico de él el ver las cosas en blanco y negro.

Su pensamiento no se para en matices. Por una parte está el hombre cuya fuente de origen es Dios, y que puede oír la verdad; por otra parte está el hombre cuya fuente y origen es el mundo, y que es incapaz de oír la verdad. Ahí surge un problema que es muy probable que Juan ni siquiera reconociera. ¿Hay personas para las que toda predicación es fatalmente inútil? ¿Hay personas cuyas defensas no se pueden penetrar nunca, cuya sordera no les permite nunca oír, y cuyas mentes están cerradas para siempre a la invitación y al mandamiento de Jesucristo?

La respuesta debe de ser que no hay limites para la gracia de Dios, y que hay tal Persona como el Espíritu Santo. La vida nos enseña que el amor de Dios puede derribar cualquier barrera. Es verdad que una persona se puede resistir; puede que sea verdad que una persona se puede resistir hasta lo último; pero lo que es también verdad es que Cristo está siempre llamando a la puerta de todos los corazones, y es posible que una persona oiga la voz de Cristo, aun por encima de las muchas voces del mundo.

El amor humano y el divino

Amados, amémonos unos a otros, porque el amor tiene su fuente en Dios; y todo el que ama tiene a Dios como la fuente de su nacimiento y conoce a Dios. El que no ama, no ha empezado a conocer a Dios.

En esto se despliega el amor de Dios dentro de nosotros: en que Dios envió a Su único Hijo al mundo para que por medio de Él pudiéramos vivir. En esto consiste el amor: no en qué nosotros amemos a Dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo para que fuera el sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Hermanos, si Dios nos amó así, nosotros también debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto nunca a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros, y Su amor llega a su plenitud en nosotros. Es por,esto por lo que sabemos que moramos en Él y Él en nosotros: porque Él nos ha dado una porción de Su Espíritu.

Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. El que reconoce abiertamente que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios. Nosotros hemos llegado a conocer y a poner nuestra confianza en el amor que Dios tiene en nuestro interior. Dios es amor, y el que mora en amor mora en Dios, y Dios mora en él.

En nosotros el amor llega a su culminación en esto: en que tengamos confianza sobre el Día del Juicio; porque, como Él es, así somos nosotros también en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el perfecto amor descarta el temor, porque el temor está relacionado con el castigo, y el que teme no ha llegado al perfecto estado del amor.

Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Si alguien dice: «Yo amo a Dios,» pero aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios, a Quien no ha visto. Es este mandamiento el que tenemos de Él: que el que .ame a Dios, ame también a su hermano.

Este pasaje está tan íntimamente entrelazado que será mejor que lo leamos en su conjunto y luego saquemos poco a poco sus enseñanzas. En primer lugar veamos su enseñanza sobre el amor.

(i) El amor tiene su origen en Dios (versículo 7). Es desde el Dios Que es amor desde donde fluye todo amor. Como dice A. E. Brooke: «El amor humano es un reflejo de algo que hay en la naturaleza divina misma.» Cuando más cerca estamos de Dios es cuando amamos. Clemente de Alejandría dijo con una frase sorprendente que el verdadero cristiano «practica el ser Dios.» El que mora en amor mora en Dios (versículo 16). El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Dios es amor; y, por tanto, para ser semejante a Dios y ser lo que debe ser, el hombre también debe amar.

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