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1 Juan 2: La preocupación de un pastor

El mundo en este pasaje no quiere decir el mundo en general, porque Dios amaba al mundo que había hecho; quiere decir el mundo que, de hecho, había olvidado al Dios que lo había hecho.

Sucedía que había un factor en la situación del pueblo de Juan que hacía aún más peligrosas las circunstancias. Está claro que, aunque los cristianos fueran impopulares, no los estaban persiguiendo. Por tanto estaban bajo la tentación peligrosa de llegar a un acuerdo con el mundo. Siempre es difícil ser diferente de los demás, y el serlo se les hacía especialmente difícil a los cristianos en aquellas circunstancias.

Hasta día de hoy el cristiano no ha podido nunca evadirse de la obligación de ser diferente del mundo. En este pasaje Juan ve las cosas como siempre las veía: en blanco y negro. Como lo expresó Westcott: « No puede haber un vacío en el alma.» Esta es una cuestión en la que no cabe la neutralidad: o se ama el mundo, o se ama a Dios. Jesús mismo lo dijo: «Nadie puede servir a dos amos» (Mateo 6:24). La decisión definitiva sigue siendo la misma. ¿Vamos a aceptar los principios del mundo, o los de Dios?

Una vida sin futuro

Juan tiene dos cosas que decir acerca del que ama el mundo y se compromete con él. . Primera, presenta tres pecados que son típicos del mundo.

(i) Está el deseo de la carne. Esto quiere decir mucho más que lo que nosotros entendemos por los pecados de la carne. Muchas veces esto se limita exclusivamente a los pecados sexuales. Pero en el Nuevo Testamento la carne es la parte de nuestra naturaleza que, cuando está fuera de la gracia de Jesucristo, ofrece una cabeza de puente al pecado. De hecho incluye los pecados de la carne, pero también todas las ambiciones mundanas y los objetivos egoístas. El estar sujeto al deseo de la carne es juzgar todo lo que hay en el mundo con un baremo puramente materialista. Es vivir una vida dominada por los sentidos. Es ser glotón en la comida, rebuscado en el lujo, esclavo del placer, codicioso y relajado en la moral, egoísta en el uso de las posesiones, desinteresado en todos los valores espirituales, extravagante en la gratificación de los deseos materiales. El deseo de la carne no tiene en cuenta los mandamientos de Dios, ni Su juicio, ni Sus principios, ni aun la misma existencia de Dios. No tenemos por qué considerar estos como los pecados de los pecadores más groseros. Cualquiera que busque un placer que pueda ser la ruina de cualquier otra persona; cualquiera que no tenga respeto a las personalidades de los demás cuando se trata de la gratificación de sus propios deseos; cualquiera que viva en lujo mientras otros vivan en pobreza; cualquiera que haya hecho un dios de su propia comodidad y ambición en cualquier parte de la vida, es siervo del deseo de la carne.

(ii) Está el deseo de los ojos. Este, como C. H. Dodd especifica, «es la tendencia a dejarse cautivar por las apariencias.» Es el espíritu que identifica la ostentación excesiva con la prosperidad real; que no puede ver nada sin desear poseerlo y que, una vez que lo posee, se pavonea y hace gala de ello. Es el espíritu que cree que la felicidad se halla en las cosas que se compran con dinero y que se pueden ver con los ojos; que no reconoce otros valores que los materiales.

(iii) Está la vanagloria de la vida. Aquí usa Juan una palabra griega de lo más gráfica, alazoneía. Para los antiguos moralistas, el alazón era el hombre que pretendía tener más que nadie y valer más que nadie. El alazón era el fanfarrón; y C. H. Dodd llama a la alazoneía un egotismo desmedido. Teofrasto, el gran maestro griego del estudio de los caracteres, tiene una viñeta del alazón. Cuando está en un puerto, presume de los barcos que tiene en la mar; manda ostentosamente a un mensajero al banco, cuando no tiene ni una peseta en su cuenta; habla de los amigos que tiene entre los poderosos, y de las cartas de famosos que recibe; detalla extensamente sus contribuciones a la beneficencia y a los servicios del estado.

Vive en una casa de alquiler, pero habla de comprar una casa más grande para poder celebrar fiestas lujosas. Su conversación versa continuamente en presumir de cosas que no posee, y se pasa la vida tratando de impresionar a todos los que encuentra con su importancia inexistente.

Según lo ve Juan, el hombre de mundo es el que lo juzga todo por sus apetencias, el que es esclavo de la ostentación desmedida, el presumido fanfarrón que trata de presentarse como mucho más de lo que es. Y entonces viene la segunda advertencia de Juan. La persona que se adscribe a las metas y las maneras del mundo está dedicando la vida a cosas que, literalmente, no tienen ningún futuro. Todas estas cosas son pasajeras, y no tienen ninguna permanencia; pero la persona que ha puesto a Dios como el centro de su vida se entrega a cosas que duran para siempre.

La persona del mundo está condenada a la desilusión; la que pertenece a Dios tiene seguro un gozo que nunca se acaba.

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