1 Juan 2: La preocupación de un pastor

Los dones de dios en Cristo

Este pasaje presenta claramente los dones de Dios a todos los hombres en Jesucristo.

(i) Está el don del perdón por medio de Jesucristo. Este era el mensaje esencial del Evangelio y de los primeros predicadores. Fueron enviados a predicar el arrepentin—iiento y el perdón de los pecados (Lucas 24:47). Fue el mensaje de Pablo en Antioquía de Pisidia que a todos los hombres se proclamaba mediante Jesucristo el perdón de pecados (Hechos 13:38). Ser perdonado es estar en paz con Dios, y ese es precisamente el don que; Jesús trajo a los hombres. Juan usa la curiosa frase por medio de Su nombre (versículo 12). El perdón viene por medio del nombre de Jesucristo. Los judíos usaban el nombre de una manera muy especial. El nombre no es simplemente la palabra por la que se llama a una persona; representa todo el carácter de una persona en tanto en cuanto se ha dado a conocer a los demás. Este uso es muy corriente en el Libro de los Salmos. «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Salmo 9:10). Está claro que esto no quiere decir que los que saben que Dios se llama Jehová pondrán su confianza en El, sino que los que conocen la naturaleza de Dios en tanto en cuanto ha sido revelada a los hombres estarán dispuestos a poner su confianza en Él, porque saben cómo es. El salmista ora: «Por amor de Tu nombre, oh Señor, perdona mi culpa» (Salmo 25:11), que, para todos los intereses y propósitos quiere decir por causa de Tu amor y misericordia. La base de la oración del salmista es el carácter de Dios como él sabe que Dios es. «Por amor de Tu nombre -dice el salmista-, condúceme y guíame» (Salmo 31:3). Puede presentar su petición solamente porque conoce el nombre -el carácter de Dios. «Algunos presumen de carros de combate -dice el salmista-, y otros de su caballería; pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 20:7). Algunas personas ponen su confianza en las cosas terrenales; pero nosotros confiaremos en Dios, porque conocemos Su naturaleza. Así es que Juan quiere decir que se nos asegura el perdón porque conocemos el carácter de Jesucristo. Sabemos que en El vemos a Dios. Vemos en Él el amor sacrificial y la paciente misericordia; por tanto sabemos que así es Dios, y por tanto podemos estar seguros de que hay perdón para nosotros.

(ii) Está el don del creciente conocimiento de Dios. Sin duda Juan estaba pensando en su propia experiencia. Ya era un hombre muy anciano; estaba escribiendo alrededor del año 100 d.C. Había vivido con Cristo setenta años, en los cuales había pensado en Él y llegado a conocerle mejor de día en día. Para los judíos, el conocimiento no era algo meramente intelectual. Conocer a Dios no era simplemente conocerle con el conocimiento del filósofo; era conocerle como se conoce a un amigo. En hebreo conocer se usa de la íntima relación entre el esposo y la esposa, y especialmente el acto sexual, la más íntima de todas las relaciones (cp. Génesis 4:1). Cuando Juan habla del creciente conocimiento de Dios no quería decir que el cristiano llegara a ser un teólogo eminente; quería decir que a lo largo de los años llegaría a una relación más íntima con Dios.

(iii) Está el don de la fuerza victoriosa. Juan considera la lucha con la tentación como una lucha personal. No habla en abstracto de conquistar el mal; habla de conquistar al Maligno. Ve el mal como un poder personal que trata de apartarnos de Dios. Una vez Robert Louis Stevenson, hablando de una experiencia que él nunca contó en detalle dice: «¿Conocéis la estación de ferrocarril de Edimburgo? Una vez yo me encontré allí con Satanás.» Seguramente no hay nadie que no haya experimentado el ataque del tentador, el asalto personal sobre su virtud o su lealtad. Es en Cristo en Quien recibimos el poder para resistir y vencer este ataque. Para tomar una analogía humana muy sencilla -todos sabemos que hay algunas personas en cuya presencia es fácil ser malo, y otras en cuya presencia es necesario ser bueno. Cuando andamos con Jesús, estamos andando con Alguien Cuya compañía nos puede permitir vencer los asaltos del Maligno.

Compitiendo por el corazón humano

No améis el mundo ni las cosas del mundo. Si uno ama el mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo -el deseo de la carne, el deseo de los ojos, la vanagloria de la vida-no proceden del Padre, sino del mundo. Y el mundo y las cosas del mundo que deseamos son pasajeros; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Era característico del mundo antiguo ver el mundo en términos de dos principios en conflicto. Lo vemos muy claramente en el zoroastrismo, la religión de los persas.. Era una religión con la que los judíos habían estado en contacto, y que había dejado su impronta en el pensamiento judío. El zoroastrismo veía el mundo como el campo de batalla entre las fuerzas opuestas de la luz y de la oscuridad. El dios de la luz era Ahura-Mazdá, y el de la oscuridad Angra-Mainyu. Y la decisión suprema de la vida era qué lado se iba a servir. Todas las personas tenían que decidir aliarse ya fuera a la luz o a la oscuridad; ese era un dilema que los judíos conocían muy bien.

Pero para los cristianos la escisión entre el mundo y la Iglesia tenía otro trasfondo. Los judíos tenían desde hacía muchos siglos una creencia básica que dividía el tiempo en dos edades: esta edad presente, que era totalmente mala, y la edad por venir, que era la edad de Dios y, por tanto, totalmente buena. Era una creencia básica de los cristianos que en Cristo la era por venir había llegado, el Reino de Dios estaba ya aquí; pero el Reino de Dios no se había introducido en el mundo, ni había venido para el mundo, sino solamente a la Iglesia y para la Iglesia. De ahí que el cristiano estuviera abocado a trazar un contraste. La vida del cristiano dentro de la Iglesia era la de la era por venir, que era totalmente buena; por otra parte, el mundo estaba todavía viviendo en esta era presente, que era totalmente mala. La consecuencia inevitable de esta dualidad era una completa escisión entre la Iglesia y el mundo, entre los cuales no podría nunca haber ningún entendimiento, ni siquiera por compromiso temporal.

Pero debemos procurar entender debidamente lo que Juan quería decir por el mundo, el kosmos. El cristiano no odiaba el mundo como tal. Era la creación de Dios, y Dios lo había hecho bien. Jesús había amado la belleza del mundo; ni siquiera Salomón, con toda su gloria, se había vestido como una de las amapolas que florecían y morían en un día. Una y otra vez Jesús tomaba Sus ilustraciones del mundo. En ese sentido el cristiano no odiaba el mundo. La Tierra no pertenecía al diablo, sino era del Señor, con todo lo que contenía. Pero kosmos adquirió un sentido moral. Empezó por querer decir el mundo que está separado de Dios. C. H. Dodd define este sentido del kosmos diciendo: « Nuestro autor se refiere a la sociedad humana que se organiza sobre principios falsos y se caracteriza por deseos bajos, falsos valores y egoísmo.» En otras palabras: para Juan el mundo no era más que la sociedad pagana, con sus falsos valores y dioses falsos.

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