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1 Juan 2: La preocupación de un pastor

(iii) Por último estaba la manera judía de conocer a Dios, que estaba íntimamente relacionada con la manera cristiana. Para el judío, el conocimiento de Dios venía, no de la especulación humana, ni por una experiencia exótica de emoción, sino por la propia revelación de Dios. El Dios que Se revelaba a Sí mismo era un Dios santo, y Su santidad conllevaba la obligación para el adorador de ser él también santo. A. E. Brooke dice: «Juan no puede concebir ningún conocimiento real de Dios que no desemboque en la obediencia.» El conocimiento de Dios se puede demostrar solamente por la obediencia a Dios; y el conocimiento de Dios se puede ganar solamente mediante la obediencia a Dios. C. H. Dodd dice: «Conocer a Dios es experimentar Su amor en Cristo, y devolver ese amor en obediencia.»

Aquí estaba el problema para Juan. En el mundo griego estaba frente a personas que veían a Dios como un ejercicio intelectual, y que podían decir: « Yo conozco a Dios» sin ser conscientes de ninguna obligación ética. En el mundo griego se enfrentaba con personas que habían tenido una experiencia emocional, y que podían decir: «Yo estoy en Dios y Dios está en mí,» y que sin embargo no veían a Dios en términos de mandamientos en absoluto. Juan está decidido a establecer de manera inequívoca y sin compromiso alguno que la única manera en que podemos mostrar que conocemos a Dios es obedeciéndole, y la única manera en que podemos mostrar que estamos unidos a Cristo es la imitación de Cristo. El Cristianismo es la religión que ofrece el mayor privilegio y que impone la mayor obligación.

El esfuerzo intelectual y la experiencia emocional no se menosprecian -¡lejos de ello!- pero deben combinarse para desembocar en la acción moral.

El mandamiento viejo y nuevo

Amados, no es ningún mandamiento nuevo el que os estoy transmitiendo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio. El mandamiento antiguo es la Palabra que habéis oído. Pero también es un nuevo mandamiento el que os estoy transmitiendo, algo que es verdadero en Él y en vosotros; porque las tinieblas van pasando, y la luz ya está brillando.

Amados es una palabra favorita de Juan al dirigirse a su pueblo (cp. 3:2,21; 4:1,7; 3 Juan 1:2,5,11). El acento dominante de sus escritos es el amor. Como decía Westcott: «San Juan, cuando insiste en el mandamiento del amor, aporta su ejemplo.» Hay aquí algo muy precioso. Mucho de esta carta es una advertencia; y parte de ella, una reprensión. Cuando estamos advirtiendo o reprendiendo a otros, es tan fácil adoptar un tono fríamente crítico; es tan fácil echar la bronca; es hasta posible complacerse en ver a los otros achicarse bajo el látigo verbal. Pero, hasta cuando tiene que decir cosas dolorosas, el acento de la voz de Juan es el amor. Había aprendido la lección que debe aprender todo padre, o predicador, o maestro, o líder: a decir la verdad con amor.

Juan habla de un mandamiento que es al mismo tiempo viejo y nuevo. Algunos tomarían esto como una referencia al mandamiento que se implica en el versículo 6, que el que permanezca en Jesucristo debe vivir la misma clase de vida que su Maestro. Pero es casi seguro que Juan está pensando en las palabra4 de Jesús en el Cuarto Evangelio: « Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis los unos a los otros; como Yo os he amado, que también os améis los unos a los otros» (Juan 13:34). ¿En qué sentido era ese mandamiento tanto antiguo como nuevo?

(i) Era antiguo en el sentido de que ya estaba en el Antiguo Testamento. ¿No decía la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»? (Levítico 19:18). Era antiguo en el sentido de que esta no era la primera vez que la audiencia de Juan lo había escuchado. Desde el mismísimo primer día de su incorporación a la vida cristiana les habían enseñado que la ley del amor había de ser la ley de su vida. Este mandamiento había recorrido un largo camino en la Historia, y también en las vidas de los destinatarios de esta carta.

(ii) Era nuevo porque se había elevado a una nivel completamente nuevo en la vida de Jesús -y era como Jesús había amado a los hombres como los hombres habían ahora de amarse unos a otros. Bien podría decirse que la humanidad no sabía realmente lo que era el amor hasta que lo vio en Jesús. En todas las esferas de la vida es posible que una cosa sea antigua en el sentido de que ha existido desde mucho antes, y sin embargo alcance un nivel totalmente nuevo por la actuación de alguien. Un juego puede llegar a ser nuevo para una persona cuando ha visto jugarlo a un gran maestro. Una pieza de música puede llegar a ser algo nuevo para una persona que se la ha escuchado a una gran orquesta bajo la batuta de un gran director. Hasta un plato de comida puede llegar a ser una cosa nueva para el que lo prueba cuando lo ha preparado alguien que tiene el genio de la cocina. Una cosa antigua se puede convertir en una nueva experiencia en las manos de un maestro. En Jesús, el amor llegó a ser nuevo en dos direcciones.

(a) Llegó a ser nuevo por la amplitud que alcanzó. En Jesús el amor alcanza hasta al pecador. Para el rabino judíos ortodoxo, el pecador era una persona a la que Dios quería destruir. «Hay gozo en el Cielo -decían- cuando un pecador desaparece de la tierra.» Pero Jesús fue el amigo de loa marginados y de los pecadores, y estaba seguro de que había gozo en el Cielo cuando un pecador volvía al hogar. En Jesús el amor alcanza hasta a los gentiles. Según algún rabino lo veía, «los gentiles fueron creados por Dios para servir de leña en los fuegos del infierno.» Pero para Jesús Dios amaba al mundo de tal manera que dio a Su Hijo. El amor llegó a ser algo nuevo en Jesús porque Él extendió sus fronteras hasta que no quedó nadie fuera de su abrazo.

(b) Llegó a ser nuevo por los límites a los que llegó. Ninguna falta de reacción, nada que pudiéramos hacerle nunca podía convertir en odio el amor de Jesús. Él pudo hasta pedir a Dios que tuviera misericordia de los que Le estaban clavando a la Cruz.

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