1 Juan 2: La preocupación de un pastor

La criba de la iglesia

Han salido de entre nosotros, pero no son de nuestro número. Si hubieran sido de nuestro número, habrían permanecido con nosotros. Pero las cosas han sucedido como han sucedido para que quede demostrado claramente que todos ellos no son de nosotros. Pero vosotros habéis recibido la Unción del Santo, y todos poseéis conocimiento. No os he escrito esta carta como si no conocierais la verdad, sino precisamente porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad.

Por cómo se han producido las cosas, Juan ve en la Iglesia un tiempo de zarandeo. Los falsos maestros habían salido voluntariamente de la comunidad cristiana; y ese hecho había dejado bien claro que realmente no formaban parte de ella. Eran ajenos, y su propia conducta lo había demostrado.

La última frase del versículo 19 puede tener uno de dos significados.

(i) Puede querer decir, como en nuestra traducción: «Todos ellos no son de nosotros,» o, como podríamos decir mejor: «Ninguno de ellos es de nosotros.» Es decir: que, por muy simpáticos que se hicieran algunos de ellos, y por muy elevada que pareciera su enseñanza, eran todos juntamente ajenos a la Iglesia.

(ii) Es posible que lo que la frase quiere decir sea que estos hombres habían salido de la Iglesia para dejar bien claro que «no todos los que están en la Iglesia pertenecen a ella realmente.» Como C. H. Dodd lo expresa: « La membresía de la Iglesia no es garantía de que una persona pertenezca a Cristo y no al Anticristo.» O como dice A. E. Brooke -aunque no está de acuerdo con que es ese el sentido del original-: «La membresía externa no es prueba de la unión interna.» Como Pablo había dicho: «Porque no todos los que son descendientes de Israel pertenecen a Israel» (Romanos 9:6). Un tiempo como el que había venido sobre el pueblo de Juan tenía su valor, porque cribaba lo falso de lo verdadero.

En el versículo 20, Juan pasa a recordarle a su pueblo que todos ellos poseen conocimiento. Los que habían salido eran gnósticos, que pretendían que se les había dado a ellos un conocimiento secreto, especial y avanzado, que no estaba a disposición de los cristianos ordinarios. Juan les recuerda a los suyos que, en asuntos de fe, el más humilde cristiano no tiene por qué tener ningún sentimiento de inferioridad ante el investigador más erudito. Es verdad que hay asuntos de investigación técnica, de lenguaje, de historia, que hay que reservarle al experto; pero las cosas esenciales de la fe son posesión de cada uno.

Esto condujo a Juan al último punto de esta sección. Les escribe; no porque no conocieran la verdad, sino porque la conocían. Westcott lo expresa de la siguiente manera: « El objetivo del apóstol al escribir no era comunicar un conocimiento nuevo, sino sacar a un uso activo y decisivo el conocimiento que ya poseían sus lectores.» La más grande defensa cristiana consiste sencillamente en recordar lo que ya sabemos.

Lo que nos hace falta no es una nueva verdad, sino que la verdad que ya conocemos se convierta en activa y efectiva en nuestra vida.

Este es un enfoque que Pablo usa constantemente. Les escribe a los tesalonicenses: «Acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que se os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros unos a otros» (1 Tesalonicenses 4:9). Lo que necesitaban no era una nueva verdad, sino poner en práctica la verdad que ya conocían. Escribe a los romanos: «En cuanto a mí, estoy satisfecho por lo que respecta a vosotros, hermanos míos, de que estéis llenos de bondad, henchidos de todo conocimiento, y seáis capaces de instruiros mutuamente. Pero sobre algunas cuestiones me he atrevido a escribiros, por la gracia de Dios que se me ha concedido, para haceros recbrdar» (Romanos 15:14s). Lo que necesitaban no era tanto que se les enseñara como que se les recordara.

Es un hecho indiscutible de la vida cristiana que las cosas cambiarían inmediatamente conque nosotros pusiéramos en práctica lo que ya sabemos. Eso no es decir que no tenemos necesidad de aprender ninguna cosa nueva; pero sí es decir que, aun como somos, tenemos suficiente luz para caminar en ella si estamos dispuestos a usarla.

La mentira capital

¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Ungido de Dios? El Anticristo es el que niega al Padre y al Hijo. El que niegue al Hijo, tampoco tiene al Padre; y el que reconozca al Hijo, tiene también al Padre.

Como ha dicho alguien, negar que Jesús es el Cristo es la mentira capital, la mentira par excellence, la mentira más grande de todas las mentiras.

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