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1 de Samuel 31: La última batalla de Saúl

Pastor Lionel

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¡Pero lo peor fue que atribuyeran a sus Dioses esta victoria y dedicaran a ellos el botín! Esta es la única vez en los dos libros de Samuel que se usa la palabra ídolos. Es interesante que la misma palabra heb. que se traduce ídolos también se usa unas cuantas veces para decir tristeza o quizás dolor. En Isaías 14:3 es trabajo, pero debe ser más bien sufrimiento o dolor. Este mismo versículo se refiere a las “buenas noticias”, palabra que quiere decir alegrarse con el anuncio de gratas noticias. Se usa también en Isaías 52:7 y luego lo cita el apóstol Pablo en Romanos 10:15 donde es, ¡el evangelio de las buenas nuevas! ¡Cómo el mundo confunde lo bueno con lo malo! No es buena nueva que Saúl haya muerto, sino que Jesucristo murió por nosotros para librarnos de los ídolos que sólo acarrean tristeza y dolor. Aquí se menciona Astarte, la Diosa de la fertilidad, amor y guerra. Evidentemente, el templo de esta Diosa estaba en Betsean. En la excavación de este sitio, se encontraron al nivel V (siglo XI a. de J. C.) dos templos. Se ha sugerido que el templo al norte habrá sido entre los dos la casa de Astarte donde las armas de Saúl fueron depositadas.

Los filisteos atribuyeron a sus Dioses la victoria ese día. Pero “ninguna autoridad contra mí, si no te fuera dada de arriba” . Saúl realmente es culpable por cuanto había cometido pecado de muerte. Llegó a tal punto su desobediencia que el Señor se lo llevó a la casa. No pudo permitir que el rey de Israel siguiera deshonrando su Santo Nombre. Parece ser no un solo pecado sino el seguir pecando desobedeciéndole al Señor hasta que Dios tenga que aplicar la suma disciplina y cortar de su hijo obstinado aun la vida física. Su carne sería destruida, pero su espíritu sería salvo por ser hijo.

En todo este capítulo tan mórbido, sólo proporciona motivo de ánimo la conducta y el ejemplo de los hombres de Jabes en Galaad. Cuando se enteraron de lo que pasó, marcharon 20 km. de noche, cruzando el río Jordán y yendo al norte hasta llegar a Betsean. Audazmente quitaron del muro los cuerpos de Saúl y sus tres hijos y se los llevaron. Al llegar a Jabes los incineraron, una costumbre prácticamente desconocida para los judíos. Aquí dice el famoso hebraista inglés S. R. Driver que este verbo quiere decir ungir con especias resinosas. La idea según Driver entonces sería que ellos ungieron los cuerpos de Saúl y sus hijos para luego sepultarlos. Driver fue un destacado erudito del AT aunque un liberal. Sin embargo, sus escritos no inspiraron mucha confianza en la comunidad evangélica de su día. Ninguna de las versiones conocidas traducen la palabra “ungir” sino siempre incinerar. Quizás los hombres de Jabes se sintieron obligados a incinerar los cuerpos por la descomposición y mutilación de ellos. No habrá sido una incineración completa de todos modos, porque quedaron los huesos. Los huesos fueron sepultados en un lugar conocido. Más adelante David hizo traer sus huesos de Jabes y los hizo sepultar en el sepulcro de Cis en Zela de Benjamín.

Los hombres de Jabes, que el texto llama valientes, habían sido socorridos por Saúl en el primer año de su reinado, y le debían a él sus vidas. Su acto de heroísmo fue nada más que una demostración de sumo agradecimiento, reconocido también por David y digno de bendición. Nuestro agradecimiento hacia Dios debe inspirar fidelidad y esfuerzos especiales. Además la Biblia recomienda que recordemos lo que el Señor ha hecho por nosotros. Bien podría ser la palabra clave de Deuteronomio. Y tenemos la Biblia en nuestras manos a fin de que recordemos las palabras y voluntad de Dios. Tampoco debemos olvidarnos los unos a los otros sino seguir recordando que somos miembros de una misma familia.

Saúl expuso su vida por la gente de Jabes y murió en el servicio de Israel. Aunque su ejemplo fue pobre, el de Jesucristo es, al contrario, el más sublime. Su muerte nos salva porque murió por nosotros, dándonos victoria sobre todos nuestros enemigos. La muerte de Saúl ocasionó suma tristeza y la gente ayunó por siete días. Pero nuestro gran libertador resucitó de los muertos para darnos “gloria en lugar de cenizas, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado”.

Saúl no tenía enemigo mayor que él mismo. Hubiera sido un gran rey pero su desobediencia y egocentrismo le llevaron a la ruina

Saúl el suicida

Dueño de la escena social y política de su tiempo, y tras haber celado y ambicionado al mismo tiempo el poder, Saúl es desde la primera hora el principal enemigo de sí mismo. Todos sus antecedentes apuntan a calificarlo como un enfermo depresivo y neurótico que preanuncia su trágico final en el campamento de Gilboa.

Desesperado al verse acorralado por su enemigo que lo acosa con una lluvia de flechas siente que la vida ya no tenía más sentido para él y comete el grave pecado contra Dios, que es quien nos da la vida, contra su pueblo, a quien se debe, y contra sí mismo.

El suicidio es el acto cometido por alguien que está enojado con Dios; por alguien que está enojado consigo mismo al pensar que no puede lograr lo que tanto ambiciona y siente, además que todo el mundo está en contra de él. Como en el caso de Judas, es el fracaso moral y espiritual más doloroso ya que una vez asumido ya no tiene la oportunidad de un retorno. Es la vulgar deserción a todas las sagradas obligaciones de la vida. El de Saúl no fue precisamente un suicidio heroico al ver a su patria humillada; es un suicidio cobarde que deja a su pueblo desamparado, sin su líder y con la vergüenza de la derrota buscando refugio tras el Jordán. Lo heroico hubiese sido seguir viviendo y luchando hasta las últimas consecuencias. No es el caso del capitán de un barco que se hunde y por un mal entendido orgullo y fidelidad, decide hundirse con el barco. Sea cual fuere el motivo del suicidio, es simplemente una pérdida del sentido del valor de la vida y de la fe y la esperanza. La actitud victoriosa del cristiano frente a las crisis de la vida es ofrecerla al Señor y vivirla por la gracia de Dios.

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