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1 Corintios 8: Consejo para los sensatos

Pastor Lionel

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La comida no es lo que nos hace aceptables a Dios. Si no comemos, no somos peores, y si comemos no somos mejores en nada. Tenéis que tener cuidado de que vuestra misma libertad no cause escándalo a los que son más débiles. Porque, si alguien te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en el templo de un ídolo, ¿no se animará a comer de lo sacrificado a los ídolos, aunque sigue convencido de que tanto el ídolo como el sacrificio son cosas reales? De esa manera, tu conocimiento destruiría al que es débil, -que es un hermano por quien Cristo murió. Si pecas de esa manera contra tu hermano, pegándole una paliza a su conciencia en su debilidad, en realidad estás pecando contra Cristo.

Por tanto, si una cosa como la comida va a hacerle tropezar a mi hermano, yo no dudaría lo más mínimo en abstenerme de comer carne siempre para no ser el causante de que mi hermano tropezara.

Ya hemos visto que era prácticamente imposible vivir en cualquier ciudad griega sin enfrentarse todos los días con el problema de qué hacer con alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos. Para algunos de los cristianos corintios la cosa no tenía ningún problema. Sostenían que su conocimiento superior les había enseñado que los dioses paganos sencillamente es que no existían, y que por tanto un cristiano podía comer carne que se hubiera sacrificado a un ídolo sin el menor remordimiento de conciencia.

En realidad, Pablo tiene dos respuéstas a eso. Una no sale hasta el capítulo 10:20. En ese pasaje Pablo deja bien claro que, aunque él está totalmente de acuerdo en que los dioses paganos no existen, está seguro de que los espíritus y los demonios sí existen, y están detrás de los ídolos, usándolos para apartar a la gente de dar culto al Dios verdadero.

En el presente pasaje hace uso de un razonamiento mucho más sencillo. Dice que había cristianos en Corinto que toda su vida hasta ese momento habían creído en los dioses paganos; y esas personas, almas cándidas, no se podían desembarazar del todo de una fe latente en que un ídolo era realmente algo, aunque fuera un algo falso. Siempre que participaban de una comida ofrecida a los ídolos, tenían remordimientos de conciencia. No lo podían evitar; admitían instintivamente que eso estaba mal. Así que Pablo razonaba que, si se dice que no hay absolutamente ningún peligro en comer de lo que se le ha ofrecido a un ídolo, es posible que se esté dañando y ofendiendo la conciencia de esas almas sencillas. Su argumento concluyente es que, si hay algo que es totalmente inocente para ti pero que daña a otra persona, hay que renunciar a ello, porque un cristiano no debe hacer nunca nada que haga tropezar a un hermano.

En este pasaje que trata de un asunto que nos resulta tan peregrino hay tres grandes principios que tienen un valor eterno.

(i) Lo que es inocuo para una persona puede que no lo sea para otra. Se ha dicho, y es una bendita verdad, que Dios tiene su propia escalera de acceso a cada corazón; pero es igualmente cierto que el diablo también la tiene. Puede que uno se considere suficientemente fuerte para resistir alguna tentación, pero puede que otro no lo sea. Algo puede que no sea ni tentación para nosotros, pero puede serlo de las más violentas para otra persona. Por tanto, al considerar si podemos hacer algo o no, debemos considerar no sólo cómo nos afectaría a nosotros, sino también a otros.

(ii) No se debe juzgar nada sólo desde el punto de vista del conocimiento, sino también desde el del amor. El razonamiento de los cristianos corintios más avanzados era que ellos ya sabían bastante como para considerar que un ídolo fuera nada; sus conocimientos alcanzaban a más de eso. Hay siempre un cierto peligro en el conocimiento. Tiende a hacer a las personas arrogantes, y que se sientan superiores y miren por encima del hombro a los que no son tan avanzados. El conocimiento que produce esos resultados no es el verdadero. El creerse superiores intelectualmente es peligroso. Nuestra actitud debería estar gobernada, no por la idea de nuestra superioridad en materia de conocimientos, sino por nuestra simpatía y amorosa consideración para con los demás. Puede que por amor de ellos debamos abstenernos de hacer o decir ciertas cosas que serían legítimas en otro caso.

(iii) Esto nos conduce a la mayor verdad de todas. Nadie tiene derecho a permitirse un placer o a reclamar una libertad que pueda traerle perjuicios a otra persona. Puede que uno tenga la capacidad para mantener ese placer dentro de sus límites; que esa actuación no le suponga ningún peligro; pero no debe pensar sólo en sí mismo, sino también en el hermano que es más débil. Una indulgencia que pueda traerle la ruina a otra persona no es un placer, sino un pecado.

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