1 Corintios 3: importancia suprema de Dios

En este pasaje, Pablo está hablando por experiencia. Estaba destinado a ir echando los cimientos para luego pasar a otro sitio. Es verdad que se quedó dieciocho meses en Corinto (Hechos 18: I1) y tres años en Éfeso (Hechos 20:31); pero puede que en Tesalónica no estuviera ni un mes, y esto era lo más corriente. Había tanto terreno que planificar, tantas personas que ni siquiera habían oído el nombre de Jesucristo que, si se iba a empezar en serio la evangelización del mundo, Pablo no podía más que echar los cimientos y pasar a otro sitio. Sólo cuando le metían preso se veía obligado a permanecer en un sitio su inquieto espíritu.

Dondequiera que iba, echaba el mismo cimiento: los hechos referentes a Jesucristo y Su oferta de Salvación. Su tremenda labor consistía en presentar a Cristo a la gente, porque era en Él, y sólo en Él, donde se podían encontrar tres cosas:

(a) El perdón de los pecados pasados. Uno se encuentra en una nueva relación con Dios, y descubre de pronto que Dios es su amigo y no su enemigo; Que es como Jesús; donde antes creía ver odio, ahora ve amor, y el Que antes le parecía infinitamente remoto ahora ve como íntimamente tierno.

(b) Fuerza para el presente. En la presencia y ayuda de Jesús halla valor para arrostrar la vida, porque ha dejado de ser una unidad aislada peleando una batalla a solas con un universo adverso. Vive una vida en la que nada puede separarle del amor de Dios en Cristo Jesús su Señor. Transita los caminos de la vida y pelea sus batallas con Cristo.

(c) Esperanza para el porvenir. Ya no vive en un mundo en el que tiene miedo a mirar adelante, sino en uno en el que Dios está en control y haciendo que todo contribuya a su bien. Vive en un mundo en el que la muerte ya no es el fin, sino sólo el preludio de una gloria mayor. Sin el cimiento de Cristo no se puede tener ninguna de estas cosas.

Pero son otros los que tienen que construir sobre ese cimiento. Pablo no está hablando aquí de construir cosas malas, sino cosas inadecuadas. Uno puede presentar a sus semejantes una versión del Evangelio que es floja y aguada; algo unilateral, que hace mucho hincapié en ciertas cosas y demasiado poco en otras, sin el debido equilibrio; algo deformado, en lo que hasta las cosas más importantes aparecen alabeadas.

El Día al que se refiere Pablo es la Segunda Venida de Cristo. Entonces tendrá lugar la prueba definitiva. Lo erróneo e impropio se desvanecerá; pero, por la misericordia de Dios, hasta el constructor equivocado se salvará; porque, por lo menos, trató de hacer algo por Cristo. Todas nuestras versiones del Evangelio son inadecuadas, por decir lo menos; pero nos libraríamos de muchas cosas inadecuadas si las sometiéramos a prueba, no de nuestros prejuicios y presuposiciones, no de la aprobación de tal o cual teólogo, sino a la luz del Nuevo Testamento y, sobre todo, a la luz de la Cruz. Longino, el gran crítico literario griego, les ofrecía a sus estudiantes una prueba: « Cuando escribas algo -les decía-, pregúntate cómo lo habrían escrito Homero o Demóstenes; o, mejor todavía: imagínate cómo reaccionarían si tú se lo leyeras.» Pues nosotros, cuando hablamos de Cristo, debemos tener presente el hecho de que Cristo está escuchando. Tal convicción nos librará de muchos peligros y errores.

Sabiduría e insensatez

¿Es que no sabéis que sois el Templo de Dios, y que el Espíritu de Dios ha hecho Su morada en vosotros? Dios destruirá al que destruya Su Templo; porque el Templo de Dios es una cosa santa, y eso es lo que sois vosotros.

Que nadie es engañe. El que de vosotros se crea muy listo en las cosas del mundo, que empiece por darse cuenta de que no es más que un ignorante para llegar a ser sabio de veras. Porque la sabiduría de este mundo es necedad para Dios; por eso dice la Escritura: «Él pilla a los sabiondos en su propia astucia; » y otra vez: «El Sor sabe que el producto de sus mentes es inconsistente. »

Así es que nadie presuma de nadie, porque todo es vuestro: Pablo, Apolos, Cefas, la vida, la muerte, el presente, el porvenir… ¡todo es vuestro! Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios.

Para Pablo, la Iglesia era el verdadero Templo de Dios, porque era la morada del Espíritu de Dios. Como dijo Orígenes tiempo después: «Somos tanto más el Templo de Dios cuanto nos preparamos para recibir al Espíritu Santo.» Pero los que introducen disensiones y divisiones en la comunión de la Iglesia destruyen el Templo de Dios en un doble sentido.

(a) Hacen imposible que el Espíritu pueda obrar. En cuanto se introduce la amargura en la Iglesia, el amor se ausenta. No se puede ni decir ni oír la verdad debidamente en esa atmósfera.
«Donde está el amor, allí está Dios;» pero donde hay odio y peleas, Dios está llamando a la puerta, pero no Le dejan entrar. El que destruye el amor fraternal, destruye la Iglesia; y, por tanto, el Templo de Dios.

(b) Dividen la Iglesia y la reducen a una serie de ruinas aisladas. Ningún edificio puede mantenerse en pie y firme si se le quitan secciones. La mayor debilidad de la Iglesia siguen siendo sus divisiones. Ellas también la destruyen.

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