1 Corintios 15: El Señor resucitado

Pues la misma diferencia habrá entre este cuerpo y el que tendremos en la Resurrección de los muertos. Nuestro cuerpo presente es como una semilla: se siembra algo corruptible, pero resucitará incorruptible; se siembra algo vergonzoso, y resucitará glorioso; se siembra algo débil, y resucitará algo poderoso; se siembra un cuerpo físico, y resucitará un cuerpo espiritual. Porque, si existen los cuerpos físicos, también existen los cuerpos espirituales. Por eso dice la Escritura: « El primer hombre, Adán, llegó a ser una persona viva. » ¡Y el último Adán, un Espíritu que da la vida!

No es lo espiritual lo que viene primero, sino lo físico; y luego, lo espiritual. El primer hombre era de la Tierra, terrenal; el segundo Hombre es del Cielo, celestial. Los que están hechos de tierra son terrenales; pero los celestiales son como el Celestial. Como llevamos la imagen del terrenal, también llevaremos la imagen del Celestial. Antes de empezar a intentar interpretar esta sección, haremos bien en tener presente una cosa: aquí Pablo está tratando de cosas que no conocemos experimentalmente. No está hablando de cosas que se pueden verificar, sino de cuestiones de fe. Al tratar de expresar lo inexpresable, y de describir lo indescriptible, lo hace lo mejor posible con las ideas y las palabras humanas, que son las únicas de que disponemos. Si tenemos eso presente, nos librará de una interpretación literalista cruda, y nos hará afianzar el pensamiento en los principios que subyacen en la mente de Pablo.

En esta sección, Pablo está contestando a los que dicen: «Concedamos que haya una resurrección del cuerpo; pero, ¿con qué clase de cuerpo volverá la gente a la vida?» Y la respuesta de Pablo contiene tres principios básicos.

(i) Aplica la analogía de la semilla: esta se pone en la tierra, y muere; pero, a su debido tiempo, surge otra vez; y lo hace con un cuerpo muy diferente del que tenía cuando se sembró. Pablo muestra que, al mismo tiempo, puede haber disolución, diferencia y también continuidad. La semilla se desintegra; y luego surge otra vez, y hay una diferencia abismal en su cuerpo; pero, a pesar de la desintegración y la diferencia, es la misma semilla. Así, nuestros cuerpos mortales se disolverán; resucitaremos con una forma distinta, pero será la misma persona la que resucite. Desintegrados por la muerte, transformados por la Resurrección, pero seremos los mismos.

(ii) En el mundo, hasta tal cual lo conocemos, no hay una sola clase de cuerpos; cada parte separable de la creación tiene el suyo. Dios le da a cada cosa creada un cuerpo idóneo para su función en la creación. En ese caso, es de lo más razonable el esperar que nos dé un cuerpo adaptado a la vida resucitada.

(iii) En la vida hay desarrollo. Adán, el primer hombre, fue formado del polvo de la tierra (Génesis 2:7). Pero Jesús es mucho más que un hombre formado del polvo de la tierra: es la encarnación del mismo Espíritu de Dios. Ahora bien: bajo la vieja forma de vida, somos una cosa con Adán, compartiendo su pecado, heredando su muerte y teniendo su cuerpo; pero bajo la nueva manera de vivir, somos una cosa con Cristo y, por tanto, participamos de Su vida y de Su ser. Es verdad que tenemos un cuerpo físico para empezar; pero también lo es que un día tendremos un cuerpo espiritual.

A lo largo de toda esta sección, Pablo ha mantenido una sabia y reverente reticencia en cuanto a cómo será el tal cuerpo.

Será espiritual: tal como Dios sabe que necesitaremos, y seremos semejantes a Cristo. Pero en los versículos 42-44 traza cuatro contrastes que arrojan luz sobre nuestro futuro.

(i) El cuerpo presente es corruptible, y el futuro será incorruptible. En este mundo, todo está sujeto a cambio y descomposición. «La belleza de la juventud se aja, y la gloria de la virilidad se desvanece,» como decía Sófocles. Pero en la vida venidera habrá una estabilidad en la que la belleza no perderá nunca su encanto.

(ii) El cuerpo presente es deshonroso; el futuro será glorioso. Puede que Pablo quiera decir que en esta vida viene el deshonor por medio de los sentidos y las pasiones corporales; pero en la vida por venir, nuestros cuerpos ya no serán esclavos de pasiones e impulsos bajos, sino instrumentos para el servicio puro de Dios, mayor que el cual no existe honor.

(iii) El cuerpo presente muestra debilidad; el futuro revelará poder. Ahora está de moda hablar del poder de la persona; pero lo que aparece más a la vista es su debilidad: una leve brisa o una gota de agua la pueden matar. Nos vemos reducidos en esta vida muchas veces por las necesarias limitaciones del cuerpo. Una y otra vez, nuestra constitución física les dice a nuestros planes y visiones: «Hasta aquí, y no más.» A menudo nos sentimos frustrados por ser como somos. Pero en la vida venidera, esas limitaciones habrán desaparecido. Aquí estamos rodeados de debilidad; allí estaremos revestidos de poder.

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