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1 Corintios 15: El Señor resucitado

Las primicias de los que durmieron

¡Pero es un hecho que Cristo ha resucitado, y es las primicias de los que duermen! Porque, como fue por un hombre como se introdujo la muerte, así también ha venido la Resurrección por un Hombre. Porque, de la misma manera que todos murieron en Adán, así también en Cristo todos volverán a la vida, cada uno en su propio turno: Cristo, las primicias; luego, los que pertenecen a Cristo, cuando El vuelva; y por último, la gran final, cuando Cristo Le entregue el Reino a Dios, Su Padre, después de haber reducido a la incapacidad toda otra forma de gobierno, de autoridad y de poder. Porque Él tiene que reinar hasta someter a todos Sus enemigos bajo Sus pies. La muerte será el último enemigo que será anulado. Porque Dios Le ha sujetado a Cristo todas las cosas. (Cuando decimos que todas las cosas se Le han sometido, no se incluye, naturalmente, a Dios, Que Se las ha sujetado). Pero, cuando todas las cosas Le estén sujetas, entonces el Hijo mismo Se sujetará al Que Le sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea el todo en todos.

Este también es un pasaje sumamente difícil, porque trata de ideas a las que no estamos acostumbrados. Habla de Cristo como «las primicias de los que duermen.» Pablo está pensando en términos de una figura que cualquier judío reconocería. La fiesta de la Pascua tenía más de un significado. Conmemoraba la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto; pero era también una gran fiesta de la cosecha. Coincidía con la recolección de la cebada. La ley establecía: «Traeréis al sacerdote una gavilla por primicia de los primeros frutos de vuestra siega. Y el sacerdote mecerá la gavilla delante del Señor para que seáis aceptos; el día después del día de reposo la mecerá» (Levítico 23:10-11). Algunas gavillas de cebada se habrían segado ya en cualquier tierra comunal.

No se podían traer de ninguna parcela o huerto o terreno preparado especialmente, sino de prácticamente cualquier lugar normal del país. Cuando se segaba la cebada, se traía al templo. Allí separaban el grano de la paja con cañas suaves para no destrozarlo demasiado. Luego se tostaba el grano en una parrilla de forma que no lo tocara el fuego; después se aventaba, y luego se molía en un molinillo de cebada y se Le ofrecía la harina a Dios. Eso eran las primicias. Es significativo que antes de esa ceremonia no se podía comprar ni vender ni hacer pan de la nueva cosecha. Las primicias eran la señal de que había llegado el tiempo de la cosecha; y la Resurrección de Jesús fue la señal de la de los creyentes que había de venir. Como la nueva cebada no se podía usar hasta después de ofrecer las primicias en el templo, así la nueva cosecha de vida no podía empezar hasta que resucitara Jesús.

Pablo pasa a usar otra idea judía. Según la antigua historia de Génesis 3: 1-19, fue por medio del pecado de Adán como se introdujo la muerte en el mundo, como consecuencia directa y castigo. Los judíos creían que, literalmente, todo el género humano había pecado en Adán; vemos que su pecado podía transmitir a sus descendientes la tendencia al pecado. Como dijo Esquilo: «La acción impía deja tras sí una larga progenie, toda semejante a su originador.» Como escribió George Eliot: «Nuestras obras son como niños que nos nacen: viven y actúan independientemente de nosotros; además, se pueden matar los hijos, pero no las obras. Tienen una vida indestructible tanto dentro como fuera de nuestras conciencias.»

No es probable que niegue nadie que un hijo puede heredar la tendencia al pecado, y que de alguna manera « se visitan» los pecados de los padres en sus hijos. Nadie negaría que un hijo puede heredar las consecuencias del pecado de sus padres, porque sabemos muy bien que las condiciones físicas que son el resultado de una vida inmoral se pueden transmitir a la posteridad. Pero los judíos querían decir mucho más que eso. Tenían un sentimiento tremendo de solidaridad. Estaban seguros de que nadie podía hacer nada que le afectara sólo a él o a ella. Y mantenían que toda la humanidad pecó en Adán. Todos los seres humanos estaban, por así decirlo, en él; y cuando él pecó, todos pecaron.

Eso puede que nos suene extraño e injusto; pero los judíos lo creían. Todos habían pecado en Adán y por tanto tenían condena de muerte. Con la venida de Cristo, aquella cadena se rompió: Cristo estaba libre de pecado, y conquistó a la muerte. Así como todos pecaron en Adán, así también todos pueden escapar del pecado en Cristo; y así como todos los seres humanos mueren en Adán, así todos conquistan la muerte en Cristo. Nuestra unidad con Cristo es tan real como nuestra unidad con Adán, y destruye las malas consecuencias de esta. Así es que tenemos dos series de hechos opuestos. En la primera tenemos: Adán-pecado-muerte. En la segunda: Cristo-bondad-vida. Y así como todos nos vimos involucrados en el pecado del primer hombre, así también lo estamos en la victoria del que ha re-creado a la humanidad. Sea cual fuere nuestro parecer de esa manera de pensar hoy, era convincente para los que la escuchaban entonces; y un hecho está fuera de toda duda: que con Jesucristo ha venido al mundo un nuevo poder que libra del pecado y de la muerte.

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