1 Corintios 15: El Señor resucitado

(ii) Está la aparición a Santiago. No hay duda que este era « el hermano del Señor». Está bien claro en el relato de los evangelios que la familia de Jesús no creía en El, y Le eran hasta hostiles. Marcos 3:21 dice que hicieron lo posible por impedirle que siguiera adelante con Su ministerio porque creían que había perdido el juicio. Juan 7: S nos dice claramente que Sus hermanos no creían en Él. Uno de los más antiguos de aquellos evangelios que no lograron entrar en el canon del Nuevo Testamento es el Evangelio según los hebreos. Sólo se conservan de él algunos fragmentos. Uno de ellos, preservado por Jerónimo, dice: «Ahora bien: el Señor, después de darle el paño de lino al siervo del sacerdote, se dirigió a Santiago y se le apareció (porque Santiago había jurado no probar bocado desde que bebió el cáliz del Señor hasta que Le viera resucitado de entre los que duermen).» Así que, sigue diciéndonos la historia, Jesús se dirigió a Santiago y dijo: «Poned la mesa, y poned pan.» Y tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y le dio a Santiago el Justo diciéndole: «Hermano mío: Come tu pan, porque el Hijo del Hombre se ha levantado de entre los durmientes.» Sólo podemos hacer conjeturas. Puede que en los últimos días el desprecio de Santiago se transformara en maravillada admiración de forma que, cuando llegó el final, estaba tan quebrantado de remordimiento por la manera en que había tratado a su Hermano que juró que se moriría de hambre si Jesús no volvía a perdonarle. Aquí tendríamos una vez más la gracia y el amor maravillosos de Cristo. Volvió a traerle la paz al alma turbada del que Le había tomado por loco y había estado en contra Suya.

Es una de las cosas más conmovedoras de toda la historia de Jesús el que dos de Sus primeras apariciones después de Su Resurrección fueran para dos hombres que Le habían hecho daño y que lo sentían. Jesús le sale al encuentro al corazón penitente hasta más allá de la mitad del camino.

Por último, este pasaje arroja mucha luz sobre el carácter del mismo Pablo. Para él era la cosa más preciosa el que Jesús se le hubiera aparecido a él. Eso había sido el gran cambio y el momento dinámico de su vida. Los versículos 9-11 nos dicen mucho acerca de él.

(i) Nos hablan de su humildad a ultranza. Se consideraba el menor de los apóstoles; había sido agraciado con una misión de la que no era digno. Pablo no habría pretendido nunca ser un hombre que se había hecho a sí mismo. Era por la gracia de Dios por lo que era lo que era. Tal vez estaba citando un dicterio que le habrían dirigido otros. Parece que era un hombre pequeño y poco agraciado (2 Corintios 10:10). Puede que los cristianos judíos que querían imponerles la ley a los convertidos del paganismo y que odiaban la doctrina de la gracia declararan que, lejos de ser un nacido de nuevo, Pablo era un aborto. Él, por su parte, era tan consciente de su propia indignidad que no creía que nadie pudiera decir nada de él que fuera exagerado. Charles Gore dijo una vez: «Al hacer una revisión general de nuestra vida, difícilmente podremos considerar que estamos sufriendo desgracias que no hayamos merecido.» Eso pensaba Pablo. No tenía nada de ese orgullo que se ofende ante las críticas o las burlas de los demás, y sí mucho de la humildad que las considera merecidas.

(ii) Nos muestran al mismo tiempo que era consciente de su propio valer. Se daba cuenta de que había trabajado más que todos los demás. La suya no era una falsa modestia. Pero, con todo y con eso, no hablaba de lo que él mismo había hecho, sino de lo que Dios le había capacitado para hacer.

(iii) Nos hablan de su sentido de equipo. No se consideraba un fenómeno aislado con un mensaje único. Tenía el mismo mensaje que los otros apóstoles. Tenía la grandeza que une más íntimamente a la comunión de la Iglesia. Hay algo que falla en la «grandeza» que aisla a una persona de las demás.

Si Cristo no hubiera resucitado

Si estamos proclamando constantemente que Cristo ha resucitado, ¿cómo es que algunos de vosotros dicen que la resurrección no existe? Si la resurrección no existiera, Cristo tampoco habría resucitado; y si Cristo no hubiera resucitado, la proclamación del Evangelio carecería de sentido, y vuestra fe también carecería de sentido. Si fuera así, resultaría que hemos dado un testimonio falso acerca de Dios, porque hemos testificado que Dios resucitó a Cristo, a Quien no habría resucitado si fuera verdad que los muertos no resucitan. Si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es inconsecuente: aún estáis sumidos en vuestros pecados; y si así son las cosas, los que han muerto confiando en Cristo se han perdido para siempre. Si el esperar en Cristo no sirve nada más que para esta vida, no hay gente más miserable que nosotros. Pablo ataca la posición central de sus oponentes de Corinto que decían tajantemente: «Los muertos no resucitan.» La respuesta de Pablo es: «Si adoptáis esa posición, eso quiere decir que Jesucristo no ha resucitado; y, en ese caso, se desintegra la totalidad de la fe cristiana.»

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