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1 Corintios 14: El falso culto y el verdadero

(ii) Es indiscutible que había una cierta flexibilidad en la liturgia de la Iglesia Primitiva. Todo era lo suficientemente libre como para permitir a cualquier persona que creía que tenía un mensaje el que lo pudiera transmitir. Puede que exageremos ahora la dignidad y la solemnidad, y que nos esclavicemos a un cierto orden de culto. Lo realmente característico del culto de la Iglesia Primitiva debe de haber sido que casi cualquier persona consideraba que tenía el privilegio y la obligación de contribuir con algo en él. Nadie iba con la única intención de escuchar pasivamente; sino más bien con la de recibir y aportar.

Está claro que eso tenía sus peligros; porque nos da la impresión de que en Corinto había personas a las que les gustaba demasiado hacerse oír; pero, con todo y con eso, la iglesia era entonces asunto de los cristianos de a pie más que ahora. Puede que la iglesia perdiera algo cuando delegó tanto en el ministerio profesional que no le quedó casi nada para el que no era más que miembro de la iglesia. Y puede que no fuera tanto la culpa del ministerio el que acabara anexionándose tantos derechos, sino del laicado por abandonarlos. Porque no se puede negar que muchos miembros de la iglesia piensan más en lo que ésta puede hacer por ellos que en lo que ellos puedan hacer por ella, y están más dispuestos a criticar lo que se hace que a asumir ninguna responsabilidad del trabajo de la iglesia por sí mismos.

Innovaciones desaconsejables

Que las mujeres guarden silencio en la congregación; porque no les está permitido hablar, sino tienen que estar sometidas como dice también la ley. Si quieren aprender algo, que les pregunten a sus maridos en casa. Es vergonzoso que una mujer hable en la congregación. ¿Es que habéis sido vosotros los originadores de la Palabra de Dios? ¿O habéis sido sus únicos destinatarios?

Si alguno se cree proclamador de la verdad, o poseedor de algún don especial, que reconozca lo que os escribo, porque es un mandamiento del Señor. Y el que no quiera entenderlo, allá él.
Así que, hermanos, mostrad interés en poseer el don de proclamar la verdad, y no prohibáis el hablar en lenguas. Pero que todo se haga como es debido y en orden.

Había algunas innovaciones que amenazaban con introducirse en la iglesia corintia que no le gustaban a Pablo. Llega a preguntarles qué derecho se creían que tenían para aceptarlas. ¿Habían sido ellos los iniciadores de la Iglesia Cristiana? ¿Tenían el monopolio de la verdad evangélica? Sencillamente, habían recibido una tradición, y tenían que seguirla.

Ninguna persona ha conseguido nunca remontarse totalmente por encima de la época en que ha vivido y la sociedad en la que se ha educado; y Pablo, en su concepción del lugar de la mujer en la iglesia, era incapaz de desembarazarse de las ideas que había conocido toda la vida.

Ya hemos dicho que la mujer ocupaba un estrato inferior en el mundo antiguo. En el mundo griego, Sófocles había dicho: «El silencio confiere gracia a las mujeres.» Las mujeres, a menos que fueran muy pobres o de una moralidad dudosa, llevaban una vida muy retirada en Grecia. Los judíos aún tenían una idea más baja de las mujeres. Entre los dichos rabínicos se encuentran muchos que minimizan su lugar en la sociedad. «En cuanto a enseñarle la ley a una mujer, es lo mismo que enseñarle la impiedad.» El enseñar la ley a una mujer era «echarles perlas a los cerdos.» El Talmud lista entre las plagas del mundo « la viuda charlatana y preguntona, y la doncella que se pasa el tiempo rezando.» Estaba prohibido hasta el hablar con una mujer en la calle. «Uno no debe pedirle un favor a una mujer, ni saludarla.»

Fue en una sociedad así donde Pablo escribió este pasaje. Lo más probable es que lo que tenía más presente en la mente era el estado moral sumamente laxo de Corinto, y el sentimiento de que no se debía hacer absolutamente nada que pudiera acarrearle a la joven iglesia la más mínima sospecha de inmoralidad. No cabe duda que sería un error injustificable el sacar estas palabras de su contexto e imponerlas como una regla universal para la iglesia.

Pablo continúa hablando con cierta gravedad. Está completamente seguro de que, aunque uno tenga dones espirituales, eso no le da derecho a rebelarse contra la autoridad. Se da cuenta de que el consejo que ha dado y las reglas que ha establecido le han llegado de Jesucristo y Su Espíritu; y, si alguien se negara a reconocerlo, lo haría a su propio riesgo; y lo mejor que se podría hacer sería dejarle en su voluntaria ignorancia.

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