1 Corintios 12: La confesión del espíritu

Pastor Lionel

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Empieza con dos cosas que suenan muy parecidas: la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento. La palabra griega que traducimos por sabiduría es sofía. Clemente de Alejandría la define como « el conocimiento de cosas humanas y divinas y de sus causas.» Aristóteles la describía como « proponerse los mejores fines usando los mejores medios.» Esta es la clase superior de sabiduría; procede, no tanto de los pensamientos, como de la comunión con Dios. Es la sabiduría que conoce y reconoce a Dios. Conocimiento -la palabra griega es gnósis- es una cosa mucho más práctica. Es el saber qué hacer en una situación determinada. Es la aplicación práctica de la sofía a la vida y las cuestiones humanas. Las dos cosas son necesarias -la sabiduría que conoce las cosas profundas de Dios mediante la comunión con Él, y el conocimiento que puede poner esa sabiduría en práctica en la vida cotidiana de la iglesia y del mundo.

Lo siguiente en la lista es la fe. Pablo quiere decir más de lo que normalmente entendemos por fe. Esta clase de fe se ha definido como la fe potente, y como el poder que hace realidad lo espiritual. Es la fe que de veras produce resultados; la que, según la frase que mejor la define, puede de veras mover montañas. No es sencillamente la convicción intelectual de que una cosa es verdad, sino el creer apasionadamente en algo que le hace a una persona invertir en ello todo lo que tiene y es. Es la fe que le acera la voluntad y le infunde valor a una persona para la acción, la que hace realidad la visión.

A continuación Pablo habla de los dones especiales de sanidades. La Iglesia Primitiva vivía en un mundo en el que los milagros de sanidades eran corrientes. Cuando un judío se ponía enfermo, era más probable que fuera al rabino que al médico; y lo más probable era que se pusiera bueno. Esculapio era el dios de la sanidad en la mitología griega. A sus templos iba la gente corrientemente a pasar una noche allí para curarse, y a menudo se curaban. Frecuentemente se encuentran en las ruinas de aquellos templos inscripciones conmemorativas de sanidades y exvotos. (La definición de esta última palabra que da el D.R.A.E. es: «Don u ofrenda, como muletas, mortajas, figuras de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios, a la Virgen o a los santos en señal y recuerdo de un beneficio recibido. Cuélganse en los muros o en la techumbre de los templos. También se dio este nombre a parecidas ofrendas que los gentiles hacían a sus dioses»). Se supone que no se molestarían ni gastarían dinero en hacer un exvoto por nada. En el templo de Epidaurus hay una inscripción que dice que un cierto Alketas, «aunque ciego, tuvo una visión en sueños. Le pareció que el dios se dirigía a él y le abría los ojos con sus dedos, y lo primero que vio fueron los árboles que había en el templo. A1 amanecer se fue curado.» En el templo de Roma -hay una inscripción que dice: «A Velerius Aper, un soldado ciego, el dios le dio un oráculo para que viniera, tomara la sangre de un gallo blanco mezclada con miel y se la pusiera en los ojos como colirio durante tres días, y recibió la vista y vino a darle las gracias al dios públicamente.» Era un tiempo de milagros de curación.

No hay la más ligera duda de que los dones de sanidad existieron en la Iglesia Primitiva; Pablo no los habría citado si no hubieran sido reales. En la carta de Santiago (5:14) se da la instrucción de que, si una persona está enferma, debe dirigirse a los ancianos de la iglesia para que la unjan con aceite. Es un hecho histórico indudable que, hasta el siglo IX; el sacramento de la unción era para impartir sanidad; a partir de entonces pasó a ser la extremaunción, para preparar a morir a los fieles. La Iglesia nunca perdió del todo este don de sanidad; y en tiempos recientes se ha redescubierto en cierta manera. Montaigne, uno los escritores más sabios de todos los tiempos, decía acerca de la educación de un chico: «Me gustaría que entrenara sus miembros no menos que su cerebro. No es una mente ni un cuerpo lo que estamos educando, sino a una persona humana. Y no debemos dicotomizarla.» La iglesia ha pasado mucho tiempo dicotomizando al ser humano en cuerpo y alma, y asumiendo responsabilidad por el alma pero no por el cuerpo. Es una cosa buena que en nuestro tiempo hemos aprendido una vez más a tratar a la persona como un todo indivisible.

Lo siguiente en la lista de Pablo son las obras maravillosas de poder. Es casi seguro que se refiere a los exorcismos. En aquellos días muchas enfermedades, a menudo todas, y especialmente las enfermedades mentales se atribuían a la acción de los demonios; y era una de las funciones de la iglesia el exorcizar a esos demonios. Si eran o no reales, la persona así aquejada estaba convencida de que lo eran, y la iglesia podía ayudarla y de hecho la ayudaba. El exorcismo tiene todavía una gran importancia en el campo misionero; y en todos los tiempos es la función de la Iglesia el ministrar a las mentes perturbadas y enfermas.

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