1 Corintios 12: La confesión del espíritu

(e) Frente al grito anterior estaba el auténtico testimonio cristiano: « ¡Jesús es el Señor!» En tanto en cuanto la Iglesia Primitiva llegó a tener un credo, estaba contenido en esta breve frase (cp. Filipenses 2:11, y Romanos 10:9). La palabra para Señor era Kyrios, que era una palabra extraordinaria. Era el título oficial del emperador romano. La exigencia de los perseguidores era: « ¡Di «César es el Señor! (Kyrios)» Era la palabra que traducía el tetragrámaton hebreo en la traducción griega del Antiguo Testamento. Si uno podía decir: «Jesús es el Señor», quería decir que Le daba a Jesús la suprema lealtad de su vida y la suprema adoración de su corazón.

Hay que fijarse en que Pablo creía que una persona podía decir «Jesús es el Señor» solamente cuando el Espíritu Santo le capacitaba. El señorío de Jesús no era tanto algo que una persona descubría por sí misma, como algo que Dios, en Su gracia, le había revelado.

Diversos dones de Dios

Hay diferencias entre las distintas clases de dones especiales, pero no hay más que un Espíritu. Hay diferencias entre las distintas clases de servicio, pero no hay más que un Señor. Y hay diferencias entre las distintas clases de obras, pero no hay más que un Dios, Que las produce en cada persona. A cada persona se le concede una manifestación del Espíritu que de es propia, aunque todas dirigidas siempre a un fin benéfico. A una persona en particular se le otorga por medio del Espíritu la palabra de sabiduría; a otra, la palabra de conocimiento por medio del mismo Espíritu; todavía a otra, la fe, por el mismo Espíritu; a otra, los dones especiales de sanidades por medio del mismo Espíritu; a otra, la habilidad de realizar obras maravillosas de poder; a otra, profecía; a otra, la habilidad de distinguir entre diferentes clases de espíritus; a otra; distintas clases de lenguas; a otra, el poder para interpretar las lenguas. Uno solo y siempre el mismo es el Espíritu que produce todos esos efectos, repartiéndolos individualmente a cada persona, como al Espíritu Le parece.

Lo que Pablo se propone en esta sección es hacer hincapié en la unidad esencial de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y la característica de un cuerpo sano es que cada uno de sus miembros o sistemas realiza su propia función para bien del conjunto; pero unidad no quiere decir uniformidad; y, por tanto, dentro de la Iglesia hay diversos dones y funciones diferentes, que son, colectiva e individualmente, dones del mismo Espíritu diseñados, no para la gloria del miembro individual, sino para el bien de todo el Cuerpo.

Pablo empieza por decir que todos los dones especiales (jarísmata) proceden de Dios, y está convencido de que, por tanto, deben usarse en el servicio de Dios. El fallo de la iglesia, por lo menos en los tiempos modernos, es que ha interpretado la idea de los dones especiales con excesiva estrechez. Demasiado a menudo ha actuado sobre la supuesta base de que los dones especiales que puede usar consisten en cosas como hablar, orar, enseñar, escribir -es decir, más o menos dones intelectuales.

Estaría bien que la iglesia se diera cuenta de que los dones de la persona que puede hacer cosas con las manos son tan dones de Dios como los otros. El albañil, el carpintero, el electricista, el pintor, el mecánico, el fontanero, todos tienen dones especiales que proceden de Dios y pueden usarse para Dios.

Es sumamente interesante examinar la lista de dones especiales que da Pablo, porque por ella podemos aprender mucho del carácter y obra de la Iglesia Primitiva.

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