Marcos 9: La Gloria de la cumbre

Seis días después, Jesús Se llevó a Pedro, Santiago y Juan a una montaña alta, solos ellos. Y Jesús cambió de aspecto en su presencia: Su ropa se volvió radiante, extraordinariamente blanca, tanto que no hay lavador en el mundo que la pueda poner tan blanca. Y se les aparecieron Elías y Moisés hablaba con Jesús. Pedro Le dijo a Jesús: ¡Maestro, qué estupendamente se está aquí! ¡Hagamos tres cabañuelas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías! Cuando dijo eso no sabía lo que estaba diciendo, porque los discípulos estaban llenos de temor. Y entonces les sobrevino una nube que los cubrió con su sombra, y se oyó una voz que venía de la nube: -¡Este es Mi Hijo amado! ¡Oídle a Él! E inmediatamente, cuando miraron a su alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, Que era el único que estaba con ellos.

Nos encontramos cara a cara con un incidente de la vida de Jesús que está revestido de misterio. Sólo podemos tratar de entenderlo. Marcos dice que esto sucedió seis días después de los incidentes de los alrededores de Cesarea de Filipo. Lucas dice que sucedió ocho días después. No tenemos aquí una discrepancia; los dos quieren decir lo que expresaríamos con « cosa de una semana después.» Tanto las iglesias de Oriente como las de Occidente celebran el recuerdo de la Transfiguración el 6 de agosto. No importa lo más mínimo que fuera o no fuera esa la fecha exacta; pero es un acontecimiento que haremos bien en recordar.

La tradición dice que la Transfiguración tuvo lugar en la cima del monte Tabor. La Iglesia Oriental de hecho llama la Fiesta de la Transfiguración el Taborion. Puede que la elección esté basada en la mención del monte Tabor en el Psa_89:12 ; pero es desafortunada. El Tabor está al Sur de Galilea, mientras que Cesarea de Filipo está bastante lejos hacia el Norte. El Tabor no tiene más que 300 metros de altura, y en tiempos de Jesús había una fortaleza en la cima. Es mucho más probable que este acontecimiento tuviera lugar entre las nieves perpetuas del monte Hermón, que tiene una altura de 3,000 metros, y está mucho más cerca de Cesarea de Filipo, y donde la soledad sería mucho más completa.

No podemos explicar lo que sucedió. Sólo podemos postrarnos reverentemente para tratar de entender. Marcos nos dice que la ropa de Jesús se volvió resplandeciente. La palabra que usa (stilbein) indica los destellos radiantes de una superficie pulimentada de bronce o de oro o de acero bruñido, o el dorado resplandor de la luz del Sol. Cuando el incidente llegó a su fin, una nube los cubrió con su sombra. En el pensamiento judío, la presencia de Dios se relacionaba regularmente con una nube. Fue en una nube donde Moisés se encontró con Dios. Fue en una nube como Dios vino al Tabernáculo. Fue una nube lo que llenó el Templo que había edificado Salomón cuando se dedicó. Y era el sueño de los judíos que, cuando viniera el Mesías, la nube de la presencia de Dios volvería al Templo Exo_16:10; Exo_19:9 ; Exo_33:9 ; 1Ki_8:10 ; 2 Macabeos 2: 8). El que descendiera una nube es una manera de decir que el Mesías había venido, y así lo entendería cualquier judío.

La Transfiguración tiene un doble significado.

(i) Representó algo muy precioso para Jesús. Él tenía que hacer Su propia decisión. Había tomado la determinación de dirigirse hacia Jerusalén, y eso representaba enfrentarse con la Cruz y aceptarla. Tenía que estar totalmente seguro de que era la decisión correcta antes de seguir adelante. En la cumbre de la montaña recibió una doble aprobación de su decisión.

(a) Moisés y Elías se reunieron con Él. Ahora bien, Moisés era el supremo legislador de Israel, al que debía la nación la Ley de Dios. Elías era el primero y el más grande de los profetas. Siempre se le recordaba como el profeta que había traído al pueblo la misma voz de Dios. Cuando estas dos grandes figuras se encontraron con Jesús, aquello quería decir que el más grande de los legisladores y el más grande de los profetas Le decían: « ¡Adelante!» Quería decir que veían en Jesús la consumación de todo lo que ellos habían soñado en el pasado; que veían en Él todo lo que la Historia esperaba y anhelaba. Es como si, en aquel momento, se Le asegurara a Jesús que seguía el camino correcto; porque toda la Historia había ido conduciendo a la Cruz.

(b) Dios habló con Jesús. Como siempre, Jesús no consultó con Sus propios deseos, sino Se dirigió a Dios y Le dijo: «¿Qué quieres que haga?» Le presentó a Dios todos Sus planes e intenciones, y Dios Le dijo: «Estás actuando como Mi propio Hijo amado. ¡Adelante!» En el Monte de la Transfiguración se Le aseguró a Jesús que no había equivocado Su camino. Vio, no sólo que la Cruz era inevitable, sino que era esencialmente correcta.

(ii) Aportó algo muy precioso a los discípulos.

(a) Se habían quedado apabullados por la afirmación de Jesús de que iba a Jerusalén para morir. Aquello les parecía la negación de todo lo que habían entendido acerca del Mesías. Estaban todavía alucinados y confusos. Estaban sucediendo cosas que no solamente les desarticulaban la mente, sino que también les quebrantaban el corazón. Lo que vieron en el Monte de la Transfiguración les daría algo a que aferrarse aun cuando no lo pudieran comprender. Con o sin la Cruz, habían oído la voz de Dios reconociendo a Jesús como Su Hijo.

(b) Los hizo testigos de la gloria de Cristo en un sentido muy especial. Un testigo se ha definido como una persona que, primero, ve, y después, muestra. En esta ocasión, en el monte, se les mostró la gloria de Cristo; y desde entonces tenían que guardar la historia de Su gloria en sus corazones, y contársela a los hombres, no inmediatamente, sino cuando llegara la hora.

EL DESTINO DEL PRECURSOR

Marcos 9:9-13

Cuando iban bajando de la montaña, Jesús les advirtió que no le contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre Se levantara de entre los muertos. Ellos se quedaron perplejos con esta palabra, preguntándose entre sí qué podría querer decir aquello de levantarse de entre los muertos. Y Le preguntaron a Jesús:

-¿No dicen los maestros de la Ley que Elías ha de venir primero?

-Es verdad -les contestó Jesús-: Elías viene primero a poner todas las cosas en regla. Pero, ¿no está escrito del Hijo del Hombre que ha de sufrir muchas cosas y ser tratado con desprecio? Pero Yo os digo que ya ha venido Elías, y que le trataron como quisieron, exactamente como estaba escrito acerca de él.

Naturalmente, los tres discípulos siguieron pensando a fondo en lo que habían experimentado mientras bajaban por la ladera de la montaña.

En primer lugar, Jesús empezó por darles una orden. No habían de decirle a nadie lo que habían visto. Jesús sabía perfectamente que tenían la mente abarrotada de ideas acerca de un mesías de fuerza y poder. Si contaran lo que había sucedido en la cumbre de la montaña, cómo se había manifestado la gloria de Dios, y habían aparecido Moisés y Elías, ¡todo aquello se identificaría con que había sonado la hora clave de las expectaciones populares! ¡En aquello se vería el preludio de la explosión del poder vengativo de Dios sobre las naciones del mundo! Los discípulos tenían todavía que aprender lo que quería de veras decir el mesiazgo. No había más que una cosa que se lo podría enseñar: la Cruz, y la Resurrección subsiguiente. Cuando la Cruz les hubiera enseñado lo que quería decir el mesiazgo, y cuando la Resurrección los hubiera convencido de que Jesús era el Mesías, entonces, y solamente entonces, podrían contar la historia de la gloria de la cumbre; porque entonces, y solamente entonces, la verían como debían verla: como el preludio, no del desbordamiento de la fuerza vengadora de Dios, sino como el preludio de la crucifixión del amor de Dios.

Las mentes de los discípulos seguían trabajando. No podían entender lo que querían decir las palabras de Jesús acerca de la Resurrección. Toda su actitud muestra que de hecho no las entendieron nunca antes de su cumplimiento. Toda su actitud cuando llegó la Cruz fue la de personas para las que había llegado el final de todo. No debemos echarles la culpa a los discípulos. Era sencillamente que estaban imbuidos de una idea del mesiazgo tan completamente diferente que no podían captar lo que Jesús les había dicho.

Entonces preguntaron algo que los tenía perplejos. Los judíos creían que antes que viniera el Mesías vendría Elías como Su heraldo y precursor (Malaquías 4: Ss). Según una tradición rabínica, Elías vendría tres días antes que el Mesías. El primer día se pondría en las montañas de Israel lamentando la desolación de la tierra; y entonces clamaría con una voz que se oiría desde un extremo del mundo hasta el otro: «¡La paz viene al mundo! ¡La paz viene al mundo!» El segundo día clamaría: «¡El bien viene al mundo! ¡El bien viene al mundo!» Y el tercer día clamaría: «¡Yeshuah (Salvación) viene al mundo! ¡Yeshuah viene al mundo!» Elías restauraría todas las cosas; sanaría las familias divididas en los tenebrosos últimos días; resolvería todos los puntos dudosos del ritual y de la liturgia; limpiaría a la nación trayendo de vuelta a todos los que habían sido injustamente excluidos, y echando a los que habían sido falsamente incluidos. Elías ocupaba un puesto clave en el pensamiento de Israel. Se le concebía como continuamente activo en el Cielo y en la Tierra en provecho de los judíos, y como el heraldo de la consumación final.

Era inevitable que los discípulos se preguntaran: « Si Jesús es el Mesías, ¿qué ha pasado con Elías?» Jesús les contestó en unos términos que cualquier judío podría entender. «Elías -les dijo- ya ha venido, y los hombres hicieron con él lo que quisieron. Le tomaron, y le aplicaron arbitrariamente su propia voluntad olvidando la de Dios.» Jesús estaba refiriéndose al encarcelamiento y muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes. Entonces, por implicación, Jesús condujo a Sus discípulos otra vez a aquel pensamiento que ellos no querían recibir, y que Él estaba decidido a que recibieran. Era como si les preguntara: «Si eso hicieron con el precursor, ¿qué no harán con el Mesías?»

Jesús estaba dándoles la vuelta a todas las ideas y nociones preconcebidas de Sus discípulos. Esperaban que surgiera Elías, que viniera el Mesías, que Dios irrumpiera en el tiempo y que hubiera una victoria arrolladora del Cielo, que ellos identificaban con el triunfo de Israel. Jesús estaba tratando de obligarlos a ver que de hecho el heraldo había sido matado cruelmente, y que el Mesías había de acabar en una cruz. Ellos seguían sin comprender, y eso por lo que siempre hace que los hombres no entiendan: porque se aferraban a sus ideas y se negaban a aceptar las de Dios. Querían que las cosas sucedieran conforme a sus deseos, y no como Dios las había ordenado. El error de sus pensamientos los había cegado a la Revelación de la verdad de Dios.

BAJANDO DE LA CUMBRE

Marcos 9:14-18

Cuando llegaron adonde estaban los otros discípulos vieron un gran gentío reunido alrededor de ellos, y a los maestros de la Ley enzarzados en una discusión con ellos. Tan pronto como vieron a Jesús, se sorprendieron todos y corrieron hacia Él y Le saludaron. Jesús les preguntó:

-¿Qué estáis discutiendo entre vosotros?

Entre la multitud, uno Le contestó:

Maestro, yo Te traía a mi hijo, porque tiene un espíritu que le deja mudo; y siempre que el espíritu se apodera de él, tiene convulsiones, y echa espuma por la boca y rechina los dientes, y se me está deshaciendo. Les pedí a Tus discípulos que lo echaran, pero no pudieron.

Esto era la clase de cosa que Pedro había querido evitar. En la cumbre de la montaña, en la presencia de la gloria, Pedro había dicho: «¡Qué estupendamente se está aquí!» Y había propuesto que hicieran tres cabañuelas para Jesús y Moisés y Elías, y se quedaran allí. ¡La vida era tanto mejor, tanto más cerca de Dios, allí en la cumbre! ¿Para qué volver a bajar?

Pero es parte de la misma esencia de la vida que tenemos que bajar de la cumbre. Se ha dicho que en religión debe haber soledad, pero no solitariedad. La soledad es necesaria para mantener contacto con Dios; pero, si una persona, en busca de la soledad esencial, se desconecta de sus semejantes, cierra los oídos a sus llamadas pidiendo ayuda, cierra su corazón al clamor de sus lágrimas, eso no es religión. La soledad no está diseñada para hacernos solitarios, sino para hacernos más capaces de salir al encuentro y atender a las demandas de la vida cotidiana.

Jesús descendió a una situación delicada. Un padre había traído a los discípulos a su hijo, que era epiléptico. Todos los síntomas estaban claros. Los discípulos habían sido totalmente incapaces de resolver el caso, y aquello les había ofrecido a los escribas una buena oportunidad. La incapacidad de los discípulos era una ocasión de primera para ridiculizarlos, no sólo a ellos, sino también a su Maestro. Eso era lo que hacía la situación tan delicada, y eso es lo que hace cualquier situación humana tan delicada para el cristiano: su conducta, sus palabras, su capacidad o incapacidad para resolver las exigencias de la vida, se usan como medida, no sólo para juzgarle a él, sino para juzgar a Jesucristo.

A. Victor Murray escribe en su libro sobre La educación cristiana: « Hay algunos que ponen los ojos en blanco cuando hablan de la Iglesia: Es una sociedad sobrenatural, el Cuerpo de Cristo, la Esposa impoluta, la Guardiana de los oráculos de Dios, la bendita Compañía de los redimidos, y otros cuantos títulos románticos más, ninguno de los cuales tiene nada que ver con lo que los de fuera pueden ver por sí mismos en la parroquia de Santa Ágata, o en la iglesia metodista de la calle Mayor.» No hacen al caso las profesiones altisonantes que pueda hacer uno, porque por lo que se le juzga es por sus acciones; y al juzgarle a él, se juzga a su Maestro. Esa era la situación en este pasaje.

Entonces llegó Jesús. Cuando la gente Le vio, se maravillaron. No tenemos que pensar que todavía Le quedara algo de la gloria de la Transfiguración. Eso habría sido una contradicción de Sus propias instrucciones de que acuello se mantuviera secreto. La multitud había pensado que El estaba muy lejos, en las solitarias laderas de Hermón. Habían estado tan enfrascados en la discusión que no se habían dado cuenta de que Se les estaba acercando; y ahora precisamente, en el momento oportuno, allí estaba Jesús entre todos ellos. Lo que les sorprendió fue Su llegada repentina, inesperada y oportuna.

Aquí aprendemos dos cosas acerca de Jesús.

(i) Estaba dispuesto a enfrentarse con la Cruz, y estaba dispuesto a enfrentarse con los problemas corrientes que se Le presentaran. Es una de las características de la naturaleza humana que podemos arrostrar los grandes momentos críticos de la vida con honor y dignidad, pero permitimos que las exigencias de la rutina cotidiana nos fastidien e irriten. Podemos arrostrar los golpes demoledores de la vida con un cierto heroísmo, pero dejamos que nos inquieten las pequeñas molestias. Muchas personas pueden encarar un gran desastre o una gran pérdida con tranquila serenidad, y sin embargo pierden los estribos si la comida no es de su gusto o el tren se retrasa. Lo maravilloso de Jesús es que podía encarar serenamente la Cruz, y con igual calma enfrentarse con las cosas normales de la vida día a día. La razón era que no Se reservaba a Dios sólo para las grandes crisis, como hacemos muchos; sino recorría con Él los senderos diarios de la vida.

(ii) Había venido al mundo para salvar al mundo; y, sin embargo, podía entregarse totalmente para ayudar a una sola persona. Es más fácil predicar el evangelio del amor a la humanidad que amar a los pecadores no tan amables. Es fácil sentir un afecto sensiblero hacia la raza humana, y encontrar demasiado molesto ayudar a uno de sus miembros individuales. Jesús tenía el don, y un don de categoría regia es este, de darse a Sí mismo totalmente a cada persona con quien estuviera en contacto en cada momento determinado.

EL CLAMOR DE LA FE

Marcos 9:19-24

-¡Oh generación incrédula! -les respondió Jesús-. ¿Cuánto más he de estar con vosotros? ¿Por cuánto tiempo os voy a tener que seguir soportando? ¡Traedme acá al muchacho!

Entonces Se le trajeron a Jesús; y en cuanto Le vio, el espíritu le provocó una convulsión al muchacho, que se cayó al suelo y empezó a revolcarse echando espumarajos por la boca. Jesús le preguntó al padre:

-¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?

Desde niño -Le contestó el padre-. Muchas veces le arroja al fuego y al agua, empeñado en destruirle. Pero, si Tú puedes, ten piedad de nosotros y ayúdanos.

-Tú dices: «Si Tú puedes» -le dijo Jesús-. Todas las cosas le son posibles al que cree.

Inmediatamente el padre del muchacho clamó:

-¡Sí que creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!

Este pasaje empieza con un grito que se Le escapó del corazón a Jesús. Había estado en la cumbre de la montaña, y había encarado la tremenda tarea que Le esperaba. Había decidido jugarse la vida por la redención del mundo; y ahora había descendido, para encontrarse con Sus seguidores más íntimos, Sus propios elegidos, derrotados y perplejos e inútiles e ineficaces. La situación, por un momento, debe de haber desalentado aun a Jesús. Debe de haberse dado cuenta repentinamente de lo que cualquier otro habría llamado una labor imposible. Por un momento casi desesperaría de conseguir cambiar la naturaleza humana, y hacer de los hombres del mundo hombres de Dios.

¿Cómo arrostró aquel momento de desesperación? «¡Traedme acá al muchacho!», dijo. Cuando no podemos resolver una situación límite, lo mejor que podemos hacer es resolver la situación inmediata. Era como si Jesús dijera: « No sé cómo llegar a cambiar a estos discípulos Míos; pero puedo de momento ayudar a este chico. Voy a empezar con la tarea presente, y no desesperarme por el futuro.»

Una y otra vez, esa es la manera de evitar la desesperación. Si nos sentamos y nos ponemos a pensar en el estado del mundo, puede que caigamos en la depresión; así es que, pongámonos en acción en nuestro pequeño rincón del mundo. A veces puede que nos desesperemos de la iglesia; entonces, entremos en acción en nuestra pequeña parcela de la iglesia. Jesús no se sentó desanimado y paralizado por la lentitud mental de Sus hombres. Se encargó de la situación inmediata. La mejor manera de evitar el pesimismo y la desesperación es aplicarnos a lo que podemos hacer de momento -y siempre hay algo que se puede hacer.

Para el padre del muchacho, Jesús estableció las condiciones de un milagro. « Al que cree -le dijo Jesús- todas las cosas le son posibles.» Era como si Jesús dijera: «La curación de tu muchacho depende, no de Mí, sino de ti.» Esta no es especialmente una verdad teológica, sino una verdad universal. El enfrentarnos con algo en un espíritu de desesperanza es convertirlo en un caso desesperado; el enfrentarnos con algo en un espíritu de fe es hacerlo posible. Cavour dijo una vez que lo que necesita por encima de todo un hombre de estado es «un sentido de las posibilidades.» La mayor parte de nosotros estamos asediados por un sentimiento de las imposibilidades, y por eso precisamente no suceden los milagros.

La actitud general del padre del muchacho es muy reveladora. Originalmente había venido buscando al mismo Jesús. Como Jesús estaba en la cumbre de la montaña, había tenido que tratar con los discípulos, y su experiencia con ellos había sido descorazonadora. Se le tambaleó tanto la fe, se le debilitó tanto que, cuando vino a Jesús, todo lo que pudo decir fue: «Ayúdame, si puedes.» Y entonces, cara a cara con Jesús, de pronto se le inflamó la fe otra vez. «¡Sí que creo! -Clamó-. Si hay todavía en mí algo de desaliento, todavía algunas dudas, quítamelas, y lléname de una fe inquebrantable.» Algunas veces sucede que se obtiene menos de lo que se esperaba de alguna iglesia o de algunos siervos de la iglesia. Cuando nos sucede eso, debemos ir más allá de la iglesia al Señor de la Iglesia, más allá del siervo de Cristo a Cristo mismo. La iglesia puede que a veces nos dé un chasco, y que los siervos de Dios en la tierra nos fallen; pero, cuando conseguimos llegar al mismo Jesucristo, Él nunca nos desilusiona.

LA CAUSA DEL FRACASO

Marcos 9:25-29

Cuando vio Jesús que la gente se estaba agolpando, reprendió al espíritu inmundo diciéndole:

-¡Espíritu de mudez y sordera, te ordeno que salgas de él y que no vuelvas a entrar en él!

Después de gritar y producirle unas convulsiones terribles, el espíritu salió del muchacho dejándole como muerto, hasta el punto de que muchos decían:

-¡Se ha muerto!

Pero Jesús le dio la mano y le levantó, y él se puso en pie.

Cuando Jesús Se fue ala casa y estaban solos, Sus discípulos Le preguntaron:

-¿Por qué no pudimos echarle nosotros?

Esta ralea -les contestó Jesús- no se consigue que salga más que mediante la oración.

Jesús debe de haber apartado de la gente al padre y al hijo. Pero la multitud, al oír los gritos, se les acercó corriendo, y Jesús tuvo que actuar deprisa. Hubo una lucha final que produjo un agotamiento total, y el muchacho quedó curado.

Cuando ya estaban solos, los discípulos Le preguntaron a Jesús por qué ellos no habían tenido éxito. Sin duda se acordaban de cuando Jesús los envió a predicar y a sanar y a echar demonios (Mar_3:14 s). Entonces, ¿por qué habían fracasado esta vez tan vergonzosamente? Jesús les respondió sencillamente diciéndoles que esa clase de cura exigía oración.

Les dijo en efecto: «No vivís suficientemente cerca de Dios.» Habían sido equipados con el poder; pero se necesitaba la oración para mantenerlo.

Aquí tenemos una lección profunda. Puede que Dios nos haya dado un don; pero, a menos que nos mantengamos en estrecho contacto con Él, ese don se nos puede secar y morir. Esto es cierto de cualquier don. Puede que Dios le dé a un hombre grandes dones naturales como predicador; pero a menos que se mantenga en contacto con Dios, puede que acabe siendo solamente un hombre de palabras, y no un hombre de poder. Puede que Dios le dé a una persona un don para la música y la canción; pero a menos que se mantenga en contacto con Dios, puede que se convierta en un mero profesional que use el don solamente para ganar dinero, lo cual es una cosa bien triste. Esto no es decir que una persona no debe usar un don profesionalmente. Todos tenemos derecho a capitalizar cualquier talento; pero quiere decir que, aun cuando lo esté usando así, debe encontrar en él un gozo, porque lo está usando también para Dios. Se cuenta que la famosa soprano sueca Jenny Lind, antes de todas las representaciones, se ponía en pie sola en el camerino y oraba: « Dios, ayúdame a cantar de veras esta noche.»

A menos que mantengamos este contacto con Dios, perderemos dos cosas importantes.

(i) Perderemos vitalidad. Perderemos ese poder vivo, ese algo extra que produce la grandeza. La ejecución se convierte en una representación en vez de una ofrenda a Dios. Lo que debería ser vital, un cuerpo vivo, se convierte, si acaso, en un hermoso cadáver.

(ii) Perderemos humildad. Lo que debería usarse para la gloria de Dios se empieza a usar para la propia gloria, y desaparece su virtud. Lo que debería haberse utilizado para presentar a Dios a los demás se usa para presentarnos a nosotros mismos, y desaparece el aliento del encanto.

Aquí tenemos una seria advertencia. Los discípulos habían sido equipados con poder directamente por Jesús, pero ellos no habían alimentado ese poder con oración, y el poder se había desvanecido. Cualesquiera dones que Dios nos haya dado, los perderemos si los usamos para nosotros mismos. Los conservamos cuando los enriquecemos mediante un contacto continuo con el Dios Que nos los dio.

ARROSTRANDO EL FINAL

Marcos 9:30-31

Cuando se marcharon de allí, iban pasando por Galilea, y Jesús no quería se supiera dónde estaba, porque Se dedicaba a enseñar a Sus discípulos y a decirles:

-El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres que Le matarán; pero cuando Le hayan matado, después de tres días resucitará.

Pero ellos no entendían lo que les decía; y tenían miedo de preguntarle lo que quería decir.

Esta pasaje marca un hito en el camino. Jesús había salido de las regiones del Norte, donde había estado a salvo, y estaba dando el primer paso hacia Jerusalén y la Cruz. Ahora no quería verse rodeado de multitudes. Sabía muy bien que, a menos que pudiera escribir Su mensaje en los corazones de Sus escogidos, había fallado. Cualquier maestro puede dejar a la posteridad una serie de proposiciones; pero Jesús sabía que eso no era suficiente. Tenía que dejar tras Sí un equipo de personas en las que estuvieran escritas esas proposiciones. Tenía que asegurarse antes de salir de este mundo en cuerpo, que había algunos que entendían, aunque fuera vagamente, lo que Él había venido a decir.

Esta vez, la tragedia de Su advertencia es aún más punzante. Si la comparamos con el pasaje anterior, en el que El predijo Su muerte (Mar_8:31 ), vemos que aquí añade una frase: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres.» Había un traidor en la pequeña compañía, y Jesús lo sabía. Podía ver lo que se estaba fraguando en la mente de Judas. Puede que pudiera verlo mejor que el mismo Judas. Y cuando Él dijo: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres,» no estaba anunciando sólo un hecho y haciendo una advertencia, sino que estaba dirigiendo una última llamada al hombre en cuyo corazón se estaba formando el propósito traidor.

Pero todavía los discípulos no comprendían. Lo que no comprendían era el detalle de la Resurrección. Para entonces eran conscientes de la atmósfera de tragedia; pero hasta que llegó el final no captaron la seguridad de la Resurrección. Aquello era una maravilla demasiado grande para ellos; una maravilla que solamente captarían cuando llegara a ser un hecho consumado.

Aunque no entendían, tenían miedo de hacer más preguntas. Era como si supieran tanto que tuvieran miedo de saber más. Puede que una persona reciba el veredicto de su médico; que se dé cuenta de que el sentido general del veredicto es malo, pero no entiende todos los detalles, y tiene miedo de hacer preguntas por la sencilla razón de que tiene miedo de saber más. Los discípulos estaban en ese caso.

Algunas veces nos sorprende que no pudieran captar lo que se les decía tan claro. La mente humana tiene un mecanismo maravilloso de defensa para rechazar lo que no quiere saber. ¿Somos nosotros tan diferentes de ellos? Una y otra vez hemos escuchado el mensaje cristiano. Conocemos la gloria de aceptarlo y la tragedia de rechazarlo; pero muchos están tan lejos como siempre de darle su plena confianza y modelar sus vidas de acuerdo con él. Las personas todavía aceptamos las partes del mensaje cristiano que nos gustan y nos van bien, y nos resistimos a comprender el resto.

LA VERDADERA AMBICIÓN

Marcos 9:32-35

Así es que llegaron a Cafarnaum. Cuando Jesús estaba en la casa, les preguntó a Sus discípulos:

-¿Qué era lo que estabais discutiendo por el camino?

Ellos se quedaron callados, porque en el camino habían estado discutiendo entre sí cuál de ellos era el más importante. Jesús Se sentó y llamó a los Doce y les dijo:

-El que quiera ser el primero, que se ponga el último de todos, y al servicio de todos.

Esto nos muestra claramente lo lejos que estaban los discípulos de comprender el verdadero significado del mesiazgo de Jesús. Les había dicho repetidas veces lo que Le esperaba en Jerusalén, y ellos estaban todavía pensando en Su Reino en términos terrenales, y en sí mismos como los principales ministros del estado. Quebranta el corazón el ver que Jesús iba hacia la Cruz, y Sus discípulos estaban discutiendo cuál de ellos sería el más importante.

Sin embargo, en lo más íntimo de su corazón, se daban cuenta de que no habían hecho bien. Cuando Jesús les preguntó lo que habían estado discutiendo, no se atrevieron a contestarle. Era el silencio de la vergüenza. No tenían defensa. Es curioso cómo una cosa ocupa su lugar y adquiere su verdadero carácter cuando se presenta a los ojos de Jesús. Mientras ellos creían que Jesús no los estaba escuchando y que no los veía, la discusión acerca de cuál de ellos sería el más importante les parecía perfectamente honrada; pero cuando se tenía que plantear en presencia de Jesús, se veía en toda su indignidad.

Si lo tomáramos todo, y lo presentáramos a la vista de Jesús, se producirían los cambios más grandes del mundo. Si preguntáramos acerca de todo lo que hacemos: «¿Podría yo seguir haciendo esto si Jesús me estuviera mirando?» Si preguntáramos de todo lo que decimos: «¿Seguiría yo hablando así si Jesús me estuviera escuchando?» Habría muchas cosas que estaríamos a salvo de hacer o decir. Y es un hecho para el cristiano que aquí no es cuestión de « si», sino que todas las obras se hacen en Su presencia. ¡Que Dios nos libre de decir las palabras y de hacer las obras que nos daría vergüenza que Él oyera o viera!

Jesús trató este asunto muy en serio. Se nos dice que Se sentó, y llamó a los Doce. Cuando un rabino tenía intención de enseñar como tal a sus discípulos, cuando estaba realmente haciendo un pronunciamiento, se sentaba. Ese es el origen de la expresión latina « ex cátedra.» Jesús adoptó deliberadamente la postura de un rabino que enseñara a sus discípulos con autoridad. Y, entonces les dijo que si buscaban la grandeza en Su Reino tenían que buscarla, no en ser los primeros, sino en ser los últimos; no en ser los amos, sino en ser los siervos de todos. No es que Jesús estuviera aboliendo la ambición. Más bien estaba recreándola y sublimándola. En lugar de la ambición de gobernar, Él puso la ambición de servir; en lugar de la ambición de que nos lo hagan todo puso la ambición de hacer cosas para los demás.

Lejos de ser esto un idealismo irrealizable es el más sano sentido común. Las personas realmente grandes, las que son recordadas por haber hecho una aportación verdaderamente constructiva a la sociedad, son las que se dijeron a sí mismas, no « ¿Cómo puedo yo usar el estado y la sociedad para aumentar mi propio prestigio y mis propias ambiciones personales?»; sino: « ¿Cómo puedo yo usar mis dones y talentos personales para servir a los demás?»

Cuando Lord Curzon murió, Stanley Baldwin le dedicó un noble tributo en el que dijo: «Quiero, antes de sentarme, decir una o dos cosas que no puede decir ningún otro. Un primer ministro ve la naturaleza humana pelada hasta los huesos, y tuve la oportunidad de verle dos veces cuando sufrió grandes desencantos -cuando se me prefirió a él como primer ministro, y cuando tuve que decirle que podía prestar un servicio mayor al país como presidente del Comité de Defensa Imperial que como ministro de Asuntos Exteriores. Cada una de estas ocasiones fue para él un desencanto profundo y amargo; pero nunca ni por un momento mostró con palabras, gestos o reacciones, o por ninguna referencia al tema después, que no estuviera satisfecho. No guardaba rencor, ni siguió ninguna línea de acción distinta de la que yo esperaba de él: la de cumplir con su deber donde se había decidido que podía prestar un mejor servicio.» Aquí tenemos a un hombre cuya grandeza no consistía en el hecho de que hubiera escalado los puestos más altos del estado, sino en el hecho de que siempre estaba dispuesto a servir a su país como fuera. .

La verdadera generosidad de espíritu es rara, y se hace memorable cuando se encuentra. Los griegos contaban la historia de un espartano que se llamaba Pedareto. Había que escoger trescientos hombres para que gobernaran Esparta, y Pedareto era uno de los candidatos. Cuando se dio a conocer la lista de los que habían sido elegidos, su nombre no estaba en ella. « Lo siento -dijo uno de sus amigos-, pero tú no has sido elegido. La gente debiera haber sabido lo bueno que hubieras resultado como ministro del estado.» «Yo me alegro -dijo Pedareto- de que haya en Esparta trescientos hombres que son mejores que yo.» Aquí tenemos a un hombre que llegó a ser una leyenda, porque estaba dispuesto a dejarles a otros el primer lugar sin sucumbir a la envidia o al rencor.

Cualquier problema económico se podría resolver si todos viviéramos para lo que pudiéramos hacer por los demás, y no para lo que pudiéramos sacar para nosotros mismos. Cualquier problema político se podría resolver si la ambición de la gente fuera solamente la de servir al estado, y no la de encumbrarse por encima de los demás. Las divisiones y las discusiones que rasgan la Iglesia en tiras no ocurrirían en su mayor parte si el único deseo de sus responsables y de sus miembros fuera servir sin prestar atención a la posición que se ocupa. Cuando Jesús habló de la suprema grandeza y valía de una persona cuya ambición fuera ser un servidor, estableció uno de los grandes principios y verdades prácticas del mundo.

AYUDAR AL NECESITADO ES AYUDAR A CRISTO

Marcos 9:36-37

Jesús tomó a un chiquillo y le puso en medio de ellos. Luego le tomó en brazos, y les dijo a Sus discípulos:

-Cualquiera que reciba a un chiquillo como este en Mi nombre, Me recibe a Mí; y cualquiera que Me reciba a Mí, no Me recibe sólo a allí, sino también al Que Me envió.

Jesús sigue tratando aquí de la ambición digna y de la ambición indigna.

Tomó a un niño, y le puso en medio. Ahora bien, un niño no ejerce ninguna influencia; un niño no puede hacer prosperar en su carrera a un hombre o elevar su prestigio; un niño no puede darnos cosas. Es al revés: un niño necesita cosas, y que se le hagan cosas. Así que Jesús dice: « Si uno recibe a la gente pobre, corriente, que no tiene influencia ni riqueza ni poder, la gente que necesita que se la ayude, está recibiéndome a Mí. Y todavía más: está recibiendo a Dios.» En niño representa a la persona que necesita algo, y a la sociedad de esa persona, y es la sociedad de la persona que necesita cosas la que debemos buscar y con la que nos debemos asociar.

Aquí hay una seria advertencia. Es corriente cultivar la amistad de los que nos pueden hacer favores, cuya influencia nos puede ser útil. También es igualmente corriente evitar el asociarse con los que nos son una molestia porque necesitan nuestra ayuda. Es corriente el buscar el favor de , la gente influyente e importante, y despreciar a la gente sencilla, humilde y corriente. Es comente buscar la relación con alguna persona distinguida, y que nos tenga en cuenta, y evitar al pariente pobre. En efecto: Jesús dice aquí que deberíamos buscar, no a los que nos pueden hacer favores, sino a los que se los podemos hacer nosotros; porque de esta manera nos estamos relacionando con Él. Esta es otra manera de decir: « Como os portasteis con uno de mis hermanos pequeñitos, os portasteis conmigo» (Mat_25:40 ).

UNA LECCIÓN DE TOLERANCIA

Marcos 9:38-40

Juan Le dijo a Jesús:

Maestro, hemos visto a uno que estaba echando demonios usando Tu nombre, e hicimos lo posible por impedírselo, porque no pertenece a nuestra compañía.

No debisteis impedírselo -dijo Jesús-. No hay nadie que pueda realizar una obra importante por la fuerza de Mi nombre que pueda hablar con ligereza mal de Mí. El que no está contra nosotros está a favor de nosotros.

Como hemos visto una y otra vez, en los tiempos de Jesús todo el mundo creía en los demonios. Se creía que tanto la enfermedad mental como la física eran causadas por la influencia maligna de los espíritus malos. Ahora bien: había una manera muy corriente de exorcizarlos. Si uno podía llegar a saber el nombre de un espíritu todavía más fuerte, y le mandaba al demonio en ese nombre que saliera de -la persona, se suponía que el demonio era impotente contra el poder del nombre más poderoso. Esta es la clase de escena que se nos presenta aquí. Juan había visto a uno que usaba el nombre todopoderoso de Jesús para derrotar a los demonios, y había tratado de impedírselo, porque no pertenecía al grupo íntimo de los discípulos. Pero Jesús declaró que nadie podía realizar una acción benéfica de poder en Su nombre y ser Su enemigo. Entonces Jesús estableció el gran principio de que «el que no está en contra de nosotros está a favor de nosotros.»

Aquí tenemos una lección de tolerancia, y es una lección que casi todos nosotros tenemos que aprender.

(i) Cada cual tiene derecho a tener sus propias ideas, a pensarse las cosas por sí y a fondo hasta llegar a sus propias conclusiones y creencias. Y ese es un derecho que debemos respetar. Algunas veces estamos demasiado dispuestos a condenar lo que no entendemos. William Penn, el emigrante ortodoxo de dio su nombre a Pensilvania, dijo una vez: «Tampoco desprecies ni te opongas a lo que no entiendes.» Kingsley Williams, en El Nuevo Testamento en inglés corriente, traduce la frase de Jud_1:10 así: «Los que hablan en contra de todo lo que no entienden.»

Hay dos cosas que debemos recordar.

(a) Hay muchas más que una sola manera de llegar a Dios. «Dios -como decía Tennyson- Se hace real de muchas maneras.» Y Cervantes dijo en algún sitio: «Dios conduce a los Suyos al Cielo por muchos caminos.» El mundo es redondo, y dos personas pueden llegar al mismo sitio siguiendo diferentes direcciones, y hasta sentidos opuestos. Todas las carreteras, si las recorremos lo suficiente, conducen a Dios. Es algo terrible el que alguno o alguna iglesia crean que tienen el monopolio de la salvación.

(b) Es necesario recordar que la verdad siempre es mayor que la persona que la capta o proclama. No hay nadie que pueda aprehender toda la verdad. El fundamento de la tolerancia no es la perezosa aceptación de todo lo que sea. No es el sentimiento de que no podemos estar seguros de nada. El fundamento básico de la tolerancia es sencillamente el reconocimiento de la magnitud del orbe de la verdad. John Morley escribió: «La tolerancia quiere decir el respeto a todas las posibilidades de la verdad; el reconocimiento de que mora en diversas mansiones, se viste de muchos colores y habla distintas lenguas. Quiere decir respeto a la libertad de la conciencia interior frente a las formas mecánicas, los convencionalismos oficiales y la fuerza social. Quiere decir la caridad que. es mayor que la fe y la esperanza.» La intolerancia es señal tanto de arrogancia como de ignorancia, porque es señal de que se cree que no hay más verdad que la que uno abarca.

(ii) No solamente debemos conceder a todas las personas el derecho de pensar; también debemos concederles el derecho a expresarse. De todos los derechos democráticos, el más querido es la libertad de palabra. Ha de haber ciertos limites, por supuesto. Si uno está tratando de inculcar doctrinas calculadas para destruir la moralidad y destruir los cimientos de toda sociedad civilizada, hay que oponerse; pero la manera de oponerse no puede ser tratar de eliminarle por la fuerza, sino de demostrar que está equivocado. Una vez Voltaire estableció la concepción de la libertad de palabra en una sentencia emblemática: «Odio lo que dices -dijo-, pero daría la vida por defender tu derecho a decirlo.»

(iii) Debemos tener presente que cualquier doctrina o creencia se juzga a fin de cuentas por la clase de personas que produce. El doctor Chalmers lo expresó una vez concisamente: «¿A quién le importa lo más mínimo una iglesia si no es como instrumento de la bondad cristiana?» La cuestión tiene que ser siempre a fin de cuentas, no «¿Cómo se gobierna una iglesia?» sino: «¿Qué clase de personas produce?»

Hay una vieja fábula oriental, de un hombre que tenía un anillo mágico con un ópalo maravilloso, que hacía que el que lo llevaba puesto adquiriera un carácter tan dulce y sincero que todo el mundo le amaba. El anillo siempre se pasaba de padre a hijo, y siempre funcionaba. Con el paso del tiempo llegó a un padre que tenía tres hijos a los que amaba con un amor igual. ¿Qué podría hacer cuando llegara el momento de darle a uno solo el anillo? El padre hizo otros dos anillos exactamente iguales que el mágico de forma que nadie pudiera notar la diferencia. En su lecho de muerte llamó a cada uno de sus hijos, le dirigió unas palabras de amor y le entregó un anillo sin que los otros lo supieran. Cuando los tres hijos descubrieron que cada uno tenía un anillo surgió entre ellos una gran disputa en cuanto a cuál era el auténtico que podía hacer tanto por su dueño. Llevaron el caso a un juez sabio, que examinó los anillos y dijo: «No puedo decir cuál es el anillo mágico; pero vosotros mismos lo podéis comprobar.» «¿Nosotros?» -preguntaron los tres, sorprendidos. « Sí -dijo el juez-, porque, si el anillo verdadero produce un carácter dulce al hombre que lo lleva puesto, entonces yo y toda la gente de la ciudad sabremos quién es el que posee el verdadero anillo por la bondad de su vida. Así que, marchaos cada uno a lo vuestro, y sed amables, sinceros, valientes, justos en vuestro trato, y el que viva así será el propietario del anillo verdadero.»

Aquí terminaba probablemente el cuento oriental; pero yo lo concluiría diciendo que los tres fueron tan igualmente sinceros y honrados y nobles que nadie supo nunca cuál era el que tenía el anillo original.

Nadie puede condenar creencias que le hacen a uno una buena persona. Si tenemos esto presente, seremos menos intolerantes.

(iv) Puede que odiemos las creencias de una persona, pero no debemos nunca odiar a la persona. Puede que quisiéramos eliminar lo que enseña, pero no debemos nunca querer eliminar al que lo enseña.

El trazó un círculo que me dejaba fuera y se puso a llamarme: « ¡Malvado, hereje, infiel!» Pero el amor y yo tuvimos la habilidad de ganar y trazamos un círculo que le incluyó a él.

RECOMPENSAS Y CASTIGOS

Marcos 9:41-42

El que os dé un vaso de agua sobre la base de que pertenecéis a Cristo, os aseguro que no se quedará sin su recompensa. Y el que le ponga un tropiezo en el camino a uno de estos pequeñitos que creen en Mí, mejor le fuera que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y le arrojaran al Mar

La enseñanza de este pasaje es sencilla e indiscutible y saludable.

(i) Declara que cualquier amabilidad que se tenga, cualquier ayuda que se otorgue a los que son de Cristo no quedará sin su recompensa. La razón de ayudar es que la persona necesitada pertenece a Jesús. Cualquier persona en necesidad tiene un derecho a nuestra atención, porque Le es querida a Cristo. Si Jesús estuviera todavía aquí corporalmente, ayudaría a esa persona de la manera más práctica, y ahora nos ha transferido a nosotros el deber de ayudarla. Nótese lo simple que es la ayuda. Lo que se da es un vaso de agua fresca. No se nos pide que hagamos grandes cosas por los demás, cosas que estén más allá de nuestras posibilidades. Se nos dice que demos las cosas sencillas que puede dar cualquiera.

Una misionera cuenta una historia preciosa. Le había contado a una clase de alumnos de primaria en África esto del vaso de agua fría en nombre de Jesús. Estaba la misionera sentada en su terraza, y vio que llegaba a la aldea una compañía de cargueros nativos con unos bultos muy pesados. Estaban cansados y sedientos, y se sentaron a descansar un poco. Eran de otra tribu, y si le hubieran pedido a los nativos corrientes no cristianos que les dieran agua les habrían contestado que se fueran a buscarla por sí mismos, porque existe una barrera entre las tribus. Pero mientras los hombres estaban sentados allí, cansados, la misionera vio salir de la escuela una fila de chiquillas africanas diminutas, llevando en sus cabecitas cántaros de agua. Tímida y vergonzosamente se fueron acercando a los cansados cargueros, se arrodillaron y les ofrecieron sus cantarillos de agua. Sin poder casi reponerse de la sorpresa, los cargueros tomaron los cántaros, y bebieron, y se los devolvieron, y las chiquillas echaron a correr hacia la misionera. «¡Les hemos dado a los hombres sedientos agua fresca -dijeron en nombre de Jesús!» Habían tomado y cumplido la historia y la obligación literalmente.

¡Ojalá lo hiciéramos más! Es un gesto de simple amabilidad lo que se necesita. Como dijo Mahoma hace mucho: «El dirigir a un viandante perdido al buen camino, el dar al sediento un trago de agua, el sonreír al hermano -eso también es caridad.»

(ii) Pero lo opuesto también es cierto. Ayudar es ganar una recompensa eterna. El ser la causa de que tropiece un hermano débil es ganarse un castigo eterno. El pasaje es serio a propósito. La piedra de molino que se menciona es una piedra muy grande. Había dos clases de molinos en Palestina. Estaba el molino de mano, que usaban las mujeres en la casa; y estaba el molino cuya piedra era tan grande que requería un asno para hacerla dar vueltas.

La piedra de molino que se menciona aquí es literalmente una piedra de molino de asno. El que le tiraran a uno al mar con una piedra así al cuello era no tener la más mínima esperanza de salir con vida. Este era de hecho un castigo y una forma de ejecución tanto en Roma como en Palestina. Josefo nos cuenta que, cuando algunos galileos tuvieron éxito en una revuelta « apresaron a los que eran del partido de Herodes, y los ahogaron en el Marcos» El historiador romano Suetonio nos cuenta que Augusto, « porque el tutor y los que estaban al servicio de su hijo Gayo se aprovecharon de la enfermedad de su amo para cometer actos de arrogancia y codicia en la provincia, los mandó tirar al río con grandes pesos alrededor del cuello.»

Pecar es terrible; pero inducir a otro a pecar es infinitamente peor. O›Henry tiene una historia en la que nos cuenta que una chiquilla había perdido a su madre, y su padre solía llegar a casa del trabajo, y sentarse, y quitarse la chaqueta, y abrir el periódico, y encender la pipa, y poner los pies en la repisa de la chimenea. La chiquilla entraba, y le, pedía que jugara con ella un poquito, porque estaba solita. El le decía que estaba cansado, que le dejara en paz, que se fuera a jugar a la calle. Ella se iba a jugar a la calle, y así se acostumbró a estar en la calle. Pasaron los años, y murió. Su alma llegó al Cielo. Pedro la vio, y Le dijo a Jesús: «Maestro, aquí hay una chica que ha sido mala. Supongo que la mandaremos derechita al infierno.» «No -dijo Jesús tiernamente-, que entre, déjala entrar. -Y entonces se Le puso la mirada seria-: Pero buscad a un hombre que se negaba a jugar con su chiquilla y la mandaba a la calle, y mandadle a él al infierno.» Dios no es duro con el pecador, pero sí es severo con la persona que hace más fácil para otros el pecar, y cuya conducta, ya sea aposta o sin querer, pone un tropiezo en el camino de un hermano más débil.

LA META QUE VALE CUALQUIER PENA

Marcos 9:43-48

-Si tu propia mano te supone un tropiezo, córtatela; más cuenta te tiene entrar en la vida manco, que irte con las dos manos al infierno, al fuego que nunca se puede apagar. Y si tu pie te es un tropiezo, córtatelo; porque te trae más cuenta entrar cojo en la vida, que que te arrojen a la gehena con los dos pies. Y si tu ojo te resulta un tropiezo, sácatelo de ti; porque te trae más cuenta entrar en el Reino de Dios con un solo ojo que ser arrojado con los dos ojos a la gehena, donde sus gusanos no mueren, ni su fuego se apaga nunca.

Este pasaje establece gráficamente a la manera característica del Oriente la verdad fundamental de que hay una meta en la vida por la que hay que sacrificar cualquier cosa. En las cuestiones naturales puede que una persona tenga que sacrificar un miembro o una parte del cuerpo para conservar la vida. La amputación de un miembro o la escisión quirúrgica de alguna parte del cuerpo es a veces la única manera de conservar la vida. En la vida espiritual puede suceder la misma clase de cosa.

Los rabinos judíos tenían dichos basados en la manera en que las distintas partes del cuerpo se pueden prestar al pecado. «Los ojos y el corazón son los dos agentes del pecado.» «El ojo y el corazón son las dos criadas del pecado.» «Las pasiones moran solamente en aquel que ve.» « ¡Ay de aquel que va donde le llevan sus ojos, porque los ojos son adúlteros!» Hay ciertos instintos humanos y ciertas partes de la constitución física de la persona que sirven al pecado. Este dicho de-Jesús no ha de tomarse literalmente, pero es una manera gráfica oriental de decir que hay una meta en la vida a la que vale la pena sacrificarlo todo.

En este pasaje se hacen repetidas referencias a la guéenna. En el Nuevo Testamento se habla de la guéenna en Mat_5:22; Mat_5:29-30 ; Mat_10:28 ; Mat_18:9 ; Mat_23:15; Mat_23:33 ; Luk_12:5 ; Jam_3:6 . Esta palabra se traduce generalmente por infierno. Es una palabra con historia. Deriva del hebreo de Antiguo Testamento, donde aparece como gué-hinnom, que quiere decir el valle de Hinnom, que era un torrente en las afueras de Jerusalén. Había tenido un pasado deplorable.

Fue el valle en el que Acaz, en la antigüedad, había instituido el culto del fuego y los sacrificios de niños en el fuego. «Quemó también incienso en el valle de los hijos de Hinom, e hizo pasar a sus hijos por fuego conforme a las abominaciones de las naciones que el SENOR había arrojado de delante de los israelitas» (2Ch_28:3 ). Manasés siguió este terrible culto pagano (2Ch_33:6 ). El valle de Hinnom, por tanto, fue la escena de una de las más terribles recaídas de Israel en las costumbres paganas. En sus reformas, Josías lo declaró lugar inmundo. «Asimismo profanó el Tofet, que está en el valle de los hijos de Hinom, para que ninguno pasara a su hijo o a su hija por fuego como una ofrenda a Moloc» (2Ki_23:10 ).

Cuando el valle se declaró inmundo y se profanó, se dedicó a basurero e incinerador de basuras de Jerusalén. En consecuencia, se convirtió en un lugar inmundo y asqueroso, en el que unos gusanos repulsivos se criaban en la basura, y que estaba siempre ardiendo y echando humo como un gran incinerador. La frase concreta acerca del gusano que nunca muere y del fuego que nunca se apaga viene de una descripción del destino de los enemigos de Israel en Isa_66:24 .

A causa de todo esto, la guéenna (en español gehena, D R.A E.) se había convertido en una especie de figura o símbolo del infierno, el lugar donde las almas de los malvados serían torturadas y destruidas. Así se usa en el Talmud: «El pecador que se resiste a las palabras de la Ley acabará por heredar la Guéenna.» Así que guéenna representa el lugar del castigo, y la palabra sugeriría a las mentes de todos los israelitas las ideas más tenebrosas y terribles.

Pero, ¿cuál era la meta por la que valía la pena sacrificarlo todo? Se describe de dos maneras. Dos veces se la llama la vida, y una vez el Reino de Dios. ¿Cómo podemos definir el Reino de Dios? Podemos encontrar nuestra definición en la Oración Dominical. En esa oración encontramos dos peticiones en paralelo. «Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo.» El recurso literario más característico del estilo hebreo es el paralelismo. En él se colocan dos frases juntas, la segunda de las cuales, o repite lo de la otra o lo amplía, explica y desarrolla. Cualquier versículo de los Salmos puede servirnos de ejemplo. Así pues, podemos considerar que en la Oración Dominical una petición es la explicación y ampliación de la otra. Cuando las colocamos juntas obtenemos la definición de que «el Reino del Cielo es una sociedad en la Tierra en la que la voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo.» De ahí podemos pasar a decir sencillamente que el hacer perfectamente la voluntad de Dios es ser ciudadanos del Reino del Cielo. Y si lo tomamos así y lo aplicamos al pasaje que estamos estudiando ahora, querrá decir que vale la pena cualquier sacrificio y cualquier disciplina y cualquier autonegación el hacer la voluntad de Dios. Y solamente haciendo esa voluntad se posee la vida verdadera y una paz definitiva y que satisface plenamente.

Orígenes tomaba esto simbólicamente. Decía que puede que sea necesario cortar algún hereje o alguna mala persona de la comunión de la Iglesia a fin de mantener la pureza del Cuerpo de Cristo. Pero este dicho ha de aplicarse personalmente. Quiere decir que puede que sea necesario cortar algún hábito, abandonar algún placer, renunciar a alguna amistad, cortar y excluir alguna cosa que nos ha llegado a ser muy querida, a fin de ser totalmente obedientes a la voluntad de Dios. Esta no es una cuestión que ninguno puede tratar de aplicarle a otro. Es solamente un asunto de la competencia individual de cada persona; y quiere decir que si hay algo en nuestra vida que está interponiéndose entre nosotros y la perfecta obediencia a la voluntad de Dios, aunque haya llegado a ser parte de nuestra vida por hábito o costumbre, debe ser desarraigada. El desarraigo puede que sea tan doloroso como una operación quirúrgica, puede parecerse a cortar una parte de nuestro propio cuerpo, pero si hemos de conocer la vida real, la verdadera felicidad y la verdadera paz, hay que renunciar a aquello. Esto puede que suene serio y sombrío, pero en realidad consiste simplemente en enfrentarnos con los Hechos de la vida.

LA SAL DE LA VIDA CRISTIANA

Marcos 9:49-50

-Cada uno ha de ser salado con fuego. -La sal es buena; pero, si pierde su sabor, ¿cómo se le devolverá? -Tened la sal necesaria en vuestra vida para vivir en paz unos con otros.

Estos tres versículos se encuentran entre los más difíciles del Nuevo Testamento. Los comentaristas aportan docenas de interpretaciones diferentes. La interpretación resultará más fácil si recordamos algo que ya hemos tenido oportunidad de advertir. Jesús dejaba caer a menudo dichos agudos que se grababan en la memoria de los oyentes de una manera indeleble. Pero a menudo, aunque se recordaban los dichos, no se recordaba la ocasión en que se dijeron. El resultado es que tenemos a menudo una serie de dichos aislados de Jesús que se han puesto juntos porque así quedaron en la memoria del autor.

Aquí tenemos un ejemplo de eso. No descubriremos el sentido de estos dos versículos a menos que reconozcamos que aquí tenemos tres dichos de Jesús totalmente independientes, que no tienen ninguna relación entre sí. El compilador los agrupó en este orden porque todos contienen la palabra sal. Son una pequeña colección de dichos de Jesús en los que se menciona la sal de diversas maneras como metáfora o ejemplo. Es decir, que no debemos tratar de encontrar ninguna relación remota entre estos dichos; debemos tomarlos independientemente, e interpretar cada uno por sí.

(i) Cada uno debe ser salado con fuego. Según el Antiguo Testamento, había que echar sal a todos los sacrificios antes de ofrecerlos a Dios en el altar Lev_2:13 ). La sal de los sacrificios se llamaba la sal del pacto Num_18:19; 2 Crónicas 13: S). Era la adición de aquella sal lo que hacía el sacrificio aceptable a Dios, y la ley del pacto la establecía como necesaria. Este dicho de Jesús querrá decir entonces: «Antes de que una vida cristiana llegue a ser aceptable a Dios debe ser tratada con fuego de la misma manera que se sazona cualquier sacrificio con sal.» El fuego es la sal que hace la vida aceptable a Dios.

¿Qué quiere decir esto? En el lenguaje corriente del Nuevo Testamento el fuego se relaciona con dos cosas.

(a) Se relaciona con la purificación. Es el fuego lo que purifica los metales bajos de ley; se les separan las aleaciones, y se deja el metal puro. Así que el fuego querrá decir cualquier cosa que purifica la vida: la disciplina, por la que una persona conquista su pecado; las experiencias de la vida, que purifican y fortalecen los nervios del alma. En este caso, esto querrá decir: «La vida que es aceptable a Dios es la que ha sido limpiada y purificada mediante la disciplina de la obediencia y de la aceptación de la dirección de Dios.»

(b) El fuego se relaciona con la destrucción. En este caso, este dicho tendría que ver con la persecución. Querrá decir que la vida que ha sufrido las pruebas y los peligros de la persecución es la que es aceptable a Dios. El que se ha enfrentado voluntariamente con el peligro de la destrucción de sus bienes y aun de su propia vida a causa de su lealtad a Jesucristo es el que Dios quiere.

Podríamos tomar este primer dicho de Jesús en el sentido de que la vida que se purifica mediante la disciplina, y que se ha enfrentado con el peligro de la persecución a causa de su lealtad es el sacrificio que es precioso para Dios.

(ii) La sal es buena; pero, si pierde su sabor, ¿cómo se le devolverá? Este es un dicho todavía más difícil de interpretar. No diríamos que no haya otras interpretaciones posibles, pero la que proponemos es la siguiente. La sal tiene dos virtudes características. La primera es que presta sabor a las cosas. Un huevo sin sal es una cosa insípida. Cualquiera sabe lo desagradables que son muchos platos cuando no se les ha echado la sal necesaria. Segundo, la sal fue el primero de todos los conservantes. Para evitar que una cosa se eche a perder, se le pone sal. Los griegos solían decir que la sal actuaba como una nueva alma en un cuerpo muerto. La carne muerta se echa a perder; pero sazonada con sal conserva su frescura. La sal parece que le infunde una especie de vida. La sal defiende de la corrupción.

Ahora bien, el cristiano es enviado a una sociedad pagana para hacer algo por ella. La sociedad pagana tenía dos características. La primera, estaba aburrida y hastiada. Los mismos lujos y excesos del mundo antiguo eran una prueba de que en su agotamiento aburrido estaba buscando alguna emoción auténtica en una vida de la que habían desaparecido todas las emociones. A ese mundo aburrido y agotado vino el Cristianismo, y la tarea del cristiano era impartir un nuevo sabor y un nuevo encanto a la sociedad, como hace la sal cuando se usa con los alimentos.

Segundo, ese mundo antiguo estaba corrompido. Nadie lo sabía mejor que los mismos antiguos. Juvenal comparaba a Roma con una atarjea asquerosa. La pureza había desaparecido, y la castidad era desconocida. A aquel mundo corrompido llegó el Cristianismo, y la tarea del cristiano era aportar un antiséptico al veneno de la vida, una influencia limpiadora a toda esa corrupción. Exactamente lo mismo que la sal derrota la corrupción que ataca inevitablemente la carne muerta, así había de atacar el Cristianismo la corrupción del mundo.

Así que en este dicho Jesús le está presentando un desafío al cristiano. «El mundo -le decía- necesita el sabor y la pureza que solamente el cristiano puede aportar. Y si el mismo cristiano ha perdido el encanto y la pureza de la vida cristiana, ¿de dónde podrá sacar el mundo estas cosas?» A menos que el cristiano, por el poder de Cristo, derrote la fatiga y la corrupción del mundo, estas florecerán sin reservas.

(iii) Haya sal en vuestra vida para vivir en paz unos con otros. Aquí debemos tomar la sal en el sentido de pureza. Los antiguos declaraban que no había nada en el mundo más puro que la sal, porque esta procedía de las dos cosas más puras: el sol y el Marcos La misma blancura resplandeciente de la sal era una señal de pureza. Así es que esto querría decir: «Haya en vuestra vida la influencia purificadora del Espíritu de Cristo; sed purificados del egoísmo y de la codicia, de la amargura y de la ira y del rencor; sed limpiados de la irritabilidad y del mal genio y del egocentrismo, y entonces, y solamente entonces, podréis vivir en paz con vuestros semejantes.» En otras palabras, Jesús está diciendo que es solamente la persona que ha sido limpiada del egoísmo y está llena de Cristo la que puede vivir en verdadera comunión con los demás.

Marcos 9:1-50

9.1 ¿Qué quiso decir Jesús cuando afirmó que algunos de sus discípulos verían el advenimiento del Reino? Hay varias posibilidades. Quizás predecían su transfiguración, resurrección y ascensión, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés o su Segunda Venida. La transfiguración es una buena posibilidad porque es el acontecimiento que sigue en el relato del texto. En la transfiguración (9.2-8), Pedro, Jacobo y Juan vieron la verdadera identidad y el poder de Jesús como Hijo de Dios (2Pe_1:16).

9.2 No sabemos por qué escogió a Pedro, Jacobo y Juan para esta extraordinaria revelación. Quizás eran los mejor preparados para entender y aceptar la gran verdad que se les reveló. Constituían el círculo íntimo del grupo de los doce. Estaban entre los que primero oyeron el llamado de Jesús (1.16-19). Encabezaban la lista de los discípulos en los Evangelios (3.16). Y estuvieron presentes en ciertas sanidades en las que otros se excluyeron (Luk_8:51).

9.2 Jesús llevó a los discípulos al monte Hermón o al monte Tabor. A menudo una montaña se asociaba con cercanía a Dios y mejor disposición a recibir sus palabras. Dios les apareció a Moisés (Exo_24:12-18) y a Elías (1Ki_19:8-18) en una montaña.

9.3ss La transfiguración reveló la verdadera naturaleza de Cristo como Hijo de Dios. La voz de Dios separó a Jesús de Moisés y Elías presentándolo como el esperado Mesías con la más completa autoridad divina. Moisés representaba la Ley y Elías a los profetas. Su aparición junto a Jesús simbolizaba el cumplimiento tanto de la Ley del Antiguo Testamento como de las promesas de los profetas.
Jesús no era una reencarnación de Elías ni de Moisés. No era uno de los profetas. Como el unigénito Hijo de Dios, los superaba en mucho su autoridad y poder. Muchas voces tratan de decirnos cómo vivir y conocer a Dios personalmente. Algunas de esas sugerencias ayudan; otras, no. Primero debemos oír a Jesús y luego evaluemos esas voces a la luz de la revelación de Jesús.

9.9, 10 Jesús pidió a Pedro, a Jacobo y a Juan que no dijeran nada acerca de lo presenciado porque no los comprenderían hasta que El resucitara. Entonces se darían cuenta que solo muriendo podía resucitar, mostrando su poder sobre la muerte y su autoridad para ser Rey de todo. Los discípulos no serían testigos poderosos de Dios mientras no captaran por completo esa verdad.
Era natural que los discípulos se sintieran confundidos acerca de la muerte y resurrección de Jesús, pues no podían ver el futuro. Por otro lado, tenemos la Biblia, que es la verdad total revelada por Dios. La Biblia nos da el significado completo de la muerte y resurrección de Jesús. No tenemos, entonces, excusa para nuestra incredulidad.

9.11-13 Cuando Jesús dijo que Elías sin duda ya había venido, se refería a Juan el Bautista (Mat_17:11-13), quien desempeñó el rol que Elías profetizó.

9.12, 13 A los discípulos les fue difícil entender que su Mesías tendría que sufrir. Los judíos que estudiaban las profecías del Antiguo Testamento esperaban que el Mesías sería un gran rey, como David, que aplastaría al enemigo: Roma. Su visión se limitaba a su tiempo y experiencia.
No lograban captar que los valores del Reino eterno de Dios eran diferentes a los valores del mundo. Querían alivio para sus problemas, pero la liberación del pecado es más importante que la del sufrimiento físico y de la opresión política. Nuestra comprensión y apreciación de Jesús debe ir más allá de lo que El puede hacer por nosotros aquí y ahora.

9.18 ¿Por qué los discípulos no pudieron echar fuera al demonio? En Mar_6:13 leemos que salieron en misión a las aldeas y echaban fuera demonios. Quizás recibieron una autoridad especial solo para ese viaje; o tal vez su fe decayó. Marcos cuenta esta historia para mostrar que la batalla con Satanás es difícil y creciente en conflictos. La victoria sobre el pecado y la tentación viene a través de la fe en Jesucristo, no mediante nuestro esfuerzo.

9.23 Estas palabras de Jesús no significan que podemos obtener automáticamente cualquier cosa que deseamos si pensamos en forma positiva. El dice que cualquier cosa es posible con fe porque nada es demasiado difícil para Dios. No podemos obtener por arte de magia cada cosa que pedimos en oración; pero con fe, podemos tener cualquier cosa que necesitamos para servirle.

9.24 La actitud de confiar que la Biblia llama creencia o fe (Heb_11:6), no es algo que podamos obtener sin ayuda. Fe es un don de Dios (Eph_2:8-9). No importa cuanta fe tengamos, nunca alcanzaremos el punto de autosuficiencia. La fe no se almacena como se guarda el dinero en el banco. Crecer en la fe es un proceso constante de renovación diaria de nuestra confianza en Jesús.

9.29 Jesús dijo a sus discípulos que tendrían que enfrentar situaciones difíciles que resolverían únicamente a través de la oración. La oración es la llave que destraba la fe en nuestras vidas. La oración eficaz requiere de una actitud (completa dependencia) y una acción (pedir). La oración demuestra nuestra confianza en Dios cuando con humildad le invitamos a que nos llene de poder. No hay sustituto para la oración, sobre todo en circunstancias que parecen imposibles.

9.30, 31 A veces Jesús limitaba su ministerio público en preparar bien a sus discípulos. Reconocía la importancia de equiparlos para que siguieran adelante cuando El regresara al cielo. Toma tiempo aprender. El crecimiento espiritual profundo no se consigue en un instante, no importa la calidad de la experiencia ni la enseñanza. Si los discípulos necesitaban periódicamente separarse del trabajo para aprender del Maestro, cuánto más nosotros necesitamos alternar el trabajo con el aprendizaje.

9.30, 31 Al salir de Cesarea de Filipo, Jesús inició su último recorrido a través de la región de Galilea.

9.32 ¿Por qué los discípulos temían preguntar a Jesús acerca de su muerte? Quizás porque los amonestaron la última vez que reaccionaron ante las palabras de Jesús (8.32, 33). Para ellos, Jesús estaba obsesionado con la muerte. Pero la verdad era que los discípulos estaban mal orientados, pues no hacían más que pensar en el reino que creían que Jesús fundaría y en las posiciones que ocuparían en el mismo. Les preocupaba lo que les ocurriría si Jesús moría y, por consiguiente, preferían no hablar de sus profecías.

9.34 A los discípulos los sorprendieron en sus constantes discusiones acerca de logros personales y los conminaron a contestar la pregunta de Jesús. Es siempre doloroso comparar nuestros motivos con los de Cristo. No es malo que los creyentes tengan aspiraciones ni que sean laboriosos, pero es pecado tener aspiraciones inapropiadas. El orgullo o la inseguridad pueden llevarnos a valorar más la posición o el prestigio que el servicio. En el Reino de Dios, tales motivos son destructivos. Debemos luchar por el Reino de Cristo y no para nuestro beneficio.

9.36, 37 Jesús enseñó a sus discípulos a recibir a los niños. Esto fue algo nuevo en una sociedad donde los niños por lo general se trataban como ciudadanos de segunda clase. Es importante no solo tratar bien a los niños, sino enseñarles acerca de Jesús. La Escuela Dominical para niños nunca debe considerarse menos importante que el estudio bíblico de los adultos.

9.38 Más preocupados por la posición en su grupo que por liberar a los atormentados por los demonios, los discípulos sintieron celos de un hombre que sanaba en el nombre de Jesús. Hoy en día, muchas veces hacemos lo mismo al no participar en causas dignas porque: (1) no son miembros de nuestra denominación, (2) no se relacionan con la clase de gente con la que nos sentiríamos bien, (3) no hacen las cosas como nosotros las haríamos, (4) nuestros esfuerzos no reciben suficiente reconocimiento. La buena teología es importante, pero eso nunca será excusa para evitar ayudar a los que padecen necesidad.

9.40 Jesús no dice que ser indiferente o neutral respecto a El es tan bueno como entregarnos a El. Como lo explicó en Mat_12:30 : “El que no es conmigo, contra mí es”. No obstante, sus seguidores no se parecerían ni pertenecerían al mismo grupo. La gente que está del mismo lado que Jesús posee la misma meta de edificar el Reino de Dios y no debería permitir que sus diferencias interfieran en alcanzar la meta. Jesús enseñó que gente muy diversa le seguiría y haría obras en su nombre. Todos los que tienen fe en Cristo están en condiciones de cooperar. La gente no tiene que ser igual a nosotros para seguir a Jesús.

9.41, 42 Luk_9:48 enseña que nuestra preocupación por otros es la medida de nuestra grandeza. A los ojos de Jesús, quienquiera que reciba a un niño recibe a Jesús; dar un vaso de agua a alguien en necesidad es lo mismo que dar una ofrenda a Dios. Por contraste, causar daño a otros o no interesarnos en los demás es pecado. Es posible que descuidados y egoístas logren un grado de grandeza a los ojos del mundo, pero la grandeza permanente solo se mide por las normas de Dios. ¿Qué usamos como medida de grandeza: realización personal o servicio desinteresado?

9.42 Esta advertencia contra causar daño a los pequeñitos en la fe se aplica tanto a lo que hacemos personalmente como maestros y ejemplos como a lo que permitimos en nuestro compañerismo cristiano. Nuestros pensamientos y acciones deben motivarlos el amor (1 Corintios 13) y debemos ser cuidadosos cuando de juzgar a otros se trata (Mat_7:1-5; Romanos 14.1-15.4). Sin embargo, tenemos el deber de enfrentar los pecados flagrantes en la iglesia (1Co_5:12-13).

9.43ss Jesús usó un lenguaje bastante fuerte para ilustrar la importancia de quitar el pecado de nuestras vidas. La disciplina que duele es necesaria en los verdaderos seguidores. Ceder a una relación, trabajo o hábito contrario a la voluntad de Dios pudiera ser tan doloroso como cortarse una mano. Nuestra meta máxima, sin embargo, vale todo sacrificio, Cristo es más importante que cualquier pérdida. Nada debe interponerse en el camino de la fe. Debemos ser despiadados en remover el pecado de nuestras vidas para evitar sufrir por toda la eternidad. Hagamos nuestra decisión desde una perspectiva eterna.

9.48, 49 Con estas extrañas palabras, Jesús quiso señalar las consecuencias serias y eternas del pecado. Para los judíos, gusanos y fuego representaban los dolores internos y externos. ¿Qué sería peor?

9.50 Jesús usó la sal para ilustrar tres cualidades que deben hallarse en la vida de su pueblo:

(1) Deberíamos recordar siempre la fidelidad de Dios; la sal se usaba en los sacrificios para recordar el pacto de Dios con su pueblo (Lev_2:13).
(2) Deberíamos ser eficaces en sazonar el mundo en que vivimos, así como la sal lo es en dar sabor a la comida (véase Mat_5:13).
(3) Deberíamos neutralizar la moral decadente de la sociedad, así como la sal preserva los alimentos de la descomposición. Cuando perdemos el deseo de “dar sabor” a la tierra con el amor y el mensaje de Dios, nos volvemos inservibles para El.

Marcos 9:1-13

No debe perderse de vista el enlace de este pasaje con el fin del último capítulo. Nuestro Señor había estado hablando de su próxima muerte y pasión, de la necesidad de abnegación en los que quisieran ser sus discípulos, de la precisión de perder nuestras vidas si es que deseamos salvarlas; pero seguidamente pasa a hablar de su reino futuro y de su gloria. Suaviza la «dureza de sus palabras,» prometiendo la contemplación de esa gloria a algunos de los que lo escuchaban; y en la historia de la transfiguración, que en este lugar se relata, vemos esa promesa cumplida.

Lo primero que debe fijar nuestra atención en estos versículos es la maravillosa visión que contienen de la gloria, que Cristo y su pueblo obtendrán en su segunda venida.

No hay duda que este fue uno de los principales objetos de la transfiguración. Se propuso con ella enseñar a sus discípulos, quo aunque su Señor era ahora de apariencia pobre y humilde, aparecería un día con la majestad real que convenía al Hijo de Dios. Se propuso con ella enseñarles que cuando su Maestro viniera por segunda vez, sus santos, como Moisés y Elías, aparecerían con El. Fue su objeto recordarles que aunque vilipendiados y perseguidos ahora, porque seguían a Cristo, día llegaría en que se verían revestidos de honor, y participando de la gloria de su Maestro.

Razón tenemos de dar gracias a Dios por esta visión. Nos vemos a menudo tentados a abandonar el servicio de Cristo por causa de la cruz y de las aflicciones que trae consigo. Vemos a pocos con nosotros, y a muchos en contra nuestra; nuestros nombres despreciados como algo malo, y toda clase de calumnias dirigidas contra nosotros, tan solo porque creemos y amamos el Evangelio. Vemos en el transcurso de los años a nuestros compañeros en el servicio de Cristo arrebatados por la muerte, y respecto a ellos no sabemos sino que han partido para un mundo desconocido y que hemos quedado solos. Todas estas cosas son pruebas muy duras para la carne y la sangre. No es de admirarse que la fe de los creyentes desfallezca algunas veces, y que su vista se oscurezca sin descubrir un vestigio de esperanza.

Veamos en la historia de la transfiguración un remedio para esas dudas. La visión en el santo monte es una prenda que Dios graciosamente ha querido darnos de las glorias que tiene reservadas a su pueblo. Sus santos vendrán todos con El, y permanecen seguros y resguardados hasta ese día feliz. Podemos esperar pacientemente. «Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, vosotros también apareceréis entonces con El.» Colos. 3:4.

Lo que debe, en segundo lugar, fijar nuestra atención en este pasaje, es la fuerza con que se expresó el apóstol Pedro, al ver a su Señor transfigurado.

«Maestro,» le dijo, «que bueno es para nosotros estar aquí..

No hay duda que hay mucho en esas palabras que no puede recomendarse. Muestran la ignorancia en que estaba del verdadero objeto de la venida de Jesús a la tierra, que era sufrir y morir. Muestran que se olvidaba de aquellos hermanos suyos que no estaban con él, así como del mundo aun cubierto de tinieblas y que tanto necesitaba de la presencia del Maestro. Sobre todo, la proposición que hizo al mismo tiempo de « edificar tres tabernáculos,» para Moisés, Elías y Cristo, mostraba la opinión tan elevada que tenia de la dignidad de su Maestro, pero implicaba que no sabia que allí estaba uno que era, más grande que Moisés y Elías. Bajo todos estos respectos la exclamación del apóstol es de criticarse y no alabarse.

Pero habiendo hecho estas salvedades, no dejemos de notar la alegría y la felicidad que esta visión gloriosa despertó en el corazón ardiente del discípulo.

Veamos en su fervorosa exclamación, « Que bueno es estar aquí,» el consuelo y el refrigerio que la contemplación de la gloria puede proporcionar a un creyente verdadero. Fijemos la vista en el porvenir, y procuremos formarnos una idea del placer que los santos experimentarán, cuando al fin se reúnan con el Señor Jesús en su segunda venida, y se unan a El para no volverse a separar. Una visión de pocos minutos fue suficiente para mover y encender el corazón, de El espectáculo de dos santos en la gloria lo vivificaba y regocijaba de tal manera, que hubiera querido continuar gozándolo. ¿Qué diremos pues cuando veamos a nuestro Señor aparecerse en el último día con ‹todos sus santos? ¿Qué diremos cuando se nos permita a todos nosotros ser partícipes de su gloria, reunimos a esa turba feliz, y tener la convicción de que nunca más nos apartaremos del gozo de nuestro Señor? Estas son preguntas que no pueden contestarse.

La felicidad que sentiremos ese gran día en que todos nos reuniremos es tal, que no puede concebirse. Los sentimientos de que tuvo Pedro una ligera idea anticipada, los experimentaremos entonces por completo. Cuando veamos a Cristo y a sus santos, entonces diremos todos con un corazón y con una voz, «Que bueno es estar aquí..

Lo que debe finalmente fijar nuestra atención en este pasaje es el testimonio que en él se da al oficio y ala dignidad de Cristo, como el Mesías prometido.

Descubrimos ese testimonio primeramente en la aparición de Moisés y de Elías, representantes de la ley y de los profetas. Se presentaron como testigos de que Jesús es Aquel de quien se habló en los tiempos antiguos, y de quien escribieron que debía venir. Desaparecieron pocos minutos después, y dejaron solo a Jesús, como si con ello quisieran probar que no eran sino testigos, y que habiendo venido nuestro Maestro, los siervos debían cederle el principal lugar.

Vemos ese testimonio, en segundo lugar, en la voz milagrosa que del cielo se oyó, y que decía, «Este es mi amado Hijo; escuchadle.»La misma voz de Dios Padre, que se oyó en el bautismo de nuestro Señor, se volvió a oír en su transfiguración. En ambas ocasiones tuvo lugar la misma declaración solemne, «Este es mi Hijo amado.» En esta última ocasión, hubo una adición de una palabra muy importante, «Escachadlo..

Los incidentes todos que tuvieron lugar al fin de la visión fueron muy apropiados para producir una impresión duradera en el espíritu de los tres discípulos.

Les mostraron de la manera más vivida, que su Señor estaba muy por encima de ellos y de los profetas, como el amo de la casa lo está sobre sus siervos; y que debían en todo creerlo, seguirlo, obedecerlo, confiar en El y escucharlo.

Finalmente, las últimas palabras de la voz que se oyó del cielo deben estar siempre presentes a la memoria de todos los cristianos verdaderos. Deben « oír a Cristo.» Es el gran Maestro; los que desean ser sabios deben aprender de El. Es la luz del mundo; los que desean no equivocarse deben seguirlo. Es la cabeza de la iglesia; los que desean ser miembros vivos de su cuerpo místico deben siempre tener la vista fija en EL La gran cuestión que a todos nos interesa más no es tanto averiguar lo que los hombres dicen, o los ministros, lo que la iglesia, o los concilios dicen, sino lo que Cristo dice.

Escuchémoslo. Moremos en EL Apoyémonos en El. Fijemos nuestros ojos en El. El y solo El no nos faltará nunca, nunca nos chasqueará, nunca nos extraviará. Felices los que saben de una manera práctica lo que significa este texto, «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen; y Yo les doy la vida eterna ; y nunca perecerán, ni ningún hombre las arrebatará de mis manos.» Juan 10 2Sa_27:28.

Marcos 9:14-29

El contraste entre estos versículos y los precedentes es muy pronunciado. Del monte de la transfiguración pasamos a la narración de una historia melancólica, obra del demonio. Descendemos de la visión de la gloria a una lucha con un poseído de Satanás. Dejamos la compañía bendita de Moisés y Elías para entrar en lucha con los escribas incrédulos. Abandonamos el gusto anticipado de la gloria del milenio para volver a escenas de dolores, debilidades y miseria; para encontrarnos con un muchacho en la agonía, con un padre loco de dolor, con una tropa pequeña de débiles discípulos de quienes Satanás se burla y que no pueden aliviarlo. El contraste, como vemos, es grande; pero no es, sin embargo, sino pálido emblema del cambio de escena a que Jesús voluntariamente quiso someterse, cuando, al despojarse de su gloria, vino a este mundo; y es también la vivida pintura de la existencia de todos los cristianos verdaderos. Para ellos, como para el Maestro, como regla general, se reservan los trabajos, los conflictos, las escenas de angustias y dolores. Para ellos, también, como excepciones se guardan las visiones de la gloria, la contemplación anticipada del cielo, las temporadas en el monte.

Aprendamos en estos versículos cuan dependientes están los discípulos de Cristo de la compañía y ayuda de su Maestro.

Vemos esta verdad presentada en relieve en la escena que se ofreció a la vista de nuestro Señor, cuando bajó del monte. Como Moisés cuando descendió del Sinaí, encuentra a su pequeño rebaño en confusión. Ve a sus nueve apóstoles asediados por una partida de escribas maliciosos, y burlados en su intento de curar a uno que les habían presentado poseído de Satanás. Los mismos discípulos que poco tiempo antes habían hecho muchos milagros, y « lanzado mucho diablos,» se encuentran ahora con un caso muy difícil para ellos. Aprendieron por una experiencia humillante la gran lección, encerrada en estas palabras, «sin mí nada podéis hacer.» Juan 15.5. Era una lección útil, a no dudarlo, y que tendía a su bien espiritual. Probablemente la recordarían todos los días de su vida.

Lo que aprendemos con una experiencia dolorosa se fija en nuestra memoria, mientras se olvidan las verdades que solo nos entran por los oídos. Pero seguro es que fue entonces para ellos una lección muy amarga. No nos gusta saber que nada podemos hacer sin Cristo.

No tenemos que ir muy lejos a buscar comprobantes de esta verdad en la historia del pueblo de Cristo en todas épocas. Los mismos que en una época hicieron grandes cosas en la causa del Evangelio, en otra fracasan por completo, y parecen débiles y mudables como el agua. Las retractaciones temporales de Cranmer y de Jewell son ejemplos muy notables de lo que venimos probando. El más santo y el mejor de los cristianos no tiene nada de que gloriarse. La fuerza que posee no es suya; nada tiene que no haya recibido, y solo tiene que provocar al Señor para que lo abandone por algún tiempo, y descubrirá pronto que su poder se ha desvanecido. Como Sansón, cuando tenía el cabello cortado, es tan débil como otro hombre cualquiera.

Aprendamos una lección de humildad en el fracaso de los discípulos. Procuremos robustecer en nosotros cada día más la convicción de la necesidad que tenemos de la gracia y de la presencia de Cristo. Con El probable es que todo lo podamos; sin El es seguro que nada podemos realizar. Con El venceremos las mayores tentaciones, y sin El la más pequeña nos dejará vencidos Clamemos todas las mañanas pidiéndole a Dios que « no nos deje abandonados a nosotros mismos;»diciéndole que no sabemos lo que en un día puede acontecemos,» que «si no nos acompañas con tu presencia no podemos ascender..

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, cuan temprano en la vida estamos expuestos a ser dañados por Satanás. Leemos aquí una descripción terrible de las miserias que Satanás ocasionó al joven de quien se habla en este pasaje; y se nos dice que sus sufrimientos comenzaron desde su infancia; el mal le principió «siendo niño..

No debemos pasar por alto la importante lección que aquí encontramos. Debemos esforzarnos en hacer bien a nuestros hijos desde sus años más tempranos. Si Satanás comienza tan pronto a hacerles mal, no debemos quedarnos rezagados y ser diligentes en guiarlos a Dios. Cuestión difícil de resolver es fijar a que edad principia un niño a ser responsable de sus acciones; quizás más temprano de lo que nos imaginamos. Una cosa sí que es muy clara de todas maneras: que nunca es demasiado pronto para luchar y orar por la salud de las almas de los niños; nunca demasiado temprano para dirigirnos a ellos y hablarles, como seres morales, de Dios, de Cristo, del mal y del bien. El diablo, estemos seguros de ello, no pierde tiempo en ejercer su influencia sobre las almas de los jóvenes; principia desde que son «niños.» Trabajemos por neutralizarla. Si los corazones juveniles pueden llenarse con el espíritu de Satanás, también podremos llenarlos con el Espíritu de Dios.

En tercer lugar aprendemos en estos versículos como la fe y la incredulidad pueden estar mezcladas en el mismo corazón. El padre del niño establece esta verdad con palabras que conmueven. «Señor,» exclamó, «creo; ayuda mi incredulidad..

Tenemos en estas palabras una vivida pintura del corazón de muchos que son verdaderos cristianos. Pocos se encuentran de los creyentes, en quienes la confianza y la duda, la esperanza y el temor no existan de consuno. Nada es perfecto en un hijo de Dios mientras permanece en el cuerpo. Su conocimiento, su San Marcos amor, y su humildad, son más o menos defectuosos, y están más o menos mezclados de corrupción. Como con las otras gracias, así sucede con la fe cree y a pesar de ello aun le queda un dejo de incredulidad.

¿Qué haremos con nuestra fe? Debemos hacer uso de ella; por débil, trémula y dudosa que sea, usémosla. No esperemos a que sea grande, perfecta y poderosa, sino como el hombre de que nos ocupamos, sirvámonos de ella, y esperemos que será un día más fuerte. «Señor,» dijo, « creo..

¿Qué deberemos hacer con nuestra incredulidad? Debemos resistirle, y orar contra ella. No debemos permitirle que nos aleje le Cristo. Presentémosla a Cristo, como le llevamos todos nuestros pecados y nuestras debilidades, y clamemos a El para que nos salve. Como el hombre que está ahora ante nosotros, exclamemos, «Señor, ayuda mi incredulidad..

Hay verdades de experiencia, y felices son los que las conocen, pues el mundo en general las ignora. Fe é incredulidad, dudas y temores, son necedades y tristerías para el hombre natural. Pero que el verdadero cristiano estudie estas cosas bien y trate de comprenderlas. Es de la mayor importancia para nuestro consuelo saber, que un verdadero creyente es reconocido tal tanto por sus luchas internas, como por la paz de su alma.

Fijemos nuestra atención, por último, en el completo dominio que nuestro Señor ejerce sobre Satanás y todos sus agentes. El espíritu, que era demasiado fuerte para los discípulos, fue inmediatamente lanzado por el Maestro. Habla con autoridad y poder, y Satanás se ve obligado a obedecer. «Te ordeno que salgas de él, y que no vuelvas a entrar en él..

Podemos concluir de meditar sobre este pasaje llenos de consuelo. El que está con nosotros es más grande que todos los que están contra nosotros. Satanás es fuerte, activo, malicioso, incansable, pero Jesús puede salvar a todos los que se acercan a Dios por medio de El, del diablo y del pecado, del diablo y del mundo. Tengamos paciencia, que Jesús vive todavía y no permitirá que Satanás nos arranque de sus manos. Jesús vive todavía, y volverá otra vez a protegernos de los dardos inflamados del maligno. Está preparada la gran cadena, con que Satanás será un día atado. Rev. 20.1. Dentro de breve tiempo el Dios de paz aplastará a Satanás bajo sus pies. Rom_16:20.

Marcos 9:30-37

Marquemos, en estos versículos, que nuestro Señor renueva el anuncio de su próxima muerte, y de su resurrección. «Enseñó a sus discípulos, y les dijo, el Hijo del hombre será entregado en manos da hombres, que lo matarán; y después que él sea muerto, resucitará al tercer día..

Aparente es una vez más la torpeza de los discípulos en comprender las cosas espirituales, tan pronto como se les hizo este anuncio. Algo de bueno había en la noticia, así como también mal aparente; algo de dulce y de amargo, de vida y de muerte, de resurrección y de cruz. Pero todo eso fue oscuridad para los confundidos discípulos. «No entendieron aquellas palabras, y tuvieron miedo de preguntar.» Tenían aún la cabeza llena de ideas equivocadas respecto al reino de su Maestro sobre la tierra. Creían que su reino terrenal iba a establecerse inmediatamente. Nunca nos cuesta más trabajo comprender como cuando preocupaciones y opiniones preconcebidas oscurecen nuestros ojos.

Se descubre en este nuevo anuncio que hace la inmensa importancia de la muerte y de la resurrección de nuestro Señor. Por algo nos recuerda que tenía que morir; deseaba hacernos comprender que su muerte era el gran objeto que se había propuesto al venir a este mundo. Quería recordarnos que con esa muerte quedaría resuelto el gran problema, como Dios podría ser justo, y justificar al mismo tiempo a los pecadores. No vino a la tierra tan solo para enseñar, predicar y hacer milagros; vino para dar satisfacción por el pecado con su propia sangre y sus sufrimientos en la cruz. No olvidemos esto nunca. La encarnación, el ejemplo, y las palabras de Cristo, son de gran importancia; pero el gran objeto que demanda toda nuestra atención en la historia de su ministerio terrenal, es su muerte en el Calvario.

Marquemos, en segundo lugar, en estos versículos, la ambición y amor de preeminencia que los apóstoles manifiestan, «Durante el camino disputaban entre ellos cual seria el más grande..

¡Que extrañas suenan estas palabras! ¿Quién hubiera pensado que unos pocos pescadores y publícanos pudieran estar movidos por el espíritu de emulación y el deseo de supremacía? ¿Quién hubiera esperado que hombres pobres, que todo lo habían abandonado por amor de Cristo, se verían turbados por luchas y disensiones respecto al lugar y a la precedencia que cada uno de ellos merecía? Y, sin embargo, así sucedió, y este hecho ha quedado registrado para nuestra enseñanza. El Espíritu Santo ha hecho que se escriba para guía perpetua de la iglesia de Cristo. Cuidemos que no se haya escrito en vano.

Es una verdad dolorosa, ya la aceptemos o no, que el orgullo es uno de los pecados más comunes de la humana naturaleza. Todos nacemos fariseos; todos por naturaleza pensamos de nosotros mejor de lo que debemos. Todos nos imaginamos naturalmente que merecemos más de lo que tenemos. Es un pecado muy antiguo. Empezó a mostrarse en el Edén, cuando Adán y Eva creyeron que no poseían todo aquello a que sus merecimientos los hacían acreedores. Es un pecado muy sutil; gobierna y rige muchos corazones sin que se le descubra, y aun puede vestirse con el sayal de la humildad. Es el pecado que más arruina el alma, porque se opone al arrepentimiento, y mantiene al hombre lejos de Cristo, ahoga el amor fraterno, y agosta en flor las ansias espirituales. Pongámonos en guardia contra él, y vigilémoslo. De todos los trajes con que podemos vestirnos, ninguno es tan gracioso, ninguno sienta tan bien, y ninguno es más raro, que la verdadera humildad.

Fijémonos, en tercer lugar, en el modelo especial de verdadera grandeza que nuestro Señor presenta a sus discípulos. Les dice, «Si alguno desea ser el primero, deberá ser el último de todos, y siervo de todos..

Estas palabras son muy instructivas. Nos muestran que las máximas de este mundo están en oposición directa con las ideas de Cristo. La idea que el mundo tiene de la grandeza es gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir; es ambición del mundo recibir honores y atenciones, pero el deseo del cristiano debería ser dar más bien que recibir, y servir a los demás en lugar de ser servido por ellos. En una palabra, aquel que más se empeña en servir a sus semejantes, y ser útil a los hombres de su generación, es el hombre más grande que imaginarse puede a los ojos de Cristo.

Empeñémonos en aplicar de una manera práctica esta máxima profunda. Tratemos de hacer el bien a nuestros prójimos, y mortificar esa tendencia al placer y a la satisfacción personal que tanto nos domina. ¿Podemos servir en algo a nuestros semejantes? ¿Podemos manifestarles de algún modo nuestra bondad, ayudándolos y promoviendo su felicidad? Si así es, hagámoslo sin tardanza. Qué gran bien seria para la cristiandad que fuesen menos frecuentes las protestas de ortodoxia y obediencia a la iglesia, y más común la práctica de las virtudes que en este pasaje nos inculcan las palabras de nuestro Señor.

Pocos son en general los hombres que quieran ser los últimos, y por amor a Cristo, los siervos de todos; y, sin embargo, esos son los que hacen bien, los que destruyen las preocupaciones, y convencen a los infieles de la realidad del Cristianismo.

Notemos, finalmente, como el Señor nos estimula a ser bondadoso con los más pequeños y humildes de los que creen en su nombre. Nos da esta lección de una manera muy interesante; tomó a un niño en sus brazos, y dijo a sus discípulos, « Cualquiera que reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe; y todo el que me recibe, recibe a Aquel que me envió..

El principio que aquí se establece es una continuación del que hemos venido meditando. Para el hombre natural es una locura ; la carne y la sangre no encuentran otros caminos a la grandeza, lino coronas, rango, riquezas, y posición elevada en la sociedad El Hijo del hombre declara que el camino que a ella conduce es el sacrificarnos a cuidar de los más débiles y de los más humildes del rebaño. Esfuerza su declaración acompañándola de palabras que nos llenan de maravilla, y que leemos y oímos sin fijar en ellas nuestras almas. Nos dice que el que «recibe a un niño en su nombre, recibe a Cristo, y que recibir a Cristo es recibir a Dios..

Cuanto no deben animar estas palabras a los que se consagran a la obra caritativa de hacer bien a las almas que se ven abandonadas. Cuanto no deben estimular a los que trabajan por volver a introducir en la sociedad a un paria, por levantar al caído, por recoger a los niños harapientos de quienes nadie se cuida, por sacar de una vida pecaminosa a los peores caracteres, como se sacan los tizones de una hoguera, por conducir a los extraviados al hogar paterno. Consuélense todos los que lean estas palabras; quizás sus trabajos son duros y se sienten con frecuencia desalentados; quizás se burlen de ellos, y los ridiculicen, y los presentan al escarnio del mundo. Pero sepan que el Hijo de Dios va marcando a todos los que así obran, y en ellos se complace. Piense el mundo lo que quiera, a esos será a quienes Jesús se deleitará en honrar cuando llegue el ultimo día.

Marcos 9:38-50

Tenemos en estos versículos la opinión de Cristo respecto a la gran cuestión de tolerancia religiosa. El apóstol Juan le dijo, «Maestro, vimos a uno que lanzaba demonios en tu nombre, y no nos sigue: y se lo vedamos, porque no nos sigue.» Esa persona estaba sin duda haciendo una buena obra; es incuestionable que militaba bajo la misma bandera de los apóstoles; pero eso no satisfacía a Juan, porque no trabajaba en su compañía, ni combatía con ellos en el mismo cuerpo de ejército; por tanto, Juan se lo prohibió. Escuchemos ahora lo que decide sobre este particular la gran Cabeza de la iglesia. «Jesús le dijo, No se lo impidas; porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que pueda hablar mal de mí. Pues que el que no está contra nosotros, con nosotros está..

Esta es una regla preciosa, de que está en mucha necesidad la humana naturaleza, y que con harta frecuencia se olvida. Muy dispuestos están a imaginarse los miembros de las diferentes ramificaciones de la iglesia de Cristo que ningún bien puede hacerse en el mundo, si no lo hace su propio partido o su denominación especial. Tienen miras tan estrechas, que no pueden concebir ni aun la posibilidad de trabajar de otra manera sino siguiendo el modelo o el sistema que se han trazado. Convierten en un ídolo la organización eclesiástica a que pertenecen, y no pueden encontrar ningún mérito en otra alguna. Son como el que clamaba cuando El-dad y Medad profetizaban en el campamento, «Señor Moisés, prohíbeselos..

Debemos a este espíritu intolerante algunas de las páginas más negras de la historia de la iglesia. Cristianos han perseguido repetidamente a otros cristianos por ninguna otra razón más fuerte que la que aquí da Juan. Han dicho en realidad a sus hermanos, «nos seguís, o no trabajáis por Cristo de ninguna manera..

Guardémonos de este sentimiento, pues está muy cerca de la superficie de nuestros corazones. Empeñémonos en practicar el espíritu liberal y tolerante que Jesús nos recomienda en este pasaje, y agradezcamos toda buena obra cualquiera que sea la persona que la haga y el lugar en que se realiza. Espiemos en nosotros mismos la más ligera inclinación a paralizar y detener a otros en sus trabajos, tan solo porque no han preferido adoptar nuestros planes, ni trabajar con nosotros. Permitido nos es considerarlos errados en algunos particulares; creer que mucho más podría hacerse por Cristo, si se hubieran unido a nosotros, y todos trabajáramos de consuno; lamentar los males que ocasionan las luchas y divisiones religiosas; pero esto no debe ser un obstáculo a que nos regocijemos de que las obras del demonio sean destruidas y de que las almas se salven. ¿Está mi prójimo guerreando contra Satanás? ¿Está realmente trabajando por Cristo? Esta es la gran cuestión. Mejor es cien mil veces que otras manos hagan el trabajo antes que quede por hacer. Feliz aquel que siente en sí el espíritu de Moisés cuando dijo: « Ojalá que todos los miembros del pueblo de Dios fueran profetas,» Núm. 11.29; y el de Pablo cuando este dice: «Si Cristo es predicado, me regocijo, sí, y me regocijaré.» Filip. 1:16.

Vemos además en estos versículos la necesidad en que estamos de renunciar a todo lo que se atraviesa entre nosotros y la salvación de nuestras almas. La «mano» y el «pié» deben ser cortados y el « ojo « sacado, si ofenden, o son ocasiones de pecar. Debemos renunciar a todo lo que nos es querido, como los ojos, los pies y las manos, y alejarlo de nosotros si daña nuestras almas, cualquiera que sea el sacrificio o el dolor que nos cause.

Es una ley esta que parece a primera vista dura y severa en extremo, pero no sin causa la promulga nuestro amoroso Maestro. Cumplir con ella es absolutamente necesario, puesto que el infringirla es caminar de seguro al infierno. Nuestros sentidos corporales son los canales por donde se introducen en nosotros las tentaciones más formidables. Nuestros miembros son instrumentos dispuestos al mal, aunque lentos para el bien. El ojo, el pié, y la mano son siervos buenos cuando están bien dirigidos, pero preciso es vigilarlos de continuo, pues si no, nos conducen al pecado.

Decidámonos con la gracia de Dios a hacer uso práctico de la orden solemne que en este pasaje nos da nuestro Señor. Considerémosla como la prescripción de un médico sabio, el consejo de un padre tierno, o el apercibimiento de un amigo. Aunque los hombres nos ridiculicen por lo estricto y cumplidos que seamos, sea en nosotros un hábito «crucificar nuestra carne con sus afectos y concupiscencias.» Neguémonos todo goce antes de exponernos al peligro de pecar contra Dios. Sigamos las huellas de Job, cuando dice: «He hecho un pacto con mis ojos.» Job 31.1. Recordemos a Pablo; dice, «Sujeto mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que predicando a los otros, no me vea yo mismo reprobado.» 1 Cor. 9.27.

Vemos, finalmente, en estos versículos, la realidad, el horror, y la eternidad del castigo futuro. El Señor Jesús habla tres veces del «infierno.» Menciona tres veces el «gusano que nunca muere.» Tres veces dice que « el fuego no se apagará.» Estas son expresiones terribles, que invitan a reflexionar más que a explicar. Medítenlas, considérenlas y recuérdenlas todos los que profesan ser cristianos.

Poca diferencia hace que las tomemos por figuradas o emblemáticas; si lo son, una cosa por lo menos es muy clara, que el gusano y el fuego son emblemas de realidades; que hay un infierno verdadero, y un infierno que es eterno. No es mostrar misericordia el no tocar ante los hombres la cuestión del infierno; por lo mismo que es tan horrible y tan tremendo, debemos imprimirla en todas las almas como una de las grandes verdades del Cristianismo. Nuestro Salvador que es tan amoroso habla frecuentemente de él, y el apóstol Juan lo describe más de una vez en el libro de la Revelación; así es que los siervos de Dios no deben en nuestros días avergonzarse de confesar que en él creen. Si no hubiera en Cristo una misericordia infinita para todos los que en El creen, podríamos con razón evitar la consideración de tan horrible idea. Si no tuviéramos la sangre preciosa de Cristo que lava todos nuestros pecados, bien podríamos guardar silencio respecto a la ira venidera. Pero hay misericordia para todo el que la pide en nombre de Cristo; hay una fuente abierta para todo pecado. Aseguremos pues franca y decididamente que hay infierno, y supliquemos a los hombres que huyan de él, antes que sea muy tarde. «Conociendo los terrores del Señor,» el gusano, y el fuego, «persuadamos a los hombres.» 2 Cor. 5.11. Posible es que no se hable bastante de Cristo, pero sí es posible que se diga poco del infierno.

Que las palabras con que terminó su discurso nuestro Señor resuenen en nuestros oídos, al concluir este pasaje. «Tened sal en vosotros mismos, y paz unos con otros.» Tengamos la seguridad de poseer en nuestros corazones la gracia salvadora del Espíritu Santo, que santifica, purifica y preserva todo el hombre interno le la corrupción. Conservemos vigilantes la gracia que diariamente se nos otorga, y pidamos a Dios que nos salve del descuido y del pecado, no sea que incurramos en faltas que manchen nuestras conciencias y desacrediten nuestra profesión cristiana. Vivamos sobre todo en paz con los demás, no buscando grandes cosas, ni intrigando por preeminencia, sino revestidos de humildad, y amando sinceramente a todos los que aman a Cristo. Todo esto es muy sencillo, pero su cumplimiento acarrea grandes mercedes.

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