Romanos 9: El trágico fracaso

Boreham dice en algún lugar que, cuando era pequeño, estaba una vez de visita en casa de un amigo. Había una habitación en la que tenía prohibido entrar. Se encontraba una vez en la habitación de enfrente cuando se abrió la puerta y vio dentro a un chico de su misma edad, pero en un estado sobrecogedor de idiotez animal. Vio que la madre se acercaba al chico. Había visto al joven Boreham, sano e inteligente, y miraba a su hijo, no pudiendo por menos de hacer una comparación que le partía el corazón. La vio arrodillarse al lado de la cama del idiota, y la oyó decir gimiendo de angustia: « Te he alimentado, y vestido, y querido… ¡y tú ni siquiera me reconoces!» Eso era lo que Dios hubiera podido decir de Israel; solamente que en este caso aún era más terrible, porque el rechazo de Israel era deliberado y consciente. Es terrible llegar a partirle el corazón a Dios.

(ii) Israel tenía la gloria. La shejina o kabod aparece una y otra vez en la historia de Israel. Era el divino esplendor de luz que descendía cuando Dios visitaba a su pueblo (Éxodo 16:10; 24:16s; 29:43; 33:18-22). Israel había visto la gloria de Dios, y sin embargo Le había rechazado. A nosotros se nos ha concedido contemplar la gloria del amor y la Gracia de Dios en el rostro de Jesucristo, y sería terrible que escogiéramos el camino del mundo.

(iii) Israel tenía los pactos. Un pacto es la relación en que entran dos personas, un acuerdo de interés mutuo, un compromiso de amistad recíproca. Una y otra vez Dios se había acercado al pueblo de Israel y había entrado en una relación especial con él. Lo hizo con Abraham, Isaac y Jacob, y en el monte Sinaí cuando dio la Ley.

Ireneo distingue cuatro grandes ocasiones en las que Dios llegó a un acuerdo con los hombres. La primera fue el pacto con Noé después del diluvio, y la señal fue el arco iris en los cielos, que representaba la seguridad que Dios daba de que no habría otro diluvio. El segundo fue el pacto que Dios hizo con Abraham, y su señal fue la circuncisión. El tercero fue el pacto que estableció con la nación de Israel en el monte Sinaí, y su base fue la Ley. Y el cuarto es el Nuevo Testamento en Jesucristo, cuya señal y garantía es el Espíritu Santo.

Es maravilloso pensar que Dios se acerca a los hombres y entra en una relación concertada con ellos. La verdad es que Dios no ha abandonado nunca a los hombres. No hizo ademán de acercarse para luego abandonarlos, sino que se ha acercado una y otra vez; y aún lo sigue haciendo con cada alma humana individual. Está a la puerta, y llama; y es la tremenda responsabilidad de la voluntad humana que puede negarse a abrir.

(iv) Israel tenía la Ley. No podía pretender ignorar la voluntad de Dios, porque Dios le había dicho cómo quena que viviera. Si Israel pecaba, lo hacía a sabiendas y no por ignorancia; y el pecado consciente es el pecado contra la luz, que es el peor de todos.

(v) Israel tenía el culto del Templo. El culto es, en esencia, el acercamiento del alma a Dios; y Dios había dado a los judíos en el culto del Templo una manera para que se acercaran a Él. Si estaba cerrada la puerta de acceso a Dios eran ellos los que la habían cerrado.

(vi) Israel tenía las promesas. No podía decir que no conocía su destino. Dios les había dado a conocer la tarea y el privilegio que les tenía reservado en Su propósito. Sabían que estaban destinados para grandes cosas en la economía de Dios.

(vii) Israel tenía a los patriarcas. Tenía una tradición y una historia; y no hay mayor miseria que la del que se atreve a ser infiel a su tradición y avergonzarse de la herencia que ha recibido.

Deja un comentario