Romanos 9 El trágico fracaso

Romanos 9: El trágico fracaso

Os digo la verdad, como corresponde a los que estamos unidos a Cristo. No estoy mintiendo si os digo en conciencia y de acuerdo con el Espíritu Santo que soporto una ardiente pesadumbre y una angustia permanente en mi corazón. Porque estaría dispuesto a que me cayera una maldición que me desterrara totalmente de la presencia de Cristo si de esa manera se salvaran mis hermanos, los que son mis parientes por naturaleza. Porque son israelitas; Dios los hizo miembros de Su propia familia, y les confió la gloria, los pactos, la Ley, el culto del Templo, las promesas… Suyos son también los patriarcas; y de ellos, en cuanto a Su naturaleza humana, vino el Ungido de Dios. ¡Bendito sea siempre el Dios que está sobre todo! Amén.

Pablo empieza intentando explicar el que los judíos rechazaran a Jesús como Mesías; y empieza, no con rabia, sino con angustia; no en una tempestad de airada condenación, sino con el dolorido sentir de un corazón quebrantado. Pablo compartía el sentimiento del Dios al Que amaba y servía: odiaba el pecado, pero amaba al pecador. Nadie ni siquiera empezará jamás a intentar salvar a nadie a menos que empiece por amarle. Pablo veía a los judíos, no como culpables a los que había que azotar con ira, sino como personas a las que había que anhelar con amor.

De buena gana habría dado Pablo su vida si así hubiera podido ganar a los judíos para Cristo. Tal vez sus pensamientos le transportaban a uno de los grandes episodios de la historia de su pueblo. Cuando Moisés subió a la montaña para recibir la Ley de la mano de Dios, el pueblo que había dejado abajo pecó haciéndose un becerro de oro y adorándolo. Dios estaba airado con ellos; y entonces Moisés hizo la gran oración: «Así que, si quieres, perdónales su pecado; y si no, Te lo suplico, bórrame del libro que has escrito» (Éxodo 32:32).

Pablo dice que, por amor a sus hermanos, estaría dispuesto a que cayera sobre él la maldición de Dios si así se pudiera remediar algo. La palabra que usa es anáthema, que es una palabra terrible. Cuando algo era anatema, estaba bajo maldición; estaba consagrado para una destrucción total. Cuando se tomaba una ciudad pagana, todo lo que había en ella se destruía totalmente porque estaba contaminado (Deuteronomio 3:6; 2:34: Josué 6:17; 7:1-26). Si alguien trataba de seducir a Israel para apartarle del culto al único Dios verdadero, se le condenaba irremisiblemente a una destrucción total (Deuteronomio 13:8-11).

La cosa más amada que Pablo tenía en su vida era la seguridad de que nada le podía separar del amor de Dios en Jesucristo; pero, si así podían salvarse sus hermanos, estaba dispuesto a perderla. Aquí tenemos una vez más la gran verdad de que el que quiera salvar al pecador tiene que empezar por amarle. Cuando un hijo o una hija ha hecho algo por lo que merece castigo, muchos padres y madres cargarían con gusto con el castigo si pudieran. Como Myers hace decir a Pablo en su famoso poema inglés: «Como un escalofrío de anhelo insoportable, que me recorre todo cual toque de trompeta, ¡Oh, para que se salven entregar vida y alma, ofreciéndolo todo en sacrificio a Dios!»

Eso fue lo que sintió e hizo Cristo. Pablo también tenía el mismo sentimiento. Si hemos de ser instrumentos para la Salvación de otros, eso es lo que debemos sentir.

Pablo no negó ni por un momento que los judíos ocupaban un lugar especial en la economía de Dios. Y enumera sus privilegios:

(i) En un sentido especial eran hijos de Dios, especialmente elegidos y adoptados en la familia de Dios. «Vosotros sois los hijos del Señor vuestro Dios» (Deuteronomio 14:1). «¿Es que no es Él vuestro Padre, el que os crió?» (Deuteronomio 32:6). «Israel es mi primogénito» (Éxodo 4:22). «Cuando Israel era un chico, le amé; y de Egipto llamé a Mi hijo» (Oseas 11:1). La Biblia está llena de esta idea de la especial relación filial de Israel con Dios, que el pueblo rehusó aceptar hasta las últimas consecuencias.

Boreham dice en algún lugar que, cuando era pequeño, estaba una vez de visita en casa de un amigo. Había una habitación en la que tenía prohibido entrar. Se encontraba una vez en la habitación de enfrente cuando se abrió la puerta y vio dentro a un chico de su misma edad, pero en un estado sobrecogedor de idiotez animal. Vio que la madre se acercaba al chico. Había visto al joven Boreham, sano e inteligente, y miraba a su hijo, no pudiendo por menos de hacer una comparación que le partía el corazón. La vio arrodillarse al lado de la cama del idiota, y la oyó decir gimiendo de angustia: « Te he alimentado, y vestido, y querido… ¡y tú ni siquiera me reconoces!» Eso era lo que Dios hubiera podido decir de Israel; solamente que en este caso aún era más terrible, porque el rechazo de Israel era deliberado y consciente. Es terrible llegar a partirle el corazón a Dios.

(ii) Israel tenía la gloria. La shejina o kabod aparece una y otra vez en la historia de Israel. Era el divino esplendor de luz que descendía cuando Dios visitaba a su pueblo (Éxodo 16:10; 24:16s; 29:43; 33:18-22). Israel había visto la gloria de Dios, y sin embargo Le había rechazado. A nosotros se nos ha concedido contemplar la gloria del amor y la Gracia de Dios en el rostro de Jesucristo, y sería terrible que escogiéramos el camino del mundo.

(iii) Israel tenía los pactos. Un pacto es la relación en que entran dos personas, un acuerdo de interés mutuo, un compromiso de amistad recíproca. Una y otra vez Dios se había acercado al pueblo de Israel y había entrado en una relación especial con él. Lo hizo con Abraham, Isaac y Jacob, y en el monte Sinaí cuando dio la Ley.

Ireneo distingue cuatro grandes ocasiones en las que Dios llegó a un acuerdo con los hombres. La primera fue el pacto con Noé después del diluvio, y la señal fue el arco iris en los cielos, que representaba la seguridad que Dios daba de que no habría otro diluvio. El segundo fue el pacto que Dios hizo con Abraham, y su señal fue la circuncisión. El tercero fue el pacto que estableció con la nación de Israel en el monte Sinaí, y su base fue la Ley. Y el cuarto es el Nuevo Testamento en Jesucristo, cuya señal y garantía es el Espíritu Santo.

Es maravilloso pensar que Dios se acerca a los hombres y entra en una relación concertada con ellos. La verdad es que Dios no ha abandonado nunca a los hombres. No hizo ademán de acercarse para luego abandonarlos, sino que se ha acercado una y otra vez; y aún lo sigue haciendo con cada alma humana individual. Está a la puerta, y llama; y es la tremenda responsabilidad de la voluntad humana que puede negarse a abrir.

(iv) Israel tenía la Ley. No podía pretender ignorar la voluntad de Dios, porque Dios le había dicho cómo quena que viviera. Si Israel pecaba, lo hacía a sabiendas y no por ignorancia; y el pecado consciente es el pecado contra la luz, que es el peor de todos.

(v) Israel tenía el culto del Templo. El culto es, en esencia, el acercamiento del alma a Dios; y Dios había dado a los judíos en el culto del Templo una manera para que se acercaran a Él. Si estaba cerrada la puerta de acceso a Dios eran ellos los que la habían cerrado.

(vi) Israel tenía las promesas. No podía decir que no conocía su destino. Dios les había dado a conocer la tarea y el privilegio que les tenía reservado en Su propósito. Sabían que estaban destinados para grandes cosas en la economía de Dios.

(vii) Israel tenía a los patriarcas. Tenía una tradición y una historia; y no hay mayor miseria que la del que se atreve a ser infiel a su tradición y avergonzarse de la herencia que ha recibido.

(viii) Y aquí viene la culminación: de Israel vino el Mesías, el Ungido de Dios. Todo lo demás había sido la preparación; y sin embargo, cuando vino, Le rechazaron. El mayor pesar que puede sentir una persona es haberle dado a un hijo todas las oportunidades de éxito, el haberlo dedicado y sacrificado todo para darle las mejores oportunidades, y descubrir que el hijo, por desobediencia o rebeldía o dejadez, ha dejado de aprovecharlas. Ahí está la tragedia; porque se hacen baldíos los esfuerzos del amor, y no se hacen realidad sus sueños. La tragedia de Israel consistió en que Dios le había preparado para el día de la venida de Su Hijo, y toda aquella preparación resultó frustrada. No es que fuera quebrantada la Ley de Dios, sino que Su amor fue desdeñado. No es la ira de Dios la que se oculta tras las palabras de Pablo, sino el corazón quebrantado de Dios.

La elección de dios

Pero esto no quiere decir que la Palabra de Dios haya quedado completamente frustrada. Porque no todos los israelitas son el verdadero Israel; ni todos los que se consideran descendientes naturales de Abraham son plenamente sus hijos. Por el contrario, escrito está: «Por medio de Isaac tendrás descendencia.» Es decir: que no son realmente hijos de Dios todos los que se consideran descendientes naturales de Abraham. ¡No! Son los hijos de la promesa los que forman la verdadera descendencia de Abraham; porque la palabra de la promesa fue esta: «Vendré a este tiempo, y Sara tendrá un hijo.» Y no hubo sólo este caso, sino también Rebeca, cuando concibió de uno, es decir, de nuestro antepasado Isaac. -Nótese bien que los hijos no habían nacido todavía, ni habían hecho nada ni bueno ni malo, para que la elección de Dios no fuera la consecuencia de obras, sino simplemente porque Dios los llamó-. Se le dijo a ella: «El mayor servirá al más joven.» Y también ‹ está escrito: «He amado a Jacob, pero he aborrecido a Esaú. »

El que los judíos rechazaran y crucificaran a Jesús, el Hijo de Dios, ¿quiere decir que el propósito de Dios quedó frustrado, y fracasado Su plan? Pablo está convencido de que eso no puede ser. De hecho, no todos los judíos rechazaron a Jesús; algunos Le aceptaron, porque no cabe duda que todos Sus primeros seguidores eran judíos, lo mismo que Pablo.

«Ahora bien dice-, a lo largo de la historia de Israel vemos el proceso de selección una y otra vez en funcionamiento. Una y otra vez vemos que no eran todos los judíos los que estaban en el designio de Dios. Algunos estaban, y otros no. La línea de la nación con la que Dios contaba, y por medio de la cual obraba para llevar adelante Su plan, no eran todos los descendientes de Abraham. No es la mera descendencia física la que cuenta, sino la selección, la elección de Dios.

Como demostración de esta verdad cita Pablo dos ejemplos de la historia de Israel, y los refuerza con citas bíblicas:

(a) Abraham tuvo dos hijos: Ismael, que le nació de la esclava Agar, e Isaac, que tuvo con su esposa Sara. Los dos eran igualmente descendientes de Abraham. Cuando les nació Isaac, Abraham y Sara eran ya de edad avanzada; tanto es así que, humanamente hablando, ya era imposible que tuvieran un hijo. Cuando Isaac era muchacho, un día Ismael se burló de él; a Sara le dio tanta rabia, que le pidió a Abraham que echara de casa a la esclava y a su hijo, para que Isaac fuera el único heredero. Abraham no quería; pero Dios le dijo que lo hiciera, porque sería la descendencia que tuviera a través de Isaac la que preservaría su nombre (Génesis 21:12). Ahora bien: Ismael había nacido por un proceso humano natural, mientras que Isaac había nacido en cumplimiento de la promesa de Dios (Génesis 18:10-14). Fue al hijo de la promesa al que se le concedió transmitir la herencia de la elección de Dios. Aquí tenemos la prueba de que no todos los descendientes naturales de Abraham se pueden considerar elegidos. Y dentro de la nación siguió manifestándose la selección y elección de Dios.

(b) Pablo pasa a citar otro ejemplo. Cuando Rebeca, la mujer de Isaac, estaba embarazada, Dios le hizo saber que iba a tener mellizos que serían los patriarcas de dos naciones; pero que, en el tiempo venidero, el que naciera primero serviría y estaría sometido al segundo (Génesis 25:23). Cuando nacieron los mellizos, Esaú nació el primero, y sin embargo la elección de Dios recayó en Jacob; y fue por la línea de Jacob por la que Dios siguió llevando a cabo su plan. Para remachar bien su argumento, Pablo cita Madaquías 1:2s, donde Dios le dice al profeta: « He amado a Jacob y aborrecido a Esaú.»

Pablo sostiene que ser judío es más que formar parte de la descendencia física de Abraham; que el pueblo escogido no es meramente la suma de los descendientes de Abraham, sino que en esa familia se lleva a cabo un proceso de selección a lo largo de la historia. Hasta aquí, un judío aceptaría el argumento de Pablo. Los árabes son los descendientes de Ismael, que fue hijo de Abraham; pero a los judíos no se les pasaría por la cabeza decir que los árabes pertenecían al pueblo escogido. Los edomitas eran los descendientes de Esaú fue es lo que quería decir Malaquías-, y Esaú fue tan hijo de Isaac como Jacob su mellizo; pero a ningún judío se le ocurriría decir que los edomitas tenían parte en el pueblo escogido. Desde el punto de vista judío, Pablo ha demostrado su argumento: había un proceso de elección que se estaba llevando a cabo en la familia de los descendientes de Abraham.

Pablo añade que esa selección no se basa en las obras ni en el mérito. La prueba está en que Jacob fue elegido y Esaú rechazado antes de que naciera ninguno de los dos, cuando estaban en el seno materno. Este argumento sigue siendo válido y concluyente para un judío. Y hasta para nosotros, una gran verdad surge del corazón de este argumento: Todo es de Dios; detrás de todo está Su obrar; aun las cosas que parecen arbitrarias y fortuitas tienen en Él su origen. Nada en el mundo va a la deriva.

La voluntad soberana de Dios

¿Y qué se puede decir a esto? ¿Se puede decir que hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!, porque Él le dijo a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré piedad del que Yo tenga piedad.» Así es que todo depende, no de la voluntad ni del esfuerzo humanos, sino exclusivamente de la misericordia de Dios. Por eso la Escritura dice con respecto al Faraón: «Para esto solo te asigné un papel en el drama de la historia: para demostrar mi poder por medio de lo que te va a ocurrir, y para que Mi nombre sea proclamado por todo el mundo.» Así es que tiene misericordia del que Él quiere, y endurece al que Él quiere.

Ahora Pablo sale al paso de las preguntas y objeciones que surgen en nuestra mente. Ha dicho que el proceso de selección y elección ha seguido su curso a lo largo de la historia de Israel; ha hecho hincapié en el hecho de que la elección no se basa en ningún mérito humano, sino exclusivamente en la voluntad de Dios.

Nuevamente cita dos ejemplos para demostrar su afirmación, y los refuerza con citas bíblicas. El primer ejemplo está tomado de Éxodo 33:19. Moisés está pidiendo una prueba definitiva de que Dios está realmente con el pueblo de Israel. La respuesta de Dios es que Él tendrá misericordia de los que tenga misericordia; es decir, le dice a Moisés que confíe y deje la cosa en Sus manos, porque Él sabe lo que hace. Su actitud de misericordia hacia la nación depende exclusivamente de Él mismo. Y el otro ejemplo está tomado de la batalla para la liberación de la esclavitud de Egipto y el poder del Faraón. La primera vez que Moisés fue a pedir la libertad, advirtió a Faraón que Dios le había colocado en el escenario de la historia para demostrar Su divino poder y servir de ejemplo a la humanidad de lo que sucede a los que se oponen a Dios (Éxodo 9:16). Pero esto no quiere decir que Faraón no fuera más que una marioneta. Dios le advirtió, pero Faraón escogió no hacer caso.

Cuando llegamos al fondo de la cuestión, vemos que conserva una gran verdad. Es imposible pensar en la relación entre Dios y el hombre en términos de justicia -entendida ésta en los términos de nuestra experiencia humana limitadísima. El hombre no puede nunca tener ningún derecho ante Dios. La creatura no puede pretender nada ante el Creador. Sea cual fuere la justicia que se aplica, la respuesta es que el hombre no merece nada ni puede pretender nada. En el trato de Dios con los humanos lo esencial son Su voluntad y Su misericordia.

El alfarero y la arcilla

Pero entonces tú podrías preguntar: «Si esto es así, ¿cómo puede Dios seguir echándole las culpas a los hombres cuando no hacen lo que Él quiere? ¿Es que hay alguien que se pueda oponer a Su voluntad?» Amigo, ¿quién eres tú para ponerte a discutir con Dios? Sería tanto como que la arcilla le dijera al alfarero: « ¿Por qué me has dado esta forma?» El alfarero tiene autoridad total para hacer del mismo pegote de arcilla una vasija para un uso honorable u otra para un uso humilde. De la misma manera, ¿qué si Dios, aunque Su propósito fuera demostrar su ira y dar a conocer Su poder, sin embargo tratara con mucha paciencia a los que eran objeto de Su ira, que ya estaban maduros y listos para la destrucción? Sí; ¿y qué si lo hizo porque quería dar a conocer las riquezas de su gloria a los que son objeto de su misericordia, que Él había preparado de antemano para la gloria? Me refiero a nosotros, a los que Él ha llamado; no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Como Él dice en Oseas: « A los que no eran pueblo los llamaré « Pueblo mío», y a la que nadie quería la llamaré «Amada mía». Y en el mismo lugar en que se les dijo: «¡Vosotros no sois mi pueblo!», se les dará el título de «hijos del Dios vivo». Y la proclamación profética de Isaías acerca de Israel es: «Los hijos de Israel puede que sean tan numerosos como la arena del mar, pero no se salvará nada más que el resto. Final y sumariamente: el Señor hará en la Tierra lo que dijo que haría. » Como dijo Isaías en un pasaje anterior: « Si el Señor de los Ejércitos no nos hubiera dejado hijos, habríamos llegado a ser como Sodoma, y semejantes a Gomorra. »

En el pasaje anterior Pablo ha mostrado que, a lo largo de toda la historia de Israel, se ha venido produciendo el proceso de elección y selección de Dios. Cuando el alfarero hace una vasija, ésta no puede hacerle sugerencias ni discutirle su destino; el alfarero tiene poder absoluto sobre la arcilla para hacer de ella algo destinado a un uso honorable o vulgar, y la arcilla no tiene derecho a protestar. Pablo en realidad tomó este ejemplo de Jeremías 18:1-6, que es un ejemplo de la paciencia de Dios, Que no descarta la masa rebelde, sino le da una nueva forma. Este pasaje ha inspirado un coro que se canta en muchas iglesias: Yo quiero ser, yo quiero ser, Señor amante, como el barro en manos del alfarero: toma mi vida, hazla de nuevo; yo quiero ser, yo quiero ser un vaso nuevo.

Conviene decir aquí un par de cosas. Pero debemos recordar una: fue con angustia de corazón como Pablo escribió este pasaje. Se enfrentaba con el hecho desconcertante de que el mismo pueblo de Dios, sus propios parientes, habían rechazado y crucificado al propio Hijo de Dios.

De todas maneras, Pablo no termina así su argumento. Continúa diciendo que el que los judíos hayan rechazado al Mesías ha sido con el fin de que se les abriera la puerta a los gentiles.

Pablo estaba discutiendo con los judíos, y sabía que la única manera de reforzar su argumento era con citas de sus Sagradas Escrituras; así es que pasa a citar textos que prueben que el que Cristo fuera rechazado por los judíos y aceptado por los gentiles había sido de hecho anunciado por los profetas. Oseas había dicho que Dios haría que fuera pueblo Suyo uno que no lo era (Oseas 2:23), y que serían llamados hijos de Dios (Oseas 1:10); e Isaías había previsto una situación en la que Israel sería obliterado si no fuera por un remanente (Isaías 10: 22s; 37:32). Su argumento es que Israel podría haber previsto su ruina si hubiera tenido entendimiento.

La equivocación de los judíos

¿Qué podemos decir a esto? Que los gentiles, que no estaban buscando estar en la debida relación con Dios, la han recibido, una relación que es el resultado de la fe; mientras que Israel, que estaba buscando una ley que produjera la debida relación con Dios, nunca consiguió encontrarla. ¿Y por qué? Porque estaban intentando entrar en una buena relación con Dios, no confiando en Dios, sino dependiendo de sus propios logros humanos. Tropezaron en la Piedra que hace tropezar a los hombres, como está escrito: «He colocado en Sión una Piedra que hace tropezara la gente, una Roca que los hace vacilar; pero el que crea en ÉL no será defraudado.»

Aquí Pablo traza un contraste entre dos actitudes para con Dios. La de los judíos pretendía alcanzar la debida relación con Dios mediante el propio esfuerzo. Dicho de otra manera, para que quede claro lo que quiere decir: fundamentalmente, la idea de los judíos era que un hombre, mediante la estricta obediencia a la Ley, podía llegar a tener una cuenta positiva con Dios, con el resultado de que Dios estaría en deuda con él y le debería la Salvación. Pero estaba claro que siempre era una batalla perdida, porque la imperfección humana no podía nunca satisfacer la perfección de Dios; nada que el hombre pudiera hacer por Dios podría ni empezar a devolverle a Dios lo que ha hecho por el hombre.

Eso es precisamente lo que Pablo descubrió. Como él decía, los judíos se pasaban la vida tratando de satisfacer una Ley cuya obediencia les dejara en paz con Dios; y nunca lo conseguían, porque tal cosa era imposible. Los gentiles no estaban empeñados en tal empresa; pero, cuando se encontraron de pronto cara a cara con el amor increíble de Dios manifestado y ofrecido en Jesucristo, sencillamente se arrojaron en los brazos de tal amor con entera confianza. Fue algo así como si los gentiles vieran la Cruz y dijeran: « Si Dios me ama de tal manera, puedo confiarle mi vida y mi alma.»

El judío trataba de hacer que Dios quedara en deuda con él; el gentil estaba contento de estar en deuda con Dios. El judío creía que podía ganarse la Salvación haciendo cosas para Dios; el gentil se sumía en la admiración de lo que Dios había hecho por él. El judío trataba de llegar a Dios por sus obras; el gentil llegaba a Dios por el camino de la confianza.

No ya he de gloriarme jamás, ¡oh Dios mío!, de aquellos deberes que un día cumplí. Mi gloria era vana; confío tan sólo en Cristo y su sangre vertida por mí. José M. De Mora.

Pablo habría dicho « Amén» a esto. La piedra es una de las referencias características de los primeros escritores cristianos. En el Antiguo Testamento se menciona varias veces una piedra misteriosa En Isaías 8:14 se dice que Dios será como una piedra de ofensa y una roca de tropiezo a las casas de Israel. En Isaías 28:16, Dios dice que va a poner en Sión una piedra, una preciosa piedra angular, como fundamento estable. En Daniel 2: 34s, 44s, se hace referencia a una piedra misteriosa. En el Salmo 118:22, el salmista escribe: «La piedra que desecharon los edificadores ha llegado a ser la cabeza del ángulo.»

Cuando los cristianos empezaron a buscar en el Antiguo Testamento anuncios de la venida de Cristo se encontraron con estas referencias a la piedra maravillosa, y se dieron cuenta de que se referían a Cristo. En los Evangelios se dice que fue Jesús mismo el primero que hizo la identificación y se aplicó a Sí mismo el Salmo 118:22 (Mateo 21:42). Los cristianos reconocieron figuras de Cristo en la piedra que era fundamento estable, la piedra angular que daba unidad a todo el edificio, la piedra que había sido desechada y luego reconocida como la más importante de todas.

La cita que hace aquí Pablo combina Isaías 8:14 y 28:16. Los cristianos entendieron que su significado era que Dios se había propuesto que Su Hijo fuera el fundamento de la vida de todos los hombres; pero cuando Él vino, los judíos Le rechazaron; y el rechazar al Don de Dios que era para su Salvación se convirtió en la causa de que quedaran excluidos. Esta figura de la piedra aparece varias veces en el Nuevo Testamento (Hechos 4:11; Efesios 2:20, y 1 Pedro 2:4-6).

La verdad eterna que contiene este pensamiento es que Jesús fue enviado al mundo para ser el Salvador de todos los hombres, pero es también la Piedra de toque por la que son juzgados. Si el corazón de una persona responde al amor de Jesús y Le recibe como Salvador, para ella lo es; pero si el corazón de una persona queda totalmente insensible o Le rechaza, para ella es la condenación. Jesús vino al mundo para nuestra Salvación; pero por nuestra actitud hacia Él podemos recibirla o perderla.

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