Romanos 8: La liberación de la naturaleza humana

Por tanto, ya no hay ninguna condenación para los que viven unidos a Jesucristo. Porque la ley que viene del Espíritu y conduce a la vida me ha librado por medio de Jesucristo de la ley que engendra el pecado y conduce a la muerte. En cuanto a la impotencia de la Ley, esa su debilidad que era el efecto de nuestra naturaleza humana pecadora, Dios envió a Su propio Hijo como ofrenda por el pecado con esa misma naturaleza humana que había pecado en nosotros; y así, mientras existía en la misma naturaleza humana que nosotros, condenó al pecado; de manera que, como resultado, la justa exigencia de la Ley se pudiera cumplir en nosotros, que no vivimos sometidos a los principios de la naturaleza humana pecadora, sino bajo el principio del Espíritu.

Este pasaje resulta difícil de puro comprimido, y también porque Pablo alude a cosas de las que ya ha hablado antes. Hay dos palabras que aparecen una y otra vez en este pasaje: carne (sarx) y espíritu (pneuma). No podremos seguir el razonamiento de Pablo a menos que entendamos el sentido que les da a estas dos palabras.

(i) Sarx quiere decir literalmente carne. Una lectura de corrido de las cartas de Pablo nos bastaría para descubrir que usa esta palabra con mucha frecuencia y con un sentido especial. En términos generales la usa de tres maneras diferentes:

(a) La usa en su sentido literal. Habla de la circuncisión física, literalmente «en la carne» (Romanos 2:28).

(b) Una y otra vez emplea la frase kata sarka, literalmente de acuerdo con la carne, que quiere decir casi siempre mirando las cosas desde el punto de vista humano. Por ejemplo, dice que Abraham es nuestro antepasado kata sarka, en cuanto a la naturaleza humana.

Dice que Jesús es hijo de David kata sarka (Romanos 1: 3), es decir, en cuanto a su naturaleza humana. Habla de los judíos como sus parientes kata sarka (Romanos 9:8); es decir, por parentesco natural. Cuando Pablo usa la expresión kata sarka, siempre implica que está considerando las cosas desde el punto de vista humano. (c) Pero otras veces usa la palabra sarx en un sentido que le es característico. Hablandó de los cristianos, se refiere al tiempo cuando estábamos en la carne (en sarkí, Romanos 7:5). Habla de los que andan conforme a la carne en contraposición a los que viven la vida cristiana (Romanos 8:4s). Dice que los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). Dice que la mentalidad de la carne es muerte, y enemiga de Dios (Romanos 8:6, 8). Habla de vivir de acuerdo con la carne (Romanos 8:12). Les dice a sus amigos cristianos: «Vosotros no estáis en la carne» (Romanos 8:9).

Está muy claro, sobre todo en el último ejemplo, que Pablo no usa la palabra carne refiriéndose al cuerpo, como cuando nosotros hablamos de carne y hueso. Lo que quiere decir realmente es la naturaleza humana con todas sus debilidades y su vulnerabilidad al pecado. Se refiere a la parte de nuestra persona que le sirve de cabeza de puente al pecado; es decir, nuestra naturaleza pecadora, aparte de Cristo; todo lo que nos ata al mundo en lugar de a Dios. Vivir conforme a la carne es llevar una vida dominada por los dictados y deseos de la naturaleza pecadora en lugar de una vida gobernada por el amor de Dios. La carne representa lo más bajo de la naturaleza humana.

Tenemos que damos cuenta de que, cuando Pablo piensa en la clase de vida que está dominada por sarx, no está pensando exclusivamente en los pecados sexuales o corporales. Cuando da una lista de las obras de la carne en Gálatas 5:1921, incluye los pecados sexuales y corporales, pero también la idolatría, el odio, la ira, la agresividad, las herejías, la envidia y el asesinato. Para él la carne no era algo material, sino espiritual; era la naturaleza humana en toda su debilidad y pecado, todo lo que el ser humano es aparte de Dios y de Cristo.

(ii) Está la palabra espíritu; en este solo capítulo aparece no menos de veinte veces. Esta palabra tiene, como la anterior, un trasfondo que le viene del Antiguo Testamento. En hebreo existe la palabra rúaj, que contiene dos ideas básicas:

(a) No quiere decir sólo espíritu, sino también viento; siempre tiene el sentido de algo poderoso, como un potente viento de tempestad.

(b) En el Antiguo Testamento siempre contiene la idea de algo que es más que humano. El Espíritu, para Pablo, representa un poder divino.

Así es que Pablo dice en este pasaje que hubo un tiempo cuando el cristiano estaba a merced de su propia naturaleza humana pecadora. En ese estado, la Ley era algo que le hacía pecar, de modo que iba de mal en peor, derrotado y frustrado. Pero, cuando se convirtió al Evangelio, vino a su vida el poder del Espíritu de Dios; y, en consecuencia, entró en una vida de victoria.

En la segunda parte del pasaje, Pablo habla del efecto de la Obra de Jesús en nosotros. Es complicado y difícil de entender, pero Pablo quiere decir lo siguiente: Recordemos que empezó este tema diciendo que todos pecamos en Adán. Ya hemos visto cómo la idea judía de la solidaridad le permitía afirmar que, literalmente, todos los seres humanos estamos implicados en el pecado de Adán y en su consecuencia, la muerte. Pero esto tiene otra cara: Jesús ha venido a este mundo con una naturaleza puramente humana; y le ha ofrecido a Dios una vida de perfecta obediencia, de perfecto cumplimiento de Su voluntad. Ahora bien: como Jesús era plenamente humano, de la misma manera que éramos uno con Adán somos ahora uno con Cristo; y de la misma manera que nos vimos involucrados en el pecado de Adán, ahora lo estamos en la perfección de Cristo. En Cristo, la humanidad Le ofreció a Dios la perfecta obediencia, lo mismo que en Adán le había ofrecido una desobediencia fatal. Los hombres que estaban antes involucrados en el pecado de Adán son ahora salvos porque están incluidos en la bondad de Cristo. Ese es el razonamiento de Pablo; y para él y para los que le leían era algo totalmente convincente, aunque sea difícil de entender para nosotros. Gracias a la Obra de Cristo, se nos ofrece a los cristianos una vida que no está dominada por la carne, sino por el Espíritu de Dios, que llena al hombre de un poder que antes no tenía ni conocía. Se le anula el castigo de su pasado y se le asegura la fuerza para su futuro.

Los dos principios de la vida

Los que viven de acuerdo con los dictados de la naturaleza humana pecadora están inmersos en las cosas de este mundo. Los que viven de acuerdo con los dictados del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Estar absorto en las cosas de este mundo conduce a la muerte; pero estarlo en las cosas del Espíritu conduce a la vida y a la paz. Porque el estar pendiente de las cosas que fascinan a nuestra naturaleza humana pecadora implica enemistad con Dios; porque así no se obedece a la Ley de Dios, ni se puede aunque se quisiera. Los que viven una vida exclusivamente mundana no pueden agradar a Dios; pero vosotros no estáis dominados por los intereses que fascinan a nuestra naturaleza humana pecadora, sino bajo el dominio del Espíritu en la medida que el Espíritu de Dios mora en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no pertenece a Cristo; pero si en vosotros está Cristo, aunque a causa del pecado vuestro cuerpo sea mortal, vuestro espíritu tiene la vida que ‹ viene de la justicia. Si está en vosotros el Espíritu del Que resucitó a Jesús, Él hará que hasta vuestros cuerpos mortales estén vivos mediante el Espíritu Que mora en vosotros.

Pablo está presentando el contraste entre dos clases de vida:

(i) La vida que está dominada por la naturaleza humana pecadora, cuyo centro es el yo, cuya única ley es el propio deseo, que se apodera de lo que quiere en cuanto puede. Personas diferentes describirán esa vida de forma diferente. Puede estar controlada por las pasiones, por la lujuria, por el orgullo o por la ambición. Se caracteriza por estar absorta en las cosas en las que pone su delicia la naturaleza humana sin Cristo.

(ii) Y la vida controlada por el Espíritu de Dios. Como los seres vivos necesitan el aire para vivir, así el cristiano vive en Cristo. De la misma manera que está en nosotros el aire que respiramos, así también Cristo. El cristiano no tiene una mente propia; su mente es la de Cristo (1 Corintios 2:16). No tiene deseos propios: la voluntad de Cristo es su única ley. Está gobernado por el Espíritu, controlado por Cristo, centrado en Dios.

Estas dos vidas van en sentidos diametralmente opuestos. La vida dominada por los deseos y las actividades de la naturaleza humana pecadora se dirige a la muerte. En el sentido más literal, no tiene futuro, porque se va alejando más y más de Dios. El permitir que las cosas del mundo dominen totalmente la vida conduce a la extinción, es un suicidio espiritual. Al vivir así uno se incapacita cada vez más para estar en la presencia de Dios. Se vuelve resentido contra la Ley y el control de Dios. No piensa en Dios como su amigo, sino como su enemigo.

La vida gobernada por el Espíritu, centrada en Cristo y orientada hacia Dios, se va acercando día a día al Cielo aun cuando sigue en la Tierra. Es una vida que es una marcha tan regular hacia Dios que la transición final de la muerte no es más que un paso más en el camino. Como Enoc, de quien se nos dice que su vida era un caminar con Dios, y Dios le tomó; o, como lo contó un niño, « se daba paseos con Dios, hasta que un día no volvió» (Génesis 5:24).

Cuando Pablo acababa de decir esto, se le ocurrió una objeción: «Tú dices que una persona controlada por el Espíritu va de camino a la vida; pero el hecho es que todos tenemos que morir. ¿Qué quieres decir?» Y Pablo contesta: «Todos los seres humanos mueren porque están involucrados en la situación humana. Cuando entró en el mundo el pecado, le siguió la muerte como una consecuencia natural. Por tanto, es inevitable que los seres humanos mueran; pero los que están controlados por el Espíritu y tienen a Cristo en el corazón mueren para resucitar.» El pensamiento fundamental de Pablo es que el cristiano está indisolublemente unido a Cristo. Ahora bien, Cristo murió y resucitó; y el que es uno con Cristo es uno con el Conquistador de la muerte y participa de Su victoria. La persona controlada por el Espíritu y unida a Cristo va de camino a la vida; la muerte no es más que un interludio inevitable que hay que pasar en el camino.

La entrada en la familia de Dios

Así es que, hermanos, tenemos una obligación, pero no con nuestra naturaleza humana pecadora, para vivir conforme a sus principios; porque si vivís conforme a los principios de la naturaleza humana pecadora, vais camino de la muerte; pero si matáis las obras del cuerpo por medio del Espíritu, viviréis. Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos y sólo esos son los hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un estado cuya condición dominante es la esclavitud, para volver a caer en una situación de terror; sino que habéis recibido un estado cuya característica dominante es la adopción, que nos hace clamar: «¡Abbá, Padre!» El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, entonces somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo. Si sufrimos con Él, también seremos glorificados con Él.

Pablo nos presenta otra gran alegoría de las suyas, con las que nos describe la nueva relación que tienen los cristianos con Dios. Dice que el cristiano es adoptado como hijo en la familia de Dios. Para entender la profundidad del sentido de este pasaje tenemos que saber algo de lo seria y complicada que era la adopción entre los romanos.

Lo que hacía de la adopción un asunto tan complicado y difícil era la patria potestas romana; es decir, la autoridad del padre sobre toda la familia. El padre tenía poder para disponer absolutamente de la familia; y, en los primeros tiempos, hasta de vida o muerte. En relación con su padre, un hijo nunca alcanzaba la mayoría de edad; siempre estaba bajo la patria potestas, y era propiedad absoluta de su padre, que podía disponer de él como quisiera. Ya se comprende que esto convertía la adopción por otra familia en un paso difícil y serio. Por la adopción, una persona pasaba de estar bajo una patria potestas a estar bajo otra.

Tenía dos etapas. La primera se llamaba mancipatio, y se llevaba a cabo mediante una venta simulada en la que se usaban simbólicamente unas monedas y una balanza. El simbolismo de la venta se llevaba a cabo tres veces: el padre hacía como que vendía a su hijo dos veces, y otras dos volvía a comprarlo; pero la tercera vez ya no le compraba, por lo cual se consideraba que quedaba rota la patria potestas. Luego seguía la ceremonia de vindicatio. El padre adoptante se dirigía al praetor, uno de los magistrados romanos, y presentaba el caso legal para la transferencia a su patria potestas de la persona que iba a adoptar. Cuando todo esto se completaba, quedaba consumada la adopción. No cabe duda de que era un proceso sumamente serio e impresionante.

Pero aún nos interesan más para comprender la alegoría de Pablo las consecuencias de la adopción. Las principales eran cuatro:

(i) La persona adoptada perdía todos los derechos que le hubieran correspondido en su vieja familia, y adquiría todos los de un hijo legítimo de la nueva familia. En el sentido legal más estricto, adquiría un nuevo padre.

(ii) Automáticamente quedaba constituido heredero de las propiedades de su nuevo padre. Aunque después le nacieran a éste otros hijos, eso no afectaba a sus derechos. Sería inalienablemente coheredero con ellos.

(iii) Para la ley, la vida anterior de la persona adoptada se borraba completamente. Por ejemplo: si tenía deudas, quedaban canceladas. Se le consideraba una nueva persona que empezaba una vida nueva sin la menor vinculación con el pasado.

(iv) Para la ley era hijo de su nuevo padre en todos los sentidos. La historia de Roma contaba un caso que dejaba bien claro hasta qué punto esto era verdad. El emperador Claudio adoptó a Nerón para que le sucediera en el trono. No eran parientes antes. Claudio ya tenía una hija, Octavia. Para consolidar la alianza Nerón se quería casar con ella; no había entre ellos ningún lazo de consanguinidad; sin embargo, para la ley eran hermanos, así es que no se podían casar a menos que el senado romano dictara una ley especial.

Eso es lo que está pensando Pablo aquí. Y usa además otra figura de la adopción romana: dice que el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos de veras hijos de Dios. La ceremonia de adopción se llevaba a cabo en presencia de siete testigos. Supongamos que el padre adoptante muriera, y se pusiera en duda el derecho a la herencia del hijo adoptivo; uno o más de los siete testigos se personaría y juraría que la adopción había sido genuina. Así quedaba garantizado el derecho de la persona adoptada. En nuestro caso, dice Pablo, es el mismo Espíritu Santo el que da testimonio de que Dios nos ha adoptado como sus hijos.

Vemos que todos los pasos de la adopción romana tenían un significado concreto para Pablo como ejemplo de nuestra adopción en la familia de Dios. Hubo un tiempo en el que estábamos bajo el control absoluto de nuestra naturaleza humana pecadora; pero Dios, en su misericordia, nos ha tomado como su exclusiva posesión. El pasado ya no tiene ningún derecho sobre nosotros; Dios es el único que tiene derecho absoluto. El pasado está cancelado, y las deudas borradas; empezamos una vida nueva con Dios, y somos herederos de todo lo que es suyo.

Ahora somos coherederos con Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios. Lo que Cristo hereda, nosotros lo heredamos también. Si Cristo tuvo que sufrir, nosotros también heredamos ese sufrimiento; pero como Cristo resucitó a la vida y a la gloria, nosotros también heredamos esa vida y gloria.

En esta alegoría de Pablo, cuando una persona llega a ser cristiana entra en la familia de Dios. No había hecho nada para merecerlo; Dios, el gran Padre, en su maravilloso amor, ha tomado al perdido, indigente, desahuciado y endeudado pecador, y le ha adoptado en su familia, de forma que sus deudas han quedado canceladas, y hereda la gloria.

La gloriosa esperanza

Estoy convencido de que los sufrimientos de la era presente no se pueden comparar con la gloria que se nos va a mostrar. El mundo de la creación espera con anhelante expectación, el día en que los que son hijos de Dios se van a manifestar en toda su gloria. Porque el mundo creado ha sido sometido al caos, no por propia voluntad, sino por medio del que le sometió a tal condición de sujeción, y todavía tiene la esperanza de que el mundo creado también participará de la liberación de la esclavitud ala caducidad y entrará en la gloriosa libertad de los hijos de Dios; porque sabemos que toda la creación está unida en gemidos y agonías. Y esto no se limita al mundo creado, sino que también nos incluye a nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu Santo como adelanto de la gloria venidera; sí, nosotros también gemimos en nuestro interior esperando intensamente la plena realización de la adopción en la familia de Dios. Me refiero a la redención de nuestro cuerpo. Porque ahora somos salvos en esperanza; pero una esperanza que ya se disfruta no sería esperanza; porque, ¿quién espera lo que ya tiene? Pero esperar lo que no vemos todavía es esperarlo ansiosamente con paciencia.

Pablo ha estado hablando de la gloria de la adopción en la familia de Dios, y ahora vuelve al estado turbulento del mundo presente. Traza un gran cuadro. Habla con visión poética. Ve a toda la naturaleza esperando la gloria que será. Por el momento, la creación está sometida a la esclavitud de la caducidad. En el mundo se marchita la belleza y se aja el encanto; es un mundo caduco, pero en espera de la liberación y la realización. Para pintar este cuadro, Pablo estaba usando ideas que cualquier judío podría reconocer y entender. Habla de la edad presente y de la gloria que se manifestará. El pensamiento judío dividía la historia del tiempo en dos secciones: la edad presente y la edad por venir. La edad presente era totalmente mala, sometida al pecado, a la muerte y a la corrupción. Pero alguna vez llegaría el Día del Señor. Sería un día de juicio en el que se sacudirían hasta los mismos cimientos del mundo; pero de su ruina surgiría un nuevo mundo.

La renovación del mundo era uno de los grandes pensamientos judíos. El Antiguo Testamento habla de ella sin multiplicar o elaborar detalles: « He aquí que Yo crearé nuevos cielos y nueva Tierra» (Isaías 65:17). Pero en los días entre los dos Testamentos, cuando los judíos eran oprimidos, esclavizados y perseguidos, soñaban con aquella nueva Tierra y con aquel mundo renovado.

« La viña dará diez mil veces más fruto, y en cada cepa habrá mil sarmientos, y cada sarmiento producirá mil racimos, y cada racimo tendrá mil uvas, y cada uva dará un coro de vino. Y los que hayan pasado hambre se regocijarán; además, contemplarán maravillas todos los días, porque los vientos saldrán de mi Presencia para traer cada mañana la fragancia de frutos aromáticos, y a la caída de la tarde las nubes destilarán rocíos salubres» (Apocalipsis de Baruc 29:5). «Y la tierra, y todos los árboles, y los innumerables rebaños de ovejas darán fielmente a la humanidad sus productos de vino y dulce miel y blanca leche y cereales que son el regalo más excelente para los hombres» (Oráculos sibilinos 3:620-633).

« La Tierra, la madre universal, dará a los mortales sus mejores frutos en incalculables cantidades de grano, vino y aceite. Sí, de los cielos descenderá una dulce lluvia de deliciosa miel. Todos los árboles darán su propio fruto, y los ricos rebaños y manadas darán terneros, corderos y cabritos. Él hará que las dulces fuentes de blanca leche broten y corran. Y las ciudades estarán llenas de cosas buenas, y los campos, feraces. Y no habrá ninguna espada en todo el país, ni ruido de batalla; ni será conmovida la Tierra nunca más con gemidos profundos. Ya no habrá más guerras, ni sequías en todo el país, ni hambruna, ni granizo que destruya las cosechas» (Oráculos sibilinos 3:744-756).

El sueño de un mundo renovado les era muy querido a los judíos. Pablo lo sabía y aquí, por así decirlo, dota a la creación de sensibilidad. Concibe la naturaleza esperando anhelante el día en que será quebrantado el dominio del pecado, y la muerte y la corrupción habrán pasado, y vendrá la gloria de Dios. Con un detalle de imaginación poética, dice que el estado de la naturaleza era aún peor que el de los seres humanos; porque éstos habían pecado deliberadamente; pero aquélla había sido sojuzgada involuntariamente. Inconscientemente se había visto involucrada en las consecuencias del pecado humano. «Maldita será la tierra por tu causa», dijo Dios a Adán después de la caída (Génesis 3:17). Y aquí Pablo, con visión poética, contempla a la naturaleza esperando la liberación de la muerte y de la corrupción que ha traído al mundo el pecado humano.

Si eso es verdad de la naturaleza, es todavía más verdad de la humanidad; así es que Pablo pasa a considerar la ansiedad humana. En la experiencia del Espíritu Santo los hombres tienen un anticipo, un primer plazo de la gloria que ha de ser; ahora anhelan con-,todo el corazón la plena realización del significado de su adopción en la familia de Dios. La manifestación final de esa adopción será la redención del cuerpo. Pablo no pensaba que la criatura humana en su estado de gloria sería un espíritu sin cuerpo. En este mundo, el hombre es un cuerpo y un espíritu; en el mundo de la gloria, el hombre será salvo en su totalidad.

Pero su cuerpo ya no será la víctima de la caducidad y el instrumento del pecado, sino un cuerpo espiritual apto para la vida del hombre espiritual.

Entonces viene el gran dicho: «Somos salvos por esperanza.» La verdad resplandeciente que iluminaba la vida para Pablo era que la situación humana no es desesperada. Pablo no era pesimista. H. G. Wells dijo una vez: «El hombre, que empezó al abrigo de una cueva, terminará en las ruinas de un suburbio contaminado por la enfermedad.» Pero Pablo no decía eso. Veía el pecado humano y el estado del mundo; pero veía también el poder redentor de Dios. Por lo tanto, lo veía todo con esperanza. La vida no era para él una espera desesperada del trágico final de un mundo sitiado por el pecado, la muerte y la corrupción; sino una anticipación anhelante de la liberación, la renovación y la recreación que obrarán la gloria y el poder de Dios.

En el versículo 19 se usa una palabra maravillosa para anhelante expectación, apokaradokía, que describe la actitud del que adelanta la cabeza y aguza la mirada escrutando el horizonte para descubrir en la distancia las primeras señales del amanecer de la gloria. Para Pablo la vida no era una fatigosa y frustrante espera, sino una expectación gozosa y trepidante. El cristiano está involucrado en la situación humana. Por dentro, tiene que luchar con su propia naturaleza humana pecadora; por fuera, tiene que vivir en un mundo de muerte y corrupción. Sin embargo, el cristiano no vive sólo en este mundo: ¡también vive en Cristo! No mira solamente a las cosas de este mundo, sino también hacia Dios. Además de las consecuencias del pecado humano, ve también el poder, la misericordia y el amor de Dios. Por tanto, la clave de la vida cristiana es siempre la esperanza y nunca la desesperación. El cristiano espera, no la muerte, sino la vida.

Todo es de Dios

A todo esto, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos qué es lo que debemos pedir, si hemos de pedir como debemos. Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que trascienden el lenguaje humano; y el Que escudriña los corazones sabe lo que quiere decir el Espíritu, porque intercede de acuerdo con la voluntad de Dios por aquellos cuyas vidas Le están consagradas. Sabemos que Dios dirige todas las cosas para el bien de los que Le aman, es decir, de los que son llamados conforme a Su propósito. Porque aquellos a los que ha conocido desde siempre, también hace mucho los designó para que llegaran a ser semejantes a da imagen de Su Hijo, para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que hace mucho designó para este fin, a esos también los llamó; y a los que llamó, también los puso en buena relación con Él; y a los que puso en la debida relación con Él, también los glorificó. Los primeros dos versículos forman uno de los pasajes más importantes que encontramos en el Nuevo Testamento acerca de la oración. Pablo dice que, por nuestra debilidad, no sabemos qué es lo que debemos pedir; pero que las oraciones que nosotros deberíamos hacer las hace por nosotros el Espíritu Santo. C. H. Dodd definía la oración de esta manera: «La oración es lo divino en nosotros apelando a lo Divino sobre nosotros.»

Hay dos razones muy obvias por las que no podemos orar como debiéramos. La primera es porque no podemos predecir el futuro. No podemos ver el año que viene, ni siquiera la hora que viene; y por tanto, puede que pidamos ser librados de cosas que serían para nuestro bien, y que se nos concedan otras que nos causarían la ruina. Y en segundo lugar, no podemos orar como es debido porque, en una situación dada, no sabemos qué es lo que más nos conviene. Muchas veces estamos en la situación del niño que quiere algo que le podría traer muchos males; y Dios está muchas veces en el lugar del padre que tiene que negarle al hijo lo que le pide, y mandarle hacer lo que no quiere; porque sabe mejor que el niño lo que le conviene. Los griegos ya sabían eso. Pitágoras les prohibía a sus discípulos pedir para sí mismos porque, decía, no podían saber lo que les convenía a causa de su ignorancia. Jenofonte nos cuenta que Sócrates enseñaba a sus discípulos a orar sencillamente por cosas buenas, sin especificarlas, sino dejándole a Dios decidir qué cosas eran buenas para ellos. C. H. Dodd lo expresa diciendo que no podemos saber cuáles son nuestras verdaderas necesidades, ni abarcar con nuestras mentes finitas todo el plan de Dios; en última instancia, todo lo que podemos dirigir a Dios es un suspiro inarticulado que el Espíritu Santo Le traducirá por nosotros.

Pablo veía que la oración, como todo lo demás, es cosa de Dios. Pablo veía que al hombre no le es posible justificarse por su propio esfuerzo; y también sabía que no puede el hombre, por mucho que quiera forzar su inteligencia, saber lo que tiene que pedirle a Dios. En última instancia, la oración perfecta es decir sencillamente: « Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu. Hágase Tu voluntad y no la mía.»

Pero Pablo sigue adelante. Dice que los que aman a Dios, y que han sido llamados conforme a Su propósito, saben muy bien que Dios combina todas las cosas para su bien. Es la experiencia del cristiano que todas las cosas cooperan a su bien. No tenemos que ser muy viejos para mirar atrás y ver que las cosas que considerábamos desastrosas resultaron a nuestro favor; y las que nos causaron una desilusión luego resultaron una bendición.

Pero tenemos que advertir que esa experiencia no les sucede más que a los que aman a Dios. Los estoicos tenían una gran idea que puede que Pablo tuviera en mente al escribir este pasaje. Una de sus grandes concepciones era el Logos de Dios, que era Su mente o razón. Los estoicos creían que el Logos estaba inherente en la creación, y le daba sentido al mundo. Era el Logos el que mantenía las estrellas en sus cursos y los planetas en sus derroteros señalados. Era el Logos el que controlaba la sucesión ordenada de los días y las noches y de las estaciones del año. El Logos era la razón y la mente de Dios en el universo, haciendo que fuera un orden y no un caos.

Pero los estoicos iban más lejos. Creían que el Logos no sólo tenía un orden establecido para el universo sino también un plan y un propósito para cada ser humano. Para decirlo de otra manera, creían que a una persona no le podía suceder nada que no viniera de Dios y que no fuera parte del plan de Dios para ella. Epicteto escribió: «Ten valor para elevar la mirada a Dios y decirle: «Trátame como Tú quieras desde ahora en adelante. Soy uno contigo; soy tuyo; no me resisto a nada que Tú consideres bueno. Guíame adonde Tú quieras; vísteme como Tú quieras. ¿Quieres que me encargue de algo o que lo rechace, que me quede o que me retire, que sea rico o pobre? Por esto Te defenderé ante los hombres.»» Los estoicos enseñaban que el deber de todo hombre era la aceptación. El que aceptaba las cosas que Dios le enviaba experimentaba la paz.Si las resistía, estaba machacándose la cabeza inútilmente contra el propósito ineludible de Dios.

Pablo tiene la misma idea. Dice que todas las cosas colaboran para el bien, pero sólo de los que aman a Dios. Si una persona ama y confía y acepta a Dios, si está convencida de que Dios es el Padre infinitamente sabio y amoroso, entonces puede aceptar todo lo que le manda Dios. Uno puede ir al médico, que le prescribe un tratamiento que al principio es desagradable y hasta doloroso; pero si confía en el médico, acepta lo que le prescribe. Así nos sucede a nosotros si amamos a Dios. Pero si uno no ama a Dios ni confía en Él, se quejará de lo que le sucede y peleará contra la voluntad de Dios. Sólo al que ama a Dios y confía en Él todas las cosas ayudan para bien, porque para él vienen de un Padre que siempre obra bien y con sabiduría, amor y poder que son perfectos.

Pablo va más lejos; pasa a hablar de la experiencia espiritual de cada cristiano. La versión Reina-Valera lo expresa de una manera inolvidable: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» Este es un pasaje que desgraciadamente se ha usado mal. Si hemos de llegar a entenderlo, tenemos que reconocer el sencillo hecho de que Pablo nunca se propuso que fuera una formulación teológica o filosófica; lo que quería era que fuera una expresión casi lírica de la experiencia cristiana. Si lo tomamos como filosofía o teología y le aplicamos las leyes de la fría lógica, querrá decir que Dios escogió a unos y no a otros.

Y no es eso lo que quiere decir. Piensa en la experiencia cristiana. Cuanto más la considera un cristiano más se convence de que él no tuvo nada que ver con ello y que todo es cosa de Dios. Jesucristo vino a este mundo, vivió, fue a la Cruz, resucitó. Nosotros no hicimos nada para que todo eso sucediera; es la Obra de Dios. Nosotros oímos la historia de este amor maravilloso. No la hicimos; solamente la recibimos. El amor despertó en nuestros corazones; vino la convicción de pecado, y con ella la experiencia del perdón y de la salvación. No lo realizamos nosotros; todo es de Dios. Eso es lo que Pablo está pensando aquí.

El Antiguo Testamento usa la palabra conocer de una manera iluminadora. «Yo te conocí en el desierto», le dijo Dios a Oseas acerca de Su pueblo Israel (Oseas 13:5). « A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la Tierra», le dijo Dios a Amós (Amós 3:2). Cuando la Biblia dice que Dios conoce a un hombre, quiere decir que tiene un propósito y un plan y una tarea para él. Y cuando miramos hacia atrás y pensamos en nuestra experiencia cristiana, todo lo que podemos decir es: «Yo no lo hice; jamás hubiera podido hacerlo; Dios es el Que lo hizo todo.» Y sabemos muy bien que eso no es negar nuestra libertad. Dios conocía a Israel; pero llegó el día cuando Israel rechazó el destino que Dios le había asignado. La dirección invisible de Dios está en nuestra vida; pero en cualquier momento podemos rechazarla y seguir nuestro propio camino.

Es la profunda experiencia de todo cristiano que todo es de Dios; que él no hizo nada, y que Dios lo hizo todo. Eso es lo que Pablo quiere decir aquí: que Dios nos ha elegido para la salvación desde el principio del tiempo; que a su debido tiempo nos dirigió Su llamada; pero el orgullo del corazón humano puede estropear el plan de Dios, y la desobediencia de la voluntad del hombre puede rechazar la invitación de Dios.

El amor del que nada nos puede separar

Entonces, ¿qué podemos decir nosotros a todo esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra nuestra? Si Dios mismo no escatimó ni el dar a Su propio Hijo, sino Le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo vamos a pensar que no nos dará generosamente con Él todas las cosas? ¿Quién se atreverá a acusar a los que Dios ha elegido, si es Dios Quien los absuelve? ¿Y quién nos va a condenar, si el Que intercede por nosotros es Jesús, el que murió y resucitó y está sentado ala diestra de Dios? ¿Quién o qué nos podrá apartar del amor de Cristo? ¿Pruebas, opresión, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada? Porque escrito está: «Por causa de Ti nos están matando a todas horas, y nos consideran como ovejas para la matanza. » ¡Pero si en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó! Así es que yo estoy convencido de que no nos puede apartar del amor que Dios nos ha mostrado en nuestro Señor Jesucristo ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni la edad presente, ni la edad por venir, ni poderes, ni alturas, ni profundidades, de esta o de ninguna otra creación, nos podrá apartar del amor que Dios nos ha mostrado en nuestro Señor Jesucristo.

Este es uno de los pasajes más líricos del apóstol Pablo. En el versículo 32 hay una maravillosa alusión que impactaría a cualquier judío que conociera bien el Antiguo Testamento: « Por amor a nosotros Dios no escatimó ni el dar a su propio Hijo; no cabe duda de que esa es la garantía definitiva de que nos ama lo suficiente para suplir todas nuestras necesidades.» Las palabras que usa Pablo refiriéndose a Dios son las mismas que Dios usó acerca de Abraham, que Le demostró su lealtad a ultranza cuando estuvo dispuesto a sacrificarle a su propio hijo único Isaac cuando Dios se lo mandó. Dios le dijo: «No te has negado a darme a tu hijo, a tu único hijo» (Génesis 22:12). Pablo parece decir: « Considera el ejemplo más grande del mundo que ha dado un hombre de su lealtad a Dios; así es la lealtad de Dios contigo.» De la misma manera que Abraham fue tan leal a Dios que estuvo dispuesto a sacrificarle lo más precioso que tenía, Dios es tan leal a los hombres que estuvo dispuesto a sacrificar a su propio Hijo único por ellos. Sin duda podemos confiar en una lealtad así para todo.

Es difícil decidir cómo hemos de tomar los versículos 3335. Se pueden tomar de dos maneras, cada una de las cuales tiene un sentido excelente y contiene una preciosa verdad.

(i) Podemos tomarlos como dos afirmaciones seguidas de dos preguntas que les hacen referencia:

(a) Es Dios el que declara a los hombres no culpables -esa es la afirmación-. Siendo así, ¿quién se atreverá a condenar a los hombres? Si es Dios Quien ha declarado a los hombres no culpables, entonces están a salvo de que nadie los condene.

(b) Ponemos nuestra fe en Cristo, Que murió y resucitó y vive para siempre -esta es la afirmación-.Siendo así, ¿puede haber algo en este o en otro mundo que nos pueda separar de nuestro Señor Resucitado?

Si lo interpretamos así, se establecen dos grandes verdades:

(a) Dios nos ha declarado no culpables; por tanto, nadie nos puede condenar.

(b) Cristo ha resucitado; por tanto, no hay nada que nos pueda separar de Él.

(ii) Pero hay otra manera de interpretarlo. Dios nos ha declarado no culpables. Entonces, ¿quién nos puede condenar? Y la respuesta es que Jesucristo es el Juez de toda la humanidad, el único que tiene derecho a condenar -pero, lejos de condenar, está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros; así que estamos a salvo. Puede que Pablo esté diciendo algo muy maravilloso en el versículo 34. Está diciendo cuatro cosas acerca de Jesús:

(a) Que murió.

(b) Que resucitó.

(c) Que está a la diestra de Dios.

(d) Que allí intercede por nosotros.

Ahora bien: el primer credo de la Iglesia Cristiana, que sigue siendo la quintaesencia de todos los credos, dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado; al tercer día resucitó de la muerte, y está sentado a la diestra de Dios; de allí vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. » Tres afirmaciones de la declaración de fe de Pablo coinciden con las del credo de la Iglesia Primitiva: que Jesús murió, que resucitó y que está sentado a la diestra de Dios. Pero la cuarta es diferente. En el credo es que Jesús vendrá como Juez de vivos y muertos. En Pablo, que Jesús está a la diestra de Dios defendiéndonos como nuestro Abogado. Es como si Pablo dijera: «Creéis que Jesús es el Juez que está ahí para condenaros; y bien pudiera, porque tiene derecho. Pero os equivocáis. No está ahí como Fiscal, sino como Abogado encargado de nuestra defensa.»

Yo creo que la segunda forma es la correcta. En un tremendo salto de pensamiento, Pablo contempla a Cristo, no como Juez, sino como Amador de las almas de los hombres.

Con fervor de poeta y en rapto de amante, Pablo prosigue cantando que nada .nos puede separar del amor de Dios que se nos ha manifestado nuestro Señor Resucitado.

(i) Ni la aflicción, ni las penalidades de la vida, ni el peligro nos pueden separar (versículo 35). Los desastres del mundo no separan de Cristo al que es Suyo, sino le acercan más a Él.

(ii) En los versículos 38 y 39 Pablo hace una lista de cosas terribles.

(a) Ni la vida ni la muerte nos pueden separar de Cristo. En la vida, vivimos con Cristo; en la muerte, morimos con Él; y como morimos con Él, también resucitamos con Él. La muerte, lejos de ser una separación, es solamente un paso hacia una más íntima unión; no es el final, sino « la puerta en el Cielo» que nos da acceso a la presencia de Jesucristo.

(b) Los poderes angélicos no nos pueden separar de Él. En aquel tiempo, los judíos habían desarrollado mucho la creencia en los ángeles. Todo tenía su ángel: había ángeles de los vientos, de las nubes, de la nieve, del granizo y de la escarcha, del trueno y del rayo, del frío y del calor, y de las estaciones. Los rabinos decían que no había nada en el mundo, ni siquiera una brizna de hierba, que no tuviera su ángel. Según los rabinos había tres rangos de ángeles: el primero incluía tronos, querubines y serafines; el segundo, poderes, señoríos y fuerzas, y el tercero, ángeles, arcángeles y principados. Pablo se refiere a estos ángeles en más de una ocasión (Efesios 1:21; 3:10; 6:12; Colosenses 2:10, 15; 1 Corintios 15:24). Ahora bien: los rabinos -y recordemos que Pablo había sido uno de ellos-creían que los ángeles eran poco amigos de los humanos. Creían que se habían enfadado cuando Dios creó a los hombres; se habían puesto celosos, porque no querían compartir a Dios con otra especie. Los rabinos tenían la leyenda de que, cuando Dios se apareció en el monte Sinaí para darle la Ley a Moisés, estaba rodeado de sus ejércitos de ángeles, que no estaban de acuerdo con que se diera la Ley a Israel y asaltaron a Moisés cuando subía a la montaña y le hubieran impedido llegar arriba si Dios mismo no hubiera intervenido. Así es que Pablo, haciéndose eco de las ideas de su tiempo, dice que « ni siquiera los mezquinos y celosos ángeles nos pueden separar del amor de Dios, por mucho que lo intenten.»

(c) No hay época de la Historia que nos pueda separar de Cristo. Pablo habla de cosas presentes y cosas por venir. Sabemos que los judíos dividían el tiempo en esta era presente y la era por venir. Pablo está diciendo: « En este mundo presente no hay nada que nos pueda separar de Dios en Cristo; llegará el día cuando este mundo será sacudido y amanecerá la nueva era. Pero no importa; porque entonces tampoco, cuando se acabe este mundo y se haga realidad el nuevo, el lazo de unión con Cristo permanecerá.»

(d) Ninguna influencia maligna (poderes) nos separará de Cristo. Pablo menciona específicamente altura y profundidad. Son términos de astrología. El mundo antiguo estaba obsesionado con la idea de la tiranía de las estrellas. Creían que todas las personas nacemos bajo una cierta estrella que decide nuestro destino. Todavía hay algunos que creen en la influencia de las estrellas; pero en el mundo antiguo era una creencia más general y obsesiva. La altura (hypsóma) era cuando una estrella estaba en su cenit, y se suponía que su influencia era máxima; profundidad (hathos) era cuando estaba en su nadir, dispuesta a empezar a ascender y ejercer su influencia en alguna persona. Pablo dice a los que estaban -y a los que están- obsesionados con estas cosas: «Las estrellas no te pueden hacer ningún daño. En su subir y bajar son impotentes para separarte del amor de Dios.»

(e) Ni ningún otro mundo nos podrá separar de Dios. La palabra que usa Pablo para otro es héteros, que significa realmente diferente. Está diciendo: «Supongamos que, inexplicablemente, como por arte de magia, os encontrarais en otro mundo totalmente diferente de éste. Estaríais a salvo: seguiría envolviéndoos el amor de Dios.»

Aquí tenemos una visión que despeja toda soledad y todo temor. Pablo está diciendo: «Podéis pensar en cualquier cosa aterradora que pueda producir este mundo o cualquier otro mundo diferente: ninguna de ellas conseguirá separar al cristiano del amor de Dios que se encuentra en Jesucristo. Que es Señor de todo terror y de todo mundo.» En Él se hace realidad la seguridad que anunciaba proféticamente el salmo 27: El Señor es mi luz y mi salvación. ¿De quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida. ¿De quién he de atemorizarme?

El problema de los judíos

En los capítulos 9 al 11 Pablo se enfrenta con uno de los problemas más desconcertantes que se le presentan a la Iglesia Cristiana: el problema de los judíos. Los judíos eran el pueblo escogido de Dios; habían ocupado un lugar exclusivo en el propósito de Dios; y sin embargo, cuando vino al mundo el Hijo de Dios, Le rechazaron y Le crucificaron. ¿Cómo se puede explicar esta trágica paradoja? Este es el problema que Pablo trata de resolver en estos capítulos, complicados y difíciles. Antes de empezar a estudiarlos en detalle, será conveniente que veamos en líneas generales la solución que Pablo nos presenta.

Hay algo que debemos tener presente antes de empezar a desentrañar el pensamiento de Pablo, y es que estos capítulos no se escribieron con ira, sino con profundo dolor de corazón. Pablo no podía olvidar que era judío, y estaba dispuesto a dar su vida para traer a sus hermanos de raza a Jesucristo.

Pablo no niega nunca que los judíos eran el pueblo escogido. Dios los había adoptado como propios; les había dado los pactos, el culto del Templo y la Ley; les había concedido la presencia de Su misma gloria, y les había dado los patriarcas.

Pero, sobre todo, Jesús era judío, de la tribu de Judá, como estaba profetizado. Pablo acepta como axioma en toda esta cuestión que los judíos ocupaban un lugar especial en la economía de la Salvación.

Lo primero que Pablo aclara en su argumento es que, si bien es cierto que los judíos, como nación, rechazaron y crucificaron a Jesús, también lo es que no todos los judíos Le rechazaron; algunos Le recibieron y creyeron en Él, porque todos los primeros seguidores de Jesús eran judíos. A continuación, Pablo repasa la historia, e insiste en que lo que hace que un hombre sea judío no es el ser descendiente de Abraham. Repetidas veces en la historia de Israel hubo un proceso de selección -Pablo lo llama elección- en el que algunos descendientes de Abraham fueron elegidos, y otros rechazados. En el caso del mismo Abraham, su hijo Isaac, que nació en cumplimiento de la promesa de Dios, fue elegido; pero Ismael, que nació sencillamente como el resultado de un proceso natural, no lo fue. En el caso de Isaac, su hijo Jacob fue elegido; pero el mellizo de éste, Esaú, no. Esta selección no era el resultado de los méritos personales, sino de la sabiduría y la soberanía de Dios.

Además, el verdadero pueblo escogido nunca era toda la nación, sino un resto fiel, unos pocos que eran leales a Dios cuando todos los demás Le negaban. Ese fue el caso en los días del profeta Elías, cuando permanecieron fieles al Señor siete mil, mientras la mayoría de la nación se había apartado para seguir a Baal. Era una parte esencial de la enseñanza de Isaías, que dijo: «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, sólo un resto de ellos se salvará» (Isaías 10:22; Romanos 9:27). Lo que Pablo deja bien sentado es que nunca fue toda la nación el pueblo escogido. Siempre hubo selección por parte de Dios.

Sin embargo, el que Israel fuera rechazado no fue insensible ni caprichoso. Se le cerró la puerta a Israel para que pudiera abrírsele a los gentiles. Dios endureció el corazón de los judíos y cegó sus ojos con el propósito final de abrirles el camino de la fe a los gentiles.

¿Qué error fundamental cometieron los judíos? Pablo sostiene que, aunque estaba en el plan de Dios el que los judíos fueran rechazados, sin embargo no tenía por qué haber sucedido. No se podía desembarazar de la paradoja eterna -ni lo pretendía- de que, al mismo tiempo, todo es cosa de Dios y el hombre es libre. El error fundamental de los judíos fue que intentaron llegar a la perfecta relación con Dios por su propio esfuerzo. Trataron de ganarse la Salvación; mientras que los gentiles se limitaron a aceptar con perfecta confianza lo que Dios les ofrecía. Los judíos deberían haber sabido que la única manera de llegar a Dios era mediante la fe, y que los logros humanos no llevan a ninguna parte. Así lo expresó Isaías: «Nadie que ponga en Él su confianza quedará defraudado» (Isaías 28:16; Romanos 10:11). Y Joel: «Todos los que invoquen el Nombre del Señor se salvarán» (Joel 2:32; Romanos 10:13). Es verdad que nadie puede tener fe hasta oír el ofrecimiento de Dios; pero a los judíos se les hizo el ofrecimiento. Ellos se aferraron al mérito humano de la obediencia a la Ley; se lo jugaron todo a sus obras; pero deberían haber sabido que el camino que conduce a Dios es el de la fe, porque ya se lo habían dicho los profetas.

Una vez más es necesario subrayar que todo esto era el plan de Dios, y que Su propósito era que los gentiles pudieran entrar.

Por tanto, Pablo se vuelve ahora a los gentiles. Les dice que no caigan en el orgullo. Están en la posición del acebuche del que se han injertado algunas ramas en el olivo cultivado. No merecieron la Salvación más que los judíos; de hecho, dependen de los judíos, porque no son más que ramas injertas: la raíz y el tronco son el pueblo de Israel. El que fueran elegidos y los judíos rechazados no debe producir orgullo en el corazón de los gentiles, porque si no ellos también serán rechazados.

¿Acaban aquí y así las cosas? ¡De ninguna manera! El propósito de Dios es que los judíos sientan envidia de la relación que los creyentes gentiles tienen con Él, y eso los mueva a solicitar su admisión. Moisés dijo: « Os hago tener celos de los que no son la nación; os provocaré a envidia con los que no Me conocían» (Deuteronomio 32:21; Romanos 10:19). Al final, los gentiles serán el instrumento para la Salvación de los judíos: « Y así se salvará todo Israel» (Romanos 11:26).

Vamos a resumir los pasos por los que Pablo llega a este final de su argumento:

(i) Israel es el pueblo escogido.

(ii) Pertenecer a Israel quiere decir más que ser descendiente natural. Siempre ha habido elección dentro de la nación, y los verdaderamente elegidos eran el resto fiel.

(iii) La selección que Dios hace no es injusta.

(iv) Dios endureció el corazón de los judíos, pero sólo para abrirles la puerta a los gentiles.

(v) El error de Israel era depender de los méritos humanos sobre la base de la Ley; el único acceso a Dios es el del corazón totalmente confiado.

(vi) Los gentiles no tienen por qué estar orgullosos; porque no son más que ramas del olivo borde injertas en el olivo cultivado. Y eso es algo que no debemos olvidar jamás.

(vii) La cosa no termina ahí; los judíos se sentirán tan avergonzados y envidiosos del privilegio que han recibido los gentiles que, al final, éstos los harán entrar.

(viii) Así que, al final, tanto los judíos como los gentiles se salvarán.

La gloria se encuentra al final del argumento de Pablo. Empezó diciendo que algunos eran aceptados y otros rechazados.Pero acaba diciendo que la voluntad de Dios es que todos se salven (Cp. 1 Timoteo 2:4).

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