Romanos 6 Muertos al pecado a través de la unión con Cristo

Romanos 6: Muertos al pecado a través de la unión con Cristo

¿Qué consecuencia sacaremos? ¿Que hemos de seguir pecando para que abunde la Gracia? ¡De ninguna manera! ¿Cómo vamos a vivir todavía en el pecado si hemos muerto para él? ¿Es que no os dais cuenta de que todos los que hemos sido introducidos en Cristo por el bautismo hemos sido bautizados en Su muerte? Nuestra muerte ha sido tan real que hemos sido sepultados con Él mediante el bautismo, a fin de que, como Cristo fue levantado de los muertos por la gloria del Padre, así nosotros, también, vivamos una vida nueva. Porque, si hemos llegado a estar unidos a ÉL en la semejanza de Su muerte, así también estaremos unidos a Él en la semejanza de Su Resurrección. Porque esto sí sabemos: que nuestro viejo yo ha sido crucificado con ÉL para que nuestro cuerpo pecador pierda su operatividad, para que dejemos de ser esclavos del pecado. Porque uno que ha muerto ya ha quedado exculpado de pecado. Pero, si hemos muerto con Cristo, creemos que igualmente viviremos con Él; porque sabemos que Cristo, después de Su Resurrección, ya no muere más. La muerte ya no tiene ningún dominio sobre Él. El Que murió, murió una vez por todas al pecado; y el Que vive, vive para Dios. Así vosotros también debéis consideraros muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo.

Como ya ha hecho varias veces en esta carta, Pablo vuelve aquí a tener una discusión con una especie de oponente imaginario. La discusión surge del gran dicho que apareció al final del capítulo anterior: «Cuando el pecado se hizo más abundante y grave, lo sobrepujó la Gracia.» Podemos reconstruirlo así.

Objetor.- Acabas de decir que la Gracia de Dios es suficientemente grande para perdonar cualquier pecado.

Pablo.- Y lo mantengo.

Objetor.- Estás diciendo que la Gracia de Dios es la cosa más maravillosa del mundo.

Pablo.- Eso es.

Objetor.- Pues entonces, ¡sigamos pecando! Cuanto más pequemos, más abundará la Gracia. El pecado no importa, porque Dios lo va a perdonar de todas maneras. De hecho, aún podríamos decir más: que el pecado es algo excelente, porque le ofrece a la Gracia una oportunidad de manifestarse. La conclusión de tu razonamiento es que el pecado produce la Gracia; y por tanto tiene que ser una cosa buena, ya que produce la cosa más grande del mundo.

La primera reacción de Pablo es retirarse de la discusión sobrecogido de horror: « ¿Es que sugieres -pregunta- que deberíamos seguir pecando para darle más oportunidades a la Gracia de seguir operando? ¡No permita Dios que sigamos un curso de acción tan inaceptable!»

Pero luego pasa a otra cosa: «¿Has pensado alguna vez -pregunta- lo que te sucedió cuando te bautizaste?» Ahora bien, cuando intentamos entender lo que Pablo dice a continuación tenemos que recordar que el bautismo en su tiempo era distinto de lo que es corrientemente hoy.

(a) Era bautismo de adultos. En la Iglesia Primitiva una persona mayor venía a Cristo individualmente, a menudo dejándose atrás a la familia.

(b) El bautismo en la Iglesia Primitiva estaba íntimamente relacionado con la confesión de fe. Una persona era bautizada cuando entraba en la Iglesia dejando el paganismo. A1 bautizarse, una persona hacía una decisión que producía un corte radical en su vida, lo que muchas veces quería decir que acababa una vida y empezaba otra totalmente distinta.

(c) Generalmente el bautismo era por inmersión total, y esa práctica simbolizaba una verdad que no queda tan clara en el bautismo por aspersión. Cuando una persona descendía al agua, y era sumergida totalmente, era como si la enterraran. Cuando salía del agua, era como si resucitara saliendo de la tumba. El bautismo quería decir simbólicamente morir y resucitar. La persona moría a una clase de vida y resucitaba a otra; moría para la vieja vida del pecado, y resucitaba a la nueva vida de la Gracia.

Para comprender todo esto tenemos que recordar de nuevo que Pablo estaba usando un lenguaje y unas alegorías que casi todos los de su tiempo y generación entenderían. Tal vez nos parezcan extraños a nosotros, pero no lo eran para sus contemporáneos.

Los judíos le entenderían. Cuando se convertía un pagano al judaísmo, tenía que hacer tres cosas: sacrificio, circuncisión y bautismo. El gentil entraba en la fe de Israel mediante el bautismo, cuyo ritual tenía estas partes: El que iba a bautizarse se cortaba el pelo y las uñas; se desnudaba totalmente; el baptisterio tenía que contener por lo menos 40 seahs -es decir, unos 500 litros, medio metro cúbico de agua-, y el agua tenía que llegar a todas las partes de su cuerpo. Mientras estaba en el agua tenía que hacer profesión de su fe ante tres padrinos, y se le dirigían algunas exhortaciones y bendiciones. El efecto de este bautismo se creía que era una total regeneración; al bautizado se le consideraba como un recién nacido aquel día. Se le perdonaban todos los pecados, porque Dios no podía castigar los que hubiera cometido antes de nacer de nuevo. Lo completo del cambio se veía en el hecho de que ciertos rabinos mantenían que el hijo que le naciera a un hombre después de su bautismo era su primogénito, aunque hubiera tenido otros en su vida anterior. En teoría se mantenía -aunque esta creencia nunca se ponía en práctica- que un hombre era tan totalmente nuevo que podría casarse con una hermana, o hasta con su madre. No era solamente un hombre cambiado; era una persona diferente.

Cualquier judío entendería lo que decía Pablo acerca de la necesidad de que un bautizado fuera completamente nuevo. Y lo mismo un griego. En aquel tiempo la única verdadera religión griega eran los misterios o religiones misteriosas, que ofrecían la liberación de los cuidados, las angustias y los temores de la Tierra; esta liberación se lograba mediante la unión con un dios.

Todos esos misterios eran representaciones de una pasión; se basaban en la supuesta historia de algún dios que sufría, moría y resucitaba; su historia se representaba como un drama. Antes de participar en él, uno tenía que ser iniciado; es decir, tenía que seguir un curso de instrucción sobre el sentido del drama, tenía que someterse a un proceso de disciplina ascética y prepararse concienzudamente. El drama se representaba con todos los medios disponibles de música y luces, de incienso y de misterio.

Durante la representación, el iniciado tenía una experiencia emocional de identificación con el dios. La iniciación se consideraba siempre como una muerte seguida de un nuevo nacimiento, en el cual el hombre era renatus in aeternum, nacido de nuevo para la eternidad. Uno que hizo la iniciación nos dice que pasó por cuna muerte voluntaria». Sabemos que en uno de aquellos misterios el que se iba a iniciar se llamaba moriturus, el que va a morir, y que se le enterraba hasta la cabeza en una zanja. Cuando ya había pasado la iniciación, se le hablaba como a un niño pequeño, y se le daba leche como a un recién nacido.

En otro de aquellos misterios, la persona que se estaba iniciando oraba: «Entra tú en mi espíritu, en mi pensamiento y en toda mi vida; porque tú eres yo, y yo soy tú.» Cualquier griego que hubiera hecho estas experiencias comprendería sin dificultad lo que quería decir Pablo con aquello de morir y resucitar otra vez en el bautismo; y al hacerlo, llegar a ser uno con Cristo.

No estamos diciendo de ninguna manera que Pablo tomó prestadas estas ideas o palabras de tales prácticas judías o paganas; lo que decimos es que estaba usando palabras y alegorías que reconocerían y entenderían tanto los judíos como los paganos. En este pasaje hay tres grandes verdades permanentes.

(i) Es una cosa terrible el intentar comerciar con la misericordia de Dios convirtiéndola en una licencia para seguir pecando. En términos humanos sería tan despreciable como el que un hijo se creyera con derecho a defraudar a su padre porque sabe que éste le perdonará. Eso sería aprovecharse del amor para quebrantarle el corazón.

(ii) La persona que inicia el camino cristiano se compromete a una clase de vida diferente. Ha muerto para una clase de vida, y ha nacido de nuevo para otra. En los tiempos actuales puede que tendamos a presentar la conversión al Cristianismo como algo que no tiene por qué producir una gran diferencia. Pablo habría dicho que tiene que producir la mayor diferencia del mundo.

(iii) Pero hay más que un cambio de conducta en la vida de una persona que acepta a Cristo. Hay una verdadera identificación con Él. Es un hecho que no puede haber un cambio real de vida sin esa unión con Cristo. La persona está en Cristo. Un gran pensador cristiano ha sugerido una metáfora para explicar esa frase: No podemos vivir la vida física a menos que estemos en el aire y el aire esté en nosotros; de la misma manera, no podemos vivir la vida que Dios nos quiere dar a menos que estemos en Cristo y Cristo en nosotros.

La práctica de la fe

No dejéis reinar al pecado en vuestro cuerpo mortal para que os obligue .a seguir lo que os pida el cuerpo. No sigáis rindiéndole vuestros miembros al pecado como armas de maldad, sino rendíos de una vez para siempre a Dios como muertos que han vuelto a la vida, y rendidle vuestros miembros a Dios como armas de justicia. Porque el pecado no tiene por qué dominaros: ya no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia.

Al salir del pasaje anterior y entrar en este, experimentamos una de esas transiciones características de Pablo. El anterior era la expresión de un místico acerca de la unión mística entre el cristiano y Cristo que se realiza en el bautismo; hablaba de la manera como debe vivir un cristiano, tan cerca de Cristo que se puede decir que vive en Él. Y ahora, después de la experiencia mística viene la exigencia práctica. El Cristianismo no es una experiencia emocional, sino una manera de vivir. El cristiano no lo es para complacerse en una experiencia, por muy maravillosa que sea, sino para salir a vivir una cierta clase de vida entre los ataques y problemas del mundo. Es normal en el mundo de la vida religiosa que nos sentemos en la iglesia y sintamos como una ola de sentimiento que pasa por nuestro interior. A veces, aun cuando nos encontramos solos, nos sentimos muy cerca de Cristo.

Pero el Cristianismo que se detiene allí no ha recorrido más que la mitad del camino. Esa emoción tiene que traducirse en acción. El Cristianismo no puede ser sólo una mera experiencia interior. Tiene que ser una vida en la palestra del mundo.

Cuando uno sale al mundo se tiene que enfrentar con una situación terrible. Como Pablo la ve, Dios y el pecado están buscando armas que puedan usar. Dios no puede actuar sin hombres; si quiere que se diga algo, tiene que encontrar a una persona que lo diga; si quiere que se haga algo, tiene que encontrar a alguien que lo haga, y si quiere que alguien reciba ánimo, necesita a alguien que se lo dé. Y lo mismo sucede con el pecado: alguien tiene que empujarlo. El pecado está buscando gente que induzca a otros a pecar con sus palabras o ejemplo. Es como si Pablo estuviera diciendo: «En este mundo hay una batalla constante entre Dios y el pecado; decide de qué parte estás.» Nos enfrentamos con la tremenda alternativa de convertirnos en instrumentos en las manos de Dios, o en las del pecado.

Un creyente inmaduro podría muy bien decir: «Hay decisiones que son demasiado difíciles, y voy a fallar.» La respuesta de Pablo es: « No te desanimes ni te desesperes; el pecado no te dominará.» «¿Por qué?» «Porque ya no estamos bajo la Ley, sino bajo la Gracia. « ¿Y eso cambia tanto las cosas?» « Sí; porque ya no estamos tratando de satisfacer las exigencias de la Ley, sino tratando de ser dignos de los dones del Amor». Ya no pensamos en Dios como un juez severo, sino como el Que ama las almas de todas las personas. No existe en todo el mundo una inspiración que se pueda comparar con la del amor. ¿Hay alguien que salga de la compañía del ser querido sin sentir el deseo ardiente de ser mejor persona? La vida cristiana ya no es una carga que hay que soportar, sino un privilegio a cuya altura se puede vivir. Como decía Denney: « No son las prohibiciones lo que libera del pecado, sino la inspiración; no es el monte Sinaí, sino el Calvario el que produce santos.» Muchos han sido liberados del pecado, no por las normas de la ley, sino porque no habrían podido soportar el desilusionar, o fallar, o herir a una persona a la que amaban o que los amaba. En el mejor de los casos la ley nos sujeta por el temor; pero el amor nos redime inspirándonos para que seamos mejores de lo que hemos conseguido ser. La inspiración del cristiano viene, no del miedo al castigo de Dios, sino de la contemplación de lo que Dios ha hecho por él.

La posesión exclusiva

Entonces, ¿qué? ¿Hemos de seguir pecando porque no estamos bajo la Ley sino bajo la Gracia? ¡De ninguna manera! ¿No os dais das cuenta de que, si os entregáis a alguien como esclavos para obedecerle, de hecho os convertís en esclavos de la persona que habéis elegido obedecer: ya sea del pecado, que conduce a la muerte, o de la obediencia, que conduce a la perfecta relación con Dios. Pero, gracias a Dios, vosotros que erais esclavos del pecado, habéis llegado a la decisión espontánea
de obedecer el modelo de enseñanza que habéis aceptado; y, al ser liberados del pecado, os habéis convertido en esclavos de la justicia. Hablo en términos humanos, porque la naturaleza humana no puede entender otros por sí sola: De la misma manera que antes rendíais vuestros miembros como esclavos de la inmundicia y la iniquidad, lo que producía todavía más iniquidad, así ahora habéis rendido vuestros miembros como esclavos de la justicia, y habéis empezado a recorrer el camino que conduce a la santidad. Cuando erais esclavos del pecado, estabais libres de todo compromiso con la justicia; pero, ¿qué producto obteníais? Todo lo que conseguíais eran cosas de las que ahora os avergonzáis cordialmente, porque su fin es la muerte. Pero ahora, puesto que ya estáis libres del pecado, y os habéis convertido en esclavos de Dios, el fruto de que disfrutáis está designado para guiaros en el camino de la santidad cuya meta es la vida eterna. Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en nuestro Señor Jesucristo.

Para cierto tipo de mentalidad, la doctrina de la Gracia gratuita es siempre una tentación a decir: « Si el perdón es tan fácil y tan inevitable como todo eso, si lo único que Dios quiere es perdonar y si su Gracia es tan ancha como para cubrir cualquier mancha o defecto, ¿por qué preocuparnos del pecado? ¿Por qué no vivir como nos dé la gana? A fin de cuentas, da lo mismo.»

Pablo se opone a eso con una imagen de la vida real: «Hubo un tiempo en que os entregasteis al pecado como sus esclavos; entonces la integridad no tenía ningún derecho sobre vosotros. Pero ahora os habéis entregado a Dios como esclavos de la integridad, y el pecado no tiene ningún derecho sobre vosotros.»

Para entender esto tenemos que comprender el status de un esclavo. Cuando hablamos de un empleado, en el sentido actual, nos referimos a una persona que da una parte concertada de su tiempo y actividad a un patrono, del que recibe un salario. El tiempo concertado está al servicio del patrono y a sus órdenes; pero, cuando termina ese tiempo, es libre para hacer lo que quiera. Durante la jornada laboral «pertenece» a su patrono; pero en el tiempo libre se pertenece a sí mismo. Pero en el tiempo de Pablo el status de un esclavo era completamente diferente.

Literalmente, no se pertenecía a sí mismo en ningún momento, todo el tiempo le pertenecía a su amo. Era propiedad exclusiva de su amo. Esa es la imagen que Pablo tiene en mente. Dice: «Hubo un tiempo cuando eras esclavo del pecado. E1 pecado era tu dueño absoluto. Entonces no podías hablar de nada más que del pecado. Pero ahora has tomado a Dios como tu dueño, y Él tiene posesión absoluta de tu persona. Ahora ya no puedes ni hablar del pecado: tienes que hablar sólo de la santidad.»

Pablo se disculpa por adoptar este ejemplo. Dice: «Estoy simplemente usando una analogía humana para que vuestras mentes lo puedan captar.» Se disculpa porque no le gusta comparar la vida cristiana con ninguna forma de esclavitud. Pero lo que quiere decirnos es que el cristiano no puede tener más dueño que Dios. No puede darle a Dios una parte de su vida y otra parte al mundo. En cuanto a Dios, es todo o nada. Mientras uno tenga una parte de su vida que no pertenece a Dios no es cristiano de veras. Es cristiana la persona que le ha dado a Cristo el completo control de su vida sin reservarse nada. Nadie que lo haya hecho podría nunca pensar en usar la Gracia como una licencia para el pecado.

Pero Pablo tiene algo más que decir: « Tú tomaste la decisión libre y espontánea de obedecer el esquema de la enseñanza que habías aceptado.» En otras palabras, es como si dijera: « Tú sabías lo que estabas haciendo, y lo hiciste con absoluta libertad.

» Esto es interesante. Recuerda que este pasaje ha surgido de una conversación acerca del bautismo; por tanto quiere decir que al bautismo se llegaba después de una preparación. Ya hemos visto que en la Iglesia Primitiva el bautismo era de adultos, es decir, de creyentes, previa confesión de fe. Está
claro, por tanto, que uno no ingresaba en la iglesia en un momento de emoción. Se le instruía. Tenía que saber lo que estaba haciendo. Se le enseñaba lo que Cristo ofrecía y demandaba. Entonces, y sólo entonces, tomaba la decisión de incorporarse.

Cuando uno quiere ingresar en la gran orden benedictina se le acepta por un año de prueba. Todo ese tiempo tiene colgada en su celda la ropa que usaba en el mundo. En cualquier momento se puede quitar el hábito y ponerse la otra ropa y salir, y nadie se lo impedirá. Sólo después de aquel año se llevan definitivamente de su celda la ropa del mundo. Con los ojos abiertos y sabiendo lo que hace entra en la orden.

Así sucede con el Evangelio. Jesús no quiere seguidores que no se hayan parado a considerar el precio. No se conforma con una persona que hace protestas de lealtad en la cresta de una ola de emoción. La Iglesia tiene el deber de presentar la fe en toda su riqueza, y las exigencias en toda su seriedad, a los que quieren hacerse miembros.

Pablo traza una diferencia entre la vida vieja y la nueva. La vida vieja se caracterizaba por la suciedad y la iniquidad. El mundo pagano era un mundo sucio; no conocía la castidad. Justino Mártir lanza un dicterio terrible cuando habla de la exposición de los bebés. En Roma, los niños que no se querían, especialmente las niñas, literalmente se tiraban a la basura.

Todas las noches había muchas tiradas en el foro. A algunas las recogían ciertos tipos repugnantes que regentaban burdeles y las criaban para emplearlas en ellos. Justino presenta a sus detractores paganos la posibilidad de que, en su inmoralidad, cuando fueran a un burdel de la ciudad, podría ser que les correspondiera su propia hija.

El mundo pagano era inicuo en el sentido de que la concupiscencia era la única ley, y el crimen producía más crimen. Esa y no otra es la ley del pecado: el pecado engendra pecado. La primera vez que se comete un acto indigno, tal vez se hace con vergüenza y temblor. La segunda vez es más fácil; y, si se sigue así, ya no hay que vencer ningún escrúpulo ni realizar ningún esfuerzo. El pecado pierde su horror. La primera vez puede que nos permitamos alguna indulgencia y que nos conformemos con muy poco; pero luego se llega a querer más y más para conseguir el mismo o más placer. El pecado conduce al pecado; el libertinaje, al libertinaje. Una vez que se entra en el camino del pecado, se va cada vez más lejos.

La nueva vida es diferente: es la vida de la integridad. Los griegos definían la integridad como darles al hombre y a Dios lo que se les debe. La vida cristiana le da a Dios Su lugar y respeta los derechos de las personas. El cristiano nunca desobedecerá a Dios ni usará a una persona humana para satisfacer su deseo de placer. La vida cristiana conduce a la santificación. La palabra griega es haguiasmós. Todas las palabras griegas que terminan por -asmós describen, no un estado, sino un proceso. La santificación es el camino que conduce a la santidad. Cuando una persona le entrega su vida a Cristo, eso no la hace perfecta instantáneamente; la lucha no ha terminado ni mucho menos; pero el Cristianismo siempre ha considerado más importante la dirección en que se marcha que la etapa particular que se ha alcanzado. Una vez que se pertenece a Cristo se ha empezado el proceso de la santificación, el camino a la santidad. « Lo único que hago, dejando de pensar en lo que queda atrás y estirándome a lo que tengo por delante, es proseguir hacia la meta, al premio del supremo llamamiento que Dios me ha dirigido en la Persona de Jesucristo» (Filipenses 3:13s). Robert Louis Stevenson decía: « Viajar con esperanza es mejor que llegar.» Lo que no se puede negar es que es una gran cosa ponerse en camino hacia una meta gloriosa.

Pablo termina con una gran frase que contiene una doble metáfora: «La paga del pecado es la muerte, pero el regalo gratuito e inmerecido de Dios es la Vida eterna.» Pablo usa dos palabras militares: Para paga usa la palabra opsónia, que quiere decir literalmente la paga del soldado – la soldada (N-C)- , lo que se ha ganado arriesgando la vida y con mucho sudor y dolor, algo que se le debe y que no se le debe escatimar; y para regalo usa járisma -en latín donativum-, que es algo que no se ha ganado, que el ejército recibía a veces. En ocasiones especiales -por ejemplo, en su cumpleaños, el día que ascendía al puesto supremo o en el aniversario-, el emperador les repartía a los soldados un regalo en dinero. No se había ganado, sino que el emperador lo daba por generosidad y gracia. Así que Pablo dice: « Si se nos da lo que nos hemos ganado, no vamos a recibir nada más que la muerte; pero Dios nos da la Vida eterna por pura Gracia y generosidad.»

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