Romanos 3 La fidelidad de Dios y la infidelidad humana

Romanos 3: La fidelidad de Dios y la infidelidad humana

-Entonces, ¿qué tiene un judío que no tenga otro cualquiera? ¿O qué ventajas tienen los que han sido circuncidados? -Muchas, se mire como se mire. En primer lugar, tienen esta ventaja: Que es a los judíos a los que se han confiado los oráculos de Dios. -Sí, estoy de acuerdo; pero, ¿qué pasa si algunos de ellos les han sido infieles? ¿No irás a decirme que su infidelidad anula la fidelidad de Dios?
-¡Eso, de ninguna manera! Dios se muestra veraz aunque todo el mundo resulte mentiroso, como está escrito: «Para que se vea que Tú tienes razón en tus argumentos, y ganes el caso cuando vas ajuicio.»-Pero tú dices que, si nuestra culpabilidad no hace más que demostrar que Dios es justo, ¿qué podemos decir nosotros? ¿No irás a intentar convencerme de que Dios es injusto si lanza la Ira sobre ti? (Está claro que estoy usando argumentos meramente humanos). -¡Eso, de ninguna manera! Porque, si fuera así, ¿cómo iba Dios a juzgar al mundo? -Pero es que tú dices que, si el que yo sea falso sencillamente le brinda a Dios una nueva oportunidad de demostrar, para Su mayor gloria, que El es veraz, ¿por qué encima me condena a mí como pecador? -¿Vas a razonar, como algunos calumniosamente nos atribuyen a nosotros, que lo que tenemos que hacer es obrar mal para que se produzca el bien? Está bien claro que tal afirmación no merece más que la condenación.

Aquí Pablo sostiene una discusión sumamente difícil. Nos será de ayuda recordar que está hablando con un objetor imaginario. Vamos a exponer su argumento en detalle.

Objetor.- La consecuencia de todo lo que has estado diciendo sería que no hay ninguna diferencia entre los judíos y los gentiles y que se encuentran en la misma situación. ¿Es eso en realidad lo que quieres decir?

Pablo.- De ninguna manera.

Objetor.- Entonces, ¿en qué consiste la diferencia?

Pablo.- Lo primero es que los judíos conocen los mandamientos de Dios, y los gentiles no.

Objetor.- ¡De acuerdo! Pero, ¿qué pasa si algunos judíos desobedecen esos mandamientos y merecen la condenación por haber sido infieles? Acabas de decir que Dios colocó a los judíos en una posición especial y les dio una promesa exclusiva. Y ahora estás diciendo que por lo menos algunos están bajo la condenación de Dios. ¿No querrá decir eso que Dios está faltando a su promesa y quedando como injusto y arbitrario?

Pablo.- ¡Nada de eso! Lo que sí queda claro es que Dios no hace discriminación, y que castiga el pecado donde lo encuentra. El hecho de que condene a los judíos infieles es la mejor demostración de lo absoluto de su justicia. Se habría podido suponer que Dios pasaría por alto los pecados de Su pueblo escogido, pero no hay tal.

Objetor.- ¡Muy bien, entonces! Lo que has conseguido demostrar es que mi desobediencia le ha dado a Dios oportunidad de demostrar Su justicia. Mi infidelidad le ha dado a Dios una oportunidad maravillosa para hacer gala de Su fidelidad. Según eso, ¡mi pecado es algo excelente! ¡Le ha dado a Dios la oportunidad de demostrar lo bueno que es! Puede que yo haya hecho algo malo, pero el resultado ha sido bueno. ¡No se puede condenar a un hombre por darle a Dios la oportunidad de demostrar su justicia!

Pablo.- Tal razonamiento es peor que despreciable. ¡No tienes más que sugerirlo para descubrir lo inaceptable que es!

Desarrollando así el pasaje nos damos cuenta de que Pablo expone en él algunas de sus ideas acerca de los judíos.

(i) No cabe duda de que creía que los judíos ocupan una posición especial en el plan de Dios. Eso es, de hecho, lo que los judíos mismos creían. La diferencia está en que Pablo creía que esa posición especial era una responsabilidad; mientras que los judíos la consideraban un privilegio. ¿Qué es lo que Pablo decía que se les había confiado especialmente a los judíos? Los oráculos de Dios (Versión Hispanoamericana, 1916). ¿Qué quiere decir eso? La palabra que él usa es loguía, que es la que se usa normalmente en la traducción griega del Antiguo Testamento para designar una comunicación o pronunciamiento de Dios.

Aquí quiere decir Los Diez Mandamientos, que en hebreo se llaman Las diez Palabras (Debarim). Pablo les dice: < Sois un pueblo especial; por tanto, tenéis que vivir una vida especial.» No dijo: < Sois un pueblo especial; por tanto podéis hacer lo que os dé la gana.» Lo que sí dijo fue: «Sois un pueblo especial para Dios; por tanto, tenéis que hacer Su voluntad.» Cuando el Lord Dunsany quedó con vida después de la guerra de 1914-18, nos cuenta que se dijo: «Por alguna extraña razón, todavía estoy vivo. ¿Qué será lo que Dios quiere que haga con una vida que ha sido preservada de una manera tan especial?» Eso no se les ocurría nunca a los judíos. Nunca consiguieron darse cuenta de que la elección especial de Dios era para una tarea especial. ¿Lo tenemos presente nosotros cuando hablamos de la elección de Dios?

(ii) Hay tres ideas básicas acerca de los judíos que siempre aparecen en los escritos de Pablo. Aquí las encontramos en embrión; pero en realidad son las tres ideas que desarrolla en toda la epístola. Debemos darnos cuenta de que no coloca a todos los judíos bajo la misma condenación. Lo que dice es: < ¿Qué pasa si algunos de ellos fueron infieles?>

(a) Estaba seguro de que Dios tenía razón al condenar a los judíos. Ocupaban un lugar especial y habían recibido promesas especiales; y por eso mismo su condenación había de ser mayor. La responsabilidad siempre es la otra cara del privilegio.

Cuantas más oportunidades tiene una persona para hacer el bien, mayor será su condenación por hacer el mal.

(b) Pero no todos fueron infieles. Pablo nunca se olvidaba del resto fiel; y estaba completamente seguro de que ese resto fiel -aunque fuera muy pequeño en número- era el verdadero Israel. Los demás habían perdido sus privilegios y estaban bajo condenación. Ya no eran verdaderos judíos. El resto era el verdadero pueblo de Dios.

(c) Pablo estaba siempre seguro de que el rechazo de Dios no era definitivo. La consecuencia de ese rechazo fue que se abrió la puerta a los gentiles; pero, al final, los gentiles harán volver a los judíos al redil, y judíos y gentiles serán una sola cosa en Cristo. La tragedia de los judíos fue que rechazaron la gran tarea de la evangelización del mundo que les habría correspondido; y por tanto se les asignó a los gentiles, de forma que el plan de Dios se invirtió: no fueron los judíos los que evangelizaron a los gentiles, sino al revés; y este proceso todavía continúa.

Además, este pasaje contiene dos grandes verdades humanas universales.

(i) La desobediencia es la raíz de todo pecado. La raíz del pecado de los judíos fue la desobediencia a la Ley de Dios que conocían. Como escribió Milton, fue « la primera desobediencia humana» la responsable del «paraíso perdido». Cuando el orgullo enfrenta la voluntad humana con la de Dios, se produce el pecado. Si no hubiera desobediencia no habría pecado.

(ii) Una vez que ha cometido un pecado, el ser humano despliega una habilidad extraordinaria para justificarse. Aquí tenemos un razonamiento que se presenta con frecuencia en el pensamiento religioso: el de que el pecado le da a Dios la oportunidad de demostrar al mismo tiempo su justicia y su misericordia, y es por tanto una cosa buena. Es un razonamiento tergiversado. Se podría decir-y, de hecho, sería el mismo razonamiento- que está bien el quebrantarle el corazón a una persona, porque así se le da la oportunidad de demostrar lo mucho que nos ama. Cuando uno peca, lo que necesita no es ingenio para justificarse, sino humildad para reconocerlo y arrepentirse.

Un mundo sin Cristo

-Entonces, ¿qué pasa? ¿Tenemos los judíos alguna ventaja? -¡Claro que no! Porque ya hemos acusado a todos los judíos y griegos de que están bajo el poder del pecado, como está escrito: «No hay nadie que sea justo, ni uno. Nadie se da por enterado. Nadie busca al Señor. Todos se han desviado, y se han echado a perder. No hay nadie que haga cosas buenas, ni uno. Tienen una boca que parece una tumba abierta. Cultivan el fraude con sus lenguas. Tienen veneno de víboras en los labios, y las bocas cargadas de maldiciones y hiel. Sus pies son rápidos para correr a cometer asesinatos. La destrucción y la desgracia están en sus caminos, pero ni conocen el camino de la paz. No tienen nunca el temor de Dios ante los ojos.

En el pasaje anterior Pablo insistía en que, a pesar de todo, los judíos ocupan una posición especial en el plan de Dios. No nos sorprende que entonces el objetor pregunte si eso quiere decir que los judíos les llevan ventaja a los demás pueblos. Y la respuesta de Pablo es que tanto los judíos como los gentiles, si están sin Cristo, están bajo el dominio del pecado. La frase griega que usa es muy sugestiva: hypo hamartían. En este sentido, hypo quiere decir en el poder de, bajo la autoridad de. En Mateo 8:9, el centurión dice: < Tengo soldados hypo emautón, por debajo de mí.» Es decir, a mis órdenes. Un escolar está hypo paidagógon, bajo la dirección del pedagogo, un esclavo al que se le ha confiado. En su estado natural, sin Cristo, el ser humano está bajo el control del pecado, y es incapaz de evadirse.

Hay otra palabra interesante en este pasaje, la del versículo 12, que hemos traducido «se han echado a perder.» La palabra griega es ajeiroó, que quiere decir literalmente dejar inútil. Se usa en relación con la leche que se ha estropeado. La naturaleza humana sin Cristo es una cosa corrompida e inútil.

Pablo hace aquí lo que solían hacer los rabinos. En los versículos 10-18 ensarta una serie de textos del Antiguo Testamento, no citándolos literalmente sino de memoria; incluye versículos de los Salmos 14:1-3; 5: 9; 140: 3; 10:7; Isaías 59:7s, y Salmo 36:1. Era frecuente en la predicación de los rabinos el ensartar textos así. Lo llamaban jaraz, que quería decir precisamente eso: ensartar perlas.

Es una descripción terrible de la naturaleza humana en su estado sin Cristo. Vaughan señala que estos textos del Antiguo Testamento describen tres cosas:

(a) El carácter cuyas notas distintivas son la ignorancia, la indiferencia, la tortuosidad y la inutilidad.

(b) La lengua que se caracteriza por sus cualidades destructivas, mentirosas y maliciosas. (c) La conducta que se manifiesta en la opresión, la injuria, la implacabilidad. Estos son los resultados de no tener en cuenta a Dios.

Nadie ha visto tan claramente como Pablo la maldad de la naturaleza humana; pero advertimos que esto no era para él una llamada a la desesperación, sino un desafío a la esperanza. Cuando decimos que Pablo creía en el pecado original y en la depravación de la naturaleza humana no debemos concluir que desesperara de la naturaleza humana ni que la mirara con un desprecio cínico. Una vez, cuando William Jay de Bath ya era anciano, dijo: «Me va fallando la memoria; pero hay dos cosas de las que no me olvido nunca: Que soy un gran pecador, y que Jesucristo es un gran Salvador.»

Pablo nunca le quitaba importancia al pecado humano, ni grandeza al poder redentor de Jesucristo. Una vez, cuando el gran independiente de Lancashire William Roby era joven, estaba predicando en Malvem. Tenía tan poco éxito que estaba desanimado y a punto de dejar la obra, cuando recibió una reprensión en sazón de un cierto señor Moody, que le preguntó: «Entonces, ¿es que son demasiado malos para salvarse?» El desafío le hizo volver a William Roby a la labor. Pablo creía que la gente sin Cristo era mala, pero no demasiado mala para salvarse. Estaba convencido de que lo que Cristo había hecho por él lo podía hacer por cualquier otro.

La única manera de quedar en paz con Dios

Sabemos que todo lo que dice la Ley va dirigido a los que están dentro de su sistema; y la finalidad de la Ley es que se callen todas las bocas y que todo el mundo sepa que está expuesto al juicio de Dios; porque nadie va a llegar a la debida relación con Dios haciendo las cosas que manda la Ley. Lo que sí se obtiene mediante la Ley es la plena consciencia de la realidad del pecado. Pero ahora se nos abre un camino hacia la recta relación con Dios aparte de la Ley, del que dan testimonio la Ley y los Profetas. Porque la perfecta relación con Dios la obtienen por medio de la fe en Jesucristo todos los que creen en El. Yaquí no hay diferencia entre judíos y gentiles, porque todos han pecado y se encuentran excluidos de la gloria de Dios; pero alcanzan la debida relación con Dios gratuitamente, mediante Su Gracia, ‹ por medio de la liberación que ha obrado Jesucristo. Dios mismo nos Le presenta como el Que puede ganar nos el perdón de pecados si ponemos nuestra fe en su sangre. Dios lo ha hecho todo así para demostrar Su justicia, porque, en Su paciencia, había pasado por alto los pecados cometidos en el tiempo pasado, y lo hizo para demostrar Su justicia en esta era presente, para que quede claro que Él es el único justo, y el Que acepta como justos a todos los que creen en Jesús.

Aquí tenemos otro pasaje que no es fácil de entender, pero que está lleno de riqueza cuando se capta su significado. A ver si podemos penetrar en la verdad básica que contiene.

El problema supremo de la vida es: ¿Cómo puede uno estar en la debida relación con Dios? ¿Cómo puede sentirse en paz con Dios? ¿Cómo puede dejar de sentirse a una distancia insalvable, y de tenerle miedo a la presencia de Dios? La religión de los judíos contestaba: «Uno puede llegar a estar en la debida relación con Dios cumpliendo meticulosamente todo lo que manda la Ley.» Pero eso equivale a decir sencillamente que nadie tiene la menor posibilidad de llegar a estar en la debida relación con Dios, porque nadie puede cumplir perfectamente todos los mandamientos de la Ley. Entonces, ¿para qué sirve la Ley? Para que nos demos cuenta de la realidad del pecado. Sólo cuando conocemos la Ley e intentamos cumplirla nos damos cuenta de que nos es imposible. El propósito de la Ley es hacernos conscientes de nuestra debilidad y pecado. Entonces, ¿es imposible llegar a Dios? Todo lo contrario; porque el camino que nos lleva a Dios no es el de la Ley, sino el de la Gracia.
No por las obras, sino por la fe.

Para ponérnoslo más claro, Pablo usa tres comparaciones.

(i) Nos pone el ejemplo del tribunal, lo que llamamos justificación. En este ejemplo se piensa que el hombre se encuentra ante el tribunal de Dios. La palabra griega que traducimos por justificar es dikaiún. Todos los verbos griegos que terminan en -ún quieren decir, no hacer a alguien algo, sino tratar, considerar a uno como algo. Si se presenta ante el juez uno que es inocente, el juez le declara inocente. Pero el caso del que se presenta ante Dios es que es totalmente culpable, y sin embargo Dios, en su infinita misericordia, le trata y le considera como si fuera inocente. Eso es lo que quiere decir justificación.

Cuando Pablo dice que «Dios justifica al malvado» quiere decir que Dios le trata como si fuera bueno. Eso era lo que escandalizaba a los judíos hasta el colmo. Para ellos eso sólo lo harta un juez inicuo. « El justificar al culpable es una abominación para Dios» (Proverbios 17:15). «Yo no perdonaré al culpable» (Éxodo 23:7). Pero Pablo dice que eso es precisamente lo que hace Dios.

¿Cómo puedo yo saber que Dios es así? Lo sé porque Jesús lo ha dicho. Vino a decirnos que Dios nos ama aunque somos malos. Vino a decirnos que, aunque somos pecadores, seguimos siéndole muy queridos a Dios. Cuando descubrimos eso y lo creemos, se cambia radicalmente nuestra relación con Dios. Somos conscientes de nuestro pecado, pero ya no estamos aterrados ni alejados. Quebrantados y arrepentidos acudimos a Dios, como viene a su madre un niño triste, y sabemos que el Dios al Que venimos es amor.

Eso es lo que quiere decir justificación por la fe en Jesucristo. Quiere decir que estamos en la debida relación con Dios porque creemos de todo corazón que lo que Jesús nos ha dicho de Dios es la verdad. Ya no somos extraños que tienen terror a un Dios airado. Somos hijos, hijos errantes que confían en que su Padre los ama y los perdonará. Y nosotros no podríamos haber llegado nunca a esa relación con Dios si Jesús no hubiera venido a vivir y a morir para decirnos lo maravillosamente
que Dios nos ama.

(ii) Pablo nos pone el ejemplo del sacrificio. Nos dice que Dios hizo que Jesús fuera el que ganara el perdón de nuestros pecados. La palabra griega que usa Pablo para describir a Jesús es hilastérion. Viene de un verbo que quiere decir propiciar, y que se usa en relación con los sacrificios. En el Antiguo Testamento, cuando uno quebrantaba la Ley le ofrecía un sacrificio a Dios. Lo que pretendía era que el sacrificio le librara del castigo que habría de venirle. Para decirlo de otra forma: un hombre pecaba, y aquel pecado destruía su relación con Dios; para restaurarla ofrecía un sacrificio.

Pero la experiencia humana era que un sacrificio animal no podía producir ese efecto. «A Ti no Te complacen los sacrificios; si yo Te ofreciera holocaustos, a Ti no Te agradaría» (Salmo 51:16). «¿Con qué me presentaré al Señor, y daré culto al Dios Altísimo? ¿Con holocaustos, con becerros de un año? ¿Le agradarán al Señor millares de carneros, o miríadas de arroyos de aceite? ¿Tendré que dar mi primogénito en compensación por mi transgresión, o el fruto de mis entrañas para expiar el pecado de mi alma?» (Miqueas 6:6s). Los hombres sabían instintivamente que, una vez que habían pecado, toda la parafernalia de los sacrificios terrenales no podría arreglar las cosas.

Por eso dice Pablo: «Jesucristo, con su vida de obediencia y su muerte por amor, Le ofreció a Dios el único sacrificio que puede expiar el pecado real y verdaderamente.» E insiste en que lo que sucedió en la Cruz nos abre la puerta para que volvamos a estar en la debida relación con Dios, cosa que no puede hacer ningún otro sacrificio.

(iii) Pablo pone el ejemplo de la esclavitud. Habla de la liberación que ha obrado Jesucristo. La palabra apolytrósis significa rescate, redención, liberación. Esto quiere decir que la humanidad estaba en poder del pecado, y Jesucristo es el único que la podía libertar.

Por último, Pablo dice que Dios hizo todo esto porque es justo, y acepta como justo al que cree en Jesús. Es lo más sorprendente que se puede decir jamás. Bengel lo llamaba « la suprema paradoja del Evangelio.» Pensemos un poco: quiere decir que Dios es justo, y que acepta al pecador como si fuera justo. Lo natural habría sido decir: «Dios es justo; y, por tanto, condena al pecador como a un criminal.» Pero aquí tenemos la gran paradoja: Dios es justo, y, de alguna manera, con esa Gracia increíble, milagrosa, que Jesús vino a traer al mundo, acepta a los pecadores, no como criminales, sino como hijos a los que sigue amando a pesar de todo.

¿Qué es todo esto en esencia? ¿En qué consiste la diferencia entre esto y el antiguo sistema de la Ley? La diferencia fundamental es esta: que el método de la obediencia a la Ley se refiere a lo que el hombre puede hacer por sí mismo; mientras que el método de la Gracia consiste en lo que Dios ha hecho por él. Pablo hace hincapié en que nada que nosotros podamos hacer puede ganar el perdón de Dios; solamente lo que Dios ha hecho por nosotros puede ganarlo. Por tanto, el camino que conduce a la perfecta relación con Dios no es un intento agotador y desesperado para ganar el perdón de Dios por nuestra cuenta, sino la humilde y arrepentida aceptación del Amor y de la Gracia que Dios nos ofrece en Jesucristo.

El final del camino de los logros humanos

¿Dónde queda entonces la base de nuestra jactancia? Ha quedado completamente descartada. ¿Por qué clase de ley?

¿La que nos mandaba hacer obras para agradar a Dios? No, sino por medio de la ley que nos invita a poner nuestra fe en Jesucristo. Así es que, entonces, nos damos cuenta de que llegamos a la perfecta relación con Dios mediante la fe, y completamente aparte de las obras que mandaba la Ley. Porque, ¿es que Dios es sólo el Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? ¡Pues claro que sí! Si, como es en verdad, no hay más que un Dios, Él es el Dios que traerá a los que están circuncidados a la perfecta relación con Él mediante la fe, y a los que no sabían nada de la circuncisión también mediante la fe. ¿Cancelamos entonces completamente toda ley mediante la fe? ¡De ninguna manera!, sino que confirmamos la Ley.

Pablo desarrolla aquí tres puntos.

(i) Si el camino a Dios es el de la fe y la aceptación, queda descartada toda presunción por méritos humanos. Había cierto tipo de religiosidad judía que pretendía llevar una cuenta de debe y haber con Dios, y el que la llevaba -naturalmente, el hombre- llegaba al convencimiento de que Dios estaba en deuda con él. Pablo partía de la base de que todos los seres humanos somos pecadores y estamos en deuda con Dios, y que nadie puede llegar por su propio esfuerzo a estar en paz con Dios; por tanto, no hay la menor base para estar satisfecho o presumir de ningún mérito propio. Y después de conocer a Cristo, «todo lo bueno que haya podido hacer no he sido yo sino la Gracia de Dios obrando en mí» (1 Corintios 15:10).

(ii) Pero un judío podría objetar: «Eso está muy bien para un gentil que no conoce la Ley; pero no para un judío que la conoce.» A eso Pablo contestaría con la frase que es la base del credo de Israel y con la que empiezan todas sus devociones privadas y públicas: «Oye, Israel: El SEÑOR nuestro Dios es el Unico Dios» (Deuteronomio 6:4). No hay un Dios para los judíos y otros para los gentiles. Dios no hay más que Uno. El camino a Dios es el mismo para judíos y gentiles; y no es el de los méritos humanos, sino el de la confianza y la aceptación creyente.

(iii) «Pero -podría decir el judío-, ¿quiere eso decir que la Ley no cuenta para nada?» Y podríamos esperar que Pablo contestara que sí; pero contesta: « No.» Dice que, por el contrario, lo que hace es dar más valor a la Ley. Lo que Pablo quiere decir es que, hasta ahora, los judíos han procurado ser buenos y cumplir los mandamientos porque le tenían miedo a Dios y les aterraba el castigo que les reportaría el quebrantar la Ley. Pero esa actitud ya no tiene la menor justificación, porque lo único que tiene ahora suprema importancia es el amor de Dios.

Debemos esforzarnos por ser buenos y cumplir la Ley de Dios, pero no ya porque tenemos miedo al castigo de Dios, sino porque nos damos cuenta de que debemos hacer todo lo posible para ser dignos de ese amor tan maravilloso. El esforzarnos por ser buenos no viene de tenerle miedo a Dios, sino de tenerle amor. Ahora sabemos que el pecado no es quebrantar la Ley, sino quebrantar el corazón de Dios; y es, por tanto, mucho más terrible.

Comparemos esto con lo que pasa en el nivel humano. Muchas personas se enfrentan con la tentación de hacer algo que no está bien; y no lo hacen, no porque tienen miedo a las consecuencias legales -una multa, o la cárcel-,sino porque no podrían enfrentarse con el dolor o la tristeza en los ojos de algún ser querido o varios. No es la ley del temor, sino la ley del amor la que les ha evitado dar el mal paso.

Esa debe ser nuestra actitud con Dios. Hemos sido liberados de la esclavitud de la ley del miedo, pero eso no justifica el que vivamos de cualquier manera. Ya no podemos hacer las cosas buscando sólo nuestro gusto e interés material, porque lo que ahora nos mueve a la bondad es la ley del amor, a la que nos sentimos más obligados que antes a la ley del miedo.

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