Romanos 1 Vocación, evangelio y misión

Romanos 1: Vocación, evangelio y misión

Os manda esta carta Pablo, esclavo de Jesucristo, llamado para ser apóstol, apartado para servir al Evangelio de Dios. Este Evangelio es la Buena Noticia que Dios prometió hace mucho por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, el Evangelio acerca de su Hijo, Quien, en cuanto a su naturaleza humana, nació del linaje de David; Quien, como resultado de Su Resurrección de los muertos, el Espíritu Santo ha demostrado que es el todopoderoso Hijo de Dios. Estoy hablando de Jesucristo nuestro Señor, a través de Quien yo he recibido la gracia y el apostolado para despertar una fiel obediencia por Su causa entre todos los gentiles. Entre ellos estáis también vosotros, que también habéis sido llamados para pertenecer a Jesucristo. Dirijo esta carta a todos los queridos hermanos de Roma que pertenecéis a Dios, que habéis recibido el llamamiento para consagraros a Él: ¡Que la Gracia y la Paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo sean con vosotros!

Cuando Pablo escribió la Carta a los Romanos se estaba dirigiendo a una iglesia que no había visitado nunca ni conocía personalmente. Estaba escribiendo a una iglesia que estaba en la ciudad más grande del imperio más grande del mundo. Por eso escogió las palabras y las ideas con el máximo cuidado.

Empezó presentando sus credenciales:

(i) Se llama a sí mismo esclavo (dulos) de Jesucristo. Esta palabra tiene dos trasfondos de pensamiento:

(a) El título que a Pablo le gustaba más aplicar a Jesús es Señor (Kyrios). En griego, la palabra kyrios designa a alguien que está en posesión indiscutible de una persona o cosa. Quiere decir dueño o propietario en el sentido más absoluto. Lo contrario de Señor (Kyrios) es esclavo (dulos). Pablo se consideraba esclavo de Jesucristo, su Dueño y Señor. Jesús le había amado y se había entregado por él, y por consiguiente Pablo estaba seguro de que ya no se pertenecía a sí mismo, sino exclusivamente a Jesús. Por otra parte, esclavo implica la absoluta obligación del amor.

(b) Pero esclavo (dulos) tiene otra vertiente. En el Antiguo Testamento es el término general para designar a un gran hombre de Dios. Moisés era el dulos del Señor (Josué 1:2). Josué era el dulos de Dios (Josué 24:29). El más alto título de los profetas, el que los distinguía de los demás hombres, era esclavos de Dios (Amós 3: 7; Jeremías 7.-25). Cuando Pablo se llama esclavo de Jesucristo, se está colocando en la línea de los profetas. La grandeza y la gloria de éstos dependía del hecho de ser esclavos de Dios, y lo mismo sucedía con Pablo.

Así que el título esclavo de Jesucristo incluye al mismo tiempo la obligación de un gran amor y el honor de una gran misión.

(ii) Pablo se describe a sí mismo como llamado a ser apóstol. Las grandes figuras del Antiguo Testamento fueron personas que oyeron y respondieron al llamamiento de Dios. Abraham oyó el llamamiento de Dios (Génesis 12:1-3). Moisés respondió al llamamiento de Dios (Éxodo 3:10). Jeremías e Isaías fueron profetas porque, sin buscarlo ellos, oyeron y respondieron al llamamiento de Dios (Jeremías 1:4s; Isaías 6:8s). Pablo no se consideró nunca como.uno que había aspirado a un gran honor, sino como uno al que se había asignado una misión. Jesús les dijo a sus hombres: «No fuisteis vosotros los que me elegisteis a Mí, sino que fui Yo el que os elegí a vosotros» (Juan 15:16). Pablo no pensaba en la vida en términos de lo que él quería hacer, sino en términos de lo que Dios quería que hiciera.

(iii) Pablo se describe a sí mismo como apartado para el servicio del Evangelio, la Buena Noticia de Dios. Era consciente de ser un hombre que había sido apartado. Dos veces se le aplica la misma palabra (aforizein):

(a) Fue apartado por Dios. Creía que Dios le había separado desde antes de nacer para una misión (Gálatas 1:15). Dios tiene un plan para cada persona; no hay vida que no tenga sentido: Dios la ha puesto en el mundo para algo determinado.

(b) Fue apartado por hombres, cuando el Espíritu Santo les dijo a los responsables de la Iglesia de Antioquía que Le apartaran a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los tenía destinados (Hechos 13:2). Pablo era consciente de que le habían asignado una tarea Dios y la Iglesia de Antioquía. Hay personas que se consideran llamadas por Dios aunque la iglesia no las reconoce, y viceversa; pero el verdadero llamamiento viene de Dios y es confirmado por el Pueblo de Dios.

(iv) Había recibido la gracia. Gracia siempre describe algún regalo inmerecido y gratuito. Antes de ser cristiano, Pablo había tratado de ganar gloria a los ojos de los hombres y mérito a los ojos de Dios cumpliendo meticulosamente la Ley; pero no había encontrado la paz por ese camino. Ahora ya sabía que lo importante no es lo que nosotros podamos hacer, sino lo que Dios ha hecho por medio de Jesucristo. Para decirlo con pocas palabras: « La Ley establece lo que el hombre tiene que hacer; el Evangelio ofrece lo que Dios ha hecho.» Ahora veía Pablo que la Salvación no depende de lo que el esfuerzo humano pueda hacer, sino de lo que ya ha hecho el amor de Dios. Todo es por gracia, inmerecido y gratuito.

(b) Había recibido una tarea. Había sido apartado para ser el Apóstol de los Gentiles. Pablo sabía que había sido escogido, no para un honor, sino para una responsabilidad. Sabía que Dios le había apartado, no para una gloria, sino para un trabajo. Puede que nos encontremos aquí con un juego de palabras: Saulo había sido fariseo (Filipenses 3:5). Fariseo quiere decir separado, y tenían ese nombre porque se separaban deliberadamente de la gente ordinaria hasta el punto de no permitir que su ropa tocara la de una persona ordinaria. Se habrían estremecido ante la sola sugerencia de que Dios invitara a los gentiles, que para ellos eran «leña para los fuegos del infierno». Así había sido Saulo: se había sentido separado de tal manera que no sentía nada más que desprecio hacia las personas ordinarias. Ahora se sabía separado de tal manera que su vida estaba dedicada totalmente a llevar la Buena Noticia del amor de Dios a todos los de todas las razas. El Evangelio nos separa siempre; pero no para el privilegio, la gloria personal y el orgullo, sino para el servicio, la humildad y el amor a todo el mundo.

Además de presentar sus credenciales en este pasaje, Pablo expone en sus líneas más esenciales el Evangelio que predicaba, que estaba centrado en Jesucristo (versículos 2 y 3). Especialmente era la Buena Noticia de dos cosas:

(a) Era el Evangelio de la Encarnación. Hablaba de un Jesús que era real y verdaderamente un hombre. Uno de los primeros grandes pensadores de la Iglesia Cristiana lo resumió cuando dijo de Jesús: « Se hizo lo que somos nosotros para hacernos lo que es Él.» Pablo no predicaba a alguien que no fuera más que una figura legendaria de alguna historia imaginaria, o un semidiós mitad dios y mitad hombre. Predicaba a Uno que se había hecho uno con los hombres a los que vino a salvar.

(b) Era el Evangelio de la Resurrección. Si Jesús hubiera vivido una vida maravillosa y hubiera tenido una muerte heroica y eso hubiera sido todo, se le podría incluir entre los grandes hombres y los héroes, pero habría sido sencillamente uno entre muchos. Su unicidad fue garantizada para siempre por el hecho de la Resurrección. Todos «los demás» murieron y desaparecieron, aunque se los recuerda. Jesús vive y nos otorga su presencia siempre henchida de poder.

La cortesía de la grandeza auténtica

Lo primero, Le doy gracias a mi Dios por todos vosotros mediante Jesucristo. Le doy gracias porque el relato de vuestra fe se cuenta por todo el mundo. Dios, a Quien sirvo en mi espíritu en la obra de la extensión de la Buena Noticia de Su Hijo, me es testigo de que Le estoy hablando continuamente acerca de vosotros. En mis oraciones pido siempre que, de alguna manera, pronto, por fin, consiga encontrar la manera de llegar hasta vosotros por la voluntad de Dios.

Porque estoy deseando veros para compartir con vosotros alguno de los dones que da el Espíritu, para que os consolidéis firmemente sobre el cimiento de la fe. Lo que quiero decir es que, vosotros y yo, nos animemos mutuamente, vosotros con mi fe y yo con la vuestra.

Quiero que sepáis, hermanos, que muchas veces me he hecho el propósito de ir a veros, aunque hasta ahora no me ha sido posible, para tener también algún fruto entre vosotros, como lo tengo entre los demás gentiles. Estoy en deuda con los griegos y con los bárbaros, con los sabios y con los ignorantes; así que es mi ardiente deseo predicaros el Evangelio también a los de Roma.

Después de más de mil novecientos años este pasaje todavía rezuma cálido afecto, y podemos sentir el gran corazón de Pablo palpitar de amor hacia la iglesia que todavía no conocía ni siquiera de vista. El problema de Pablo al escribir esta carta era que él no había estado en Roma ni había colaborado directamente en la fundación de aquella iglesia. Tenía que hacerles sentir que no estaba tratando de introducirse en coto ajeno para involucrarse en algo que no le concernía. Antes de nada tenía que establecer contacto con ellos para que desaparecieran las barreras de extranjería y suspicacias.

(i) Pablo, con psicología y amor combinados, empieza alabándolos por algo positivo: les dice que da gracias a Dios porque la fe cristiana de ellos se conoce en todo el mundo. Hay personas que tienen la lengua siempre aunada para alabar, y otras, siempre afilada para criticar; hay personas que enfocan la mirada para descubrir defectos, y otras, virtudes. Se decía de Thomas Hardy que, cuando iba al campo, no descubría las florecillas silvestres, sino el estercolero que había en algún rincón. Pero es un hecho que nos llevaremos mejor con las personas que alabamos que con las que criticamos. Los que más inspiran y ayudan a los demás son los que tienen la capacidad de ver lo mejor que hay en las personas.

Nunca ha habido nada en la historia de la cultura que haya igualado en belleza a la civilización griega en su cumbre; y, sin embargo, T. R. Glover dijo una vez que estaba fundada en « la fe ciega en el vulgo.» Una de las grandes figuras de la guerra de 1914-18 fue Donald Hankey, el autor de El estudiante en armas. Veía a la gente en su mejor y en su peor aspectos. En una de sus cartas les decía a los suyos: « Si sobrevivo a esta guerra quiero escribir un libro sobre «La Bondad viva», analizando toda la bondad y la nobleza inherente en la gente sencilla, y tratando de mostrar cómo debería encontrar cumplimiento y expresión en la Iglesia.» También escribió un gran ensayo titulado El querido capitán, en el que describe al querido capitán escogiendo a los soldados más difíciles para entrenarlos personalmente: «Los miraba, y ellos le miraban a él, y se reconstruían y animaban a dar de sí todo lo mejor.»

Nadie podrá ni empezar a salvar a otros a menos que, en primer lugar, crea en ellos. Una persona humana es una criatura pecadora que no merece más que el infierno; pero tiene un héroe dormido en el alma, y a menudo una palabra de aprecio despierta ese heroísmo latente, mientras que la crítica y la condenación no producirán más que resentimiento y desesperación. Aidano fue el apóstol de los sajones. Allá por el año 630 d.C., el rey sajón hizo una petición a la comunidad cristiana de la isla escocesa de Iona para que le mandaran un misionero a su reino para que les predicara el Evangelio. El primer misionero volvió hablando de «la disposición testaruda y bárbara de los ingleses.» « No tienen modales -dijo- y se comportan como salvajes.» En su informe dijo que aquella misión no tenía sentido; pero entonces Aidano le dijo: «Creo, hermano, que tal vez has sido demasiado severo con esos oyentes ignorantes, y que debes guiarlos gentilmente, dándoles primero la leche de la religión y después la vianda.» Así es que mandaron a Aidano a Northumbria, y su gentileza ganó para Cristo a aquel mismo pueblo que la severidad crítica de su hermano monje había repelido.

(ii) Aunque Pablo no conocía personalmente a los de Roma, oraba constantemente por ellos a Dios. Es un privilegio y un deber cristianos el presentar a nuestros seres queridos y a nuestros hermanos en la fe al trono de la gracia. En uno de sus sermones sobre la Oración Dominical, Gregorio de Nisa tiene un pasaje lírico sobre la oración: «El efecto de la oración es la unión con Dios; y, si uno está con Dios, está fuera del alcance del enemigo. Mediante la oración conservamos la castidad, controlamos el genio y nos desembarazamos de la vanidad. Nos hace olvidar las ofensas, vence la envidia, derrota la injusticia y enmienda el pecado. Mediante la oración obtenemos bienestar físico, un hogar feliz, una sociedad fuerte y bien ordenada… La oración es el sello de la virginidad y la garantía de la fidelidad en el matrimonio. Escuda al viajero, protege al dormido, infunde valor al vigilante… Es refresco al cansado y consuelo al triste.

La oración es deleite para el que está contento, y solaz para el afligido… La oración es la intimidad con Dios y la contemplación de lo invisible… La oración es el disfrute de las cosas presentes y la sustancia de las venideras.»

Aunque estemos separados de otros y aunque no tengamos otra cosa que darles, podemos rodearlos con la fuerza y la protección de nuestras oraciones.

(iii) Pablo, en su humildad, estaba siempre tan dispuesto a recibir como a dar. Empieza diciendo que quería ir a Roma para impartirle a la iglesia algún don que la confirmara en la fe; y entonces cambia: dice que quería ir a Roma para que tanto él como la iglesia de allí pudieran confortarse y fortalecerse mutuamente, y para que cada uno pudiera encontrar riquezas preciosas en la fe del otro. Hay dos clases de maestros: los que se consideran por encima de sus alumnos y les dicen lo que tienen que saber y aceptar; y los que más bien parecen decirles: « Venga, vamos a aprender esto juntos.» Pablo era el mayor pensador que había en la Iglesia Primitiva; y sin embargo, cuando pensaba en aquellos a los que quería predicar, no consideraba que él solo tenía que enseñarles, sino también que podía aprender de ellos. Requieren humildad tanto el enseñar como el aprender.

(iv) El versículo 14 tiene un doble sentido en griego que es casi imposible traducir. La versión Reina-Valera dice: «A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor.» Pablo estaba pensando en dos cosas cuando escribió eso:

(a) Estaba en deuda con ellos por todas las muestras de afecto que había recibido. (b) Estaba en deuda con ellos porque había recibido de Dios el encargo de predicarles el Evangelio, y se lo debía. Esta frase tan concisa quiere decir: «Por todo lo que he recibido de ellos y por todo lo que tengo el deber de darles estoy en deuda con todo el mundo.»

Puede parecer extraño que Pablo hable de los griegos cuando estaba escribiendo a los romanos. Ya entonces la palabra griego había perdido totalmente su sentido nacional. Las conquistas de Alejandro Magno habían llevado la lengua y la cultura griegas por todo el mundo, y ya no era griega una persona solamente por el hecho de haber nacido en Grecia, sino por participar de la herencia cultural que se originó en aquel país. Un bárbaro es literalmente el que habla diciendo bar-bar, es decir, usando una lengua fea y ridícula en contraste con la lengua hermosa, flexible y rica de Grecia. Ser griego era ser un hombre de cierta cultura, con una cierta sensibilidad y espíritu. Uno de los griegos dijo de su propio pueblo: « Puede que los bárbaros se topen con la verdad; pero hace falta ser griego para entenderla.»

Lo que Pablo quería decir era que su Mensaje, su amistad y su obligación eran para los intelectuales y para los sencillos, para los cultos y para los incultos, para los letrados y para los analfabetos. Tenía un Mensaje para todo el mundo, y su ambición era llegar a comunicarlo también en Roma.

La buena noticia de la que se está orgulloso

Estoy orgulloso del Evangelio, porque es el poder de Dios que les produce Salvación a todos los que lo creen; a los judíos, en primer lugar, pero también a los griegos. El camino de la buena relación con Dios se revela en el Evangelio cuando la fe del hombre responde a la fidelidad de Dios, exactamente como está escrito: «Es la persona que está en la debida relación con Dios como resultado de su fe la que vivirá.»

Cuando llegamos a estos dos versículos ya hemos pasado la introducción y escuchamos el clarín del Evangelio. Muchos de los grandes conciertos para piano empiezan con un acorde explosivo, y luego viene el tema que se va a desarrollar. La probable razón es que se interpretaban en reuniones privadas en casas grandes; y, cuando el pianista se sentaba al piano todavía había un murmullo de conversación. Tocaba el acorde inicial para captar la atención de la audiencia, y a continuación exponía el tema.

Hasta estos dos versículos Pablo ha estado estableciendo contacto con los destinatarios de su carta, atrayéndose su atención; y ahora enuncia el tema.

Aquí no tenemos más que dos versículos; pero contienen tanto de la quintaesencia del Evangelio de Pablo que merecen que nos detengamos en ellos el tiempo necesario.

Pablo empieza diciendo que está orgulloso del Evangelio que tiene el privilegio de predicar. Es sorprendente considerar el trasfondo de esta afirmación. A Pablo le habían metido en la cárcel en Filipos, le habían obligado a escapar por su vida en Tesalónica, le habían tenido que sacar de contrabando en Berea, se habían reído de él en Atenas, y en Corinto su Mensaje les había parecido una estupidez a los griegos y un escándalo a los judíos. A pesar de todo eso y mucho más, Pablo proclama que está orgulloso del Evangelio. Había algo en el Evangelio que le hacía salir victorioso de todo lo que los hombres le pudieran hacer.

En este pasaje nos encontramos con tres de las grandes consignas paulinas, tres grandes pilares de su pensamiento y creencia.

(i) Tenemos su concepción de la Salvación (sótéría). En aquel momento de la Historia, la Salvación era el bien supremo que todos estaban buscando. Había habido un tiempo en el que la filosofía griega había sido especulativa. Cuatrocientos o quinientos años antes, los filósofos habían pasado el tiempo discutiendo el problema de cuál es el elemento básico del que se ha formado el universo. La filosofía había sido especulativa y natural; pero, poco a poco, con el paso de los siglos, la vida se había desplomado: los antiguos hitos habían desaparecido; los hombres se sentían rodeados de tiranos, conquistadores y peligros; la degeneración y la debilidad los acechaban, y la filosofía cambió de canal: se hizo, no especulativa, sino práctica. Dejó de ser filosofía natural para convertirse en filosofía moral. Su único propósito era levantar «una muralla defensiva contra el caos que se les echaba encima.»

Epicteto llamaba a su aula « el hospital para las almas enfermas.» Epicuro llamaba a su enseñanza « la medicina de la salvación». Séneca, el contemporáneo de Pablo, decía que todos los hombres estaban mirando ad salutem, buscando la salvación. Lo que necesitamos, decía, «es que se nos tienda una mano para levantarnos.» Los hombres, decía, son abrumadoramente conscientes de «su debilidad e ineficacia en las cosas necesarias.» Él mismo, decía, era homo non tolerabilis, uno al que no se podía tolerar. La gente amaba sus vicios, decía con una cierta desesperación, y los odiaba al mismo tiempo. En este mundo desesperado, decía Epicteto, la gente está buscando la paz, «no la que proclama el César, sino la de Dios.»

Difícilmente se encontrará dtra época de la Historia en la que la humanidad estuviera buscando más la salvación. Era precisamente esa salvación, esa liberación y ese poder, lo que el Evangelio ofrecía al mundo.

Veamos qué era esa sótéría, esa Salvación cristiana:

(a) Era la salvación de la enfermedad física (Mateo 9:21; Lucas 8:36). No era algo que sólo tuviera relación con el otro mundo. Estaba orientado a rescatar al ser humano en cuerpo y alma.

(b) Era la salvación del peligro (Mateo 8:25; 14:30). No es que le garantizaba al hombre una vida libre de riesgos y peligros, sino que le daba la seguridad del alma en cualesquiera circunstancias. Como escribió Rupert Brook en los días de la I Guerra Mundial en su poema Seguridad: A salvo estaré al salir secretamente armado frente a todas las asechanzas de la muerte; a salvo, cuando se pierda toda seguridad; a salvo cuando los hombres caigan; y, si estos pobres miembros mueren, del todo a salvo La Salvación de Cristo nos pone a salvo de las circunstancias externas.

(c) Era la salvación de toda contaminación. El cristiano está a salvo del contagio de una generación retorcida y perversa (Hechos 2:40). Los que tienen la Salvación de Cristo tienen un antiséptico divino que los guarda de la infección del mal que hay en el mundo.

(d) Era la salvación de la perdición (Mateo 18:11; Lucas 19:10). Jesús vino a buscar y salvara los que se habían perdido. Por naturaleza nos encontramos en un camino equivocado, que no conduce más que a la muerte. Cuando recibimos la Salvación de Cristo vamos por el camino verdadero de la Vida (Juan 14:6).

(e) Era la salvación del pecado (Mateo 1:21). La humanidad se encuentra sometida a esclavitud bajo un tirano del que no puede escapar. La Salvación de Cristo nos libra de la tiranía del pecado que paga el servicio de sus súbditos con la muerte (Romanos 6:23).

(f) Era la salvación de la ira de Dios (Romanos 5:9). En el próximo pasaje tendremos ocasión de investigar el sentido de esta frase. De momento nos basta tomar nota de que hay en el mundo una ley moral inexorable, y el anuncio de un juicio ineludible forma parte del Evangelio. Si no fuera por la Salvación de Cristo, no podríamos esperar más que la condenación eterna.

(g) Era una salvación escatológica. Es decir: una salvación que alcanza su plenitud en el triunfo final de Jesucristo (Romanos 13:11; 1 Corintios 5:5; 2 Timoteo 4:18; 1 Pedro 1:5). El Evangelio viene a ofrecerle a un mundo sin esperanza una Salvación que puede mantener a salvo en esta vida y en la
eternidad a todos los que la aceptan.

(ii) Tenemos su concepción de la fe. Esta es una palabra henchida de sentido en el pensamiento de Pablo.

(a) Su sentido más corriente es lealtad. Escribiendo a los tesalonicenses, Pablo quería tener noticias de su fe; es decir: si su lealtad estaba resistiendo la prueba. En 2 Tesalonicenses 1:4, se combinan fe y paciencia o firmeza. La fe es la fidelidad a toda prueba que caracteriza a todo fiel soldado de Jesucristo.

(b) Fe quiere decir creencia, la convicción de que algo es verdad. En 1 Corintios 15:17 Pablo les dice a los corintios que si Jesús no resucitó, entonces su fe es inconsistente, todo lo que han creído se derrumba. La fe es el asentimiento al Evangelio, su aceptación como verdad.

(c) Fe es sinónimo a veces de la religión cristiana (La Fe). En 2 Corintios 13:5 Pablo dice a los que se le oponen que se examinen a sí mismos para ver si realmente se mantienen en la fe, es decir, si son o no cristianos.

(d) Fe es a veces equivalente a una esperanza indestructible. «Andamos -dice Pablo-, no dependiendo de lo que vemos, sino por la fe» (2 Corintios 5:7).

(e) Pero en su sentido más característicamente paulino, fe quiere decir aceptación total y confianza absoluta. Es decir: Jugarse la vida a que hay Dios, y que es como Jesús nos Le ha mostrado. Es estar absolutamente seguros de que lo que Jesús ha dicho es la verdad, y apostar el tiempo y la eternidad a esa seguridad. «Creo en Dios -decía Stevenson-, y si me despertara en el infierno seguiría creyendo en Él.> «Aunque me mate, en Él esperaré» -decía Job (13:15).

La fe empieza por receptividad. Cuando, por lo menos, estamos dispuestos a escuchar el Evangelio. Sigue por asentimiento de la mente: después de oír, estamos de acuerdo en que es verdad; pero ese asentimiento mental puede no desembocar en acción. Muchas personas saben que algo es cierto, pero no cambian lo más mínimo en consecuencia. El paso decisivo se da cuando del asentimiento mental se pasa a la entrega total. La fe madura se da cuando alguien escucha el Evangelio, está de acuerdo en que es verdad y se entrega en una rendición incondicional.

(iii) Tenemos su concepción de la justificación. No hay palabras que sean más difíciles de entender en todo el Nuevo Testamento que justo, justicia, justificar y justificación. En esta carta tendremos ocasión de encontrárnoslas a menudo. Por lo pronto nos conformaremos con establecer las líneas generales por las que discurre el pensamiento de Pablo.

El verbo griego que usa Pablo para justificar es dikaiún, del que la primera persona de singular del presente de indicativo es dikaioó, justifico. Debemos darnos cuenta de que la palabra justificar tiene aquí un sentido distinto del corriente en español.

Cuando «nos justificamos», damos razones para demostrar que teníamos razón; si es otro el que «nos justifica», presenta pruebas que confirman que actuamos como es debido. Pero todos los verbos griegos que terminan en oó no quieren decir probar o hacer que una persona o cosa sea algo, sino tratar o considerar a una persona como si fuera algo. Si Dios justifica a un pecador, no quiere decir que le da la razón y le acepta como justo. ¡Lejos de eso! Ni siquiera quiere decir, en este punto, que Dios hace que el pecador sea bueno. Quiere decir que Dios trata al pecador como si no lo fuera. En lugar de tratarle como a un criminal que merece ser condenado, Dios le trata como a un hijo al que ama. Eso es lo que quiere decir la justificación: que Dios nos considera, no como enemigos, sino como amigos; no como merecen los malos, sino como merecen los buenos; no como a transgresores de la ley a los que hay que castigar, sino como a hombres y mujeres a los que hay que amar. Esta es la
esencia misma del Evangelio.

Esto quiere decir que ser justificados es entrar en una nueva relación con Dios, una relación de amor, de confianza y de amistad, en lugar del distanciamiento de la enemistad y el miedo. Ya no nos dirigimos a un Dios que irradia justo y terrible castigo, sino perdón y amor redentor. La justificación (dikaiosyné) es la relación correcta entre Dios y la criatura humana. El que es justo (dikaios) es el que está en esta correcta relación con Dios -y aquí viene un detalle de suprema importancia-, no por nada que él haya hecho, sino por lo que Dios ha hecho por él. Está en la debida relación con Dios, no por haber cumplido meticulosamente todos los mandamientos de la ley, sino porque se ha arrojado en una fe a ultranza a merced de la misericordia y el amor de Dios.

En la antigua versión Reina-Valera teníamos la famosa frase: «El justo vivirá por la fe» (Romanos 1:17). Ahora podemos ver lo que quería decir Pablo con esta cita de Habacuc 2:4: Es el que está en la correcta relación con Dios -no por sus propias obras, sino por su absoluta fe en lo que el amor de Dios ha hecho- el que experimenta la vida de veras, ahora y en la eternidad. Para Pablo, ha sido la Obra de Jesús lo que ha hecho posible para el hombre entrar en esta relación nueva y preciosa con Dios. El miedo a Dios ha dejado su lugar al amor.

Al Dios al Que el hombre consideraba su enemigo, ahora Le ve y Le conoce como su supremo y eterno Amigo.

La ira de Dios

Porque la ira de Dios se revela desde el Cielo, y se dirige contra toda impiedad y maldad de los hombres que, en su maldad, intencionadamente sofocan la verdad que está luchando en sus corazones. Porque, lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro en su interior porque Dios mismo se lo pone claro; porque, desde la creación del universo, siempre ha sido posible entender las cosas invisibles, como el poder y la divinidad, por medio de las cosas creadas. El orden de la creación está patente para dejar a los hombres sin disculpa; porque, aunque saben de Dios, sin embargo no Le glorifican ni Le dan gracias, sino se enredan en toda clase de especulaciones hueras, de tal manera que se les oscurece más su mente insensata. Pretenden ser sabios, pero no son más que necios, y han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes de semejanzas de personas mortales, y de aves y de cuadrúpedos y de reptiles.

En el pasaje anterior Pablo estaba pensando en la relación con Dios en que el hombre puede entrar mediante una fe que es absoluta confianza y entrega. En contraste con esa relación pone ahora la ira de Dios en la que se incurre cuando se es deliberadamente ciego a Dios y se adoran los propios pensamientos e ídolos en vez de a El.

Esto es difícil y nos exige pensar en serio, porque aquí nos encontramos con la concepción de la ira de Dios, una frase alarmante y aterradora. ¿Qué quiere decir? ¿Qué tenía Pablo en la mente cuando la usaba?

En las partes más antiguas del Antiguo Testamento la ira de Dios se relaciona especialmente con la idea del pueblo del pacto.

El pueblo de Israel estaba en una relación especial con Dios, Que le había escogido y ofrecido una relación especial que se obtendría y mantendría siempre que guardara la Ley (Éxodo 24:3-8). Eso quería decir dos cosas:

(a) Quería decir que, dentro de la nación, cualquier desobediencia a la Ley provocaba la ira de Dios, porque quebrantaba la relación con El. Números 16 nos habla de la rebelión de Coré, Datán y Abiram, y que al final Moisés le dijo a Aarón que hiciera expiación por el pecado del pueblo, «porque el furor ha salido de la presencia del Señor» (Números 16:46). Cuando los israelitas se desviaron para dar culto a Baal, « el furor del Señor se encendió contra Israel» (Números 25:3).

(b) Además, como la nación de Israel estaba en una relación exclusiva con Dios, cualquier otra nación que la tratara con crueldad o injusticia incurría en la ira de Dios. Babilonia había maltratado a Israel, y «por la ira del Señor no será habitada» (Jeremías 50:13).

En los profetas aparece la idea de la ira de Dios, pero con un nuevo hincapié. El pensamiento religioso judío a partir de los profetas estaba dominado por la idea de las dos edades, la presente y la por venir: la presente es esencialmente mala, y la edad dorada por venir será esencialmente buena. Entre ambas estará el Día del Señor, que será un día terrible de juicio y retribución en el que el mundo será sacudido, los pecadores destruidos y el universo rehecho antes de que venga el Reino de Dios. Será entonces cuando entre en acción la ira del Señor de una manera aterradora. « He aquí el Día del Señor viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la Tierra en soledad» (Isaías 13:9). «Por la ira del Señor de los Ejércitos se oscureció la Tierra, y será el pueblo como pasto del fuego» (Isaías 9:19). « Ni su plata ni su oro podrán librarlos en el día del furor del Señor» (Ezequiel 7:19). Dios derramará sobre las naciones su enojo, todo el ardor de su ira; por el fuego de su celo será consumida toda la Tierra (Sofonías 3:8).

Pero los profetas no consideraban que la ira de Dios se posponía hasta ese terrible Día del Juicio. La veían constantemente en acción. Cuando Israel se alejaba de Dios, cuando era rebelde e infiel, la ira de Dios operaba en su contra y le envolvía en ruina, desastre, cautividad y derrota.

Para los profetas, la ira de Dios estaba obrando continuamente, aunque alcanzaría su clímax de terror y destrucción en el Día del Señor.

Un investigador moderno lo expresa de la siguiente manera: Porque Dios es Dios, y es esencialmente santo, no puede tolerar el pecado, y la ira de Dios es su «reacción aniquiladora» contra el pecado.

Esto nos es difícil de entender y de aceptar. Es de hecho la clase de religión que identificamos con el Antiguo Testamento más que con el Nuevo. Hasta Lutero lo encontraba difícil, y hablaba del amor como la obra característica de Dios, y de la ira como la extraña acción de Dios. Para la mentalidad cristiana es una cosa sorprendente.

Vamos a tratar de ver cómo lo entendía Pablo. C. H. Dodd escribió con mucha profundidad y sabiduría sobre este tema. Pablo habla a menudo de la idea de la ira; pero no dice nunca que Dios esté airado. Habla del amor de Dios, y dice que Dios ama; habla de la gracia de Dios, y de Dios actuando por gracia; habla de la fidelidad de Dios, y de que Dios es fiel con su pueblo… Pero, aunque nos parezca extraño, habla de la ira de Dios, pero no dice nunca que Dios esté airado o se aíre, expresión que sí encontramos en el Antiguo Testamento; así es que hay una diferencia entre el amor y la ira de Dios. Además, Pablo habla de la ira de Dios solamente tres veces: aquí, en Efesios 5:6 y en Colosenses 3:6, donde habla de la ira de Dios que viene sobre los hijos de desobediencia. Habla a menudo de la ira, sin decir que es la ira de Dios, como si debiera escribirse con mayúscula -La Ira-, y fuera una clase de fuerza impersonal que actúa en el mundo. La traducción literal de Romanos 3:5 es: «.. . Dios, que trae sobre los hombres la Ira» (R-V: «que da castigo»). En Romanos 5:9 habla de ser salvos de la Ira. En Romanos 12:19 avisa a los humanos que no se venguen, sino que dejen a los malhechores para la Ira (R-V añade « de Dios»). En Romanos 13:5 habla de la Ira como una razón de peso para hacer a los hombres obedientes a las leyes (R-V «el castigo»). En Romanos 4:15 dice que la Ley produce Ira. Y en 1 Tesalonicenses 1:10 dice que Jesús nos ha librado de la Ira venidera. Ahora bien, aquí hay algo muy importante: Pablo habla, sí, de la Ira, pero nos dice que Jesús nos salva de esa misma Ira.

Volvamos a los profetas. Muy a menudo su mensaje equivale a: «Si no obedecéis a Dios, su ira os acarreará ruina y desastre.» Ezequiel lo dice de una manera lapidaria: « El alma que pecare, ésa morirá» (18:4). Hay un orden moral en este mundo, y el que lo quebranta tiene que sufrir más tarde o más temprano. Eso es exactamente lo que dijo el gran historiador J. A. Froude: « Hay una lección, una sola, que podemos decir que la Historia repite con claridad; y es que el mundo está basado en un fundamento moral, y que, a la larga, les va bien a los buenos y, a la larga, les irá mal a los malvados.» La esencia del mensaje de los profetas hebreos es que hay un orden moral en el mundo. La conclusión es clara: Ese orden social es la operación de la ira de Dios. Dios ha hecho este mundo de tal manera que, si quebrantamos sus leyes, sufrimos las consecuencias. Ahora bien: si estuviéramos solamente a merced de ese inexorable orden moral, no podríamos esperar más que muerte y destrucción. El mundo está hecho de tal manera que el alma que peque tendrá que morir -si no hay más que ese orden moral. Pero en este dilema de la humanidad llega el amor de Dios, y en un acto de gracia indescriptible rescata al hombre de las consecuencias del pecado y le salva de la ira en que ha incurrido.

Pablo continúa insistiendo en que el hombre no puede alegar ignorancia de Dios. Puede ver cómo es por Su obra. Se puede conocer bastante a una persona por lo que ha hecho, e igualmente a Dios por Su creación. El Antiguo Testamento ya lo afirma.

En Job 38-41 se nos presenta esta n-isma idea. Pablo lo sabía; cuando habla de Dios a los paganos de Listra, empieza por Su obra en la naturaleza (Hechos 14:17). Tertuliano, el gran teólogo de la Iglesia Primitiva, tiene mucho que decir acerca de la convicción de que a Dios se Le puede conocer en la creación: « No fue la pluma de Moisés la que inició el conocimiento del Creador… La inmensa mayoría de la humanidad, aunque no han oído nada de Moisés, y no digamos de sus libros, conocen al Dios de Moisés.» «La naturaleza es el maestro, y el alma, el discípulo.» «Una florecilla junto a la valla, y no digo del jardín; una concha del mar, y no digo una perla; una pluma de alguna avecilla, no tiene que ser la de un pavo real, ¿os dirán acaso que el Creador es mezquino?» « Si te ofrezco una rosa, no te burlarás de su Creador.»

En la creación podemos conocer al Creador. El argumento de Pablo es totalmente válido: si observamos el mundo vemos que el sufrimiento sigue al pecado. Si quebrantas las leyes de la agricultura, la cosecha no grana; si las de la arquitectura, el edificio se derrumba; si las de la salud, se presenta la enfermedad. Pablo estaba diciendo: « ¡Observad el mundo, y veréis cómo está construido! Fijándonos en cómo es el mundo, podemos aprender mucho de cómo es Dios.» El pecador no tiene disculpa.

Pablo avanza aún otro paso. ¿Qué hace el pecador? En lugar de mirar hacia Dios, se mira a sí mismo. Se enreda en vanas especulaciones y se cree sabio, cuando en realidad no es más que un necio. ¿Por qué? Porque hace de sus ideas, sus opiniones y sus especulaciones, en lugar de la voluntad de Dios, el principio y la ley de la vida. La necedad del pecador consiste en hacer «al hombre dueño y señor de las cosas.» Basa sus principios en sus propias opiniones en lugar de en las leyes de Dios. Vive en un universo del que él es el centro, en lugar del universo del que el centro es Dios. En lugar de caminar con la mirada fija en Dios, no se mira nada más que a sí mismo y, por no mirar por dónde ni adónde va, cae.

El resultado es la idolatría. Se cambia la gloria de Dios por imágenes de formas humanas y animales. La raíz del pecado de la idolatría es el egoísmo. El hombre hace un ídolo, le trae ofrendas y le dirige oraciones. ¿Por qué? Para que prosperen sus planes y sus sueños. Su religión no tiene en cuenta a Dios, sino a sí mismo. En este pasaje nos encontramos cara a cara con el hecho de que la esencia del pecado es ponernos a nosotros mismos en el lugar de Dios.

Hombres con los que Dios no puede hacer nada

En consecuencia, Dios los ha dejado a merced de la inmundicia en el ansia de placer de sus corazones, que los arrastra a deshonrar sus cuerpos entre ellos, ya que han cambiado la verdad de Dios por la falsedad, y dan culto y sirven a la creación en vez de al Creador, Que es bendito para siempre. Amén.

La palabra que traducimos como ansia (epithymía), en R-V concupiscencia, es la clave de este pasaje. Aristóteles definía epithymía como lanzarse tras el placer. Los estoicos, como lanzarse tras un placer que desafía toda razón. Clemente de Alejandría lo llamaba un irracional lanzarse hacia lo que produce placer. Epithymía es el deseo apasionado de una placer prohibido. Es el deseo que hace cometer acciones innominables y vergonzosas. Es la manera de vivir de una persona que está tan inmersa en el mundo que ya no tiene a Dios en cuenta para nada.

Es algo terrible decir que Dios ha dejado a alguien, se ha desentendido de él; y sin embargo hay dos razones para decirlo:

(i) Dios ha dado a los hombres el libre albedrío, y se lo respeta. En último análisis, ni siquiera Él puede interferir en el libre albedrío. En Efesios 4:19 Pablo habla de los que se han abandonado a la lascivia, le han rendido toda su voluntad. Oseas 4:17 tiene una frase terrible: « Efraín se ha entregado a los ídolos. ¡Déjalo!» A1 hombre se le presenta una elección libre, y así tiene que ser. Sin posibilidad de elección no puede haber bondad, ni puede haber amor. Una bondad impuesta no es verdadera, como un amor impuesto no es amor. Si los hombres escogen deliberadamente volver la espalda a Dios después que El ha enviado al mundo a su Hijo Jesucristo, ni siquiera El puede hacer nada para evitarlo.

Cuando Pablo dice que Dios entregó a los hombres a la inmundicia, esa palabra no contiene airada indignación. Más aún, su tono principal no es de condenación o juicio, sino de anhelo, de dolorido pesar, como el de un amante que ha hecho todo lo que ha podido y ya no puede hacer más. Describe exactamente el sentimiento del padre que ve a su hijo volverle la espalda y marcharse a poner distancia por medio.

(ii) Y sin embargo en esta palabra entregar hay más que eso, hay juicio. Es uno de los hechos inexorables de la vida que, cuanto más se comete una mala acción, más fácil resulta cometerla. Tal vez se empieza con un cierto temblor por lo que se está haciendo, pero se acaba por hacerlo sin darse uno cuenta. No es que Dios le esté castigando, sino que empieza a atraer el castigo sobre sí mismo, convirtiéndose más y más en esclavo del pecado. Los judíos conocían este hecho, y lo expresaban con ciertos dichos: «Todo cumplimiento del deber se recompensa con otro; y toda transgresión se castiga con otra.» « El que se esfuerza por mantenerse puro, recibe poder para serlo; y el que se atreve a abrir la puerta a la impureza, acaba por encontrarla siempre abierta.» « El que levanta una pared a su alrededor se queda emparedado, y el que se entrega queda entregado.»

Lo más terrible del pecado es su poder para engendrar pecado. La terrible responsabilidad del libre albedrío es que puede usarse de tal manera que al final se pierde, y se llega a ser esclavo del pecado, abandonado al mal. En el pecado hay siempre una mentira, porque el pecador cree que aquello le va a hacer feliz, y al final arruina la vida, tanto la propia como la ajena, en este mundo y en el venidero.

La era de la vergüenza

Por todo esto, Dios los ha abandonado a pasiones deshonrosas; porque sus mujeres cambian la relación natural por otras que van en contra de lo natural, y los hombres hacen lo mismo, dejando la relación natural con las mujeres e inflamándose de deseos de unos por otros, llegando a hacerse culpables de una conducta vergonzosa con otros hombres.

De esta manera reciben dentro de sí mismos las consecuencias justas e inevitables de su error. Romanos 1:26-32 podría parecer la expresión de un moralista histérico que estuviera exagerando la situación contemporánea y pintándola con colores de hipérbole retórica. Describe una situación de degeneración moral casi sin paralelo en la Historia universal. Pero Pablo no dice nada que no dijeran los escritores griegos y latinos de su tiempo.

(i) Fue una época en la que las cosas parecían, como si dijéramos, fuera de todo control. Virgilio escribió: « Se confunden el bien y el mal. Hay tantas guerras por todo el mundo, y tantas formas de mal; ya no se respeta ni el arado: los campesinos se llevan a otro sitio, y los campos se pierden; la reja se endereza para hacer una espada. En el Oriente, el Éufrates se está desperezando para la guerra, y en el Oeste, Alemania. Sí, las ciudades cercanas quebrantan sus alianzas y sacan la espada, y la furia salvaje del dios de la guerra ruge por todo el mundo, lo mismo que cuando las cuadrigas del circo arremeten desde sus compuertas y se lanzan a la carrera, y el piloto tensa desesperadamente las riendas, pero tiene que dejar que los caballos vayan por donde quieran, fuera de todo control.»

Es un mundo en el que la violencia se ha desbocado. Cuando Tácito se puso a escribir la historia de este periodo, dijo: «Estoy entrando en la historia de un periodo rico en desastres, tenebroso de guerras, rasgado de sediciones, salvaje hasta en sus momentos de paz… Todo estaba en un delirio de odio y terror; se sobornaba a los esclavos para que traicionaran a sus amos, los libertos a sus patronos. A1 que no tenía enemigos le destruían sus amigos.» Suetonio escribe del reinado de Tiberio: «No pasaba ningún día sin que se ejecutara a alguien.» Era una época de puro y absoluto terror. «Roma -dice el historiador Tito Livio- no podía soportar, ni sus males, ni los remedios que podrían haberlos curado.» El poeta Propercio escribe: « Veo a Roma, a la soberbia Roma, perecer víctima de su propia prosperidad.» Era una edad de suicidio moral. El satírico Juvenal escribía: « La Tierra ya no produce más que hombres malos y cobardes. Por tanto Dios, sea quien sea, mira hacia abajo, se ríe de ellos y los odia.»

Para los pensadores era un tiempo en el que todo parecía fuera de control, en el que, entre bastidores, se podía oír la risa burlona de los dioses. Como dijo Séneca, era una edad «sacudida por la agitación de un alma que ya no era dueña de sí misma.»

(ii) Era una época de lujo desmesurado. En los baños Públicos de Roma salía el agua caliente y fría de grifos de plata. Calígula llegó hasta a rociar la arena del circo de polvo de oro en lugar de serrín. Juvenal decía con amargura: « Se cierne sobre Roma un lujo más despiadado que la guerra… No hay delito ni obra de codicia que falte desde que Roma acabó con la pobreza.»

«El dinero, nodriza del libertinaje… y la riqueza enervadora socavaron el nervio de una edad con su sucio lujo.» Séneca hablaba del «dinero, que arruina el verdadero valor de las cosas» -y añadía-: « No preguntamos qué es una cosa, sino cuánto cuesta.»

Era una edad tan harta de las cosas ordinarias que estaba ávida de sensaciones nuevas. Lucrecio habla de cesa amargura que fluye de la misma fuente del placer.» El crimen llegó a ser el único antídoto del aburrimiento, hasta que, como dijo Tácito, «cuanto mayor la infamia, más salvaje la delicia.»

(iii) Era una edad de inmoralidad sin precedentes. No había habido ni un solo caso de divorcio en los primeros 520 años de la historia de la república romana. El primer romano del que se sabe que se divorció de su mujer fue Spurio Carvilo Ruga, el año 234 a.C. Pero Séneca dice de su tiempo que « la gente se casa para divorciarse y se divorcia para casarse.» Matronas romanas de alcurnia contaban los años por los nombres de sus maridos en lugar de los nombres de los cónsules, que era la manera oficial de fechar. Juvenal no podía creer que fuera posible tener la suerte de encontrar una matrona de impoluta castidad.

Clemente de Alejandría habla de la típica dama de la sociedad romana «ceñida como Venus con el cinto dorado del vicio.»

Juvenal escribía: «¿Le bastaría a Iberina con un solo marido? ¡Más contenta estaría si no tuviera más que un ojo!» Cita el caso de una mujer que había tenido ocho maridos en cinco años, y el increíble de la emperatriz Agripina, esposa de Claudio, que solía salir del palacio por las noches para servir voluntariamente en un burdel por puro vicio. «Dan señales de un espíritu impávido en todo lo que se rebajan a acometer.» No hay nada de lo que dijo Pablo del mundo pagano que no hubieran dicho sus mismos moralistas. Y el vicio no se limitaba a las manifestaciones más crudas y animales. La sociedad estaba contaminada de arriba abajo con vicios contra naturaleza. Catorce de los primeros quince emperadores romanos eran homosexuales.

Lejos de cargar las tintas, Pablo se contuvo en su descripción de Roma, y era allí donde anhelaba predicar el Evangelio del que estaba orgulloso. El mundo necesitaba un poder capaz de producir Salvación, y Pablo sabía que ese poder no existía nada más que en Cristo.

La vida que ha prescindido totalmente de Dios

De la misma manera que se han entregado a una forma de conocimiento que rechaza la idea de Dios, Dios también los ha entregado a la clase de mentalidad que todos rechazan. El resultado es que hacen cosas indignas de un ser humano. Están repletos de toda maldad, villanía, ansia de poseer, depravación. Están llenos de envidia, asesinato, contienda, falsedad, y del espíritu que atribuye siempre lo peor. Son chismosos y criticones, aborrecedores de Dios. Son personas insolentes, arrogantes, fanfarronas, inventoras de males, desobedientes a los padres, insensatas, gente sin palabra, sin afecto natural, despiadados. Son la clase de personas que saben perfectamente que los que hacen tales cosas merecen la muerte, y sin embargo no sólo las hacen, sino también dan su aprobación a dos que las hacen.

Sería difícil encontrar un pasaje que nos presentara con más claridad lo que le sucede a la persona que no tiene en cuenta ` a Dios. No es tanto que Dios le envía el juicio como que esa persona se lo atrae sobre sí al dejar a Dios fuera de su esquema de las cosas. Cuando uno destierra a Dios de su vida se convierte en cierta clase de persona, y en este pasaje tenemos una de las descripciones más terribles de ninguna literatura de la clase de persona que llega a ser. Veamos el catálogo de cosas horribles que entran en la vida sin Dios.

Tales personas hacen cosas que son impropias de un ser humano. Los estoicos tenían una expresión: llamaban kathékonta a lo que es propio de una persona. Ciertas cosas son esencial e inherentemente parte de la humanidad, y otras no. Como dice Shakespeare en Macbeth: Osaré hacer todo lo que compete a un hombre; El que pretende hacer más, no lo es.

El que destierra a Dios no pierde sólo la piedad; pierde también la humanidad. A continuación viene una larga lista de cosas terribles. Vamos a considerarlas una por una.

(a) Maldad (adikía). Adikía es precisamente lo contrario de dikaiosyné, que quiere decir justicia, integridad; y los griegos definían la justicia como darle a Dios y al hombre lo que les es debido. El malvado es el que despoja de sus derechos al hombre y a Dios. Se ha erigido un altar a sí mismo en el centro de todo, de manera que se rinde culto a sí mismo excluyendo a Dios y al hombre.

(b) Villanía (ponéría). La palabra griega quiere decir más que maldad. Hay una clase de maldad que, por lo general, no hace daño nada más que al que la tiene. No es una maldad transitiva. Cuando perjudica a otras personas, como es natural que suceda con la maldad, no lo hace intencionadamente. Puede ser insensatamente cruel, pero no tiene una crueldad encallecida. Pero los griegos definían ponéría como el deseo de hacer daño. Es la voluntad activa e intencionada de corromper y de infligir una injuria. Cuando los griegos definían a una mujer como ponérá querían decir que seducía deliberadamente a los inocentes. Uno de los títulos más corrientes de Satanás en griego es ho ponérós, el malvado, el que ataca a propósito la bondad para destruirla. Ponérós describe al hombre que no sólo es malo, sino que quiere hacer a los demás tan malos como él. Ponéría es una maldad destructiva.

(c) El ansia de poseer (pleonexía). La palabra griega es compuesta de otras dos que quieren decir tener más. Los mismos griegos definían pleonexía como un maldito amor a tener. Es un vicio agresivo. Se ha descrito como el espíritu que persigue el interés propio sin tener en absoluto en cuenta los derechos de los demás, y hasta sin la menor consideración para con la común humanidad. Su característica es la rapacidad. Teodoreto, el prolífico teólogo sirio del siglo V, lo describe como el espíritu que se apropia y retiene cosas a las que no tiene ningún derecho. Puede operar en cualquier esfera de la vida: en cuanto a cosas materiales quiere decir apropiarse de dinero y bienes sin respeto ni honradez; en la esfera ética se refiere a la ambición que lo pisotea todo para ganar algo que no le corresponde; en la esfera moral indica la concupiscencia incontrolada que encuentra placer donde no tiene ningún derecho. La pleonexía es el deseo que no respeta ninguna ley.

(d) La depravación (kakía). Kakía es la palabra griega más general para maldad. Describe la situación del que está desprovisto de toda cualidad positiva. Por ejemplo, un kakós krités es un juez que no tiene ningún respeto a las leyes, ni tampoco el menor sentido moral ni la rectitud de carácter que no pueden faltar en un buen juez. Teodoreto describe esta condición como «la tendencia del alma a lo peor.» La palabra que usa para tendencia es ropé, que quiere decir la inclinación de la balanza. Un hombre que es kakós es el que siempre tiende hacia lo peor. Kakía se ha descrito acertadamente como la depravación total que incluye todos los vicios e introduce todos los pecados. Es la degeneración de la que crecen y en la que florecen todos los pecados.

(e) Envidia (fthonos). Hay envidia buena y mala. Existe una envidia que le revela a una persona sus debilidades e incapacidades, y la predispone a seguir buenos ejemplos; y existe otra que sencillamente se entristece por el bien ajeno y, si lo desea para sí, tendría que ser sin que le costara el menor esfuerzo, aunque, como dice el poeta, a veces puede llegar hasta el crimen: La envidia de la virtud – hizo a Caín criminal. ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio – es lo que se envidia más. Es la más destructiva y retorcida de las emociones humanas. (f) Asesinato (fonos). Debemos tener presente siempre que Jesús amplió inconmensurablemente el sentido de esta palabra cuando enseñó que no son solamente los actos de violencia los que debemos evitar, sino también el espíritu de odio y de ira (Mateo 5:21 ss). Debemos desterrar de nuestro corazón toda malquerencia o desprecio hacia otras personas. Tal vez no hayamos golpeado nunca a nadie; pero, ¿podemos decir que no le hemos deseado nunca el mal? Como decía Tomás de Aquino hace mucho tiempo: «El hombre mira los hechos; pero Dios ve las intenciones.»

(g) Contienda (eris). Indica la rivalidad que nace de la envidia, de la ambición, del deseo de prestigio, puestos y superioridad. Si nos limpiamos de los celos ya hemos hecho algo para librarnos de muchas peleas y contiendas. Es un don de Dios el ser capaces de experimentar tanto placer ante el éxito de los otros como ante el nuestro.

(h) Falsedad (dolos). Como mejor comprendemos el sentido de esta palabra es a partir del verbo correspondiente, dolún. Dolún quiere decir corrientemente mezclar un metal precioso con otro de menos valor, o aguar el vino. Dolos es falsedad; describe la cualidad de la persona de inteligencia tortuosa y retorcida, que no sabe actuar con rectitud y que se escora hacia métodos astutos y disimulados para salirse con la suya; que siempre actúa con segundas. Describe la cualidad del intrigante nato que se encuentra en todas las comunidades y sociedades.

(i) El espíritu que atribuye siempre lo peor (kakoétheía). Kakoétheía quiere decir literalmente de mala naturaleza. En el sentido más amplio quiere decir malignidad. Aristóteles lo definía en un sentido más restringido que siempre ha conservado. Decía que era « el espíritu que siempre piensa lo peor de los demás.» Plinio lo llamaba «malignidad en la interpretación.» Jeremy Taylor decía que es «la bajeza de la naturaleza que nos hace tomarlo todo por el lado malo, y atribuirle a todo la peor intención.» Puede que este sea el más corriente de todos los pecados, el que se recomienda en el horrible dicho español: «Piensa mal, y acertarás.» Es terrible pensar en la cantidad de reputaciones que se han asesinado mientras se tomaban unas cañas o unos cafés, cuando se ha atribuido la peor intención a una acción completamente inocente. Cuando nos den ganas de hacerlo, debemos recordar que Dios oye y recuerda cada palabra que decimos.

(j) Chismosos y criticones (psithyristés y katálalos). Estas dos palabras describen a los de lengua de víbora; pero hay diferencia entre ellas. Katálalos, denigrante, describe al que va pregonando sus maledicencias por todas partes, al que hace sus críticas y cuenta sus cuentos abiertamente. Psithyristés describe al que cuenta sus historias al oído, llevándose a su interlocutor a un rincón para susurrarle una confidencia que destruye un carácter. Los dos son malos; pero el confidente es el peor. Uno puede por lo menos defenderse de una acusación pública; pero es impotente frente al cuchicheo confidencial que se deleita en destruir reputaciones.

(k) Aborrecedores de Dios (theostygués). Esta palabra describe al que odia a Dios porque sabe que Le está desafiando. Dios es la barrera que se interpone entre él y sus placeres, la cadena que lé impide hacer lo que le dé la gana. De buena gana eliminaría a Dios si pudiera, porque el mejor de todos los mundos posibles sería para él uno en el que su vicio no tuviera cortapisas.

(l) Personas insolentes (hybristés). Hybris era para los griegos el vicio que más atraía su propia destrucción a manos de los dioses. -Representa dos líneas de pensamiento: (i) Describe el espíritu de la persona que desafía a Dios movida por el orgullo; la soberbia insolente que precede a la caída. La criatura humana se olvida de su criaturidad. Es el espíritu del que está tan confiado en su riqueza, poder y habilidad, que cree que no tiene que depender de nadie. (ii) Describe a la persona que es desenfrenada y sádicamente cruel e injuriosa. Aristóteles lo describe como el espíritu que hiere y ofende a los demás, no por venganza ni para obtener ninguna ventaja, sino simplemente por el placer de hacer daño. Hay personas que disfrutan viendo a uno estremecerse al oír una palabra cruel. Hay personas que sienten un placer diabólico al infligirle a otros un dolor mental o físico. Eso es hybris. Es el sadismo que se deleita haciendo daño a los demás solamente por hacer daño.

(m) Personas arrogantes (hyperéfanos). Esta es una palabra que se usa tres veces en la Escritura cuando se dice que «Dios resiste a los soberbios» (Proverbios 3:34; Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5). Teofilacto lo llamaba « la cumbre de todos los pecados.»

Teofrasto, filósofo griego que escribió una serie de bocetos de caracteres, definía hyperéfanía como «un profundo desprecio por todo lo que no sea uno mismo», y señala las cosas de la vida diaria que son señales de esta arrogancia: cuando se le pide a uno que acepte un cargo y rehúsa porque dice que no tiene tiempo para esas cosas; nunca dirige la mirada a nadie en la calle a menos que le produzca algún placer; invita a comer a una persona y luego no aparece él, y le manda a un esclavo para que le haga compañía. Está rodeado de una atmósfera de desprecio, y se complace en hacer que los demás se sientan insignificantes.

(n) Fanfarrones (alazón). Alazón es una palabra que tiene una historia interesante. Literalmente quiere decir vagabundo. De ahí pasó a designar a charlatanes ambulantes que presumen de haber realizado curas extraordinarias, o quincalleros que aseguran que sus quincallas tienen propiedades maravillosas. Los griegos definían alazonía como el espíritu que pretende tener lo que no tiene. Jenofonte decía que se da este nombre a los que presumen de ser más ricos o más valientes de lo que son, y se comprometen a hacer para obtener alguna ganancia o provecho lo que no son capaces de hacer. Teofrasto tiene aquí también un estudio de una persona así: el presumido, el esnob. Es la clase de persona que pretende tener negocios, estar en relación con gente importante, haber hecho obras de caridad y haber prestado servicios públicos que no existen más que en su imaginación.

Dice que su casa es demasiado pequeña para él/ella, y que tiene que comprarse otra mayor. La persona presumida sólo pretende impresionar a las demás, y quedan muchas de las tales en el mundo.

(ñ) Inventores de males (efeuretés kakón). La frase describe a la persona que, digamos, no tiene bastante con las maneras ordinarias y corrientes de pecar, sino que descubre o inventa vicios nuevos y recónditos, porque ya está hastiada y anda buscando nuevas emociones en nuevos pecados.

(o) Desobedientes a los padres (goneúsin apeithés). Tanto los judíos como los romanos colocaban la obediencia a los padres muy alta en la escala de las virtudes. Era uno de los Diez Mandamientos el respetar a los padres. En los primeros tiempos de la República Romana, la patria potestas -es decir, la autoridad paterna- era tan absoluta que el padre tenía poder de vida o muerte sobre su familia. La razón para incluir aquí este pecado es que, una vez que se relajan los lazos familiares, se produce una degeneración total en cadena.

(p) Insensatos (asynetos). Esta palabra describe a la persona que carece de sentido común, que no aprende por experiencia, que se niega a usar la cabeza que Dios le ha dado.

(q) Que no tienen palabra (asynthetos). Esto sería especialmente grave para los romanos; porque, en los buenos tiempos de la historia de Roma, la honradez era clave e importantísima. La palabra de un hombre era suficiente garantía. En realidad, en eso se distinguían los romanos de los griegos, que eran unos tramposos redomados. Los griegos decían que si se le confiaba un talento -una suma importante de dinero- a un gobernador o a un funcionario, aunque estuvieran presentes diez secretarios o contables, ya se las arreglaría para hacer un desfalco; mientras que un romano, ya fuera un magistrado en su jurisdicción o un general en una campaña, podía hacerse cargo de miles de talentos con la sola garantía de su palabra, sin que faltara luego ni una blanca. A1 usar esta palabra, Pablo estaba recordándoles a los romanos no sólo la ética cristiana, sino los principios de honradez
de sus mejores días como nación.

(r) Sin afecto natural (ástorgos). Storgué era la palabra griega para el amor de la familia. Es verdad que el amor de la familia estaba desapareciendo en aquella época. Nunca ha sido la vida de un niño tan precaria como entonces. Los hijos se consideraban una desgracia. Cuando nacía un bebé, se le ponía a los pies de su padre: si le levantaba, eso quería decir que le reconocía; pero si se marchaba dejándole ahí, se le echaba a la basura literalmente. Todas las noches había treinta o cuarenta bebés abandonados en el foro romano. Hasta Séneca, que fue un gran hombre en muchos sentidos, escribía: «Matamos a un perro rabioso; sacrificamos a un toro acorneados; aplicamos el cuchillo a las reses enfermas para que no contaminen el rebaño; a los bebés que nacen deformes o débiles, los ahogamos.» Los lazos de amor humano estaban desapareciendo.

(s) Despiadados (aneleémón). Nunca ha tenido menos valor la vida humana. Un amo podía matar o torturar a un esclavo si quería; al fin y al cabo no era más que una cosa, y la ley le concedía al amo un poder ilimitado sobre el esclavo. Una vez, en una casa de lujo, un esclavo que llevaba una bandeja de copas de cristal tropezó, y se le cayó una; inmediatamente el amo hizo que echaran al esclavo en un estanque que estaba lleno de voraces lampreas que se le comieron vivo. Era una época despiadada en sus mismos placeres, la de las luchas de gladiadores que le encantaba presenciar a la gente para ver cómo se mataban. Era una época en la que se desconocía la compasión.

(t) Pablo termina su catálogo de vicios diciendo que aquella gente había desterrado de su vida a Dios. Sucede a menudo que una persona sabe que es pecadora, y que está mal lo que hace, y lo reprocha en los demás. Pero en aquel tiempo, la gente había llegado a tal grado de maldad que no le daba ninguna importancia y animaba a otros a que hicieran lo mismo. George Bemard Shaw dijo una vez: « No hay nación que sobreviva a la pérdida de sus dioses.» Aquí nos da Pablo una descripción terrible de lo que pasa cuando desterramos deliberadamente a Dios de nuestra vida. A su debido tiempo, Roma pereció. El desastre sigue irremisiblemente a la degeneración.

Ahora Puedes adquirir los Libros de Estudio

Al adquirir tus libros de estudios estarás ayudando este Ministerio para cumplir con la Gran Comisión de «Id y llevad el Evangelio a toda criatura en todo lugar. Contamos con tu ayuda. Dios te Bendice rica, grande y abundantemente.

Comparte esta publicacion en tus redes favoritas

También hemos publicado para ti

El gusano y el escarabajo

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas. El escarabajo estaba consciente de que su amigo era muy limitado en movilidad, tenía una visibilidad muy restringida

Seguir Leyendo »

Jesús presenta la Gran Comisión

Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad

Seguir Leyendo »