2 Pedro 3: Los principios de la predicación

2 Pedro 3: Los principios de la predicación

Queridos hermanos, esta es ya la segunda carta que os escribo, y mi propósito en ambas ha sido suscitar con el recuerdo vuestra pura inteligencia para que tengáis presentes las cosas que hablaron los profetas de tiempo antiguo y el mandamiento del Señor y Salvador que os transmitieron vuestros apóstoles.

En este pasaje se nos presentan claramente los principios de› la predicación que Pedro cumplía.

(i) Creía en el valor dé la repetición. Sabía que es necesario que se diga una cosa una y otra vez hasta que penetre en la mente. Cuando Pablo estaba escribiendo a los filipenses, dijo que el repetir lo mismo una y otra vez a él no le cansaba, y para ellos era lo más seguro (Filipenses 3:1). Es por una continua repetición como se introducen y asientan en la mente del niño los rudimentos del conocimiento. Aquí hay algo significativo. Bien puede ser que a veces estemos demasiado interesados en las novedades, demasiado ansiosos de -decir cosas nuevas, cuando lo que se necesita es una repetición de las verdades eternas que la gente olvida tan rápidamente y cuyo significado muy a menudo se resisten a ver. Hay ciertos alimentos de los que uno no se cansa nunca; son necesarios para su sustento diario, y se le presentan todos los días. Hablamos a menudo de nuestro pan cotidiano. Y hay ciertas grandes verdades cristianas que hay que repetir una y otra vez y que nunca se deben arrumbar .por un deseo de novedad.

(ii) Creía en la necesidad de recordar. Una y otra vez el Nuevo Testamento deja bien claro que la predicación y la enseñanza consisten muy a menudo no en introducir nuevas verdades, sino en recordar lo que ya se sabe. Moffatt cita un dicho del doctor Johnson: « No se tiene presente suficientemente que la gente necesita a menudo, más que se le recuerde, que se la informe.» Los griegos hablaban del «tiempo que enjuga todas las cosas,» como si la mente humana fuera una pizarra y el tiempo una esponja que pasa por ella borrando las huellas del pasado. A menudo nos encontramos en una situación en que lo que necesitamos no es tanto que se nos enseñe como que e nos recuerde lo que ya sabemos.

(iii) Creía en el valor de un elogio. Su intención era suscitar su mente pura. La palabra que usa para puro es eilikrinés, que puede tener uno de dos sentidos. Puede que quiera decir lo que se ha cribado para no dejarle ninguna mezcla de paja; o puede querer decir lo que está tan libre de faltas que se puede exponer a la luz del sol. Platón usa la misma frase -eilikrinés diánoia- en el mismo sentido de razón pura, la que no ha sido afectada por la influencia seductora de los sentidos. Al usar esta frase Pedro apela a su pueblo para que tengan mentes que no estén contaminadas por la herejía. Es como si les dijera: «Vosotros sois de veras buenas personas… si lo recordarais simplemente.» El enfoque del predicador debería ser a menudo no tratar a sus oyentes corno si fueran criaturas despreciables que merecen condenarse, sino criaturas espléndidas que deben salvarse. No son como la basura, con la que no se puede hacer más que quemarla, sino como joyas que hay que rescatar del cieno: en el .que han. caído. Donald Hankey cuenta -del «querido capitán» cuyos hombres estaban dispuestos a seguirle adonde fuera. Los miraba, y ellos le miraban a él y se llenaban de decifón y determinación de ser lo que 61 creía que eran. Solemos sacar más de personas en las que creemos que de las que despreciamos.

(iv) Creía en la unidad de la Escritura. Descubría un plan en la Escritura; La Biblia era un libro centrado en Cristo. El Antiguo Testamento anuncia a Cristo; los Evangelios cuentan de Jesucristo; los Apóstoles traen el mensaje de Cristo a la humanidad.

La negación de la segunda venida

Para empezar, ya estáis advertidos de que en los últimos días vendrán burladores haciendo de las suyas, guiando sus pasos por la sola ley de su propia sensualidad y diciendo: «¿Qué ha sido de la promesa de Su Venida? Porque desde el día que durmieron nuestros padres el sueño de la muerte todo sigue igual que ha estado desde la creación del mundo.»

La característica de los herejes que más preocupaba a Pedro era el que negaran la Segunda Venida de Jesús. Literalmente, su pregunta era: « ¿Dónde está la promesa de Su Venida?» Esa era una expresión hebrea que implicaba que lo que se preguntaba no existía en absoluto. «¿Dónde está el Dios de justicia?» Preguntaban los malvados en tiempos de Malaquías (Malaquías 2:17). « ¿Dónde esta vuestro Dios?» le preguntaban los paganos al salmista (Salmo 42:3; 79:10). «¿Dónde está la palabra del Señor?» le preguntaban a Jeremías sus enemigos (Jeremías 17:15). En todos estos casos la pregunta implica que la cosa o la persona por la que se pregunta no existe. Los herejes del tiempo de Pedro negaban que Jesucristo hubiera de volver otra vez.

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