Mateo 9 Estar a buenas con Dios

Mateo 9: Estar a buenas con Dios

Jesús Se subió a la barca y pasó al otro lado del lago, a Su propio pueblo. Y fijaos: Le trajeron a un paralítico en una camilla. Cuando Jesús vio la fe de los que le traían, le dijo al paralítico:

-¡Anímate, hijo! Tus pecados se te han perdonado.

Y fijaos: algunos de los escribas se dijeron para sí:

-¡Este está blasfemando!

Jesús sabía lo que estaban pensando, y les dijo:

¿Por qué pensáis malpara vuestros adentros? ¿Qué es más fácil, decirle «Tus pecados se te han perdonado,» o decirle «Levántate y ponte a andar»? Pero, para que entendáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la Tierra para perdonar pecados -dijo dirigiéndose al paralítico-: Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa.

Y el paralítico se levantó y se fue a su casa.

Y cuando la concurrencia lo vio, se conmovieron de temor, y dieron gloria a Dios por haberles dado a los hombres tal poder.

Por Mar_2:1 sabemos que este incidente tuvo lugar en Cafarnaum; y es interesante notar que para este tiempo Jesús había llegado a identificarse tanto con Cafarnaum que a éste se le podía llamar Su propio pueblo. En esta etapa de Su ministerio, Cafarnaum era el centro de Su obra.

Le trajeron a un paralítico, que llevaban unos amigos en una camilla. Aquí tenemos una escena maravillosa de un hombre que fue salvo por la fe de sus amigos. Si no hubiera sido por ellos, nunca habría podido llegar a la presencia sanadora de Jesús de ninguna manera. Bien puede ser que hubiera llegado a estar impotentemente resignado y derrotadamente desesperanzado, y que ellos le llevaran a Jesús casi contra su voluntad. En cualquier caso, lo que le salvó fue la fe de sus amigos.

W. B. Yeats, en su comedia El Gato y la Luna, tiene una frase: «¿Has conocido alguna vez a un santo que tuviera a un malvado por camarada y lo más querido a su corazón?» realmente característico de un verdadero santo el asociarse con una persona realmente mala o totalmente insensata, hasta traerla a la presencia de Jesús. Si uno tiene un amigo que no conoce a Cristo, o que no le interesa Cristo, o que es hasta hostil a Cristo, su deber como cristiano es no dejarle en paz hasta conseguir traerle a la presencia de Cristo.

No podemos obligar a una persona a aceptar a Cristo contra su voluntad. Coventry Patmore dijo una vez que no podemos enseñarle a otro la verdad religiosa; lo único que podemos es indicarle el camino por el que puede llegar a ella por sí mismo. No podemos hacer que una persona sea cristiana, pero podemos hacer todo lo posible para llevarla a la presencia de Cristo.

La manera que tuvo Jesús de tratar a este hombre puede parecernos sorprendente. Empezó por decirle que sus pecados estaban perdonados. Había una doble razón para eso. En Israel era creencia universal que toda enfermedad era el resultado del pecado, y que ninguna enfermedad se podía curar nunca si no se perdonaba el pecado. Rabí Ami dijo: «No hay muerte sin pecado, ni dolor sin trasgresión.» Rabí Alejandro dijo: «El enfermo no se levanta de su enfermedad hasta que se le perdonen los pecados.» Rabí Jiya ben Abba dijo: «Ninguna persona enferma se cura de su enfermedad hasta que se le perdonan todos sus pecados.» Esta relación inquebrantable entre el sufrimiento y el pecado era parte de la fe judía ortodoxa en tiempos de Jesús. Por esa razón, no cabe la menor duda que este hombre no podría nunca haber recuperado la salud hasta tener la seguridad de que sus pecados se le habían perdonado. Es sumamente probable que hubiera sido un pecador, y que estuviera convencido de que su enfermedad era el resultado de su pecado, y que además esa fuera la verdad; y sin la certeza del perdón, no podría haber recibido nunca la sanidad.

De hecho, la medicina moderna estaría totalmente de acuerdo en que la mente puede influir, y de hecho influye, en las condiciones físicas del cuerpo, y que una persona no puede nunca tener un cuerpo sano si su mente no está en un estado sano.

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