Mateo 8 La Muerte en vida

Mateo 8: La Muerte en vida

Cuando Jesús bajó del monte, Le seguía un gentío tremendo. Y, fijaos: se le acercó un leproso, y se puso de rodillas delante de Él.

-Señor Le dijo-, Tú me puedes limpiar si quieres.

Jesús extendió la mano y le tocó, mientras decía:

-Sí quiero: ¡Sé limpio!

Inmediatamente el enfermo quedó limpio de lepra. Y Jesús le dijo:

-Guárdate de decírselo a nadie. Simplemente ve a mostrarte al sacerdote, y presenta la ofrenda que mandó Moisés, para que queden convencidos de que estás curado.

En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E.W.G. Masterman escribe: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina repugnante.»

Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente; las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración silbante. Las manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en desequilibrio, coma, y por fin, la muerte.

La lepra podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.

La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. Josefo nos dice que se trataba a los leprosos «como si fueran, en efecto, personas muertas.» Tan pronto como se diagnosticaba la lepra, se dEsterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana. «Todo el tiempo que tenga las llagas, será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del campamento vivirá» (Lev_13:46 ). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con el labio inferior tapado y, por dondequiera que fuera iba gritando: «¡Impuro! ¡Impuro!» (Lev_13:45 ). En la Edad Media, si una persona contraía la lepra, el sacerdote se ponía la estola y tomaba el crucifijo, y la llevaba a la iglesia, y leía sobre ella el oficio fúnebre. Aquella persona era como si hubiera muerto.

En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los pueblos vallados. En la sinagoga se proveía para ellos una habitación aislada de tres por dos metros, llamada mejitsá. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba inmunda hasta las vigas del tejado. Hasta en un espacio abierto era ilegal saludar a un leproso. Nadie se le podía acercar más de cuatro codos -es decir, unos dos metros. Si soplaba el viento en el sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a cien codos de distancia. Cierto rabino no se comería ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otro rabino llegaba a presumir de tirarles piedras a los leprosos para que se mantuvieran lejos. Otros rabinos se escondían, o ponían pies en polvorosa, cuando veían un leproso en la distancia.

No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto como la lepra a una persona de sus semejantes. Fue a un hombre así al que Jesús tocó. Para un judío no habría una frase más sorprendente en todo el Nuevo Testamento que la sencilla afirmación: «Y Jesús extendió la mano y tocó al leproso.»

COMPASIÓN MÁS ALLÁ DE LA LEY

En esta historia debemos notar dos cosas: La aproximación del leproso, y la respuesta de Jesús. En la aproximación del leproso había tres elementos.

(i) El leproso vino con confianza. No tenía duda que, si Jesús quería, podía limpiarle.

Ningún leproso se habría acercado jamás a un escriba o rabino ortodoxos; sabía demasiado bien que le habrían alejado a pedradas; pero este hombre vino a Jesús. Tenía perfecta confianza en la disposición de Jesús a recibir a una persona que todos los demás habrían rechazado. Nadie tiene por qué sentirse demasiado inmundo para venir a Jesucristo.

Tenía una confianza absoluta en el poder de Jesús. La lepra era la única enfermedad para la que no se prescribía un remedio rabínico. Pero este hombre estaba seguro de que Jesús podía hacer lo que no podía hacer nadie más. Nadie tiene por qué sentirse incurable de cuerpo o imperdonable de alma mientras exista Jesucristo.

(ii) El leproso vino con humildad. No demandó la curación; simplemente dijo: «Si quieres, Tú puedes limpiarme.» Era como si dijera: «Yo sé que yo no importo; sé que otras personas huirían de mí y no querrían tener nada que ver conmigo; sé que no tengo ningún derecho sobre Ti; pero tal vez en Tu divina condescendencia aplicarás Tu poder hasta a uno como yo.» El corazón humilde que no pretende tener nada más que su necesidad, encuentra abierto el acceso a Cristo.

(iii) El leproso vino con reverencia. En la antigua versión Reina-Valera se decía que Le adoraba. El verbo griego es proskynein, que nunca se usa sino de la adoración a los dioses; siempre describe el sentimiento y la acción de una persona ante lo divino. Probablemente el leproso no podría haberle dicho nunca a nadie lo que pensaba que era Jesús; pero sabía que en presencia de Jesús estaba en la presencia de Dios. No tenemos por qué poner esto en términos teológicos o filosóficos; bástenos la convicción de que cuando nos encontramos cara a cara con Jesucristo, nos encontramos ante el amor y el poder del Dios Todopoderoso.

A esa aproximación del leproso llegó la reacción de Jesús. Lo primero y principal es que esa reacción fue de compasión. La Ley decía que Jesús debía evitar el contacto con ese hombre y Le amenazaba con una terrible contaminación si permitía que el leproso se Le acercara más de dos metros; pero Jesús extendió la mano y le tocó. El conocimiento médico de entonces habría dicho que Jesús estaba corriendo un riesgo desesperado de una infección horrible; pero Jesús extendió la mano y le tocó.

Para Jesús no había más que una única obligación en la vida: la de ayudar. No había más que una sola Ley: la del amor. La obligación del amor estaba por encima de todas las reglas y leyes y reglamentos; Le hacía desafiar todos los riesgos físicos. Para un buen médico, una persona que padece una enfermedad repugnante no es un espectáculo desagradable, sino un ser humano que necesita de su ciencia y habilidad. Para un médico, un niño con una enfermedad contagiosa no es una amenaza; es un niño que necesita ayuda. Así era Jesús: Así es Dios: Así debemos ser nosotros. El verdadero cristiano quebrantará cualquier convencionalismo y asumirá cualquier riesgo para ayudar a un semejante necesitado.

LA VERDADERA PRUDENCIA

Pero nos quedan todavía dos cosas en este incidente que nos muestran que, aunque Jesús obraba con una independencia que estaba por encima de la Ley y se arriesgaba a una infección para ayudar, no era insensatamente descuidado, ni olvidaba las demandas de la verdadera prudencia.

(i) Le mandó al hombre que guardara silencio, y que no divulgara lo que había hecho por él. Esta orden del silencio era corriente en labios de Jesús (Mat_9:30 ; Mat_12:16 ; Mat_17:9 ; Mar_1:34 ; Mar_5:43 ; Mar_7:36 ; Mar_8:26 ). ¿Por qué mandaba Jesús que se mantuviera ese silencio?

Palestina era un país ocupado, y los judíos eran una raza orgullosa. Nunca olvidaban que eran el pueblo escogido de Dios. Soñaban con el día en que vendría el Divino Libertador. Pero en su mayor parte soñaban con ese día en términos de conquista militar y poder político. Por esa razón, Palestina era el país más inflamable del mundo. Vivía en medio de revoluciones. Un líder tras otro surgían, tenían su momento de gloria y eran eliminados por el poder de Roma. Ahora bien: Si este leproso hubiera ido por ahí divulgando lo que Jesús había hecho por él, habría habido un levantamiento para instalar a un hombre con los poderes que Jesús poseía como el líder político y el jefe del ejército.

Jesús tenía que educar las mentes de las personas, tenía que cambiar sus ideas; tenían que permitirles de alguna manera ver que Su poder era amor y no fuerza de armas. Tenía que obrar casi en secreto hasta que la gente Le conociera tal como Él era, el amador y no el destructor de las vidas humanas. Jesús exigía silencio a los que ayudaba no fuera que se Le usara para hacer realidad sueños terrenales en lugar de esperar el cumplimiento del sueño de Dios. Tenían que guardar silencio hasta que hubieran aprendido lo que podían decir correctamente acerca de Él.

(ii) Jesús envió al- leproso a los sacerdotes para que hiciera la ofrenda prescrita y recibiera el certificado de que estaba limpio. Los judíos le tenían tanto terror a la infección de la que había un ritual prescrito para el caso sumamente improbable de una cura.

El ritual se describe en Levítico 14. El leproso tenía que ser examinado por un sacerdote. Había que llevar dos avecillas, y matar una sobre agua corriente. Además había que llevar cedro, escarlata e hisopo. Estas cosas se llevaban, juntamente con la avecilla viva, se untaban con la sangre de la muerta, y entonces se dejaba libre a la viva. El hombre lavaba su cuerpo y su Topa y se afeitaba. Se dejaban pasar siete días, y se le examinaba otra vez. Entonces tenía que afeitarse el pelo de la cabeza y de las cejas. Entonces se hacían ciertos sacrificios que consistían en dos corderos sin defecto y una cordera; tres décimas de un efa de flor de harina mezclada con aceite, y un log de aceite. Se tocaba al leproso restaurado con la sangre y el aceite el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y del pie derecho. Por último le examinaban por última vez y, si se confirmaba la curación, se le permitía volver a la vida normal con un certificado de que era limpio.

Jesús le dijo a este hombre que pasara todo ese proceso. Aquí hay dirección. Jesús le estaba diciendo a ese hombre que no se inhibiera de las disposiciones que había a su disposición en aquellos días. No seremos beneficiarios de milagros si despreciamos el tratamiento médico y científico que está a nuestro alcance.

Debemos hacer todo lo que nos es humanamente posible antes de que el poder de Dios pueda cooperar con nuestros esfuerzos. Un milagro no viene cuando esperamos inactivos a que Dios lo haga todo, sino en respuesta a la colaboración de un esfuerzo lleno de fe por parte del hombre con la ilimitada gracia de Dios.

EL RUEGO DE UN HOMBRE BUENO

Mateo 8:5-13

Cuando llegó Jesús a Cafarnaum, se Le acercó un centurión y se puso a rogarle:

-Señor, mi siervo está acostado en casa, sin poder moverse y sufriendo terriblemente.

-¿Quieres que vaya y le ponga bueno? -le dijo Jesús.

Señor -Le contestó el centurión-, no me merezco que entres en mi casa; pero sólo di la palabra, y mi siervo se curará. Porque yo también estoy acostumbrado a la disciplina, y tengo soldados a mis órdenes. Si le digo a un soldado: «¡Ve!, v va; y a otro: «¡Haz esto!,» y lo hace.

Jesús se quedó alucinado cuando le oyó decir aquello, y les dijo a los que Le iban siguiendo:

-Os doy Mi palabra, que no he hallado una fe tan grande ni siquiera en Israel. Os aseguro que muchos de Oriente y de Occidente van a venir a sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino del Cielo, pero a los hijos del Reino los van a echar a la oscuridad de fuera. Allí será el lloro y el rechinar de dientes.

Y a continuación le dijo al centurión:

-Vete, y que se te cumpla lo que has creído.

Y su criado se puso bueno en aquel mismo momento.

Aun en la breve aparición que hace en la escena de la historia del Nuevo Testamento, este centurión es uno de los personajes más atractivos de los evangelios. Los centuriones eran la espina dorsal del ejército romano. En una legión había 6.000 soldados; la legión se dividía en 60 centurias, cada una con 100 soldados al mando de un centurión. Estos centuriones eran los militares regulares profesionales del ejército romano. Eran responsables de la disciplina del regimiento, y eran el cemento que mantenía unido al ejército. Tanto en tiempo de paz como de guerra, la moral del ejército romano dependía de ellos. Polibio presenta en su descripción del ejército romano cómo debía ser un centurión: «No deben ser tanto aventureros en busca del peligro como hombres que saben mandar, firmes en la acción y de confianza; no deben estar demasiado deseosos de entrar en batalla, pero cuando se ven .obligados deben estar dispuestos a defender su terreno y a morir en sus puestos.» Los centuriones eran los hombres selectos del ejército romano.

Es interesante notar que siempre que se menciona un centurión en el Nuevo Testamento se hace con aprecio. Tenemos al centurión que reconoció a Jesús en la Cruz como el Hijo de Dios; tenemos a Comelio, el primer convertido gentil que fue admitido en la Iglesia Cristiana; tenemos al centurión que descubrió repentinamente que Pablo era ciudadano romano, y que le rescató de la furia del populacho; tenemos al centurión que fue informado de que los judíos habían hecho un complot para asesinar a Pablo entre Jerusalén y Cesárea, y que dio pasos para hacer fracasar su plan; tenemos al centurión al que Félix mandó que cuidara de Pablo; tenemos al centurión que acompañó a Pablo en su último viaje a Roma, que le trató con toda cortesía y le aceptó como líder cuando la tormenta hizo embarrancar el navío (Mat_27:54 ; Act_10:22; Act_10:26 ; Act_22:26 ; Act_23:17; Act_23:23 ; Act_24:23 ; Act_27:3; Act_27:43 ).

Pero había algo muy especial en este centurión de Cafarnaum, y era su relación con su siervo. Este siervo sería un esclavo; pero el centurión estaba apenado porque su siervo estaba enfermo, y estaba decidido a hacer todo lo que estuviera en su poder para salvarle.

Esto era lo contrario de la actitud normal de un amo para con un esclavo. En el imperio romano no tenían la menor importancia. A nadie le preocupaba lo más mínimo el que uno de ellos sufriera o se muriera. Aristóteles, hablando de las amistades que son posibles en la vida, escribe: «No puede haber verdadera amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni tampoco, por supuesto, con un caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo como tal. Porque amo y esclavo no tienen nada en común; un esclavo es una herramienta viva, lo mismo que una herramienta es un esclavo inanimado.»

Un esclavo no era mejor que una cosa. No tenía derechos legales en absoluto; su amo tenía libertad para tratarle, o maltratarle, como quisiera. Gayo, el experto legal romano, establece en sus Instituciones: «Podemos advertir que se acepta universalmente que el amo tiene poder de vida o muerte sobre el esclavo.» Varrón, el escritor romano sobre agricultura, tiene un pasaje sombrío en el que divide los instrumentos de agricultura en tres clases: los articulados, los inarticulados y los mudos: «Los articulados comprenden los esclavos; los inarticulados, el ganado, y los mudos, los vehículos.» La única diferencia entre un esclavo y una bestia y una carreta era que el esclavo podía hablar.

Catón, otro autor latino sobre agricultura, tiene un pasaje que muestra lo inusual que era la actitud del centurión. Está dándole consejos a uno que se va a hacer cargo de una granja: «Pasa revista al ganado, y haz una venta. Vende el aceite, si te convienen los precios, y el exceso que tengas de vino y de cereales. Vende los bueyes viejos, el ganado inferior, las ovejas dañadas, la lana, las pieles, las carretas y los aperos viejos, los esclavos viejos o enfermos y todo lo demás que esté de más.» El consejo despiadado de Catón era que se echara de la finca y se dejara morir al esclavo enfermo. Pedro Crisólogo resume así la cuestión: «Lo que hace un amo con un esclavo, sea inmerecidamente, por ira, queriendo o sin querer, por olvido, después de pensárselo mucho, a sabiendas o sin darse cuenta, es juicio, justicia y ley.»

Está claro que este centurión era un hombre extraordinario, porque amaba a su esclavo. Bien puede que fuera su absolutamente inusual e inesperada gentileza lo que conmovió a Jesús tan pronto como se le acercó el centurión. El amor cubre siempre una multitud de pecados; la persona que se preocupa por los demás siempre estará cerca de Jesucristo.

EL PASAPORTE DE LA FE

Este centurión no era sólo extraordinario por su actitud para con su siervo; también lo era por tener una fe de lo más extraordinaria. Quería que el poder de Jesús ayudara y sanara a su siervo, pero había un problema: él era gentil, y Jesús era judío; y, según la ley judía, un judío no podía entrar en la casa de un gentil, porque todas las casas de los gentiles eran inmundas. La Misná establecía: « Las moradas de los gentilés son inmundas.» Era a eso a lo que se refería Jesús al preguntar: « ¿Tengo que ir a curarle?»

No es que esa ley tuviera ningún sentido para Jesús; no es que Él se habría negado a entrar a la casa de ninguna persona; es sencillamente que estaba poniendo a prueba la fe de aquel hombre. Y fue entonces cuando la fe del centurión llegó a la cima. Como soldado, sabía muy bien lo que era dar una orden y que se cumpliera instantánea e incuestionablemente; así es que Le dijo a Jesús: «No tienes por qué venir a mi casa; no merezco que entres en ella; todo lo que tienes que hacer es decir la orden, y será obedecida.» Ahí hablaba la voz de la fe, y Jesús estableció que la fe es el único pasaporte a la bendición de Dios.

Aquí Jesús usa una figura judía famosa y gráfica. Los judíos creían que, cuando viniera el Mesías, habría un gran banquete en el que todos los judíos se sentarían a la mesa para festejarlo. Behemot, el más grande de los animales terrestres, y leviatán, el más grande de los habitantes del mar, proveerían los platos de carne y de pescado respectivamente para los invitados. «Tú los has reservado para que se los coman los que Tú quieras y cuando Tú quieras» (4 Ezr_6:52 ). «Y behemot será revelado desde su lugar, y leviatán ascenderá del mar, los dos grandes monstruos que Yo creé el quinto día de la creación, y que habré guardado para ese día; y serán el menú de todos los que queden» (2 Baruc 29:4).

Los judíos esperaban con corazones anhelantes ese banquete mesiánico; pero nunca se les pasaba por la mente ni siquiera por un momento que ningún gentil participara de él. Para entonces los gentiles habrían sido destruidos. « La nación y el reino que no os sirvan, perecerán; esas naciones serán devastadas totalmente» (Isa_60:12 ). Pero aquí tenemos a Jesús diciendo que vendrán muchos del Oriente y del Occidente, y se sentarán a la mesa en el banquete.

Y aún peor: dice que muchos de los hijos del Reino serán excluidos. Un hijo es un heredero; y por tanto los hijos del Reino eran los que habían de heredarlo, porque un hijo es siempre heredero; pero los judíos iban a perder su herencia. En el pensamiento judío, siempre « la heredad de los pecadores son las tinieblas» (Odas de Salomón 15:11). Los rabinos tenían el dicho: «A los pecadores en la Gehena los cubrirá la oscuridad.» Para los judíos, el hecho sorprendente y extraordinario era que un gentil, que ellos esperaban que estuviera excluido absolutamente, hubiera de ser huésped del banquete mesiánico, mientras que los judíos, que esperaban que los recibieran con los brazos abiertos, quedarían excluidos en las tinieblas de fuera. Las tornas se iban a volver, y todas las expectativas se iban a dar la vuelta.

Los judíos tenían que aprender que el pasaporte a la presencia de Dios no es el hecho de pertenecer a una nación determinada, sino la fe. Los judíos creían que ellos pertenecían al pueblo escogido de Dios, y que, por el hecho de ser judíos, Le eran muy queridos a Dios. Pertenecían a la nobleza de Dios, y eso era bastante para obtener automáticamente la salvación. Jesús enseñaba que la única aristocracia en el Reino de Dios era la de la fe. Jesucristo no es la posesión de ninguna raza humana en particular, sino la posesión de toda persona de cualquier raza en cuyo corazón haya fe.

EL PODER QUE ANULA LA DISTANCIA

Así es que Jesús dijo la palabra, y el siervo del centurión se sanó. No hace mucho esto habría sido un milagro que habría alucinado a mucha gente. No es tan difícil creer que Jesús curaba a los enfermos cuando estaba en contacto con ellos; pero pensar que Jesús sanara a distancia, simplemente diciendo una palabra, a una persona a la que no había visto ni tocado nunca, parecía casi, si no completamente, demasiado maravilloso para creerse. Pero lo extraño es que la misma ciencia ha llegado a ver que hay fuerzas que obran de una manera que sigue pareciéndonos misteriosa, pero que no se puede negar.

Una y otra vez nos vemos confrontados con un poder que no viaja por los contactos y las rutas y los canales ordinarios.

Uno de los ejemplos clásicos de esto viene de la vida de Emanuel Swedenborg. En 1759 estaba en Góteborg. Describió un incendio que estaba teniendo lugar en Estocolmo, a 500 kilómetros. Hizo una descripción del incendio a las autoridades de la ciudad. Les dijo cuándo y dónde había empezado, el nombre del propietario de la casa, y cuándo consiguió apagarse -y la investigación posterior demostró que era correcto en todos los detalles. Aquel conocimiento le había llegado por una ruta que no era una de las conocidas.

W. B. Yeats, el famoso poeta irlandés, tuvo experiencias semejantes. Tenía ciertos símbolos para ciertas cosas; y experimentaba, no tanto científicamente, pero sí en la vida cotidiana, con la transmisión de estos símbolos a otras personas por lo que podría llamarse el simple poder del pensamiento. Tenía un tío en Sligo que no era precisamente un hombre místico o devoto o espiritual. Solía visitarle todos los veranos. «Hay algunas colinas de arena y acantilados bajos, y yo adquirí la práctica de andar por la orilla mientras él iba por los acantilados y las colinas; yo, sin hablar, me imaginaba el símbolo, y él notaría lo que se le pasaba por la mente; y en poco tiempo él prácticamente nunca fallaba en captar la visión apropiada.» Yeats cuenta un incidente de una cena en Londres en la que todos eran íntimos amigos: «Yo había escrito en un trocito de papel: «Dentro de cinco minutos York Powell hablará de una casa ardiendo. Metí el papel debajo del plato de mi vecino, imaginé mi símbolo del fuego, y esperé en silencio. Powell fue pasando de un tema a otro y a los cinco minutos estaba describiendo un fuego que había visto de joven.»

Siempre se han contado cosas así; pero en nuestra propia generación, el doctor J. B. Rhine empezó algunos experimentos científicos definidos de lo que llamó percepción extrasensorial, un fenómeno que ha llegado a ser muy discutido. El doctor Rhine ha llevado a cabo en la Duke University de América, miles de experimentos que demuestran que se pueden percibir cosas por otros medios distintos de los sentidos normales. Se usaba, por ejemplo, una baraja de veinticinco cartas marcadas con ciertos símbolos. Se le preguntaba a una persona cuáles eran las cartas que se iban repartiendo, sin verlas. Uno de los estudiantes que tomaban parte en estos experimentos se llamaba Hubert Pearce. De los primeros cinco mil intentos -cada intento incluía todas las cartas- consiguió diez respuestas correctas de cada veinticinco, cuando el cálculo de probabilidades habría dicho que se podían esperar cuatro aciertos. En una ocasión, en condiciones de concentración especial, nombró correctamente las veinticinco. Las probabilidades matemáticas en contra de esta hazaña si se tratara de pura casualidad serían 298,023,223,876,953,125 a 1.

Un investigador llamado Brugman llevó a cabo otro experimento. Seleccionó dos temas. Puso al transmisor de los mensajes en una habitación del piso de arriba, y al receptor en el de abajo. Entre las habitaciones había una abertura cubierta con dos cristales con un espacio entre medias, lo que hacía imposible una trasmisión del mensaje por medio del sonido. Por los cristales, el transmisor miraba las manos del receptor. Delante del receptor había una mesa con cuarenta y ocho cuadrados. El receptor tenía los ojos vendados. Entre él y la mesa de los cuadrados había una cortina gruesa. Tenía uná varilla que pasaba a la mesa a través de la cortina. El exilorimento consistía en que el transmisor tenía que querer que el receptor moviera la varilla a un cierto cuadrado. Según el cálculo de probabilidades, el receptor habría acertado cuatro de ciento ochenta intentos. De hecho apuntó correctamente sesenta. Es difícil evitar la conclusión de que la mente del transmisor influenciaba la del receptor.

Es un hecho definitivamente probado que un cierto doctor Janet, en dieciocho casos de veinticinco, pudo hipnotizar sujetos a distancia, y en otros cuatro casos lo consiguió ‹parcialmente.

No cabe duda que la mente puede actuar sobre la mente a través de distancias de una manera que empezamos a descubrir; aunque todavía estamos muy lejos de entender. Si las mentes humanas pueden alcanzar estos límites, ¡cuánto más la de Jesús! Lo extraño de este milagro es que el pensamiento moderno, en vez de hacerlo más increíble, lo hace más creíble.

UN MILAGRO EN UN HOGAR

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús fue a casa de Pedro supo que la suegra de Pedro estaba en cama, enferma de unas fiebres. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se le fue. Luego ella se levantó, y se dedicó a servirles a ellos.

Si comparamos el relato de los Hechos que nos hace Marcos con el de Mateo, vemos que este incidente tuvo lugar en Cafarnaum, un sábado, después de estar Jesús en el culto de la sinagoGálatasGa. Cuando Jesús estaba en Cafarnaum, Su cuartel general era la casa de Pedro, porque Jesús no tenía nunca un hogar propio. Pedro estaba casado y se nos dice que posteriormente la mujer de Pedro fue su colaboradora en la obra del Evangelio. Clemente de Alejandría (Stromata 7.-6) nos cuenta que Pedro y su mujer sufrieron juntos el martirio. Pedro sufrió la prueba terrible de ver morir a su mujer antes que él. « Al ver que llevaban a la muerte a su mujer, Pedro se regocijó de que fuera llamada y trasladada al Hogar, y la llamó por su nombre, animándola y confortándola: «¡Acuérdate del Señor!»»

En esta ocasión, la madre de la esposa de Pedro estaba enferma de unas fiebres. Había tres clases de fiebres que eran corrientes en Palestina. Estaban las fiebres que se llaman de Malta, y que se caracterizan por debilidad, anemia y agotamiento, y que duraban meses, y a menudo acababan en la muerte. Estaba lo que se llamaba una fiebre intermitente, que muy bien puede haber sido las fiebres tifoideas. Y, sobre todo, estaba la malaria. En las regiones en que el río Jordán entraba en el Mar de Galilea y salía de él había terrenos pantanosos; Allí se criaban y multiplicaban los mosquitos de la malaria, y tanto Cafarnaum como Tiberíades eran lugares donde la malaria era muy corriente. Iba acompañada a menudo de ictericia y jaqueca, y dejaba al paciente en una situación lastimosa. Es lo más probable que fuera de malaria de lo que estaba sufriendo la suegra de Pedro.

Este milagro nos dice mucho acerca de Jesús y no poco acerca de la mujer que Él curó.

(i) Jesús había venido de la sinagoga; allí había tratado con un hombre poseído del demonio, y le había curado (Mar_1:21-28 ). En Mateo encontramos que había sanado al siervo del centurión de camino a casa. No debemos pensar que los milagros no le costaban nada a Jesús; el poder salía de Él en cada curación; y no cabe duda que estaría cansado. Fue para descansar a la casa de Pedro, y en cuanto llegó encontró que allí le estaba esperando otra necesidad de ayuda y curación.

Aquí no hubo publicidad; aquí no hubo una multitud que mirara y admirara y se maravillara. Aquí no había nada más que una casa humilde y una pobre mujer que padecía de una fiebre corriente. Y sin embargo, en aquellas circunstancias, Jesús aplicó todo Su poder.

Jesús nunca estaba demasiado cansado para ayudar; las demandas de la necesidad humana nunca le parecían una molestia insoportable. Jesús no era una de esas personas que están en su mejor actitud en público y en su peor en privado. Ninguna situación era demasiado humilde para que Él ayudara. No necesitaba una audiencia de admiradores para estar en Su mejor momento. Su amor y Su poder estaban a disposición de cualquiera que los necesitara.

(ii) Pero este milagro también nos dice algo de la mujer que Jesús sanó. Tan pronto como se sintió bien se ocupó de atender a las necesidades de sus huéspedes. Sin duda se consideraba «salva para servir.» Jesús la había sanado; y ahora su único deseo era usar su salud recién encontrada para ser de utilidad y servicio a Jesús y a otros.

¿Cómo usamos los dones de Cristo? Oscar Wilde escribió una vez lo que llamó «la mejor novela corta del mundo.» W. B. Yeats la cita en su autobiografía entre todo lo que llama «de una belleza terrible.» Yeats lo cita en su sencillez original antes de que fuera decorado y estropeado con los trucos literarios de su forma final:

Cristo vino de una llanura blanca a una ciudad púrpura; y, al pasar por la primera calle, oyó unas voces por encima, y vio a un joven borracho tumbado en el alféizar de una ventana. «¿Por qué desperdicias tu alma en la bebida?» Le dijo. El hombre respondió: «Señor, yo era leproso, y Tú me curaste, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Un poco más adelante en la población vio a un joven que iba detrás de una prostituta, y le dijo: «¿Por qué disuelves tu alma en la concupiscencia?» Y el joven le contestó: «Señor, yo era ciego y Tú me sanaste, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Por último, en medio de la ciudad, vio a un viejo retorcido, llorando en el suelo; y, cuando le preguntó por qué lloraba, el viejo respondió: «Señor, yo estaba muerto, y Tú me devolviste a la vida, ¿qué otra cosa puedo hacer sino llorar?»

Esta es una parábola terrible de cómo usan las personas los dones de Cristo y la misericordia de Dios. La suegra de Pedro usó el don de su salud restaurada para servir a Jesús y a otros. Así es como debemos usar todos los dones de Dios.

MILAGROS EN MEDIO DE LA MULTITUD

Mateo 8:16-17

Y, cuando ya era tarde aquel día, le trajeron a muchos que estaban bajo el poder de espíritus malos, y Jesús expulsó los espíritus con una palabra, y sanó a todos los que estaban enfermos. Esto sucedía para que se cumpliera el dicho que se había hablado por medio del profeta Isaías: «El asumió nuestras debilidades y cargó con nuestros pecados.»

Como ya hemos visto, el relato de Marcos de esta serie de incidentes deja bien claro que tuvieron lugar en sábado (Mar_1:21-34 ). Eso explica por qué esta escena tuvo lugar por la tarde, al final del día. Según la ley del sábado, que prohibía hacer ningún trabajo ese día, era ilegal curar en sábado. Se podían tomar medidas para impedir que un enfermo se pusiera peor, pero no para hacer que se pusiera mejor. La ley general era que los sábados se podía prestar atención médica solamente a los que estuvieran en peligro de muerte. Además, era ilegal llevar una carga en sábado, y se entendía por carga cualquier cosa que pesara más que dos higos secos. Por tanto era ilegal llevar a una persona enferma de un lugar a otro en una camilla, o en brazos, o a hombros, porque eso habría sido llevar una carGálatasGa. Oficialmente el sábado terminaba cuando se podían ver dos estrellas en el cielo, porque no había relojes que dijeran la hora en aquellos días. Por eso la multitud de Cafarnaum esperó hasta la tarde para venir a Jesús para que sanara a sus enfermos.

Pero debemos pensar en lo que Jesús había estado haciendo aquel sábado. Había estado en la sinagoga y había curado al hombre poseído por un demonio. Le había enviado la sanidad al siervo del centurión. Había curado a la suegra de Pedro. Sin duda había pasado todo el día predicando y enseñando; y sin duda se había encontrado con los que se Le oponían amarga e insistentemente. Ahora era por la tarde. Dios dio a los hombres el día para trabajar, y la tarde para descansar. La tarde es el momento de tranquilidad cuando se deja el trabajo. Pero no era así con Jesús. Cuando podría haber esperado descanso, se vio rodeado por las demandas insistentes de la necesidad humana; y generosamente y sin quejarse se ocupó de todos. Mientras hubiera un alma en necesidad, no había descanso para Jesús.

Esa escena trajo a la mente de Mateo el dicho de lsaías (Isa_53:4 ) en el que se dice que el Siervo del Señor sobrellevó nuestras debilidades y cargó con nuestros pecados.

El seguidor de Cristo no puede buscar descanso n-ientras haya personas que ayudar y sanar; y lo extraño y maravilloso es que encontrará refrescado su cansancio y su propia debilidad fortalecida en el servicio de los demás. De alguna manera encontrará que, conforme llegan las demandas, también llegan las fuerzas; y de alguna manera encontrará que es capaz de proseguir por amor a otros cuando siente que ya no puede dar ni un paso más por sí mismo.

LA OBLIGACIÓN DE CALCULAR EL PRECIO

Mateo 8:18-22

Cuando Jesús vio el gran gentío que Le rodeaba, dio la orden de marcha cruzando al otro lado. Y un escriba se Le acercó y Le dijo:

-¡Maestro, Te seguiré adondequiera que vayas!

-Las zorras tienen guaridas -le contestó Jesús—, y las aves de los cielos, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene ni dónde recostar la cabeza.

Otro de Sus discípulos Le dijo:

-Señor, déjame que antes de nada me vaya a enterrar a mi padre.

Y Jesús le contestó:

-Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.

A primera vista esta sección parece fuera de sitio en este capítulo, un capítulo de milagros; y a primera vista estos versículos no parecen encajar en él. ¿Por qué lo puso aquí Mateo?

Se ha sugerido que Mateo insertó aquí este pasaje porque sus pensamientos iban siguiendo a Jesús como el Siervo Doliente. Acaba de citar Isa_53:4 : « Él tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias» (Mat_8:17 ); y naturalmente, se dice, ese cuadro guió los pensamientos de Mateo a la imagen de Uno que no tenía donde reposar la cabeza. Como Plummer decía: « La vida de Jesús empezó en un establo prestado y acabó en una tumba prestada.» Se ha sugerido que Mateo insertó este pasaje aquí porque tanto este mismo como los versículos inmediatamente precedentes muestran a Jesús como el Siervo Doliente de Dios.

Puede que sea así; pero es aún más probable que Mateo insertara este pasaje en este capítulo-de milagros porque vio en él un milagro. Era un escriba el que quería seguir a Jesús. Le dio a Jesús el título de más alto honor que conocía. «Maestro,» le llamó; en griego es didáskalos, que es la traducción normal de la palabra hebrea rabbí. Para él Jesús era el más grande maestro Que él había escuchado y visto nunca.

Claro que era un milagro el que un escriba Le diera ese título a Jesús y quisiera seguirle. Jesús representaba la destrucción y el final de todo ese legalismo estrecho en que se basaba la religión de los escribas; y fue indudablemente un milagro el que un escriba llegara a ver nada precioso o deseable en Jesús. Este es el milagro del impacto de la personalidad de Jesús.

El impacto de una personalidad sobre otra puede, por cierto, producir los efectos más maravillosos. Muy a menudo una persona se ha embarcado en una carrera de investigación por el impacto que le ha producido la personalidad de un gran. maestro; muchas personas han aceptado el Evangelio y asumido una vida de servicio cristiano por el impacto en sus vidas de una gran personalidad cristiana. La predicación misma se ha definido como «la verdad a través de la personalidad.»

W. H. Elliott, en su autobiografía Fines por descubrir, cuenta una cosa de la gran actriz Edith Evans: «Cuando murió su marido, vino a nosotros, llena de aflicción… En nuestra salita de la plaza de ChEster se desahogó de sus sentimientos durante una hora o así, y eran sentimientos que le fluían de manantiales muy profundos. Su personalidad llenaba toda la, habitación. ¡La habitación no era bastante grande!… Durante días aquella habitación nuestra estuvo electrificada, como dije entonces. Las tremendas vibraciones no habían desaparecido.»

Esta es la historia del impacto de la personalidad de Jesús en la vida de un escriba judío. Sigue siendo verdad hasta el día de hoy que lo que más se necesita no es tanto hablar con las personas acerca de Jesús como enfrentarlas con Él, y dejar que la personalidad de Jesús haga el resto.

Pero hay más que eso. Tan pronto como el escriba experimentó esta reacción, Jesús le dijo que las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos encuentran lugares en los árboles donde descansar, pero el Hijo del Hombre no tenía ningún sitio en la tierra para reposar la cabeza. Es como si Jesús le dijera a aquel hombre: «Antes de seguirme, piensa en lo que vas a hacer. Antes de seguirme, calcula el precio.»

Jesús no quería seguidores arrebatados en un momento de emoción, que se inflamaran como la paja y desaparecieran con la misma rapidez. No quería personas arrastradas por el flujo, y luego por el reflujo de una marea de meros sentimientos. Quería personas que supieran lo que estaban haciendo. Hablaba de cargar con la cruz (Mat_10:38 ). Hablaba de ponerle a Él por encima de las relaciones más queridas de la vida (Luk_14:26 ); y de renunciar a todo y dárselo a los pobres (Mat_19:21 ). Siempre decía: «Sí, sé que se te viene el corazón conmigo, pero Me quieres lo bastante para eso?»

En cualquier esfera de la vida hay que enfrentarse con los Hechos. Si un joven muestra deseos de dedicarse a la investigación, debemos decirle: «Eso está bien; pero, ¿estás dispuesto a decirles que no a los placeres y consagrarte al estudio y al trabajo para toda la vida?» Cuando un explorador está preparando su equipo, habrá muchos que le ofrezcan sus servicios, pero él tendrá que descartar a los románticos y a los idealistas diciéndoles: «Está bien, pero ¿estáis preparados para la nieve y el hielo, para los pantanos y el calor, para el cansancio y el agotamiento de todo ello?» Cuando un aficionado quiere llegar a ser un atleta, el entrenador debe decirle: «Está bien; pero, ¿estás dispuesto a las privaciones y la disciplina que son imprescindibles para llegar al podio de tus sueños?» Esto no es enfriar el entusiasmo, pero sí decir que el entusiasmo que no se enfrenta con los Hechos pronto será ceniza en vez de llama.

Nadie podrá decir jamás que siguió a Jesús engañado. Jesús era transparentemente claro y sincero a ultranza. Le hacemos a Jesús un flaco servicio si hacemos alguna vez que la gente piense que el camino cristiano es fácil. No hay nada más emocionante que el camino de Cristo, ni gloria como la que hay al final de ese camino; pero Jesús nunca dijo que era fácil. El camino a la gloria pasa necesariamente por la Cruz.

LA TRAGEDIA DE LA OPORTUNIDAD PERDIDA

Pero había otro que quería seguir a Jesús. Dijo que Le seguiría, si se le permitía ir a enterrar a su padre. La respuesta de Jesús fue: «Tú sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» A primera vista esto parece muy duro. Para los judíos era una obligación sagrada el asegurarle un entierro digno a un padre. Cuando murió Jacob, José le pidió permiso al faraón para ir a enterrar a su padre: «Mi padre me hizo jurárselo cuando me dijo: «Yo estoy a punto de morir. Entiérrame en la tumba que me cavé en la tierra de Canaán.» Por tanto, déjame que me vaya ahora a enterrar a mi padre, y después volveré» (Gen_50:5 ). A este dicho de Jesús se le han dado diversas explicaciones para disipar su aparente hosquedad e insensibilidad.

(i) Se ha sugerido que se ha cometido una equivocación, al traducir el arameo original de este dicho al griego, y que lo que Jesús le dice al hombre es que puede encargar el entierro de su padre a enterradores profesionales. Hay un extraño versículo en Ezequiel 39: I5: «Pasarán los que vayan por el país, y el que vea los huesos de algún hombre pondrá junto a ellos una señal, hasta que los entierren los sepultureros en el valle de Harnóngog.» Eso parece indicar que había una especie de servidores públicos llamados sepultureros; y se ha sugerido que Jesús le está diciendo al hombre que les deje encargarse del entierro de su padre. Esta explicación no parece muy probable dada la responsabilidad filial de los judíos.

(ii) Se ha sugerido que éste es en verdad un dicho muy duro, y que Jesús estaba diciéndole al hombre que la sociedad en la que vivía estaba muerta en el pecado, y debía salir de ella lo más pronto posible, aunque ello supusiera dejar sin enterrar a su propio padre; que nada, ni siquiera el deber más sagrado, debía aplazar el que se embarcara en el camino cristiano.

(iii) Pero la verdadera explicación está sin duda en la forma en que los judíos usaban esta frase -«Debo enterrar a mi padre»- yen que se sigue usando en Oriente.

Wendt cita un incidente que le contó un misionero. Este misionero tenía un amigo turco, rico e inteligente. Le aconsejó que viajara por Europa cuando acabara sus estudios para completar su educación y ampliar sus perspectivas. El turco le contestó: «Antes de eso tengo que enterrar a mi padre.» El misionero le dio el pésame y le expresó su condolencia, creyendo que el padre de su amigo acababa de morir; pero el joven turco le explicó que su padre estaba vivo y perfectamente de salud, y que lo que había querido decir era que tenía que cumplir sus obligaciones con sus padres› y familiares antes de poder marcharse en el viaje sugerido; que, de hecho, no podía marcharse de casa hasta después que muriera su padre, que podría ser después de muchos años.-

Eso era sin duda lo que quería decir el hombre del incidente evangélico: «Te seguiré algún día, cuando haya muerto mi padre y pueda marcharme de casa.» Lo que estaba haciendo de hecho era aplazar su decisión indefinidamente.

Jesús era sabio: conocía el corazón humano, y sabía -muy bien que si aquel hombre no empezaba entonces a seguirle, nunca empezaría. A veces sentimos el impulso de hacer cosas elevadas; pero dejamos que se nos pase sin hacer nada.

La mayor tragedia de la vida es muchas veces la de las oportunidades perdidas. Nos sentimos movidos a hacer algo bueno, a abandonar alguna debilidad o hábito, a decirle a alguien una palabra de simpatía, o de advertencia, o de aliento; pero se nos pasa el momento, y no lo hacemos nunca; la debilidad queda sin conquistarse, y la palabra sin pronunciarse. En el mejor de nosotros hay algo de letargo, de inercia; el hábito de dejar las cosas para un mañana que no llega nunca, una cierta indecisión; y a menudo el buen impulso no se traduce nunca en acción.

Jesús le estaba diciendo a aquel hombre: «Ahora tienes la convicción de que debes salir de esa sociedad muerta en la que te mueves; dices que ya lo harás cuando pasen los años y haya muerto tu padre; sal ahora mismo, o no saldrás nunca.»

En su autobiografía, H. G. Wells menciona un momento crucial de su vida. Era aprendiz de guarnicionero, y no parecía tener mucho futuro. Se le presentó un día lo que él llamaba «una voz íntima y profética: «Salte de este oficio antes de que sea demasiado tarde; te cueste lo que te cueste.»» No espero; se salió, y llegó a ser H. G. Wells.

Que Dios nos conceda la fuerza de decisión que nos puede salvar de la tragedia de la oportunidad perdida.

LA PAZ DE LA PRESENCIA

Mateo 8:23-27

Jesús se metió en la barca, y Sus discípulos Le siguieron. Y, fijaos: se produjo tal cataclismo en e! mar, que las olas ocultaban la barca; y Jesús estaba dormido. Los discípulos se pusieron a despertarle.

-¡Señor -le decían-, sálvanos, que estamos perdidos!

-¿Por qué estáis tan acobardados -les dijo Jesús-, vosotros, los de la poca fe?

Entonces, cuando se desentumeció, regañó a los vientos y a la mar, y se produjo una calma total.

Los discípulos estaban alucinados.

¿Qué clase de Hombre es Éste -se decían ; que hasta los vientos y la mar Le obedecen?

En cierto sentido ésta era una escena muy corriente en el Mar de Galilea. El Mar de Galilea es pequeño; no tiene más que 20 kilómetros de Norte a Sur y 12 de Este a Oeste por lar más ancho. El valle del Jordán ocupa una profunda falla de la superficie de la Tierra, y el Mar de Galilea es parte de esa falla. Está a 210 metros por debajo del nivel del Mediterráneo. Eso hace que su clima sea templado y benigno, pero también crea peligros. Al Oeste hay colinas con valles y barrancos; y cuando sopla el viento frío del Oeste, estos valles y torrenteras actúan como soplillos gigantescos. El viento parece que se comprime en ellos, y se precipita sobre el lago con una violencia salvaje y con una rapidez alucinante, de manera que la calma de un momento se convierte en un instante en una tormenta rugiente. Las tormentas del Mar de Galilea se producen repentina y violentamente de una manera totalmente imprevisible y única.

W. M. Thomson, en La Tierra y el Libro, describe su experiencia a orillas del Mar de Galilea:

En la ocasión a la que me estoy refiriendo, pusimos a continuación las tiendas a la orilla, y pasamos tres días y tres noches expuestos a este viento tremendo. Teníamos que poner dos clavos a todas las cuerdas de la tienda, y a menudo teníamos que colgarnos con todo nuestro peso para que toda la tienda con tantas sacudidas no saliera volando por la fuerza del viento… Todo el lago, como hemos dicho, estaba como azotado furiosamente; las olas rodaban repetidamente hasta la puerta de nuestra tienda, sacudiendo las cuerdas con tal violencia que sacaban los clavos del suelo. Y además, estos vientos no son solamente violentos, sino que bajan repentinamente, y frecuentemente cuando el cielo está perfectamente claro. Yo fui una vez a bañarme cerca de los baños calientes y, antes de que pudiera darme cuenta, el viento llegó rugiendo por los acantilados con tal fuerza que tuve grandes dificultades para alcanzar la orilla.

El doctor W. M. Christie, que pasó muchos años en Galilea, dice que en estas tempestades los vientos parecen soplar en todas direcciones al mismo tiempo, porque se precipitan por los estrechos pasos de las colinas y golpean el agua en ángulo. Nos cuenta de una ocasión:

Una compañía de turistas estaba de pie a la orilla en Tiberíades y, notando la superficie cristalina del agua y el reducido tamaño del lago, expresaron dudas sobre la posibilidad de tormentas tales como las que se describen en los evangelios. Casi inmediatamente, se levantó el viento. En veinte minutos, el mar estaba blanco de la espuma que encrespaba las olas. Grandes oleadas se quebraban contra las torres a las esquinas de los muros de la ciudad, y los turistas no tuvieron más remedio que buscar refugio de las rociadas cegadoras del agua, aunque estaban ya a doscientos metros de la orilla.

En menos de media hora, el plácido solecito se había convertido en una ronca tempestad.

Eso fue lo que sucedió aquí. La tormenta se llama seismós, que es la palabra para terremoto. Las olas alcanzaban tal altura que la barca quedaba oculta (kalyptesthai) entre las olas, porque la cresta de las olas se remontaba por encima de ella. Jesús estaba dormido. (Si leemos el relato de Mar_4:1-35 , vemos que, antes de iniciar la travesía Jesús había usado la barca como púlpito para dirigirse a la gente; y, sin duda, estaba agotado). En un instante de terror, los discípulos le despertaron, y la tormenta se convirtió en calma.

CALMA EN MEDIO DE LA TEMPESTAD

En este relato hay mucho más que la calma que siguió a la tempestad en la Marcos Supongamos que Jesús calmó literal y físicamente aquella rugiente tempestad en el Mar de Galilea hacia el año 28 de nuestra era; eso sería, sin duda, una hazaña maravillosa, pero no tendría mucho que ver con nosotros. Sería la historia de una maravilla aislada, que no sería pertinente para nosotros en el siglo XX. Si eso es todo lo que quiere decir esta historia, podríamos preguntar: «¿Por qué no lo hace Jesús ahora? ¿Por qué permite que los que Le aman en este tiempo se hundan en el rugiente mar sin intervenir para salvarlos?» Si no vemos en esta historia nada más que el relato de algo que hizo Jesús hace veinte siglos, no sólo no resuelve ningún problema, sino que los produce aún mayores y de los que quebrantan el corazón.

Pero el sentido de esta historia es mucho mayor que eso. No se limita a decirnos que Jesús calmó una tempestad en Galilea, sino nos dice que dondequiera está Jesús, se calman las tormentas de la vida. Quiere decir que, en la presencia de Jesús, las más terribles tempestades se convierten en paz.

Cuando sopla el frío y crudo viento del dolor,-hay calma y consuelo en la presencia de Jesucristo. Cuando ruge la ráfaga ardiente de la pasión, hay paz y seguridad en la presencia de Jesucristo. Cuando las tormentas de la duda tratan de desarraigar los fundamentos mismos de la fe, hay una estable seguridad en la presencia de Jesucristo. En todas las tormentas que sacuden el corazón humano hay paz con Jesucristo.

Margaret Avery cuenta una historia maravillosa. En la escuela de una aldeíta de las montañas, una maestra les había contado a sus alumnos esta historia evangélica. Poco tiempo después hubo una ventisca terrible. Cuando se cerró la escuela aquel día, la maestra tenía casi que arrastrar a los niños contra la tempestad. Estaban en verdadero peligro. En medio de todo aquello le oyó decir a un niño, como hablando consigo mismo: «Nos vendría bien tener a Jesús con nosotros aquí y ahora.» El chiquillo lo había entendido perfectamente. Su maestra tiene que haber sido estupenda. La lección de esta historia es que, cuando las tormentas de la vida nos sacuden el alma, Jesucristo está con nosotros, y en Su presencia la rugiente tempestad se convierte en una paz que nada nos puede arrebatar.

UN UNIVERSO PLAGADO DE DEMONIOS

Mateo 8:28-34

Cuando llegaron al otro lado, al territorio de los gadarenos, Le salieron al encuentro dos hombres endemoniados que salieron de entre las tumbas. Eran muy fieros, tanto que nadie podía pasar por aquella carretera. Y fijaos, se pusieron a gritar:

-¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?

A una buena distancia de ellos había un hato de muchos cerdos que estaban pastando. Los diablos Le suplicaron a Jesús:

Si nos echas de aquí, déjanos que vayamos a ese hato de cerdos.

Id -les dijo Jesús.

Los demonios salieron de los hombres y fueron a meter se en el hato de los cerdos. Y fijaos: todo el hato se abalanzó al mar por los acantilados, y se ahogaron en el agua. Los que estaban apacentándolos salieron huyendo, y se fueron lejos al pueblo y contaron todo lo que había pasado con los endemoniados. Y fijaos: todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y cuando Le vieron, Le pidieron que Se fuera de su territorio.

Antes de empezar a estudiar este pasaje en detalle, trataremos de resolver una dificultad que acecha al estudiante de los evangelios. Se ve que había una cierta incertidumbre en las mentes de los evangelistas en cuanto al lugar donde sucedió este incidente. Esa incertidumbre se refleja en las diferencias que hay entre los tres evangelios sinópticos. La ReinaValera›95 de estudio ya hace constar las diferencias en el nombre de la región gergesenos o gadarenos o gerasenos.

La dificultad consiste en que no se ha logrado identificar este lugar con toda seguridad. Gerasa es difícil que sea correcto, porque la única Gerasa de que tenemos información estaba a más de cincuenta kilómetros tierra adentro, al Sudeste del lago, en Galaad; y es seguro que Jesús no recorrió esa distancia cuando desembarcó. Gadara es casi seguro que es el nombre correcto, porque era un pueblo a menos de diez kilómetros tierra adentro desde la orilla del lago, y es normal que el cementerio estuviera a esa distancia, así como los campos para apacentar los cerdos. Gergesa es probable que se deba a la conjetura de Orígenes, el gran erudito alejandrino del siglo III. Él sabía que Gerasa era imposible; dudaba también de la posibilidad de Gadara, y conocía una aldea llamada Gergesa, en la parte oriental del Mar de Galilea, y sugirió que ese debía de ser el lugar. Lo más probable es que las diferencias se deban al hecho de que los que copiaban los manuscritos antiguos no conocían Palestina lo suficiente como para estar seguros de dónde estaba ese lugar y cómo se llamaba.

Este milagro nos enfrenta con la idea de la posesión diabólica, que es tan corriente en los evangelios. El mundo antiguo creía incuestionable e intensamente en los malos espíritus. El aire estaba tan lleno dé estos espíritus que no era posible insertar en él la punta de una aguja sin encontrarse con alguno. Algunos decían que había siete millones y medio de ellos; había diez mil en la mano derecha de cada persona, y otros diez mil en su izquierda; y todos estaban esperando la oportunidad para hacerle daño. Vivían en lugares inmundos, como las tumbas, y en otros en los que no había agua para limpiar. Vivían en los desiertos, en los que se podían oír sus aullidos. Eran especialmente peligrosos para los viajeros solitarios, las mujeres de parto, la esposa y el esposo recién casados, los niños que salían por la noche y los que viajaban de noche. Eran especialmente peligrosos en el calor del mediodía, y entre la puesta y la salida del sol. Los demonios masculinos se llamaban sedim, y los femeninos lilin, de Lilit. Los demonios femeninos tenían pelo largo, y eran especialmente peligrosos para los niños; por eso tenían los niños ángeles de la guarda (cp. Mat_18:10 ).

En cuanto al origen de los demonios había diferentes opiniones. Algunos mantenían que existían desde el principio del mundo. Otros, que eran los espíritus de los malvados que habían muerto, y que hasta después de la muerte trataban de hacer daño. Lo más corriente de todo era relacionarlos con la extraña historia del Génesis b:1-8. Ese pasaje dice que los ángeles pecadores vinieron a la Tierra y sedujeron a mujeres mortales. Los demonios se creía que eran los descendientes de los que nacieron de aquellas malas uniones.

A estos demonios se les atribuían todas las enfermedades. Se los suponía responsables, no solo de enfermedades como la epilepsia y los trastornos mentales, sino también de las enfermedades corporales. Los egipcios mantenían que el cuerpo constaba de treinta y seis partes :diferentes, cada una de las cuales podía ser la guarida de un demonio. Una de sus maneras favoritas de conseguir introducirse en el cuerpo de una persona era acechar mientras estaba comiendo, y colarse con la comida.

A nosotros nos parecerá fantástico todo esto; pero los pueblos antiguos creían a pies-juntillas en los demonios. Si una persona estaba convencida de que estaba poseída por un demonio, se dedicaría a reproducir todos los síntomas de la posesión diabólica. Se podía convencer auténticamente de que tenía dentro un demonio. Hasta el día de hoy, uno se puede autosugestionar y convencer de qué tiene un dolor o ,está enfermo; eso podía suceder todavía más fácilmente cuando había tanto de lo que hoy llamamos supersticiones, y cuando el conocimiento humano era mucho más primitivo que ahora. Aunque no hubiera demonios, una persona que se creyera poseída sólo podía curarse si se admitía que, por lo menos para ella; los demonios eran la cosa más real del mundo.

LA DERROTA DE LOS DEMONIOS

Cuando Jesús llegó al otro lado del lago, se Le enfrentaron dos endemoniados que vivían entre las tumbas, porque las tumbas eran el lugar de residencia normal de los demonios. Eran tan feroces que constituían un peligro para los que pasaran por allí, y un viajero prudente evitaría un encuentro con ellos a toda costa.

W. M. Thonmson, en La Tierra y el Libro, nos cuenta que él mismo, en el siglo XIX, vio personas que estaban en exactamente la misma situación de aquellos dos endemoniados de las tumbas de Gadara:

Actualmente se , dan casos muy semejantes -locos furiosos y peligrosos que deambulan por las montañas y duermen en cuevas y en tumbas. Cuando tienen uno

de sus peores paroxismos no hay quien los domine, y son tremendamente fuertes… Y es uno de los rasgos más corrientes de esta locura que los que la padecen se niegan a usar ropa. Los he visto a menudo totalmente desnudos por las calles de Beirut y de Sidón. También hay casos que corren salvajemente por los despoblados y aterran a todos los de la vecindad.

Aparte de todo lo demás, Jesús dio muestras de un valor extraordinario al pararse a hablar con aquellos dos hombres.

Si de veras queremos saber los detalles de, esta historia tenemos que acudir a Marcos. El relato de Marcos (Mar_5:1-19 ) es mucho más largo, y lo que nos da Mateo no es más que un resumen. Esta es una historia de milagro que ha causado mucha discusión, y la discusión se ha centrado en torno a la destrucción del hato de cerdos. Muchos la han encontrado extraña, y han considerado cruel el que Jesús destruyera así una manada de animales. Pero es casi seguro que Jesús no destruyó deliberadamente los cerdos.

Debemos tratar de visualizar lo que sucedió. Los endemoniados estaban chillando y gritando (Mar_5:7 ; Luk_8:28 ). Debemos tener presente que estaban totalmente convencidos de que estaban invadidos de demonios. Ahora bien, era una creencia normal y ortodoxa que todos compartían que cuando viniera el Mesías y hubiera un juicio final, los demonios serían destruidos. Eso es lo que los hombres querían decir cuando le preguntaron a Jesús por qué había venido a atormentarlos antes del tiempo de terminar. Estaban tan convencidos de que estaban poseídos por demonios que nada los podía haber librado de su convicción que no fuera una demostración visible de que los demonios habían salido de ellos.

Había que hacer algo que fuera para ellos una prueba indubitable. Lo más seguro es que sus gritos y chillidos alarmaran el hato de los cerdos, que, en su terror, huyeron en desbandada y se cayeron al lago. El agua era fatal para los demonios. Ante eso, Jesús aprovechó la ocasión que se le presentaba.

«¡Fijaos! -les dijo-›Fijaos en esos cerdos: se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.» Jesús sabía que no había otra manera de convencer a esos dos hombres de que estaban definitivamente curados. Si fue así, Jesús no destruyó aposta la manada de cerdos; simplemente usó su estampida para ayudar a aquellos dos pobres pacientes a creer en su curación.

Pero aunque Jesús hubiera causado deliberadamente la destrucción de aquel hato de cerdos, no debería nunca habérsele culpado por ello. Hay tal cosa como pasarse de chinche. T. R. Glover hablaba de las personas que creen que son muy religiosas cuando lo que son es muy fastidiosas.

No podemos comparar el valor de un hato de cerdos con el de dos almas humanas inmortales. No es comente negarse a comer un bocadillo de jamón o chuletas de cerdo para la comida por motivos de conciencia. Nuestra simpatía hacia los cerdos no nos lleva tan lejos como para impedirnos comérnoslos; ¿y vamos a quejarnos de que Jesús devolviera la salud a dos mentes humanas a costa de un hato de cerdos? Esto no quiere decir, ni mucho menos que animemos, o ni siquiera disculpemos la crueldad con los animales. Es sencillamente que debemos conservar en la vida un sentido de la proporción.

La tragedia suprema de esta historia radica en su conclusión. Los que habían estado pastoreando a los cerdos volvieron corriendo al pueblo y dijeron lo que había sucedido; y el resultado fue que los del pueblo le pidieron a Jesús que saliera inmediatamente de su territorio.

Aquí encontramos el peor egoísmo humano. A esa gente no le importaba que dos personas hubieran recuperado la razón; lo único que les importaba era que se habían quedado sin sus cerdos. Eso es lo que sucede muchas veces cuando se dice: «Me importa un pito lo que les pase a los demás, siempre que no sufran mis ganancias y mi comodidad y mi tranquilidad.» Nos podemos alucinar ante la insensibilidad de aquella gente de Gadara, pero debemos tener cuidado de no objetar a que se ayude a otros para no perder nuestros privilegios.

CRECE LA OPOSICIÓN

Ya hemos visto repetidamente que en el evangelio de Mateo no aparece nada colocado al azar. Todo está planificado y diseñado cuidadosamente.

En el capítulo 9 vemos otro ejemplo de esta cuidadosa planificación, porque contiene las primeras sombras de la tormenta que se está fraguando. Vemos cómo empieza a crecer la oposición; oímos las primeras insinuaciones de las acusaciones que se van a urdir contra Jesús, y que acabarán finalmente por llevarle a la muerte. En este capítulo se Le hacen a Jesús cuatro acusaciones.

(i) Se Le acusaba de blasfemia. En Matea 91-8 vemos a Jesús curando al paralítico perdonándole sus pecados; y oímos a los escribas acusarle de blasfemia porque pretendía hacer lo que sólo Dios puede hacer. Acusaban a Jesús de blasfemia porque hablaba con la voz de Dios. Blasfémía quiere decir literalmente insulto o calumnia; y los enemigos de Jesús le acusaban de insultar a Dios porque Se arrogaba los poderes exclusivos de Dios.

(ii) Se Le acusaba de inmoralidad. En Mat_9:10-13 vemos a Jesús participando en una fiesta con publicanos y pecadores. Los fariseos se escandalizaban de que Él comiera con tal gentuza. La implicación era que Él era igual que ellos. «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»

A Jesús Le acusaron de hecho de ser una persona inmoral porque se Le veía con gente inmoral. Una vez que una persona cae en desgracia es la cosa más fácil del mundo tergiversar y falsificar todo lo que hace.

Harold Nicolson cuenta una conversación que tuvo con Stanley Baldwin. Nicolson estaba por entonces empezando su carrera política, y fue a pedir a Baldwin, político veterano, el consejo que le pudiera dar. Baldwin le dijo algo así: «Vas a tratar de ser un estadista, y a manejar los asuntos del país. Bien, yo tengo una larga experiencia de ese tipo de vida, y te daré tres reglas que harás bien en seguir. La primera, si ya estás suscrito a una agencia de recortes de periódicos, cante la la suscripción inmediatamente. La segunda, no te ríase` nunca de los errores de tus oponentes. La tercera, ármate d paciencia cuando te atribuyan falsos motivos.» Una de las armas favoritas de los enemigos de cualquier hombre publica es atribuirle falsos motivos; eso es lo que Le hicieron a Jesúa Sus enemigos. ;

(iii) Se Le acusaba de laxitud en la piedad. En Mat_9:14 : 17, los discípulos de Juan les preguntaron a los de Jesús qué su Maestro no ayunaba. Jesús no observaba las prácticas ortodoxas de la religión, y por tanto los ortodoxos no se fiaban de Él. Cualquiera que se aparte de los convencionalismo sufrirá por ello; y cualquiera que quebrante los convencionalismos religiosos, más todavía. Jesús quebrantaba los convencionalismos ortodoxos de la piedad farisaica, y se le c ticaba por ello.

(iv) Se le acusa de actuar de acuerdo con el diablo. En Mat_9:31-34 Le vemos curando a un mudo, y Sus enemigos atribuyen la curación a Su asociación con el diablo. Siempre que entra un nuevo poder en la vida -se ha dicho, por ejemplo, del poder espiritual- hay quienes dicen: « Debemos tener cuidado; esto podría ser obra del diablo y no de Dios.» Es curioso que cuando la gente se encuentra con algo que no le gusta, o que no entiende, o que no está de acuerdo con sus: ideas preconcebidas, a menudo se lo atribuyen al diablo y no a Dios. ..

Así que aquí tenemos el principio de la campaña contra Jesús. Sus calumniadores ya están actuando. Las lenguas chismosas están envenenando la verdad y atribuyendo falsos motivos. El movimiento para eliminar a este conflictivo Jesús ha comenzado.

Mateo 8:1-34

8.2, 3 La lepra, como lo es el SIDA hoy, era una enfermedad temida porque no había cura conocida. En el tiempo de Jesús, la palabra lepra denotaba varias enfermedades similares, y algunas de ellas eran contagiosas. Si una persona la contraía, el sacerdote lo declaraba leproso y lo alejaban de su hogar y ciudad. Lo enviaban a vivir en una comunidad con otros leprosos hasta que se recuperara o muriera. Cuando el leproso rogó a Jesús que lo sanara, Jesús se le acercó y lo tocó, aún cuando su piel estaba cubierta del temido mal. Como la lepra, el pecado es una enfermedad incurable, y todos lo tenemos. Solo el toque sanador de Cristo puede milagrosamente poner a un lado nuestros pecados y restaurarnos para que podamos vivir en plenitud. Pero primero, al igual que el leproso, debemos reconocer que no podemos curarnos nosotros mismos y pedir a Cristo su ayuda salvadora.

8.4 La Ley demandaba que al leproso sanado lo examinara el sacerdote (Levítico 14). Jesús quiso que aquel hombre de primera mano diera a conocer su historia al sacerdote, de manera que pudiera probar que su lepra había desaparecido totalmente y que por lo tanto podía volver a su comunidad.

8.5, 6 El centurión pudo haber dejado que muchos obstáculos se interpusieran entre él y Jesús, como el orgullo, la duda, el dinero, el idioma, la distancia, el tiempo, la autosuficiencia, el poder o la raza, pero no lo hizo. Si no permitió que esas barreras le impidieran acercarse a Jesús, nosotros tampoco debemos permitirlo. ¿Qué lo aleja a usted de Cristo?

8.8-12 Un centurión era un militar de carrera en el ejército romano que tenía unos cien soldados bajo su mando. Los judíos odiaban a los soldados romanos por su tiranía y desprecio. ¡Sin embargo la fe de aquel hombre maravilló a Jesús! La fe genuina de aquel odiado gentil avergonzó la piedad estancada de muchos judíos que eran líderes religiosos.

8.10-12 Jesús dijo a la multitud que muchos judíos religiosos, que podrían formar parte del Reino, serían excluidos por haber perdido su fe. Estaban muy aferrados a sus tradiciones religiosas, al grado que no podían aceptar a Cristo y su nuevo mensaje. Debemos tener cuidado en no encerrarnos en nuestras costumbres religiosas al punto de esperar que Dios obre solo en ciertas formas. No limite a Dios con sus preconceptos y falta de fe.

8.11, 12 «El oriente y el occidente» representan los cuatro rincones de la tierra. Toda la gente fiel a Dios se reunirá en el banquete del Mesías (Isaías 6; 55). Los judíos debían haber sabido que cuando el Mesías llegara, los gentiles participarían también de sus bendiciones (véase Isa_66:12, Isa_66:19). Pero este mensaje llegó como un golpe porque estaban demasiado absortos en sus propios asuntos y destino. Cuando apelemos a las promesas de Dios, no debemos apropiarnos de ellas tan personalmente que olvidemos ver lo que Dios quiere hacer para alcanzar a toda la gente que ama.

8.11, 12 Mateo enfatiza que el mensaje de Jesús es para todos. Los profetas del Antiguo Testamento lo sabían (véanse Isa_56:3, Isa_56:6-8; Isa_66:12, Isa_66:19; Mal_1:11) pero muchos líderes judíos neotestamentarios optaron por ignorarlo. Cada persona tiene que elegir entre aceptar o rechazar las buenas nuevas, y nadie pasa a formar parte del Reino de Dios por herencia o conexión familiar.

8.14 Pedro fue uno de los doce discípulos. Sus datos aparecen en el capítulo 27.

8.14, 15 La suegra de Pedro nos da un hermoso ejemplo. Su respuesta al toque de Jesús fue servirle de inmediato. ¿Ha recibido usted la ayuda de Dios en alguna situación peligrosa o dificultosa? Si es así, debiera preguntarse: «¿Cómo puedo expresar mi agradecimiento?» Siendo que Dios nos ha prometido las recompensas de su Reino, debiéramos buscar formas de servirle ahora.

8.16, 17 Mateo continúa mostrando la naturaleza soberana de Jesús. Por medio de un simple toque, sanó (8.3, 15); a una simple palabra suya, los demonios huyen de su presencia (8.16). Jesús tiene autoridad sobre los poderes satánicos y las enfermedades terrenales.También tiene poder y autoridad para dominar el pecado. Las enfermedades y la maldad son consecuencias de vivir en un mundo caído. Pero en el futuro, cuando Dios limpie la tierra del pecado, no habrá más enfermedad ni muerte. Los milagros de sanidad de Jesús fueron una demostración de lo que el mundo experimentará en el Reino de Dios.

8.19, 20 Seguir a Jesús no siempre es fácil. Con frecuencia implica pagar un alto costo y sacrificio, sin recompensa terrena ni seguridad. Jesús no tuvo un lugar que pudiera haber llamado hogar. Quizás para usted el costo de seguir a Cristo será perder popularidad, amistades, tiempo de descanso o hábitos. Pero si bien el costo de seguir a Cristo puede ser alto, el valor de ser discípulo de Cristo es una inversión que repercute por la eternidad y rinde increíbles recompensas.

8.21, 22 Es posible que este discípulo no estaba pidiendo permiso para ir al funeral de su padre, sino que deseaba esperar que su anciano padre falleciera antes de seguir a Cristo. Tal vez era el primogénito y deseaba estar seguro de recibir su herencia. Tal vez no quería enfrentar el enojo de su padre por abandonar los negocios de la familia para seguir a un predicador itinerante. Sea que se tratara de una seguridad financiera, una aprobación familiar o cualquier otra cosa, no estaba dispuesto a seguir a Jesús en aquel preciso momento. Jesús no aceptó sus excusas.

8.21, 22 Jesús siempre fue directo con los que le seguían. Se aseguró de que calcularan el costo de seguirle y que no pusieran condiciones. Como Hijo de Dios, no titubeó en demandar lealtad total. Aun el dar sepultura al muerto no debía tener prioridad sobre sus demandas de obediencia. Su desafío directo nos fuerza a preguntarnos acerca de nuestras prioridades al seguirle. La decisión de seguir a Cristo no debiera ser relegada, aun cuando un acontecimiento importante esté a punto de tener lugar. Nada debiera ocupar el lugar de una entrega total a Cristo.

8.23 Pudo haber sido un bote de pesca porque muchos de los discípulos de Jesús eran pescadores. Josefo, un historiador de la época, escribió que usualmente había más de trescientos botes pesqueros en el Mar de Galilea. Este bote tenía espacio para dar cabida a Jesús y a sus doce discípulos y era impulsado por medio de remos y velas. Durante la tormenta, sin embargo, las velas se bajaban para que no se rompieran y facilitar el control del bote.

8.24 El mar de Galilea posee un caudal de agua poco común. Es relativamente pequeño (21 km de largo por 11 de ancho). Yace 208 m bajo el nivel del mar y su profundidad llega a 48 m. De un momento a otro pueden presentarse tormentas repentinas que agitan las aguas, originando olas de hasta siete metros de altura. Los discípulos se vieron atrapados sorpresivamente por la tormenta y el peligro era grande.

8.25 A pesar de que los discípulos habían sido testigos de muchos milagros, se llenaron de pánico en esta tormenta. Como navegantes experimentados, estaban conscientes del peligro existente; lo que no sabían era que Cristo podía dominar las fuerzas de la naturaleza. Hay siempre una dimensión de nuestras vidas en la que sentimos que Dios no puede obrar o no ha de obrar. Cuando comprendemos bien quién es El, entendemos que El calma lo mismo las tormentas de la naturaleza que las tormentas del corazón atribulado. El poder de Jesús que calmó esta tormenta puede también calmar las tormentas que braman en nuestras vidas. El está dispuesto a ayudarnos si se lo pedimos. No es necesario excluirlo de ningún aspecto de nuestra vida.

8.28 La región de los gadarenos estaba localizada al sudeste del mar de Galilea. El pueblo de Gádara, capital de la región, era una de las diez ciudades (o Decápolis, véase la nota a Mar_5:20). Eran diez ciudades con gobierno independiente y con población mayormente gentil, lo que explica lo del hato de puercos (Mar_8:30). Los judíos no criaban cerdos porque eran considerados inmundos y no los comían.

8.28 Los endemoniados están bajo el control de uno o más demonios. Los demonios son ángeles caídos que se unieron a Satanás en su rebelión en contra de Dios y ahora son espíritus malos a las órdenes del diablo. Ayudan a Satanás a tentar a la gente y desplegar su gran poder destructivo. Pero cada vez que se enfrentaban con Jesús, perdían su poder. Los demonios reconocen a Jesús como Hijo de Dios (8.29), pero piensan que no tienen que obedecerle. Usted puede creer que Jesús es el Hijo de Dios pero creer no basta (véase en Jam_2:19 mas información sobre la fe y los demonios). La fe es más que creer. Por la fe, debe aceptar lo que El ha hecho en su favor, recibirlo como el único que puede salvarlo de su pecado y mostrar su fe por medio de la obediencia a su Palabra.

8.28 Mateo dice que eran dos endemoniados, mientras que Marcos y Lucas se refieren sólo a uno. Aparentemente Marcos y Lucas se refieren sólo al hombre que tomó la palabra.

8.28 En concordancia con las leyes ceremoniales judías, los hombres que Jesús halló eran inmundos en tres sentidos: eran gentiles (no eran judíos), estaban poseídos por el demonio y vivían en un cementerio. Jesús les dio ayuda a pesar de todo. No debiéramos dar la espalda a las personas «inmundas» o que nos son repulsivas. Debemos llegar a la conclusión de que cada ser humano es una creación única de Dios que necesita de su amor.

8.29 La Biblia nos dice que al final Satanás y sus ángeles serán echados al lago de fuego (Rev_20:10). Cuando los demonios le dicen a Jesús que no los atormente «antes de tiempo», dan a entender que sabían cuál será su destino final.

8.32 Cuando los demonios entraron en los cerdos, estos se despeñaron y cayeron al lago. La acción de los demonios prueba su intención destructiva: como no pudieron destruir a los hombres destruyeron a los cerdos. La acción de Jesús, por contraste, muestra el valor que da a cada vida humana.

8.34 ¿Por qué la gente le pidió a Jesús que se fuera? A diferencia de los dioses paganos que adoraban, Jesús no podía ser contenido, controlado o aplacado. Temían el poder sobrenatural de Jesús, poder que no habían visto nunca antes. Y estaban muy molestos con la pérdida del hato de cerdos y no podían alegrarse con la liberación de los hombres que estaban poseídos por el demonio. ¿Le preocupan mas las propiedades y los programas que la gente? Los seres humanos han sido creados a la imagen de Dios y tienen un valor eterno. Qué necio y cuán fácil es dar más valor a posesiones, inversiones e incluso a animales, que a la vida humana. ¿Permite que Jesús termine su obra en usted?

Mat 8:1-15

En el capítulo octavo de San Mateo se describen no menos que cinco de los milagros de nuestro Señor. En esto hay una bella congruencia. Propio era que el más célebre sermón que jamás se haya predicado fuera seguido de pruebas poderosísimas de que Aquel que lo había pronunciado era el Hijo de Dios.

En los versículos arriba trascritos se historian tres milagros: la curación de un leproso, la de un paralítico, y la de una mujer que sufría de fiebre. Al leer este pasaje se vienen á la mente tres pensamientos.

1. Que Jesucristo tiene un poder sin límites. La lepra es una de las enfermedades más terribles que afligen a los hombres. Los médicos la consideran incurable y los que sufren de ella están como muertos en medio de la vida. Y sin embargo, Jesús dijo al paciente que fuera limpio, y en el acto le dejó la lepra. Sanar á un paralítico sin verlo siquiera, y solamente con pronunciar una palabra, es hacer algo que nosotros no alcanzamos á concebir. Y sin embargo, Jesús lo mandó y se hizo. Dar á una mujer postrada con fiebre no solamente alivio sino también fuerza y salud suficientes para emprender de nuevo sus quehaceres domésticos, confundiría á los más hábiles médicos de la tierra. Sin embargo, eso fue lo que Jesús hizo con la suegra de Pedro. Tales actos solo pudieron ser ejecutados por un ser todopoderoso: allí estaba el dedo de Dios. En el Evangelio se nos exhorta á que acudamos á Jesús y reposemos nuestra fe en El, confiándole todos nuestros afanes y cuidados. Podemos hacer todo esto sin vacilar, pues El puede sobrellevarlo todo, siendo, como es, todopoderoso. Puede dar vida á los muertos y fuerza á los débiles. Confiemos en El, y depongamos todo temor. El mundo está lleno de lazos, y nuestros corazones son débiles; empero para Jesús nada hay imposible.

2. Que Jesús es infinitamente misericordioso y compasivo. Las circunstancias en que obró los tres milagros de que nos ocupamos fueron distintas. En cuanto al leproso El mismo oyó su grito: «Señor, si quisieres, puedes limpiarme.» En cuanto al criado del centurión supo que estaba enfermo, mas nunca le vio. Por lo que toca á la suegra de Pedro, Jesús la vio enferma de fiebre, pero no se nos refiere que ella dijera una sola palabra. Sin embargo, en todos esos tres casos el Señor se mostró benigno v misericordioso. Cada paciente fue compadecido con ternura y recibió eficaz alivio.

3. Que la fe es una virtud de un valor inestimable. Muy poco sabemos del centurión de que trata el pasaje que venimos considerando: su nombre, su patria, su historia pasada nos son desconocidos. Mas una cosa sí sabemos, á saber: que creyó. Y creyó, preciso es recordarlo, en tanto que los escribas y fariseos permanecían en la incredulidad. Creyó siendo pagano, en tanto que el pueblo de Israel permanecía ciego. Por eso nuestro Señor lo encomió con las siguientes palabras que desde aquel entonces se han repetido en todo el mundo: «Ni aun en Israel he hallado tanta fe.

Creer que Jesucristo tiene poder y voluntad de socorrernos, y obrar en armonía con esa creencia, es un don raro y precioso. Estar prontos a acudir á Jesús como criaturas desamparadas y culpables, y á encomendar nuestras almas en sus manos, puede considerarse como una gran prerrogativa, una prerrogativa por la cual debemos dar gracias á Dios, pues emana de El.

¿Hemos experimentado nosotros esa fe? Esta es la gran pregunta que nos concierne. Ojalá no descansemos hasta que no la hayamos contestado. La fe en Jesucristo parece insignificante á los hijos de este mundo, mas á los ojos de Dios es valiosísima. Por ella viven los verdaderos cristianos; por ella permanecen firmes; con ella vencen al mundo. Sin ella nadie puede ser salvo.

Mat 8:16-27

En la primera parte de estos versículos se ve un ejemplo notable de la prudencia con que nuestro Señor procedió con todos los que se manifestaban deseosos de ser sus discípulos. El pasaje merece especial mención por cuanto aclara mucho un asunto acerca del cual abundan el día de hoy graves errores.

Un escriba ofreció seguir a nuestro Señor á donde quiera que fuera. Ese ofrecimiento nos parecerá singular si tenemos en cuenta en qué tiempo se hizo y á qué clase pertenecía el hombre. La contestación fue notable: no fue ni una aceptación directa ni una repulsa perentoria. Hela aquí: « Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en donde recostar su cabeza..

Otro adepto se presentó luego y rogó se le permitiese ir á sepultar á su padre antes de seguir más lejos al Señor. La súplica parece á primera vista justa y natural; mas la respuesta que hizo desprender de los labios de nuestro Señor no fue menos solemne que la arriba citada : «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos..

Hay algo muy imponente en ambas contestaciones. La primera nos enseña que á todo el que manifieste deseos de hacerse discípulo de Jesucristo, deben hacérsele ver las consecuencias que de ese acto pueden resultar. Si no están dispuestos á someterse á todo género de trabajos y á tomar sobre sí la cruz, no se hallan en aptitud de dar el primer paso. La segunda nos enseña que hay épocas en que es preciso que los cristianos lo abandonen todo por amor á su Maestro, y en que aun deberes tan premiosos como el de atender al entierro de un padre deben dejarse á cargo de otras personas. Esto porque nunca faltará quienes quieran cumplirlos; y porque no puede en manera alguna comparárseles con el de predicar el Evangelio y trabajar en la causa de Jesucristo.

Nada ha perjudicado tanto al Cristianismo como la práctica de engrosar las filas del ejército de Jesucristo con cada voluntario que se manifieste dispuesto á hacer profesión de fe y á hablar dilatadamente de sus sentimientos religiosos. No es el número lo que constituye la fuerza, y puede suceder que haya mucha religión externa y muy poca gracia. Recordemos esto, y no ocultemos la realidad de los jóvenes que quieran hacer profesión de fe. Digámosles con ingenuidad que al fin de la peregrinación encontrarán una corona de gloria, pero que es preciso que por el camino lleven a cuestas una cruz.

En la última parte de estos versículos se nos enseña que la verdadera fe se encuentra muchas veces amalgamada con defectos y flaquezas. Este pensamiento nos hace sentir humillados; pero es provechoso.

Nuestro Señor y sus discípulos atravesaban el mar de Galilea cuando de súbito sobrevino una tempestad, y el barco estaba á riesgo de llenarse de agua, pues por todos lados se levantaban las embravecidas olas. Entre tanto Jesús dormía. Los discípulos sobrecogidos de temor lo despertaron implorándole su auxilio.

Oyendo El sus gritos aquietó las aguas con una palabra, y se siguió una gran bonanza. Mas al propio tiempo reprendió á los discípulos por su ansiedad diciéndoles: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?.

¡Cuan á lo vivo nos representa ese suceso el carácter de millares de creyentes! ¡Cuántos no hay que tienen fe y amor suficientes para abandonarlo todo por amor de Jesucristo y para seguirle á todas partes, y que sin embargo á la hora de prueba se llenan de sobresalto! ¡Cuántos no hay qué poseen bastante fe en toda angustia para implorar el auxilio de Cristo, pero que no obstante no la tienen para permanecer quietos y creer que todo va bien! Razón tienen á la verdad los creyentes para revestirse de humildad.

Que una de nuestras diarias plegarias sea siempre: « Señor, aumenta mi fe.» No es sino hasta la hora de prueba que sabemos cuan débil es nuestra fe. Feliz el que por experiencia aprende que su fe puede vencerlo todo, y el que como Job puede exclamar: «Aun cuando me matare, en él esperaré.» Job_13:15.

Mat 8:28-34

Convenzámonos de que el diablo existe. Esta es una verdad terrible, pero que á menudo se pasa por alto. Hay constantemente y cerca de nosotros un espíritu invisible, de inmenso poder y lleno de odio contra nuestras almas. Desde el principio de la creación se ha empeñado en causarle males al hombre. Hasta que el Señor venga por segunda vez y lo ate, no dejará de tentar y ejecutar iniquidades. Es bien claro que en los días en que nuestro Señor estuvo en el mundo ejercía un influjo especial sobre los cuerpos y almas de algunos individuos. Aun en nuestros días, puede ser que exista más de ese mal de lo que comúnmente se supone, aunque no de una manera tan grave como en tiempo de Jesús. Pero que el diablo se halla siempre cerca de nosotros en el espíritu y que á todas horas procura seducirnos con tentaciones, es un hecho que no debe olvidarse.

Más, el poder del demonio es limitado. Poderoso como es, hay un Ser que es más poderoso que él. Aunque está empeñado en causar males en el mundo, no puede obrar sin permiso. Estos mismos versículos están probando que los espíritus malignos saben que solo pueden ir de un lugar á otro devastando la tierra en tanto que se lo permita el Señor de los señores. «¿Has venido,» dijeron, «á molestarnos antes de tiempo?» Y la siguiente súplica deja conocer que no podían hacer nada á los cerdos, si Jesús, el Hijo de Dios, no los dejaba.

Nuestro Señor Jesucristo es quien libra al hombre del poder del demonio. Desde tiempos muy remotos se había profetizado que El quebrantaría la cabeza de la serpiente. Empezó á cumplir esa profecía cuando nació de la Virgen María, y triunfó sobre la serpiente cuando murió en la cruz. Mas sanando á todos los endemoniados manifestó su completo dominio sobre Satanás. Desdichados seriamos á la verdad si teniendo conocimiento de que el diablo está siempre cerca de nosotros no supiéramos también que Jesucristo « puede salvar perpetuamente á los que por él se allegan á Dios.» Heb. 7.25.

Antes de terminar este pasaje notemos cuan mundanos eran los Gergesenos, habitantes del país en que se obró el milagro. Suplicáronle á nuestro Señor que se fuera de sus términos. Lo único que parecieron sentir era la pérdida de sus cerdos. No se apercibieron siquiera de que dos de sus semejantes, que poseían almas inmortales, hubiesen sido libertados del yugo de Satanás ; ni se cuidaron de que delante de ellos estaba un Ser más grande que Satanás, Jesús el Hijo de Dios. Considerando á Jesús como un obstáculo para la prosecución de sus negocios, solo querían deshacerse de él.

Muchos son los que se parecen á los Gergesenos. Millares de personas hay que no se cuidan de Cristo ó de Satanás siempre que puedan adquirir más dinero ó más bienes. Velemos y oremos para que no vayamos á caer presa de semejantes ideas.

Recordemos todas las mañanas que tenemos almas responsables y que algún día moriremos, y después seremos juzgados.

Guardémonos de amar al mundo más que á Jesucristo. Guardémonos de impedir la salvación de los demás porque temamos que la difusión de la religión disminuya nuestras ganancias ó nos ocasione molestias.

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