Mateo 8: La Muerte en vida

Categorías: Mateo y Nuevo Testamento.

Cuando Jesús bajó del monte, Le seguía un gentío tremendo. Y, fijaos: se le acercó un leproso, y se puso de rodillas delante de Él.

-Señor Le dijo-, Tú me puedes limpiar si quieres.

Jesús extendió la mano y le tocó, mientras decía:

-Sí quiero: ¡Sé limpio!

Inmediatamente el enfermo quedó limpio de lepra. Y Jesús le dijo:

-Guárdate de decírselo a nadie. Simplemente ve a mostrarte al sacerdote, y presenta la ofrenda que mandó Moisés, para que queden convencidos de que estás curado.

En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E.W.G. Masterman escribe: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina repugnante.»

Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente; las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración silbante. Las manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en desequilibrio, coma, y por fin, la muerte.

La lepra podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.

La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. Josefo nos dice que se trataba a los leprosos «como si fueran, en efecto, personas muertas.» Tan pronto como se diagnosticaba la lepra, se dEsterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana. «Todo el tiempo que tenga las llagas, será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del campamento vivirá» (Lev_13:46 ). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con el labio inferior tapado y, por dondequiera que fuera iba gritando: «¡Impuro! ¡Impuro!» (Lev_13:45 ). En la Edad Media, si una persona contraía la lepra, el sacerdote se ponía la estola y tomaba el crucifijo, y la llevaba a la iglesia, y leía sobre ella el oficio fúnebre. Aquella persona era como si hubiera muerto.

En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los pueblos vallados. En la sinagoga se proveía para ellos una habitación aislada de tres por dos metros, llamada mejitsá. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba inmunda hasta las vigas del tejado. Hasta en un espacio abierto era ilegal saludar a un leproso. Nadie se le podía acercar más de cuatro codos -es decir, unos dos metros. Si soplaba el viento en el sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a cien codos de distancia. Cierto rabino no se comería ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otro rabino llegaba a presumir de tirarles piedras a los leprosos para que se mantuvieran lejos. Otros rabinos se escondían, o ponían pies en polvorosa, cuando veían un leproso en la distancia.

No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto como la lepra a una persona de sus semejantes. Fue a un hombre así al que Jesús tocó. Para un judío no habría una frase más sorprendente en todo el Nuevo Testamento que la sencilla afirmación: «Y Jesús extendió la mano y tocó al leproso.»

COMPASIÓN MÁS ALLÁ DE LA LEY

En esta historia debemos notar dos cosas: La aproximación del leproso, y la respuesta de Jesús. En la aproximación del leproso había tres elementos.

(i) El leproso vino con confianza. No tenía duda que, si Jesús quería, podía limpiarle.

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