Mateo 7- El error de juzgar

Mateo 7: El error de juzgar

No juzguéis a otras personas, para que no os juzguen a vosotros; porque el baremo que apliquéis a otros os la aplicarán a vosotros, y con la medida que midáis a otros os medirán a vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota de polvo que tiene tu hermano en un ojo, y no te das cuenta de que tienes una viga en el tuyo? ¿Cómo le vas a decir a tu hermano: «Déjame que te quite la mota de polvo que tienes en el ojo», cuando tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Quítate primero la viga que tienes en tu ojo, y entonces verás bien para quitarle a tu hermano la mota de polvo que tiene en el suyo.

Cuando Jesús hablaba así, como lo hizo tan frecuentemente en el Sermón del Monte, estaba usando palabras e ideas familiares en los pensamientos elevados de los judíos. Muchas veces los rabinos habían advertido del peligro de juzgar a los demás. «El que juzga a su prójimo favorablemente -decíanserá juzgado favorablemente por Dios.» Establecían que había seis grandes buenas obras que le daban crédito a una persona en este mundo y provecho en el mundo venidero: el estudio, el visitar a los enfermos, la hospitalidad, la práctica de la oración, la educación de niños en la Ley, y el pensar siempre lo mejor de los demás. Los judíos sabían que la benevolencia en el juicio es, además de un gesto sumamente simpático, nada menos que un deber sagrado.

Uno habría creído que éste sería un mandamiento fácil de obedecer, porque la Historia está alfombrada de recuerdos de los más sorprendentes errores de juicio. Ha habido tantos que se habría podido pensar que esto sería una advertencia para no juzgar en absoluto.

Así ha pasado, por ejemplo, en la historia de la literatura. En la Edinburgh Review de noviembre de 1814, Lord Jeffrey hizo una revista del poema recién publicado de Wordsworth The Excursion, en la que dictaba la ya famosa, o infame, sentencia: «No servirá nunca para nada.» En una revista del Endymion de Keats, The Quarterly se pronunciaba en tono paternalista: «Una cierta medida de talento que merecería aplicarse como es debido.»

Una y otra vez, hombres y mujeres que han llegado a ser famosos han sido tratados como nulidades. En su autobiografía, Gilbert Frankau cuenta que, en tiempos de la Reina Victoria, la casa de su madre tenía un salón donde se reunían las personas más brillantes. Su madre se encargaba de programar el entretenimiento de sus huéspedes. Una vez contrató a una joven soprano australiana. Después que cantó, la madre de Frankau dijo: «¡Qué voz tan horrible! ¡Habría que ponerle un bozal para que no volviera a cantar más!» La joven soprano era Nellie Melba.

El propio Gilbert Frankau estaba montando una comedia. Mandó buscar en una agencia teatral un joven actor que hiciera el papel principal. El joven fue sometido a una entrevista y a una prueba. Después, Gilbert Frankau le dijo por teléfono al agente: «Este hombre no vale para nada. No sabe actuar, y nunca podrá actuar, y lo mejor que puedes hacer es decirle que se busque otra profesión para no morirse de hambre. Por cierto, dime otra vez su nombre para que lo tache de mi lista.» El actor era Ronald Colman, que llegó a ser uno de los más famosos actores de cine de todos los tiempos.

Una y otra vez ha habido personas que han cometido los más flagrantes errores morales de juicio. Collie Knox cuenta lo que les sucedió a él y a un amigo. Él había quedado malherido en un accidente aéreo mientras servía en las fuerzas aéreas británicas. Su amigo había recibido una condecoración en el palacio de Buckingham por su valor. Iban vestidos corrientemente y estaban comiendo juntos en un famoso restaurante de Londres, cuando llegó una chica y le dio a cada uno una pluma blanca -el emblema de la cobardía.

Será difícil encontrar alguien que no haya sido culpable de algún grave juicio erróneo; o que lo haya sufrido de otras personas. Y sin embargo, lo raro es que no habrá otro mandamiento de Jesús que se olvide o quebrante con más frecuencia.

SÓLO DIOS PUEDE JUZGAR

Hay tres grandes razones para no juzgar a nadie.

(i) Nunca conocemos totalmente los Hechos o a la persona.

Hace mucho, el famoso rabí Hil.lel dijo: «No juzgues a nadie hasta que hayas estado tú en sus mismas circunstancias o situación.» Nadie conoce la fuerza de la tentaciones de otro. Uno que tenga un temperamento plácido y equilibrado no sabe nada de las tentaciones de otro que tenga un genio explosivo y unas pasiones volcánicas. Una persona que se haya criado en un buen hogar y en círculos cristianos no sabe nada de las tentaciones de la que se ha criado en una chabola, o entre gente del hampa. Un hombre que haya tenido buenos padres no sabe nada de las tentaciones del que ha recibido de los suyos un mal ejemplo y una mala herencia. El hecho es que, si supiéramos lo que algunas personas tienen que pasar, en vez de condenarlas, nos admiraría el que hubieran conseguido ser tan buenas como son.

Y todavía conocemos menos a la persona total. En un cúmulo de circunstancias, una persona puede ser vulgar y desagradable, mientras que en otro entorno esa misma persona sería una torre de gracia y fortaleza. Mark Rutherford nos presenta en una de sus novelas a un hombre que se casó por segunda vez. Su mujer también había estado casada antes, y tenía una hija adolescente. La hija parecía una criatura desagradable, sin una pizca de atractivo. El hombre no la podía entender. Entonces, inesperadamente, la madre se puso enferma. Inmediatamente se produjo una transformación en la hija. Se convirtió en una perfecta enfermera, la encarnación del servicio y de la devoción incansable. Su hosquedad se iluminó repentinamente con un fulgor radiante, y apareció en ella una persona que nadie habría soñado que estuviera allí.

Hay una clase de cristal, el espato de labrador que, a primera vista está turbio y sin brillo; pero si se va moviendo poco a poco, se llega de pronto a una posición en la que la luz le penetra de cierta manera y centellea con una belleza casi deslumbrante. Hay personas que son así. Pueden resultar antipáticas simplemente porque no las conocemos del todo. Hay algo bueno en todo el mundo. Nuestro deber es no condenar ni juzgar por lo que aparece a la superficie, sino buscar la belleza interior. Eso es lo que querríamos que los demás hicieran con nosotros, y lo que debemos hacer con ellos.

(ii) A todos nos es prácticamente imposible el ser estrictamente imparciales en nuestros juicios. Una y otra vez presentamos reacciones instintivas e irracionales con la gente.

Se dice que a veces, cuando los griegos tenían un juicio particularmente importante y difícil, lo tenían a oscuras para que ni el juez ni el jurado pudieran ver a la persona que juzgaban, para que no fueran influenciados nada más que por los Hechos del caso.

Montaigne tiene una historia macabra en uno de sus ensayos. Hubo un juez persa que había dado un veredicto parcial bajo la influencia del soborno. Cuando el rey Cambises descubrió lo que había sucedido, mandó ejecutar al juez. Luego mandó que le quitaran la piel al cadáver para conservarla; y tapizó con ella el sillón en que se sentaban los Jueces en el tribunal para dictar sentencia, para que les recordara que no debían permitir nunca que ningún prejuicio o consideración personal, y menos el cohecho, afectara jamás sus veredictos.

Sólo una persona totalmente imparcial tendría derecho a juzgar. No le es posible a la naturaleza humana ser completamente imparcial. Sólo Dios puede juzgar.

(iii) Pero fue Jesús Quien estableció la razón suprema por la que no debemos juzgar a los demás. Nadie es lo bastante bueno para juzgar a otro. Jesús hace la caricatura de un hombre que tiene una viga metida en un ojo, que se ofrece para quitarle una mota de polvo que tiene otro en el ojo. El humor de esa escena provocaría una carcajada que grabaría la lección indeleblemente.

Sólo uno que no tuviera ninguna falta tendría derecho a buscarles a los demás las suyas. Nadie tiene derecho de criticar a otro a menos que por lo menos esté preparado a intentar hacer mejor lo que critica. En todos los partidos de fútbol o del deporte que sea están las gradas llenas de críticos violentos que harían un pobre papel si bajaran al terreno de juego. Todas las asociaciones y todas las iglesias están llenas de personas dispuestas a criticar desde sus puestos, y aun sillones, de miembros, pero que no están dispuestos a asumir ninguna responsabilidad. El mundo está lleno de personas que reclaman su derecho a criticarlo todo y a mantener su independencia cuando se trata de arrimar el hombro.

Nadie tiene derecho a criticar a otro si no está dispuesto a ponerse en la misma situación. No hay nadie que sea suficientemente bueno para tener derecho a criticar a otros.

Tenemos de sobra que hacer para poner en orden cada uno su propia vida sin ponernos a ordenar criticonamente las de los demás. Haríamos bien en concentrarnos en nuestros propios defectos, y dejarle a Dios los de los demás.

LA VERDAD Y EL OIDOR

Mateo 7: 6

No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que os las pisoteen, y encima se vuelvan contra vosotros y os despedacen.

Este es un dicho difícil de Jesús porque, a primera vista, parece demandar un exclusivismo que es lo opuesto al mensaje cristiano. De hecho, es un dicho que se usó de dos maneras en la Iglesia Primitiva.

(i) Lo usaron los judíos, que creían que los dones y la gracia de Dios eran solo para ellos. Lo usaron los judíos que eran enemigos de Pablo, que trataban de imponer que los gentiles se circuncidaran y asumieran toda la Ley y se hicieran judíos para poder ser cristianos. Era sin duda in texto que se podía usar -y abusar- en interés del exclusivismo judío.

(ii) La Iglesia Primitiva usaba este texto con un sentido especial. La Iglesia Primitiva estaba amenazada desde dos frentes. Uno era exterior: la Iglesia Primitiva era una isla de pureza cristiana rodeada por un mar de inmoralidad pagana, y estaba siempre en peligro de contraer la infección del mundo circundante. La otra amenaza era interior. En aquellos días se pensaban a fondo las cosas, y era inevitable que a algunos sus especulaciones los llevaran por senderos de herejía; había algunos que trataban de llegar a una componenda entre el Evangelio y el pensamiento pagano, y así llegar a algún tipo de síntesis que incluyera a ambos. Si la Iglesia Cristiana había de sobrevivir, tenía que defenderse tanto del peligro exterior como del interior, o habría quedado reducida a una de tantas religiones que competían en el imperio romano.

En particular, la Iglesia Primitiva tenía mucho cuidado con los que admitía a la Mesa del Señor, y con ese contexto se asoció este versículo. La celebración de la Comunión empezaba con las palabras: «Las cosas santas son para los santos.» Teodoreto cita lo que dice ser un dicho de Jesús: «Mis misterios son Míos y de Mi pueblo.» Las Constituciones Apostólicas establecen que el diácono debe decir al principio del culto de Comunión: «Que ninguno de los catecúmenos -es decir, los que están preparándose para llegar a ser miembros-, ni de los oyentes -es decir, los que han venido al culto porque tienen interés en el Evangelio, pero aún no son cristianos-, ni de los incrédulos, ni de los herejes, permanezca aquí.» Se hacía lo que se llamaba «vallar la Mesa» para todos los que no fueran cristianos consagrados. La Didajé -o, para darle su nombre completo, La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que se remonta al año 100 d.C. y que es el primer libro de orden de la Iglesia Cristiana-, establecía: «Que nadie coma o beba de tu Eucaristía excepto los bautizados en el nombre del Señor; porque, en relación con esto, el Señor ha dicho: «No deis lo santo a los perros.»» Tertuliano se quejaba de que los herejes admitían a toda clase de gente, aun a paganos, a la Mesa del Señor; y que, al hacerlo, «echarán a los perros lo que es santo, y las perlas (aunque ciertamente no son auténticas) a los cerdos» (De Praescriptione 41).

En todos estos ejemplos se usa este texto como base para la exclusión. No era que la Iglesia no tuviera una proyección misionera; la Iglesia original estaba inflamada por el deseo de ganar almas; pero también era plenamente consciente de la necesidad imperiosa de mantener la pureza de la fe, no fuera que el Cristianismo fuera gradualmente asimilado y finalmente deglutido por el paganismo circundante.

Es fácil comprender el uso coyuntural de este texto; pero debemos tratar de descubrir también su sentido permanente.

ALCANZANDO A LOS QUE NO ESTÁN PREPARADOS PARA OÍR

Es posible hasta cierto punto que este dicho de Jesús se haya alterado accidentalmente en la transmisión. Es un ejemplo excelente de la costumbre hebrea del paralelismo que ya hemos encontrado (Mat_6:10 ). Devolvámosle su forma natural:

No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.

Con la excepción de una sola palabra, el paralelismo es perfecto. Dar es el paralelo de echar; perros, de cerdos; pero lo santo no corresponde naturalmente a perlas. Ahí el paralelismo se quiebra. Pero resulta que hay dos palabras hebreas que son muy parecidas, especialmente si recordamos que en hebreo no se escriben las vocales. La palabra para santo es qadós (QDS), y la palabra aramea para pendientes es qadasá (QDS). Las consonantes son exactamente las mismas, y en la ortografía hebrea antigua las palabras serían idénticas. Y además, en el Talmud «un pendiente en el hocico de un cerdo» es una frase proverbial para algo totalmente incongruente y fuera de lugar. No es ni mucho menos imposible que la expresión original fuera:

No les deis un pendiente a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.

En ese caso el paralelismo sería perfecto.

Si era ese el sentido original de la frase, querría decir sencillamente que hay algunas personas que no están preparadas, que no son capaces de recibir el mensaje que la Iglesia está tan dispuesta a dar. En tal caso no sería una expresión exclusivista, sino la presentación de una dificultad práctica en la comunicación con la que se encuentra el predicador en cada generación. Es absolutamente cierto que hay ciertas personas a las que resulta imposible impartir verdad. Tiene que suceder algo en ellos para que puedan recibir enseñanza espiritual. Hay de hecho un dicho rabínico: «Lo mismo que no hay que enseñarle un tesoro a todo el mundo, así sucede con las palabras de la Ley; uno no puede profundizar en ellas excepto en la compañía de personas idóneas.»

Esto es realmente una verdad universal. No podemos hablar de todos los temas con todas las personas. En un grupo de amigos, podemos sentarnos y hablar de nuestra fe; podemos dejar que nuestras mentes emprendan investigación y aventura; podemos hablar de lo que nos resulta confuso o alucinante; y podemos dejar que nuestras mentes vayan por caminos de especulación. Pero, si entra en ese grupo una persona de mentalidad inquisitorial, puede que nos ponga la etiqueta de herejes peligrosos; o si entra una persona sencilla y sin complicaciones, podríamos escandalizarla o inquietarla. Una película de medicina puede abrirle los ojosa uno a una experiencia valiosa y saludable; pero a otro le podría parecer obscena y peligrosa. Se dice que una vez estaban el doctor Johnson y un grupo de amigos hablando y gastándose bromas, porque tenían confianza. Johnson vio acercarse a una criatura desagradable. «Guardemos silencio -dijo-: se acerca un estúpido.»

Así que hay algunas personas que no pueden recibir la verdad cristiana. Puede que tengan la mente cerrada; puede que hayan tenido un trato brutal, y tengan la mente cubierta con una película de cieno; puede que hayan llevado una vida que les ha oscurecido la capacidad de ver la verdad; puede que sean burlones crónicos de todo lo espiritual, y puede que sea, y esto es frecuente, que ellos y nosotros no tengamos un terreno común en el que nos podamos entender.

Una persona puede entender solamente aquello que está preparada para entender. No es a cualquiera al que le podemos destapar los secretos de nuestro corazón. Siempre hay personas a las que sería necedad predicar el Evangelio, en cuyas mentes la verdad, expresada con palabras, encontraría una barrera infranqueable.

¿Qué se puede hacer con esas personas? ¿Las tenemos que dejar por imposibles? ¿Hay que excluirlas sin más del mensaje cristiano? Lo que no pueden hacer las palabras lo puede hacer a menudo la vida. Una persona puede ser completamente ciega e impermeable al mensaje cristiano en palabras, pero no tendría nada que oponer a la demostración de una vida cristiana.

Cecil Northcott cuenta en Una Epifanía moderna una discusión entre jóvenes en un campamento en el que están conviviendo representantes de muchas naciones. «Una noche húmeda, los del campamento estaban discutiendo varias maneras de hablarle de Cristo a la gente. Se volvieron a una chica africana. «María -le preguntaron-, ¿qué hacéis en tu país?» «Oh -contestó María-, no tenemos misioneros, ni repartimos folletos. Simplemente enviamos a una o dos familias cristianas a vivir y trabajar en esa aldea y, cuando la gente ve cómo son los cristianos, quieren ser cristianos también ellos.»» A fin de cuentas, el único argumento incontestable es el de la vida cristiana.

A menudo es imposible hablar con ciertas personas acerca de Jesucristo. Su insensibilidad, su ceguera moral, su orgullo intelectual, su sarcasmo cínico, la película que los empaña, los hacen impermeables a las palabras acerca de Jesucristo. Pero siempre es posible mostrarles a Cristo a las personas; y la debilidad de la Iglesia no está en la falta de argumentos doctrinales, sino en la falta de vidas cristianas.

LA CARTA MAGNA DE LA ORACIÓN

Mateo 7:7-11

Seguid pidiendo hasta que se os dé; seguid buscando hasta que encontréis; seguid llamando hasta que os abran. Porque el que pide de esta manera, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abre.

¿Qué hombre hay que, si su hijo le pide pan, va y le da una piedra? ¿O, si le pide pescado, le dé una serpiente? Pues si vosotros, que sois mezquinos, sabéis darles cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más les dará vuestro Padre celestial cosas buenas a los que Le piden!

Cualquier persona que se pone a orar quiere saber la clase de Dios al Que se dirige. Quiere saber en qué clase de atmósfera se oirán sus oraciones. ¿Estará orando a un Dios mezquino al Que hay que sacarle los dones con sobornos? ¿Estará orando a un Dios sarcástico, Que nos dé dones de doble filo? ¿Estará orando a un Dios Cuyo corazón es tan amable Que está más dispuesto a darnos de lo que nosotros estamos a pedirle?

Jesús vino de una nación que amaba la oración. Los rabinos judíos dijeron las cosas más preciosas acerca de la oración. «Dios está tan cerca de Sus criaturas como lo está el oído de la boca.» «Los seres humanos apenas podemos oír a dos personas que están hablando al mismo tiempo; pero Dios, si todo el mundo Le estuviera invocando al mismo tiempo, oiría el clamor de cada uno.» «A las personas les fastidia que las molesten sus amigos con peticiones; pero Dios, siempre que Le exponemos nuestras necesidades y peticiones, cada vez nos ama más.» Jesús se había educado en el amor de la oración; y en este pasaje nos da la carta magna cristiana de la oración.

El argumento de Jesús es muy sencillo. Uno de los rabinos judíos preguntaba: «¿Hay algún hombre que aborrezca alguna vez a su hijo?» El argumento de Jesús es que ningún padre le niega nunca a su hijo lo que le pide; y Dios, el gran Padre no les negará jamás sus peticiones a Sus hijos.

Los ejemplos de Jesús están maravillosamente seleccionados. Pone tres ejemplos -porque Lucas añade un tercero a los dos que da Mateo. Si un hijo pide un panecillo, ¿le va a dar su padre una piedra? Si un hijo pide un pescado, ¿le va a dar su padre una serpiente? Si un hijo pide un huevo, ¿le va a dar su padre un alacrán? (Luk_11:12 ). El detalle está en que en cada caso las dos cosas que se citan tienen una cierta semejanza externa.

Los pequeños y redondos cantos rodados calizos de la orilla tenían exactamente la forma y el color de panecillos. Si un hijo pide pan, ¿se va a burlar de él su padre ofreciéndole una piedra, que parece un panecillo pero que no se puede comer?

Si un hijo pide un pescado, ¿le va a dar su padre una serpiente? Es casi seguro que la serpiente sería una anguila. Según las leyes alimentarias judías, las anguilas no se podían comer, porque eran peces inmundos. «Tendréis por inmundo todo lo que en las aguas no tiene aletas y escamas» (Lev_11:12 ). Esa disposición descartaba la anguila como comestible. Si un hijo pide un pescado, ¿le va a dar su padre un pescado, sí, pero un pescado que está prohibido comer? ¿Se va a burlar un padre del hambre de su hijo de esa manera?

Si el hijo pide un huevo, ¿le va a dar su padre un alacrán? El alacrán es un animalejo peligroso. En acción se parece bastante a una langosta pequeña, con pinzas con las que sujeta a sus víctimas. El veneno lo lleva en la cola, que voltea hacia delante para liquidar a su víctima. El veneno puede ser sumamente doloroso, y algunas veces hasta mortal. Cuando el alacrán está descansando tiene las pinzas y la cola recogidas hacia dentro, y hay una clase blanca de alacrán que, cuando está enroscado, se parece totalmente a un huevo. Si un hijo pide un huevo, ¿se va a burlar de él su padre dándole un alacrán vivo?

Dios no desoye nunca nuestras oraciones; ni se burla de ellas. Los griegos tenían leyendas de dioses que contestaban las oraciones de los humanos, pero dándoles cosas que ocultaban un anzuelo, o tenían doble filo. Aurora, la diosa del alba, se enamoró del joven mortal Titón según una leyenda. Zeus, el rey de los dioses, le ofreció a Aurora el don que eligiera para su amante mortal. Ella, naturalmente, escogió que Titón fuera inmortal; pero se le olvidó pedir que Titón fuera siempre joven; así es que TitÆf3n se iba haciendo cada vez más viejo y no se podía morir, y el don resultó ser una maldición.

Aquí hay una lección: Dios contestará siempre nuestras peticiones, pero a Su manera, y Su manera será la de la perfecta sabiduría y el perfecto amor. A menudo, si contestara nuestras peticiones como queremos en ese momento, sería lo peor para nosotros, porque en nuestra ignorancia pedimos muchas veces cosas que serían nuestra ruina. Este dicho de Jesús nos enseña, no sólo que Dios contesta, sino que Dios contesta con sabiduría y amor.

Aunque ésta es la carta magna de la oración, nos impone ciertas obligaciones. En griego hay dos clases de imperativo; está el imperativo aoristo, que formula una orden definida. «¡Cierra la puerta cuando entres!» Eso sería un imperativo aoristo. Y está el imperativo presente, que formula una orden de hacer algo siempre, o seguir haciéndolo. « Cierra la puerta siempre que entres» sería un imperativo presente. Los imperativos aquí son imperativos presentes; por tanto Jesús está diciendo: «Sigue pidiendo; persiste en buscar; insiste en llaMarcos» Nos está diciendo que seamos constantes en la oración; que no nos desanimemos nunca y dejemos de orar. Está claro que esa es la prueba de nuestra sinceridad. ¿Queremos de veras lo que pedimos? ¿Se trata de algo que podemos presentarle a Dios insistentemente? Porque la mayor prueba de legitimidad de nuestro deseo es: ¿Puedo presentárselo a Dios en oración?

Jesús establece aquí los Hechos gemelos de que Dios siempre contesta nuestras oraciones a Su manera, con sabiduría y amor y de que debemos ofrecerle a Dios una vida de oración indesmallable, lo que pone a prueba la legitimidad de las cosas que Le pedimos, y nuestra propia sinceridad en pedirlas.

EL EVEREST DE LA ÉTICA

Mateo 7:12

Por tanto, todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo vosotros por ellos; porque esto es la Ley y los Profetas.

Esta es probablemente la cosa más universalmente famosa que dijo Jesús. Con este mandamiento el Sermón del Monte alcanza su cima. Este dicho de Jesús se ha llamado « la piedra clave de todo el discurso.» Es la cima más alta de la ética social, y el Everest de toda la enseñanza ética.

Se pueden citar paralelos rabínicos para casi todo lo que dijo Jesús en el Sermón del Monte; pero este dicho de Jesús no tiene paralelo. Es algo que no se había dicho nunca antes. Es nueva enseñanza, y una manera nueva de ver la vida, con sus obligaciones.

No es difícil encontrar muchos paralelos de este dicho en su forma negativa. Como ya hemos visto, hubo dos maestros judíos famosísimos. Uno era Sammay, famoso por su austeridad a ultranza; y el otro Hil.lel, famoso por su dulce comprensión. Los judíos contaban la siguiente anécdota: «Un pagano vino a Sammay y le dijo: «Estoy dispuesto a que me aceptéis como prosélito a condición de que me enseñes toda la Ley mientras yo me mantenga sobre una pierna.» Sammay se le quitó de encima con la regla que llevaba en la mano. Luego el pagano fue a Hil.lel, que le recibió como prosélito. Le dijo: «Lo que no te gustaría que te hicieran, no se lo hagas a nadie; eso es toda la Ley, y 1o, demás es comentario. Ve y aprende.»» Aquí tenemos la Regla de Oro en su forma negativa.

En el Libro de Tobías hay un pasaje en el que el anciano Tobías le enseña a su hijo todo lo que le hace falta para la vida. Una de sus máximas es: «Lo que no te gusta, no se lo hagas a nadie» (Tobías 4:16).

Hay una obra judía que se llama La Carta de Aristeas, que pretende ser el informe de los eruditos judíos que fueron a Alejandría para traducir las Escrituras hebreas al griego, y produjeron la Septuaginta. El rey de Egipto les hizo un banquete en el que les dirigió algunas preguntas difíciles. «¿Cuál es la enseñanza de la sabiduría?» -preguntó. Un erudito judío le contestó: «Como tú quieres que no te sobrevenga ningún mal, sino participar de todas las cosas buenas, así debes actuar sobre el mismo principio con tus súbditos y ofensores, y amonestar suavemente a los nobles y a los buenos. Porque Dios atrae a todos los seres humanos a Sí mismo con Su benignidad» (La Carta de Aristeas 207).

Rabí Eliezer se acercó más a la formulación de Jesús cuando dijo: «Que la honra de tu marido te sea tan querida como la tuya propia.» El salmista también lo presentó en una forma negativa cuando dijo que sólo el que no hace mal a su prójimo tiene acceso a Dios (Sal_15:3 ).

No es difícil encontrar esta regla en la enseñanza judía en su forma negativa; pero no tiene paralelo en la forma positiva que le dio Jesús. Lo mismo pasa en la enseñanza de otras religiones. La forma negativa es uno de los principios básicos de Confucio. Tsze-Kung le preguntó: «¿Hay alguna palabra que pueda servir de regla de conducta para toda la vida?» Confucio dijo: «¿No sería tal palabra reciprocidad? Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a otros.»

Hay algunas líneas hermosas en los Himnos de la Fe budista que se acercan mucho a la enseñanza cristiana:

Todos tiemblan a la vara, pues todos temen la muerte; poniéndote en el lugar de otros, ni mates ni hagas matar.

Todos tiemblan a la vara, y todos aman la vida; haciendo como quieres que te hagan, ni mates ni hagas matar.

Lo mismo tenían los griegos y los Romanos. Y Sócrates nos relata que el rey Nicocles aconsejaba a sus oficiales: «No hagáis a otros lo que os irrita cuando lo experimentáis a manos de otras personas.» Epicteto condenaba la esclavitud sobre el principio siguiente: «Lo que vosotros evitáis padecer, no tratéis de infligírselo a otros.» Los estoicos tenían como una de sus máximas básicas: «Lo que no quieres que se te haga, no se lo hagas a otro.» Y se dice que el emperador Alejandro Severo tenía esa frase tallada en las paredes de su palacio para no olvidarla nunca como regla de vida.

En su forma negativa, ésta regla es de hecho la base de toda enseñanza ética, pero nadie más que Jesús la puso nunca en su forma positiva. Muchas voces habían dicho: «No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti.» Pero no se había oído decir nunca: «Todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo vosotros por ellos.»

LA REGLA DE ORO DE JESÚS

Veamos hasta qué punto la forma positiva de la regla de oro difiere de la forma negativa; y veamos cuánto más demanda Jesús que ningún otro maestro.

Cuando esta regla se pone en su forma negativa, cuando se nos dice que debemos resistirnos a hacer a los demás lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros, ésta no es una regla esencialmente religiosa. Es sencillamente una formulación de sentido común sin la cual no sería posible ningún trato social en absoluto. Sir Thomas Browne dijo una vez: «Siempre que nos encontramos con una persona, esperamos que no nos mate.» En cierto sentido, eso es cierto; pero, si no pudiéramos dar por sentado que la conducta y el comportamiento de otras personas hacia nosotros se ajustaría a los baremos aceptados de la vida civilizada, entonces la vida resultaría insoportable. La forma negativa de la Regla de Oro no es ningún extra en ningún sentido; es algo sin lo cual la vida no podría continuar.

Además, la forma negativa de la Regla no implica nada más que no hacer ciertas cosas; quiere decir abstenerse de ciertas acciones. Nunca es demasiado difícil no hacer ciertas cosas. Que no debemos hacer daño a otras personas no es un principio especialmente religioso; es más bien un principio legal. Es la clase de principio que podría muy bien cumplir una persona que no tuviera ninguna fe ni ningún interés en la religión. Una persona podría abstenerse siempre de causar ningún daño a ninguna otra persona, y serles sin embargo totalmente inútil a sus semejantes. Una persona podría cumplir la forma negativa de la Regla mediante la simple inacción; no haciendo nada que la quebrantara. Una bondad así sería la contradicción de todo lo que quiere decir la bondad cristiana.

Cuando se formula esta Regla en sentido positivo, cuando se nos dice que debemos actuar activamente con los demás como querríamos que ellos actuaran con nosotros, entra un nuevo principio en la vida y una nueva actitud hacia nuestros semejantes. Una cosa es decir: «No debo hacer daño a nadie; no debo hacerles lo que no me gustaría que me hicieran.» Eso, la ley nos podría obligar a cumplirlo. Pero es totalmente otra cosa el decir: «Debo dejar lo que esté haciendo para ayudar a otras personas y ser amable con ellos, como me gustaría que ellos hicieran y fueran conmigo.» Eso, sólo el amor nos puede obligar a hacerlo. La actitud que dice: «No debo hacerle daño a nadie,» es algo totalmente distinto de la actitud que dice: «Debo procurar por todos los medios ayudar a la gente.»

Para poner un ejemplo muy sencillo: Si uno tiene un coche, la ley le obliga a conducirlo de tal manera que no sea un peligro para los demás; pero no le puede obligar a llevar a un peatón cansado. Es bien simple abstenerse de hacer daño a otros; no es tan difícil respetar sus principios y sus sentimientos, y es mucho más difícil tener por norma voluntaria y constante el dejar lo nuestro para ser tan amables con los demás como querríamos que ellos lo fueran con nosotros.

Y sin embargo es precisamente esa nueva actitud la que hace que la vida sea hermosa. Jane Stoddart cita un incidente de la vida de W. H. Smith: «Cuando Smith estaba en el Ministerio de la Guerra, su secretario particular Mr. Fleetwood Wilson se dio cuenta de que al final del trabajo de una semana, cuando su jefe estaba preparándose para ir a Groenlandia el sábado por la tarde, solía hacer un paquete de los papeles que tenía que llevarse, para llevárselos en su viaje. Mr Wilson comentó que el señor Smith se podría ahorrar mucho trabajo si hiciera lo que tenían costumbre de hacer los otros ministros: dejar los papeles para que se los enviaran por vía diplomática. Pero el señor Smith pareció avergonzado por un momento; y luego, levantando la vista hacia su secretario, le dijo: «Bien, mi querido Wilson, el hecho es que el cartero que nos trae las cartas desde Henley lleva mucho peso. Yo me le quedé mirando una mañana, que se acercaba con todo lo mío además de su cartera de costumbre, y decidí ahorrárselo siempre que pudiera.»» Un detalle así muestra bien a las claras una cierta actitud para con otras personas: la de creer que debemos tratarlas, no como la ley nos permite, sino como el amor nos demanda.

Es perfectamente posible para un hombre del mundo el observar la forma negativa de la Regla de Oro. Podría disciplinar su vida sin grandes dificultades para no hacer a los demás lo que no querría que le hicieran ellos; pero la única persona que puede tan siquiera empezar a observar la forma positiva de la Regla es la que tiene el amor de Cristo en su corazón. Tratará de perdonar, como quisiera que la perdonaran a ella; de ayudar, como querría que la ayudaran; de alabar, como querría que la alabaran; de comprender, como querría que la comprendieran. Nunca evitará el hacer lo que sea; estará siempre buscando cosas que hacer. Está claro que esto le complicará mucho la vida; que tendrá menos tiempo para hacer lo que le gusta y sus propias actividades, porque una y otra vez tendrá que dejar lo que esté haciendo para ayudar a otra persona. Este será el principio que domine su vida en casa, en el trabajo, en el autobús, en el mercado, en la calle, en el tren, en los juegos… en todas partes. No podrá hacerlo perfectamente hasta que se le seque y se le muera el yo dentro del corazón. Para obedecer este mandamiento uno tiene que llegar a ser una nueva criatura, con un nuevo centro en su vida; y si el mundo estuviera compuesto de personas que trataran de obedecer esta Regla, sería un mundo nuevo.

LAS ENCRUCIJADAS DE LA VIDA

Mateo 7:13-14

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta de acceso, y amplio el camino que conduce a la desgracia, y hay muchos que pasan por ellos; pero estrecha es la puerta, y difícil el camino que conduce a la vida, y son pocos los que los encuentran.

La vida tiene siempre una cierta cualidad dramática; porque, como se ha dicho: «Todas las posibilidades se concentran en las encrucijadas.» En cualquier instante de la vida, la persona se enfrenta con una alternativa; y no puede nunca evitar el tener que elegir, porque no se puede quedar parado. Tiene que seguir un camino u otro. Por eso, siempre ha sido una de las supremas misiones de las grandes personalidades de la Historia el confrontar a las gentes con la elección inevitable. Cuando se le acercaba el fin, Moisés le dijo al pueblo: «Fíjate que te he puesto delante hoy la vida y el bien, y la muerte y el mal… escoge la vida, para que podáis vivir tú, y tu descendencia» (Deu_30:15-20 ). Cuando Josué estaba deponiendo su liderato de la nación al final de su vida, les presentó la misma alternativa: «Escoged hoy a quién vais a servir» (Jos_24:15 ). Jeremías oyó la voz de Dios que le decía: «Y a este pueblo dirás: Así dice el Señor: Mirad, Yo os presento el camino de la vida, y el camino de la muerte» (Jer_21:8 ).

Esta es la alternativa que Jesús nos presenta en este pasaje. Hay un camino espacioso y fácil, y son muchos los que lo siguen; pero acaba en desgracia. Hay otro camino, estrecho y difícil, y son pocos los que lo recorren; pero su destino es la vida. Cebes, el discípulo de Sócrates, escribe en Tabula: «¿Ves una puertecita, y un camino al otro lado de la puerta que no está muy transitado, sino con pocos viajeros? Ese es el que conduce a la verdadera instrucción.» Examinemos las diferencias entre los dos caminos.

(i) Hay una diferencia entre el camino difícil y el camino fácil. No hay camino fácil que conduzca a la grandeza; la grandeza es siempre el resultado del esfuerzo. El antiguo poeta griego Hesíodo escribe: «La maldad se puede tener en abundancia fácilmente; suave es la carretera, y vive muy cerca; pero delante de la virtud han puesto el sudor los dioses inmortales.» Epicarmo dijo: «Los dioses nos exigen esfuerzo como el precio de todas las cosas buenas.» «Bellaco -advierte-, no aspires a las cosas fáciles, no sea que heredes las difíciles.»

Una vez Edmund Burke hizo un gran discurso en la Cámara de los Comunes. Después se vio a su hermano Richard Burke sumido en profundos pensamientos. Le preguntaron en qué estaba pensando, y contestó: «Estaba preguntándome cómo es que Ned se las ha agenciado para monopolizar todos los talentos de nuestra familia; y entonces me acordé de que, cuando estábamos jugando, él estaba estudiando o trabajando.» Aun cuando se hace algo con una apariencia de facilidad, esa facilidad es el producto de una labor concentrada y constante. La habilidad del maestro al piano, o del campeón en el campo de golf no se adquirió sin sudor y lágrimas. No ha habido nunca otro camino a la grandeza que el del trabajo y el esfuerzo, y lo que prometa un camino más fácil es una fantasía y una red.

(ii) Hay una diferencia entre el camino largo y el corto. Rara vez surge nada completo y perfecto en un abrir y cerrar de ojos, pero mucho más a menudo la grandeza es el resultado de una larga labor y una constante atención al detalle. Horacio, en El arte poética, aconseja a Pisón que, cuando escriba algo, lo tenga a mano nueve años antes de publicarlo. Cuenta que un alumno le llevaba artículos al famoso crítico Quintilio. Este decía: «Ráspalo. No se ha trabajado debidamente. Devuélvelo al fuego y al yunque.» La Eneida de Virgilio le tuvo ocupado los últimos diez años de su vida; y, cuando estaba muriendo, la habría destruido, porque le parecía tan imperfecta, si no se lo hubieran impedido sus amigos. La República de Platón empieza con una sencilla frase: «Bajé al Pireo ayer con Glauco, el hijo de Aristón, para ofrecerle una oración a la diosa.» En el manuscrito autógrafo de Platón hay no menos de trece versiones diferentes de esa frase inicial. El gran escritor había trabajado en arreglo tras arreglo para conseguir la cadencia exactamente a punto. La Elegy written in a Country Churchyard de Thomas Gray es uno de los poemas inmortales. Lo empezó el verano de 1742; por último empezó a circular privadamente el 12 de junio de 1750. Su perfección lapidaria le había tenido ocupado ocho años. Nadie ha llegado jamás a una obra maestra por un atajo. En este mundo tenemos que enfrentarnos constantemente con el camino corto, que promete resultados inmediatos, y el camino largo, cuyos resultados están en la lejanía. Pero las cosas duraderas nunca se hacen de prisa; el mejor camino resulta ser el más largo.

(iii) Hay una diferencia entre el camino disciplinado y el indisciplinado. Nada se ha conseguido nunca sin disciplina, y muchos atletas y otras personas no han llegado a nada porque han abandonado la disciplina y se han ido ablandando. Coleridge es la suprema tragedia de la indisciplina. Nunca hubo una mente tan grande que produjera tan poco. Salió de la Universidad de Cambridge para irse al ejército; dejó el ejército porque, a pesar de su erudición, no sabía cepillar un caballo; volvió a Oxford, y salió sin ningún título. Empezó a publicar un periódico llamado The Watchman, que vivió diez Números y murió. Se ha dicho de él: «Se perdía en visiones de trabajos que había que hacer, que siempre estaban por hacer. Coleridge tenía todos los dones de la poesía menos uno: el del esfuerzo mantenido y concentrado.» Tenía toda clase de libros en la mente, como él mismo decía: «Sólo a falta de escribirlos.» «Estoy en vísperas decía- de mandar a la imprenta dos volúmenes en octavo.» Pero los libros no existían nada más que en la mente de Coleridge, porque no podía someterse a la disciplina de sentarse a escribirlos. Nadie ha llegado nunca a la eminencia, y si la ha alcanzado no la ha mantenido, sin disciplina.

(iv) Hay una diferencia entre el camino meditado y el improvisado. Aquí llegamos al corazón de la cuestión. Nadie tomaría el camino fácil, corto e indisciplinado… si simplemente se lo pensara un poco. Cualquier cosa de este mundo tiene dos aspectos: lo que parece al momento, y lo que parecerá en el tiempo por venir. El camino fácil puede que parezca muy seductor al momento, y el camino difícil, descorazonador. La única manera de tener claros nuestros valores es ver, no el principio, sino el fin del camino; ver las cosas, no a la luz del tiempo, sino de la eternidad.

LOS FALSOS PROFETAS

Mateo 7:15-20

¡Cuidado con los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero que por dentro son lobos rapaces! Los reconoceréis por sus frutos. Seguro que no se cosechan uvas en los espinos, ni higos de los cardos… Así es que todo buen árbol produce buen fruto; pero todo árbol estropeado da mal fruto. Un árbol bueno no puede dar mal fruto, ni el árbol estropeado dar buen fruto. El árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego. Así es que los conoceréis por sus frutos.

Casi todas las frases y las palabras de esta sección les sonarían familiares a los judíos que las oyeron por primera vez.

Los judíos ya estaban bien informados acerca de los falsos profetas. Jeremías, por ejemplo, tuvo un conflicto con los profetas que decían: «Paz, paz,» cuando en realidad no había paz (Jer_6:14 ; Jer_8:11 ). Lobos era el nombre que se les daba a los malos gobernantes y a los falsos profetas. En los malos días, Ezequiel había dicho: « Sus príncipes en medio de ella son como lobos que destrozan la presa, derramando sangre y destruyendo vidas para obtener ganancias injustas» (Eze_22:27 ). Zephaniah hace una descripción sombría del estado de cosas en Israel cuando « sus oficiales en medio de él son leones rugientes; sus Jueces son lobos nocturnos que no dejan nada para la mañana. Sus profetas son tipos altaneros y fraudulentos» (Sof_3:3 ). Cuando Pablo estaba advirtiendo en su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso de los peligros por venir, les dijo: «Entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño» (Hec_20:29 ). Jesús dijo que enviaba a sus discípulos como ovejas en medio de lobos (Mat_10:16 ); y hablo del Buen Pastor que protege Su rebaño de los lobos con Su vida (Jua_10:12 ). Aquí tenemos sin duda una figura que todos podrían reconocer y entender.

Aquí dice Jesús que los falsos profetas son como lobos disfrazados de oveSantiagoJas. Cuando el pastor estaba vigilando sus rebaños en las colinas, iba vestido de pieles de oveja, con la piel para fuera y el pelo por dentro. Pero uno podía llevar puesta una piel de oveja y no ser un pastor. Los profetas solían llevar un atuendo convencional. Elías se ponía un manto (1Re_19:13; 1Re_19:19 ) que estaba hecho de una piel peluda (2Re_1:8 ). El manto de piel de oveja había llegado a ser el uniforme de los profetas, lo mismo que los filósofos griegos llevaban una ropa típica. A los profetas se los podía distinguir de los demás por aquel manto característico. Pero algunas veces se lo ponían los que no tenían el menor derecho, porque Zacarías, en su descripción de los grandes días por venir, dice: «No se pondrán el manto velloso para dar el pego» (Zac_13:4 ). Había algunos que iban vestidos como profetas, pero que vivían como todo lo contrario.

Había falsos profetas en los tiempos antiguos, pero también en los del Nuevo Testamento. Mateo se escribió hacia el año 85 d.C., y en aquel tiempo los profetas eran todavía una institución en la Iglesia. No tenían residencia fija, porque lo habían dejado todo para asumir un ministerio ambulante llevando a las iglesias el mensaje que creían haber recibido directamente de Dios.

En el mejor de los casos, los profetas eran la inspiración de la Iglesia, porque eran personas que lo habían dejado todo para servir a Dios y a la Iglesia de Dios; pero el oficio de profeta se prestaba a abusos. Había quienes lo usaban para ganar prestigio y para abusar de la generosidad de las congregaciones locales, y darse así una vida confortable, y hasta de regalada pereza. La Didajé fue el primer libro de orden eclesiástico; data de alrededor del año 100 d.C.; y sus disposiciones acerca de estos profetas itinerantes son muy iluminadoras. A un verdadero profeta había que mostrarle respeto; se le debía recibir de buena gana; no había que menospreciar nunca su palabra, ni limitar su libertad nunca; pero «se quedará un día, o, si es necesario, también otro; pero si se queda tres días, es un falso profeta.» No debe pedir nunca nada más que pan. «Si pide dinero, es un falso profeta.» Todos los que se presentaban como profetas pretendían hablar en el Espíritu; pero había una prueba ácida: «Se distinguirán los verdaderos profetas de los falsos por su carácter.» «Todo profeta que enseña la verdad, si no hace lo que enseña, es un falso profeta.» Si un profeta, pretendiendo hablar en el Espíritu, manda que le pongan la mesa y le presenten una comida, es un falso profeta. «A quienquiera que diga en el Espíritu: «Dadme dinero o cualquier otra cosa,» no le hagáis caso; pero si os dice que deis a otros que tienen necesidad, que nadie le juzgue.» Si un forastero llega a una congregación y quiere quedarse allí, si tiene un oficio, «que trabaje y coma.» Si no tiene oficio, «considerad con sabiduría cómo puede vivir entre vosotros como cristiano, pero no inactivo… Y si no quiere hacerlo así, está comerciando con Cristo. Cuidado con los tales» (Didajé, capítulos 11 y 12).

La historia antigua y los acontecimientos contemporáneos hacían que las palabras de Jesús tuvieran mucho sentido para los que las oyeron por primera vez, y para aquellos a los que Mateo se las transmitió.

RECONOCIDOS POR SUS FRUTOS

Los judíos, los griegos y los Romanos, todos usaban la idea de que a un árbol se le juzga por sus frutos. Un proverbio decía: «Como la raíz, así el fruto.» Epicteto había de decir más adelante: «¿Cómo podrá una cepa no crecer como tal sino como un olivo; o, cómo podrá un olivo no crecer como tal sino como una vid?» (Epicteto, Discursos 2:20). Séneca declaraba que el bien no puede crecer del mal como tampoco puede salir una higuera de una aceituna.

Pero todavía hay aquí más de lo que parece a simple vista. «Seguro que no se cosechan uvas en los espinos,» decía Jesús. Hay una clase de espino, el espino cerval, que produce unas bayas pequeñas y negras que parecen uvas pequeñas. «Ni higos en los cardos.» Hay una especie de cardo que tiene una flor que por lo menos a cierta distancia, se podría tomar por un higo chumbo.

La lección es real, relevante, y salutífera. Puede que haya una semejanza superficial entre un verdadero y un falso profeta. El falso profeta puede que lleve la vestimenta correcta y use el lenguaje característico; pero no se puede sustentar la vida con las bayas del espino cerval o las flores del cardo; y la vida del alma nunca se puede sustentar con el alimento que ofrece un falso profeta. La verdadera prueba de cualquier enseñanza es: ¿Fortalece a una persona para sobrellevar las cargas de la vida, y para recorrer el camino del deber?

Fijémonos, pues, en los falsos profetas y veamos sus características. Si el camino es difícil y la puerta es tan estrecha que es difícil encontrarla, entonces debemos tener cuidado de obtener maestros que nos ayuden a encontrarla, y no que nos seduzcan para que entremos por otra.

El defecto básico del falso profeta es el propio interés. El verdadero pastor tiene más cuidado del rebaño que de su propia vida; el lobo no se cuida más que de satisfacer su propia codicia y glotonería. El falso profeta está en el negocio de la enseñanza, no por lo que pueda aportar a otros, sino por lo que pueda sacar para sí mismo.

Los judíos eran sensibles a este peligro. Los rabinos eran los maestros judíos; pero era un principio cardinal de la Ley judía que un rabino debía tener un oficio con el que ganarse la vida, y no podía recibir un sueldo por enseñar en ningunas circunstancias.

Rabí Sadok decía: «No hagas dei conocimiento de la Ley, ni una corona para presumir, ni una azada para cavar.» Hil.lel decía: «El que usa la corona de la Ley con fines externos, se desvanece.» Los judíos conocían muy bien al maestro que usaba su enseñanza en beneficio propio y para obtener provecho para sí mismo. Hay tres maneras en las que un maestro puede estar dominado por el interés propio.

(i) Puede que enseñe solamente por la ganancia. Se dice que había problemas en la iglesia de Ecclefechan, donde el padre de Carlyle era anciano. Hubo una disputa entre la congregación y el pastor por el asunto del dinero y el sueldo. Cuando ya se había dicho casi todo por ambas partes, el padre de Carlyle se levantó y lanzó una sentencia devastadora: «Dadle al asalariado su salario, y que se vaya.» No se puede vivir del aire, y pocas personas pueden cumplir perfectamente con su trabajo cuando la presión de las cosas materiales las abruma; pero el gran privilegio de la enseñanza no está en el sueldo que proporciona, sino en el encanto de abrir las mentes de chicos y chicas y de hombres y mujeres a la verdad.

(ii) Puede que enseñe solamente por prestigio. Puede que uno enseñe principalmente para ayudar a otros, pero también que enseñe para hacer gala de lo listo que es. Denney dijo una vez algo salvaje: «Nadie puede demostrar al mismo tiempo que es muy listo y que Cristo es poderoso para salvar.» El prestigio es lo último que desean los grandes maestros. J. P. StRuthers era un santo de Dios. Pasó toda su vida al servicio de una pequeña iglesia reformada presbiteriana, cuando podría haber ocupado cualquier púlpito famoso del país. La gente le adoraba, y tanto más cuanto más le conocía. Dos hombres estaban hablando acerca de él. Uno sabía todo lo que StRuthers había hecho, pero no le conocía personalmente. Recordando el santo ministerio de StRuthers, dijo: «StRuthers tendrá un asiento en primera línea en el Reino del Cielo.» El otro, que había conocido a StRuthers personalmente le contestó: «StRuthers se sentiría muy incómodo en un asiento de primera fila en cualquier sitio.» Hay cierta clase de maestro y de predicador que usará su mensaje para encumbrarse. El falso profeta está interesado en hacer alarde de sí mismo; el verdadero profeta desea desaparecer tras el mensaje.

(iii) Puede que enseñe solamente para transmitir sus propias ideas. El falso profeta no quiere más que diseminar su versión de la verdad; el verdadero profeta no quiere más que proclamar la verdad de Dios. La verdad es que todos debemos pensarnos las cosas por nosotros mismos; pero se decía de John Brown de Haddington -el antepasado escocés de la querida familia evangélica española Fliedner- que, cuando predicaba, de vez en cuando hacía una pausa «como si estuviera escuchando una voz.» El verdadero profeta escucha a Dios antes de hablar a los hombres. Nunca olvida que él no es nada más que una voz que habla de parte de Dios y un canal por el que puede fluir hacia los hombres la gracia de Dios. La obligación de un maestro y de un predicador es llevar a los hombres, no su idea privada y personal de la verdad, sino la verdad tal como se encuentra en Jesucristo.

LOS FRUTOS DE LA FALSEDAD

Este pasaje tiene mucho que decir acerca de los malos frutos de los falsos profetas. ¿Cuáles son los efectos negativos, los malos frutos, que puede producir un falso profeta?

(i) La enseñanza es falsa si produce una religión que consiste exclusiva o principalmente en la observancia de cosas externas. Eso era lo malo de los escribas y fariseos. Para ellos la religión consistía en la observancia de la ley ceremonial. Si uno cumplía el ceremonial correcto del lavamiento de manos, si nunca llevaba en sábado un peso superior a dos higos secos, si nunca andaba el sábado más de la distancia prescrita, si era meticuloso en dar los diezmos de todo, hasta de las especias de su huerto, entonces era una buena persona.

Es fácil confundir la religión con las prácticas religiosas. Es posible -y desgraciadamente no infrecuente- enseñar que la religión consiste en ir a la iglesia, observar el Día del Señor, cumplir las obligaciones económicas personales con la iglesia y leer la Biblia. Puede que uno haga todas esas cosas y esté muy lejos de ser cristiano, porque el Cristianismo es una actitud del corazón hacia Dios y hacia nuestros semejantes.

(ii) La enseñanza es falsa si produce una religión que consiste en prohibiciones. Cualquier religión que se basa en una serie de «no harás» es una religión falsa. Hay un tipo de maestro que le dice a la persona que ha emprendido el camino cristiano: «Desde ahora en adelante, no irás más al cine, ni al baile; desde ahora en adelante no fumarás ni te pintarás; desde ahora en adelante no leerás ninguna novela ni ningún periódico del domingo; desde ahora en adelante no entrarás en ningún teatro.» Si se pudiera ser cristiano simplemente absteniéndose de hacer ciertas cosas, el Cristianismo sería una religión más fácil de lo que es. Pero toda la esencia del Cristianismo es que no consiste en no hacer cosas, sino en hacer cosas. Un Cristianismo negativo por nuestra parte no puede nunca ser la respuesta al amor positivo de Dios. .

(iii) Una enseñanza es falsa si produce una religión fácit: Había falsos maestros en-los días de Pablo, un eco de cuya enseñanza podemos percibir en Romanos 6. Le decían a Pablo: «¿Tú crees que la gracia de Dios es la cosa más grande del universo?» «Sí.» «¿Tú crees que la gracia de Dios es suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado?» «Sí.» «Bueno; pues entonces, si así están las cosas, sigamos pecando a gusto: Dios nos perdonará. Y, después de todo, nuestro pecado no está más que dándole a la maravillosa gracia de Dios una oportunidad de operar.» Una religión así es una parodia de la religión, porque insulta el amor de Dios.

Cualquier enseñanza que le quita a la religión la firmeza de la roca, cualquier enseñanza que excluye la Cruz del Cristianismo, cualquier enseñanza que elimina la amenaza de la voz de Cristo, cualquier enseñanza que pone el juicio fuera de la perspectiva y que hace que la gente piense con ligereza en el pecado es una enseñanza falsa.

(iv) Una enseñanza es falsa cuando divorcia la religión y la vida. Cualquier enseñanza que aparta al cristiano de la vida y de la actividad del mundo es falsa. Ese fue el error que hicieron los monjes y los ermitaños. Creían que para vivir la vida cristiana tenían que retirarse a un desierto o a un monasterio, que tenían que escindirse de la vida absorbente y tentadora del mundo, que no podían ser verdaderos cristianos si no dejaban de vivir en el mundo. Jesús dijo, y pidió al Padre para sus discípulos: «No Te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno» (Jua_17:1 S). Hemos sabido, por ejemplo, de un periodista que tenía dificultad en mantener sus principios cristianos en el trabajo de un diario, y que lo dejó para entrar en un periódico exclusivamente religioso.

Ninguno puede ser un buen soldado si no hace más que huir, y el cristiano es un soldado de Cristo. ¿Como podrá cumplir su misión la levadura si se niega a introducirse en la masa? ¿Para qué sirve el testimonio a menos que se dirija a los que no creen? Cualquier enseñanza que anima a las personas a sentarse en lo que llamaba John Mackay, el autor de El otro Cristo español, «un palco desde el que se ve la vida» es equivocada. El puesto del cristiano no es el de un mero espectador sino en medio de la refriega de la vida.

(v) Una enseñanza es falsa si produce una religión arrogante y separatista. Cualquier enseñanza que anima a una persona a retirarse a una senda estrecha, y a considerar el resto del mundo como pecadores, es una enseñanza falsa. La misión de la religión no es erigir paredes separatistas, sino derribarlas. El sueño de Jesucristo era que hubiera un solo rebaño y un solo Pastor (Jua_10:16 ). El exclusivismo no es una cualidad religiosa sino todo lo contrario. H. E. Fosdick cita cuatro versos ramplones:

Somos los pocos que Dios ha elegido, y todos los otros están condenados; ni tú ni los tuyos cabéis en el Cielo, porque el Cielo no debe estar abarrotado.

La religión está diseñada para acercar a las personas, no para separarlas. La religión debe servir para reunir a las personas en una gran familia, no para dividirlas en grupos hostiles. Una enseñanza que proclame que una iglesia o una secta determinada tiene el monopolio de la gracia de Dios, es una enseñanza falsa; porque Cristo no es un Cristo que divide, sino el Cristo que une.

FALSAS PRETENSIONES

Mateo 7:21-23

No será el que Me llame «¡Señor, Señor!» el que entre en el Reino del Cielo, sino el que haga la voluntad de Mi Padre Que está en el Cielo. Muchos Me dirán ese Día: « ¡Señor, Señor! ¿Es que no profetizamos en Tu nombre, y echamos muchos demonios en Tu nombre, e hicimos muchas obras de poder en Tu nombre?» Entances les comunicaré públicamente: «No os conozco de nada. ¡Alejaos de Mí, obreros de iniquidad!»

Este pasaje contiene un detalle que parece sorprendente. Jesús está totalmente dispuesto a conceder que es un hecho que muchos de los falsos profetas dicen y hacen obras maravillosas e impresionantes.

Debemos tener presente cómo era el mundo antiguo. Los milagros eran acontecimientos corrientes. Esto tenía que ver con la idea que se tenía entonces de la enfermedad. En el mundo antiguo se creía que todas las enfermedades eran obra de los demonios. Si una persona estaba enferma era porque algún demonio había conseguido ejercer una influencia maligna sobre ella, o se habían introducido en alguna parte de su cuerpo. Las curaciones por tanto se tenían que lograr por vía de exorcismo. La consecuencia de esto era que muchas de las enfermedades eran lo que llamaríamos psicológicas, y había muchas formas de curarlas. Si una persona conseguía convencerse -o autosugestionarse- llegando a creer que tenía dentro un demonio o que un demonio la tenía en su poder, esa persona estaría indudablemente enferma. Y si otro conseguía convencerla de que el poder del demonio había sido quebrantado y ella ya estaba libre, entonces esa persona se pondría buena muy probablemente.

Los líderes de la iglesia nunca negaron los milagros paganos. Como respuesta a los milagros de Cristo, Celso citaba los atribuidos a Esculapio y Apolo. Orígenes, que se opuso a sus argumentos, ni por un momento negó la existencia de esos milagros. Sencillamente respondió: «Tal poder curativo no es en sí mismo ni bueno ni malo, y está en principio al alcance de gente piadosa e impía» (Orígenes Contra Celso 3:22). Hasta en el Nuevo Testamento leemos acerca de exorcistas judíos que añadieron el nombre de Jesús a su repertorio, y que echaban demonios por este medio (Hec_19:13 ; cp. Mar_9:38 ). Había muchos charlatanes que ofrecían a Jesús un reconocimiento de labios, y que usaban su nombre para producir efectos maravillosos en personas poseídas de demonios. Lo que Jesús está diciendo es que, si una persona usa su nombre con pretensiones falsas, llegará el día en que tenga que rendir cuentas. Sus motivos verdaderos serán expuestos, y él será dEsterrado de la presencia de Dios.

Hay dos grandes verdades de valor permanente en este pasaje. No hay más que una sola manera en que se puede demostrar la sinceridad de una persona, y es su conducta. Las palabras bonitas nunca pueden ocupar el lugar de las obras verdaderas. No hay más que una manera de demostrar el amor y es mediante la obediencia. No tiene sentido el decir que amamos a una persona, y luego hacer cosas que quebrantan su corazón.

Cuando éramos pequeños, tal vez solíamos decirle a nuestra madre: «Mamá, te quiero mucho.» Y puede ser que nuestra madre nos sonriera a veces y dijera: «Me gustaría que me lo demostraras un poquito más en tu comportamiento.» También se puede confesar a Dios con los labios, negándole en la vida. No es difícil recitar un credo, pero sí lo es vivir la vida cristiana. La fe sin la práctica es una contradicción en términos y el amor sin la obediencia es una imposibilidad.

Por detrás de este pasaje se encuentra la idea del juicio. Por todo él fluye la seguridad de que el Día del Juicio está al llegar. Una persona puede conseguir mantener las pretensiones y los disfraces, pero llega el día en que todo esto aparece tal como es, y los disfraces desaparecen. Podemos engañar a los hombres con nuestros pensamientos, pero a Dios no. «Tú disciernes mis pensamientos desde lejos,» decía el salmista (Sal_139:2 ). Ninguna persona puede engañar en última instancia al Dios que ve el corazón Y sí que -siguió diciendo Jesús-, cualquiera que me oiga estas palabras y las haga, se parecerá a un hombre sensato que se construyó la casa sobre la roca: cayó la lluvia, se desbordó el río y sopló el viento contra aquella casa, y no se cayó, porque estaba cimentada en la roca; y cualquiera que me oiga estas palabras pero no las haga, se parecerá a un hombre insensato que se construyó la casa sobre la arena: cayó la lluvia, se desbordó el río y sopló el viento contra aquella casa, y se cayó, y su ruina fue irreparable.

Cuando Jesús acabó de hablar todo esto, la gente se admiraba de Su enseñanza; porque les enseñaba como Quien tenía autoridad, y no como sus escribas.

Jesús era un experto en un doble sentido. Era un experto en la Escritura. El autor de Proverbios le dejó una sugerencia para Su alegoría: «Cuando pasa el torbellino, el malo no permanece, pero el justo está establecido para siempre» (Pro_10:25 ). Aquí tenemos el boceto del cuadro que Jesús pintó de las dos casas y los dos constructores. Pero Jesús era también un experto en la vida. Era un artesano que sabía todo lo que había que saber sobre cómo construir casas, y cuando hablaba acerca de los cimientos de una casa sabía de lo que estaba hablando. Esta no es una ilustración inventada por un literato en su despacho; es la ilustración de un hombre práctico.

Esta tampoco era una ilustración traída por los pelos; sino la historia de la clase de cosa que podía suceder muy fácilmente. En Palestina el constructor tenía que tener previsión. Había muchos valles que en verano parecían arenales agradables, pero que en invierno eran el lecho de furiosos torrentes. Podía ser que alguien estuviera buscando dónde construirse la casa; vería ese huequecito arenoso agradablemente protegido, y pensaría que era. el lugar ideal. Pero, si no era hombre previsor, a lo mejor construía su casa en el lecho seco de un torrente; y, cuando llegara el invierno, se le desintegraría la casa. Hasta en un lugar ordinario sería tentador empezar a construir en un terreno arenoso y nivelado, sin tener que preocuparse de profundizar hasta encontrar la roca; pero de esa manera el desastre acechaba a corto plazo.

Sólo una casa cuyo cimiento sea firme podrá resistir la tormenta; y sólo una vida cuyos cimientos sean estables podrá superar la prueba. Jesús demandaba dos cosas.

(i) Demandaba que se Le escuchara. Una de las grandes dificultades que tenemos que arrostrar hoy en día es el simple hecho de que la gente a menudo no sabe lo que Jesús dijo o lo que la Iglesia enseña. De hecho, la cosa es peor todavía. A menudo se tiene una idea totalmente equivocada de lo que dijo Jesús y de lo que la Iglesia enseña. No forma parte de la obligación de ninguna persona respetable el condenar a una persona, o a una institución que no se ha escuchado -y eso es hoy precisamente lo que hacen muchos. El primer paso hacia la vida cristiana es sencillamente darle a Jesucristo una oportunidad de que se Le escuche.

(ii) Demandaba que las personas hicieran. El conocimiento sólo llega a ser pertinente cuando se traduce en acción. Es perfectamente posible sacar sobresaliente en un examen de ética cristiana, y sin embargo no ser cristiano. El conocimiento debe convertirse en acción; la teoría debe materializarse en la práctica; la teología debe convertirse en vida. No tiene mucho sentido ir al médico, a menos que se esté preparado a hacer lo que nos diGálatasGa. No tiene mucho sentido acudir a un experto, a menos que se esté preparado a poner en práctica su consejo. Y sin embargo hay miles de personas que escuchan la predicación de Jesucristo todos los domingos, y que tienen suficiente conocimiento de lo que Jesús enseñó, y sin embargo se esfuerzan poco o nada en ponerlo en práctica. Si queremos ser seguidores de Jesús en algún sentido que merezca ese título, debemos oír y hacer.

¿Hay alguna -palabra que incluya oír y hacer? Sí la hay, y es obediencia. Jesús demanda nuestra obediencia implícita. Aprender a obedecer es la cosa más importante de la vida.

Hace algún tiempo se habló del caso de un marino de la marina real británica al que se impuso un castigo muy severo por quebrantar la disciplina. Tan severo fue el castigo que en algunos círculos civiles se creyó que había sido excesivo. Un periódico ofreció a sus lectores la oportunidad de manifestar sus opiniones. Uno de los que contestaron era un hombre que había servido varios años en la marina real. A él no le parecía que el castigo había sido demasiado severo. Creía que la disciplina era absolutamente esencial, porque su finalidad era preparar a las personas a obedecer las órdenes automática e incuestionablemente, y de tal obediencia podía depender la vida de una persona o de varias. Citó un caso de su propia experiencia: Iba en una lancha que estaba remolcando un barco mucho- más pesado en un mar encrespado. El barco iba sujeto a la lancha con un cable de acero. De pronto, en medio del viento y las salpicaduras llegó una única e insistente voz de mando del oficial a cargo de la lancha: «¡Abajo!» Inmediatamente todo el personal se tiró al suelo. Precisamente entonces se rompió el cable del remolque, y sus trozos empezaron a azotar el aire como una serpiente loca de acero. Si se hubiera quedado de pie alguno de los hombres, no habría podido escapar con vida; pero afortunadamente toda la tripulación obedeció la orden automáticamente y nadie sufrió daño. Si alguno se hubiera puesto a discutir la orden o a preguntar sus razones, habría sido hombre muerto. La obediencia salvó vidas.

Es una obediencia así la que Jesús demanda. Jesús asegura que obedecerle es el único cimiento seguro en la vida; y Su promesa es que la vida que se basa en la obediencia a El está a salvo, vengan las tormentas que vengan.

Mat 7:1-29

7.1, 2 Jesús dice que debemos examinar nuestras motivaciones y conductas en vez de criticar a los demás. Lo que nos molesta en otros son con frecuencia los hábitos que no nos gustan en nosotros mismos. Nuestros malos hábitos y moldes de conducta indómitos son los que queremos cambiar en otros. ¿Halla usted fácil magnificar las faltas de otros y no fijarse en las suyas? Si está a punto de criticar a alguien, vea si no merece usted la misma crítica. Júzguese primero y luego perdone con amor a su prójimo y ayúdelo.

7.1-5 La declaración de Jesús «No juzguéis» se refiere a la crítica y actitud de juicio con que se derriba a otros a fin de ponerse encima uno mismo. No es una condenación de cualquier crítica, sino un llamado a discernir antes de ser negativo. Jesús mandó a desenmascarar a los falsos maestros (7.15-23). Pablo enseñó claramente que debiéramos ejercitar disciplina en la iglesia (1Co_5:1-2) y confiar en que Dios tendrá la última palabra (1Co_4:3-5).

7.6 Los cerdos eran animales impuros de acuerdo a la Ley de Dios (Deu_14:8). Cualquier persona que tocara un animal impuro se convertía en «impuro ceremonialmente», y sin limpiarse no podía ir al templo a adorar. Jesús dice que no debemos entregar cosas santas a personas impuras o impías. Es pérdida de tiempo tratar de enseñar conceptos santos a personas que no quieren escuchar y que despreciarán lo que digamos. No debemos dejar de predicar la Palabra de Dios a los que no creen, pero debemos ser sabios y discernir qué enseñar y a quién para no desperdiciar nuestro tiempo.

7.7, 8 Jesús nos dice que debemos persistir en nuestra búsqueda de Dios. No faltan las personas que se rinden después de algunos esfuerzos sinceros y concluyen que Dios no puede ser hallado. Llegar a conocer a Dios demanda decisión y Jesús asegura que nuestros esfuerzos serán premiados. No se rinda en su afán por encontrarse con Dios. Siga pidiéndole más sabiduría, paciencia, conocimiento, amor y comprensión. El se los dará.

7.9, 10 El niño, en el ejemplo de Jesús, pidió a su padre pescado y pan, elementos muy necesarios. Si el niño hubiera pedido una serpiente venenosa, ¿se la hubiera dado el padre sabio? A veces Dios sabe que pedimos «serpientes» y no nos lo concede. A medida que conocemos mejor a Dios como un Padre amoroso, aprendemos a pedir cosas buenas para nosotros, y luego El nos las da.

7.11 Cristo nos está mostrando el corazón de Dios el Padre. El no es egoísta, envidioso ni avaro. No tenemos que mendigar ni arrastrarnos cuando venimos con nuestras peticiones. El es un Padre amante que comprende, cuida y conforta. Si los humanos pueden ser bondadosos, imagine cuán bondadoso puede ser Dios, el creador de todo lo bueno.

7.11 Jesús dijo «si vosotros, siendo malos» para contrastar a los seres humanos, pecadores y falibles con un Dios santo y perfecto.

7.12 Estas palabras se conocen comúnmente como la Regla de Oro. En muchas religiones se expresan negativamente: «No hagas a otros lo que no quisieras que hicieran contigo». Al hacer esta declaración positiva, Jesús la hizo mucho más significativa. No es difícil frenar nuestra intención de causar daño a alguien; es mucho más dificultoso tomar la iniciativa para hacer un bien en favor de esa persona. La Regla de Oro, como Jesús la formuló, es el fundamento de la bondad y la misericordia activas, como la que Dios nos muestra cada día. Piense en una acción buena y misericordiosa que pueda hacer hoy.

7.13, 14 La puerta a la vida eterna (Joh_10:7-9) es «estrecha». Esto no significa que sea difícil ser cristiano. Significa que hay muchas maneras de vivir la vida, pero un solo camino para vivir eternamente con Dios. Creer en Jesús es el único camino al cielo, porque solo El murió por nuestros pecados y nos hizo justos delante de Dios. Vivir a su manera puede no ser fácil, pero es bueno y correcto.

7.15 Los falsos profetas aparecían con frecuencia en el tiempo del Antiguo Testamento. Profetizaban solo lo que el rey y la gente querían oír, y afirmaban que era el mensaje de Dios. Los falsos maestros eran tan comunes como lo son hoy. Jesús dice que hay que cuidarse de las personas cuyas palabras suenan a religión, pero que en verdad están motivadas por dinero, prestigio y poder. Usted puede identificarlos porque en sus enseñanzas disminuyen a Cristo y se glorifican a sí mismos.

7.20 Debiéramos evaluar las palabras de un maestro examinando su vida. Así como el árbol se conoce por la clase de frutos que da, un buen maestro mostrará buena conducta y un carácter moral alto al intentar vivir las verdades de las Escrituras. Esto no significa que debemos expulsar a los maestros de Escuela Dominical, pastores y demás que no hayan llegado a la perfección. Todos estamos expuestos al pecado y debemos mostrar la misma misericordia que nosotros mismos necesitamos. Jesús está hablando de los maestros que deliberadamente enseñan doctrinas falsas. Debemos examinar la motivación de los maestros, la dirección que están siguiendo y los resultados que están esperando obtener.

7.21 Algunos aficionados al deporte pueden «hablar» bien de lo que es un buen juego pero eso no quiere decir que pueden jugar bien. Y no todo aquel que habla del cielo pertenece al Reino de Dios. Jesús está más interesado en nuestro andar que en nuestro hablar. El quiere que hagamos lo correcto, no que solo nos expresemos con corrección. Su casa (símbolo de su vida, 7.24) resistirá las tormentas de la vida si hace lo que es correcto. Lo que usted hace no puede separarse de lo que cree.

7.21-23 Jesús desenmascaró a las personas que aparentaban ser religiosas pero no tenían una relación personal con El. En el Día del Juicio, solo nuestra relación con Cristo, nuestra aceptación de El como Señor y Salvador y nuestra obediencia a El, será tomada en cuenta. Muchas personas piensan que si son «buenas» y aparentan religiosidad serán premiadas con la vida eterna. La fe en Cristo es lo que se tendrá en cuenta en el juicio.

7.22 El juicio es el día final de ajuste de cuentas, cuando Dios castigará el pecado y premiará la fe.

7.24 Edificar «sobre la roca» es ser un discípulo atento que responde a su maestro, en vez de ser superficial e hipócrita. Practicar la obediencia se convierte en fundamento sólido para resistir las tormentas de la vida. Para leer más sobre poner en práctica lo que escuchamos, véase Jam_1:22-27.

7.26 Como una casa de naipes, la vida del necio se tambaleará. Muchas personas no buscan deliberadamente un fundamento falso o inferior sobre el cual edificar sus vidas, sino que simplemente no piensan en cuál es el propósito de sus vidas. Muchas personas enfrentan la amenaza de la destrucción, no por terquedad sino por falta de reflexión. Parte de nuestra responsabilidad como creyentes es ayudar a otros para que se detengan y piensen en el rumbo que están siguiendo sus vidas y tengan en cuenta las consecuencias de prestar atención al mensaje de Cristo.

7.29 Los escribas (eruditos en religión) solían citar autoridades para apoyar sus argumentos e interpretaciones. Pero Jesús habló con una nueva autoridad: la suya. No tenía que citar a nadie porque El es el Verbo (Joh_1:1).

SIETE MOTIVOS PARA NO ESTAR PREOCUPADO

6.25: El mismo Dios que creó la vida puede encargarse de los detalles de nuestra vida.

6.26 : La preocupación por el futuro estorba los esfuerzos del presente.

6.27 : La preocupación es más dañina que provechosa.

6.28-30 : Dios no olvida a los que dependen de El.

6.31, 32 : La preocupación es señal de falta de fe y entendimiento de quién es Dios.

6.33 : Hay metas que Dios quiere que alcancemos y la preocupación nos lo impide.

6.34 : Vivir el día de hoy nos libra de ser consumidos por la preocupación.

Mat 7:1-11

De los versículos que quedan citados los primeros forman uno de aquellos pasajes de la Escritura de los cuales han abusado los enemigos de la religión verdadera, forzando su significado y haciendo de ellos una aplicación errada. Acontece á veces que se apretan tanto las palabras de la Biblia que no producen bálsamo sino veneno Nuestro Señor no quiso decir que fuera reprensible un juicio desfavorable acerca de la conducta ó las opiniones de los demás, pues es claro que estamos en el deber de examinarlo todo y formar conceptos decididos. Ni tampoco quiere decir que sea malo reprobar los pecados y faltas de los demás en tanto que nosotros no seamos perfectos. Esa interpretación estaría en contradicción con otros pasajes de la Escritura; haría de todo punto imposible improbar el error; privaría á todos de ejercer las funciones del magistrado; la tierra quedaría abandonada en manos de los perversos; y la herejía y los atentados estarían al orden del día.

Lo que nuestro Señor se propuso condenar fue la murmuración y la costumbre de poner faltas. Esa inclinación á culpar á los demás por ofensas baladíes, ó por asuntos de ninguna significación; ese hábito de pronunciar juicios precipitados; esa propensión á ver con lente de aumento los extravíos y debilidades de nuestros prójimos –he aquí lo que nuestro Señor prohibió. Esa era una falta muy común entre los fariseos, y ha prevalecido desde aquel entonces hasta nuestros días. Todos debemos guardarnos de incurrir en ella. Con respecto á los demás debemos creerlo y esperarlo todo y no apresurarnos á censurar. Esto es lo que nos dicta la caridad cristiana. 1 Cor. 13.7.

La segunda lección que se nos enseña en este pasaje se refiere á lo importante que es ejercer circunspección en cuanto á las personas con quienes hablemos de materias religiosas. Todo ha de hacerse en su tiempo y lugar correspondientes. «No castigues* (o reprendas) al burlador,» dice Salomón, «por que no te aborrezca,» No es prudente abrir nuestro corazón á todos respecto de asuntos espirituales. Hay algunos hombres que, por tener genios violentos ó por estar entregados á los vicios, no se hallan en aptitud de formar un juicio acertado de las doctrinas del Evangelio. Mencionar el nombre de Cristo á tales gentes es verdaderamente arrojar las perlas á los cerdos. De ello no les resulta provecho sino daño, puesto que despierta todo su encono y los pone coléricos; pues son como los Judíos de Corinto (Hechos 18.6), ó como Nabal de quien dice la Escritura que era un hijo tal de Belial que nadie podía dirigirle la palabra. 1 Sam. 25.17.

Es difícil seguir con tino este precepto. La mayor parte de los cristianos están más expuestos á pecar de prudentes que de demasiado celosos. Por lo general estamos más dispuestos á recordar cuando debemos callar que cuando debemos hablar. Empero á una persona reflexiva no pueden menos que venirle á la mente serias preguntas. ¿He impedido por medio de mi indiferencia ó irritabilidad que mis amigos me dieran sanos consejos? ¿No he obligado á los demás, con mi orgullo y desdén á que guarden silencio en mi presencia? Ah! tal vez he errado en este respecto.

Lo último que el pasaje de que tratamos nos enseña se refiere al deber de orar y á los estímulos que para su cumplimiento se nos presentan.

Existe una notable relación entre esta lección y la que la precede. Si queremos saber cuando es que debemos callar y cuando hablar, cuando es que debemos tratar de cosas santas y enseñar nuestras perlas es preciso que hagamos oración. Que este es un asunto al cual nuestro Señor dio grande importancia, se deja ver por la manera que de él habló. Para expresar la misma idea empleó tres palabras distintas: «pedir,» «buscar,» «llamar..

La promesa que hizo á los que oraren fue amplia y significativa: «Cualquiera que pide, recibe.» Y por último por medio del ejemplo de nuestros padres en la tierra explicó como Dios está pronto á oír nuestras plegarias. Si ellos, siendo pecadores y egoístas por naturaleza, no se desentienden de las necesidades de sus hijos, mucho menos abandonará á los suyos un Dios de misericordia y de amor.

¿Practicáis el deber de la oración? Nada hay tan sencillo como orar si uno tuviere voluntad de hacerlo; mas, por otra parte, no hay deber que el hombre descuide tanto. Y, sin embargo, sin orar nadie puede ser salvo. No se nos condenará á ninguno por no haber hecho lo que le fue imposible ejecutar, ó por no haber sabido lo que le fue imposible saber; pero muchos se perderán por no haber rogado á Dios que los salvase.

Mat 7:12-20

Examinemos uno por uno los preceptos que nuestro Señor inculca en esta parte de su sermón.

En primer lugar, sienta un principio general como norma de la conducta de los hombres entre sí. Debemos conducirnos con los demás de la manera que quisiéramos que ellos se condujesen con nosotros. No hemos de portarnos con ellos así como se portan con nosotros: tal proceder revelaría un egoísmo detestable. Hemos de portarnos como quisiéramos que ellos se portasen con nosotros: tal proceder armoniza con el espíritu del Cristianismo.

Con razón se ha llamado esta «la regla de oro.» No solo prohíbe pequeños actos de malevolencia, venganza y engaño: abarca en su aplicación muchas acciones: y arregla infinidad de disputas que se suscitan entre los hombres. Previene así la necesidad de prescribir un sin número de reglas para guía de nuestra conducta en casos especiales, pues lo incluye todo en un gran principio, y señala la pauta que todos deben seguir en el cumplimiento de su deber. ¿Hay algo que quisiéramos que nuestro prójimo no hiciera hacia nosotros? Pues, entonces recordemos que eso es precisamente lo que hemos de evitar hacer hacia él.

¿Hay algo que quisiéramos que él hiciera hacia nosotros? Pues, entonces eso es lo que debemos ejecutar para con él. Cuántas disputas no se decidirían prontamente de una manera satisfactoria si se observara escrupulosamente esta regla.

En segundo lugar, el Señor nos previene de una manera general acerca del camino que siguen los muchos en materias religiosas. No siempre es lo más recomendable pensar como otros piensan y obrar como otros obran; o adoptar las opiniones de moda y nadar con la corriente. Jesús nos dice que el camino que conduce á la vida perdurable es angosto y que pocos son los que lo siguen; en tanto que el camino que conduce á la perdición eterna es ancho, y los que lo transitan son muchos. Estas verdades son terribles, y debieran impulsar á todo el que las lee á hacer un detenido examen de conciencia, y á preguntarse á sí mismo: «¿Cuál de estas sendas es la que yo sigo?» Todos nos encontramos en una de las dos.

Razón tendremos para temblar y sobrecogernos de temor si nuestra religión sea la que profesa la muchedumbre. Si lo único que podemos alegar en nuestro favor es que vamos á donde los demás van, y rendimos culto donde los demás lo rinden, y que tenemos esperanza de que no nos quedaremos en zaga de los demás, pronunciamos así nuestra propia condenación. ¿Qué es esto sino seguir el «camino ancho»? ¿Qué es esto sino andar en la senda que conduce á la perdición? No tenemos razón para desalentarnos y abatirnos, si la religión que profesamos no es popular y si pocos son los que convienen con nosotros. El arrepentimiento, la fe en Jesucristo y la santidad de vida no han estado jamás de moda: el verdadero rebaño de Cristo ha sido siempre pequeño. Ni debemos sorprendernos si se nos considera singulares y excéntricos en cuanto á nuestra conducta, y fanáticos y mezquinos en cuanto á nuestras ideas. Es á la verdad mejor entrar á la vida eterna con unos pocos, que descender al infierno en medio de un numeroso concurso.

Finalmente, el Señor nos previene contra los falsos maestros que suelen aparecer en el seno mismo de la iglesia. «Guardaos,» dice, «de los falsos profetas.» El enlace que este pasaje tiene con el que le precede es bien notable. ¿Queremos mantenernos lejos del camino ancho? Entonces tenemos que guardarnos de los falsos profetas. En todos tiempos los habrá. Empezaron á aparecer en los días de los apóstoles: aun en aquel entonces se sembró la Semilla del error. Y desde esa época, no han dejado de presentarse aquí y allí. Estemos alerta.

Muy necesario es hacer esta advertencia. Millares de personas hay que están prontas á creer cualquier cosa que oigan, si emana de los labios de un ministro que haya recibido las órdenes sagradas. Se olvidan que los clérigos están tan sujetos á error como los legos, pues no son infalibles y sus enseñanzas deben ser pesadas en la balanza de la Escritura. Debe creérseles y seguir sus consejos hasta el punto en que sus doctrinas se ajusten á los preceptos de la Biblia: pero no un ápice más allá. Y debemos conocerlos por sus frutos. La profesión de sanas doctrinas y la vida piadosa son los distintivos de los verdaderos ministros del Evangelio. Recordemos esto, y convenzámonos de que las equivocaciones de nuestro cura ó pastor no pueden servirnos para excusar las nuestras. Si un ciego guía á otro ciego ambos caerán en el hoyo.

¿Y cuál es el mejor preservativo contra las falsas enseñanzas? Sin duda que el estudio constante de la palabra de Dios, precedido de una plegaria por el auxilio del Espíritu Santo. Nos fue dada la Biblia para que nos sirviera de «lámpara á nuestros pies y de lumbre á nuestro camino.» Psa_119:105. Es casi imposible que se extravíe el que la lea de la manera debida. Es el descuido en leer la Biblia lo que expone á tantos á ser víctimas del primer maestro falso que oigan.

Tengamos, pues, presente la admonición de nuestro Señor. El mundo, el demonio y la carne no son los únicos enemigos que amenazan al cristiano: hay otro más y es el falso profeta, el lobo con piel de oveja. Feliz el que, después de implorar la ayuda divina, examina con cuidado la Biblia, y aprende á distinguir la verdad del error.

Mat 7:21-29

Nuestro Señor terminó el Sermón del Monte con una aplicación que penetra hasta lo más íntimo de la conciencia. Después de hablar de los falsos maestros pasa á tratar de los falsos discípulos.

La primera lección que del pasaje se desprende es que una mera profesión externa del Cristianismo es inútil. No todo el que diga, «Señor, Señor,» entrará en el reino de los cielos. No todos los que profesen ser cristianos se salvarán.

Para que una alma se salve se requiere mucho más de lo que comúnmente se cree. Bien que hayamos sido bautizados en nombre de Cristo; bien que poseamos un conocimiento científico de las doctrinas religiosas, y que tal vez seamos maestros de nuestros semejantes. Más ¿hacemos la voluntad de nuestro Padre celestial? ¿Nos hemos arrepentido verdaderamente, creemos con sinceridad, y llevamos una vida humilde y santa? Si así no fuere, a pesar de todas nuestras oportunidades y protestas, dejaremos de entrar en el cielo y oiremos las terribles palabras: «Nunca os conocí.» El día del juicio revelará á la verdad cosas muy extrañas! Se nos presenta, en segundo lugar, un cuadro notable de dos clases dé oyentes cristianos. Á la primera pertenecen los que oyen y no practican; y á la segunda los que oyen y practican.

El que oye los preceptos del Cristianismo y los practica, es como el hombre prudente que edifica su casa sobre una roca. No se contenta con que se le exhorte al arrepentimiento, á la fe, á la vida santa; mas se arrepiente, cree, deja de hacer lo malo, aborrece todo lo que es pecaminoso y practica lo que es bueno. Oye y ejecuta. Jam_1:22.

Y ¿qué resulta de ahí? Que á la hora de la prueba su religión no lo abandona. Acaso las enfermedades, los pesares, la pobreza, los desengaños, el duelo vengan sobre él como otras tantas tempestades; mas su alma gozará de calma y de consuelo. Puede haberle costado muchos afanes y muchas lágrimas el echar los cimientos de la religión; mas su trabajo no ha sido emprendido en balde. Después cosecha los frutos: la religión que puede hacer frente á los contratiempos es la verdadera religión.

Por otra parte, el que oye los preceptos cristianos y no las practica es como el hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Se contenta con oír y aprobar, pero no da un paso más hacia adelante. Tal vez se lisonjea con la creencia de que su alma está bien para con Dios porque abriga ciertos sentimientos, ciertas convicciones, ciertos deseos espirituales. Nunca se aparta del pecado ni rompe los lazos que lo ligan al mundo; nunca se acoge á Cristo ni toma sobre sí la cruz. Todo lo que hace es oír la verdad.

Y ¿qué le sucede á un hombre de esa clase? Que su religión lo abandona en la primera borrasca que le sobrevenga. Como los manantiales que no afluyen en el estío, le falta cuando tiene mayor necesidad de ella, y lo deja, como un barco echado á pique, sobre un banco de arena para que sirva de escándalo á la iglesia, de ludibrio á los infieles y de tormento á sí mismo. Muy cierto es que poco vale lo que poco cuesta. Una religión que no nos cuesta nada, y que solo consiste en oír sermones, resultará al fin ser inútil.

Así termina el célebre Sermón en el Monte. Cuidemos de que ejerza un influjo permanente sobre nuestras almas. Fue predicado para nuestro provecho, así como para el de los que lo oyeron. Si lo miramos con indiferencia tendremos que dar cuenta de ello en el último día. Juan 12.48.

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