Mateo 6 Tesoros en el cielo

Mateo 6: Lo correcto por un motivo erróneo

 Guardaos de tratar de demostrarles a los demás lo buenos que sois para que os vean. Si lo hacéis, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

Para los judíos, había tres grandes obras cardinales en la vida religiosa, tres grandes pilares sobre los que se asentaba una vida buena: La limosna, la oración y el ayuno. Jesús no lo habría discutido ni por un momento; lo que Le desazonaba era que tan a menudo en la vida humana las cosas más auténticas se hacen por motivos falsos.

Lo que parece extraño es que estas tres grandes buenas obras cardinales se presten tan fácilmente a los motivos erróneos. Jesús advertía que, cuando estas cosas se hacen con la única intención de dar gloria al agente, pierden con mucho la parte más importante de su valor. Puede que una persona dé limosna, no realmente para ayudar a la persona a que se la da, sino simplemente para demostrar su propia generosidad, y para refocilarse al calorcillo del agradecimiento de alguno y de la alabanza de muchos. Puede que una persona haga oración de tal manera que su oración no vaya dirigida realmente a Dios, sino a sus semejantes. El hacer oración era simplemente un intento de demostrar su piedad excepcional de manera que nadie dejara de darse cuenta. Puede que una persona ayune, no realmente para el bien de su alma, ni para humillarse delante de Dios, sino simplemente para mostrarle al mundo lo espléndidamente disciplinada y sacrificada que se es. Puede que una persona haga buenas obras simplemente para ganarse las alabanzas de la gente, para aumentar su propio prestigio y para mostrarle al mundo lo buena que es.

Según lo veía Jesús, no hay duda de que esa clase de cosas reciben una cierta clase de recompensa. Tres veces usa Jesús la frase: « De cierto os digo que ya tienen su recompensa»

(Mateo 6:2, 5, 16). Sería mejor traducirla: «Ya han recibido su paga completa.» La palabra que se usa en el original es el verbo apejein, que era el término técnico comercial y contable para recibir un pago en total. Era la palabra que se usaba en los recibos. Por ejemplo, un hombre firma el recibo que le da a otro: «He recibido (apejó) de ti el pago del alquiler de la almazara.» Un publicano da un recibo que pone: «He recibido (apejó) de ti el impuesto debido.» Un hombre vende un esclavo y da un recibo que dice: «He recibido (apejó) el precio total que se me debía.»

Lo que Jesús está diciendo es lo siguiente: «Si das limosna para hacer gala de tu propia generosidad, recibirás la admiración de la gente -pero eso será todo lo que recibas nunca. Eso será tu paga en total. Si haces oración de tal manera que despliegas tu piedad a la vista de la gente, ganarás una reputación de ser una persona extremadamente devota -pero eso será todo lo que recibas nunca. Si ayunas de tal manera que todo el mundo sepa que estás ayunando, se te conocerá como una persona extremadamente abstemia y ascética – pero eso será todo lo que recibas nunca.» Jesús está diciendo: « Si todo lo que te propones es conseguir las recompensas del mundo, no cabe duda de que las conseguirás -pero no debes esperar las recompensas que sólo Dios puede dar.» Y sería un tipo lastimosamente miope el que se aferrara a las recompensas del tiempo, y dejara escapar las de la eternidad.

LA MOTIVACIÓN DE LA RECOMPENSA EN LA VIDA CRISTIANA

Cuando estudiamos los versículos iniciales de Mateo 6, nos enfrentamos inmediatamente con una cuestión de lo más importante: ¿Qué lugar tiene la motivación de la recompensa en la vida cristiana? Tres veces en esta sección, Jesús dice que Dios recompensa a los que Le han prestado la clase de servicio que Él desea (Mat_6:4; Mat_6:6; Mat_6:18 ). Esta cuestión es tan importante que haremos bien en detenernos a examinarla antes de iniciar nuestro estudio del capítulo en detalle.

Se afirma muy a menudo que la motivación de la recompensa no tiene absolutamente ningún lugar en la vida cristiana. Se mantiene que debemos ser buenos por ser buenos; que la virtud es su propia recompensa, y que hay que dEsterrar de la vida cristiana la misma idea de la recompensa. Hubo un antiguo santo que solía decir que quería apagar todos los fuegos del infierno con agua, y abrasar todos los gozos del cielo con fuego, para que la gente buscara la bondad solamente por amor a la bondad misma, para que la idea de recompensa y castigo fuera eliminada totalmente de la vida. Algo de esto fue lo que inspiró el gran soneto español:

No me mueve, mi Dios, para quererte el Cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno, tan temido, para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa Cruz y escarnecido; muéveme ver Tu cuerpo tan herido, muévenme Tus afrentas y Tu muerte.

Muéveme en fin Tu amor, y en tal manera que aunque no hubiera Cielo yo Te amara, y aunque no hubiera infierno, Te temiera.

No me tienes que dar porque Te quiera; porque, si lo que espero no esperara, lo mismo que Te quiero Te quisiera.

Sin duda esta es la expresión de una gran nobleza espiritual. Sin embargo, Jesús no Se retrajo de hablar de las recompensas de Dios, como ya hemos visto que lo hace por tres veces en este pasaje. El dar limosna, el hacer oración y el ayunar como es debido, Jesús nos asegura que no quedarán sin su recompensa correspondiente.

Tampoco es este un ejemplo aislado de la idea de la recompensa en la enseñanza de Jesús. Dice a los que sufran lealmente la persecución y el insulto sin amargura, que su recompensa será grande en el Cielo (Mat_5:12 ). Dice que el que le dé a uno de Sus pequeñitos un vaso de agua fresca por cuanto es discípulo, no quedará sin su recompensa (Mat_10:42 ). La enseñanza de la Parábola de los Talentos es, por lo menos en parte, que el servicio fiel recibirá la recompensa correspondiente (Mat_25:14-30 ). En la Parábola del Juicio Final, la enseñanza obvia es que hay recompensa y castigo para nuestra reacción a las necesidades de nuestros semejantes (Mat_25:31-46 ). Está suficientemente claro que Jesús no dudó de hablar en términos de recompensa y castigo. Y bien pudiera ser que tendríamos que tener más cuidado con intentar ser más espirituales que el mismo Jesús en esto de las recompensas. Hay ciertos Hechos innegables que no debemos olvidar, y sí debemos tener en cuenta.

(i) Es una regla indiscutible de la vida que cualquier acción que no produce ningún resultado es fútil y sin sentido. Una bondad que no tuviera ningún fruto carecería de sentido. Como se ha dicho muy bien: «A menos que algo sirva para algo, no sirve para nada.» A menos que la vida cristiana tenga un propósito y una meta que valga la pena obtener, se convierte en un despropósito. El que cree en el Evangelio y en sus promesas no puede creer que la bondad no tenga resultados más allá de sí misma.

(ii) El desterrar todas las recompensas y castigos de la vida espiritual sería decir que la injusticia tiene la última palabra. No se puede mantener razonablemente que el bueno y el malo acaben igual. Eso sería tanto como decir que a Dios no Le importa si somos buenos o no. Querría decir, para decirlo crudamente, que no tiene sentido ser bueno, y no habría razón para vivir de una manera en vez de otra. El eliminar todas las recompensas y los castigos sería tanto como decir que en Dios no hay ni justicia ni amor.

Las recompensas y los castigos son necesarios para darle sentido a la vida. Si no los hubiera, la lucha -¡y no se diga el sufrimiento!- por el bien, se los llevaría el viento.

(i) El concepto cristiano de la recompensa

Habiendo llegado hasta aquí con la idea de la recompensa en la vida cristiana, hay ciertas cosas acerca de ella que debemos tener claras.

(i) Cuando Jesús hablaba de recompensas, definitivamente no estaba pensando en términos de recompensas materiales. Es indudablemente cierto que, en el Antiguo Testamento, las ideas de bondad y de prosperidad material están íntimamente relacionadas. Si una persona prosperaba, si sus campos eran fértiles y sus cosechas abundantes, si tenía muchos hijos y mucha fortuna, eso se tomaba como una prueba de que era una buena persona.

Ese es precisamente el problema que subyace en el Libro de Job. Job se encuentra en desgracia; sus amigos vienen a convencerle de que esa desgracia tiene que ser el resultado de su pecado, acusación que Job niega vehementemente. «Piensa ahora -le dice Elifaz-: ¿quién, siendo inocente, se ha perdido nunca? ¿Desde cuándo son los rectos los que desaparecen?» (Job_4:7 ). «Si fueras puro y recto -decía Bildad-,seguro que Él velaría por ti, y te recompensaría con una posición justa» (Job_8:6 ). «Porque tú dices: Mi doctrina es ortodoxa, y soy limpio a los ojos de Dios -decía Zofar-. ¡Ojalá que Dios hablara, y te dirigiera la palabra!» (Job_11:4 ). La misma idea que quería contradecir el Libro de Job era la de que la bondad y la prosperidad material van siempre de la mano.

«Joven fui, y he envejecido decía el salmista-, y no he visto a ningún justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan» (Psa_37:25 ). «Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra -decía el salmista-; pero a ti no llegarán. Ciertamente, con tus propios ojos mirarás y verás la retribución de los impíos. Como has dicho al Señor: ¡Tú eres mi esperanza!, y has hecho que el Altísimo sea tu residencia permanente, no te sobrevendrá ningún mal, ni ninguna plaga se acercará a tu morada» (Psa_91:7-10 ). Estas son cosas que Jesús no habría dicho. No era la prosperidad material lo que Jesús prometía a Sus seguidores. De hecho les prometía pruebas y tribulaciones, sufrimiento, persecución y muerte. Seguro que Jesús no estaba pensando en recompensas materiales.

(ii) Lo segundo que tenemos que recordar es que la recompensa más elevada nunca se le da al que la está buscando. Si uno está siempre buscando una recompensa, siempre contabilizando lo que cree haberse ganado y merecer, se perderá la recompensa que busca. Y se la perderá porque ve a Dios y la vida equivocadamente. El que siempre está calculando su recompensa, piensa en Dios como un juez, o como un contable, sobre todo piensa en la vicia en términos de ley. Está y pensando en hacer tanto y ganar tanto. Está pensando en la vida en términos de debe y haber. Está pensando presentarle a Dios una cuenta, y decirle: «Todo esto he hecho yo. Reclamo mi recompensa.»

El error básico de este punto de vista es que concibe la vida en términos de ley en vez de amor. Si amamos profunda y entrañablemente a una persona, con humildad y sin egoísmo, estaremos completamente seguros de que, aunque le diéramos a esa persona todo el universo, aún estaríamos en deuda; lo último que se le ocurriría pensar sería que se había ganado una recompensa. Si uno tiene el punto de vista legal de la vida, puede que no haga más que pensar en la recompensa que se ha ganado; pero si uno tiene el punto de vista del amor, la idea de la recompensa no se le pasará nunca por la cabeza.

La gran paradoja de la recompensa cristiana es esta: la persona que anda buscando una retribución, y que calcula lo que se le debe, no lo recibe; la persona cuya única motivación es la del amor, y que nunca piensa haber merecido ninguna recompensa, es la que la recibe. Lo curioso es que la recompensa es al mismo tiempo el subproducto y el %n último de la vida cristiana.

(ii) La recompensa cristiana

Ahora debemos pasar a preguntar: ¿Cuales son las recompensas de la vida cristiana?

(i) Empezaremos señalando una verdad básica y general. Ya hemos visto que Jesucristo no piensa en términos de recompensa material en absoluto. Las recompensas de la vida cristiana son recompensas solamente para una persona que tenga mentalidad espiritual. Para una persona de mentalidad materialista no serían recompensas de ninguna clase. Las recompensas cristianas son recompensas sólo para los cristianos.

(ii) La primera de las recompensas cristianas es la propia satisfacción. El hacer lo que es debido, la obediencia a Jesucristo, el seguir Su canino, cualesquiera otras cosas pueda aportar, siempre produce satisfacción. Bien puede ser que, si una persona hace lo que es debido, y obedece a Jesucristo, pierda su fortuna y su posición, acabe en la cárcel o en el patíbulo, y no coseche más que impopularidad, soledad y descrédito; pero todavía poseerá esa íntima satisfacción, que vale más que todo lo demás. A esto no se le puede poner precio; no se puede evaluar en términos de riqueza terrenal, pero no hay nada como ello en todo el mundo. Aporta ese contentamiento que es la corona de la vida.

El poeta George Herbert formaba parte de una pequeña tertulia de amigos que solían reunirse para tocar juntos instrumentos músicos como una pequeña orquesta. Una vez iba de camino a reunirse con el grupo, cuando se encontró con un carretero al que se le había atascado la carreta en el barro de la cuneta. George Herbert dejó a un lado su instrumento y fue a ayudar al hombre. Les llevó mucho tiempo sacar la carreta, y acabó todo lleno de barro. Cuando llegó a la casa de sus amigos, ya era demasiado tarde para la música. Les contó lo que le había detenido en el camino. Uno le dijo: «Te has perdido toda la música.» George Herbert sonrió. «Si -le contestó- pero la escucharé a media noche.» Tenía la satisfacción de haber hecho algo de acuerdo con Cristo.

Godfrey Winn habla de un hombre que era el mejor cirujano plástico de Inglaterra. Durante la guerra, dejó su consulta particular que le reportaba diez mil libras Esterlinas al año, una gran cantidad entonces, para dedicar todo su tiempo a remodelar las caras y los cuerpos de aviadores quemados o mutilados en combate. Godfrey Winn le dijo: «¿Cuál es tu ambición, Mac?» La respuesta que le llegó de rebote fue: «Quiero ser un buen artesano.» Sus ingresos anuales no eran nada comparados con la satisfacción de un trabajo desinteresado bien hecho.

Una señora paró una vez a Dale de Birmingham en la calle. «Que Dios le bendiga, doctor Dale» -4e, dijo. Se negó en redondo a dar su nombre. Sólo le dio las gracias y le bendijo y siguió su camino. Dale había estado muy deprimido en aquel momento. «Pero -se dijo- la niebla se abrió y me llegó la luz del sol; respiré el aire libre de las montañas de Dios.» En cuanto a riqueza material, no tenía un duro más que antes; pero en cuanto a la profunda satisfacción que siente un predicador que descubre que ha ayudado a alguien, había ganado una riqueza indecible.

La primera recompensa cristiana es la satisfacción que no hay dinero en todo el mundo que pueda comprar.

(iii) La segunda recompensa de la vida cristiana es más trabajo todavía que hacer. Una paradoja de la idea cristiana de la recompensa es que una labor bien hecha no trae descanso y comodidad y facilidades; trae todavía mayores demandas y esfuerzos más intensos. En la Parábola de los Talentos, la recompensa de los servidores fieles fue una responsabilidad todavía mayor (Mat_25:14-30 ). Cuando un maestro tiene un estudiante realmente brillante y capaz, no le exime de trabajo; le da más trabajo que a ningún otro. Al joven músico brillante se le dan a dominar piezas de música, no más fáciles, sino más difíciles. Al jugador que ha hecho un buen papel en el segundo equipo, no se le pasa al tercero, donde se podría pasear por el partido sin sudar; se le pasa al primer equipo, donde tiene que poner en juego todo lo que tiene. Los judíos tenían un curioso dicho. Decían que un maestro sabio tratará al alumno «como a un buey joven al que se le aumenta la carga todos los días.» La recompensa cristiana es al revés que la del mundo. La recompensa del mundo sería ponérselo a uno más fácil; la recompensa del cristiano consiste en que Dios le pone sobre los hombros más cosas que hacer por El y por sus semejantes. Cuanto más duro el trabajo que se nos dé, mayor debemos considerar que ha sido la recompensa.

(iv) La tercera y última recompensa cristiana es lo que se ha llamado a través de las edades la visión de Dios. Para una persona mundana, que no Le ha dedicado a Dios ningún pensamiento nunca, el enfrentarse con Dios es un terror y no un gozo. Si uno sigue su propio camino, alejándose cada vez más de Dios, la sima entre él y Dios se va haciendo cada vez mayor, hasta que Dios se convierte en un extraño a Quien se quiere sólo evitar. Pero si una persona ha buscado toda su vida caminar con Dios, si ha buscado obedecer a su Señor, si la bondad ha sido la búsqueda de todos sus días, entonces ha estado acercándose más y más a Dios toda la vida, hasta que por fin pasa a la presencia más íntima de Dios, sin temor y con gozo radiante -y ésa es la mayor recompensa de todas.

CÓMO NO DAR

Así que, cuando des limosna, no lo proclames a toque de trompeta como hacen los hipócritas en la sinagoga y por la calle para que los alaben. Os digo la pura verdad: ¡Ya tienen su paga completa! Pero tú, cuando des limosna, no dejes que se entere tu mano izquierda de lo que hace tu derecha, para que la limosna sea algo que haces en secreto; y tu Padre, que ve lo que pasa en secreto, será el que te dé tu recompensa en total.

Para los judíos, el dar limosna era el más sagrado de todos los deberes religiosos. Hasta qué punto era sagrado se ve por el hecho de que los judíos usaban la misma palabra tsedaqátanto para justicia como para limosna. El dar limosna y el ser justo eran una y la misma cosa. El dar limosna era ganar méritos a la vista de Dios, y era hasta ganar la propiciación y el perdón de pecados pasados. «Es mejor dar limosna que amontonar oro; la limosna libra de la muerte, y purga todo pecado» (Tobías 12:8).

La limosna que se le da a un padre no se borrará, y como restitución por pecados arraigará firmemente. En el día de la aflicción se tendrá presente en tu crédito. Borrará tus iniquidades como el calor la escarcha.

Había un dicho rabínico: «Mayor es el que da limosna que el que ofrece todos los sacrificios.» La limosna está a la cabeza en el catálogo de buenas obras.

Así es que era natural e inevitable el que una persona que quisiera ser buena se concentrara en dar limosna. La enseñanza más elevada de los rabinos era exactamente la misma que la de Jesús. También ellos prohibían dar limosna ostentosamente. «El que da limosna en secreto -decían- es mayor que Moisés.» El dar limosna que salva de la muerte es «cuando el recipiente no sabe de quién lo recibe, y cuando el dador no sabe a quién lo da.» Hubo un rabino que, cuando quería dar limosna, dejaba caer monedas a su paso para no ver quién las recogía. «Es mejor decían- no darle a un mendigo nada, antes que darle algo avergonzándole.» Había una costumbre especialmente encantadora conectada con el templo de Jerusalén. En el templo había una habitación que se llamaba La Cámara del Silencio. Los que querían hacer expiación por algún pecado ponían dinero allí; y personas pobres de buena familia que habían venido a menos en el mundo recibían ayuda de estas contribuciones.

Pero como en tantas otras cosas, la práctica se quedaba muy por debajo del precepto. Demasiado a menudo el dador daba de forma que todo el mundo pudiera ver lo que daba, y daba mucho más para glorificarse a sí mismo que para ayudar a otro. Durante los cultos de la sinagoga se hacían ofrendas para los pobres, y había algunos que se cuidaban muy bien de que los otros vieran lo que daban. J. J. Wetstein cita una costumbre oriental de los tiempos antiguos: «En Oriente, el agua es tan escasa que algunas veces había que comprarla. Cuando una persona quería hacer una buena obra, y traer bendición sobre su familia, se dirigía al aguador y en voz bien alta le encargaba: «¡Dale un trago a los sedientos!» El aguador llenaba el pellejo e iba al mercado. «¡Oh, sedientos -gritaba- venid a beber de gracia!» Y el generoso estaba a su lado y decía: «Bendíceme, porque soy yo el que te ofrezco este trago.»» Esa es precisamente la clase de cosa que Jesús condena. Llama hipócritas a los que hacen tales cosas. La palabra hypokrités quiere decir actor en griego. Esa clase de gente son realmente farsantes que hacen su papel para que los aplaudan.

RAZONES PARA DAR

Veamos ahora algunas de las razones que hay detrás del acto de dar.

(i) Puede que uno dé por sentimiento del deber. Puede que dé, no porque quiere dar, sino porque piensa que es un deber del que uno no se puede evadir. Puede que hasta una persona llegue a considerar -tal vez inconscientemente- que los pobres están en el mundo para permitirle a él .cumplir con ese deber y adquirir así méritos a ojos de Dios.

Catherine Carswell, en su autobiografía Lying Awake, cuenta sus años mozos en Glasgow: «Los pobres, uno podría decir, eran nuestros animales de compañía. Decididamente, siempre estaban con nosotros. En nuestra arca particular se nos enseñaba a amar, honrar y atender a los pobres.» La nota clave, como ella misma advertía, era de superioridad y condescendencia. El dar se consideraba como un deber;, pero a menudo iba acompañado de un sermón que producía un placer cursi al que lo daba. En aquellos días, Glasgow estaba lleno de borrachos la noche del sábado. Ella escribe: «Todos los domingos por la tarde, durante años, mi padre hacía la ronda de las celdas de las estaciones de policía, pagando fianzas de medias coronas para que soltaran a los borrachos del fin de semana, para que no perdieran el trabajo el lunes por la mañana. Les hacía firmar a cada uno el compromiso de devolverle la media corona del sueldo de la semana siguiente.» No cabe duda de que aquello estaba muy bien; pero él le daba un cierto aire de respetabilidad, e incluía un sermón. Estaba claro que él se sentía de una categoría moral completamente diferente de aquellos a los que daba. Se dijo de un gran hombre, pero superior: «Con todo lo que da, nunca se da a sí mismo.» Cuando se da, como si dijéramos, desde un pedestal; cuando se da siempre con un cierto cálculo; cuando se da por sentimiento del deber -hasta por un sentimiento cristiano del deber-, se puede ser generoso con las cosas, pero lo único que uno no da nunca es a sí mismo, y por tanto ese tipo de dar es incompleto.

(ii) Puede que uno dé por razones de prestigio. Puede que dé para recibir la gloria de dar. Lo más probable es que si nadie lo supiera, o si no se le diera ninguna publicidad, no daría nada. Si no se le dan las gracias y se le reconoce y alaba y honra, se da por ofendido. Da, no para la gloria de Dios , sino para la suya propia. Da, no exclusivamente para Dios a una persona necesitada, sino para gratificar su propia (vanidad Y su , propio sentido de poder.

(iii) Puede que uno dé sencillamente porque tiene que hacerlo. Porque el amor y la amabilidad que fluyen de su corazón no le dejarán hacer otra cosa. Puede que dé porque, por mucho que lo intente, no puede por menos de sentirse obligado a ayudar al necesitado.

El doctor Johnson difundía una atmósfera de amabilidad. Había una pobre criatura que se llamaba Robert Levett, que había sido en tiempos camarero en París y médico en las partes más pobres de Londres. Tenía una apariencia y unos modales, como decía Johnson, que asqueaban a los ricos y aterraban a los pobres. Fuera como fuera llegó a formar parte de la casa de Johnson. Boswell estaba alucinado con todo el asunto, pero Goldsmith conocía mejor a Johnson. Decía de Levett: «Es pobre y honrado, lo que ya es suficiente recomendación para Johnson. Ahora ya es pobre de solemnidad, y eso le asegura la protección de Johnson.» La indigencia era el pasaporte al corazón de Johnson.

Boswell cuenta esta anécdota de Johnson: « Cuando volvía una vez tarde a casa se encontró a una pobre mujer tirada en el suelo, tan agotada que no podía ni hablar. Se la echó a la espalda y la llevó a su casa, donde descubrió que era una de esas pobres mujeres que han caído hasta lo más bajo del vicio, de la pobreza y de la enfermedad. En vez de echárselo en cara con dureza, hizo que se tuviera cuidado de ella largo tiempo con toda ternura por un precio considerable hasta que recuperó la salud, e hizo lo posible para ponerla en una manera virtuosa de vida.» Todo lo que Johnson sacó de aquello fueron suspicacias indignas acerca de su propio carácter; pero había sido su corazón el que le había obligado a ayudar.

Una de las páginas más preciosas de la historia de la literatura es la que nos presenta a Johnson, en los días de su pobreza, volviendo a casa de madrugada y, a medida que iba pasando por el Strand, dejando peniques en las manos de los pobres y vagabundos que dormían en los portales porque no tenían otro sitio. Hawkins nos cuenta que alguien le preguntó cómo podía tener la casa llena de «vagos y de gente de mal vivir.» Johnson le contestó: «Si yo no los ayudo, nadie lo hará; y no se deben perder de necesidad.» Ahí tenemos el dar como es debido, que surge del amor de un corazón humano, que es lo que rebosa del amor de Dios.

Tenemos el dechado de este perfecto dar en Jesucristo mismo. Pablo escribió a sus amigos de Corinto: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, Que, aunque era rico, por causa de vosotros Se hizo pobre para enriqueceros con Su pobreza» (2Co_8:9 ). Nuestro dar no debe ser nunca el hosco y superior resultado del sentimiento del deber; y menos todavía hemos de hacerlo para ensalzar nuestra gloria y prestigio entre la gente; debe ser el fluir instintivo de un corazón amante; debemos dar a otros como Jesucristo Se nos ha dado a Sí mismo a nosotros.

CÓMO NO ORAR

(ii) Además, la liturgia judía proveía oraciones fijas para todas las ocasiones. Sería difícil encontrar un suceso o una situación de la vida que no tuviera su fórmula de oración particular. Había oraciones para antes y después de cada comida; en relación con la luz, el fuego, el rayo; al ver la luna nueva, cometas, lluvia, tempestad, el mar, lagos, ríos; al recibir buenas noticias, al estrenar nuevos muebles, al entrar o salir de una ciudad, etc., etc. Todo tenía su oración. Está claro que aquí hay algo infinitamente precioso. Revela la intención de que todo lo que suceda en la vida se traiga a la presencia de Dios. Pero, precisamente porque las oraciones se prescribían tan meticulosa y literalmente, todo el sistema se prestaba al formulismo, y el peligro era que se musitaran las oraciones dándoles muy poco sentido. La tendencia era repetir rutinariamente la oración correcta en el momento correcto. Los grandes rabinos lo reconocían y trataban de evitarlo. «Si una persona -enseñaban- dice sus oraciones para salir del paso, eso no es orar.» «No consideres la oración un deber formal, sino un acto de humildad para obtener la misericordia de Dios.» Rabí Eliezer estaba tan preocupado con el peligro del formulismo que tenía la costumbre de componer una oración nueva todos los días, para que fuera siempre algo fresco. Está muy claro que esta clase de peligro no está confinada a la religión judía. Hasta los que empiezan siendo momentos devocionales pueden acabar en el formalismo de un punto rígido y ritualista del horario.

(iii) Y además, el devoto judío tenía horas fijas de oración. Eran la tercia, la sexta y la nona, es decir, las nueve de la mañana, las doce del mediodía y las tres de la tarde. Se encontrara donde se encontrara estaba obligado a orar. Podría ser, sin duda, que se acordara de Dios genuinamente; pero también podría ser que estuviera cumpliendo con un formalismo habitual. Los musulmanes tienen la misma costumbre. Se cuenta que un musulmán iba persiguiendo a un enemigo con la daga desenvainada para matarle. El almuédano hizo la llamada; el hombre se paró, desenrolló su Esterilla de oración, se arrodilló y rezó todo lo deprisa que pudo; luego se levantó y siguió con su persecución asesina. Es precioso esto de acordarse de Dios por lo menos tres veces al día; pero existe el peligro muy real de que se haga esto tres veces al día hasta sin pensar en Dios.

(iv) Existía la tendencia a relacionar la oración con ciertos lugares, y especialmente con la sinagoGálatasGa. Es innegablemente cierto que hay algunos lugares en los que se siente a Dios más cerca; pero había algunos rabinos que llegaban hasta a decir que la oración no era eficaz a menos que se ofreciera en el templo o en la sinagoGálatasGa. Así se produjo la costumbre de ir al templo a las horas de oración. En los primeros días de la Iglesia Cristina, hasta los discípulos de Jesús pensaban en estos términos, porque leemos que Pedro y Juan se dirigían al templo a la hora de la oración (Act_3:1 ).

Aquí también había un peligro: el de pensar que Dios estaba confinado a ciertos lugares sagrados, y olvidar que toda la Tierra es el templo de Dios. Los más sabios de los rabinos vieron este peligro. Decían: «Dios le dice a Israel: Orad en la sinagoga de vuestra ciudad; si no podéis, orad en el campo; si no podéis, orad en vuestra casa; si no podéis, orad en la cama; si no podéis, meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y guardad silencio.»

El problema de cualquier sistema no está en el sistema, sino en los que lo usan. Uno puede hacer de cualquier sistema de oración un medio de devoción o un puro formulismo, practicándolo rutinaria e inconscientemente.

(v) Los judíos tenían una tendencia indudable a alargar las oraciones. Esa tendencia tampoco es exclusiva de los judíos. En los cultos escoceses del siglo XVIII, la longitud se interpretaba como devoción. En aquellos cultos escoceses había una lectura bíblica versículo por versículo que duraba una hora, y un sermón que duraba otra hora. Las oraciones eran largas e improvisadas. El doctor W. D. Maxwell escribe: «La eficacia de la oración se medía por el ardor y la fluidez, y no menos por su férvida longitud.» El rabí Leví decía: «El que hace oraciones largas es oído.» Otra máxima era: «Cuando los justos hacen oraciones largas, sus oraciones son oídas.»

Había -y todavía hay- una especie de idea inconsciente de que si aporreamos suficientemente la puerta de Dios, contestará; que se Le puede hablar, y hasta dar la lata a Dios, hasta que nos haga caso. Los rabinos más sabios eran conscientes de este peligro. Uno de ellos decía: «Está prohibido alargar innecesariamente la alabanza del Santo. Se nos dice en los Salmos: «¿Quién puede expresar las poderosas obras del Señor, o proclamar toda su alabanza?» (Psa_106:2 ). Según esto, sólo el que puede puede alargarse y mostrar su alabanza pero nadie puede.» «Sean siempre pocas las palabras de un hombre delante de Dios, como se dice: «No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras» (Ecc_5:2 ).» «La mejor adoración consiste en guardar silencio.» Es fácil confundir la verborrea con la piedad, y la labia con la devoción; y en ese error caían muchos judíos, y otros.

(vi) Había otras formas de repetición que los judíos, como otros pueblos orientales, eran propensos a usar y abusar. Los pueblos orientales tenían la costumbre de autohipnotizarse mediante la incesante repetición de una frase o hasta de una palabra. En 1Ki_18:26 leemos que los profetas de Baal se pasaron medio día gritando: «¡Baal respóndenos!» En Act_19:34 leemos que el gentío efesio estuvo dos horas gritando:

«¡Grande es la Artemisa de los Efesios!» Algunos musulmanes se pasan horas y horas repitiendo una palabra sagrada, corriendo en círculos hasta que se provocan un éxtasis, y caen por último inconscientes y agotados. Los judíos lo hacían con la Semá `. Es como sustituir la oración por el autohipnotismo.

Había otra forma en que la oración judía caía en las repeticiones. Se apilaban todos los títulos y adjetivos imaginables cuando se Le dirigía una oración a Dios. Una de las más famosas empieza:

¡Bendito, alabado y glorificado, exaltado, ensalzado y honrado, magnificado y laudado sea el nombre del Santo!

Hay una oración judía que empieza con dieciséis adjetivos diferentes que se aplican al nombre de Dios. Existía una clase de intoxicación con las palabras. Cuando uno empieza a pensar más que en qué decir en cómo decirlo, se le muere la oración en los labios.

(vii) El último fallo que Jesús les encontraba a algunos de los judíos era que hacían las oraciones para que la gente los viera. El método judío de la oración facilitaba el que se cayera en la ostentación. Los judíos oraban de pie, con los brazos extendidos, las palmas de las manos hacia arriba y la cabeza inclinada. Había que hacer oración a las 9 de la mañana, a las 12 del mediodía y a las 3 de la tarde. Había que hacerla donde uno se encontrará, y le era fácil al que quisiera el asegurarse de que a esas hora estaría en alguna esquina despejada, o en alguna plaza abarrotada de gente, para que todo el mundo viera lo piadoso que era orando. Le era fácil a uno detenerse en los peldaños de la entrada de la sinagoga, y hacer allí su oración larga y elocuentemente para que todo el mundo se admirara de su excepcional piedad. Era fácil representar una escena de oración a la vista del público.

Los más sabios de los rabinos judíos comprendían plenamente y condenaban incansablemente esta actitud. «Una persona hipócrita atrae la ira de Dios sobre el mundo, y su oración no es escuchada.» «Cuatro clases de personas no perciben el resplandor de la gloria de Dios: los burladores, los hipócritas, los mentirosos y los calumniadores.» Los rabinos decían que nadie puede orar de veras a menos que tenga el corazón sintonizado para ello. Establecían que para la perfecta oración se necesitaba antes una hora de preparación personal, y una hora de meditación después. Pero el sistema judío de oración se prestaba a la ostentación si había orgullo en el corazón de un hombre.

Jesús establece dos grandes reglas de la oración.

(i) Insiste en que toda verdadera oración se ha de dirigir a Dios. El fallo verdadero de los que Jesús criticaba era que le ofrecían la oración a la galería, y no a Dios. Cierto gran predicador describió una vez una oración elaborada y adornada que se hizo en una iglesia de Boston como «la oración más elocuente que se ofreciera jamás a una audiencia de Boston.» El «orador» se había preocupado más de impresionar a la congregación que de establecer contacto con Dios. Tanto en la oración privada como en la pública, no debemos albergar ningún pensamiento en la mente ni deseo en el corazón aparte de Dios.

(ii) Insiste en que debemos tener presente que el Dios a Quien oramos es un Dios de amor, Que está más dispuesto a contestar de lo que nosotros estamos a pedir. No tenemos que sacarle los dones o la gracia como si no estuviera dispuesto a concedérnoslos. No acudimos a un Dios al Que hay que engatusar, o dar la lata, o bombardear para que conteste a nuestras oraciones, sino a Uno Cuyo único deseo es dar. Cuando recordamos eso, no hay duda de que es suficiente acudir a Dios con un suspiro de deseo en el corazón, y en los labios las palabras: «Hágase Tu voluntad.»

EL VERDADERO TESORO

No os almacenéis tesoros en la Tierra, donde la polilla y la roña los destruyen y los ladrones hacen un butrón y se los llevan. Poned vuestros tesoros en el Cielo, donde ni la polilla ni la roña pueden destruirlos, y donde no hay ladrones que hagan el butrón y os los roben. Porque donde pongáis vuestro tesoro, allí tendréis también el corazón.

La manera más corriente y normal de organizar la vida consiste sencillamente en dar prioridad a las cosas que duran. Sea que nos estemos comprando ropa, o un coche, o una alfombra, o muebles, es de sentido común mirar más allá de las apariencias y comprar cosas que se han hecho con solidez y buena técnica para durar. Eso es exactamente lo que Jesús nos está diciendo aquí. Nos dice que nos concentremos en las cosas que duran.

Jesús se refiere a tres cosas de las que dependía la riqueza en Palestina.

(i) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que la polilla puede destruir.

En Oriente, una parte importante de la riqueza de una persona consistía en ropa fina y elaborada. Cuando Guiezi, el criado de Eliseo, quería sacarle algo de provecho al general sirio Naamán, que se había curado de la lepra siguiendo las instrucciones de Eliseo, le pidió un talento de plata y dos vestidos de gala nuevos (1Ki_5:22 ). Una de las cosas que tentaron a Acán para que pecara fue un manto hermosísimo de Sinar (Jos_7:21 ).

Pero tales cosas eran indignas de que se hiciera consistir en ellas el tesoro de una persona, porque las polillas las podían destruir, y su valor y belleza desaparecerían totalmente. No eran posesiones duraderas.

(ii) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que la roña puede destruir.

La palabra que traducimos por roña es brósis. Quiere decir literalmente algo que devora, pero no se usa en ningún otro texto con el sentido de roña. Lo más probable es que represente algo así: en Oriente, mucho de la riqueza de una persona consistía en cereales almacenados en grandes silos. Pero a ese grano podían atacarlo gusanos y ratones y ratas dejando el depósito contaminado y destruido. Lo más probable es que esta frase se refiera a estos y otros parásitos que se podían introducir en un granero y destruir o comer el contenido. No eran posesiones duraderas.

(iii) Les dice a Sus seguidores que no consideren su tesoro cosas que los ladrones hacen un butrón y se las llevan.

La palabra que se usa para hacer el butrón -R-V 95 entrar, antes minar- es doiryssein. En Palestina, las paredes de muchas casas estaban hechas de adobes, y se podían perforar fácilmente; aunque las de los ricos, que es de las que se habla aquí, eran más sólidas, y requerirían más industria en los ladrones. Aquí se hace referencia al que ha almacenado en su casa cosas de valor, y descubre al volver un día que los ladrones han hecho un butrón y se han llevado su tesoro. No eran posesiones duraderas si estaban a merced de la intervención de cualquier ladrón emprendedor.

Así es que Jesús nos advierte de la fragilidad de tres clases de placeres y posesiones.

(i) Nos advierte de la brevedad de los placeres que se desgastan y quedan tan inservibles como la ropa vieja. Los trajes y vestidos más lujosos, con o sin polillas, acaban por desintegrarse. Todos los placeres puramente físicos tienen la característica de desgastarse. Cada vez que se disfrutan, satisfacen menos que la anterior. Se necesita más para producir el mismo efecto. Son como las drogas, que pierden su efecto inicial y se hacen cada vez menos efectivas. Uno tendría que ser estúpido para buscar su sumo bien en cosas que cada vez resultan menos rentables.

(ii) Nos advierte de la fragilidad de los placeres que se corroen. El granero está expuesto al acecho de las ratas y los ratones, que lo mordisquean y roen todo. Hay ciertos placeres que pierden inevitablemente su atractivo conforme avanza la edad. Puede que sea porque se es físicamente menos capaz para disfrutar; o porque se madura algo y ciertas cosas dejan de satisfacer. Una persona no debería nunca entregarle su corazón a placeres que los años van a desvanecer; debería encontrar su delicia en las cosas cuyo atractivo el tiempo es impotente para erosionar.

(iii) Nos advierte de lo inseguros que son los placeres que se nos pueden robar. Eso pasa con todas las posesiones materiales: no hay ni una entre ellas que sea segura; y, si uno edifica su felicidad sobre ellas, está edificando sobre una base que no es estable ni segura. Supongamos que uno organiza su vida de tal manera que su felicidad depende de su posesión de dinero; supongamos que llega una quiebra, y se despierta una mañana para descubrir que su dinero ya no vale nada. Entonces, con su dinero, se ha desvanecido su felicidad.

Si una persona es prudente, edificará su felicidad sobre cosas que no puede perder, y que son independientes de los azares y avatares de la vida. Bums escribió de las cosas transitorias:

Los placeres son cual las amapolas: al tomarlas, su flor se desvanece; o cual la nieve al caer sobre el arroyo: blanca un instante, pronto desaparece.

Una persona cuya felicidad dependa de cosas así, está condenada a una desilusión trágica. Cualquier persona cuyo tesoro consista en cosas, está abocada a perderlo, porque las cosas no son estables, ni duran para siempre.

TESOROS EN EL CIELO

La frase tesoros en el Cielo era corriente entre los judíos. Identificaban tales tesoros con dos cosas en particular.

(i) Decían que las obras de caridad que se hacían en la Tierra se convertían en su tesoro en el Cielo.

Los judíos contaban una famosa leyenda de un cierto rey Izates de Adiabena, que se convirtió al judaísmo: «Izates distribuyó todos sus tesoros entre los pobres el año del hambre. Sus hermanos le mandaron recado para decirle: «Tus padres añadieron nuevos tesoros a los que habían heredado de sus padre, pero tú has perdido tus tesoros y los suyos» Y él les contestó: «Mis padres reunieron tesoros para aquí abajo, pero yo los he reunido para Arriba; ellos almacenaron tesoros en un sitio sobre el que puede gobernar el poder humano, pero yo los he almacenado en un lugar sobre el que no puede gobernar el poder humano; mis padres coleccionaron tesoros que no producen ningún interés, pero yo he reunido tesoros que sí lo producen; mis padres allegaron tesoros de dinero, pero yo los he allegado de almas; mis padres reunieron tesoros para otros, pero yo los he reunido para mí; mis padres allegaron tesoros en este mundo, pero yo los he allegado para el mundo por venir.»»

Tanto Jesús como los rabinos judíos estaban seguros de que lo que se almacena con fines egoístas se pierde, mientras que lo que se comparte generosamente produce tesoros en el Cielo.

Ese era el principio de la Iglesia Cristiana en sus primeros días. La Iglesia Primitiva siempre se cuidaba amorosamente de los pobres, los enfermos, los abatidos, los indigentes y todos los que no le importaban a nadie. En los días de la terrible persecución del emperador Decio, las autoridades romanas entraron violentamente en una iglesia. Iban a expoliarla de los tesoros que creían que guardaba. El prefecto romano le exigió al diácono Laurentio: «Muéstrame tus tesoros inmediatamente.» Laurentio señaló a las viudas y huérfanos que alimentaban, a los enfermos que cuidaban, a los pobres que ayudaban, y dijo: «Estos son los tesoros de la Iglesia.»

La Iglesia siempre ha creído que «perdemos lo que guardamos, y conservamos lo que damos.»

(ii) Los judíos conectaban siempre la frase tesoros en el Cielo con el carácter. Cuando le preguntaron al rabí Yosé ben Kisma si estaba dispuesto a vivir en una ciudad pagana con la condición de que le pagaran generosamente sus servicios, replicó que no viviría en ningún lugar excepto en un hogar de la Ley; « porque -dijo- cuando parte una persona, no la acompañan ni la plata, ni el oro, ni las piedras preciosas, sino sólo el conocimiento de la Ley, y las buenas obras que haya hecho.» La Religión, el personaje de El gran teatro del mundo, de Calderón, le dice al Mundo, que estaba despojando de todo a los que salían de él: « No me puedes quitar mis buenas obras. Estas solas del mundo se han sacado.» «Y oí una voz que me decía desde el cielo: «Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.» Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen» (Apocalipsis 14:13).

Como dice el macabro refrán español: «Una mortaja no tiene bolsillos.» Lo único que una persona puede sacar de este mundo al más allá es ella misma; y cuanto más persona sea, mayor será su tesoro en el Cielo.

(iii) Jesús concluye esta sección afirmando que, donde esté el tesoro de una persona, allí estará también su corazón. Si todo lo que valora y aprecia una persona está en la Tierra, no tendrá ningún interés en un mundo más allá de este; si a lo largo de toda su vida ha tenido los ojos puestos en la eternidad, valorará poco las cosas de este mundo. Si todo lo que una persona aprecia y valora está en este mundo, entonces saldrá de él a regañadientes; pero si sus pensamientos se han mantenido en el mundo más allá, saldrá de este con alegría, porque va por fin a Dios.

Una vez le enseñaron al doctor Johnson un gran palacio con sus jardines. Cuando lo había visto todo, se volvió a su acompañante, y le dijo: «Estas son las cosas que le hacen difícil a una persona el morir.»

Jesús no dijo nunca que este mundo no tenía importancia; pero dijo explícita e implícitamente muchas veces que su importancia no está en sí mismo, sino en aquello a lo que nos conduce. Este mundo no es un fin en sí mismo, sino una etapa en el camino; y, por tanto, una persona no debe rendirle su corazón a este mundo y a lo que hay en él, sino debe tener los ojos puestos en la meta más allá.

LA VISIÓN DEFORMADA

EL ojo es por donde entra la luz al cuerpo. Así que, si tu ojo es generoso, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si es tacaño, todo tu cuerpo estará en la oscuridad. Así que, si lo que debe dar luz está oscuro, ¿cómo estará todo lo que es de por sí oscuro?

La idea que hay tras este pasaje es de una sencillez infantil. Se considera el ojo como la ventana por la que entra la luz a todo el cuerpo. El estado de la ventana decide la cantidad de luz que entra en la habitación. Si la ventana está diáfana, limpia y sin obstáculos, la luz entrará a chorros en la habitación; iluminando todos sus rincones. Si el cristal de la ventana tiene un color, o está escarchado, mal hecho, sucio u oscuro, la luz tendrá dificultad para entrar y la habitación no se iluminará debidamente.

La cantidad de luz que penetra en una habitación depende del estado de la ventana por la que tiene que pasar. Así que, dice Jesús, la luz que penetre en el corazón y alma y ser de una persona depende del estado espiritual del ojo por el que ha de pasar, porque el ojo es la ventana del cuerpo, es decir, de toda la persona.

La opinión que tengamos de la gente dependerá de la clase de ojo con que la miremos. Hay ciertas cosas obvias que pueden cegar o deformar nuestra visión.

(i) El prejuicio puede deformar nuestra visión. No hay nada que destruya el juicio de una persona tanto como el prejuicio. Le impide formarse el juicio claro, razonable y lógico que debe formarse todo ser humano. Le ciega igualmente a los Hechos y a su significado.

Casi todos los nuevos descubrimientos han tenido que abrirse paso a través de prejuicios irracionales. Cuando Sir James Simpson descubrió las virtudes del cloroformo, tuvo que luchar contra los prejuicios del mundo médico y religioso de su tiempo. Uno de sus biógrafos escribe: «El prejuicio, esa mutiladora determinación de caminar solamente pon los caminos trillados de la tradición y de rechazar todos los nuevos senderos, se levantó contra él, e hizo todo lo posible por ahogar la bendición recién encontrada.» «Muchos de los clérigos mantenían que tratar de suprimir la maldición original sobre las mujeres de dar a luz con dolor era luchar contra la ley divina.»

Una de las cosas más necesarias de la vida es el valiente autoexamen que nos permitirá ver cuándo estamos actuando por principio y cuándo somos víctimas de nuestros propios prejuicios injustificados e irracionales. En cualquier persona desviada por el prejuicio el ojo se oscurece y la visión se deforma.

(ii) Los celos pueden deformar nuestra visión. Shakespeare nos dejó el ejemplo clásico de ello en la tragedia de 0thello. El moro Othello se había hecho famoso por sus hazañas heroicas, y se había casado con Desdémona, que le amaba con absoluta devoción y fidelidad total. Como general del ejército de Venecia, Othello ascendió a Cassio sobrepasando a lago. A lago le consumieron los celos. Mediante una conspiración sutil y la manipulación de los Hechos, lago sembró en la mente de Othello la sospecha de que Cassio y Desdémona estaban intrigando secretamente. Manufacturó la evidencia para probarlo, y movió a Othello a tal-pasión de celos, que finalmente asesinó a Desdémona ahogándola con una almohada. A. C. Bradley escribe: «Unos celos como los de 0thello convierten en caos la naturaleza humana, y liberan la bestia . en el hombre.»

Muchos matrimonios y muchas amistades han naufragado en el acantilado de .los celos, que deforma incidentes perfectamente inocentes haciéndolos aparecer como acciones culpables, así cegando la visión a la verdad y a los Hechos.

(iii) La presunción puede deformar nuestra visión. En su biografía de Mark Rutherford, Catherine Macdonald Maclean le dedica una frase curiosamente caústica al librero y editor John Chapman, que había empleado en el pasado a Mark Rutherford: «Apuesto a la manera de Byron y de modales refinados, resultaba sumamente atractivo a las mujeres, y él se creía todavía más atractivo de lo que lo era.»

La presunción afecta doblemente la visión humana, porque nos hace incapaces de vernos a nosotros mismos como somos en la realidad, e incapaces de ver a otros como realmente son. Si una persona está convencida de su propia extraordinaria sabiduría, nunca será capaz de darse cuenta de su propia necedad; y si es ciega a todo lo que no sean sus propias virtudes, nunca será consciente de sus propias faltas. Siempre que se compare a sí misma con otras personas, saldrá ganando en la comparación, y no perdiendo. Será siempre incapaz de someterse a sí misma a juicio, e incapaz por tanto de mejorarse a sí misma. La luz en la que debiera verse a sí misma y a las demás personas será oscuridad.

NECESIDAD DE UNA VISIÓN GENEROSA

Pero aquí Jesús habla de una virtud especial que ilumina la visión, y un defecto especial que la ensombrece. La versión Reina-Valera habla aquí del ojo bueno y del malo. No cabe duda de que ese es el sentido literal del original; pero las palabras bueno y malo se usan aquí con un sentido especial que era bastante corriente en el griego en que se escribió el Nuevo Testamento.

La palabra para bueno es haplus, con su nombre correspondiente haplotés. En el griego de la Biblia, por lo general estas palabras quieren decir generoso y generosidad. SantiagoJas. nos dice que Dios da generosamente (Jam_1:5 ), y el adverbio que usa es haplós. En Rom_12:8 , Pablo exhorta a sus amigos a dar con generosidad (haplós); y le recuerda a la iglesia corintia la liberalidad (haplotés) de las iglesias de Macedonia, y los exhorta a tener generosidad con todos los hombres (2Co_9:11 ). Es el ojo generoso lo que Jesús recomienda aquí.

La palabra que la Reina-Valera traduce por malo es ponérós. No cabe duda de que ese es el sentido normal de la palabra; pero tanto en el Nuevo Testamento como en la Septuaginta ponérós quiere decir corrientemente tacaño o avaricioso. Deuteronomio habla del deber de prestarle a un hermano que tiene necesidad. Pero la cosa se complicaba por el hecho de que cada siete años había uno cuando se cancelaban todas las deudas. Podría ser, por tanto, que estuviera cerca ese séptimo año, y que un hombre calculador se negara a ayudar, no fuera que el otro se aprovechara del séptimo año para no devolver su deuda. Por eso la ley establece: «Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: «Cerca está el séptimo año, el de la remisión,» para mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada, pues él podría clamar contra ti al Señor y se te contaría como pecado» (Deu_15:9 ). Está claro que ponérós aquí quiere decir tacaño, avaricioso, egoísta. El consejo del proverbio es: «No comas pan con el avaro ni codicies sus manjares, porque como son sus pensamientos íntimos, así es él. «Come y bebe» -te dirá, pero su corazón no está contigo. Vomitarás el bocado que comiste, y habrás malgastado tus suaves palabras» (Pro_23:6 ). Es decir: «No aceptes la hospitalidad de uno que hace que se te atragante cada bocado.» Otro proverbio dice: «El avaro se apresura a enriquecerse, sin saber que caerá en la indigencia» (Pro_28:22 ).

Así es que Jesús está diciendo: «No hay nada como la generosidad para darte una visión clara y sin deformaciones de la vida y de las personas; y no hay nada como un espíritu tacaño y mezquino para deformar tu visión de la vida y de las demás personas.»

(i) Debemos ser generosos en nuestro juicio de los demás. «Piensa mal y acertarás,» proclama con deleite malicioso el dicho español una tendencia general de la naturaleza humana a pensar lo peor. Todos los días de la vida se masacran reputaciones de personas inocentes mientras se toman unas cañas, o en grupos chismosos cuyos juicios están empapados de veneno. El mundo se libraría de muchos quebraderos de cabeza y de corazón si atribuyéramos a las acciones de nuestros semejantes, no las peores, sino las mejores intenciones.

(ii) En su biografía de Mark Rutherford, Catherinne Macdonald Maclean habla de los días cuando Mark Rutherford vino a trabajar en Londres: «Fue por aquel tiempo cuando se puede notar en él el principio de esa «entrañable piedad por las almas humanas,» que había de llegar a ser algo habitual en él… La pregunta ardiente que se hacía, asediado como estaba a veces por la fatalidad de muchos en el distrito en que vivía, era: «¿Qué puedo yo hacer? ¿En qué puedo yo ayudarlos?» Le parecía entonces, como siempre, que cualquier clase de acción tenía más valor que la indignación más vehemente que se pudiera derrochar en palabras.» Cuando Mark Rutherford estaba con el editor Chapman, George Eliot =o Marian Evans, como se llamaba realmente- vivía y trabajaba en el mismo sitio. Algo le impresionó acerca de ella: «Era pobre. Tenía unos ingresos muy reducidos; y, aunque esperaba ganarse la vida como mujer de letras, su futuro era muy incierto. Pero era fantásticamente generosa. Siempre estaba ayudando a los perros cojos en las cercas, y la pobreza de los demás la acongojaba más que la suya propia. Lloraba más amargamente por no poder aliviar debidamente la pobreza de su hermana que por ninguna de sus propias privaciones.»

Es cuando empezamos a tener estos sentimientos cuando empezamos a ver a las personas y las cosas claramente. Es entonces cuando nuestro ojo, y con él todo nuestro cuerpo, llega a estar lleno de luz.

El ojo tacaño, o el espíritu egoísta y mezquino produce tres grandes males.

(i) Nos hace imposible vivir con nosotros mismos. Si uno está siempre envidiando el éxito de otros, y lamentando la felicidad de otros, cerrándole el corazón a la necesidad de otros, llega a ser la más digna de compasión de todas las criaturas: una persona rencorosa, resentida. Le crece dentro una amargura y un resentimiento que le roba su propia felicidad, la priva de su paz y le destruye toda satisfacción.

(ii) Nos hace imposible vivir con otras personas. Todos evitan a una persona mezquina; todos desprecian a una persona de corazón miserable. La caridad cubre una multitud de pecados, pero el espíritu mezquino hace inútiles una multitud de virtudes. Por muy mala que sea una persona generosa, siempre tendrá otras que la quieran; y por muy buena que sea una persona mezquina, todos la aborrecerán.

(iii) Nos hace imposible vivir con Dios. No hay nadie tan generoso como Dios; y, en último análisis, no puede haber ninguna relación entre dos personas que dirigen sus vidas con principios diametralmente opuestos. No puede haber ninguna relación entre el Dios Que tiene el corazón inflamado de amor y la persona que lo tiene congelado de mezquindad.

El ojo tacaño deforma nuestra visión; sólo el ojo generoso ve claramente, porque sólo él ve como Dios ve.

EL SERVICIO EXCLUSIVO

Nadie puede ser esclavo de dos amos; porque, o aborrecerá a uno y querrá al otro, o se pondrá de parte de uno y despreciará al otro. No se puede ser esclavo de Dios y de las cosas materiales.

Para los que vivían en el mundo antiguo, este dicho era todavía más gráfico que para nosotros. La Reina-Valera lo traduce: «Ninguno puede servir a dos señores.» Pero eso no se acerca a la fuerza del original. La palabra que traduce servir es duleuein; dulos es un esclavo; y duleuein quiere decir ser esclavo de alguien. La palabra que la R-V traduce señores es kyrios, y kyrios es la palabra que denota absoluta propiedad. Comprendemos mejor el sentido si lo traducimos: «Nadié puede ser esclavo de dos amos.»

Para entender todo lo que esto quiere decir e implica debemos recordar dos cosas sobre los esclavos en el mundo antiguo. Primero, un esclavo no era una persona, sino una cosa, a los ojos de la ley. No tenía absolutamente ningunos derechos; su amo podía hacer con él lo que le diera la gana. A los ojos de la ley, el esclavo era una herramienta viva. Su amo le podía vender, apalear, expulsar y hasta matar. Su amo era su propietario tan totalmente que poseía todo lo que fuera o tuviera. Segundo, en el mundo antiguo un esclavo no tenía literalmente nada de tiempo para sí mismo. Cada momento de su vida pertenecía a su amo. En las condiciones actuales de vida, una persona tiene ciertas horas para trabajar y, fuera de esas horas de trabajo, las restantes son suyas. De hecho es posible a menudo el que una persona encuentre los intereses reales de su vida fuera de las horas de su trabajo. Puede que trabaje en una oficina durante el día, y que toque el violín en una orquesta por la noche; y puede que sea en su música donde encuentre su vida real. O puede que trabaje en una mina o en una fábrica durante el día y dirija un club de jóvenes por la noche, y que sea en esto último donde encuentre más compensaciones y la expresión verdadera de su personalidad. Pero esto no le era posible a un esclavo. El esclavo no tenía ni un momento de tiempo que le perteneciera. Todos sus momentos pertenecían a su amo, y toda su persona estaba siempre a disposición de su amo.

Esta es, pues, nuestra relación con Dios. En relación con Dios no tenemos derechos propios; Dios debe ser el dueño indiscutible de nuestras vidas. No podemos preguntarnos nunca: «¿Qué quiero yo hacer ahora?» Siempre debemos preguntarnos: «¿Qué quiere Dios que haga ahora?» No tenemos tiempo que sea exclusivamente nuestro. No podemos decir unas veces: «Haré lo que Dios quiera que haga,» y otras: «Haré lo que yo quiera.» El cristiano no tiene un tiempo en que no es cristiano; no hay ningún momento en que puede bajarse el listón o estar fuera de servicio. Un servicio de Dios a tiempo parcial o intermitente no basta. Ser cristiano tiene que ser a pleno tiempo. En ningún otro sitio de la Biblia se nos presenta más claramente el servicio exclusivo que Dios demanda.

Jesús continúa diciendo: «No podéis servir a Dios y a mamoná» (R-V.95, nota). Esta era la palabra hebrea para las posesiones materiales. En su origen no era una palabra mala. Los rabinos, por ejemplo, tenían un dicho: «Que el mamoná de tu prójimo te sea tan digno de respeto como el tuyo propio.» Es decir: uno debería considerar las posesiones materiales de su prójimo como algo tan sagrado como las suyas. Pero la palabra mamoná tuvo una historia de lo más curiosa y reveladora. Procede de una raíz que quiere decir confiar un depósito; y mamoná era lo que uno le confiaba al banquero o a la empresa de seguridad que fuera para que se lo guardara de todo riesgo. Pero, conforme fueron pasando los años, mamoná llegó a significar, no lo que uno confía, sino aquello en lo que uno confía. Así pues, mamoná acabó escribiéndose con mayúscula Mamoná- y a considerarse como nada menos que un dios.

La historia de esta palabra muestra bien a las claras que las posesiones materiales pueden llegar a usurpar un lugar en la vida que no estaba programado que ocuparan. En principio, las posesiones materiales de una persona eran las cosas que se confiaban a otra persona para que las tuviera a salvo; por último, llegaron a ser las cosas en las que la persona ponía su confianza.

No se puede describir mejor el dios de una persona que diciendo que es el poder en el que confía; y cuando se pone la confianza en las cosas materiales, estas se han convertido, no en su apoyo, sino en su dios.

LUGAR DE LAS POSESIONES MATERIALES

Este dicho de Jesús nos obliga a plantearnos el lugar que deben ocupar en nuestra vida las posesiones materiales. La enseñanza de Jesús descansa sobre tres grandes principios.

(i) En último análisis, todas las cosas pertenecen a Dios. La Escritura lo deja bien claro. « Del Señor es la Tierra y todo lo que hay en ella; el mundo, y todos los que lo habitan» (Psa_24:1 ). «Porque Mías son todas las bestias del bosque, y el ganado de un millar de collados… Si Yo tuviera hambre, no te lo diría a ti, porque el mundo y todos los seres que habitan en él son Míos» (Psa_50:10; Psa_50:12 ).

En las parábolas de Jesús, es el amo el que les confía sus talentos a sus siervos (Mat_25:15 ), y el propietario el que les confía su viña a sus campesinos (Mat_21:33 ). Este principio tiene consecuencias incalculables. Las personas pueden comprar y vender cosas; hasta cierto punto pueden cambiarlas y organizarlas, pero no crearlas. El propietario indiscutible de todas las cosas es Dios. No hay nada en el mundo que uno pueda decir: «Esto es mío,» sino solamente: «Esto pertenece a Dios, Que me permite usarlo.»

De aquí surge un gran principio de la vida. No hay nada en el mundo de lo que nadie pueda decir: «Esto es mío, y hago con ello lo que me da la gana.» Por el contrario, lo que debe decir es: «Esto es de Dios, y debo usarlo como quiere su Propietario.» Se cuenta de una niña de la ciudad a la que llevó su maestra un día al campo. No había visto nunca tantas flores juntas. Se volvió a su maestra, y le dijo: «¿Cree usted que a Dios Le molestará que coja algunas de Sus flores?» Esa es la actitud correcta con la vida y todo lo que hay en el mundo.

(ii) El segundo principio básico es que las personas son siempre más importantes que las cosas. Si se adquieres las posesiones, si se amasa el capital, si se acumula la riqueza a costa de tratar a las personas como cosas, entonces todas esas riquezas son malas. Siempre y cuando se olvide ese principio, o no se tenga en cuenta, o se viole, se producirá irremisiblemente un desastre a gran escala.

En muchos países industrializados, en el día de hoy estamos sufriendo en el mundo de las relaciones industriales las consecuencias de haber tratado a las personas como cosas en los días de la revolución industrial. Sir Arthur Bryant cuenta en su English Saga algunas de las cosas que sucedían entonces. Se empleaban niños de siete y ocho años -y hasta hay un caso de uno de tres años- para trabajar en las minas. Algunos de ellos arrastraban carretillas por aquellas galerías andando a gatas; otros bombeaban el agua metidos en ella hasta las rodillas doce horas al día; otros, a los que llamaban «los tramperos,» abrían y cerraban las puertas para la ventilación, encerrados en cámaras hasta dieciséis horas al día. En 1815 los niños trabajaban en los molinos desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche sin ni siquiera medio día libre los sábados, y con nada más que media hora para el desayuno y otra media para la comida. En 1833 había 84,000 niños menores de 14 años en las fábricas. Hasta se conoce el caso de niños que ya no se necesitaban, que los echaban a la deriva. Los empresarios objetaban a la expresión «echar a la deriva,» y decían que los niños habían sido puestos en libertad. Reconocían que los niños lo podían tener crudo. «Tendrían que intentar sobrevivir pidiendo limosna o algo así.» En 1842, a los tejedores de Bumley les pagaban siete peniques y medio al día, y a los mineros de Staffordshire dos chelines y medio. Hubo algunos que reconocieron la locura criminal de aquella sociedad. Carlyle tronaba: «Si la industria del algodón está fundada sobre los cuerpos de niños escuálidos, debe desaparecer; si el diablo se apodera de tus fábricas de algodón, ciérralas.» Se pretendía que la mano de obra barata era necesaria para mantener los precios bajos. Coleridge contestaba: «Habláis de hacer este artículo más barato reduciendo su precio en el mercado de 8 peniques a 6. Pero daos cuenta de que al hacerlo habéis debilitado a vuestro país frente a los enemigos extranjeros; daos cuenta de que habéis desmoralizado a miles de vuestros compatriotas, y habéis sembrado el descontento entre una y otra clases de la sociedad. Vuestro artículo sale intolerablemente caro por lo que yo veo.»

Es indudable que las cosas han cambiado considerablemente desde entonces; pero hay tal cosa como la memoria de la raza. En lo hondo de la memoria inconsciente de la gente quedó grabada indeleblemente la impresión de aquellos días. Siempre que se trata a las personas como cosas, como máquinas, como instrumentos de producción y de enriquecimiento de los que los emplean, el desastre será la consecuencia de esa situación tan naturalmente como al día sigue la noche. Una nación solo olvida a su riesgo el hecho fundamental de que las personas son siempre más importantes que las cosas.

(iii) El tercer principio es que la riqueza material es siempre un bien subordinado. La Biblia no dice que «el dinero es la causa de todos los males;» pero sí dice que «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Timoteo_6:10 ). Es muy posible encontrar en las cosas materiales lo que ha llamado alguien «una salvación rival.» Una persona puede que crea que, porque es rica, puede comprarlo todo, y salir airosa de cualquier situación. La riqueza se puede convertir en su vara de medir; puede llegar a ser un único deseo, la única arma para enfrentarse con la vida. Si se desean los bienes materiales para tener una independencia honrosa, para ayudar a la familia y hacer algo por los semejantes, eso está bien; pero si se desean simplemente para amontonar placeres, y para multiplicar el lujo; si la riqueza se ha convertido en el fin principal del hombre, por y para lo que uno vive, ha dejado de ser un bien subordinado, y ha usurpado el lugar que sólo Dios debe ocupar en la vida.

Una cosa surge de todo esto: el poseer riqueza, dinero, cosas materiales, no es un pecado, pero sí una tremenda responsabilidad. Si uno posee muchas cosas materiales, no es algo por lo que se le deba felicitar, sino por lo que se deba orar, para que las use como Dios manda y quiere.

DOS GRANDES CUESTIONES ACERCA DE LAS POSESIONES

Las posesiones nos plantean dos cuestiones importantes, y todo dependerá de las respuestas que demos a esas cuestiones.

(i) ¿Cómo obtuvo una persona sus posesiones? ¿De una manera que le gustaría que Jesucristo pudiera ver, o de una manera que querría ocultarle a Jesucristo?

Una persona puede obtener sus posesiones a expensas de su honradez y honor. George Macdonald nos cuenta la historia de un tendero de aldea que se hizo muy rico. Siempre que medía tela, la medía con los dos dedos gordos dentro de la medida, así que siempre medía de menos. George Macdonald dice de él: «Se lo restaba a su alma, y se lo sumaba a su bolsa.» Uno puede enriquecer su cuenta corriente a expensas de empobrecer su alma.

Una persona puede obtener sus posesiones aplastando intencionadamente a algún rival más débil. El éxito de muchos está basado en el fracaso de otros. La prosperidad de muchos se ha conseguido a base de echar a la cuneta a otros. Es imposible comprender cómo una persona que prospera así puede dormir por la noche.

Una persona puede obtener sus posesiones a expensas de obligaciones más elevadas. Robertson Nicoll, el gran editor, nació en una casa pastoral del Nordeste de Escocia. Su padre tenía una sola pasión: Comprar y leer libros. Era pastor y nunca ganaba más de doscientas libras al año; pero se hizo con la biblioteca privada más grande de Escocia, llegando a los 17.000 libros. No los usaba para sus sermones; sencillamente estaba loco por poseerlos y leerlos. Cuando tenía cuarenta años se casó con una chica de veinticuatro. A los ocho años, ella murió de tuberculosis; de una familia de cinco, sólo dos pasaron de los veinte años. El crecimiento canceroso de los libros llenaba todas las habitaciones y pasillos de la casa pastoral. Puede que fuera la delicia del poseedor de los libros, pero mató a su mujer y a su familia.

Hay posesiones que se adquieren a un precio demasiado elevado. Uno se debe preguntar: «¿Cómo adquiero yo las cosas que poseo?»

(ii) ¿Cómo usa una persona sus posesiones? Una persona puede que use las cosas que ha adquirido de varias maneras.

Puede que no las use en absoluto. Puede que padezca la manía avarienta que se deleita sencillamente en poseer. Sus posesiones puede que sean totalmente inútiles -y la inutilidad siempre invita al desastre.

Puede que las use de una manera totalmente egoísta. Puede que una persona quiera tener más sueldo simplemente para tener un coche más grande, un aparato nuevo de televisión, y unas vacaciones más caras. Puede que piense en sus posesiones sencilla y únicamente en términos de lo que pueden hacer por él.

Puede que las use malvadamente. Uno puede usar sus posesiones para persuadir a algún otro a hacer las cosas que no tiene derecho a hacer, o vender lo que no tiene derecho a vender. Se ha sobornado o seducido al pecado a muchos jóvenes con el dinero de algún otro. La riqueza da poder, y una persona corrompida puede usar sus posesiones para corromper a otros -y eso es un pecado muy terrible a los ojos de Dios.

Una persona puede que use sus posesiones para su propia independencia y para la felicidad de otros. No se necesita una gran fortuna para hacer eso, porque una persona puede ser lo mismo de generosa con cien pesetas como con un millón. Uno no puede equivocarse mucho si usa sus posesiones para ver cuánta felicidad puede llevar a otros. Pablo recuerda un dicho de Jesús que se habría olvidado a no ser por él: «Es más bienaventurado el dar que el recibir» (Act_20:35 ). Es una característica de Dios el dar; y, si en nuestras vidas apreciamos el dar por encima del recibir, usaremos lo que poseamos como es debido, sea mucho o poco.

LA ANSIEDAD PROHIBIDA

Yo, por tanto, os digo: No os preocupéis por vuestra vida, de lo que vais a comer, o a beber; ni os preocupéis por vuestro cuerpo, de lo que os vais a poner. ¿Es que no consiste vuestra vida nada más que en comida, o vuestra persona en cómo vestís? Fijaos en los pajarillos del aire, que ni siembran, ni siegan, ni recogen en silos, y sin embargo vuestro Padre celestial los alimenta. ¿Es que no valéis vosotros más que ellos? ¿Es que le vais a sacar al preocuparos el prolongar vuestra vida una cuarta? ¿Y por qué os preocupáis tanto de cómo vais a vestir? Aprended la lección de los lirios del campo, y de cómo se arreglan. Ni se afanan, ni hilan; pero os aseguro que ni Salomón, con toda la gloria que tuvo, se vistió nunca como cualquiera de ellos. Si Dios viste asía la hierba del campo, que existe hoy y mañana la echan al horno, ¿no os vestirá a vosotros con mucha más razón, so «poca fes»?

Así que no os preocupéis por nada preguntándoos qué vais a comer, o a beber, o a vestir; porque es típico de los paganos el no afanarse más que por esas cosas. Pero vosotros, dad prioridad en vuestras vidas al Reino de Dios y a Su Justicia, y todo lo demás se os dará de propina.

Así que, no os preocupéis por el día de mañana, que ya se preocupará él de sí mismo. Bastantes problemas tiene ya uno con los de cada día.

Debemos empezar nuestro estudio de este pasaje asegurándonos de que entendemos lo que Jesús está prohibiendo y lo que está demandando. La Versión Autorizada inglesa lo traduce por algo así como: «No penséis en el mañana.» Parecerá extraño, pero esa fue la primera versión inglesa que lo tradujo de esa manera. De los traductores anteriores, Wyclif puso el equivalente de: «No os afanéis por vuestra vida,» que es lo que decía la Reina-Valera. 1960. Otros traductores ingleses anteriores, Tyndale, Cranmer y la Biblia de Ginebra ponían algo así como: « No tengáis cuidado por vuestra vida.» Usaban la expresión en el sentido literal de estar llenos de cuidados. Las versiones antiguas eran de hecho más acertadas. No es la previsión normal y prudente que es propia del ser humano lo que Jesús prohíbe aquí; es la preocupación. Jesús no aboga aquí por una actitud descuidada, imprevisora, pasota, de ir a salto de mata por la vida; lo que prohíbe es el cuidado timorato y paralizador que se quita toda la alegría de la vida.

La palabra que se usa aquí en el original es merimnán, que quiere decir preocuparse ansiosamente (cp. «No os congojéis,» antigua Reina-Valera; «No os angustiéis,» Reina-Valera 1995). El nombre correspondiente es mérimna, que quiere decir preocupación, ansiedad. En una carta escrita en un papiro, una mujer le escribe a su marido ausente: «No puedo dormir ni de noche ni de día, por la preocupación (mérimna) que tengo de si te encontrarás bien.» Una madre, al tener noticias de la buena salud y prosperidad de su hijo, le contesta a su carta: «Esa era toda mi oración y toda mi ansiedad (mérimna).» El poeta Anacreonte escribe: «Cuando bebo vino, se me adormecen las preocupaciones (mérimna).» Esta palabra es la normal en griego para la ansiedad, la preocupación y el cuidado.

Los mismos judíos estaban muy familiarizados con esta actitud ante la vida. Sus grandes rabinos enseñaban que un hombre debía enfrentarse con la vida con una combinación de prudencia y serenidad. Insistían, por ejemplo, que todos los padres debían enseñarles a sus hijos una profesión; porque, decían, el no enseñarles una profesión era enseñarles a robar. Es decir: creían en dar todos los pasos necesarios para llevar una vida prudente. Pero al mismo tiempo decían: «El que tiene un pan en la cesta, y dice: «¿qué comeré mañana?» es un hombre de poca fe.»

Jesús está aquí enseñando una lección que sus compatriotas ya sabían muy bien: la lección de la prudencia y de la previsión y de la serenidad y de la confianza combinadas.

LA PREOCUPACIÓN Y SU CURA

En estos diez versículos Jesús establece siete distintos argumentos y defensas contra la preocupación.

(i) Empieza indicando (versículo 25) que Dios nos dio la vida; y, si Él nos dio la vida, no debemos dudar en confiar en Él para las cosas más pequeñas. Si Dios nos dio la vida, seguro que podemos confiar en que Él nos dará el alimento para sustentarla. Si Dios nos dio cuerpos, seguro que podemos confiar en que Él nos dará la ropa para vestirlos. Si alguien nos hiciera un regalo de precio incalculable, seguro que no se tratará de una persona tacaña, y mezquina, y descuidada, y olvidadiza acerca de regalos menos costosos. Así que, el primer argumento es que, si Dios nos ha dado la vida, podemos confiar en que El nos dará las cosas necesarias para mantenerla.

(ii) Jesús pasa a hablar de los pájaros (versículo 26). No viven con ansiedad, no intentan amontonar recursos para un futuro invisible e imprevisible; y sin embargo se mantienen vivos. Más de un rabino judío encontraba fascinante la manera de vivir de los animales. «En toda mi vida -decía rabí Simeón- no he visto nunca a un ciervo que se dedicara a secar higos, ni a un león que fuera mozo de cuerda, o a un zorro que fuera comerciante; y sin embargo todos vivían sin preocupación. Si ellos, que fueron creados para estar a mi servicio, se mantienen sin preocupación, ¡cuánto más debería yo, que he sido creado para servir a mi Hacedor, alimentarme sin preocupación! Pero he corrompido mis caminos, y así he echado a perder mi sostenimiento.» El detalle de lo que Jesús está diciendo no está en que los pájaros no trabajan; se ha dicho que nadie trabaja tanto como un gorrión medio para ganarse la vida; la lección que quiere enseñarnos es que los pájaros no se preocupan. No se puede encontrar en ellos el estrés de las personas acerca de un futuro que no pueden ver ni prever, tratando de encontrar su seguridad en las cosas que almacenan y acumulan para el futuro.

(iii) En el versículo 27, Jesús pasa a demostrar que la preocupación es inútil en cualquier caso. El versículo admite dos sentidos. Puede querer decir que ninguna persona, a base de preocuparse puede añadir un codo a su estatura; pero un codo son 45 centímetros, ¡y seguro que no hay nadie que quiera añadir 45 centímetros a su estatura! Puede querer decir que ninguna persona, a fuerza de preocuparse, puede alargar su vida un breve espacio; y este sentido es el más probable. Lo que Jesús dice es que la preocupación no tiene sentido en ningún caso.

(iv) Jesús pasa a hablar de las flores (versículos 28-30), y habla como Uno que las ama. Los lirios del campo eran las amapolas y las anémonas escarlatas. Eran flores de un día en las laderas de Palestina; y sin embargo, en su breve vida, se vestían con un belleza que superaba la de los mantos de los reyes. Cuando morían, las usaban para nada mejor que encender el fuego. El detalle es el siguiente. Los hornos de Palestina se hacían de arcilla. Eran como una caja de arcilla colocada sobre unos ladrillos encima del fuego. Cuando se quería subirle la temperatura rápidamente, se echaban unos manojos de hierba y de flores silvestres secas dentro del horno, y se les prendía fuego. Las flores no tenían más que un día de vida; y luego les prendían fuego para ayudar a una mujer a calentar el horno cuando estaba cociendo con prisa; y sin embargo Dios las viste con una belleza que está más allá de la capacidad humana el imitar. Si Dios le da tal belleza a una florecilla efímera, ¡cuánto más tendrá cuidado de una persona! No cabe duda que a la generosidad que es tan pródiga con la flor de un día no se le pasará por alto la persona humana, que es la corona de la creación.

(v) Jesús pasa a presentar un argumento fundamental contra la preocupación. La preocupación, dice, es característica de los paganos, y no de los que saben cómo es Dios (versículo 32). La preocupación es en esencia desconfiar de Dios. Tal desconfianza se puede entender en un pagano que cree en un dios celoso, caprichoso e impredictible; pero es incomprensible en una persona que ha aprendido a llamar a Dios con el nombre de Padre. El cristiano no se puede preocupar, porque cree en el amor de Dios.

(vi) Jesús pasa a presentar dos maneras en que se puede derrotar la preocupación. La primera es buscar primero, concentrarse, en el Reino de Dios. Ya hemos visto que estar en el Reino y hacer la voluntad de Dios son una y la misma cosa (Mat_6:10 ). El concentrarse en hacer, y en aceptar, la voluntad de Dios es la manera de derrotar la preocupación. Sabemos cómo, en nuestra propia vida, un gran amor puede desplazar cualquier otro interés. Una amor así puede inspirar la obra de una persona, intensificar su estudio, purificar su vida, dominar todo su ser. Jesús estaba seguro de que se destierra la preocupación cuando Dios llega a ser el poder dominante de nuestras vidas.

(vii) Por último, Jesús dice que podemos derrotar la preocupación cuando adquirimos el arte de vivir al día (versículo 34). Los judíos tenían un dicho: «No te preocupes por los males del mañana, porque no sabes lo que traerá el día de hoy. Tal vez mañana no estés vivo, y te habrás preocupado por un mundo que ya no será el tuyo.» Si viviéramos cada día como viene, si cumpliéramos cada tarea como se nos presenta, entonces la suma de todos los días no podría ser sino buena. Jesús nos aconseja que atendamos a las demandas de cada día según nos vayan llegando, sin preocuparnos acerca del futuro desconocido y de cosas que a lo mejor no suceden nunca.

LA LOCURA DE LA ANSIEDAD

Veamos ahora si podemos agrupar los argumentos de Jesús en contra de la preocupación.

(i) La preocupación es innecesaria, inútil y hasta positivamente perjudicial. La preocupación no puede afectar al pasado, porque el pasado ha pasado. `Umar Jayyám estaba lúgubremente en lo cierto:

El dedo ágil escribe, y habiendo escrito pasa; ni toda la piedad ni la sabiduría le podrán inducir a borrar media línea, ni del mundo las lágrimas a borrar una letra.

El pasado ha pasado. No es que uno pueda o deba disociarse de su pasado; pero debe usarlo como un acicate y una guía para actuar mejor en el futuro, y no como algo que sigue rumiando hasta sumirse en el estrés.

El preocuparse tampoco puede afectar al futuro. Alistair MacLean, en uno de sus sermones, cuenta una historia que había leído. El héroe era un médico de Londres. «Estaba paralizado y reducido a la cama, pero casi inconteniblemente alegre, y tenía una sonrisa tan valiente y radiante que hacía que nadie le tuviera lástima. Sus hijos le adoraban; y, cuando uno de sus chicos estaba a punto de dejar el nido para lanzarse a la aventura de la vida, el doctor Greatheart le dio un buen consejo: «Johnny -le dijo-, lo que hay que hacer, chico, es mantener la cabeza bien alta, como un caballero; y ten la bondad de acordarte de que los problemas más gordos que hay que arrostrar son los que nunca se presentan.»» El preocuparse por el futuro es trabajo perdido, y el futuro de la realidad rara vez es tan malo como nos lo presentan nuestros miedos.

Pero la preocupación es todavía peor que inútil; a menudo es activamente perjudicial. La dos enfermedades típicas de la vida moderna son la úlcera de estómago y la trombosis coronaria, y en muchos casos ambas son el resultado del estrés. Es un hecho en medicina que el que más ríe es el que tiene una vida más larGálatasGa. La preocupación que desgasta la mente desgasta también todo el cuerpo. La preocupación afecta el juicio de una persona, reduce sus poderes de decisión y le hace cada vez más incapaz de enfrentarse con la vida. Que cada uno se porte lo mejor posible en cada situación -no se le puede pedir más-, y que Le deje el resto a Dios.

(ii) La preocupación es cieGálatasGa. La preocupación se niega a aprender la lección de la naturaleza. Jesús nos invita a fijarnos en los pájaros, y ver la abundancia generosa que hay en la naturaleza, y a poner nuestra confianza en el amor que inspira esa generosidad. La preocupación se niega a aprender la lección de la Historia. Hubo un salmista que se animaba al recordar la Historia. « Dios mío, mi alma está abatida en mí -clamaba; y entonces prosigue-: Por tanto, me acordaré de Ti desde la tierra del Jordán y del Hermón, desde el monte Mizar» (Psa_42:6 ; cp. Deu_3:9 y Salmo 77). Cuando todo se ponía en contra suya, se animaba con el recuerdo de lo que Dios había hecho. La persona que alimenta su corazón con la historia de lo que Dios ha hecho en el pasado no se angustiará nunca por el futuro. La preocupación se niega a aprender la lección de la vida. Todavía estamos vivos y tenemos la cabeza fuera del agua; y todavía, si alguien nos hubiera dicho que teníamos que pasar todo lo que ya hemos pasado, le habríamos dicho que era imposible. La lección que nos da la vida es que, de alguna manera, se nos ha capacitado para soportar lo insoportable y hacer lo imposible y pasar la barrera del dolor sin desintegrarnos. La lección de la vida es que la preocupación es innecesaria.

(iii) La preocupación es esencialmente atea. No son las circunstancias externas las que causan la preocupación. En la misma circunstancia, una persona puede estar perfectamente serena, y otra se muere de ansiedad. Tanto la preocupación como la serenidad vienen, no de las circunstancias, sino del corazón. Alistair MacLean cita una historia del místico alemán Taulero. Cierto día, Taulero se encontró con un mendigo. «Que Dios te dé un buen día, amigo,» le dijo; y el mendigo le contestó: «Gracias a Dios, no he tenido nunca un mal día.» Entonces Taulero le dijo: «Que Dios te dé una vida feliz, amigo.» «Gracias a Dios -dijo el mendigo-, siempre soy feliz.» Taulero le dijo sorprendido: « ¿Qué quieres decir?» «Bueno -dijo el mendigo-, cuando hace bueno, doy gracias a Dios; cuando llueve, doy gracias a Dios; cuando tengo bastante, doy gracias a Dios; cuando tengo hambre, doy gracias a Dios; y puesto que la voluntad de Dios es mi voluntad, y lo que a El Le agrada me agrada a mí, ¿por qué iba yo a decir que no soy feliz cuando lo soy?» Taulero se le quedó mirando alucinado, y le preguntó: «¿Quién eres tú?» «Soy un rey,» le contestó el mendigo. Taulero le preguntó: «¿Y dónde está tu reino?» Y el mendigo le contestó tranquilamente: «En mi corazón.»

Ya lo dijo Isaías hace mucho tiempo: «Tu guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento en Ti persevera, porque en Ti ha confiado» (Isa_26:3 ). Como decía la mujer del Norte: «Yo soy siempre feliz; y mi secreto es navegar siempre los mares, y mantener mi corazón en el puerto.»

Puede que haya pecados más graves que la preocupación, pero seguro que no hay ninguno que incapacite más. «No penséis angustiosamente en el mañana» -es el mandamiento de Jesús; y es el camino, no solo a la paz, sino también al poder.

El término hipócrita, según se usa aquí, se refiere a la persona que hace buenas obras solo por apariencia, no por compasión ni ningún otro motivo bueno. Sus acciones pueden ser buenas pero sus motivos son malos. Esos actos vacíos son su recompensa, mientras que Dios premiará a los que son sinceros en su fe.

Cuando Jesús dice «no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha», quiere significar que nuestros motivos para dar deben ser puros. Es fácil dar con motivos mixtos, hacer algo en favor de alguien si nos va a beneficiar en alguna manera. Los creyentes debieran evitar todo artificio y dar solo por la satisfacción de dar y así responder al amor de Dios. ¿Cuál es su motivación al dar?

Es muy fácil dar por reconocimiento y alabanza. Para asegurarnos de que nuestros motivos no son egoístas debiéramos realizar nuestras buenas obras quieta y silenciosamente, sin esperar recompensa. Jesús dice que debemos revisar nuestros motivos en cuanto a generosidad (6.4), oración (6.6) y ayuno (6.18). Estas obras no deben ser egocéntricas, sino teocéntricas, y no para hacernos lucir bien, sino para hacer a Dios lucir bien. La recompensa que Dios promete no es material y nunca es dada a los que la buscan. Hacer algo solo para nosotros no es un sacrificio de amor. Cuando tenga la oportunidad de hacer una buena obra, pregúntese: «¿Haría esto aunque nadie lo supiera?»

Algunas personas, especialmente los líderes religiosos, querían que los vieran como «santos», y la oración pública era una de las maneras que empleaban para lograrlo. Jesús vio más allá de sus actos de justicia propia y enseñó que la esencia de la oración no radica en lo que se dice (ni cómo ni dónde), sino en la comunicación con Dios. Es válido orar en público, pero orar solo donde vamos a ser vistos es una indicación de que nuestra audiencia verdadera no es Dios.

Algunas personas piensan que repetir las mismas palabras una y otra vez, como un encantamiento, hará que Dios les oiga. No es erróneo acercarnos a Dios con la misma petición; Jesús nos anima a que elevemos oraciones persistentes. Pero condena las repeticiones triviales que no se elevan con un corazón sincero. Nunca se ora demasiado si nuestras oraciones son sinceras.

Esta oración puede ser un modelo para nuestras oraciones. Debemos alabar a Dios, orar por su obra en el mundo, orar por nuestras necesidades cotidianas y orar solicitando su ayuda en nuestros conflictos diarios.

La frase «Padre nuestro que estás en los cielos» indica que Dios no solo es majestuoso y santo, sino también personal y amoroso. El primer renglón de esta oración modelo es una declaración de alabanza y dedicación a honrar el nombre santo de Dios. Honramos el nombre de Dios al usarlo con respeto. Si usamos el nombre de Dios ligeramente, no tomamos en cuenta la santidad de Dios.

La frase «Venga tu reino» es una referencia al reino espiritual de Dios, no a que Israel fuera liberada del yugo de Roma. El Reino de Dios fue anunciado en el pacto con Abraham (8.11; Luk_13:28), está presente en el reinado de Cristo en el corazón de cada creyente (Luk_17:21), y será completado cuando la maldad sea destruida y El establezca nuevos cielos y tierra (Rev_21:1).

Cuando oramos «Hágase tu voluntad», no estamos abandonándonos a la suerte, sino que estamos orando que el propósito perfecto de Dios se cumpla en este mundo como en el más allá.

Cuando oramos «El pan nuestro de cada día dánoslo hoy» reconocemos que Dios es nuestro sustentador y proveedor. Es un 2 pensar que dependemos de nosotros mismos. Confiamos en que Dios cada día ha de proporcionarnos lo que sabe que necesitamos.

Jesús no está sugiriendo que Dios nos guía hacia la tentación. Simplemente está pidiendo que seamos librados de Satanás y sus engaños. Todos los cristianos enfrentamos tentaciones. Algunas veces es tan sutil que inclusive no sabemos qué nos está pasando. Dios nos ha prometido que no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podamos soportar (1Co_10:13). Pídale a Dios que le permita reconocer la tentación, que le dé fuerzas suficientes para enfrentarla y que pueda seguir la senda de Dios. Para mayor información acerca de la tentación, véanse las notas de 4.1.

Jesús nos pone en alerta en cuanto al perdón se refiere: si no queremos perdonar a los demás, tampoco Dios nos perdonará. ¿Por qué? Porque cuando no perdonamos a otros estamos negando lo que tenemos en común como pecadores necesitados del perdón de Dios. El perdón de Dios no es el resultado directo de nuestro acto perdonador hacia otros, sino que está basado en nuestro entendimiento del significado del perdón (véase Eph_4:32). Es fácil pedir a Dios su perdón, pero es difícil darlo a otros. Cuando pidamos a Dios que nos perdone, debemos preguntarnos: «¿He perdonado a las personas que me han herido o agraviado?»

Ayunar, no tomar alimentos con el propósito de emplear el tiempo en oración, es noble y dificultoso. Nos da tiempo para orar, nos enseña autodisciplina, nos recuerda que podemos vivir con mucho menos y nos ayuda a apreciar los dones de Dios. Jesús no estaba condenando el ayuno sino la hipocresía de ayunar con el fin de ganar la aprobación de la gente. El ayuno era obligatorio para los judíos una vez al año, en el Día de la Expiación (Lev_23:32). Los fariseos ayunaban voluntariamente dos veces a la semana para impresionar a la gente con su «santidad». Jesús recomendó actos de autosacrificio hechos en silencio y con sinceridad. Buscó personas que lo sirvieran con buenos motivos, no para satisfacer ansias de alabanza.

El aceite de oliva se usaba como un cosmético similar a una loción. Jesús está diciendo: «Cuando ayunes haz todo lo demás de forma normal. No hagas del ayuno un espectáculo».

Hacer tesoros en el cielo no es solo pagar el diezmo, sino que se logra también con cualquier acto de obediencia a Dios. Hay cierto sentido en que al dar a la obra de Dios estamos invirtiendo en el cielo, pero nuestra intención debería ser buscar el cumplimiento de los propósitos de Dios en todo lo que hacemos, no solo en lo que hacemos con nuestro dinero.

Visión espiritual es nuestra capacidad de ver con claridad lo que Dios quiere hacer en nosotros y ver el mundo a través de sus ojos. Pero este discernimiento espiritual puede ser fácilmente opacado. Los deseos, intereses y metas egoístas bloquean esa visión. Servir a Dios es la mejor manera de restaurarla. El «buen» ojo es el que se fija en Cristo.

Jesús dice que podemos servir solo a un señor. Vivimos en una sociedad materialista donde muchas personas sirven al dinero. Emplean sus vidas en ganar y atesorar, solo para morir y tener que dejarlo todo. Su anhelo de tener dinero y lo que pueden adquirir con él llega a tener mayor preponderancia que su entrega a Dios y que los asuntos espirituales. Lo que atesore le absorberá tiempo y energías para pensar en ello. No caiga en la trampa del materialismo porque «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1Ti_6:10). ¿Podría asegurar, con toda sinceridad, que Dios es su Señor y no el dinero? Una manera de examinarnos es preguntándonos qué ocupa mayormente mis pensamientos, tiempo y esfuerzos.

Jesús contrastó los valores celestiales con los terrenales cuando afirmó que debemos dedicar nuestra lealtad prioritaria a las cosas que no se marchitan, que nadie puede robar y que no envejecen. No debiéramos llegar al extremo de fascinarnos tanto por nuestras posesiones al grado que seamos sus esclavos. Esto significa que debiéramos hacer algunos recortes en caso de que nuestras posesiones estuvieran convirtiéndose en demasiado importantes para nosotros. Jesús está llamando a tomar una decisión que nos permita vivir tranquilamente con lo que tengamos porque hemos elegido lo que es eterno y duradero.

Debido a sus efectos insalubres, nos sugiere no preocuparnos por aquellas cosas que Dios promete suplir. La preocupación puede (1) dañar su salud, (2) dar lugar a que el objeto de su angustia consuma sus pensamientos, (3) mermar su productividad, (4) afectar negativamente la forma en que usted trata a otros, y (5) reducir su capacidad de confiar en Dios. Aquí está la diferencia entre la angustia y la preocupación genuina: la angustia inmoviliza pero la preocupación nos mueve a la acción.

«Buscar el reino de Dios y su justicia» significa buscar su ayuda en primer lugar, saturar nuestros pensamientos con sus deseos, tomar su carácter como modelo y servirle y obedecerle en todo. ¿Qué es lo más importante para usted? Habrá personas, objetos, metas y otros deseos que compitan en cuanto a prioridad. Cualquiera de estos puede sacar a Dios del primer lugar si usted no decide enfáticamente darle el primer lugar en todos los aspectos de su vida.

Planear para el mañana es tiempo bien invertido; afanarse por el mañana es tiempo perdido. Algunas veces es dificultoso notar la diferencia. Planear es pensar con antelación en metas, pasos y fechas, y confiar en la dirección de Dios. Cuando se hace bien, el afán disminuye. El que se afana, en cambio, se ve asaltado por el temor y se le hace difícil confiar en Dios. El que se afana deja que sus planes interfieran en su relación con Dios. No permita que su afán por el mañana afecte sus relaciones con Dios.

JESUS Y LAS LEYES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Referencias y ejemplos de misericordia en el Antiguo Testamento :

Lev_19:18 : «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová».

Pro_24:28-29 : «No seas sin causa testigo contra tu prójimo, y no lisonjees con tus labios. No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra».

Pro_25:21-22 : «Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan. Y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas amontonarás sobre su cabeza, y Jehová te lo pagará».

Lam_3:27-31 : «Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas. Porque el Señor no desecha para siempre».

Lo que parece que Jesús contradice de las leyes del Antiguo Testamento es digno de un cuidadoso análisis. Es muy fácil pasar por alto la gran misericordia con que se escribieron las leyes del Antiguo Testamento. Acabamos de dar varios ejemplos. El sistema de justicia con misericordia que Dios creó se distorsionó con el paso de los años y se convirtió en justificación para la venganza. Lo que Jesús atacó fue la mala aplicación de la Ley.

La práctica de la verdadera justicia, 6:1-18“ El cap. 6 continúa la exposición de la vida práctica implicada en el discipulado cristiano. En la primera parte del capítulo Jesús presenta tres prácticas de piedad religiosa: obras de misericordia, oración y ayuno. El propósito de esta sección es el de señalar la importancia del motivo correcto en prácticas de piedad para poder obtener el favor de Dios. En cada caso, señala primero el motivo inaceptable a Dios (ser visto por los hombres) y luego la manera y el motivo aceptables a Dios.

Algunos líderes erróneamente enseñan que el creyente no debe servir a Dios con miras de ser premiado. Dicen que el servicio debe ser altruista, abnegado, de puro amor; que uno debe ser bueno porque es correcto y no por otro motivo. Sin embargo, Jesús mismo prometió recompensas por soportar fielmente la persecución (5:12), dar de beber un vaso de agua al sediento (10:41) y ministrar a las necesidades de otros (25:14-31). Aun en el juicio final habrá grados de premios de acuerdo a la fidelidad de los súbditos en el reino (Luk_19:11-27). Por otro lado, el que sirve con los ojos puestos en el premio perderá el gozo de servir y quizá el mismo premio. También es importante advertir que los premios que Jesús promete no son de naturaleza material, ni de fama entre los hombres. Su reino es un reino espiritual y los premios son básicamente de la misma naturaleza: satisfacción, gozo, paz, confianza, compañía y a veces, mayores oportunidades de servir.

Otra acotación, a modo de introducción, es que ningún acto es bueno o malo en sí. Lo que determina si un hecho es bueno o malo es la intención, motivo y contexto. Abel y Caín presentaron ofrendas a Dios. Y Jehová miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín ni su ofrenda (Gen_4:4b, 5a). ¿En qué consiste la diferencia? Algunos opinan que fue por la diferencia en la clase de ofrendas: Caín del fruto de la tierra y Abel de las ovejas. Pero seguramente la diferencia fue la actitud de fe de Abel, una motivación más pura. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio superior al de Caín (Heb_11:4). De la misma manera, las tres prácticas de piedad tendrán el agrado de Dios solamente si se realizan con el motivo correcto.

El v. 1 sirve de introducción a las tres prácticas de piedad, como 5:20 para la sección anterior donde demandaba una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Guardaos (v. 1) es un llamado de alerta ante el peligro de cometer una grave falta. Significa esencialmente lo mismo que cuando decimos a nuestros hijos “¡OJO!”, tocando con la punta del índice la mejilla debajo del ojo. La construcción en griego tiene un adverbio de negación, … de no hacer vuestra justicia…, que no se traduce porque en castellano se entiende en la exclamación “guardaos”. Sin embargo, al no usar el adverbio, se pierde algo de la fuerza de la admonición. El término “justicia” (v. 1), de acuerdo al contexto, significa “piedad”, o “práctica religiosa”, y es esencialmente un sinónimo de “obras de misericordia” (v. 2). Claramente el énfasis de la admonición recae sobre el motivo de las prácticas religiosas: para ser visto por ellos (v. 1). El deseo afanoso de obtener la atención, aprobación y aplauso de otros es una tentación constante para los súbditos del reino, especialmente para los líderes.

No es necesariamente malo desear tener la atención y aprobación de los semejantes, siempre y cuando ese deseo esté claramente subordinado al deseo de tener la atención y aprobación de Dios, y que Dios sea glorificado. Jesús mismo insinúa este principio en 5:16. La consecuencia de buscar afanosamente la aprobación de otros es perder la aprobación de Dios. El término “recompensa” (misthón G3408) se refiere a las recompensas que Dios tiene reservadas en el cielo (comp. 5:12, 46; 1Pe_1:4). No se refiere a la salvación en sí.

a“ En la esfera de obras de misericordia,1Pe_6:2-4“ Primeramente, Jesús advierte que hay una manera incorrecta de hacer nuestras “obras de misericordia”. Parece increíble que alguien tuviera tanto afán de obtener la atención de otros que llevara a una persona para tocar una trompeta justo en el momento de realizar un acto de misericordia para asegurar que el mayor número posible de personas prestara atención. Por supuesto, Jesús no critica el acto de misericordia, ni el lugar, sino la manera y la intención. Normalmente, habría mucha gente en las sinagogas y en las calles. La trompeta es un instrumento con sonido penetrante y llamativo. Lo ridículo de llevar a cabo literalmente tal acción ha llevado a algunos a buscar otra explicación más razonable. Por ejemplo, la caja de ofrenda en el templo tenía una boca en forma de embudo metálico. Los que querían llamar la atención se paraban a cierta distancia de la caja y lanzaban monedas en el embudo. Al pegar contra el metal y girar hacia abajo, las monedas hacían un sonido impresionante. Tales explicaciones, sin embargo, parecen forzadas. Sería mejor simplemente tomar esta expresión, “hacer tocar trompeta”, como una expresión figurada para representar la ostentación.

El término “hipócrita” G5273 es la transliteración de una palabra griega compuesta. Significa “el que juzga debajo, o detrás de”. El término se usaba comúnmente para referirse a los actores en los dramas griegos, que “juzgaban detrás de”, es decir, jugaban un papel detrás de una máscara. Representaban a alguien que en realidad no eran. Tal actitud se acepta y se aplaude en un drama, pero no hay otra actitud de parte de los súbditos del reino que Cristo condena más severamente (ver cap. 23). Por supuesto, con esta explicación, no queremos dejar la impresión de que el drama cristiano, y los que participan como actores, desagradan a Cristo. Todo lo contrario, el drama bíblico es un medio muy eficaz para comunicar el evangelio. Este pasaje se refiere a la vida diaria y a las prácticas religiosas en las cuales uno pretende representar, ante el público, lo que no es en su corazón y delante de Dios. Para ser honrados por los hombres (v. 2) significa “ser glorificados”. Nuestra vida y obras deben realizarse con la finalidad de glorificar a Dios (comp. 5:16), no de ser glorificados nosotros.

Ya tienen su recompensa (v. 2b) significa que la tienen completamente; no habrá más. El verbo “tienen” es un término comercial que se usaba para “dar un recibo” cuando uno recibía todo lo que correspondía. Buscaban el aplauso de los hombres y lo lograban, pero nada más. En efecto, “entregaban su recibo”. Crisóstomo decía: “Un hombre puede hacer sus obras delante de los hombres, pero no para que lo vean; y puede hacer sus obras en secreto, para ser reconocido por los demás.”

Después de señalar la manera y motivo que Dios no acepta, Jesús indica cómo hacer las obras de misericordia correctamente. No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha (v. 3) es una expresión que comunica la idea de hacer algo tan silenciosa y secretamente que ni su propia mano se de cuenta. Tomado literalmente, resulta absurdo, pues la mano no es capaz de saber nada. Por otro lado, no se refiere a las ofrendas y diezmos que corresponde entregar en la iglesia, sino a obras de misericordia. Algunos citan este pasaje para criticar un plan sistemático y bien calculado para ofrendar y diezmar. Tal crítica erra por completo el contexto y el propósito de Jesús.

La frase tu Padre que ve en secreto te recompensará (v. 4) no significa que recompensará en secreto. El énfasis está en el hecho de que Dios todo lo ve. No solamente ve la obra de misericordia, sino que observa la intención del corazón y la manera en que el creyente realiza la obra. Nosotros miramos y juzgamos los hechos mayormente por las apariencias visibles, o exteriores. Dios no tiene tales límites. Esta verdad bíblica debe ser una fuente de consolación y paz para el creyente sincero.

b“ En la esfera de la oración, 6:5-15“ En este párrafo Jesús señala la manera de orar que no es aceptable por Dios, luego la manera que agrada al Padre y finalmente presenta un modelo de oración que incluye los elementos y actitudes que agradan a Dios. Jesús no tenía que mandarles a orar, pues era una práctica común de los judíos. Daba por sentado que oraban normalmente tres veces al día, por lo menos. No seáis (v. 5) es realmente un verbo del tiempo futuro, “no seréis”, pero lleva la fuerza de un imperativo. No tenía que mandarles a orar, pero tuvo que mandarles a no orar como los hipócritas. No es tan importante el hecho de que ellos orasen en tal o cual lugar, o de pie. Hay oraciones en la calle y en las sinagogas que agradan a Dios. El énfasis está puesto sobre la intención y la manera de su oración. Los hipócritas amaban los lugares más conspicuos y donde había más personas para admirar su piedad. No solamente oraban en la calle, sino que marcaban el paso para llegar a la esquina de las calles más importantes justo cuando era la hora establecida para orar. El término “calle” significa “lugar ancho y espacioso”, del cual se deriva nuestra palabra “platea”. Tenían la intención de obtener la atención y aplauso de las multitudes en las “plateas”. Hacían de las calles y sinagogas sus “teatros”. Al lograrlo, ya tenían toda su recompensa.

En contraste con la ostentación pública de parte de los hipócritas, Jesús recomienda que busquemos un lugar privado, secreto, donde sólo Dios nos vería. El pronombre personal de segunda persona singular, tu (v. 6), en contraste con la forma plural en el versículo anterior, indica que se trata de una oración personal, no colectiva. Ora a tu Padre (v. 6b) significa que la oración debe dirigirse a Dios con el fin de agradarlo a él, y no a las multitudes. Dirigirse a Dios, y solamente a él, en la oración, en privado y en público, requiere una disciplina rigurosa y un motivo puro. El creyente tiene que decidir de una vez si su principal motivo es el de agradar a Dios, o a las multitudes. La fórmula se repite: Y tu Padre que ve en secreto te recompensará (v. 6c). Jesús no quiso indicar que la oración pública no fuera aceptable a Dios. Jesús mismo oraba en público y también los apóstoles, pero todos ellos mantenían una sólida vida de oración en privado que aseguraba que su motivo era puro al orar en público.

En los vv. 7 y 8, Jesús vuelve a señalar una práctica ineficaz e inaceptable para Dios en la oración: la vana repetición. Explica por qué tal práctica es vana e innecesaria. La razón es que oramos a un Dios que ya sabe todo y que está predispuesto a oírnos y socorrernos. Dos acotaciones importantes surgen de estos dos versículos: (1) Jesús no prohíbe repetir una oración. Jesús oró tres veces en el huerto de Getsemaní esencialmente la misma oración. Jesús alabó la persistencia en la oración en la parábola de la viuda inoportuna (Luk_18:1-8). También el apóstol Pablo oró tres veces para que Dios quitara el aguijón en la carne (2Co_12:7-8). El número tres probablemente debe entenderse no en el sentido estrictamente literal, sino como “muchas veces”. El énfasis en el v. 7 no recae sobre “repeticiones”, sino sobre “vanas”, palabras sin sentido. Shakespeare dice: “Mis palabras suben hacia arriba, mis pensamientos quedan abajo; las palabras sin pensamientos no llegan al cielo.” (2) El hecho de que vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que pidáis (v. 8) no significa que no debemos expresar nuestras necesidades. Por lo contrario, el hecho de que oramos a un Dios que ya sabe todo debe ser un fuerte aliciente para orar más frecuentemente y con más confianza.

La oración modelo (vv. 9-13) es uno de los pasajes bíblicos más conocidos y más citados del NT. Lucas indica que Jesús entregó esta oración modelo a los discípulos cuando ellos le pidieron: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos (Luk_11:1). Jesús destaca siete elementos necesarios en la oración, los cuales tienen una relación directa con el reino de Dios: confianza, reverencia, sometimiento, dependencia, perdón, humildad y adoración. Es apropiado usar esta oración en los cultos públicos y privados ocasionalmente. Por otro lado, el hecho de repetir tantas veces al día “el Padre Nuestro”, en forma mecánica, pensando que tal práctica es meritoria, es entender mal la intención de Jesús. El puso un ejemplo de cómo debemos orar, es decir, utilizando los siete elementos. La notable sencillez de la oración modelo está en agudo contraste con la palabrería de los incrédulos (v. 7).

Padre nuestro que estás en los cielos (v. 9b) es una introducción de confianza. Debemos llegar confiadamente al trono de la gracia (Heb_4:16). Dios es un Padre al cual apelamos en base a su amor, no con el fin de aplacar su ira. Padre nuestro indica la relación filial que tenemos con el Padre por medio de la fe personal en el Hijo. Los judíos, durante el período del AT, conocían a Dios como Padre (comp. Deu_32:6; Job_103:13; Isa_63:16), pero nunca en el sentido íntimo y personal como ahora en la era cristiana. También al decir “nuestro”, estamos reconociendo que otros tienen el mismo derecho y acceso a Dios y que son nuestros hermanos. Que estás en los cielos expresa la trascendencia, alteza y gloria de Dios, y pone en equilibrio la inmanencia expresada en “Padre nuestro”.

Santificado sea tu nombre (v. 9c) es una expresión de reverencia que evita una confianza excesiva. Hay una tendencia de parte de algunos creyentes de tratarse con Dios con términos demasiado familiares, como por ejemplo, “Che”, “Vos”, o “el Viejo de arriba”. Tal actitud dista mucho del concepto de los profetas (Isa_6:1-8), de Jesús y de los apóstoles (Act_9:3-6). Tanta era la reverencia de los judíos ante Dios que usaban con sumo cuidado su nombre, por temor de profanarlo. Esta reverencia les llevó a sustituir la palabra Jehová por “Señor” (Adonai). Aun en la Septuaginta traducían el nombre “Jehová” con el término kurios G2962 , que significa Señor.

Venga tu reino (v. 10a) expresa el deseo del que ora de que el reinado de Dios se concrete. El término griego basileía G932 se usa con tres significados: (1) el territorio sobre el cual el rey reina; (2) la dignidad real, su majestad y gloria; y (3) el ejercicio de su poder soberano, o su reinado efectivo. En este contexto, es mejor entenderlo con el sentido de la tercera acepción. Su reinado llegará a su culminación gloriosa en la parousía G3952, la Segunda Venida de Cristo, cuando todas las personas y todas las cosas se someterán, o serán sometidas, a él (Phi_2:9-11). Pero su reinado llegó en la persona de Cristo (Phi_3:2, ) y está llegando día a día, a medida que más y más personas se someten al reinado de Cristo en sus vidas.

Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra (v. 10b) expresa el deseo de la concreción del reinado de Dios en forma absoluta en la tierra, pues así lo es en el cielo. El verbo significa literalmente “que llegue a ser”. “Voluntad” es la traducción del término griego thélema G2307 que significa el resultado del deseo y propósito de Dios, o sea, lo que él ha deseado. Dios ha revelado su eterno propósito —su voluntad— en la Biblia y supremamente en la persona de su Hijo Jesucristo. El súbdito del reino debe presentarse a su Rey cada día, someterse a su soberanía y prometerle obediencia en llevar a cabo su santa voluntad. En esta forma se concreta el reino de Dios entre los hombres.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy (v. 11a) expresa total dependencia de Dios para proveer para nuestras necesidades. En este versículo Jesús se refiere por primera vez a las necesidades personales. El sometimiento a Dios debe ocupar el primer lugar. Luego, tenemos derecho de pedir aquellas cosas necesarias para llevar a cabo su voluntad. El “pan” representa todas nuestras necesidades materiales: comida, bebida, ropa, techo. Por inferencia, se puede incluir el “pan espiritual” en esta súplica, pero no es la idea básica. Jerónimo, erudito y traductor del siglo IV, entendió que se refería a la eucaristía. Algunos católicos siguen este concepto hoy en día. De cada día es una expresión difícil, pero probablemente debe traducirse “pan para mañana”. No hay conflicto entre este pasaje y 6:34 (no os afanéis por el día de mañana), pues la manera para evitar la ansiedad por el día de mañana es justamente encomendar nuestras necesidades a Dios hoy (Phi_4:6).

Perdónanos… (v. 12) expresa otra necesidad personal perenne: perdón de Dios. Ninguna oración es completa sin este elemento. Nuestras deudas expresa lo que debemos a otros. Lucas emplea en este lugar (Luk_11:4) el término “pecados”, y así debemos entender el término “deudas” de Mateo. Broadus observa que en el arameo, lenguaje natal de Jesús y sus discípulos, el término usado para “deudas” se usaba frecuentemente para “pecado”. De todos modos, creamos una deuda para con Dios cuando no cumplimos lo que debemos hacer; es un pecado de omisión. El pecado de comisión también se considera como ofensa a Dios y como una deuda, según Lucas (Luk_11:4). Jesús une en forma inseparable el recibir perdón de Dios y nuestra disposición de perdonar a otros (comp. Col_3:13). El texto indica que antes de pedir perdón, ya hemos perdonado a nuestros deudores. El verbo nosotros perdonamos (v. 12b) es un pretérito indefinido, indicando acción ya realizada. Jesús presentó el mismo principio en relación con la misericordia (Col_5:7). Lucas agrega a todos los que nos deben (Luk_11:4), evitando la práctica del perdón selectivo. En la parábola del siervo malvado (Luk_18:23-35), Jesús recalca el mismo principio.

No nos metas en tentación (v. 13a) expresa el sentimiento de humildad, virtud que Jesús demostró y exige de los súbditos del reino. A la vez, la frase crea gran problema para algunos. A la luz de Jam_1:13, ¿cómo puede Dios meternos en tentaciones? Hay dos maneras de resolver el problema. El comentarista Stagg dice que Jesús no está insinuando que Dios meta a alguien en tentaciones, sino que es una manera poética para dar fuerza a la afirmación positiva: líbranos del mal (v. 13b). Un ejemplo sería: “Dadnos no las tinieblas, sino la luz.” Más sencillo sería considerar el término “tentación” como “prueba”, que es una de las acepciones básicas del término griego peirazo G3985 (ver sobre 4:1). El Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser “tentado”, o “probado”. Es apropiado que oremos: “No nos metas en pruebas que no podamos vencer con tu ayuda” (1Co_10:13). Dios ciertamente permite que seamos probados para fortalecer nuestra fe y recordarnos de nuestra necesidad de andar con nuestra mano firmemente puesta en la de él (ver Rom_5:3; Rom_8:18, Rom_8:28; Jam_1:12-14). Compárese la experiencia de Job y Abraham. Líbranos del mal expresa nuestro reconocimiento del poder soberano de Dios sobre todas las fuerzas en el mundo. Mal es un término un tanto ambiguo, pues no se puede determinar si es de género masculino o neutro en el texto griego. Por lo tanto, algunas versiones lo traducen “líbranos del malo.” En efecto, no hay gran diferencia entre las dos opciones, pues “el malo”, o Satanás, es la fuente de todo “mal”. Se refiere a todo lo que podría inducirnos a pecar y ofender a Dios.

¡Porque tuyo es el reino…! (v. 13) es una expresión de adoración, o doxología, con que termina la oración. Este versículo no se encuentra en los manuscritos más antiguos, y por eso se omite en muchas de las versiones recientes. Nuestra versión lo incluye, pero entre corchetes. Una forma abreviada de la doxología apareció temprano en el segundo siglo en la Didache. Algunos consideran que se deriva de 1Ch_29:11 ss.

Los vv. 14 y 15 vuelven sobre el tema del v. 12. Aquí, Jesús enfatiza un asunto que evidentemente pesaba mucho en su mente y debe pesar en la nuestra. Es casi una redundancia, como aparece frecuentemente para recalcar una verdad importante. El elemento nuevo que aparece en este pasaje es el uso del término “ofensas”, o más concretamente “transgresiones”, como RVA pone en su nota. Proviene de una palabra griega compuesta G3900) que significa “caer al lado de”, “pisar mal”, “pisar en falso”, o “tropezar”. Existen unos ocho términos descriptivos en griego que se refieren al pecado y éste, usado 19 veces en el NT, es uno de ellos.

c“ En la esfera del ayuno,1Ch_6:16-18“ Jesús da por sentado que los discípulos ayunaban, pues era una costumbre común entre los judíos. Todavía se practica generalmente en el oriente, entre judíos y musulmanes. El ayuno duraba desde la salida hasta la puesta del sol. Lev_16:31 sirve como texto básico para los judíos, pero el ayuno era obligatorio solamente durante el Día de Expiación. A pesar de esto, los fariseos ayunaban dos veces a la semana, considerando que era evidencia de una piedad extraordinaria (Luk_18:12). También Jesús ayunó, por lo menos al comienzo de su ministerio (Luk_4:2). La iglesia primitiva practicaba el ayuno (Act_13:1-3; 1Co_7:5). En este párrafo Jesús no discute la practica del ayuno, cuando al hacerlo hay un motivo y una manera correctos para realizarlo.

Jesús desea ilustrar el contraste entre la práctica de la piedad por parte de los líderes religiosos de su día, por un lado, y por parte de los súbditos del reino, por otro. Cuando los líderes ayunaban, su propósito era el de hacer un espectáculo de su pretendida piedad, de aparentar dolor, tristeza, abnegación. Era un verdadero show para atraer la atención de la gente. Los discípulos del reino, cuando ayunan, deben hacerlo con el propósito de agradar a Dios, no a los hombres. Deben evitar toda ostentación, todo deseo de aparentar una cosa que no representaba la verdad. Pero deben ungir la cabeza, señal de gozo prohibida solamente en el Día de Expiación. El súbdito del reino debe practicar su piedad con gozo, con la intención de agradar al Padre y traer gloria a su nombre. Solamente así recibirá la recompensa que Dios reserva para los fieles. En último caso, todo creyente tiene la sencilla opción entre dos alternativas: ser hipócrita y recibir el aplauso del mundo, o ser auténtico y recibir la recompensa de Dios.

El principio que guía la vida,1Co_6:19-34“ El principio que guía la vida del discípulo es dar prioridad al reino (vv. 24, 33). El tema es la “libertad de la tiranía de cosas materiales”, pero uno debe aclarar para qué es libre. “Libertad de la tiranía de cosas materiales” es el lado negativo del tema “la prioridad del reino”. Jesús ilustra cómo la prioridad del reino opera en relación con tesoros materiales y las necesidades materiales para sustentar la vida.

a“ Tesoros en el cielo,1Co_6:19-21“ Todo hombre tiene que decidir cuál es el valor supremo de su vida. En un mundo materialista, que nos bombardea constantemente con su propaganda, uno puede caer fácilmente en la trampa de acumular tesoros en la tierra, si no fija claramente la prioridad del reino. Jesús advierte que tal práctica no es aconsejable. Es necia por tres razones: (1) Los tesoros en la tierra están expuestos a perderse, (2) los tesoros en la tierra comprometen nuestra lealtad (corazón) y (3) los tesoros en la tierra producen ansiedades (implícito aquí y explícito en los vv. 20-34). Como antídoto, Jesús manda que los súbditos del reino se aseguren que sus valores más estimados estén en el cielo. El hecho de depositar nuestros tesoros en el cielo (v. 20) produce resultados contrarios: (1) Nuestros tesoros no están expuestos a perderse, (2) mantienen nuestra atención y lealtad puestas en Dios y (3) eliminan las ansiedades. Jesús no sugiere que sea incompatible con el reino que uno provea razonablemente para las necesidades imprevistas, o que uno tenga algo de valor material en un depósito en la tierra. Jesús no se dirige solamente a los ricos, pues entre sus discípulos, su público inmediato, había hombres que clasificaríamos como de la clase obrera, o clase baja, con pocas excepciones. Es que las personas de pocos recursos también tienen la tentación de acumular tesoros materiales. El término “tesoro” es la transliteración de la palabra griega tesaurós G2344 y significa un depósito de mucho valor. No dice el texto “un tesoro”, o “unos tesoros”, sino “vuestro tesoro”, refiriéndose a la suma de lo que uno estima de más valor en su vida.

b“ La lámpara del cuerpo,1Co_6:22-23“ Jesús sigue enfatizando el mismo principio con una metáfora acerca de la importancia de establecer el reino de Dios como primera prioridad. Antiguamente, la gente consideraba que el ojo era la ventana por medio de la cual la luz entraba en el cuerpo humano. Cuando tenían buena visión, tenían buena luz; pero cuando los ojos fallaban, vivían en oscuridad. El ojo “sano” significa literalmente “simple”. Una posible interpretación, en la aplicación espiritual, es de entender que los ojos sanos se dirigen en una sola dirección, se enfocan bien en el objeto, de modo que la imagen es nítida. En cambio, los ojos malos, o de visión doble, no permiten entrar la luz; y la imagen es borrosa. Si ubicamos este pasaje en contexto, probablemente significa que uno que tiene un ojo enfocado en los tesoros terrenales y otro en los celestiales será como una persona de doble visión; no ve nada con claridad, tropieza, pierde su orientación y en efecto anda en la oscuridad. Otros entienden que es mejor considerar los “ojos malos”como “ojos enfermos”, con cataratas, que impiden la buena visión. El impedimento, o enfermedad, en este caso sería el dar prioridad a las cosas materiales. Ambas interpretaciones concuerdan con el pasaje que sigue.

c“ Dios versus las riquezas,1Co_6:24. En este versículo Jesús continúa la advertencia en cuanto al intento de mantener simultáneamente dos lealtades que son mutuamente exclusivas. Los términos correlativos que Jesús emplea (servir y señores) indican una relación que exige absoluta obediencia. “Servir” traduce el término griego douleúein G1398 del cual viene el término dóulos G1398. Significa servir como esclavo. El señor, o kúrios G2962 es dueño absoluto del esclavo y el esclavo le debe obediencia sin compromisos ni reservas. El comentarista Stagg opina que los términos “aborrecer” y “amar” deben entenderse como “rechazar” y “aceptar”. El mismo autor sigue diciendo que es significativo que Jesús considera al dinero, y no a Satanás, como el rival de Dios en la demanda de nuestra lealtad. El dinero no es ni bueno ni malo, porque con él podemos servir a Dios, o a Satanás. Pero el amor al dinero es la raíz de toda clase de mal (1Ti_6:10). De allí se ve la imposibilidad de que un siervo pueda servir a dos señores. Es más imposible aun cuando los señores son tan distintos en su naturaleza, propósito y demandas. Otra vez casi oímos una disyuntiva no expresada de parte de Jesús: “Debéis servir a Dios o a las riquezas.”

d“ La ansiedad y su remedio,1Ti_6:25-34“ Hay dos palabras griegas que comunican la idea de ansiedad. Una ( G5015) se traduce “turbarse” (comp. Joh_14:1) y significa “ser sacudido o agitado”. La otra ( G3309) es “afanarse” y se encuentra en este párrafo. Significa “ser dividido”, o “partido”. La ansiedad por las cosas que uno necesita para sustentar la vida en el día de “mañana” puede literalmente dividirle en dos. Por un momento piensa: “Puedo confiar en Dios para proveer para mis necesidades.” Luego, duda de la provisión de Dios. Este es uno de los dilemas más frecuentes para muchos creyentes. La voluntad de Dios no es que sus hijos vivan en un estado de ansiedad. Este párrafo presenta el antídoto divino para evitar la ansiedad en los súbditos del reino. Primero, Jesús prohíbe la ansiedad, luego señala su causa, destaca cinco razones en contra de ella y termina declarando el principio general que debe guiar a los siervos del Rey.

Por tanto os digo (v. 25) es una expresión que introduce un párrafo con el que concluye la línea de pensamiento anterior. Jesús emplea un imperativo del tiempo presente con el adverbio de negación. Esta construcción prohíbe la continuación de una acción ya en progreso. Dicen en efecto: No continuéis afanándoos (v. 25). En cambio, la prohibición del v. 34 emplea el mismo verbo, pero en tiempo pretérito indefinido. Quiere decir: No comencéis a afanaros por el día de mañana. Por estas dos prohibiciones, entendemos que no es la voluntad de Dios que ningún creyente experimente ansiedad por el sustento de la vida.

La causa de la ansiedad se encuentra en la expresión hombres de poca fe (v. 30). La “poca fe” era la causa del temor de los discípulos en la tempestad (Joh_8:26) y del temor de Pedro cuando se hundía en el agua sobre la cual acababa de caminar (Joh_14:31). La crisis económica, y la ansiedad resultante, es tema de conversación en casi todos los ámbitos. Sin embargo, Jesús indica que no hay “crisis económica” para el siervo de Dios, pero puede haber una “crisis de fe”.

En este párrafo encontramos cinco razones por las cuales el creyente no debe sentir ansiedad, o preocuparse sobremanera, por el sustento de la vida. Primero, la ansiedad es innecesaria. El Dios que creó las aves (mundo animal) del cielo se ocupa de proveer el sustento para su vida (v. 26). El que creó las plantas (mundo vegetal) provee para su sustento y hermosura. Jesús emplea un silogismo para grabar este mensaje en la mente de los discípulos: (1) Dios provee para aves y lirios; (2) el hombre vale mucho más que ellos (vv. 25b, 26b, 30b); (3) por lo tanto, Dios proveerá para los hombres. Segundo, la ansiedad no es fructífera, pues no produce resultados positivos. Por más que uno se esfuerce, no puede añadir a su estatura un codo (v. 27). Un codo es la distancia de la punta de los dedos al codo, o sea, aproximadamente medio metro. Algunos opinan que se refiere a añadir años a la vida. La ansiedad, en vez de prolongar la vida, suele acortarla. También, la ansiedad es incompatible con nuestra posición como hijos de Dios. Un “gentil”, o pagano, tiene mucha razón para sentir ansiedad en cuanto a la vida y el sustento para la vida (v. 32). La ansiedad es una característica propia del incrédulo. La ansiedad de parte de un súbdito del reino es indecorosa, deshonra a su Padre celestial, pues indicaría que su Dios no quiere o no puede proveer para sus necesidades. La ansiedad por las necesidades de mañana es inoportuna, pues carga hoy con las cargas que se deben guardar para mañana (v. 34). Produce una doble carga que aplasta. Jesús no quiere decir con esto que el creyente debe descuidar por completo las provisiones para su vida y su familia. Debe trabajar diligentemente y hacer planes para el futuro, sí; pero también debe reconocer que su Señor es el dueño del futuro. Provee alimento para las aves, pero no lo echa en el nido.

El versículo clave de este párrafo, y quizás del Sermón del monte, es el v. 33. Jesús subraya el principio que sirve para orientar la vida diaria y el servicio del súbdito del reino. La preocupación, o prioridad, número uno debe ser el “buscar el reino de Dios.” El mandato del Rey, la voluntad de Dios para todo súbdito del reino, es que busque el reino. Esta búsqueda debe ser continua, pues el imperativo está en tiempo presente, indicando acción repetida y continua. Debe ser una búsqueda celosa, pues el verbo en griego ( G2212) significa “desear con una pasión, perseguir con celo, procurar de corazón, o buscar con afán. La búsqueda debe ser concentrada en el reino de Dios. En contraste, los gentiles concentraban su búsqueda en las cosas de esta vida (v. 32). La búsqueda debe ser prioritaria, la tarea número uno en la vida del creyente. Después de hacer una lista de todas las prioridades, es necesario decidir cual es la número uno, y mantener el orden en todas las áreas de su vida.

La promesa del Rey (y todas estas cosas os serán añadidas, v. 33) es el antídoto para eliminar y evitar la ansiedad. Nuestra parte: someternos incondicionalmente al reinado de Cristo y buscar su voluntad. La parte de Dios: proveer todo lo que sea esencial para que nosotros cumplamos su voluntad. El siervo puede gozarse de provisiones abundantes, o soportar provisiones mínimas, pero serán en todo momento suficientes (ver Phi_4:10-13). No promete proveer “todas las cosas”, ni “todo lo que deseamos”, sino “todas estas cosas”. “Estas cosas” se refiere concretamente a las cosas recién mencionadas: comida y ropa. También es necesario observar oportunamente que debemos equilibrar esta promesa con la enseñanza de que el sacrificio, privación y aun la cruz también pertenecen al discipulado (Phi_10:34-39).

Una parábola moderna viene al caso: Se oyó en un huerto una conversación entre dos gorriones, descansando sobre una rama en un árbol alto. Mientras observaban a la gente que caminaba apurada y nerviosa por el huerto, uno dijo al otro:

—Eh, dime, ¿por qué piensas que la gente camina así, nerviosa y preocupada?

El otro le respondió:

—No lo sé con certeza, pero debe ser porque no tienen a un Padre Celestial que los cuida, como nosotros.

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