Marcos 8: Compasión y desafío

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Por aquel tiempo, cuando se había reunido otra vez una gran multitud, y no tenían nada que comer, Jesús llamó a Sus discípulos y les dijo:

-Se Me conmueve el corazón de lástima por la multitud, porque ya llevan conmigo tres días y no tienen nada de comer. Si los despido para que se vayan a sus casas en ayunas, se desmayarán por el camino; y algunos de ellos han venido de muy lejos.

Los discípulos de Jesús Le contestaron:

-¿Dónde se podría encontrar pan para satisfacerlos en un descampado como este?

-¿Cuántos panes tenéis? -les preguntó Jesús.

-Siete -Le contestaron.

Jesús mandó que la multitud se sentara en el suelo. Tomó los siete panes, dio gracias a Dios por ellos, y los partió en trozos, y se los pasó a Sus discípulos para que los repartieran entre la gente.

Así que ellos los repartieron entre la multitud. Y también tenían unos pocos pececillos. Jesús los bendijo, y les dijo que los repartieran también entre la gente. Así es que comieron todos hasta quedar totalmente satisfechos. Recogieron lo que quedó de los trozos: siete cestos. Había allí unas cuatro mil personas. Seguidamente Jesús los despidió, e inmediatamente Se subió a la barca con Sus discípulos, y se dirigieron al distrito de Dalmanuta.

En este incidente hay dos grandes realidades que están íntimamente entrelazadas.

(i) Está la compasión de Jesús. Una y otra vez nos encontramos con que Jesús Se conmovía de compasión por la gente. Lo más maravilloso de Él es Su prístina consideración. Ahora bien, la consideración es una virtud que no se olvida nunca de los detalles de la vida. Jesús miró a la multitud; llevaban ya tres días con Él; y Se acordó de que estaban a una distancia considerable de sus casas. Aquel Cuya misión era traerles a toda la humanidad el esplendor y la majestad de la verdad y el amor de Dios podría haber estado por encima de detalles aparentemente tan insignificantes como lo que le podía pasar a Su audiencia en el camino de vuelta a casa; pero Jesús no era así. Confrontado con un alma perdida o con un cuerpo cansado, Su primera reacción era ayudar.

Desgraciadamente es muy cierto que la primera reacción de demasiadas personas es no ayudar. Un vez conocía un hombre en una conferencia, y estuve hablando con él de los peligros de un cierto tramo de la carretera que llevaba al lugar en que nos encontrábamos. « Sí -dijo él-. Es una parte de la carretera que está en pésimas condiciones. Cuando venía para acá vi una colisión allí.» «¿Te paraste a ayudar?»-le pregunté. «¡Qué va! -dijo-. ¡No iba yo a llegar tarde por haberme metido en líos!» Es humano querer evitarse problemas por ayudar; pero es divino conmoverse con una compasión y piedad que obliga a ayudar al necesitado.

(ii) Tenemos el desafío de Jesús. Cuando Jesús sintió compasión por la multitud y quiso darles algo de comer, los discípulos reaccionaron inmediatamente haciendo constar las dificultades prácticas, por encontrarse en un descampado y a muchos kilómetros de ningún lugar en el que se pudiera conseguir comida. Jesús les dirigió inmediatamente la pregunta: «¿De qué disponéis vosotros con lo que podáis ayudar?» La compasión se convirtió en un desafío. Lo que Jesús estaba diciendo realmente era: «No tratéis de pasarle a otro la responsabilidad de ayudar. No digáis que ayudaríais si tuvierais

algo que dar. No digáis que en estas circunstancias os es imposible ayudar. Tomad lo que tengáis, y dadlo, y veréis lo que sucede.»

Una de las fiestas judías más alegres es la Fiesta de Purim. Cae el 14 de marzo, y conmemora la liberación que cuenta el Libro de Ester. Por encima de todo es una ocasión para hacer regalos; y una de sus normas es que, por muy pobre que sea una persona, debe buscar a otra que sea más pobre todavía, y hacerle un regalo. Jesús no aceptaba el espíritu que espera que todas las circunstancias sean ideales antes de pensar en ayudar. Jesús dice: « Si ves que alguien está en apuros, ayúdale con lo que tengas a tu disposición en aquel momento. Nunca se sabe lo que eso puede representar.»

Hay dos cosas interesantes en el trasfondo de esta historia que debemos tener presentes en nuestro estudio.

(i) La primera es que este incidente tuvo lugar en la orilla opuesta del mar de Galilea, en el distrito de la Decápolis. ¿Por qué se reunió allí aquella tremenda multitud de cuatro mil personas? No cabe duda que la curación del sordo con un impedimento en el habla ayudaría a suscitar interés y a reunir a la gente. Pero un comentarista ha hecho una sugerencia de lo más interesante. En Mar_5:1-20 , ya hemos leído que Jesús sanó al endemoniado garaseno. Aquel incidente también tuvo lugar en la Decápolis. Su resultado fue que los de allí Le insistieron a Jesús en que Se marchara. Pero el poseso curado quería seguir a Jesús, y Jesús le envió de vuelta a su propia gente para que les dijera las grandes cosas que el Señor había hecho por él. ¿No será posible que parte de aquella gran multitud estuviera allí debido a la actividad misionera del poseso curado? ¿Tenemos aquí una vislumbre de lo que puede hacer por Cristo el testimonio de una sola persona? ¿Había allí en aquella multitud personas aquel día que vinieron a Cristo y encontraron sus almas porque un hombre les había dicho lo que Cristo había hecho por él? Juan Bunyan, el autor de El Peregrino, nos cuenta que debió su conversión al hecho de oír a tres o cuatro ancianitas que estaban hablando sentadas al sol

« acerca de un nuevo nacimiento, la obra de Dios en sus corazones.» Estaban hablando de lo que Dios había hecho por ellas. Bien puede ser que hubiera muchos aquel día en aquella multitud de la Decápolis que estaban allí porque habían oído hablar a un hombre de lo que Jesucristo había hecho por él cuando estaba irremisiblemente perdido.

(ii) La segunda cosa es que es curioso qué la palabra para cesto sea diferente en este historia de la que se usó en el relato del milagro paralelo de Marcos 6, como se refleja en casi todas las traducciones españolas de la Biblia. En Mar_6:44 , la palabra para cesto es kófinos, que describe la cesta en la que los judíos llevaban su comida, una cestilla estrecha por la parte de arriba y más ancha por abajo, que parecía un jarroncillo; y además se nos dice que fueron doce cestas las que se recogieron, un número que nos recuerda el de las tribus de Israel. La palabra que se usa aquí es sfyrís, que describe una cesta como una canastilla; era la clase de cesta que usaron para bajar a Pablo por el muro de Damasco Act_9:25 ); y describe la cesta que usaban los gentiles, a los que se aplicaba el número siete. Este incidente tuvo lugar en la Decápolis, en la orilla opuesta del lago, que contaba con una población mayormente gentil. ¿Es posible que podamos ver en el Milagro de los Panes y los Peces de Marcos 6 la venida del Pan de Dios a los judíos, y en este incidente la venida del Pan de Dios a los gentiles? ¿Es posible que cuando ponemos juntas estas dos historias haya algo detrás de ellas que sugiera y anuncie y simbolice el hecho de que Jesús vino a satisfacer el hambre tanto de los judíos como de los gentiles, y que en Él realmente estaba el Dios Que abre Su mano y satisface la necesidad de todo ser viviente?

LA CEGUERA QUE RECLAMA UNA SEÑAL

Marcos 8:11-13

Entonces salieron los fariseos y se pusieron a hacerle preguntas. Estaban buscando una señal del Cielo, y tratando de poner a prueba a Jesús. Jesús suspiró en Su espíritu y les dijo:

-¿Por qué busca una señal esta generación? Esto que os digo es la pura verdad: No se le dará ninguna señal a esta generación.

Jesús los despidió, y se subió otra vez a la barca y Se marchó a la otra orilla.

La época en que vivió Jesús tenía la tendencia de buscar a Dios en lo extraordinario. Se creía que, cuando viniera el Mesías, sucederían las cosas más alucinantes. Antes que lleguemos al final de este capítulo examinaremos más en detalle la clase de señales que se esperaban. Podemos tomar nota por ahora de que cuando surgían falsos mesías, cosa que sucedía bastante a menudo, seducían al pueblo a seguirlos prometiéndoles señales sobrenaturales. Les prometían, por ejemplo, dividir las aguas del Jordán en dos partes dejando un camino por en medio, o hacer caer los muros de la ciudad con sólo decir una palabra.

Esa era la clase de señal que demandaban los fariseos. Querían presenciar algún acontecimiento alucinante que desafiara las leyes de la naturaleza y sorprendiera a la gente. Para Jesús, tal demanda no era debida al deseo de ver la mano de Dios, sino al hecho de que eran ciegos a Su mano. Para Jesús, todo el mundo estaba lleno de señales; los cereales de los campos, la levadura del pan, las amapolas de las colinas… todo Le hablaba de Dios. No pensaba que Dios tenía que introducirse en el mundo desde fuera; sabía que Dios ya estaba en el mundo para cualquiera que tuviera ojos para ver. La señal de un hombre verdaderamente religioso no está en que viene a la iglesia para encontrar a Dios, sino en que Le encuentra en todas partes; no en que da una gran importancia a los lugares sagrados, sino en que santifica los lugares corrientes.

NO APRENDER POR EXPERIENCIA

Marcos 8:14-21

Los discípulos habían olvidado comprar panes, y no tenían más que uno en la barca. Jesús les advirtió:

-¡Tener cuidado! ¡Guardaos de la mala influencia de los fariseos y de Herodes!

Ellos se pusieron a discutir la situación entre ellos y a decir:

-No tenemos panes.

Jesús sabía lo que estaban diciendo, y les dijo:

-¿Por qué seguís hablando de que no tenéis panes? ¿Es que no os fijáis y entendéis? ¿Sois tan duros de mollera? ¿Es que no podéis ver lo que tenéis delante de las narices? ¿Es que no os sirven para nada los oídos? ¿Es que no os acordáis? Cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántos cestos de pedazos recogisteis?

Doce -Le contestaron ellos.

-Cuando repartí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuántos cestos de pedazos recogisteis?

-Siete -Le contestaron ellos.

Entonces Jesús les dijo:

-¿Y todavía no lo entendéis?

Este pasaje arroja un haz de luz muy intensa sobre las mentes de los discípulos. Estaban pasando al otro lado del mar de Galilea, y se habían olvidado de llevar suficiente pan. Obtendremos mejor el sentido de este pasaje si lo relacionamos estrechamente con lo precedente. Jesús estaba pensando en la demanda que los fariseos Le habían hecho de una señal, y también en la reacción aterrada de Herodes hacia Sí mismo. «¡Cuidado -les dijo, traduciéndolo literalmente- con la levadura de los fariseos y la de Herodes!» Para los judíos, la levadura era un símbolo de la corrupción. La levadura era una pizquita de masa fermentada de la hornada anterior que se había guardado. Para los judíos, la fermentación era lo mismo que la putrefacción, y de ahí que la levadura representara el mal, sobre todo el mal moral.

Algunas veces los judíos usaban la palabra levadura en el sentido del pecado original, o de la maldad de la naturaleza humana. Rabí Alejandro decía: «Está claro para Ti que nuestra voluntad es hacer Tu voluntad. ¿Y qué lo impide? La levadura que está en la masa, y la esclavitud a los reinos de este mundo. Sea Tu voluntad librarnos de sus manos.» Representaba, por así decirlo, la mancha de la naturaleza humana, el pecado original, la levadura corruptora que impedía al hombre hacer la voluntad de Dios. Así que, cuando Jesús dijo esto, lo que quería decir era: «Manteneos en guardia frente a la mala influencia de los fariseos y de Herodes. No sigáis el camino por el que ellos van.»

¿Qué relación existía entre los fariseos y Herodes? Los fariseos acababan de pedir una señal. Para un judío -veremos esto más claramente dentro de poco- lo más fácil del mundo era pensar en el Mesías en términos de maravillas y conquistas y sucesos milagrosos y triunfos nacionalistas y supremacía política. Herodes había tratado de edificar la felicidad adquiriendo poder y riqueza e influencia y prestigio. En un sentido, el Reino de Dios era un reino terrenal tanto para los fariseos como para Herodes; se basaba en poder y grandeza terrenales, y en las victorias que podía obtener la fuerza. Era como si Jesús, con Su sugerencia, estuviera preparando a Sus discípulos para algo que había de suceder muy pronto. Era como si les dijera: «Puede que pronto os amanezca el hecho de que Yo soy el Ungido de Dios, el Mesías. Cuando lleguéis a esa convicción, no penséis en términos de poder y gloria terrenales, como hacen los fariseos y Herodes.» Del verdadero sentido no les dijo nada de momento. Aquella sombría Revelación habría de esperar su momento.

De hecho, esta insinuación de Jesús les pasó por encima de la cabeza a los discípulos. No podían pensar en nada más que en el hecho de que se habían olvidado de llevar pan, y que pasarían hambre. Jesús vio que estaban preocupados por el pan material. Bien puede ser que les hiciera estas preguntas, no enfadado, sino con una sonrisa, como el que trata de conducir a un torpe chiquillo a descubrir una verdad evidente. Les recordó que por dos veces había satisfecho el hambre de grandes multitudes con comida suficiente y de sobra. Es como si les dijera: « ¿Por qué os preocupáis? ¿No os acordáis de lo que ha sucedido antes? ¿No habéis aprendido por propia experiencia que no tenéis que preocuparos por esas cosas cuando estáis conmigo?»

Lo extraño es que no aprendemos nada más que la mitad de las lecciones de la experiencia. Demasiado a menudo la experiencia nos llena de pesimismo, nos enseña lo que no podemos hacer; nos enseña a mirar la vida con una especie de desesperanza resignada. Pero hay otras experiencias. Nos sobrevino el dolor -y salimos de él íntegros. Nos atacó la tentación -y no caímos. Nos alcanzó la enfermedad -y nos recuperamos. El problema parecía insoluble -y se resolvió. Estábamos sin recursos -pero seguimos adelante. Llegamos a no poder más -y no nos deshicimos. También nosotros somos ciegos. Si aprendiéramos las lecciones de la experiencia como es debido nos enseñaran, no el pesimismo de las cosas que no se pueden realizar, sino la esperanza que no deja de maravillarse de que Dios nos haya sacado adelante hasta aquí a salvo, y en la seguridad y confianza de que nos puede sacar con bien de todo lo que nos sobrevenga.

UN CIEGO APRENDE A VER

Marcos 8:22-26

Fueron a Betsaida; y Le trajeron a Jesús a un ciego, y Le pidieron que le tocara. Jesús le tomó de la mano, y le sacó del pueblo. Le puso saliva en los ojos, y le impuso las manos, y le preguntó:

-¿Ves algo?

El ciego levantó la vista, y dijo:

-Veo hombres, pero los veo que andan como si fueran árboles.

Jesús le puso las manos en los ojos. Él miró fijamente, y se le restauró la vista y vio todo claramente. Jesús le despidió para que se fuera a su casa, y le dijo:

No entres ni siquiera en el pueblo.

La ceguera era, y es todavía, una de las grandes desgracias en Oriente. La causa en parte la oftalmia, y en parte el deslumbramiento despiadado que produce el sol. Lo agravaba seriamente el hecho de que no se sabía lo suficiente de higiene y de limpieza. Era corriente ver personas con los ojos legañosos y llenos de moscas. Naturalmente, esto hacía que se extendiera la infección fácilmente, y la ceguera era una verdadera plaga.

Solamente Marcos nos cuenta esta historia; y sin embargo hay en ella ciertas cosas tremendamente interesantes.

De nuevo descubrimos lo maravillosamente considerado que era Jesús. Se llevó al ciego de entre la multitud y fuera del pueblo para poder estar a solas con él. ¿Por qué? Piénsalo. Este hombre era ciego, y probablemente había nacido ciego. Si hubiera recibido la vista de pronto, en medio de toda la gente, habrían invadido sus ojos inmediatamente después de abrírsele toda clase de figuras y de colores chillones que le habrían producido un estado de total aturdimiento. Jesús sabía que sería mucho mejor si se le podía llevar a un lugar en el que la sorpresa y la emoción de ver se le presentaran menos repentinamente. Cualquier gran médico y cualquier gran maestro tiene una característica sobresaliente. Un gran médico es capaz de introducirse en lo íntimo de la mente y el corazón de su paciente; comprende sus temores y sus esperanzas; literalmente simpatiza -sufre con- él. Un gran maestro penetra en la mentalidad de su alumno. Ve sus problemas, sus dificultades, sus tropezaderos. Por eso Jesús era tan supremamente grande. Podía entrar en la mente y en el corazón de las personas a las que trataba de ayudar. Tenía el don de la consideración porque podía pensar con los pensamientos de ellos y sentir con sus sentimientos. Que Dios nos conceda esa cualidad de Cristo.

(ii) Jesús usaba métodos que el paciente pudiera entender. El mundo antiguo creía en el poder sanador de la saliva. Esa creencia no es tan extraña si tenemos presente que nuestro primer instinto es meternos en la boca o chupar un corte o una quemadura para aliviar el dolor. Por supuesto, el ciego sabría eso, y Jesús usó un método para curarle que él podría entender. Jesús era sabio. No empezaba con palabras y métodos que no estuvieran al alcance de la mentalidad de la gente sencilla. Les hablaba y actuaba con ellos de manera que sus mentes sencillas pudieran captar y comprender lo que les hacía. Ha habido veces cuando se ha considerado una virtud y una señal de grandeza la ininteligibilidad. Jesús tenía una grandeza superior: la de hacerse comprender por una mente sencilla.

(iii) En una cosa es único este milagro: es el único que se puede decir que se produjo gradualmente. Por lo general, los milagros de Jesús se producían repentina y totalmente. En este milagro, se le dio la vista a un ciego por etapas.

Aquí hay una verdad simbólica. No hay nadie que perciba toda la verdad de Dios de una vez. Uno de los peligros de cierto tipo de evangelismo es que hace suponer que cuando una persona acepta a Cristo ya es cristiana madura. Uno de los peligros de entrar en la membresía de una iglesia es que se puede pensar que cuando una persona se compromete como miembro de iglesia ha llegado al final de su carrera. Lejos de ser ese el caso, la decisión por Cristo y la incorporación como miembro de iglesia son el principio de la carrera cristiana. Son el descubrimiento de las riquezas de Cristo, que son inagotables; y si uno viviera cien años, o mil, o un millón de años, todavía tendría que seguir creciendo en la gracia, y aprendiendo más y más acerca de la maravilla y la belleza infinita de Jesucristo.

Es gloriosamente cierto que una conversión repentina es una posibilidad de la gracia; pero es igualmente cierto que nos tenemos que convertir de nuevo todos los días. Con toda la gracia y la gloria de Dios por delante, uno puede seguir aprendiendo toda la vida, y necesitará la eternidad para conocer como Dios le conoce a él.

EL GRAN DESCUBRIMIENTO

Marcos 8:27-30

Jesús Se fue con Sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipo. Conforme iban andando, Jesús les hizo una pregunta a Sus discípulos: -¿Quién dice la gente que soy Yo? Algunos dicen que Juan el Bautista Le contestaron otros dicen que Elías, y otros que uno de los profetas. -Y vosotros -les preguntó Jesús—, ¿quién decís que soy? Pedro Le contestó: -Tú eres el Ungido de Dios. Y Jesús les insistió que no le hablaran a nadie de Él.

Cesarea de Filipo estaba totalmente fuera de Galilea. No estaba en el territorio de Herodes, sino en el de Felipe. Era un pueblo con una historia sorprendente. Anteriormente se había llamado Badinas, porque había sido un gran centro del culto de Baal. Hasta nuestros días se llama Bániyás, que es una forma de Paneas. Este nombre se inspiraba en el hecho de que hay una caverna en la ladera de la montaña que se decía que era el lugar de nacimiento del dios griego Pan, el dios de la naturaleza, donde nace el río Jordán. Más arriba en la misma ladera se erguía un templo de mármol blanco reluciente que había mandado construir Felipe a la divinidad del César, el emperador romano, el soberano del mundo, al que se consideraba un dios.

Es sorprendente que fuera precisamente allí donde Pedro descubrió en el Carpintero ambulante galileo al Hijo de Dios. La religión antigua de Palestina estaba en el aire, y la memoria de Baal se cernía a su alrededor. Los dioses de la Grecia clásica también se invocaban en todo aquel lugar, y sin duda se creían oír las flautas de Pan y se podían vislumbrar las ninfas de la foresta. El Jordán les traería a la memoria episodio tras episodio de la historia de Israel y de la conquista de aquella tierra. Y al sol naciente relucía y deslumbraba el mármol del lugar santo que recordaba a todo el mundo que César era un dios. Precisamente en aquel lugar, como si hubiera sido contra el trasfondo de todas las religiones y de toda la Historia, Pedro descubrió que un Maestro ambulante de Nazaret, Que iba de camino hacia una cruz, era el Hijo de Dios. No hay casi nada en toda la historia evangélica que muestre tan claramente como este incidente la fuerza absoluta de la personalidad de Jesús. La encontramos en el mismo centro del Evangelio de Marcos, y esto a propósito, porque representa la cima del Evangelio. En un sentido por lo menos este fue el momento crítico de la vida de Jesús. Pensaran Sus discípulos lo que pensaran, Él estaba seguro de que Le esperaba inevitablemente una cruz. Las cosas no podían prolongarse mucho. La oposición se estaba concentrando para asestar el golpe mortal. El problema que se Le presentaba a Jesús era este: ¿Había producido algún efecto Su vida? ¿Había logrado algo? O, para decirlo de otra manera, ¿había descubierto alguien Quién era Él de veras? Si hubiera vivido y enseñado y actuado entre los hombres sin que nadie hubiera vislumbrado a Dios en Él, entonces toda Su Obra habría sido inútil. No había más que una manera de dejar un mensaje a la humanidad, y era escribirlo en el corazón de alguna persona.

Así que, en este momento, Jesús lo puso todo a prueba. Preguntó a Sus discípulos qué se estaba diciendo acerca de Él, y Le comunicaron los rumores y los comentarios populares. Entonces se produjo un silencio sobrecogedor, y Jesús les hizo a Sus discípulos la pregunta clave: « ¿Quién decís vosotros que soy?» Y Pedro se dio cuenta en aquel instante de lo que siempre había sabido en lo más íntimo de su corazón: Era el Mesías, el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios. Y por esa respuesta supo Jesús que no había fracasado.

Ahora llegamos a la cuestión que se ha planteado y contestado a medias más de una vez hasta ahora, pero que debemos contestar ahora en detalle, o toda la historia evangélica será totalmente ininteligible. Tan pronto como Pedro hizo este descubrimiento, Jesús le dijo que no se lo dijera a nadie. ¿Por qué? Porque, en primer lugar y por encima de todo, Jesús tenía que enseñarles a Pedro y a los demás lo que quería decir en realidad el mesiazgo. Para comprender la Obra que Jesús había de realizar y el verdadero sentido de esta necesidad, tenemos que preguntarnos en detalle cuáles eran las ideas acerca del Mesías que había en tiempos de Jesús.

IDEAS JUDÍAS ACERCA DEL MESÍAS

A lo largo de toda su historia, los judíos no se olvidaron nunca que eran, en un sentido muy especial, el pueblo escogido de Dios, Por esa causa, pensaban que les correspondía un puesto muy importante en el mundo. En los días antiguos esperaban lograr esa posición por lo que podríamos llamar medios naturales. Siempre consideraron que los días más grandes de su historia habían sido los del rey David; y soñaban con un día en el que surgiera otro rey de la dinastía de David, un rey que los hiciera grandes en justicia y en poder (Isa_9:7 ; Isa_11:1 ; Jer_22:4 ; Jer_23:5 ; Jer_30:9 ).

Pero, conforme fue pasando el tiempo, se fueron convenciendo a su pesar de que esa grandeza soñada no se lograría nunca por medios naturales. Las diez tribus fueron deportadas a Asiria, y se perdieron para siempre. Los babilonios conquistaron Jerusalén, y se llevaron cautivos a los judíos. Luego vinieron los persas como sus amos; después los griegos, y por último los Romanos. Lejos de llegar a nada que pareciera dominio universal, los judíos pasaron siglos sin conocer lo que era ser completamente libres e independientes.

Entonces surgió otra línea de pensamiento. Es verdad que la idea de un gran rey de la dinastía de David nunca se desvaneció del todo y estuvo siempre entretejida de alguna manera en su pensamiento; pero más y más empezaron a soñar con el día en que Dios interviniera en la Historia y lograra por medios sobrenaturales lo que no se podría lograr jamás por medios naturales. Esperaban que el poder divino hiciera lo que le era absolutamente imposible hacer al poder humano.

Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento hubo una verdadera floración de libros acerca de los sueños y pronósticos acerca de esta nueva edad y de la intervención de Dios. Se llama en general a estos libros apocalipsis, que quiere decir revelaciones. Estos libros se presentaban como revelaciones acerca del futuro. Es a ellos adonde debemos acudir para descubrir lo que creían los judíos de tiempos de Jesús acerca del Mesías y de la nueva edad. Es sobre el trasfondo de sus sueños donde debemos colocar el sueño de Jesús.

En estos libros aparecen ciertas ideas básicas. Seguimos aquí la clasificación de esas ideas que hace Schürer en su Historia del pueblo judío en tiempos de Jesucristo.

(i) Antes que viniera el Mesías habría un tiempo de terrible tribulación. Sería el alumbramiento mesiánico, los dolores de parto de una nueva era. Todos los horrores imaginables explotarían sobre el mundo; todos los baremos de honor y de decencia serían arruinados; el mundo se convertiría en un caos físico y moral.

Y el honor se volverá vergüenza, y la fuerza será humillada despectivamente, y la probidad será destruida, y la belleza se convertirá en fealdad… Y la envidia se erguirá en los que nunca se consideraron de ningún valor y la violencia se apoderará de los pacíficos, y a muchos impulsará la ira a dañar a muchos, y levantarán ejércitos para derramar sangre, y todos acabarán por perecer juntamente. (2 Baruc 27)

Habría «en el mundo temblor de tierra, y alboroto de pueblos» ( Ezr_9:3 ; cp. Mat_24:7; Mat_24:29 ).

De los cielos caerán a la tierra objetos ardientes. Se producirán luces, grandes y deslumbrantes, reluciendo en medio de las gentes; y la Tierra, la madre universal, se sacudirá en esos días a la mano del Eterno. Y los peces de la mar y las bestias de la tierra y las innumerables greyes de las aves y todas las personas humanas y todos los mares tendrán sacudidas en la presencia del Eterno, y habrá pánico. Y los excelsos picos de las montañas y las gigantescas colinas rasgará, y los lóbregos abismos se harán visibles a todos. Y los altos torrentes de las excelsas montañas se llenarán de cadáveres y las rocas fluirán con sangre y todos los torrentes inundarán las llanuras… Y Dios juzgará a todos con guerra y con espada, y caerá de los cielos azufre, y piedras y lluvia y granizo continuo y dañino. Y la muerte cabalgará sobre los cuadrúpedos . … Sí: la tierra misma beberá la sangre de los que vayan pereciendo, y las fieras se hartarán de su sangre. (Oráculos Sibilinos 3:363ss)

La Misná enumera como señales de la proximidad de la venida del Mesías:

La arrogancia aumenta, la ambición se dispara, la vid produce fruto pero el vino está caro. La autoridad se convierte en herejía. No hay instrucción, la sinagoga se dedica a la obscenidad. Galilea es destruida, Gablán queda desierto. Los habitantes de un distrito van de ciudad en ciudad sin encontrar compasión. Se aborrece la sabiduría de los entendidos, los buenos son despreciados, la verdad se ausenta. Los muchachos insultan a los ancianos, los viejos se exponen a los niños. El hijo desprecia al padre, la hija se rebela contra la madre, la nuera contra la suegra. Los enemigos del hombre serán los de su propia casa.

El tiempo que precediera a la venida del Mesías sería un tiempo cuando el mundo se desintegraría y se relajarían todos los vínculos. El orden físico y moral se colapsaría.

(ii) En ese caos aparecería Elías como precursor y heraldo del Mesías. Él sanaría las grietas y traería orden al caos para preparar el camino del Mesías. Especialmente, resolvería las disputas. De hecho, la ley oral judía establecía que el dinero y las haciendas cuya propiedad se discutiera, y todo lo que se encontrara y no se supiera de quién era, podría esperar « hasta que viniera Elías.» Cuando viniera Elías, ya faltaría poco para que le siguiera el Mesías.

(iii) Y entonces vendría el Mesías. La palabra hebrea Mashíaj y la palabra griega Jristós quieren decir lo mismo: El Ungido. A los reyes se los coronaba ungiéndolos, y el Mesías era el Rey Ungido de Dios. Es importante tener presente que Cristo no es un nombre, sino un título. De ahí que en algunas versiones del Nuevo Testamento y libros sobre él se ponga « Jesús el Mesías» en lugar de Jesucristo; pero ya la palabra mashíaj se había traducido al griego por jristós en la Septuaginta. Algunas veces se pensaba en el Mesías como un rey de la dinastía de David, pero más corrientemente como una gran figura sobrehumana que irrumpiría en la Historia para rehacer el mundo y vindicar al pueblo de Dios.

(iv) Las naciones paganas se aliarían y unirían contra el Campeón de Dios.

Los reyes de las naciones paganas se lanzarán contra esta tierra acarreándose justa retribución. Tratarán de desmantelar el altar del Dios todopoderoso y de los hombres más nobles cuando quiera que vengan a la tierra. En un círculo alrededor de la ciudad colocarán los malditos reyes cada uno su trono rodeados de sus infieles pueblos. Y entonces Dios hablará con voz potente a todos los pueblos indisciplinados e insensatos, y vendrá el juicio sobre ellos del Dios todopoderoso, y todos perecerán a manos del Eterno. (Oráculos Sibilinos 3:363-372).

El resultado será la total destrucción de esos poderes hostiles. Filón decía que el Mesías « tomaría el campo, y haría guerra y destruiría naciones grandes y populosas.»

Este es el viento que el Altísimo ha reservado a la fin contra ellos, y sus impías fraudes; el cual los argüirá, y echará sobre ellos sus robos. Porque Él los hará venir vivos a juicio, y des que los haya convencido, los castigará. (4 Ezr_12:32 s, B O.).

‹Ocurrirá en esos días que no se salvará nadie con oro ni plata, ni podrá escapar. «No habrá hierro para la guerra, ni nada que ponerse como peto, ni servirá el bronce, ni el estaño valdrá ni contará, ni se querrá el plomo. ‹Todas estas cosas serán desechadas y habrán de desaparecer de la faz de la tierra, cuando aparezca el Elegido ante la faz del Señor de los espíritus. (1 Henoc 52,7-9, D M.).

El Mesías será el conquistador más destructivo de la Historia, derrotando a Sus enemigos hasta la extinción total.

(vi) Seguiría la renovación de Jerusalén. A veces se concebía como la purificación de la ciudad existente. Más a menudo, como el descenso del Cielo de la nueva Jerusalén. «`Me levanté para ver hasta que él enrolló la vieja casa. Sacaron todas las columnas, vigas y ornamentos de la casa, enrollados junto con ella; los sacaron y echaron en un lugar al sur de la tierra. 29Vi que trajo el dueño de las ovejas una casa nueva, más grande y alta que la primera, y la puso en el lugar de la que había sido recogida. Todas sus columnas y ornamentos eran nuevos y mayores que los de la antigua que había quitado, y el dueño de las ovejas estaba dentro» (Henoc 90,28s, D M.).

(vii) Los judíos que estaban dispersos por todo el mundo serían recogidos en la nueva Jerusalén. Hasta el día de hoy el libro judío de oraciones diarias incluye la petición: «¡Izad la bandera para reunir a los dispersos y congregarlos de los cuatro puntos cardinales de la Tierra!» El capítulo 11 de los Salmos de Salomón contiene un doble cuadro de ese retorno:

¡Tocad la trompeta en Sión para reunir a los santos, haced que se oiga en Jerusalén la voz del que trae alegres nuevas; porque Dios ha tenido piedad de Israel al visitarlos! ¡Colócate en la cumbre, Jerusalén, y mira a tus hijos, del Oriente y del Poniente, reunidos por el Señor! ¡Vienen del Norte con el gozo de su Dios, de las islas lejanas Dios los ha reunido! Ha abatido montañas altas allanándolas para ellos; las colinas huyeron cuando entraron. Los bosques les dieron cobijo cuando pasaban; todos los árboles aromáticos hizo Dios que brotaran para ellos, para que Israel pasara adelante en la visitación de la gloria de su Dios. ¡Ponte, Jerusalén, tus ropas de fiesta; prepara tu túnica santa; por cuanto Dios ha decretado el bien para Israel para siempre jamás, haga el Señor lo que ha hablado referente a Israel y Jerusalén; levante el Señor a Israel por Su glorioso nombre. ¡Sea la misericordia del Señor sobre Israel por siempre y siempre!

Se puede ver fácilmente lo judío que había de ser este nuevo mundo. El elemento nacionalista domina por todas partes.

(viii) Palestina sería el centro del mundo, y el resto del mundo le sería sometido. Todas las demás naciones serían subyugadas.

A veces se concebía como un dominio pacífico:

Y todas las islas y las ciudades dirán: «¡Cómo ama el Eterno a estas personas!» Porque todas las cosas obran en armonía con ellas y las ayudan… ¡Venid, postrémonos en tierra y supliquemos al eterno Rey, el Todopoderoso, el Dios perdurable! Vayamos en procesión a Su Templo, porque Él es el único Potentado. (Oráculos Sibilinos 3,690ss).

Más corrientemente se presentaba el fin de los gentiles como una destrucción total, ante la que se regocijaría Israel.

y Él aparecerá para castigar a los gentiles, y destruirá todos sus ídolos.

Entonces tú, Israel, serás feliz.

Te montarás sobre los cuellos y las alas de las águilas (es decir, Roma, el águila, será destruida)

y ellos terminarán, y Dios te exaltará.

Y tu mirarás desde las alturas y verás a tus enemigos en la gehena, y los reconocerás y te regocijarás.

(Asunción de Moisés 10,8-10).

Era una descripción sombría. Israel se regocijaría al ver a sus enemigos quebrantados y en el infierno. En cuanto a los israelitas que hubieren muerto, resucitarían para participar en el nuevo mundo.

(ix) Finalmente vendría una nueva edad de paz y de bondad que permanecería para siempre.

Estas eran las ideas mesiánicas que había en las mentes cuando vino Jesús: violentas, nacionalistas, destructivas, vengativas. Cierto que terminaban en el perfecto Reino de Dios; pero llegaban a él a través de un baño de sangre y una carrera de conquista. Figuraos a Jesús en un trasfondo así. No es extraño que tuviera que reciclar a Sus discípulos en el nuevo sentido del mesiazgo; ni tampoco que Le crucificaran al final como hereje. No había lugar en un panorama así para una Cruz, ni para el amor doliente.

EL TENTADOR HABLA POR LA VOZ DE UN AMIGO

Marcos 8:31-33

Jesús empezó a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera muchas cosas, y fuera rechazado por los ancianos y principales sacerdotes y escribas, y que Le mataran, y que resucitara después de tres días.

Estuvo diciéndoles estas cosas claramente. Y Pedro Le tomó aparte, y se puso a reprenderle. Entonces Jesús Se dio la vuelta, miró a Sus discípulos y reprendió a Pedro diciéndole:

-¡Quítate de delante de Mí, Satanás! ¡Esos no son pensamientos de Dios, sino de los hombres!

Tenemos que leer este pasaje en el trasfondo de lo que acabamos de ver que se creía corrientemente acerca del Mesías. Cuando Jesús conectó el mesiazgo con el sufrimiento y la muerte, estaba haciendo afirmaciones que les resultaban tanto increíbles como incomprensibles a Sus discípulos. A lo largo de toda su vida habían pensado en el Mesías en términos de conquista irresistible, y ahora se les presentaba una idea que los desarticulaba. Por eso fue por lo que Pedro protestó tan violentamente. Para él, todo eso era absurdo.

¿Por qué reprendió Jesús tan duramente a Pedro? Porque estaba expresando las mismas tentaciones que asediaban a Jesús. Él no quería morir. Sabía que tenía poderes que podía emplear para la conquista. En este momento estaba peleando de nuevo la batalla de las tentaciones en el desierto. Era el diablo el que Le estaba tentando otra vez a que Se postrara y le adorara para seguir su camino en lugar de seguir el camino de Dios.

Es extraño, y a veces terrible, que el tentador nos hable en la voz de un amigo bien intencionado. Puede que hayamos decidido seguir un curso de acción que es correcto, pero que conlleva inevitablemente problemas, pérdidas, impopularidad, sacrificio; y algún amigo bien intencionado intenta detenernos con las mejores razones del mundo. Yo conocí a un hombre que había decidido adoptar un método de acción que le conduciría casi inevitablemente a problemas. Un amigo se dirigió a él, y trató de disuadirle. «Acuérdate -le dijo- que tienes mujer y familia. No puedes hacer eso.» Es muy posible que alguien nos quiera tanto que quiera evitarnos problemas, y hacernos ir seguros por la vida.

En Gareth and Lynette, Tennyson nos cuenta la historia del hijo menor de Lot y Bellicent. Había captado la visión, y quería ser uno de los caballeros de la Mesa Redonda. Bellicent, su madre, no quería dejarle partir. «¿No te da lástima dejarme sola?» le preguntó. El padre de Gareth, Lot, anciano ya, le dijo ella, «está tumbado como un tronco que ya casi se ha consumido al fuego.» Sus hermanos ya estaban en la corte de Artús. «¡Quédate, mi mejor hijo! -le dice ella- Todavía eres más un muchacho que un hombre.» Si se quedaba, ella le prepararía la caza para mantenerle feliz, y le encontraría alguna princesa que fuera su novia. Él había captado la visión; y su madre se puso a ensartarle razones, una tras otra, a cuál más excelente, por las que debía quedarse en casa. Alguien que le amaba le hablaba con la voz del tentador sin darse cuenta; pero Gareth le contestó:

Oh Madre, ¿cómo podrás mantenerme atado a ti como un perrillo? ¡Qué vergüenza! Yo soy un hombre hecho y derecho, y debo cumplir la misión de un hombre. ¿Perseguir a los ciervos? ¡Seguir a Cristo el Rey, vivir puro, hablar verdad, enderezar tuertos, seguir al Rey… De otra manera, ¿para qué nací?

Así que Gareth fue cuando y adonde la visión le llamó.

El tentador no tiene armas más eficaces que cuando usa la voz de los que nos aman y amamos, que creen que no buscan sino nuestro bien. Eso fue lo que Le sucedió a Jesús aquel día; por eso Su respuesta fue tan dura. Ni siquiera la voz suplicante del amor debe silenciar en nosotros la imperiosa voz de Dios.

LA CARRERA DE UN DISCÍPULO

Marcos 8:34-35

Jesús llamó a la multitud, juntamente con Sus discípulos, y les dijo:

-Si hay alguien que quiera ser Mi seguidor, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que Me siga.

Esta parte del evangelio de Marcos está tan próxima al corazón y centro de la fe cristiana que tenemos que tomarla casi frase por frase. Si cada día pudiera uno salir a la vida con una de estas frases en el corazón y dominando su vida, sería más que suficiente para seguir adelante.

Dos cosas sobresalen aquí a primera vista.

(i) Está la casi alucinante honradez de Jesús. Nadie podrá decir que se le indujo a seguir a Jesús con falsas promesas. Jesús no trató nunca de sobornar a nadie ofreciéndole un camino fácil. No ofrecía la paz, sino la gloria. Decirle a uno que debe estar dispuesto a cargar con una cruz es decirle que debe estar dispuesto a que le consideren un criminal, y a morir.

La honradez siempre ha sido una característica de los grandes líderes. En los días de la Guerra Mundial II, cuando Sir Winston Churchill asumió el gobierno de su país, todo lo que ofrecía era « sangre, trabajos, lágrimas y sudor.» Garibaldi, el gran patriota italiano, invitaba a seguirle en estos términos: «No ofrezco soldada, ni cuartel, ni provisiones; ofrezco hambre, sed, marchas forzadas, batallas y muerte. El que ame a su país de todo corazón y no sólo de labios para fuera, que me siga.» «Soldados, todos nuestros esfuerzos contra fuerzas superiores han resultado ineficaces. No tengo nada que ofreceros, sino hambre, y sed, dureza y muerte; pero llamo a todos los que amen a su patria a unirse conmigo.»

Jesús nunca trató de seducir a nadie a unírsele ofreciendo un camino fácil; trató de desafiar, de despertar la caballerosidad durmiente en sus corazones con el ofrecimiento de un camino que ningún otro podría igualar en altura y dureza. Él no había venido a hacer la vida más fácil, sino a hacer a los hombres grandes.

(ii) Tenemos el hecho de que Jesús nunca apeló a los hombres para que arrostraran o hicieran nada que El no estuviera dispuesto a hacer o arrostrar. Esa es sin duda una de las características del líder al que otros siguen. Cuando Alejandro Magno emprendió la persecución de Darío, realizó una de las marchas maravillosas de la Historia. En once días hizo recorrer a sus hombres tres mil trescientos estadios, unos seiscientos kilómetros. Estaban casi a punto de rendirse, principalmente a causa de la sed, porque no tenían agua. Plutarco cuenta la historia: «Cuando estaban en esta angostura, sucedió que unos macedonios que habían cargado agua en pellejos sobre sus mulas de un río que habían descubierto vinieron a eso del mediodía al lugar donde estaba Alejandro, y viéndole casi ahogándose de sed llenaron un yelmo de agua y se lo ofrecieron. Él les preguntó para quién llevaban el agua; y le contestaron que para sus hijos, añadiendo que si podían salvarle a él la vida no les importaba el que todos ellos perecieran. Entonces él tomó el yelmo en sus manos y, mirando a su alrededor, cuando vio a todos los que estaban cerca de él estirar el cuello mirando ansiosamente el agua, se la devolvió a los que se la ofrecían dándoles las gracias, sin probar ni una gota. «Porque -dijo-, si yo fuera el único que bebiera, los demás se descorazonarían.» Los soldados, tan pronto como se dieron cuenta de su temperancia y magnanimidad en esta ocasión, todos a una gritaron que los condujera adelante sin recelos, y empezaron a espolear sus caballos. Porque teniendo tal rey, decían que desafiaban el cansancio y la sed, y se consideraban poco menos que inmortales.» Era fácil seguir a un líder que nunca exigía a sus hombres más de lo que él mismo soportaba.

Hubo un famoso general romano, Quinto Fabio Cunctator. Estaba discutiendo con su personal cómo tomar una posición difícil. Uno de sus oficiales sugirió una cierta manera: « No costará más que la vida de unos pocos.» Fabio le miró, y le dijo: «¿Estás dispuesto a ser uno de esos pocos?»

Jesús no era la clase de líder que se sienta remoto y juega con las vidas humanas como si fueran peones insignificantes. Lo que Él demandaba que arrostraran, El estaba también dispuesto a arrostrarlo. Jesús tiene derecho a llamarnos a asumir una cruz, porque Él la llevó antes por nosotros.

(iii) Jesús dijo del que quisiera ser discípulo suyo: «Que se niegue a sí mismo.» Comprenderemos mejor el sentido de esta exigencia si la tomamos sencilla y literalmente. «Que se diga que no a sí mismo.» Si uno quiere seguir a Jesucristo, debe siempre decirse a sí mismo que no, y a Jesús que sí. Debe decirle que no a su propio amor natural a la facilidad y la comodidad. Debe decirle que no a todo curso de acción basado en el propio interés y en la propia voluntad. Debe decirle que no a los instintos y a los deseos que le incitan a tocar y gustar y utilizar las cosas prohibidas. Debe decirle que sí sin dudar a la voz y al mandamiento de Jesucristo. Debe ser capaz de decir con Pablo que ya no es él quien vive, sino Cristo Quien vive en él. Ya no vive para seguir su propia voluntad, sino para seguir la de Cristo, en Cuyo servicio está la perfecta libertad.

ENCONTRAR LA VIDA PERDIÉNDOLA

Marcos 8:36

El que busque salvar su vida, la perderá; y el que la pierda por Mi causa y por la causa del Evangelio, la salvará.

Hay algunas cosas que se pierden si se guardan, y se salvan si se usan. Eso pasa con cualquier talento que se posea. Si se usa, se desarrolla y se convierte en algo más grande. Si se deja de usar, acaba por perderse. Así sucede supremamente con la vida.

La Historia está llena de ejemplos de personas que, al desprenderse de la vida, ganaron la vida eterna. Ya avanzado el siglo IV, había en el Oriente un monje que se llamaba Telémaco. Había decidido dejar el mundo y vivir en la soledad dedicado a la oración y la meditación y el ayuno a fin de salvar su alma. En su vida solitaria no buscaba nada más que estar en comunión con Dios; pero, por lo que fuera, se daba cuenta de que algo estaba equivocado. Cierto día, al levantarse de la posición arrodillada, le amaneció repentinamente la verdad de que su vida estaba basada, no en un amor desinteresado a Dios, sino en un amor egoísta. Se le impuso la convicción de que, si quería servir a Dios, tenía que servir a los hombres, que el desierto no era el hábitat natural de un cristiano, que las ciudades estaban llenas de pecado, y por tanto llenas de necesidad. Decidió decirle adiós al desierto y ponerse en camino hacia la ciudad más grande del mundo, Roma, al otro lado del mundo. Fue mendigando por tierras y por mares. Por aquel entonces, Roma ya era oficialmente cristiana. Llegó en los días en que se le había concedido al general romano Eshílico que desfilara en triunfo por Roma por haber obtenido una victoria importantísima contra los godos. Aquello ya no era como en los días antiguos. Ahora era a las iglesias cristianas a las que acudían las multitudes, y no a los templos paganos. Había procesiones y celebraciones, y Estílico iba desfilando por las calles en triunfo al lado del joven emperador Honorio.

Pero una cosa sobrevivía en la Roma cristiana. Todavía existían el circo y los juegos de gladiadores. Ya no se arrojaban los cristianos a los leones; pero todavía tenían que luchar a muerte los prisioneros de guerra para divertir en las fiestas al populacho romano. Todavía rugían los espectadores, emborrachados de sangre por las luchas de los gladiadores.

Telémaco consiguió llegar al circo. Había allí 80,000 espectadores. Estaban terminando las carreras de cuadrigas; y el público esperaba impaciente que salieran los gladiadores a luchar. Por fin salieron a la arena proclamando su saludo: «¡Hola, César! ¡Los que vamos a morir te saludamos!» La lucha empezó, y Telémaco estaba apabullado. Hombres por quienes Cristo había muerto estaban matándose para divertir a un populacho supuestamente cristiano. Telémaco saltó la barrera. Se puso entre los gladiadores, que se detuvieron un instante. «¡Que sigan los juegos!», rugía la multitud. Empujaron al intruso a un lado. Todavía llevaba la vestimenta de los ermitaños. Pero Telémaco volvió a colocarse entre los luchadores. La multitud empezó a tirarle piedras. Gritaron a los gladiadores que le mataran y se le quitaran de en medio. El jefe de los juegos dio una orden; la espada de un gladiador se levantó y cayó sobre él como un rayo, y Telémaco cayó y quedó muerto.

Repentinamente la multitud quedó en silencio. Estaban todos sobrecogidos ante el hecho de que un hombre santo hubiera recibido la muerte de aquella manera. Repentinamente la masa se dio cuenta de lo que era en realidad aquella matanza. Los juegos se terminaron abruptamente aquel día, y ya nunca volvieron a celebrarse. Telémaco, con su muerte, acabó con ellos. Como el famoso historiador Gibbon dijo de él: «Su muerte fue más útil a la humanidad que su vida.» Al perder su vida había hecho más de lo que hubiera podido hacer nunca cultivándola en devociones privadas en el desierto.

Dios nos ha dado la vida para gastarla, y no para conservarla. Si vivimos con mucho cuidado, pensando siempre en primer lugar en nuestro propio provecho, facilidad, comodidad y seguridad; si nuestro único propósito en la vida es prolongarla lo más posible, manteniéndola libre de problemas lo más posible; si no realizamos ningún esfuerzo nada más que en provecho propio, estamos perdiendo la vida todo el tiempo. Pero si empleamos la vida en beneficio de los demás, si nos olvidamos de la salud y del tiempo y de la riqueza y de la comodidad en nuestro deseo de hacer algo por Jesús y por las demás personas por las que Cristo murió, estamos ganando la vida todo el tiempo.

¿Qué habría sucedido al mundo si los médicos y los hombres de ciencia y los inventores no hubieran estado dispuestos a hacer experimentos arriesgados muchas veces para su propia vida? ¿Qué habría sucedido si todo el mundo no hubiera querido nada más que quedarse cómodamente en casa, y no hubiera habido exploradores ni pioneros? ¿Qué pasaría si todas las madres se negaran a correr el riesgo de traer un hijo al mundo? ¿Qué pasaría si todos los hombres emplearan todo lo que tienen en sí mismos y para sí mismos?

La misma esencia de la vida consiste en arriesgarla, en utilizarla, no en salvarla y ahorrarla. Es verdad que este es el camino de la fatiga, del agotamiento, del darse hasta lo último -pero es mejor siempre quemarse que oxidarse, porque ese es el camino que conduce a la felicidad y a Dios.

EL VALOR SUPREMO DE LA VIDA

Marcos 8:37

¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su propia vida? Porque, ¿qué puede dar una persona a cambio de su vida?

En cierto sentido es totalmente posible que un hombre obtenga un tremendo éxito en la vida, y por otra parte esté viviendo una vida que no vale la pena vivir. La verdadera pregunta que hace Jesús es: « ¿Dónde pones tú los valores de la vida?» Es posible que uno ponga sus valores en cosas que no los tienen, y descubrirlo demasiado tarde.

(i) Una persona puede sacrificar su honor por un beneficio. Puede desear cosas materiales y no preocuparse demasiado por cómo las obtiene. El mundo está lleno de tentaciones a una deshonra provechosa. George Macdonald cuenta en uno de sus libros que un sastre siempre introducía el dedo gordo para hacer un poco más cortas las medidas. «Le sisaba a su alma -decía- y lo sumaba en su cuenta.» La verdadera pregunta, la que habrá que contestar más tarde o más temprano es: «¿Cómo aparecen nuestras cuentas a la vista de Dios?» Dios es un inspector con Quien todos a fin de cuentas nos tendremos que enfrentar.

(ii) Uno puede que sacrifique los principios por la popularidad. Puede que el hombre comprensivo, complaciente, que sabe ceder, se ahorre muchos problemas. Puede que el que se consagra inflexiblemente a los principios no le caiga bien a nadie. Shakespeare hace el retrato del gran cardenal Wolsley, que sirvió a Enrique VIII con todo el ingenio y la astucia que poseía:

Si yo hubiera servido a mi Dios con la mitad del celo con que he servido a mi rey, Él no me habría dejado desnudo a mi edad ante mis enemigos.

La verdadera pregunta, la que cada uno tendrá que arrostrar a fin de cuentas, no es: «¿Qué pensaron los demás de esto?» sino: «¿Qué piensa Dios de esto?» No es el veredicto de la opinión pública el que decide el destino, sino el de Dios.

(iii) Una persona puede que sacrifique las cosas permanentes y valiosas por otras pasajeras y baratas. Siempre es fácil obtener un éxito barato. Un autor puede que sacrifique lo que podría ser realmente grande por el éxito barato de un momento. Un músico puede que produzca ligerezas efímeras cuando podría estar produciendo algo real y permanente. Un hombre puede que escoja un trabajo que le proporcionará más dinero y comodidades dando la espalda a otro en el que podría prestar más servicios a sus semejantes. Uno puede pasar la vida ocupándose de cosas pequeñas y pasando por alto las grandes. Una mujer puede que prefiera una vida de placer y de eso que se considera libertad a cambio del servicio de su hogar y la educación de su familia.

Pero la vida tiene su manera de revelar los verdaderos valores y condenar los falsos con el paso del tiempo. Lo que no cuesta, nunca dura.

(iv) Podemos resumirlo todo diciendo que una persona puede sacrificar la eternidad por el momento. Nos salvaríamos de toda clase de equivocaciones si miráramos siempre las cosas a la luz de la eternidad. Muchas cosas son agradables por un momento, pero más tarde traen la ruina. La prueba de la eternidad, la prueba de tratar de ver las cosas como Dios las ve, es la prueba más real de todas.

La persona que ve las cosas como Dios las ve, nunca empleará la vida en las cosas que pierden el alma.

Marcos 8:1-38

8.1ss Este es un milagro distinto al de la alimentación de los cinco mil descrito en el capítulo 6. En aquella ocasión, casi todos eran judíos. Esta vez, Jesús ministraba a una multitud de gentiles en la región de Decápolis. Las obras y el mensaje de Jesús empezaban a tener impacto en un gran número de gentiles. El hecho de que Jesús ministrase con mucha compasión a los no judíos, daba gran confianza al público de Marcos, que era en su mayoría romano.

8.1-3 ¿Alguna vez le ha parecido que Dios ha estado tan ocupado con asuntos más importantes que no le ha sido posible ocuparse de sus necesidades? Así como Jesús se ocupó de aquella gente y su necesidad, El se ocupa de las nuestras cada día. En otra ocasión Jesús dijo: «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?[…] vuestro padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mat_6:31-32). ¿Tiene preocupaciones que, según su parecer, no le interesan a Dios? Para El no hay asunto demasiado grande ni tan pequeño que escape a su interés.

8.11 Los fariseos trataban de explicar los milagros anteriores de Jesús diciendo que fueron obras de la suerte, la coincidencia o el poder de Satanás. Demandaban una señal en el cielo, algo que solo Dios podría hacer. Jesús rechazó tal demanda porque sabía que ni un milagro como ese bastaría para convencerlos. Ya habían resuelto no creer. Los corazones pueden llegar a ser tan duros que ni siquiera los acontecimientos y demostraciones más convincentes los hacen cambiar.

8.15 Marcos menciona la levadura del rey Herodes y de los fariseos, mientras que Mateo habla de «la levadura de los fariseos y de los saduceos». La audiencia de Marcos, en su mayoría de gentiles, tiene que haber oído hablar del rey Herodes, pero no necesariamente de la secta judía conocida como los saduceos. Así, Marcos describe la parte de la declaración de Jesús que muchos de sus lectores podían entender. Cuando Marcos se refiere al rey Herodes, habla de los herodianos, grupo de judíos que respaldaban a dicho rey. Muchos de ellos eran también saduceos.

8.15ss En este pasaje la levadura simboliza lo malo. Como una pequeña cantidad de levadura es suficiente para hacer una hornada de pan, asimismo, los corazones endurecidos de los líderes judíos podían penetrar y contaminar la sociedad entera y lograr que se levantara contra Jesús.

8.17, 18 ¿Cómo es posible que los discípulos después de ser testigos de tantos de los milagros de Jesús, fueron tan lentos en descubrir su verdadera identidad? Lo vieron alimentar a más de cinco mil personas con cinco panes y dos peces (6.35-44), pero vuelven a dudar que pudiera alimentar a otro grupo grande.

Muchas veces somos también terriblemente lentos en comprender. Aunque Cristo nos ha ayudado a salir airosos de tentaciones en el pasado, nos cuesta creer que pueda hacerlo aún en el futuro. ¿Está su corazón demasiado cerrado para recibir todo lo que Dios puede hacer por usted? No sea como los discípulos. Recuerde que Cristo lo ha hecho y tenga fe para creer que lo volverá a hacer.

8.25 ¿Por qué Jesús tocó al hombre dos veces antes que pudiera ver? Este milagro no era difícil para Jesús, pero quiso hacerlo por etapas, quizás para mostrar a los discípulos que algunas sanidades serían graduales y no instantáneas, o para demostrar que la verdad espiritual no siempre se percibe con claridad desde el principio. Sin embargo, antes que Jesús se fuera, el hombre se sanó por completo.

8.27 Cesarea de Filipo era una ciudad bien pagana, conocida porque adoraban dioses griegos y tenían templos dedicados a la adoración del antiguo dios Baal. Herodes Felipe, mencionado en Mar_6:17, cambió el nombre de la ciudad de Cesarea a Cesarea de Filipo, para que no la confundieran con la costera ciudad de Cesarea (Act_8:40), capital del territorio gobernado por su hermano, Herodes Antipas. Esta ciudad pagana, donde reconocían a muchos dioses, fue un lugar apropiado para que Jesús pidiera a los discípulos que reconocieran su identidad como Hijo de Dios.

8.28 Para leer la historia de Juan el Bautista, véase Mar_1:1-11 y 6.14-29. Para leer la historia de Elías, véase 1 Reyes 17-20 y 2 Reyes 1-2.

8.29 Jesús consultó a los discípulos sobre quién creía la gente que era El; luego les preguntó: «¿Quién decís que soy?» No es suficiente saber lo que otros piensan de Jesús. Usted debe saber, entender y aceptar que Jesús es el Mesías. Debe pasar de la simple curiosidad al compromiso, de la admiración a la adoración.

8.29-31 El nombre Hijo del Hombre es el que Jesús utiliza más para referirse a El mismo. Proviene de Dan_7:13 donde hijo de hombre es una figura celestial, la que al final de los tiempos tiene autoridad y poder. El nombre se refiere a Jesús el Mesías, el hombre representativo, el agente humano de origen divino vindicado por Dios. En este pasaje, Hijo del Hombre está estrechamente vinculado a la confesión de Pedro sobre Jesús como Cristo y confirma su significado mesiánico.

A partir de este momento, Jesús habló claramente acerca de su muerte y resurrección. Comenzó a prepararlos para lo que le acontecería diciéndoles en tres oportunidades que pronto moriría (Dan_8:31; Dan_9:31; Dan_10:33-34).

8.30 ¿Por qué Jesús pidió a sus discípulos que no dijeran a nadie la verdad acerca de El? Jesús sabía que necesitaban más instrucción acerca de la obra que realizaría con su muerte y resurrección. Sin más enseñanza, los discípulos solo tendrían el cuadro a medias. Cuando confesaron que Jesús era el Cristo, aún no sabían todo lo que significaba.

8.31 De ahí en adelante, Jesús habló clara y directamente a sus discípulos acerca de su muerte y resurrección. A fin de empezar a prepararlos para lo que le sucedería, les dijo en tres oportunidades que pronto moriría (8.31; 9.31; 10.33, 34).

8.32, 33 En ese momento, Pedro no consideraba los propósitos de Dios, sino solo sus deseos y sentimientos naturales. Quería que Cristo fuera el Rey y no el siervo sufriente profetizado en Isaías 53. Estaba listo para recibir la gloria de ser seguidor del Mesías, pero no la persecución.

La vida cristiana no es un camino pavimentado hacia las riquezas y el ocio. A menudo significa duro trabajo, persecución, privaciones y sufrimiento profundo. Pedro vio solo una parte del cuadro. No repitamos el mismo error; en cambio, fijémonos en lo bueno que Dios puede producir de lo aparentemente malo y en la resurrección que sigue a la crucifixión.

8.33 A menudo Pedro era el que hablaba a nombre de los discípulos. Al dirigirse a él, Jesús sin duda hablaba a todos en forma indirecta. Es extraño, pero los discípulos trataban de evitar que Jesús fuera a la cruz, su verdadera misión sobre la tierra. Satanás tentó a Jesús en el mismo sentido (Mateo 4). Mientras que los motivos de Satanás eran diabólicos, a los discípulos los motivaba el amor y la admiración que sentían por Jesús. Sin embargo, la tarea de los discípulos no era guiar y protegerlo, sino seguirle. Solo después de su muerte y resurrección llegarían a entender cabalmente por qué Jesús tenía que morir.

8.34 Los romanos, la audiencia original de Marcos, sabían lo que significa cargar con una cruz. La crucifixión era una forma de ejecución usada por los romanos en los casos de criminales peligrosos. El prisionero cargaba su cruz hasta el lugar de la ejecución, con lo cual demostraba sumisión al poder de Roma.

Al hablar de llevar la cruz, Jesús quiso ilustrar el sentido de lo que se requiere para seguirle. No está en contra del placer; tampoco quiere decir que debemos buscar dolor innecesariamente. Lo que quiso decir fue que seguirle, momento tras momento, requiere de esfuerzo heroico y de hacer su voluntad aun en los momentos difíciles, cuando el futuro se presenta incierto.

8.35 Gastarnos por la causa de las buenas nuevas no significa en manera alguna que nuestras vidas carezcan de valor. Significa que nada, ni siquiera la vida misma, es comparable con lo que podemos ganar con Cristo. Jesús quiere que decidamos seguirle en lugar de llevar una vida de pecado y autosatisfacción. Quiere que dejemos de tratar de controlar nuestras vidas y dejar que El las controle. Esto tiene sentido porque solo El, como Creador, sabe lo que es vivir en verdad. Nos pide sumisión, no auto desprecio; nos pide despojarnos del egocentrismo que nos dice que sabemos mejor que Dios cómo conducir nuestras vidas.

8.36, 37 Muchas personas se pasan la vida buscando placer. Jesús dijo, sin embargo, que el placer centrado en las posesiones, la posición o el poder, al fin y al cabo no valen nada. Todo lo que posea en la tierra es temporal; no debe obtenerse a cambio de su alma. Si trabaja arduamente para conseguir lo que quiere, es posible que llegue a tener una vida «placentera», pero al final verá que es hueca y vacía. ¿Está dispuesto a hacer de la búsqueda de Dios algo más importante que la egoísta búsqueda del placer? Siga a Jesús y sabrá lo que significa realmente disfrutar la vida y a la vez tener vida eterna.

8.38 Jesús constantemente invierte la perspectiva del mundo al hablar de salvación y perdición, de pérdida y hallazgo. Aquí nos confronta con una elección. Quienes se avergüencen de Jesús y lo rechacen en esta vida, lo verán con claridad en el día del juicio, pero ya será demasiado tarde. Quienes lo vean así ahora y lo aceptan, escaparán de la vergüenza del rechazo en el juicio final.

Marcos 8:1-13

Vemos otra vez á nuestro Señor dando de comer á una gran multitud con unos pocos panes y peces. Conocía el corazón del hombre, y veía la nube de disputadores y escépticos que iba a levantarse, y que pondrían en duda la realidad de las obras portentosas que hacia. Repite el milagro asombroso que aquí se refiere para cerrar la boca á todos los que no se empeñan en cerrar los ojos á la evidencia. Muestra la grandeza de su poder por segunda vez ante cuatro mil testigos.

Observemos en este pasaje cuan grande es la bondad y compasión de nuestro Señor Jesucristo. Veía en torno suyo á una «multitud muy grande,» que no tenia nada que comer; sabia que una gran mayoría lo seguían tan solo por mera curiosidad, y no tenían el más ligero título para ser considerados como discípulos suyos. Sin embargo, cuando los vio hambrientos y destituidos, se compadeció de ellos: «Tengo compasión de la multitud, porque hace tres días que están conmigo, y no tienen nada que comer..

En estas palabras se descubre lo sensible del corazón de nuestro Señor Jesucristo. Se compadece aun de aquellos que no son miembros de su pueblo, de los infieles, de los que no tienen gracia, de los adoradores del mundo; por ellos se enternece, aunque ellos no lo conocen; muere por ellos, aunque ellos se cuidan muy poco de lo que El hizo en la cruz. Los recibiría graciosamente, y les concedería un perdón absoluto y gratuito, si tan solo se arrepintieran y creyeran en El. Guardémonos de medir el amor de Cristo con medidas humanas. Indudable es que tiene un amor especial á los creyentes que forman su pueblo, pero se compadece amorosamente aun de los malos y de los mal agradecidos. Su amor» excede todo conocimiento.» Efes.3:19.

Empeñémonos en hacer á Jesús nuestro modelo tanto en este particular, como en todo. Seamos bondadosos, compasivos, pia-dosos y corteses con todos los hombres; estemos siempre dispues-tos á hacer bien á todos, y no solo á los amigos ni á los que pertenecen á la familia de los creyentes. Practiquemos la orden de nuestro Señor, «Amad á vuestros enemigos, bendecid á los que os maldicen, haced bien á los que os aborrecen.» Mat_5:44. Esto es tener el espíritu de Cristo; esta es la mejor manera de amontonar carbones encendidos sobre la cabeza de nuestros enemigos, y convertirlos en amigos. Rom_12:20.

Observemos, en segundo lugar, según este pasaje, que para Cristo nada es imposible. Los discípulos dijeron «¿de donde puede un hombre hartar á estos hombres de pan, aquí en el desierto?» Bien podían decirlo. Sin la mano de Aquel que hizo al principio el mundo de la nada, no hubiera podido realizarse. Pero en las manos omnipotentes de Jesús siete panes y unos pocos peces resultaron suficientes para satisfacer á cuatro mil hombres. Nada es muy difícil para el Señor.

No nos permitamos nunca dudar del poder de Cristo para subvenir á las necesidades espirituales de todo su pueblo. Tiene «pan bastante y aun de sobra» para toda alma que en El confía. Por débiles, enfermos, corrompidos, y vacíos que se encuentren los creyentes, que no desesperen jamás, pues Cristo vive. Hay en El tesoro inagotable de misericordia y gracia, reservado para el uso de todos los miembros creyentes, y listo para ser concedido á todo aquel que en sus oraciones lo pidiera. «Plugo al Padre que en El residiera toda la plenitud.» Col_1:19.

No dudemos nunca del cuidado providencial que Cristo se toma para remediar las necesidades temporales de todo su pueblo. Está informado de sus circunstancias; conoce todas sus necesidades, y no permitirá que les falte nada que realmente sea para su bien. Su corazón no ha cambiado después que subió al cielo, y se sentó á la diestra de Dios. Vive aun el que tuvo compasión de las turbas hambrientas en el desierto, y socorrió su necesidad. ¿Con cuanta más razón no debemos suponer que remediará las necesidades de los que confían en El? De seguro que las remediará; podrá poner su fe á prueba algunas veces; algunas veces tendrán quizás que esperar largo tiempo y se encontrarán agobiados; pero el creyente no quedará destituido. «Pan recibirá; su agua estará segura.» Isa_33:16.

Observemos, por último, que gran pesar la incredulidad causa á nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que cuando «los fariseos empezaron á altercar con El, pidiéndole un signo del cielo, tentándolo, suspiró profundamente en su espíritu.» ¡Cuanto significaba ese suspiro! Se escapaba de un corazón que se lamentaba de la ruina que esos malvados estaban acarreando á sus propias almas. Aunque enemigos suyos, Jesús no podía contemplar sin dolor como se endurecían en la incredulidad.

El sentimiento que nuestro Señor Jesucristo manifiesta en esta ocasión será siempre el de todos los cristianos verdaderos. Dolerse de los pecados de nuestros prójimos es una prueba evidente de la gracia. El que está verdaderamente convertido mirará al inconverso con piedad é interés. Así pensaba David: « Contemplé á los transgresores y me afligí.» Psa_119:138. Así sentían los buenos en los días de Ezequiel: «Suspiran y claman por las abominaciones que se cometen en la tierra.» Ezeq. 9:4. Ese era el espíritu que dominaba á Lot: «Su alma recta se angustiaba con las maldades de los que lo rodeaban.» 2Pe_2:8.

Lo mismo sucedía con Pablo: « Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.» Rom_9:2. En todos estos casos descubrimos algo del espíritu de Cristo. Como siente la Cabeza excelsa de la iglesia, así sienten los miembros. Todos se afligen cuando ven el pecado.

No concluyamos con este pasaje sin examinarnos escrupulosa-mente. ¿Sabemos lo que es imitar á Cristo, y tener sus mismos sentimientos? ¿Nos sentimos lastimados, afligidos y angustiados cuando vemos á los hombres persistir en sus pecados y en su incredulidad? ¿Nos lamentamos é interesamos por la condición de los inconversos? Estas son cuestiones importantes, íntimas, y que demandan seria consideración. Hay pocos signos más seguros de un corazón inconverso, que la indiferencia y el descuido respecto á las almas de los demás.

No olvidemos finalmente que la incredulidad y el pecado son ahora causa tan grande de dolor para nuestro Señor como lo fueron hace mil ochocientos años. Luchemos y oremos para que nin-gún acto ó hecho nuestro vaya á aumentar ese dolor.

Muchos cometen continuamente el pecado de afligir á Cristo sin pensarlo y sin reflexionarlo. No ha cambiado Aquel que suspiro al ver la incredulidad de los fariseos. ¿Podemos dudar que se aflige cuando ve á alguno que persiste ahora en su incredulidad? ¡Permita Dios que nos veamos libres de semejante pecado!

Marcos 8:14-21

Notemos el solemne apercibimiento que nuestro Señor dirige á sus discípulos al principio de este pasaje. Dice, «Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes..

No tenemos que ponernos á conjeturar la significación de ese apercibimiento, pues nos lo aclara el pasaje paralelo en el Evangelio de S. Mateo. Allí leemos que Jesucristo no se refería á levadura «de pan,» sino á levadura de «doctrina.» El formalismo y la justificación propia de los fariseos, la mundanalidad y el escepticismo de los cortesanos de Herodes, eran los objetos de las precauciones de nuestro Señor. Encarga á sus discípulos que se pongan en guardia contra esos defectos.

Tales apercibimientos son muy importantes, y seria un gran bien para la iglesia de Cristo que se recordasen con más frecuencia. Las persecuciones no le han hecho á la iglesia ni la mitad del daño que le ha acarreado la aparición en su seno de falsas doctrinas. Falsos profetas y falsos maestros en su campamento han producido más daños en la cristiandad que todas las persecuciones tan sangrientas de los emperadores romanos. La espada del enemigo no ha perjudicado tanto la causa de la verdad como la lengua y la ploma.

Las doctrinas que nuestro Señor especifica son precisamente las que más han dañado la causa del Cristianismo. El formalismo por una parte, y el escepticismo por otro, han sido dolencias crónicas en la que profesa ser iglesia de Cristo. En todas épocas muchos cristianos se han visto atacados por ellas y por eso se ha necesitado en todo tiempo mucha vigilancia y mucho cuidado para preservarse.

La expresión que nuestro Señor usa al hablar de las falsas doctrinas es muy significativa y apropiada; las llama «fermento.» No hubiera podido emplearse otra palabra más exacta: pinta de una manera gráfica los comienzos humildes de la falsa doctrina, la manera sutil y callada con que se difunde insensiblemente introduciendo en la religión del, creyente el poder mortífero con que transforma todo el carácter del Cristianismo; cualidades que constituyen el peligro más grande de una doctrina falsa. Si se aproximase tremolando su verdadero estandarte, poco daño haría; pero el secreto de sus triunfos es su sutileza y su semejanza con la verdad. Se ha dicho que todo error en religión es una verdad desfigurada.

«Examinémonos con frecuencia para ver si estamos en la fe,» y guardémonos de la «levadura. «No miremos con indiferencia una doctrina falsa por insignificante que nos parezca, como no lo hacemos con un acto inmoral ó con una mentira por ligeros que sean á nuestro entender. Admitida una vez en nuestros corazones no sabemos cuan lejos nos podrá extraviar. El comenzar á desviarnos de la verdad pura es como dejar correr las aguas, gotas al principio y después torrentes. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Gal_5:9.

Paremos la atención en la obtusa inteligencia de los discípulos cuando el Señor les dirigió el apercibimiento que encierra este pasaje. Creyeron que la «levadura « de que habla, debía ser levadura de pan. No se les ocurrió por un momento que se refiriera á ninguna doctrina, y así es que se atrajeron este duro reproche « ¿No percibís aun, ni entendéis? ¿Tenéis aun el corazón endurecido? ¿Como es que no comprendéis?» Aunque los discípulos eran creyentes, y estaban convertidos y renovados, comprendían aún con dificultad las cosas espirituales. Tenían aún los ojos confusos, y su percepción era muy lenta en todo lo que se refería al reino de Dios.

Útil nos será recordar lo que aquí se refiere de los discípulos; puede servirnos para modificar la alta idea que estamos dispuestos a formarnos de nuestra sabiduría, y para mantenernos en la humildad y en la sumisión espiritual. No debemos imaginarnos, que en cuanto nos convertimos, lo sabemos todo. Nuestro conocimiento, como todas nuestras gracias, es siempre imperfecto, y nunca está más lejos de la perfección como cuando empezamos á dar los primeros pasos en el servicio del Señor. Hay más ignorancia en nosotros de la que podemos imaginarnos. «Si alguno piensa que sabe algo, aún no sabe cosa alguna como le conviene saber.» 1 Cor. 8.2.

Útil nos será sobre todo recordar lo que en este pasaje se refiere á nuestras relaciones con cristianos jóvenes. No podemos esperar que un recién convertido sea perfecto. No podemos declararlo destituido de gracia, sin conocimiento de Dios, y falso maestro, porque no discierne al principio sino una parte de la verdad y comete muchos errores. Posible es que á los ojos de Dios esté en el buen camino, y sea, sin embargo, como los discípulos lento en comprender las cosas del Espíritu. Debemos ser tolerantes y pacientes con él y no dejarlo á un lado como inútil. Démosle tiempo para que crezca en gracia y conocimiento, y quizás en sus últimos días lo veamos lleno de sabiduría, como Pedro y Juan. Que bendición es pensar que Jesús, nuestro Maestro celestial, no desprecia á ningún miembro de su pueblo. Por extraordinaria y digna de crítica que sea su torpeza para aprender, es indudable que Su paciencia nunca se agota. Continúa enseñándoles, «renglón tras renglón, y precepto tras precepto.» Hagamos lo mismo; sea nuestra regla invariable no mirar con desprecio la debilidad y torpeza de los cristianos jóvenes. Esperemos y seamos bondadosos, siempre que descubramos una chispa de verdadera gracia por pálida que sea, y aunque esté mezclada con mucha debilidad. Hagamos lo que desearíamos que hicieran con nosotros.

Marcos 8:22-26

No sabemos la razón que tuvo nuestro Señor Jesucristo para emplear los medios especiales que usó al hacer el milagro que se relata en estos versículos.

Vemos á un ciego curado milagrosamente; sabemos que una palabra de los labios de nuestro Señor, ó el contacto de su mano, hubiera sido suficiente á producir la cura; pero vemos que Jesús toma al ciego de la mano, lo lleva fuera de la aldea, le escupe en los ojos, le impone las manos, y entonces es que recobra la vista. El pasaje que comentamos no nos comunica el significado de todos esos actos.

Bueno es recordar, al leer pasajes de esta clase, que el Señor no se limita á usar siempre los mismos medios. En la conversión de las almas hay diversidad de operaciones, pero el mismo Espíritu es el que convierte; así al curar el cuerpo nuestro Señor emplea diversos instrumentos, pero el mismo poder divino es el que realiza la curación. En todas sus obras Dios es soberano; no da cuenta de sus actos.

Debemos observar especialmente en este pasaje que la cura que nuestro Señor hizo del ciego fue gradual: no se vio libre de su ceguera inmediatamente, sino por grados. Pudo haberla hecho instantáneamente, pero prefirió hacerla paso á paso. El ciego dijo primero que veía tan solo « á los hombres como árboles que caminaban. «Recobró después completamente la vista y «vio á todos claramente.» Bajo este respecto, este milagro no se parece á ningún otro.

Es imposible dudar que esta cura gradual tuvo por objeto presentarnos un emblema de las cosas espirituales. Estemos seguros que hay una profunda significación en todas las palabras y los actos de nuestro Señor durante su ministerio terrestre, y en este caso, como en otros, encontraremos útiles lecciones.

Debemos ver en esta restauración gradual de la vista una vivida ilustración de la manera con que el Espíritu trabaja frecuentemente en la conversión de las almas. Todos somos por naturaleza ciegos é ignorantes en todo lo que concierne á nuestras almas. La conversión es una iluminación, pasar de las tinieblas á la luz, de estar ciegos á contemplar el reino de Dios. Sin embargo pocos convertidos ven desde el principio distintamente. Ven confusamente, y comprenden de una manera imperfecta la naturaleza y extensión de las doctrinas, de las prácticas y de las ordenanzas del Evangelio. Están como el hombre á quien se refiere este pasaje, que vio al principio á los hombres como árboles que caminaban. Están deslumbrados al encontrarse en el mundo nuevo en que acaban de entrar.

No pueden ver claro y dar su propio lugar á todas las diversas partes de la religión, hasta que la obra del Espíritu no profundiza bien, y han adquirido alguna experiencia. Esta es la historia de muchos de los hijos de Dios. Principian por ver á los nombres como árboles que caminan, y acaban por verlo todo claro.

Dichoso aquel que ha aprendido esta lección bien, y en su humildad desconfía de su propio juicio. Veamos finalmente en la cura gradual de este ciego, una pintura animada de la condición actual en el mundo del pueblo creyente de Cristo, comparada con la que será en el porvenir. En la presente dispensación vemos y conocemos parcialmente; estamos como los que viajan de noche, pues no comprendemos mucho de lo que pasa en torno nuestro. En las relaciones providenciales de Dios con sus hijos, y en la conducta de muchos de los santos de Dios, vemos muchas cosas que no podemos comprender y que no podemos alterar. En una palabra, estamos como el que vio «á los hombres como árboles que caminaban..

Pero fijemos nuestra vista en el tiempo venidero y consolémonos; un momento llegará en que veamos todas las cosas «claramente.» La noche está muy avanzada y el día se aproxima; contentémonos con esperar, vigilar, trabajar y orar.

Cuando llegue el día del Señor, nuestra vista espiritual se perfeccionará. Veremos como hemos sido vistos y conoceremos como hemos sido conocidos.

Marcos 8:27-33

Muy importantes son las circunstancias que aquí se consignan. Tuvieron lugar en un viaje, y se suscitaron á consecuencia de una conversación «durante el camino..

Viajes dichosos aquellos en que el tiempo no se pierde en fruslerías, sino que se aprovecha en cuanto es posible meditando y discutiendo cuestiones graves.

Observemos la variedad de opiniones respecto á Cristo que prevalecía entre los Judíos. Unos decían que era Juan Bautista, otros Elías, y algunos que era uno de los profetas. En una palabra parece que circulaban mil diferentes opiniones, excepto la verdadera.

El mismo espectáculo se nos presenta hoy día. Cristo y su Evangelio son tan poco comprendidos en realidad, y son asunto de tantas opiniones diferentes como hace mil ochocientos años. Muchos saben el nombre de Cristo, lo reconocen como un Ser que vino al mundo á salvar á los pecadores, y que es adorado en unos edificios que han sido separados y dedicados á su servicio. Pocos son los que están íntimamente convencidos de que es Dios, el único Mediador, el único Gran Sacerdote, la única fuente de vida y paz, su propio Pastor y su propio Amigo. Es muy común oír expresar ideas vagas respecto á Cristo; aun es muy raro un conocimiento de Cristo razonado y experimental. No descansemos hasta que no podamos decir de Cristo, «Mi Amado es mío y yo soy Suyo.» Cant. 2:16.

Este es el conocimiento que salva, la vida eterna.

Observemos la buena confesión de fe con que el apóstol Pedro dio tu testimonio. Contestó á la pregunta de nuestro Señor, « ¿Quién dicen vosotros que soy Yo?» «Tú eres el Cristo..

Esta fue una respuesta muy noble, citando se toman debidamente en consideración las circunstancias en que se dio. Se dio cuando estaba Jesús en una condición pobre, sin honores, sin majestad, ni riquezas, ni poder; cuando los principales de la nación judía, tanto en la iglesia como en el estado, rehusaban reconocer á Jesús como el Mesías. Y, sin embargo, Simón Pedro dice, «Tú eres el Cristo.» La fuerza de su fe no flaqueó ante la pobreza y la baja condición en que se encontraba nuestro Señor. Su confianza no sufrió quebranto alguno al ver la oposición de los escribas y fariseos, y el desprecio de los gobernadores y sacerdotes. Ninguna de esas consideraciones influyó en Simón Pedro. Creía que Aquel á quien seguía, Jesús de Nazaret, era el Salvador prometido, el verdadero Profeta más grande que Moisés, el Mesías predicho por tanto tiempo. Así lo declaró valiente y decididamente; el credo de él y de sus compañeros era «Tú eres el Cristo..

Mucho podemos aprender con provecho de la conducta de Pedro en esta ocasión. Aunque algunas veces era mudable y cometía sus errores, la fe que mostró en el pasaje que ahora meditamos, es digna de ser imitada. Una confesión tan franca como la suya es la prueba más evidente de una fe viva, y es un requisito indispensable en todos tiempos en los que quieren ser verdaderos discípulos de Cristo. Debemos estar prontos á confesar á Cristo, como lo hizo Pedro.

Descubriremos que nuestro Maestro y su doctrina no son nunca muy populares. Preparémonos á confesarlo con la seguridad de que pocos estarán de nuestro lado y sí muchos en contra nuestra. Pero cobremos ánimo y sigamos las huellas de Pedro, que no dejaremos da recibir la recompensa de Pedro. Jesús recuerda á los que lo confiesan delante de los hombres, y un día los reconocerá siervos suyos ante la humanidad congregada.

Observemos el anuncio explícito que nuestro Señor hace de su futura muerte y resurrección. Leemos que «comenzó á enseñarles, que el Hijo del hombre tendría que sufrir mucho, y ser rechazado por los ancianos, y los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y que seria ejecutado, y resucitaría después del tercer día..

Los acontecimientos que así se anunciaban debieron parecer muy extraños á los discípulos. Que anuncio tan terrible, y tan ininteligible debió parecerles, que su amado Maestro, después da sus portentosos milagros, sería pronto condenado á muerte y ejecutado. Pero las palabras con que el presagio fue comunicado son casi tan notables como el acontecimiento mismo: «Debe sufrir–Debe morir–Debe resucitar..

¿Porqué nuestro Señor emplea la palabra «debe»? ¿Quiso dar á entender que le seria imposible evitar los sufrimientos, que tendría que morir á impulsos de un poder más fuerte que el suyo? Imposible; esa no puede ser la significación de sus palabras. ¿Quiso dar á entender que tendría que morir necesariamente para presentar al mundo un gran ejemplo de sacrificio personal y abnegación, y que eso, y solo eso, hacia necesaria su muerte? Puede volverse á contestar, «Imposible.» La frase «debe» sufrir y ser ejecutado tiene una significación más profunda. Quiso decir que su pasión y muerte eran necesarias para expiar el pecado del hombre; que sin derramamiento de sangre no podía haber remisión, y sin el sacrificio de su cuerpo en la cruz no podía quedar satisfecha la santa ley de Dios. «Debe» sufrir para reconciliar la iniquidad; «debe» morir, porque sin su muerte como ofrenda propiciatoria los pecadores no podrían nunca tener vida. «Debe» sufrir, porque sin su sufrimiento vicario no podrían jamás lavarse nuestros pecados. En una palabra, «debe» ser entregado por nuestras ofensas, y resucitar para justificación nuestra.

Esta es la verdad central de la Biblia, que nunca debemos olvidar. Todas las otras verdades comparadas con esta son de importancia secundaria. Cualesquiera que sean las opiniones que tengamos respecto á las verdades religiosas, preciso es que nos adhiramos firmemente á la eficacia expiatoria de la muerte de Cristo. Que la verdad tantas veces proclamada por nuestro Señor á sus discípulos, y con tanta eficacia enseñada por los discípulos al mundo, sea la verdad fundamental de nuestro Cristianismo. En vida y en muerte, en salud y enfermedad apoyémonos fuertemente en este hecho poderoso, que aunque hemos pecado, Cristo murió por los pecadores, y que aunque nuestros méritos son nulos, Cristo sufrió por nosotros en la cruz, y con sus sufrimientos compró el cielo para todos los que en él creen.

Observemos, finalmente, en este pasaje, la mezcla extraña de gracia y debilidad que puede encontrarse en el corazón de un cristiano verdadero. Vemos á ese mismo Pedro que acaba de hacer tan noble confesión atreviéndose á reconvenir á su Maestro porque hablaba de sufrimientos y de muerte. Lo vemos que se atrae el reproche más duro que salió nunca de los labios de nuestro Señor durante su ministerio terrestre. «Apártate de mí, Satanás; porque no sabes las cosas que son de Dios, sino las que son de los hombres..

Aquí tenemos una prueba humillante que el mejor de los santos es una pobre criatura falible. Fue ignorancia de Simón Pedro; porque no comprendía la necesidad de la muerte de nuestro Señor, y hubiera de hecho impedido su sacrificio en la cruz. Fue presunción de Simón Pedro; se imaginaba saber mejor que su Maestro lo que era conveniente y apropiado para su Maestro, é intenta mostrar al Mesías una conducta más excelente. Después de todo, y no es esto lo menos importante, ¡Simón Pedro hizo todo eso con la mejor intención! Sus deseos eran buenos y sus móviles puros; pero el celo y el fervor no son excusas del error. Puede un hombre tener muy buenas intenciones ó incurrir en terribles equivocaciones.

Aprendamos á ser humildes meditando en estos hechos. Guardémonos de envanecernos por nuestras dotes espirituales, y de exaltarnos con las alabanzas que se nos prodiguen. No vayamos á creer nunca que todo lo sabemos y que no es posible que erremos. Vemos que no hay mucha distancia entre hacer una buena confesión y convertirse en un «Satanás» que se atraviesa en el camino de Cristo. Pidamos diariamente en nuestras oraciones, «Sostenme, guárdame, enséñame, no me dejes errar..

Aprendamos, por último, á ser caritativos en vista de los hechos que aquí se narran. No nos apresuremos á alejar á nuestros hermanos considerándolos desprovistos de gracia con motivo de pus errores y equivocaciones. Recordemos que sus corazones pueden ser rectos ante los ojos de Dios, como el de Pedro, aunque como Pedro se extravíen alguna vez; fijemos en nuestra memoria el consejo de Pablo, y obremos según él. «Si algún hombre fuere sorprendido en alguna falta, vosotros los espirituales restauradle al tal en espíritu de mansedumbre, considerándote á ti mismo, no sea que tú seas también tentado.» Gal_6:1.

Marcos 8: 34-38

Las palabras de nuestro Señor Jesucristo en este pasaje son muy solemnes y de mucho peso. Quiso con ellas corregir las ideas equivocadas de sus discípulos respecto á la naturaleza de su reino. Pero contienen verdades muy profundas y muy importantes también para los cristianos de todas las épocas de la iglesia.

Todo el pasaje debe ser tema de nuestras meditaciones privadas.

Aprendamos, en primer lugar, en estos versículos, la necesidad absoluta de la abnegación, si queremos ser discípulos de Cristo y salvarnos. ¿Qué dice nuestro Señor? «Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame..

No hay duda que la salvación es graciosa; es ofrecida gratuitamente en el Evangelio á los pecadores más endurecidos, sin dinero y sin precio. «Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no por vosotros, que es don de Dios; no por obras, para que nadie se glorié.» Efes. 2:Pro_8:9. Pero todos los que aceptan esta gran salvación deben probar la realidad de su fe cargando la cruz en pos de Cristo. No deben imaginarse que entrarán en el cielo sin disgustos, dolores, sufrimientos, y conflictos aquí en la tierra. Deben contentarse con cargar la cruz de la doctrina, y la cruz de la práctica, la cruz de sostener una fe que el mundo desdeña, y la cruz de llevar una vida que el mundo ridiculiza como demasiada estricta y rigorosa. Deben querer sacrificar la carne, mortificar el cuerpo, batallar diariamente con el diablo, separarse del mundo, y perder la vida, si necesario fuere, por amor de Cristo y del Evangelio. Parece esto duro pero no hay evasión posible. Las palabras de nuestro Señor son claras y distintas; si no cargamos con la cruz, no ceñiremos nunca la corona.

Que el miedo de la cruz no nos aleje de servir a Cristo, que por pesada que parezca, Jesús nos dará gracia para llevarla. «Puedo hacerlo todo por Cristo que me da fuerzas.» Phi_4:13. Millares de millares la han cargado antes que nosotros, y han encontrado el yugo de Cristo fácil y su carga ligera. Nada bueno se logra en la tierra sin trabajo, y no podemos esperar que sin luchas se pueda entrar en el reino de Dios. Avancemos valientemente y que ninguna dificultad nos detenga. La cruz durante el viaje es por pocos años, y la gloria que se obtiene en su término es eterna.

Preguntémonos con frecuencia si nuestro Cristianismo nos cuesta algo. ¿Nos impone algún sacrificio? ¿Está marcado con el sello del cielo? ¿Carga con su cruz? Si así no es, temblemos y temamos, que una religión que nada cuesta, nada vale. De poco nos servirá en la vida presente, y no nos guiará á la salvación en la vida futura.

Aprendamos también en estos versículos cual es el valor indecible del alma. ¿Qué dice nuestro Señor? «¿De que aprovechará á un hombre ganar el mundo todo, si pierde su propia alma?» Estas palabras tuvieron por objeto movernos á obrar y á sacrificarnos. Deberían estar resonando como un clarín en nuestros oídos, por la mañana cuando nos levantamos, y de noche cuando nos retiramos al lecho. Grábense profundamente en nuestra memoria y que ni el diablo ni el mundo puedan nunca borrarlas de ella.

Todos nosotros tenemos almas que vivirán eternamente; sepámoslo ó no, todos llevamos en nosotros algo que vivirá cuando nuestros cuerpos se estén reduciendo á polvo en el sepulcro. Todos nosotros tenemos almas por las que daremos estricta cuenta á Dios; y en verdad que es una idea terrible cuando consideramos que poca atención presta el hombre á ninguna cosa que no sea el mundo; pero es la verdad.

Cualquier hombre puede perder su alma; no puede salvarla, que solo Cristo puede hacerlo; y puede perderla de diferentes maneras. Puede asesinarla amando el pecado y adhiriéndose al mundo. Puede envenenarla escogiendo una religión de falsedades y creyendo en supersticiones de fábrica humana. Puede aniquilarla con hambre despreciando los medios de gracia, y rehusando recibir el Evangelio en su corazón. Muchos son los caminos que conducen al abismo; cualquiera que sea el que un hombre tome, él solo es responsable por ello. Por débil, corrompida, degradada é impotente que sea la naturaleza humana, el hombre tiene poder para destruir, arruinar y perder su alma.

La posesión del mundo entero no puede compensar al hombre por la pérdida de su alma; todos los tesoros que contiene no pueden ponerse en la balanza para equilibrar la perdición eterna. No nos satisfacen, ni nos hacen felices mientras los poseemos; los gozamos cuando más unos pocos años y tenemos que dejarlos para siempre. De todos los negocios ruinosos y necios que el hombre puede hacer, el peor es dar la salvación de su alma en cambio de los bienes de este mundo. Es una especulación de que muchísimos se han arrepentido, como Esaú que vendió su primogenitura por un plato de lentejas–pero de que desgraciadamente como Esaú se han arrepentido muy tarde.

Que estas sentencias de nuestro Señor se graben profundamente en nuestros corazones, pues que las palabras son inadecuadas para expresar su importancia.

Recordémoslas en la hora de la tentación, cuando el alma nos parece tan pequeña y tan insignificante, y el mundo tan grande y tan esplendente.

Recordémoslas en la hora de la persecución, cuando el miedo al hombre se apodera de nosotros, y nos inclinamos á abandonar á Cristo. En momentos semejantes que nuestra alma evoque esa cuestión capital de nuestro Señor, y se la repita, « ¿De que servirá á un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?.

Aprendamos, por último, en estos versículos, el gran peligro que se corre en tener vergüenza de Cristo. ¿Que dice nuestro Señor? «Todo aquel que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, de él también se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles..

¿Cuándo se puede decir de alguno que está avergonzado de Cristo? Somos culpables de esa falta, cuando nos avergonzamos de que se sepa que amamos y creemos las doctrinas de Cristo, que deseamos vivir según los mandamientos de Cristo, y que ansiamos ser contados como miembros del pueblo de Cristo. La doctrina, las leyes, y el pueblo de Cristo nunca fueron populares, y nunca lo serán. El que confiesa valerosamente que los ama, está seguro de atraerse el ridículo y la persecución. Todo el que se retrae de hacer esa confesión por miedo del ridículo y de la persecución, se avergüenza de Cristo, y está incluso en la sentencia que proclama este pasaje.

Hay quizás pocas sentencias de nuestro Señor que sean más condenatorias que esta. Verdad es «que el miedo del hombre nos tiende un lazo.» Pro_29:25.

Hay muchas personas que le harían frente á un león, ó asaltarían una brecha, si el deber se los ordenase; que nada temen, y que, sin embargo, se avergüenzan de confesar que preferirían agradar á Cristo más bien que al hombre. ¡Que admirable es el poder del ridículo! ¡Maravilloso es como el hombre vive siervo de la opinión del mundo! Pidamos diariamente en nuestras oraciones fe y valor para confesar á Cristo ante los hombres. Bueno es que nos avergoncemos del pecado, de la mundanalidad y de la incredulidad, pero nunca de Aquel que murió por nosotros en la cruz. Confesemos valerosamente que servimos á Cristo á despecho de las risas, de las burlas y de los insultos. Meditemos con frecuencia en el día de su segunda venida, y acordémonos de lo que dice en este lugar. Es cien mil veces mejor confesar ahora á Cristo, y ser despreciado por los hombres, que vernos negados por Cristo ante su Padre el día del juicio final.

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Lionel Valentin Calderón

Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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