Marcos 7 Limpio e inmundo

Marcos 7: Limpio e inmundo

También se Le acercaron a Jesús los fariseos, y algunos maestros de la Ley que habían bajado de Jerusalén. Vieron a algunos de Sus discípulos comer sin tener las manos ceremonialmente limpias, es decir, que no se las habían lavado como estaba prescrito; porque los fariseos, y todos los judíos que observan la tradición de los antepasados, no comen sin antes lavarse las manos ritualmente usando los puños como manda la ley; y cuando vuelven del mercado no comen sin antes bañarse de cuerpo entero; y tienen otras muchas tradiciones que observan en relación con los lavatorios de tazas y jarras y cacharros de bronce.

La diferencia que había entre Jesús y los fariseos y los maestros de la Ley, y la discusión que tuvo con ellos y que se relata en este capítulo tienen una importancia tremenda, porque nos muestran la esencia misma y la raíz de la divergencia entre Jesús y los judíos ortodoxos de Su tiempo.

La pregunta que se hizo fue: ¿Por qué Jesús y Sus discípulos no cumplían la tradición de los antepasados? ¿Cuál era esta tradición, y cuál su espíritu motor?

Originalmente, la Ley quería decir dos cosas para los judíos. Quería decir, como lo primero y lo más importante, los Diez Mandamientos; y en segundo lugar, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, que los judíos llaman la Torá y nosotros el Pentateuco. Ahora bien, es verdad que el Pentateuco contiene un cierto número de reglas y normas puntuales; pero, en relación con las cuestiones morales, lo que propone es una serie de grandes principios morales que cada uno debe interpretar y aplicar por sí mismo. Por algún tiempo, los judíos tuvieron bastante con esto; pero en los siglos V y IV antes de Cristo surgió una clase de expertos legales que conocemos como los escribas, que no se conformaban con grandes principios morales; padecían de lo que podríamos llamar «la manía de las definiciones.» Querían ampliar, desmenuzar y concretar estos grandes principios en miles y miles de reglas y normas que gobernaran todas las posibles acciones y situaciones de la vida. Estas reglas y normas no se escribieron hasta bastante después del tiempo de Jesús. Son lo que se llama la ley oral, o, como se la llama aquí, la tradición de los antepasados.

La palabra antepasados no quiere decir en este contexto los jefes de la sinagoga, sino los antiguos, los grandes expertos legales del pasado como Hilllel y Shammay. Mucho más tarde, en el siglo III d C., se hizo y se escribió un resumen de todas estas reglas y normas, que es lo que se llama la Misná.

Hay dos aspectos de estas reglas y normas que aparecen en la confrontación de este pasaje. Uno es acerca del lavatorio de manos. Los escribas y los fariseos acusaron a los discípulos de Jesús de comer con las manos sucias. La palabra que se usa en el original es koinós. Normalmente koinós quiere decir común;

de ahí pasa a describir algo que es ordinario en el sentido de que no es sagrado, algo que es profano como opuesto a las cosas santas; y finalmente describe algo, como sucede aquí, que es ceremonialmente impuro e inhábil para el servicio y culto de Dios.

Había reglas establecidas rígidamente para el lavamiento de las manos. Nótese que no era una cuestión de higiene, sino de la limpieza ceremonial de la que se trataba. Antes de cada comida, y entre los distintos platos, había que lavarse las manos, y de cierta manera. Las manos, al empezar, no tenían que tener nada de tierra, polvo o sustancias con las que se hubiera estado trabajando. El agua para las abluciones tenía que guardarse en cántaros especiales de piedra para que estuviera limpia en el sentido ceremonial y fuera seguro que no se usaba para otro fin, y que no se había caído nada dentro de ella ni tenía ninguna mezcla. Primero, tenían que ponerse las manos con la punta de los dedos hacia arriba; se echaba el agua sobre la punta de los dedos para que corriera por lo menos hasta la muñeca; la cantidad mínima de agua debía ser un cuarto de log, que equivalía al contenido de la cáscara de un huevo y medio. Con las manos todavía mojadas, se limpiaba cada una con el puño de la otra. A eso se refiere la mención del puño en nuestro texto; se restregaba el puño de cada mano en la palma y el revés de la otra. Esto quiere decir que en esa etapa las manos estaban todavía mojadas, pero esa agua estaba contaminada, porque había tocado las manos contaminadas. Así es que después se tenían que poner las manos con la punta de los dedos hacia abajo, y verter el agua de manera que bajara desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Después de todo ese proceso, las manos quedaban puras.

El dejar de hacer todo esto era, a los ojos de los judíos, no una falta de higiene, sino estar en estado de impureza a los ojos de Dios. El que comía con las manos impuras estaba sujeto a los ataques de un demonio que se llamaba Sibta. El descuidar el lavatorio de manos era exponerse a la pobreza y a la destrucción. Lo que se comía con las manos impuras era tan inmundo como el excremento. Un rabino que omitió una vez la ceremonia del lavatorio fue enterrado excomulgado. Otro rabino, preso de los Romanos, usaba el agua que le daban para lavarse ritualmente antes que para beber, y casi se murió de deshidratación, porque estaba decidido a cumplir las reglas de la pureza antes que a satisfacer la sed.

Para un judío ortodoxo a la manera de los fariseos y los escribas, eso era la religión. Eran esas reglas rituales y ceremoniales las que consideraban que eran la esencia del servicio a Dios. La religión ética se enterraba bajo una masa de tabúes.

Los últimos versículos del pasaje amplían este concepto de pureza e impureza. Una cosa podía ser totalmente limpia en el sentido ordinario, y sin embargo ser ceremonialmente inmunda. Tenemos algo acerca de esta concepción de la impureza en Levítico 11-15 y en Números 19. Ahora diríamos más bien que había cosas que eran tabú más bien que inmundas. Algunos animales eran inmundos (Levítico 11). Una mujer quedaba impura después del parto; un leproso era inmundo; cualquiera que tocara un cadáver, quedaba impuro. Y cualquiera que hubiera contraído la impureza ritual se la pasaba a todo lo que tocara. Un gentil era impuro; la comida tocada por un gentil era inmunda; cualquier recipiente que tocara un gentil, quedaba impuro. Así que, cuando un judío estricto volvía del mercado, se bañaba de cuerpo entero en agua pura para librarse de las contaminaciones que hubiera podido adquirir.

Está claro que las vasijas podían contaminarse fácilmente; podía tocarlas una persona en estado de impureza, o cualquier cosa inmunda. Esto es lo que quiere decir nuestro pasaje con los lavatorios de tazas y jarras y vasijas de bronce. En la Misná hay no menos de doce tratados sobre esta clase de impureza. Si tomamos algunos ejemplos concretos veremos hasta dónde llegaba la cosa. Una vasija hueca hecha de arcilla podía contraer la impureza dentro, pero no fuera; es decir: no importaba quién o qué la tocara por fuera, pero sí por dentro. Si se volvía inmunda, había que romperla; y no se debía dejar ningún trozo suficientemente grande para contener bastante aceite para ungir el dedo pequeño del pie. Un plato llano sin reborde no podía estar inmundo nunca; pero si tenía reborde, sí. Si los recipientes de cuero, hueso o cristal eran planos no podían contraer impureza; pero si eran huecos podían contraerla por fuera y por dentro. Si estaban inmundos, había que romperlos haciéndoles un agujero suficientemente grande para que pasara una granada mediana. Para quitar la impureza, las vasijas de arcilla se tenían que romper; otros cacharros se podían sumergir, cocer o purificar con fuego -en el caso de los cacharros de metal- y luego rasparlos. Una mesa de tres patas podía contaminarse. Si perdía una o dos patas, ya no. Si perdía tres patas, sí, porque entonces era un tablero, y un tablero podía estar inmundo. Las cosas de metal podían estar inmundas, excepto una puerta, un cerrojo, una cerradura, una bisagra, un picaporte y un canalón. La madera que estuviera en utensilios de metal podía contaminarse; pero el metal que estaba en utensilios de madera, no. Así que una llave de madera con los dientes de metal podía estar impura; pero una llave de metal con los dientes de madera, no.

Nos hemos tomado algún tiempo con estas leyes de los escribas o la tradición de los antepasados porque con esto era con lo que Jesús se enfrentaba. Para los escribas y los fariseos estas reglas y normas eran la esencia de la religión. El cumplirlas era agradar a Dios; el quebrantarlas era pecado. Esa era la idea que tenían de la bondad y del servicio a Dios. En el sentido religioso, Jesús y esas personas hablaban lenguas diferentes. Fue precisamente porque Él no concedía ninguna importancia a todas esas reglas por lo que Le consideraban un mal hombre. Hay aquí una escisión fundamental entre la persona que ve la religión como ritual, ceremonial, reglas y normas, y la persona que considera la religión como amar a Dios y a sus semejantes.

El pasaje siguiente desarrollará este punto; pero está claro que la idea que tenía Jesús de la religión y la que tenían los escribas y los fariseos no tenían nada en común.

LAS LEYES DE DIOS Y LAS REGAS DE LOS HOMBRES

Marcos 7:5-8

Así es que los fariseos y los maestros de la Ley Le preguntaron a Jesús:

-¿Por qué tus discípulos no se comportan de acuerdo con la tradición de los antepasados, sino que comen con las manos inmundas?

Jesús les contestó:

Hizo bien Isaías en profetizar acerca de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo Me honra de labios para fuera, pero su corazón no puede estar más lejos de Mí. Esto que los hombres llaman reverencia es un cosa huera, porque la doctrina que enseñan no son más que reglas y normas humanas.» Con tanto mantener la tradición de los hombres abandonáis el mandamiento de Dios.

Los escribas y los fariseos se fijaron en que los discípulos de Jesús no cumplían la casuística de la tradición y el código de la ley oral en relación con el lavatorio de manos antes de y durante las comidas, y Le preguntaron a Jesús por qué. Jesús empezó por citarles un pasaje de Isa_29:13 , en el que Isaías acusaba a sus contemporáneos de honrar a Dios con sus labios mientras que sus corazones estaban realmente muy lejos de Él. En principio Jesús acusaba a los escribas y fariseos de dos cosas.

(i) Los acusaba de hipocresía. La palabra hypocrités tiene una historia interesante y reveladora. Empezó por querer decir sencillamente el que contesta; luego pasó a significar el que contesta en un diálogo o conversación preparada de antemano, es decir, un actor de teatro. Y por último llegó a querer decir, no simplemente el que actúa en el teatro, sino aquel cuya vida entera es una pura farsa sin ninguna sinceridad personal.

Cualquiera para quien la religión es una cuestión legal; cualquiera para quien la religión quiere decir cumplir determinadas leyes y normas externas; cualquiera para quien la religión depende exclusivamente del cumplimiento de ciertos ritos y de mantener cierto número de tabúes, a fin de cuentas está abocado a ser, en este sentido, un hipócrita. La razón es la siguiente: cree que es una buena persona si cumple con las prácticas correctas independientemente de cómo sean su corazón y sus pensamientos.

Aplicando esto a los judíos legalistas de tiempos de Jesús, podían odiar a sus semejantes con todo su corazón, podían estar llenos de envidia y de celos y de amargura y de rencor y de orgullo ocultos; eso no tenía importancia siempre que realizaran los lavatorios correctos y observaran las leyes precisas acerca de la limpieza y la impureza. El legalismo tiene en cuenta las acciones externas de una persona, pero no sus sentimientos interiores. Se puede estar sirviendo meticulosamente a Dios en cosas externas, y sin embargo desobedeciéndole en las internas. Eso es la Hipocresía.

Un musulmán devoto debe rezar cierto número de veces al día. Para hacerlo correctamente lleva su esterilla de oración; donde se encuentre en el momento preciso, desenrolla la esterilla, se pone de rodillas, hace sus rezos y sigue su camino. Hay una historia de un musulmán que iba persiguiendo a un hombre con un puñal en alto para matarle. Precisamente entonces se oyó la llamada a la oración. El hombre se detuvo inmediatamente, desenrolló su esterilla, se arrodilló, hizo sus rezos tan deprisa como pudo, se levantó y continuó su persecución asesina. La oración era simplemente un ritual, una observancia externa, el interludio en una carrera de crimen. No hay mayor peligro para la religión que el confundirla con la observancia externa. No hay error más corriente en religión que el de identificar la bondad con ciertos actos que se consideran religiosos. El ir a la iglesia, el leer la Biblia, ofrendar regularmente en las colectas, hasta la oración regular no hacen que nadie sea una buena persona. La cuestión fundamental es cómo está el corazón de la persona en relación con Dios y con sus semejantes. Y si tiene enemistad, amargura, resentimiento, orgullo, todas las observancias religiosas externas del mundo no le convierten nada más que en un farsante, en un hipócrita.

(ii) La segunda acusación que Jesús hizo implícitamente contra aquellos legalistas era que sustituían las leyes de Dios por normas inventadas por los hombres. Para su dirección en la vida no dependían de escuchar a Dios, sino de escuchar las discusiones y debates, la casuística, las ingeniosas interpretaciones de los expertos legales. La casuística nunca puede ser la base de la verdadera religión, que no puede ser nunca el producto de la mente humana. Tiene siempre que venir, no de los ingeniosos descubrimientos de las personas, sino de escuchar y seguir sencilla y humildemente la voz de Dios.

UNA REGLA INICUA

Marcos 7:9-13

Jesús les dijo a los escribas y fariseos:

-¡Hacéis maravillas anulando el mandamiento de Dios para cumplir con vuestra tradición! Porque lo que dijo Moisés fue: « Honra a tu padre y a tu madre.» Y también: «El que hable mal de su padre o de su madre, que lo pague con la vida. « Pero lo que decís vosotros es que, si uno le dice a su padre o a su madre: «Lo que te podría haber dado para ayudarte es Korbán» -que quiere decir consagrado a Dios-, ya no le dejáis hacer nada por su padre o por su madre, y de esa manera anuláis la Palabra de Dios con la tradición que seguís. Y hacéis otras muchas cosas por el estilo.

El sentido exacto de este pasaje es difícil de descubrir. Gira en tomo a la palabra korbán, que parece haber pasado por varias etapas en la evolución de su significado.

(i) En un principio quería decir don, regalo, y se usaba para describir algo que se dedicaba especialmente a Dios. Una cosa que era korbán estaba como si ya se hubiera colocado sobre el altar; es decir, totalmente aparte de todos los usos ordinarios, y era propiedad de Dios. Si una persona quería dedicar parte de su dinero o propiedades a Dios declaraba que aquello era korbán, y desde aquel momento ya no se podía usar para nada ordinario o secular.

Parece que, aun en esta etapa, esta palabra se podía usar con mucha astucia. Por ejemplo: Un acreedor que tuviera un deudor moroso podía decirle: « Lo que me debes es korbán» -es decir: tu deuda está dedicada a Dios. A partir de aquel momento, el deudor dejaba de estar en deuda con un semejante y pasaba a estarlo con Dios, lo cual era mucho más serio. Puede ser que el acreedor pudiera cumplir su parte del asunto pagando una cantidad simbólica al templo y guardándose el resto para sí. En cualquier caso, el introducir la idea de korbán en esta clase de transacciones era una especie de chantaje religioso que convertía una deuda que se tenía con un hombre en una deuda que se tenía con Dios.

No parece que la idea de korbán fuera todavía capaz de un uso abusivo. Si se trataba de eso, el pasaje habla de una persona que declaraba que su propiedad era korbán, consagrada a Dios, y por tanto, cuando su padre o su madre estaban en necesidad perentoria y acudían a su hijo para pedirle ayuda, este podía decirles: «Siento mucho no poder darte ninguna ayuda, porque todo lo que pudiera poner a vuestra disposición está dedicado a Dios.» El voto se hacía como una excusa para no ayudar a los padres necesitados. El voto en el que insistía el religioso legalista implicaba quebrantar uno de los diez mandamientos de Dios, que son la Ley de Dios. Además, ya se comprende que esta podía ser una mentira de la peor especie, ya que se faltaba a la Ley de Dios pretendiendo una piedad dudosa que ni siquiera se cumplía.

(ii) Llegó un tiempo en que korbán se convirtió en un juramento mucho más amplio. Cuando una persona declaraba que algo era korbán es que lo ponía totalmente fuera del alcance de la persona con la que estuviera hablando. Uno podía decir: « ¡Korbán es todo lo tuyo que me pudiera ser de provecho!» -, y al hacerlo así juramentaba a la otra persona para que no pudiera ni tocar ni gustar ni usar nada que poseyera. O podía decir « Korbán sea cualquier cosa que yo tenga de la que tú te podrías aprovechar,» y al decirlo, se juramentaba a no ayudar ni beneficiar al otro con nada suyo. Si es eso lo que se quiere decir aquí, el pasaje quiere decir que, en algún momento, tal vez bajo los efectos de la ira o de la rebeldía, una persona podría decirles a sus padres: «Korbán es todo lo que podría dar para ayudaros.» Y desde ese momento, aunque se arrepintiera de su juramento precipitado, los legalistas escribas declaraban que aquello era inquebrantable, y que ya nunca podría dar a sus padres ninguna ayuda.

En cualquiera de estos casos -y no nos es posible saber de cuál se trata aquí-, de una cosa sí podemos estar seguros: Que había casos es que el estricto cumplimiento de la ley de los escribas hacía imposible el que una persona cumpliera la ley de los Diez Mandamientos.

Jesús estaba atacando un sistema que ponía las reglas y normas por encima de la llamada de la necesidad humana. El mandamiento de Dios era que la llamada del amor humano tenía prioridad. El mandamiento de los escribas era que la llamada de las reglas y normas legales debía ocupar el primer lugar. Jesús estaba totalmente seguro de que cualquier reglamento que le impidiera a una persona ayudar al necesitado no era ni más ni menos que una contradicción de la Ley de Dios.

Debemos tener cuidado de no dejar nunca que las reglas bloqueen las llamadas del amor. Nada que nos impida ayudar a un semejante en necesidad puede ser nunca una regla que Dios apruebe.

LA VERDADERA CONTAMINACIÓN

Marcos 7:14-23

Jesús llamó otra vez a Sí a la multitud y les dijo: -Prestadme atención todos vosotros, y enteraos bien. No hay nada que entre en una persona desde fuera que la pueda contaminar; son las cosas que salen del interior de la persona las que la hacen inmunda.

Cuando llegó a la casa, ya sin la gente, Sus discípulos Le preguntaron acerca de ese dicho tan difícil, y Jesús les dijo:

Entonces, ¿es que vosotros también sois incapaces de captar las cosas? ¿No comprendéis que todo lo que entra en el cuerpo desde fuera no lo puede contaminar, porque no penetra en el corazón, sino en el estómago, y de ahí lo evacua el cuerpo por el proceso natural? -(El sentido de este dicho es que todos los alimentos son limpios). Pero Él siguió diciendo-: Lo que sale del interior de la persona, eso es lo que hace inmunda a una persona. Es del interior, del corazón, de donde salen las malas intenciones, los deseos sexuales incontrolados, los hurtos, los asesinatos, los adulterios, las ansias codiciosas, las malas acciones, la astucia, la maldad desmadrada, la envidia, la calumnia, el orgullo, la locura; todas estas cosas malas vienen del interior, y son las que hacen inmunda a una persona.

Aunque no nos lo parezca, este pasaje, cuando se dijo por primera vez, debió de ser casi el más revolucionario del Nuevo Testamento. Jesús había estado discutiendo con los expertos legales acerca de diversos aspectos de la ley tradicional. Había mostrado la irrelevancia de los lavatorios elaborados. Había mostrado que la adherencia rígida a la ley tradicional podía conducir realmente a la desobediencia a la Ley de Dios. Pero aquí dice algo aún más alucinante. Declara que nada que entre en el cuerpo desde el exterior puede contaminarla, porque el cuerpo tiene un proceso natural y normal para deshacerse de ello. Ningún judío creyó eso nunca, ni hasta nuestros días. Levítico 11 tiene una larga lista de animales que son inmundos, y por tanto no se pueden comer. Hasta qué punto esto se tomaba en serio se puede ver en muchos de los incidentes de los tiempos de los Macabeos. En aquel tiempo, en rey sirio Antíoco Epífanes estaba decidido a erradicar la fe judía. Una de las cosas que les exigía a los judíos era que comieran cerdo; pero ellos estaban dispuestos a morir a centenares antes que hacer eso. «Sin embargo, muchos de Israel estaban plenamente decididos y firmes en sí mismos a no comer ninguna cosa inmunda. Por tanto, elegían antes morir que contaminarse con comidas, para no quebrantar el pacto santo; así es que morían» (1 Macabeos 1: 62s). 4 Macabeos 7 cuenta la historia de una viuda y sus siete hijos. Se les exigió que comieran carne de cerdo. Ellos se negaron. Al primero, le arrancaron la lengua, le cortaron los extremos de sus miembros, y luego le asaron vivo en una gran caldera; al segundo, le arrancaron el pelo y el cuero cabelludo; así los torturaron a todos uno tras otro hasta la muerte mientras su anciana madre los miraba y los animaba a ser fieles. Murieron antes que comer una carne que era para ellos inmunda.

En ese contexto Jesús hizo esta afirmación revolucionaria de que nada que entre en el cuerpo de una persona puede hacerla inmunda. Estaba borrando con un solo gesto las leyes por las que los judíos habían sufrido y dado la vida. No nos sorprende que los discípulos estuvieran alucinados.

En realidad, Jesús estaba diciendo que las cosas no pueden ser limpias o inmundas en un sentido religioso. Solamente lo pueden ser las personas; y lo que contamina a una persona son sus propias acciones, que son el producto de su propio corazón. Esto era una nueva doctrina, y de lo más sorprendente. Los judíos tenían, y todavía tienen, todo un sistema de cosas que son limpias o inmundas. Con un pronunciamiento definitivo, Jesús declaró toda la cuestión irrelevante, y que la inmundicia no tenía nada que ver con lo que una persona comiera, sino con todo lo que le saliera del corazón.

Veamos las cosas que Jesús lista que proceden del corazón humano y hacen inmundas a las personas.

Empieza por las malas intenciones (dialoguismoi). Cualquier pecado externo procede de una decisión interior; por tanto, Jesús empieza por los malos pensamientos de los que se deriva toda mala acción. Luego vienen los deseos sexuales incontrolados (porneíai); a continuación incluye en la lista acciones adulteras (moijeíai); pero la primera palabra es la más general, y quiere decir cualquier clase de tráfico en el vicio sexual. Siguen los robos (klopai). En griego hay dos palabras para ladrón -kléptés y léstés. Léstés es un bandolero; Barrabás era un léstés (Joh_18:40 ), y un bandolero puede ser muy valiente, aunque esté fuera de la ley. Kléptés es un ladrón; Judas era un kléptés, que sisaba de la caja (Joh_12:6 ). Un kléptés es un ratero vulgar, engañoso, cobarde, sin ni siquiera la cualidad positiva del bandolero audaz de las viejas historias. Los asesinatos (fonoi) y los adulterios vienen a continuación, y su significado está claro.

Luego vienen las ansias (pleonexíai). Pleonexía viene de dos palabras griegas que quieren decir tener más. Se ha definido como un deseo maldito de poseer. También como «el espíritu que se apropia de lo que no tiene ningún derecho a poseer,» «la funesta hambre de lo que pertenece a otros.» Es el espíritu que arrebata cosas, no para atesorarlas como un avaro, sino para gastarlas en lujos y excesos desmedidos. Cowley lo definía como «un apetito voraz de ganancias, no por sí mismas, sino por el placer de malgastarlas inmediatamente por vías de lujo y orgullo.» No es meramente el deseo de dinero o de cosas; incluye también el de poder, la insaciable codicia de la naturaleza humana caída. Platón decía: «El deseo de una persona es como una criba o un recipiente con un agujero, que no se puede llenar nunca por mucho que se intente.» Pleonexía es la codicia de poseer que tiene en el corazón el que busca la felicidad en las cosas en vez de en Dios.

Siguen las malas acciones. En griego hay dos palabras para malo: kakós, que describe una cosa que es mala en sí, y ponérós, que describe a una persona o cosa que es activamente mala. Ponéríai es la palabra que se usa aquí. El hombre que es ponérós es aquel en cuyo corazón hay un deseo de dañar. Está, como decía Bengel, « entrenado en toda clase de crimen, y totalmente equipado para infligir mal a cualquier otra persona.» Jeremy Taylor definía esta ponéría como «aptitud para jugar malas pasadas, para deleitarse en desgracias y tragedias; complacencia en causar problemas y en complicar la vida. Irritación, perversidad y retorcimiento en nuestras relaciones.» Ponéría no solamente corrompe al que la practica, sino también a los demás. Ponérós -el Maligno- es el título de Satanás. El peor de los hombres, el que hace la obra de Satanás, es el que, siendo malo en sí mismo, hace a otros tan malos como él.

A continuación viene dolos, que traducimos como la astucia. Viene de una palabra que quiere decir el cebo; se usa con astucia y engaño; por ejemplo, en una ratonera. Cuando los griegos estaban sitiando Troya, no pudiendo ganar una entrada, les enviaron a los troyanos el regalo de un gran caballo de madera como señal de buena voluntad. Los troyanos abrieron sus puertas y lo metieron dentro; pero el caballo estaba lleno de griegos, que salieron por la noche y sembraron la muerte y la destrucción en Troya. Eso es exactamente dolos. Es una traición inteligente, astuta y engañosa.

Lo siguiente en la lista es la maldad desmadrada (asélgueia). Los griegos definían asélgueia como «la actitud del alma que rechaza toda disciplina,» como «el espíritu que no acepta restricciones, que lo arriesga todo para conseguir su capricho e insolencia desmadrada.» La gran característica de la persona que es culpable de asélgueia es que ha perdido todo sentido de vergüenza y decencia. Uno que es malo puede que oculte su pecado; pero el que tiene asélgueia peca sin remordimientos y no vacila en escandalizar a sus semejantes. Jezabel fue el ejemplo clásico de asélgueia cuando construyó un altar pagano en la santa ciudad de Jerusalén.

La envidia se traduciría literalmente por el mal ojo, el ojo que mira el éxito y la felicidad de otro como si quisiera echarle una maldición si pudiera. La palabra siguiente es blasfemia. Cuando se usa en relación con las personas quiere decir calumnia; cuando se usa en relación con Dios es la blasfemia. Quiere decir insultar a las personas o a Dios.

Sigue en la lista el orgullo (hyperéfanía). La palabra griega quiere decir literalmente «ponerse uno por encima de los demás.» Describe la actitud de la persona «que siente desprecio hacia todo lo que no sea ella misma.» Lo interesante de esta palabra como la usaban los griegos es que describe una actitud que puede que nunca se manifieste públicamente. Puede que en lo más íntimo de su corazón uno se esté siempre comparando con los demás. Podría ser que se presentara hipócritamente humilde, y sin embargo fuera orgulloso de corazón. Algunas veces, por supuesto, el orgullo es autoevidente. Los griegos tenían una leyenda sobre este orgullo. Decían que los gigantes, los hijos de Tártaro y de Gué, trataron en su orgullo de asaltar el Cielo, pero Hércules los echó otra vez abajo. Eso es hyperéfanía. Es ponerse contra Dios; es «invadir las prerrogativas de Dios.» Eso es lo que se ha llamado «el Everest de todos los vicios,» y por lo que «Dios resiste a los soberbios» (Jam_4:6 ).

Por último viene la locura (afrosyné). No quiere decir la necedad debida a la falta de sensatez o de cabeza, sino la locura moral. Describe, no al que es un estúpido insensato, sino al que se hace el tonto para salirse con la suya.

Es una lista verdaderamente terrible de las cosas que salen del corazón humano la que nos presenta Jesús. Cuando la examinamos, sentimos un escalofrío. Sin embargo, es un desafío, no a evitar tales cosas por vergüenza, sino a examinar honradamente nuestros corazones.

El ANUNCIO DE UN MUNDO PARA CRISTO

Marcos 7:24-30

Jesús Se marchó de allí, y Se fue a las regiones de Tirc y de Sidón. Se alojó en una casa, y no quería que nadie lo supiera; pero no pudo evitar que la gente se enterara de que estaba allí.

Cuando lo supo una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu inmundo, fue inmediatamente y se arrojó a Sus pies, y Le pidió que expulsara de su hija al demonio. Era griega, siriofenicia de nacimiento. Jesús le dijo:

–Primero tienes que dejar que se sacien los hijos; no está bien quitarles a ellos el pan que les corresponde paro, echárselo a los perros.

–Es verdad- contestó ella-; pero también los perros comen debajo de la mesa las migajas de pan que tiran los niños.

Jesús entonces le dijo:

–Por lo que has dicho, ¡vuélvete en paz! ¡Ya ha salido de tu hija el demonio!

La mujer se marchó, y encontró a la niña acostada en la cama, ya libre del demonio.

Cuando este incidente se coloca en su debido trasfondo se aprecia corno uno de los más extraordinarios y conmovedores de la vida de Jesús.

En primer lugar, veamos la geografía de la historia. Tiro y Sidón eran ciudades de Fenicia, que era parte de Siria. Fenicia se extendía hacia el Norte desde el monte Carmelo, por toda la llanura costera. Estaba entre Galilea y la costa. Fenicia, como expresaba Josefo, « rodeaba Galilea.»

Tiro se, encontraba a 65 kilómetros al Noroeste de Cafarnaum, Su nombre quería decir La Roca. Se llamaba así porque había en la costa dos peñascos unidos por un acantilado de mil metros de longitud. Esto formaba un rompeolas natural, y Tiro era uno de los grandes puertos naturales del mundo antiguo. Las rocas no eran simplemente un rompeolas, sino también una defensa; y Tiro era famosa, no sólo como puerto, sino también como fortaleza. Fue de Tiro y de Sidón de donde salieron los primeros marinos que navegaron mirando a las estrellas. Hasta que se aprendió a encontrar el camino en la mar mirando a las estrellas, los barcos tenían que mantenerse a la vista de la costa, y detenerse por las noches; pero los marineros fenicios recorrieron el Mediterráneo y pasaron las Columnas de Hércules, el Estrecho de Gibraltar, y llegaron a Gran Bretaña y a las minas de estaño de Comwall. Puede ser que hasta se aventuraran a circunnavegar África.

Sidón estaba a 45 kilómetros al Nordeste de Tiro, y a 100 kilómetros al Norte de Cafarnaum. Tenía, lo mismo que Tiro, un rompeolas natural que lo convertía en otro puerto extraordinario. Su origen como puerto y ciudad era tan antiguo que no se recordaba quién había sido su fundador.

Aunque las ciudades fenicias eran parte de Siria, eran independientes y rivales. Tenían sus propios reyes, sus propios dioses y su propia moneda. En un radio de 25 ó 30 kilómetros eran supremas. Hacia fuera miraban al mar; tierra adentro, a Damasco; y los barcos del mar y las caravanas de muchas tierras fluían a través de ellas. Sidón acabó por perder su comercio y grandeza frente a Tiro, y su sumergió en una degeneración desmoralizada; pero los marineros fenicios siempre serán recordados como los primeros que encontraron su camino en el mar siguiendo a las estrellas.

(i) Así que la primera cosa extraordinaria que nos encontramos aquí es que Jesús estaba en territorio gentil. ¿Fue por accidente el que este incidente tuviera lugar aquí? La escena anterior nos mostraba a Jesús borrando la diferencia entre los alimentos limpios y los inmundos. ¿Podrá ser que aquí, simbólicamente, Le contemplemos borrando las diferencias entre personas limpias e inmundas? Del mismo modo que los judíos no se ensuciaban los labios con alimentos prohibidos, tampoco ensuciaban sus vidas con el contacto con los gentiles inmundos.

Bien puede ser que aquí Jesús esté diciendo por implicación que los gentiles no son inmundos, sino que tienen también un lugar en el Reino.

Jesús tiene que haber ido hacia el Norte a esta región buscando un escape temporal. En Su propio país Le atacaban por todas partes. Hacía tiempo que los escribas y los fariseos Le habían marcado como pecador porque quebrantaba sus reglas y normas. Herodes Le consideraba un peligro público. La gente de Nazaret había reaccionado en contra de Él con un disgusto de escándalo. Llegaría la hora en que tendría que enfrentarse con Sus enemigos en un desafío abierto, pero no había sonado todavía. Antes de que llegara esa hora Jesús buscaría la paz y la tranquilidad del retiro, y en esa retirada de la enemistad de los judíos puso los cimientos para el Reino entre los gentiles. Es el anuncio de toda la historia del Cristianismo. El rechazamiento de los judíos se convirtió en la oportunidad para los gentiles.

(ii) Pero aquí hay más que eso. Estas ciudades fenicias habían sido idealmente parte del reino de Israel. Cuando, bajo Josué, se repartió la tierra, a la tribu de Aser se le asignó la tierra «hasta la gran Sidón … y hasta la ciudad fortificada de Tiro» (Jos_19:28 s). Israel nunca había conseguido conquistarlas ni entrar en ellas. ¿Habrá aquí algo simbólico? Donde el poder de las armas había resultado inútil, el amor conquistador de Jesucristo fue victorioso. El pueblo de Israel terrenal no había logrado nunca incluir como propio el territorio de los fenicios; ahora, el verdadero Israel los había visitado. No era a una tierra extraña a la que Se dirigía Jesús, sino a una tierra que Dios Le había asignado como propia mucho tiempo antes. No estaba introduciéndose en territorio extranjero, sino entrando en su herencia.

(iii) Hay que leer esta historia con intuición. La mujer acudió a Jesús para pedirle por su hija. Jesús le respondió que no estaba bien quitarles el pan a los hijos para dárselo a los perros. En principio esta parece una respuesta de lo más descorazonadora.

El perro no era el querido guardián de la casa que es ahora para muchos; más corrientemente, sobre todo en Oriente, era un símbolo del deshonor. Para los griegos, la palabra perra se aplicaba a las mujeres livianas y desvergonzadas, como todavía se conserva en español. Para los judíos era también un calificativo despectivo. «No deis lo santo a los perros» (Mat_7:6 ; cp. Phi_3:2 ; Rev_22:15 ).

Los judíos llamaban corrientemente perros a los gentiles. Rabí Yoshúa ben Leví tiene una parábola. Vio las bendiciones de Dios que disfrutan los gentiles, y preguntó: «Si los gentiles sin Ley disfrutan tales bendiciones, ¡cuántas más disfrutará Israel, el pueblo de Dios!» «Es como un rey que hizo una fiesta, y trajo a sus invitados a la puerta de su palacio. Estos vieron salir a los perros con faisanes y cabezas de aves engordadas y de terneras en la boca. Entonces los invitados empezaron a decir: «Si así se ha tratado a los perros, ¡cuánto mejores manjares nos estarán reservados a nosotros!» Las naciones del mundo se comparan con los perros, como está escrito (Isa_56:11 ): «Estos perros voraces son insaciables.»»

No importa cómo lo veamos, pero el término perro es un insulto. ¿Cómo vamos a explicar entonces el que Jesús usara esa palabra aquí?

(a) No usó la palabra corriente, sino un diminutivo. que describía, no a los perros callejeros y salvajes, sino a los perrillos domésticos. En griego, como en español, los diminutivos tienen a menudo cariñosos. Jesús le quitó la amargura a la palabra.

(b) Sin duda el tono de Su voz mostraba claramente la diferencia. La misma palabra puede ser un insulto de muerte o un apelativo cariñoso según el tono de la voz, como sucede también en español. El tono de Jesús despojó la palabra de todo su veneno.

(c) En cualquier caso, Jesús no cerró la puerta. Primero, dijo, los hijos deben recibir su alimento; pero sólo primero; queda comida para los perrillos caseros. Es cierto que la invitación del Evangelio se dirigió primero a Israel, pero sólo

primero; había otros que vendrían después. La mujer era griega, y los griegos estaban acostumbrados a discernir matices; se dio cuenta en seguida de que Jesús le estaba hablando con una sonrisa. Sabía que la puerta estaba entreabierta. En aquellos días no se usaban cuchillos ni tenedores ni servilletas. Se comía con las manos. Se restregaban las manos sucias con trozos de pan que se tiraban después a los perrillos de la casa. Así que la mujer dijo: « Ya sé que a los hijos se les da de comer primero; pero, ¿no se me va a dejar a mí alguna migaja de las sobras de los hijos?» A Jesús Le encantó aquello. Ahí se veía una fe luminosa, que no aceptaba la negativa como respuesta; ahí estaba una mujer con la tragedia de una hija desdichada en casa, pero que tenía suficiente luz en el corazón para replicar con una sonrisa. Su fe había sido sometida a prueba, y había salido triunfante, y su oración había sido contestada afirmativamente. Simbólicamente esta mujer representa al mundo gentil que recibió tan ansiosamente el Pan del Cielo que los judíos rechazaron y arrojaron.

HACIENDO BIEN TODAS LAS COSAS

Marcos 7:31-37

Jesús Se marchó después de la región de Tiro y se dirigió pasando por Sidón al mar de Galilea a través de la Decápolis.

Le trajeron a un hombre que era sordo y que tenía un impedimento en el habla, y Le pidieron que le impusiera las manos. Jesús le tomó aparte de la multitud, a solas; le metió los dedos en los oídos, y escupió y le tocó la lengua. Entonces elevó la mirada al cielo, y gimió, y le dijo al sordo:

-¡Effatha! -que quiere decir « ¡Ábrete!»

Y se le abrieron los oídos, y se le soltó la ligadura de la lengua, y pudo hablar correctamente.

Jesús les encargó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo decía, más lo divulgaban por ahí.

Todos estaban alucinados a tope, y decían:

-¡Jesús ha hecho todas las cosas bien! ¡Ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos!

Esta historia empieza describiéndonos lo que tuvo que ser un viaje alucinante. Jesús fue de Tiro al territorio del mar de Galilea, de Tiro, al Norte, a Galilea, al Sur; y empezó por ir a Sidón. Es decir: ¡se dirigió hacia el Sur pasando por el Norte! Algo así como si hubiera ido de Zaragoza a Valencia pasando por Barcelona.

Ante este hecho aparentemente extraño, algunos han pensado que el texto está equivocado, y que Sidón no debería aparecer en él. Pero es bastante cierto que el texto es correcto tal como está. Otros han pensado que este viaje tuvo que prolongarse durante no menos de ocho meses, lo cual es perfectamente probable.

Puede ser que este largo viaje fuera la paz antes de la tormenta; un largo período de comunión con Sus discípulos antes de que se desencadenara la tempestad final. En el capítulo siguiente, Pedro hace el gran descubrimiento de que Jesús es el Mesías (Mar_8:27-29 ), y bien puede ser que fuera en este largo viaje en que estuvieron los discípulos a solas con Jesús cuando se le hizo la luz en el corazón a Pedro. Jesús necesitaba este período extenso con Sus hombres antes del estrés y la tensión del próximo final.

Cuando Jesús llegó otra vez a la región de Galilea, pasó por el distrito de la Decápolis, y fue allí donde Le trajeron a un hombre que era sordo y tenía un impedimento en el habla. Lo más probable es que las dos cosas estuvieran relacionadas; sería su incapacidad para oír lo que hiciera su habla tan imperfecta. No hay milagro que nos muestre más hermosamente la manera que tenía Jesús de tratar con las personas.

(i) Jesús apartó al hombre de la multitud. Aquí tenemos una consideración de lo más tierna. Los sordos siempre tienen un sentido del ridículo muy agudo. En algunos sentidos es más vergonzoso ser sordo que ser ciego. Un sordo sabe que no puede oír; y cuando alguien de la multitud le grita y trata de hacerlo comprender algo, por su nerviosismo se coloca en una situación aún más desesperada. Jesús mostró la consideración más sensible hacia los sentimientos de un hombre para quien la vida era muy difícil.

(ii) En todo este episodio Jesús representa lo que está haciendo con gestos, como en una escena muda. Puso las manos en los oídos del hombre y le tocó la lengua con saliva. En aquel tiempo se creía que la saliva tenía una cualidad curativa. El historiador romano Suetonio cuenta un incidente de la vida del emperador Vespasiano. « Sucedió que un cierto plebeyo totalmente ciego y otro hombre que tenía una pierna coja y débil se llegaron juntos a él cuando estaba sentado en el tribunal, suplicándole la ayuda y el remedio para sus dolencias que les había revelado Serapis en sueños: que el Emperador habría de restaurarle al uno la vista con solo escupirle en los ojos, y fortalecerle la pierna al otro simplemente consintiendo tocársela con su talón. Ahora bien: aunque Vespasiano no podía creer en la eficacia de esos gestos, y por tanto no se atrevía ni a hacer la prueba, por último, ante la insistencia de sus amigos, probó los dos medios en presencia de la asamblea, y resultaron efectivos» (Suetonio, Vida de Vespasiano 7). Jesús elevó la mirada al cielo para mostrar que la ayuda había de venir de Dios. Entonces dijo la palabra, y el hombre fue sanado.

Todo el relató nos muestra claramente que Jesús no consideraba a aquel hombre meramente como un caso clínico; le consideraba una persona individual. Aquel hombre tenía una necesidad y un problema especiales, y con la consideración más tierna, Jesús le trató de una manera que respetaba sus sentimientos y que él podía entender.

Cuando concluyó la curación, la gente declaró que Jesús había hecho todas las cosas bien. Ese había sido el veredicto de Dios cuando completó Su propia creación en el principio

(Gen_1:31 ). Cuando vino Jesús trayendo sanidad a los cuerpos y salvación a las almas, empezó una nueva creación. En el principio, todo había sido bueno; el pecado humano lo había echado todo a perder; y ahora Jesús estaba devolviéndole la belleza de Dios al mundo afeado por el pecado humano.

Mar 7:1-37

7.1ss Los líderes religiosos enviaron investigadores desde su sede en Jerusalén para que observaran a Jesús. No les gustó lo que encontraron, porque Jesús los increpó por guardar la Ley para parecer santos y no para honrar a Dios. El profeta Isaías acusó de lo mismo a los líderes religiosos de sus días (Isa_29:13). Jesús uso las palabras de Isaías para acusar a esos hombres.

7.3, 4 Marcos explicó estos rituales porque escribía a personas que no eran judías. Antes de cada comida, los judíos devotos llevaban a cabo una breve ceremonia, lavándose manos y brazos de cierta manera. Para ellos era un símbolo de que estaban limpios de cualquier contacto que pudieran haber tenido con alguna cosa considerada impura. Jesús dijo que los fariseos estaban equivocados al pensar que serían aceptos a Dios solo porque se lavaban por fuera.

7.6, 7 Hipocresía es pretender ser algo que no se es, sin tener intención de serlo. Jesús llamó a los fariseos hipócritas porque adoraban a Dios no porque lo amaran, sino porque les beneficiaba, los hacía parecer santos y fortalecía su posición social en la comunidad. Somos hipócritas si: (1) damos más importancia a la reputación que al carácter, (2) cumplimos con rigor ciertas prácticas religiosas, pero dejamos que nuestros corazones se mantengan lejos de Dios, y (3) destacamos nuestras virtudes y los pecados de los demás.

7.8, 9 Los fariseos agregaron cientos de sus reglas y regulaciones insignificantes a las santas leyes de Dios, y trataban de forzar a la gente a que las obedecieran. Decían que conocían la voluntad de Dios para cada detalle de la vida. Los líderes religiosos de hoy en día también tratan de agregar reglas y reglamentos a la Palabra de Dios, con lo que provocan no poca confusión entre los creyentes. Es idolatría pretender que nuestra interpretación de la Palabra de Dios es tan importante como la Palabra de Dios misma. Es sobre todo peligroso fijar parámetros no bíblicos para que otros los cumplan. En lugar de eso busquemos en Cristo la dirección para nuestra conducta y dejemos que El guíe a los demás en los detalles de sus vidas.

7.10, 11 Los fariseos usaban a Dios como excusa para no ayudar a sus familiares, sobre todo a sus padres. Creían que era más importante dar dinero al templo que ayudar a los padres necesitados, no obstante que la Ley de Dios dice específicamente que debemos honrar a padre y madre (Exo_20:12) y cuidarlos en sus necesidades (Lev_25:35-43). (Para una explicación de Corbán, véase la nota a Mat_15:5-6.)

Debemos dar dinero y tiempo a Dios, pero nunca debemos usar a Dios como excusa para dejar de cumplir nuestros deberes. Ayudar a quienes lo necesitan es una de las formas más importantes para honrar a Dios.

7.18, 19 ¿Nos preocupa más la dieta que el alma? Según interpretaban las leyes sobre la comida (Levítico 11), los judíos creían que podían ser puros delante de Dios por lo que dejaban de comer. Pero Jesús dijo que el pecado comienza en las actitudes y en las intenciones de la persona. No abrogó la ley, sino que pavimentó el camino para el cambio aclarado en Act_10:9-29 cuando Dios quitó las restricciones culturales respecto a la comida. Los hechos externos no nos purifican, sino que llegamos a ser puros en lo interior cuando Cristo renueva nuestras mentes y nos conforma a su imagen.

7.20-23 Una mala acción comienza con un simple pensamiento. Nuestros pensamientos pueden contaminarnos, llevándonos al pecado. Si damos cabida a pensamientos de lujuria, envidia, odio y revancha, nos guiarán a cometer malas acciones. Dios permita que no nos vuelvan indignos ante El. Por eso Pablo aconseja en Phi_4:8 : «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad».

7.24 Jesús viajó unos 45 km hasta Tiro y de ahí fue a Sidón. Eran dos ciudades portuarias del Mediterráneo, al norte de Israel. Ambas poseían un floreciente comercio y eran prósperas. En los días de David, Tiro mantenía relaciones amistosas con Israel (2Sa_5:11), pero tiempo después la ciudad llegó a ser famosa por su maldad. Su rey afirmaba ser Dios (Eze_28:1ss). Tiro se regocijó con la destrucción de Jerusalén en 586 a.C. porque sin su competencia, el comercio y las utilidades de Tiro aumentarían. Fue en medio de esta cultura materialista y pecaminosa que Jesús llevó su mensaje. Es interesante que enfatizara la importancia de la pureza interna, precisamente antes de visitar Tiro.

7.26 Marcos la llama sirofenicia y Mateo la llama cananea. La designación de Marcos hace referencia a su trasfondo político. Su audiencia romana podría identificarla con facilidad por la parte del imperio de donde procedía. La descripción de Mateo se creó para su audiencia judía, los que recordaban a los cananitas como acérrimos enemigos cuando Israel se estableció en la tierra prometida.

7.27, 28 Perrillo se refiere a una pequeña mascota, no a un animal que anda suelto comiendo carroña. Jesús simplemente quería explicar que su prioridad era alimentar a los hijos (enseñar a sus discípulos), no permitir a las mascotas interrumpir la comida familiar.

La mujer no discutió. Usando los términos que Jesús escogió, declaró que estaba dispuesta a que la consideraran una interrupción mientras recibiera la bendición de Dios para su hija. Es irónico, pero muchos judíos perdieron la bendición y la salvación de Dios porque rechazaron a Jesús, mientras que muchos gentiles encontrarían la salvación reconociendo a Jesús.

7.29 Este milagro muestra que el poder de Jesús sobre los demonios es tan grande que El no necesita estar presente físicamente para liberar a alguien. Su poder trasciende las distancias.

7.36 Jesús le pidió a la gente que no divulgara la noticia de su sanidad porque El no quería que lo vieran simplemente como alguien que hacía milagros. No quería que la gente perdiera su verdadero mensaje. Si enfatizamos lo que Cristo puede hacer por nosotros, olvidaremos escuchar su mensaje.

RELATOS DEL EVANGELIO QUE APARECEN SOLO EN MARCOS

4.26-29: Parábola de la semilla que crece

Trascendencia : Debemos depositar la semilla del evangelio en otras personas, pero solo Dios la hará crecer en sus vidas.

7.31-37: Jesús sana a un sordo y tartamudo

Trascendencia : Jesús se ocupa tanto de nuestras necesidades físicas como de nuestras necesidades espirituales.

8.22-26 : Jesús sana al ciego de Betsaida

Trascendencia : Jesús es bondadoso porque se aseguró de restaurar por completo la vista de este hombre.

Mar 7:1-13

Este pasaje contiene una pintura humillante de lo que es capaz la naturaleza humana en religión. En uno de esos pasajes de la Escritura que debe ser frecuente y diligentemente estudiado por todos los que desean la prosperidad de la iglesia de Cristo.

Lo primero que en estos versículos demanda nuestra atención es la condición baja y degradada en que se hallaba la religión judaica, cuando nuestro Señor estuvo en la tierra. ¿Qué mas deplorable que lo que aquí se nos relata? Vemos a los principales maestros de la nación judía considerando una gran falta, «que los discípulos del Señor comiesen paran sin lavarse las manos» Se nos dice que daban gran importancia al hecho de lavar vasos, copas, vasijas de bronce y mesas. En fin, era considerado el más santo de los hombres el que prestaba atención más rígida a esas prácticas meramente externas y de invención humana.

Debe recordarse que la nación, en que este estado de cosas existía, fue la más altamente favorecida en el mundo. Le fue dada la ley en el monte Sinaí, y el culto de Dios, el sacerdocio, los pactos y las promesas. Moisés, Samuel y David y los profetas vivieron y murieron en su seno. Ninguna nación sobre la tierra gozó de tantos privilegios espirituales; ninguna tampoco hizo tan mas uso de ellos, y rechazó más completamente las misericordias de que había sido objeto.

Nunca oro más puro se vio mas oscurecido. ¡Qué caer tan profundo de la religión del Deuteronomio y de los Salmos a la religión que consistía en lavar manos y vasos y copas! No se de admirarse que en la época del ministerio terrenal de nuestro Señor encontrase al pueblo como ovejas sin pastor. Las prácticas externas no alimentan las conciencias ni santifican los corazones.

Que la historia de la iglesia judaica nos sirva de aviso para no aceptar ligeramente ninguna falsa doctrina. Si empezamos a tolerarla no sabremos donde iremos a parar, ni si al fin no nos hundiremos en una religión degradada. Si nos desviamos de la senda de la verdad un ápice, concluiremos con lavar vasos y copas, como los fariseos y los escribas. Cuando una vez el hombre se aparta de la palabra de Dios, no hay nada, por mezquino, bajo, insignificante e irracional que sea, que no acepte. Hay hoy ramificaciones de la iglesia de Cristo en que las Escrituras nunca se leen, y el Evangelio nunca se predica, en que la única religión que tienen consiste en unas pocas formas insignificantes, y en guardar ayunos y festividades de invención humana; que empezaron bien, como la iglesia judaica, pero como esta se han hundido en la esterilidad más completa y la decadencia más absoluta. Debemos ejercer una vigilancia exquisita respecto a las falsas doctrinas, pues un poco de fermento leuda una gran masa. Defendamos con ardor la fe en su totalidad tal como fue comunicada a los profetas y apóstoles.

Absurdas y ridículas como aparecen a primera vista las costumbres y tradiciones de los fariseos, es un hecho que debe humillarnos que los fariseos encuentren siempre imitadores y sucesores. Ese celo en lavar vasos, copas y mesas parecerá casi risible y solo digno de niños; pero no tenemos que ponernos a buscar muy lejos para encontrarlo en torno nuestro. ¿Qué otra cosa es esa gravedad y ese interés con que en el día se disputa sobre casullas, albas, túnicas, asientos, mesas y cosas semejantes? ¿Qué diremos de la atención exagerada que se presenta a ceremonias, ornamentos, gestos y posturas en el culto divino, cuando las Escrituras no dicen una palabra de cosas semejantes? ¿No es esto la renovación de farisaísmo? ¿Qué otra cosa es sino una triste repetición de su alarde de celo exagerado por unos fundados en tradiciones humanas? ¿Qué argumentos pueden usarse en su defensa que los fariseos no hubieran podido emplear con la misma fuerza? Mil ochocientos años han transcurrido ya, y sin embargo, aún vemos entre nosotros esa generación que daba tanta importancia a lavar vasos, copas y mesas. La sucesión de los fariseos se prolonga.

Lo que en segundo lugar debe fijar nuestra atención, es la inutilidad del culto a Dios que consiste solo en palabras. Nuestro Señor da toda su fuerza a este precepto apoyándolo en una cita del Antiguo Testamento: «Que bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas. Este pueblo me honra con labios, pero su corazón está lejos de mi..

Cuando se trata de religión en el corazón es en donde Dios se fija principalmente. La cabeza inclinada, la rodilla doblada, el rostro grave, la postura rígida, las respuestas en toda regla y el amen en toda forma, todas esas cosas no constituyen el adorador en espíritu. La vista de Dios penetra más lejos y más profundamente. Exige el culto del corazón. «Hijo mío» nos dice a cada uno de nosotros, «dame tu corazón».

Recordemos esto cuando estemos en público en la congregación. No debemos contentarnos con llevar a nuestros cuerpos a la iglesia, si dejamos nuestros corazones en casa. Quizás los hombres no descubran ninguna falta en el servicio; posible es que obtengamos la aprobación de nuestro ministro; nuestros vecinos podrán tomarnos por ejemplos de lo que deben ser los cristianos posibles es también que nuestra voz se oiga por encima de todas las otras en el himno y en la plegaria; pero todo eso será peor que nada ante Dios, si nuestros corazones no toman parte. Es solo leña, paja y hojarasca a los ojos de Aquel que penetra los pensamientos, y que lee los secretos más íntimos del corazón humano.

Recordemos también esto en nuestras devociones privadas. No debemos quedar satisfechos con repetir buenas palabras, si nuestro corazón y nuestros labios no marchan de consuno. ¿De qué provecho podrá sernos ser fluidos y abundantes en nuestras plegarias si nuestras imaginaciones corren extraviadas muy lejos del lugar en que estamos arrodillados? De nada aprovecha. Dios ve en lo que estamos ocupados, y rechaza nuestra ofrenda. Oraciones sentidas, plegarias que brotan del corazón, son las que se complace en oír, y son las únicas que responde. Quizás nuestras peticiones nos parezcan humildes, balbucientes y débiles; no estarán presentadas con palabras propias, ni lenguaje escogido y serían casi ininteligibles si fuéramos a escribirlas, pero si nacer de un corazón contrito y creyente, Dios las entiende, y en tales oraciones se deleita.

Lo que debe llamar, por último nuestra atención en estos versículos, es la tendencia que tienen las invenciones humanas en religión a suplantar la palabra divina. Vemos que por tres veces hace nuestro Señor este cargo a los fariseos: «Dejando a un lado los mandamientos de Dios, sostenéis las tradiciones de los hombres» «Rechazáis por completo los mandamientos de Dios, para poder guardar vuestras propias tradiciones» «Dejando sin efecto la Palabra de Dios por medio de vuestras tradiciones» El primer paso de los fariseos fue agregar a las Escrituras sus tradiciones, como suplementos muy útiles. El segundo colocarlas a la misma altura de la palabra de Dios, y darles la misma autoridad. El último fue honrarlas más que a las Escrituras y hacer descender a estas de su legítimo puesto. En este estado se encontraban las ocazas cuando Nuevo Testamento Señor estuvo en la tierra. De hecho las tradiciones humanas lo eran todo, y la palabra de Dios nada. Se consideraba como verdadera religión obedecer las tradiciones, pero no se ocupaban de obedecer las Escrituras.

Es un hecho lamentable que los cristianos hayan ido tan lejos en este particular siguiendo las huellas de los fariseos. El mismo procedimiento ha tenido lugar repitiéndose una y otra vez, y produciendo las mismas consecuencias. Los cristianos se han visto compelidos a aceptar prácticas religiosas de invención humana, prácticas, al parecer, útiles, y que se proponían un fin bueno, pero que no estaban ordenadas en la palabra de Dios. Estas mismas prácticas poco a poco se han ido imponiendo con más vigor que los propios mandamientos de Dios, y se han defendido con más celo que la autoridad de la palabra divina. No tenemos que ir muy lejos para encontrar ejemplos, pues la historia de la iglesia universal puede suministrárnoslos.

Guardémonos de aprender a agregar nada a la palabra de Dios, por considerarlo necesario a la salud; es provocar a Dios que nos condene a una ceguedad absoluta. Es lo mismo que si dijéramos que su Biblia no es perfecta y que sabemos mejor que El lo que el hombre necesita para salvarse. Tan fácil es destruir la autoridad de la palabra de Dios con adiciones, sepultándola bajo los escombros de las invenciones humanas como negando su verdad. Toda la Biblia, y nada más que la Biblia debe ser la regla de nuestra fe; nada debe agregársele ni nada substraérsele.

Finalmente, tracemos una línea divisoria bien marcada, entre las cosas que han sido en religión ideadas por los hombres, y las que se ordenan claramente en la palabra de Dios. Lo que Dios manda es indispensable para salvarse; lo que el hombre traza podrá se útil y conveniente para aquel momento dado, pero la salud no depende de su obediencia. Lo que Dios requiere es esencial para la vida eterna; el que intencionalmente lo desobedece destruye su alma

Mar 7:14-23

Vemos el comienzo de este pasaje cuan difícilmente comprenden los hombres las cosas espirituales. «Escuchadme» dice nuestro Señor al pueblo, «escuchadme cada un de vosotros, y comprended» «¿Estáis así desprovistos de inteligencia?» Dice a los discípulos, ¿No percibís? La corrupción de la naturaleza humana es una enfermedad universal; no solamente afecta el corazón, la voluntad y la conciencia del hombre, sino su espíritu, su memoria y su inteligencia. La misma persona que es lista y avisada en cosas mundanas, dejará muchas veces de comprender por completo las más simples verdades del cristianismo; no le será posible aceptar los más sencillos razonamientos del Evangelio. No le encontrará sentido a los propios más claros que la doctrina evangélica, que le sonarán como necios o misteriosos. Los escuchará como quien oye hablar una lengua extranjera y comprende alguna que otra palabra, pero no el todo de la conversación. «El mundo no conoce a Dios por medio de la sabiduría» 1 Cor.1.21 Oye, pero no entiende.

Debemos pedir diariamente al Espíritu Santo que nos enseñe si queremos hacer progresos en el conocimiento de las cosas divinas. Sin El, muy poco nos hará avanzar, la inteligencia más poderosa y el más fuerte raciocinio. Cuando leemos la Biblia y oímos sermones, todo depende de la manera con que leemos y oímos. Una disposición del espíritu humilde, infantil, ansioso de aprender, es el gran secreto del éxito. Feliz aquel que dice a menudo con David, «Enséñame tus estatutos» Salmo 119.64 ese comprenderá tan bien como oye.

Vemos, en segundo lugar, por este pasaje, que el corazón es la fuente principal de la corrupción y de la impureza a los ojos de Dios. La pureza moral no depende de lavarse o de no lavarse, de tocar ciertas cosas o de no tocarlas, de comer algo o de no comerlo, como enseñaban los escribas y los fariseos. «No hay nada fuera del hombre que entrando en el pueda contaminarlo, sino lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre.

Hay en estas palabras una verdad profunda que con frecuencia pasa desapercibida. Rara vez tomamos en cuenta como se debe nuestra pecabilidad original y nuestra inclinación natural al mal. Se atribuye, en general, la maldad del hombre a los malos ejemplos, a las malas compañías a tentaciones especiales o a los lazos que tiende el diablo. Parece olvidarse que cada hombre lleva consigo un manantial de maldades. No necesitamos que las malas compañías nos enseñen, ni que el diablo nos tiente, para sumirnos en el pecado. Llevamos en nuestro interior la simiente de todos los pecados.

Debemos recordar esto en la disciplina y educación de los niños; no olvidemos en nuestro manejo de ellos, que en sus corazones existen las semillas de la maldad. No es bastante tener a los muchachos en casa y alejarlos de toda tentación externa, pues llevan en sus pechos un corazón dispuesto a pecar y mientras ese corazón no se muda, no están seguros, hagamos lo que queramos. Cuando los niños cometen una falta, es práctica común atribuir toda la culpa a las malas compañías; pero hacerlo así es ignorancia, ceguedad y tontería. No hay duda que las malas compañías es un gran mal que debe evitarse lo más que sea posible. Pero ningún mal compañero enseña a un muchacho ni la mitad de los pecados que le sugiere su propio corazón, si no está renovado por el Espíritu.

Dentro llevamos el principio de toda maldad. Si los padres fueran tan diligentes en orar por la conversión de sus hijos como lo son en guardarlos de malas compañías, sus hijos saldrían mejores de lo que son.

Vemos, por último, en este pasaje, que catálogo tan negro de males encierra el corazón humano. «Del corazón del hombre» dice nuestro Señor, «proceden malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, asesinatos, robos, codicia, envidia, blasfemia, orgullo, necedad; todas estas cosas malas salen de dentro».

Comprendamos bien, al leer estas palabras, que nuestro Señor está hablando del corazón humano en general. No se refiere tan solo al libertino conocido, ni al criminal que está en una cárcel; habla del género humano. Todos nosotros, nobles o pecheros, ricos o pobres, amos o siervos, viejos o jóvenes, sabios o ignorantes, todos, por naturaleza, tenemos el corazón que Jesús describe en este pasaje. Las simientes de todos lo males que aquí menciona, yacen escondidas en Nuevo Testamento interior. Quizás permanezcan inertes toda nuestra vida, quizás el miedo de las consecuencias, la restricciones de la opinión pública, el temor de la publicidad, el deseo de parecer respetables y sobre todo, la gracia omnipotente de Dios, las ahoguen y las contengan en su desarrollo. Pero todo hombre lleva en si la raíz de todos los pecados.

¡Cuán humildes no deberíamos ser al leer estos versículos» «Todos somos inmundos» a los ojos de Dios. Isaías 64.6 Descubre en cada uno males sin cuento, que el mundo nunca ve, porque El lee en nuestros corazones. De todos loes pecados a que estamos sujetos de seguro que el más impropio es el de creernos justos en virtud de un poder que no sea personal.

¡Cuan agradecidos no debemos estar por el Evangelio, cuando leemos estos versículo» El Evangelio encierra una provisión completa para todas las necesidades de nuestras pobres y corrompidas naturalezas. La sangre de Cristo puede «limpiarnos de todo pecado». El Espíritu Santo puede transformar nuestros corazones pecadores y mantenerlos limpios, después de transformados. El hombre que no se gloría en el Evangelio, sabe muy poco de la letra que abriga en su interior.

¡Qué vigilantes deberíamos estar, cuando recordamos estos versículos! ¡Qué guardia tan cuidadosa no deberíamos hacer para refrenar nuestra imaginación, nuestra lengua, y nuestra conducta diaria! A la cabeza de la negra lista del contenido de nuestros corazones, se encuentran «los malos pensamientos». No lo olvidemos nunca. Los pensamientos son los progenitores de las palabras y de los hechos. Pidamos diariamente en nuestras oraciones gracia para mantener en orden nuestros pensamientos y clamemos de todo corazón y con gran fervor, «no nos dejes caer en tentación.

Mar 7:24-30

Nada sabemos de la mujer que aquí se menciona, excepto los hechos que se refieren. Su nombre, su historia anterior, la causa que la movió a dirigirse a Nuevo Testamento Señor, siendo gentil y viviendo en las fronteras de Tiro y Sidón, son misterios ocultos para nosotros. Pero los hechos que de ella se narran están llenos de preciosas enseñanzas. Estudiémoslas para aprender.

En primer lugar, este pasaje tiene por objeto estimularnos a orar por otros. No hay duda, que debió estar profundamente afligida la mujer que, personaje principal de esta historia, se dirigió a nuestro Señor. Veía a una hija amada poseída de un espíritu inmundo, y en una condición tal, que así como la enseñanza no podía penetrar en su espíritu, ninguna medicina podía sanar su cuerpo, condición apenas menos mala que la muerte misma. Oye hablar de Jesús, y le suplica, «que lance el demonio del cuerpote su hija» Le dirige esa plegaria a favor de una persona que no podía orar, y no cesa hasta que no le concede su petición. Obtiene por medio de la oración una cura que no podía obtenerse por ningún medio humano, y la hija queda curada por la plegaria de la madre. La hija no podía decir una palabra, pero la madre habla por ella al Señor, y no lo hizo en vano. Desahuciada y desesperada como al parecer era su condición, tenía una madre que sabía orar y cuando se tiene tal madre hay siempre esperanza.

La verdad que aquí se nos enseña es de gran importancia. Pocos deberes son recomendados con más fuerza en los ejemplos que nos presenta la Escritura, como el deber de las plegarias intercesoras. Hay un largo catálogo de ejemplos en las Escrituras, que muestran las bendiciones que podemos conferir a otras personas orando por ellas. El hijo del noble en Capernaúm, el siervo del centurión, la hija de Jairo, son todos casos muy notables. Por admirable que nos parezca, no hay duda que Dios se complace en hacer grandes cosas a favor de almas, por las que amigos y parientes se deciden a orar. «La oración eficaz del justo puede mucho». Santiago 5.16 Los padres son los que están especialmente obligados a recordar el caso de esta mujer. No pueden dar un nuevo corazón a sus hijos; pueden, si, darles educación cristiana y mostrarles la senda de la vida. No pueden darles voluntad para escoger el servicio de Cristo, ni disposición para amar a Dios, pero pueden hacer una cosa, y es orar por ellos. Pueden orar por la conversión de hijos libertinos, que se empeñan en dar rienda a sus pasiones y se hunden desatentadamente en el pecado. Pueden orar por la conversión de hijas mundanas, que concentran sus afectos en las cosas de la tierra y aman el placer más que a Dios. Esas plegarias son oídas en el cielo y hacen descender de el mis bendiciones. Nunca, nunca nos olvidemos que rara vez se pierden por completo los hijos por quienes se han hecho muchas oraciones. Oremos por nuestros hijos; aún cuando no nos permitan hablarles de religión, no pueden impedirnos que nos dirijamos a Dios a favor suyo.

En segundo lugar, este pasaje tiene por objeto enseñarnos a perseverar en nuestras oraciones a favor de otras personas. La mujer, cuya historia leemos, al parecer no obtuvo nada primero con haberse dirigido a nuestro Señor; al contrario, la respuesta de nuestro Señor fue para desanimarla. Sin embargo, no abandonó desesperanzada su demanda; continuó orando sin flaquear; apoyó su súplica con argumentos ingeniosos; no se dio por vencida al ver que rehusaba acceder; impetró unas pocas «migajas» de misericordia, antes que no recibir nada; y su santa importunidad tuvo al fin buen éxito, pues oyó estas palabras placenteras: «Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija».

Es un punto de gran momento la perseverancia en la oración. Tenemos demasiada propensión a refriarnos y ser indiferentes, y a imaginarnos que es inútil acercarnos a Dios; dejamos muy pronto caer nuestras manos cansadas y nuestras rodillas se debilitan. Satanás está trabajando de continuo en hacernos cesar en nuestras oraciones, y suministrarnos razones para ello. Si esto es cierto en referencia a toda plegaria en general, lo es aún más respecto a las plegarias intercesoras. Son siempre más escasas y pobres de lo que debieran ser; se hacen por un corto período, y luego se suspenden, porque no recibimos una respuesta inmediata, porque vemos que las personas por quienes oramos continúan en sus pecados y de ahí sacamos la consecuencia, que es inútil orar por ellas, y suspendemos nuestra intercesión.

Para armarnos con argumentos que nos animen a perseverar nuestras plegarias intercesoras, meditemos con frecuencia en la historia de esta mujer.

Recordemos que oró y no flaqueó a pesar de los motivos tan grandes que tuvo para desalentarse, y fijémonos en la circunstancia que al fin se fue a su casa regocijada, resolviéndonos, con el favor de Dios, a seguir su ejemplo.

¿Sabemos orar por nosotros? Esta es la primera cuestión y la más importante que debemos dirigirnos. El hombre que nunca habla a Dios de su propia alma, mal puede orar por otros; está sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza y tiene que aprender los primeros rudimentos de la religión; que despierte y clame a Dios.

Pero si oramos por nosotros, ocupémonos también de orar por otros. Guardémonos de ser egoístas en nuestras oraciones; que no sean raciones que se refieran tan solo a nuestros intereses personales, y en las que no dejemos lugar para otras almas. Mencionemos continuamente ante Dios a todos los que amemos; oremos por todos, por los más malos, por los más endurecidos, por los más incrédulos. Oremos por ellos un año y otro, a pesar de su continuada incredulidad. Quizás el tiempo de la misericordia de Dios sea remoto; quizás no veamos respuesta a nuestra intercesión; puede que la respuesta se dilate diez, quince o veinte años; quizás no venga hasta que no hayamos cambiado las oraciones en himnos de alabanza y estemos muy lejos de este mundo, pero mientras vivamos, oremos por los demás. El más grande favor que podemos hacer a una persona, es hablar de ella a Nuevo Testamento Señor Jesucristo. Veremos el día del juicio que uno de los vínculos más fuertes para enlazar algunas almas a Dios han sido las plegarias intercesoras de los amigos.

Mar 7:31-37

Lo primero que en estos versículos debe fijar nuestra atención es el milagro extraordinario que aquí se relata. Leemos que le llevaron á nuestro Señor «á uno que estaba sordo y que tenia un impedimento para hablar,» y le suplicaron «que le impusiese las manos.» Les concedió al punto lo que pedían y queda curado.

Una palabra y un toque dan instantáneamente á aquel hombre oído y palabra. «Y luego fueron abiertos sus oídos, y fue desatada la ligadura de su lengua, y hablaba bien..

Si nos fijamos tan solo en la manifestación del poder divino de nuestro Señor, no comprendemos sino la mitad de la enseñanza que encierra este pasaje; no hay duda que hay algo más que eso en este ejemplo. Profundicemos más allá de la superficie y descubriremos en este pasaje preciosas verdades espirituales.

Debemos ver en este milagro el poder del Señor para curar á los que están sordos espiritualmente; puede dar al pecador más endurecido oído que pueda oír; puede hacer que sea su deleite escuchar ese mismo Evangelio que antes ridiculizó y despreció.

Debemos ver también en él el poder del Señor para curar á los que están mudos espiritualmente. Puede enseñar al más empedernido de los transgresores á clamar á Dios. Puede hacer en tonar canciones nuevas á labios que nunca se ocuparon sino de hablar del mundo. Puede hacer que los más viles de los hombres hablen de cosas espirituales, y sean testigos del Evangelio de gracia.

Cuando Jesús difunde su Espíritu, nada es imposible. No debemos desesperar nunca de nadie, ni considerar nuestros corazones demasiado perversos para que puedan cambiarse. Vive todavía Aquel que curó al sordo y al mudo. Casos que la filosofía moral declara incurables, no lo son si los pacientes son llevados á Cristo.

Lo que en segundo lugar debe fijar en estos versículos nuestra atención, es la manera especial con que nuestro Señor tuvo por bien hacer el milagro que aquí se relata. Se nos dice que cuando el sordomudo fue llevado á Jesús, «lo separó de la multitud, le metió los dedos en las orejas, y escupiendo tocó su lengua; y mirando al cielo gimió,» y entonces, y solo entonces se oyeron las palabras de mando, «Ephphatha; es decir, Sé abierto..

No hay duda que hay mucho de misterioso en estos actos; no sabemos porque los ejercitó. Tan fácil hubiera sido para el Señor restaurar con solo su palabra la salud al enfermo como haciendo lo que hizo. No se nos dicen las razones que tuvo para adoptar ese procedimiento; solo sabemos que el resultado fue el mismo que en otras ocasiones, el hombre quedó curado.

Pero algo podemos aprender de la conducta de nuestro Señor en esta circunstancia; que Cristo no se ceñía al empleo de unos medios especiales tan solo para realizar sus obras entre los hombres. Algunas veces consideraba conveniente trabajar de un modo, y otras de otra manera; sus enemigos nunca pudieron decir, que no podía conseguir ningún resultado sino empleando ciertos me-dios que eran siempre los mismos.

Vemos que lo mismo acontece todavía en la iglesia de Cristo. Tenemos pruebas repetidas que el Señor no se sujeta á usar exclusivamente los mismos medios para transmitir su gracia á las almas. Es su placer influir algunas veces por medio de la Palabra predicada en público, otras por medio de la Palabra leída en privado. Despierta algunas veces á los dormidos por medio de las enfermedades y aflicciones, otras por las reconvenciones y los consejos de los amigos.

Emplea á veces medios de gracia para desviar á los hombres de la senda del pecado, y á veces atrae su atención con algún hecho providencial, sin usar ningún medio de gracia. No quiere que ninguno de estos se exalte y convierta en una especie de ídolo con menosprecio de los demás, pues es su voluntad que ninguno se desprecie como inútil, ni se considere como desprovisto de todo valor. Todos son buenos y valiosos, y pueden emplearse alternadamente para lograr el mismo gran fin, que es la conversión de las almas. Todos están en la mano del que «no da cuenta de sus actos,» y sabe mejor cual debe usar para curar en cada caso especial.

Lo que demanda, por último, nuestra atención en estos versículos, es el notable testimonio que dieron los que vieron el milagro qué aquí se relata. Dijeron hablando de nuestro Señor, «Ha hecho todas las cosas bien..

Es más que probable que los que pronunciaron esas palabras estaban muy lejos de comprender todo su significado aplicadas á Cristo. Como Caifas, «no hablaban por sí mismos.» Joh_11:61. Pero la verdad que expresaban es un tesoro de consuelo profundo é indecible, y deben recordarla diariamente todos los verdaderos cristianos.

Recordémosla al repasar en nuestra memoria los días pasados de nuestra existencia desde el momento de nuestra conversión. «Nuestro Señor ha hecho todas las cosas bien.» Al sacarnos primero de las tinieblas á la luz, al humillarnos y mostrarnos nuestra debilidad, nuestras culpas y nuestra locura, al despojarnos de nuestros ídolos, y escoger por nosotros nuestra condición, al colocarnos en el puesto en que estamos, y al darnos lo que poseemos, ¡Que bien lo ha hecho todo! ¡Que gran misericordia que no hayamos realizado nuestros deseos! Recordémosla cuando fijemos nuestra vista en los días del porvenir. No sabemos si serán brillantes ú oscuros, muchos ó escasos; pero sabemos que están en mano de Aquel «que hace todas las cosas bien.» No se equivocará cuando se trate de nosotros. Quitará y dará, afligirá y consolará, moverá y fijará, con perfecta sabiduría, en el tiempo preciso y de la manera apropiada. El gran Pastor de las ovejas no se equivoca; guía á todos los corderos de su rebaño por el camino recto á la ciudad en que habita.

No comprenderemos toda la belleza de estas palabras hasta el día de la resurrección final. Al recordar entonces nuestras vidas veremos la explicación de todos sus eventos desde el principio hasta el fin. Recordaremos todos los caminos por que fuimos conducidos, y confesaremos que todo fue «bien hecho.» La explicación, las causas, y las razones de todo lo que ahora nos deja perplejos, aparecerán claras y sencillas como el sol al mediodía. Nos admiraremos de nuestra ceguedad pasada, y nos asombraremos de haber podido dudar del amor de nuestro Señor. «Porque ahora vemos al través de un espejo oscuramente, más entonces cara á cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido.» 1Co_13:12.

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