Christ Walking on the Water
Amedee Varin, 19th Century

Marcos 6: Sin honor en su propia tierra

Jesús se marchó de allí y fue a Su tierra natal en compañía de Sus discípulos. Cuando llegó el sábado, fue y se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos, al escucharle, se admiraban y decían:

-¿De dónde se ha sacado Este este conocimiento? ¿Qué sabiduría es esta que se Le ha dado? ¿Y cómo puede obrar con Sus manos cosas tan maravillosas? ¿Es que no es Este el carpintero, el hijo de María, y Sus hermanos Santiago y José y Judá y Simón? ¿No viven Sus hermanas también aquí en el pueblo?

Y se escandalizaban de El. Entonces Jesús les dijo:

-No hay profeta sin honra nada más que en su tierra natal y entre sus conocidos y en su propia familia.

Y Jesús no pudo hacer allí ninguna obra milagrosa, salvo que puso Sus manos sobre unos pocos enfermos y los sanó. Y estaba sorprendido de lo poco dispuestos que estaban a creer. E hizo un recorrido enseñando por los pueblos.

Para Jesús, el volver a Nazaret era someterse a una prueba muy severa. Volvía a su pueblo; y nadie encuentra críticos más rigurosos que los que le han conocido desde la niñez. No pretendía que aquello fuera una visita privada, solamente para ver otra vez su propio hogar y a su propia familia. Fue acompañado de Sus discípulos. Eso es decir que fue como rabino. Los rabinos solían recorrer el país acompañados por el pequeño círculo de sus discípulos; y fue como maestro, con Sus discípulos, como llegó Jesús.

Fue a la sinagoga, y se puso a enseñar. Recibieron su enseñanza, no con admiración, sino con un cierto desprecio. «Se escandalizaron de Él.» Se escandalizaron de que Uno que procedía de un trasfondo como el de Jesús dijera e hiciera aquellas cosas. La familiaridad había engendrado un desprecio equivocado.

Se resistían a prestar atención a lo que Jesús pudiera decir por dos razones.

(i) Decían: «¿Es que no es Este el carpintero?» La palabra que se usa para carpintero es tektón. Ahora bien, téktón quiere decir un obrero de la madera, pero abarca mucho más que carpintero. Quiere decir artesano. Homero llamaba tektón al que construía barcos y casas y templos. Antiguamente, y todavía en muchos sitios, se podía encontrar en pueblecitos y en aldeas a un artesano que construyera cualquier cosa desde un gallinero hasta una casa; la clase de hombre que podía arreglar una valla, un tejado o una puerta; el artesano, el «manitas», que con pocas herramientas y medios podía encargarse de cualquier trabajo. Precisamente eso era Jesús. Lo cierto es que los de Nazaret despreciaban a Jesús porque era un obrero. Era un hombre del pueblo, un laico, uno de tantos; y, por tanto Le despreciaban.

Uno de los líderes del movimiento labour -en el Reino Unido obrero o socialista- fue el alma grande Will Crooks, vida paralela de la del español Pablo Iglesias. Nació en un hogar en el que uno de sus más tempranos recuerdos era ver llorar a su madre porque no sabía de dónde sacar la comida siguiente. Empezó a trabajar en un taller de herrería ganando cinco chelines a la semana. Llegó a ser un buen artesano, y uno de los hombres más valientes e íntegros que haya habido. Entró en la política municipal, y llegó a ser el primer alcalde socialista de un distrito de Londres. Hubo muchos que se escandalizaron cuando Will Crooks fue elegido alcalde de Poplar. En medio de una multitud, una señora dijo con gran disgusto: «Han hecho alcalde a ese tipo vulgar que no es más que un obrero.» Uno que estaba allí -el mismo Will Crooks- se volvió hacia ella, se destocó y le dijo: «Tiene usted razón, señora: No soy nada más que un obrero.»

Los de Nazaret despreciaban a Jesús porque era un obrero. Para nosotros, esa es Su gloria, porque quiere decir que Dios, cuando vino a la Tierra, no pretendió eximirse de las durezas. Asumió la vida corriente con todas sus tareas cotidianas.

Las circunstancias de nacimiento y fortuna y alcurnia no tienen nada que ver con el valor de una persona. Como decía Pope:

La valía hace al hombre, y el carecer de ella al cualquiera. Lo demás es el pellejo o el pelaje.

Debernos estar en guardia para no caer en la tentación de valorar a las personas por las circunstancias externas y no por su valía personal.

(ii) Decían: «¿Es que no es Este el Hijo de María? ¿Es que no conocemos a Sus hermanos y hermanas?» El hecho de que llamaran a Jesús «el hijo de María» nos sugiere que probablemente José ya había muerto. Ahí tenemos la clave de uno de los enigmas de la vida de Jesús. Jesús no tenía más que treinta y tres años cuando murió; no salió de Nazaret hasta que tenía treinta (Luk_3:23 ). ¿Por qué esa larga espera? ¿Por qué permaneció en Nazaret cuando había un mundo esperando la Salvación? La razón era que José ya había muerto, y Jesús asumió la responsabilidad de mantener a Su madre y a Sus hermanos y hermanas; y sólo cuando fueron lo suficientemente mayores para defenderse por sí, Jesús salió de casa. Fue fiel en lo pequeño, y por tanto Dios Le dio una gran tarea.

Pero los de Nazaret Le despreciaban porque conocían a Su familia. Thomas Campbell fue un poeta de mérito. Su padre no sabía nada de poesía. Cuando se publicó el primer libro con el nombre de Thomas, su hijo le mandó un ejemplar a su padre. El viejecillo lo tomó, y lo miró. Era realmente la encuadernación, y no el contenido, lo que miraba. «¡Quién iba a pensar -dijo admirado- que nuestro Tom podría hacer un libro como este!» A veces, cuando la familiaridad debería engendrar un creciente respeto, no engendra más que familiaridad excesiva y fácil. A veces estamos demasiado cerca de ciertas personas para ver su grandeza.

El resultado de todo esto fue que Jesús no pudo hacer grandes obras en Nazaret. El ambiente no era propicio; y hay algunas cosas que no se pueden hacer si no hay ambiente.

(i) Todavía sigue siendo verdad que nadie se puede curar si no quiere curarse. Margot Asquith cuenta la muerte de Neville Chamberlain. Todo el mundo sabe que su política tuvo unas consecuencias que le destrozaron el corazón. Margot Asquith se entrevistó con su médico, Lord Horder. « Usted no puede valer gran cosa como médico -le dijo-, porque Neville Chamberlain no era más que unos pocos años mayor que Winston Churchill, y yo habría dicho que era un hombre fuerte. ¿Le apreciaba usted?» Lord Horder contestó: « Yo le apreciaba mucho. Me gustan los que no le gustan a nadie. Chamberlain sufría de timidez. No quería vivir; y cuando una persona llega a ese punto, no hay médico que le salve.» Podemos llamarlo fe; o voluntad de vivir; pero sin eso no hay nadie que sobreviva.

(ii) No se puede predicar cuando el ambiente está en contra. Nuestras iglesias serían diferentes si las congregaciones se dieran cuenta de que son ellas las que predican más de la mitad del sermón. En una atmósfera de expectación, el esfuerzo más modesto puede inflaMarcos En un ambiente de frialdad crítica o de indiferencia cómoda, la palabra más llena del Espíritu cae a tierra sin vida.

(iii) No puede haber pacificación en un ambiente adverso. Si la gente se reúne para odiar, odiarán; si se han reunido para resistirse a entender, malentenderán; si se han reunido para no ver más punto de vista que el suyo propio, no verán otro. Pero si la gente se ha reunido amando a Cristo y tratando de amarse entre sí, hasta los que estén más ampliamente separados se pueden encontrar en Él.

Sobre nosotros recae la tremenda responsabilidad de ayudar o dificultar la labor de Jesucristo. Podemos abrirle la puerta de par en par, o cerrársela en la cara.

LOS HERALDOS DEL REY

Marcos 6:7-11

Jesús llamó a Sí a los Doce, y empezó e enviarlos de dos en dos. Les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada más que un bastón para el camino. Les mandó que no llevaran pan, ni bolsa, ni moneda en la faja. Les mandó llevar sandalias, y les dijo:

-No debéis llevar dos túnicas-. Y también les dijo: -Siempre que entréis en una casa, quedaos allí hasta que os marchéis de aquel lugar; y, si en algún lugar se niegan a daros hospitalidad, o no quieren escucharos, cuando salgáis de allí sacudíos el polvo de la suela de las sandalias como testimonios de que fueron culpables de tal actitud.

Entenderemos mejor todas las referencias que se hacen en este pasaje si sabemos cómo era la ropa de un judío de Palestina en tiempos de Jesús. Se componía de cinco artículos.

(i) La ropa interior era el jitón o sinddn, túnica. Era muy simple. No era más que una pieza larga de tela enrollada y cosida por un lado. Era lo suficientemente larga como para llegarle casi hasta los pies. Tenía agujeros por arriba para la cabeza y los brazos. Esa pieza se vendía corrientemente sin esos agujeros, como prueba de que no lo había usado nadie antes, y para que el comprador se hiciera el escote a su gusto. Por ejemplo: El escote era diferente para hombres y para mujeres. Llegaba más abajo en el caso de las mujeres para que pudieran darle el pecho a sus bebés. En su forma más sencilla era poco más que un saco con agujeros arriba y en las esquinas. Una forma más desarrollada se hacía con mangas, y algunas veces estaba abierto por delante y se podía abrochar.

(ii) La túnica exterior se llamaba himation. Se usaba como capa de día y como manta de noche. Estaba formado por un trozo de tela de dos metros de izquierda a derecha por uno y medio de arriba abajo. Medio metro a cada lado estaba remetido, y en el extremo superior de los dobleces se hacían los cortes para pasar los brazos. Así es que era casi cuadrado. Generalmente se hacía con dos tiras de tela, cada una de dos metros por menos de uno cosidas entre sí. La costura se ponía a la espalda. Pero un himation se podía tejer de una sola pieza, como la túnica de Jesús (Joh_19:23 ). Esta era la pieza principal de la ropa.

(iii) Estaba el cinturón. Se llevaba encima de las dos piezas ya descritas. Las faldas de la túnica se podían recoger hacia arriba del cinturón para trabajar o para correr, o para llevar cosas en el hueco de la ropa. El cinturón era corrientemente doble hacia la mitad de su longitud. La parte doblada formaba un bolsillo en el que se llevaba el dinero.

(iv) Estaba lo que cubría la cabeza. Era una pieza de algodón o de lino de un metro cuadrado. Podía ser blanco, o azul, o negro. Algunas veces se hacía de seda de colores. Se doblaba diagonalmente, y luego se colocaba en la cabeza de forma que protegiera la parte posterior del cuello, los pómulos y los ojos del calor y del deslumbramiento del sol. Se mantenía en posición con una rueda de una lana semielástica que se ponía alrededor de la cabeza.

(v) Estaban las sandalias. Eran simplemente unas suelas de cuero, madera o esparto. Tenían unas correas con las que se sujetaban a los pies.

La bolsa podía ser de dos clases.

(a) Podía ser un morral corriente de viaje. Se hacía muchas veces de piel de cabrito. Corrientemente se le quitaba la piel al animal entera, conservando toda su forma: ¡patas, rabo, cabeza y todo! Tenía una correa a cada lado, y se colgaba de los hombros. Allí llevaba el pastor, o el peregrino, o el viajero, pan y pasas y aceitunas y queso suficiente para dos días.

(b) Se ha hecho una sugerencia muy interesante. La palabra griega, péra, quiere decir la bolsa de la colecta. A veces en el mundo griego, los sacerdotes y los piadosos salían con estas cestas para recoger ofrendas de la gente para su templo o para sus dioses. Se los describía como «ladrones piadosos cuyo botín iba creciendo de pueblo en pueblo.» Hay una inscripción en la que un hombre que se llamaba a sí mismo esclavo de una diosa siria dice que «traía setenta bolsas llenas en cada viaje que hacía para su señora.»

Si tomamos el primer significado, Jesús quería decir que Sus discípulos no debían llevar provisiones para el camino, sino confiar en Dios para todo. Si se toma en el segundo sentido, quiere decir que no tenían que ser rapaces como los sacerdotes paganos. Tenían que ir a todas partes dando, y no recibiendo.

Hay otras dos cosas interesantes aquí.

(i) La ley rabínica decía que cuando uno entrara en los atrios del templo tenía que despojarse del bastón, el calzado y el cinto del dinero. Todas las cosas ordinarias tenían que dejarse a la entrada del lugar sagrado. Bien puede ser que Jesús estuviera pensando en eso, y que quisiera decir que Sus hombres tenían que considerar los humildes hogares en que entraran como tan sagrados como los atrios del templo.

(ii) La hospitalidad era un deber sagrado en Oriente. Cuando un forastero llegaba a una aldea, no era su obligación el buscar hospitalidad, sino la obligación de la aldea el ofrecérsela. Jesús les dijo a Sus discípulos que si se les negaba la hospitalidad, y si se les cerraban las puertas y los oídos, tenían que sacudir de sus pies el polvo de aquel lugar antes de marcharse. La ley rabínica decía que el polvo de un país gentil estaba contaminado, y que cuando uno entrara en Palestina viniendo de otro país tenía que sacudirse todas las partículas de polvo de la tierra inmunda. Era una repulsa formal y gráfica de que un judío pudiera tener ninguna asociación ni siquiera con el polvo de una tierra pagana. Es como si Jesús dijera: «Si se niegan a escucharos, lo único que podéis hacer es tratarlos como trataría un judío estricto la casa de un gentil. No puede haber ninguna relación entre vosotros y ellos.»

Así es que podemos ver que la señal del discípulo cristiano era la sencillez total, y la total confianza y la generosidad que siempre está dispuesta a dar y nunca a exigir.

EL MENSAJE Y LA MISERICORDIA DEL REY

Marcos 6:12-13

Así es que los Doce fueron por ahí proclamando la llamada al arrepentimiento; y expulsaron a muchos demonios, y sanaron a muchos enfermos ungiéndolos con aceite.

Tenemos aquí, en un breve resumen, el reportaje de la obra que llevaron a cabo los Doce cuando Jesús los envió.

(i) Llevaron al pueblo el mensaje de Jesús. La palabra que se usa quiere decir literalmente la proclamación de un heraldo. Cuando los apóstoles salieron a predicar, no crearon un mensaje; transmitieron un mensaje. No le decían a la gente lo que ellos creían y lo que consideraban probable, sino lo que Jesús les había encargado. No eran sus propias opiniones lo que llevaban a la gente, sino la verdad de Dios. Los profetas siempre empezaban su mensaje diciendo: «Así dice el Señor.» El que quiera llevar a otros un mensaje efectivo debe antes recibirlo de Dios.

(ii) Le comunicaban al pueblo el Mensaje del Rey; y el mensaje del Rey era: «¡Arrepentíos!» Está claro que aquel era un mensaje inquietante. Arrepentirse quiere decir cambiar de mentalidad, y seguidamente ajustar toda la vida a ese cambio. Arrepentimiento quiere decir un cambio de corazón y de acción. No puede por menos de hacer daño, porque conlleva la amargura de darse cuenta de que el camino que se ha estado siguiendo era equivocado. No puede por menos de inquietar, porque supone una inversión total de la vida de arriba abajo. Precisamente por eso son tan pocos los que se arrepienten -porque lo que menos quiere la gente es que se la inquiete. Lady Asquith, en una frase lapidaria, habla de personas que «se deslizan perezosamente hacia la muerte.» Hay muchos que son así. Se resisten a toda actividad que requiera esfuerzo, y no sólo físico. La vida es para ellos « una tierra en la que siempre es la hora de la siesta.» En cierto sentido, es más atractivo, o menos repelente, el pecador positivo, activo, fanfarrón, que va lanzado hacia alguna meta que se ha propuesto, que el vago, negativo, nebuloso, que se deja arrastrar sin resistencia y sin dirección por la vida.

Hay un pasaje en la novela ¿Quo vadis? en el que Vicinio, el joven romano, se ha enamorado de una chica que es cristiana. Como él no lo es, ella no quiere saber nada de él. La sigue a una reunión nocturna secreta del pequeño grupo de cristianos; y allí, desconocido para todos, escucha el culto. Oye predicar a Pedro; y, cuando está escuchando, algo le sucede. «Sintió que, si quisiera seguir esa enseñanza, tendría que hacer un montón con todos sus pensamientos, costumbres y carácter, toda su vida hasta aquel momento, prenderle fuego y dejar que se redujera a ceniza, y entonces llenarse de una vida totalmente diferente y un alma totalmente nueva.» Eso es el arrepentimiento. Pero, ¿qué si uno no quiere más que que le dejen en paz? Lo que hay que dejar atrás no tiene que ser necesariamente asaltar, robar, asesinar, violar y otros pecados deslumbrantes. Puede que sea dejar una vida que es completamente egoísta, instintivamente exigente, totalmente inconsiderada; el cambio de una vida centrada en el yo a una vida centrada en Dios -y un cambio así duele. W. M. Macgregor cita un dicho del obispo de Los Miserables: «Yo siempre molestaba a algunos de ellos; porque, a través de mí, les llegaba el aire del exterior; mi presencia les hacía sentir como si se hubiera dejado abierta una puerta y estuvieran en la corriente.» El arrepentimiento no es nada sensiblero, sino algo revolucionario. Por eso son tan pocos los que se arrepienten.

(iii) Le llevaban al pueblo la misericordia del Rey. No sólo llevaban a las personas esa demanda inquietante; también llevaban ayuda y sanidad. Llevaban liberación a los pobres hombres y mujeres poseídos. Desde el principio, el Cristianismo se ha propuesto traer la salud al cuerpo y al alma; no sólo la salvación del alma, sino la salvación total. No sólo ofrecían

una mano para salir del naufragio moral, sino una mano para elevarse del dolor y el sufrimiento físico. Es de lo más sugestivo que ungieran con aceite. En el mundo antiguo, el aceite se consideraba una panacea. El gran médico griego Galeno decía: « El aceite es el mejor de todos los medios para curar las enfermedades del cuerpo.» En las manos de los siervos de Cristo, las viejas curas adquirían una nueva virtud. Lo extraño es que usaran las cosas que el conocimiento parcial de la humanidad había sabido desde siempre; pero el Espíritu de Cristo daba al sanador un nuevo poder, y a la vieja cura una nueva virtud. El poder de Dios se ponía a disposición de la fe de las personas en las cosas ordinarias.

Así que los Doce llevaron al pueblo el mensaje y la misericordia del Rey, y esa sigue siendo la tarea de la Iglesia hoy y siempre y en todas partes.

TRES VEREDICTOS SOBRE JESÚS

Marcos 6:14-15

El rey Herodes oyó acerca de Jesús, porque Su nombre se conocía por todas partes. Y se dijo: «Juan el Bautista ha resucitado. Por eso obran en Él esos poderes milagrosos.» Otros decían: «¡Es Elías!» Otros: «Es un profeta como los famosos profetas de la antigüedad.»

Para entonces ya se tenían noticias de Jesús en todo el país. El informe llegó a los oídos de Herodes. La razón por la que no había sabido de Jesús hasta aquel momento puede haber sido debida al hecho de que su residencia oficial en Galilea estaba en Tiberíades, una ciudad mayormente gentil y que, por lo que sabemos, Jesús no visitó nunca. Pero la misión de los Doce había llevado la fama de Jesús por toda Galilea, de manera que Su nombre se oía por todas partes. En este pasaje tenemos tres veredictos sobre Jesús.

(i) Tenemos el veredicto de una conciencia culpable. Herodes había sido responsable de la ejecución de Juan el Bautista, y su conciencia no le dejaba tranquilo. Siempre que una persona comete una mala acción, el mundo entero se convierte en su enemigo. Interiormente, no puede dominar sus pensamientos; y, siempre que los deja correr, vuelven a la acción malvada que ha cometido. Nadie puede evitar vivir consigo mismo; y cuando su ser interior se convierte en su acusador, la vida resulta un infierno. Externamente, vive en constante temor de ser descubierto, y de que algún día le alcancen las consecuencias de su mala acción.

Hace algún tiempo, un preso se escapó de una cárcel de Glasgow. Después de cuarenta y ocho horas de libertad, le detuvieron otra vez, helado y hambriento y agotado. Dijo que no había valido la pena: «No he tenido ni un minuto bueno. Perseguido, perseguido todo el tiempo. No se puede uno parar para comer ni para dormir.»

Perseguido, esa es la palabra que a menudo describe la vida del que ha hecho algo malo. Cuando Herodes oyó de Jesús, lo primero que se le pasó por la mente fue que Ese era Juan el Bautista, el que él había matado, que venía a ajustarle las cuentas. El pecado no vale nunca la pena, porque la vida de pecado es una vida asediada.

(ii) Tenemos el veredicto del nacionalista. Algunos pensaban que ese Jesús era Elías redivivo. Los judíos esperaban al Mesías. Había muchas ideas acerca del Mesías, pero la más corriente era que sería un gran Rey conquistador que les devolvería a los judíos su libertad política, y después los conduciría victoriosamente a la conquista del mundo entero. Era una parte esencial de esa creencia que, antes de la venida del Mesías, Elías, el más grande de los profetas, volvería otra vez para ser Su heraldo y precursor. Hasta nuestros días, cuando los judíos celebran la Pascua en sus hogares, ponen una silla de más a su mesa que llaman la silla de Elías, y le ponen un vaso de vino delante en la mesa. Y en cierto momento de la celebración van a la puerta y la abren de par en par para que Elías pueda entrar y traerles por fin las largo tiempo esperadas noticias de que ha venido el Mesías.

Este era el veredicto de los que deseaban encontrar en Jesús el cumplimiento de sus propias ambiciones. Creían que Jesús era, no Alguien a Quien debían someterse y obedecer, sino alguien que podían usar. Los tales piensan más en sus propias ambiciones que en la voluntad de Dios.

(iii) Tenemos el veredicto de los que estaban esperando escuchar la voz de Dios. Había algunos que veían en Jesús a un profeta. Por aquel entonces los judíos eran tristemente conscientes de que hacía trescientos años que estaba callada la voz de la profecía. Escuchaban los argumentos y las discusiones legales de los rabinos; escuchaban las pláticas morales de la sinagoga; pero hacía tres largos siglos que no escuchaban una voz que proclamara: «¡Así dice el Señor!» Había personas en aquellos días que esperaban escuchar la auténtica voz de Dios -y la oyeron en Jesús. Es verdad que Jesús era más que un profeta. Él no Se limitó a traer la voz de Dios. Trajo a la humanidad el poder y la vida y el ser de Dios mismo. Pero los que vieron en Jesús a un profeta estaban mucho más cerca que la conciencia inquieta de Herodes y la expectación de los nacionalistas. Si habían llegado a ese punto en su idea de Jesús, no les serían difícil dar un paso adelante más y ver en Él al Hijo de Dios.

LA VENGANZA DE UNA MALVADA

Marcos 6:16-29

Pero cuando Herodes lo oyó, se dijo: «Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado.» Porque había sido Herodes el que había enviado a su gente a detener a Juan y le había encarcelado por el asunto de Herodías, la mujer de su hermano Felipe porque Herodes se había casado con ella. Y es que Juan le había dicho a Herodes:

No tienes derecho a estar casado con la mujer de tu hermano.

Herodías se había puesto en contra de Juan, y quería matarle; pero no lo podía conseguir porque Herodes le tenía miedo a Juan, porque sabía muy bien que era un hombre justo y santo; así es que le mantuvo a salvo. Cuando Herodes escuchaba a Juan, no sabía qué hacer; porque encontraba un cierto placer en escucharle.

Pero un día se presentó la ocasión cuando, en el cumpleaños de Herodes, estaba dándoles un banquete a sus cortesanos y capitanes y hombres importantes de Galilea. La hija de la misma Herodías entró a bailar delante de todos, y a Herodes y a los que estaban a la mesa con él les agradó mucho.

El rey le dijo a la joven:

-Pídeme lo que te dé la gana, que yo te lo daré. -Y se lo juró-: Me pidas lo que me pidas, te lo daré; hasta la mitad de mi reino.

La joven salió a decirle a su madre:

-¿Qué le puedo pedir para mí?

La cabeza de Juan el Bautista -le contestó su madre.

Inmediatamente ella se dirigió corriendo al rey, y le hizo su petición:

-Quiero que aquí y ahora me des la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.

El rey se afligió mucho; pero, como se lo había jurado, y además delante de todos sus huéspedes, no quería faltar a su palabra. Así es que el rey mandó inmediatamente a un verdugo a que le trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, y le cortó la cabeza a Juan en la cárcel, y la trajo en una fuente, y se la dio a la joven, y la joven se la dio a su madre.

Cuando los discípulos de Juan se enteraron, vinieron a llevarse su cuerpo, y lo enterraron.

Esta historia tiene toda la sencillez de las grandes tragedias. Primero, veamos la escena. Fue en el castillo de Maqueronte, que se elevaba en un acantilado solitario, entre torrentes terribles, mirando al lado oriental del Mar Muerto. Era una de las fortalezas más solitarias, hoscas e inexpugnables. Hasta este día se conservan las mazmorras, y los viajeros pueden ver todavía los grillos y los ganchos de hierro en las paredes donde Juan estuvo encarcelado. Fue en aquella fortaleza inhóspita y desolada donde tuvo lugar el último acto de la vida de Juan.

Segundo, veamos los caracteres. Los líos matrimoniales de la familia de Herodes son realmente increíbles, y sus entrecruces son tan complicados que casi no se pueden desenredar. Cuando nació Jesús, el rey era Herodes el Grande. Fue el que mandó matar a los niños de Belén (Mat_2:16-18 ). Herodes el Grande se casó muchas veces. Hacia el final de su vida se volvió locamente suspicaz, y asesinó a miembro tras miembro de su propia familia hasta que llegó a decirse: « Está más a salvo un cerdo en casa de Herodes que un hijo de Herodes.»

Primero se casó con Doris, de la que le nació su hijo Antípatro, al que más tarde asesinó. También se casó con› Mariamne la Asmonea, de la que tuvo dos hijos, Alejandro y Aristóbulo, a los que también asesinó. Herodías, la villana de este drama, era la hija de Aristóbulo. Herodes el Grande se casó también con otra Mariamne llamada la Betusiana. De ella tuvo un hijo, Herodes Felipe, que se casó con Herodías, la hija de su hermanastro Aristóbulo, que era, por tanto, su sobrina. De Herodías, Herodes Felipe tuvo una hija llamada Salomé, que es la joven que bailó ante Herodes de Galilea en nuestro pasaje. Herodes el Grande se casó también con Maltake, de la que tuvo dos hijos: Arquelao, y Herodes Antipas, que es el de nuestro pasaje, el gobernador de Galilea. El Herodes Felipe que fue el primer marido de Herodías y el padre de Salomé, no heredó ninguno de los dominios de Herodes el Grande. Vivió como un ciudadano privado rico en Roma. Herodes Antipas le visitó allí. Allí sedujo a Herodías, y la persuadió para que abandonara a su marido y se casara con él.

Fijémonos en quién era Herodías: (a) Era la hija de Aristóbulo, hermanastro de Herodes, y por tanto sobrina de este; y (b) había sido la mujer de Herodes Felipe, hermanastro de Herodes, y por tanto cuñada de este. Anteriormente, Herodes Antipas había estado casado con la hija del rey de los nabateos, un país árabe. Ella se volvió huyendo con su padre, que invadió el territorio de Herodes para vengar el honor de su hija, y derrotó duramente a Herodes. Para completar este cuadro sorprendente, Herodes el Grande se había casado por último con Cleopatra de Jerusalén, de la que había tenido un hijo que se llamó el tetrarca Felipe. Este Felipe se casó con Salomé, que era al mismo tiempo (a) la hija de Herodes Felipe, su hermanastro, y (b) la hija de Herodías, que era hija de Aristóbulo, otro de sus hermanastros. Salomé era por tanto al mismo tiempo la sobrina y la sobrina nieta de su marido. Si colocamos toda esta información en una tabla nos será más fácil de comprender. Véase la página siguiente.

Al casarse con Herodías, la mujer de su hermano, Herodes había quebrantado la ley judía (Lev_18:16 ; Lev_20:21 ) y había ofendido las leyes de la decencia y de la moralidad.

Por este matrimonio adulterino y por la deliberada seducción de su cuñada, Juan reprendió a Herodes públicamente. Requería valor el reprender públicamente a un déspota oriental que tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, y el valor de Juan al hacerlo se conmemora en la colecta del día de san Juan Bautista en algunas liturgias:

Dios todopoderoso, por Cuya providencia Tu siervo Juan el Bautista nació milagrosamente y le enviaste para preparar el camino de Tu Hijo nuestro Salvador mediante la predicación del arrepentimiento: Concédenos que sigamos sus doctrina y vida santa de tal manera que nos arrepintamos de veras conforme a su predicación; y, siguiendo su ejemplo, hablemos siempre la verdad, reprendamos valerosamente el vicio, y suframos pacientemente por causa de la verdad.

A pesar de que Juan le había reprendido, Herodes todavía le temía y respetaba, porque Juan era indudablemente un hombre sincero y bueno; pero la actitud de Herodías eran diferente. Era implacablemente hostil a Juan, y estaba decidida a eliminarle. Se le presentó la oportunidad en la fiesta del cumpleaños de Herodes, que este celebraba con sus cortesanos y jefes del ejército. En aquella fiesta salió a bailar su hija Salomé. Los bailes de una sola bailarina en aquellos días y sociedad eran pantomimas vulgares y licenciosas. El que una princesa de sangre real se expusiera y degradara de esa manera es increíble, porque tales bailes estaban a cargo de prostitutas profesionales. El mismo hecho de que lo hiciera es un comentario sombrío sobre el carácter de Salomé, y de su propia madre, que la animó a hacerlo. Pero Herodes se mostró muy complacido, y le ofreció la recompensa que pidiera; así es que Herodías aprovechó la oportunidad que esperaba desde hacía tiempo; y Juan fue ejecutado para satisfacer el rencor de una mala mujer.

Podemos aprender aquí algo acerca de cada uno de los personajes de esta historia.

(i) Se nos revela Herodes.

(a) Era una curiosa mezcla. Temía y respetaba a Juan al mismo tiempo. Temía la lengua de Juan, y sin embargo encontraba placer en escucharle. No hay nada en este mundo tan extraño como la mezcla que se da en algunos seres humanos. Les es característico el ser tales mezclas. Boswell, en su Diario de Londres, nos dice que asistía a la iglesia y participaba del culto al mismo tiempo que hacía sus planes para encontrarse con una prostituta en las calles de Londres aquella misma tarde. Lo raro de algunas personas es que están igualmente atraídas por el pecado y por la bondad. Robert Louis Stevenson habla de personas « aferrándose a los restos de la virtud en el burdel o en el patíbulo.» Sir Norman Birkett, el famoso consejero de la Reina y juez, dice de los criminales que había juzgado: «Puede que intenten evadirse, pero no pueden; están condenados a una cierta nobleza; a lo largo de toda su vida los sigue a los talones el deseo del bien, el implacable cazador.» Herodes era capaz de temer y amar a Juan al mismo tiempo; podía aborrecer su mensaje, y sin embargo no podía sustraerse a su atractivo. Herodes no era más que un ser humano. ¿Somos nosotros tan distintos de él?

(b) Herodes era una persona que actuaba por impulso. Le hizo aquella promesa insensata a Salomé sin pensar en las consecuencias. Puede que la hiciera cuando estaba ya más que medio bebido. Que cada uno tenga cuidado. Que piense antes de hablar. Que nunca se encuentre por autoindulgencia en un estado en que pierda sus poderes de juicio y sea capaz de hacer cosas que luego le van a pesar.

(c) Herodes tenía miedo al qué dirán. Le cumplió su promesa a Salomé porque se la había hecho delante de su pandilla, y no quería quedar mal. Le tenía miedo a su risa y burla y chistes. Le tenía miedo a que le tuvieran por débil. Muchas personas han hecho cosas que después han lamentado amargamente porque no tuvieron el coraje moral de hacer lo que debían. Muchas personas se han hecho a sí mismas aparecer peores de lo que son porque le tenían miedo a las risas de sus supuestos amigos.

(ii) Salomé y Herodías se nos revelan aquí totalmente. Herodías tenía una cierta grandeza. Unos años después de esto, su Herodes procuró conseguir el título de rey. Se fue a Roma a solicitarlo. En vez de dárselo, el emperador le desterró a la Galia por tener la insolencia y la insubordinación de pedir tal título. Se le dijo a Herodías que no tenía necesidad de compartir el destierro de Herodes, que podía ser libre; pero ella contestó con orgullo que iría donde fuera su marido.

Herodías nos muestra lo que es capaz de hacer una mujer amargada. No hay nada mejor en el mundo que una buena mujer, ni nada peor que una mala. Los rabinos judíos tenían un dicho pintoresco. Decían que una buena mujer podía casarse con un mal hombre, y hacerle tan bueno como ella. Pero también decían que un buen hombre nunca debía casarse con una mala mujer, porque ella le arrastraría inevitablemente a su propio nivel. Lo malo de Herodías era que quería eliminar, y eliminó, al único hombre que tuvo el coraje de enfrentarla consigo misma. Ella quería vivir su vida sin que nadie le recordara sus fallos. Ella asesinó a Juan para poder vivir a su aire en paz. Se olvidó de que, aunque ya no tuviera que enfrentarse con Juan, todavía tenía que enfrentarse con Dios.

(iii) Juan el Bautista se nos revela totalmente como un hombre de coraje. Era un hijo del desierto y de los amplios espacios abiertos, y el encerrarle en las mazmorras oscuras de Maqueronte tiene que haber sido el colmo de la tortura más refinada. Pero Juan prefería la muerte a la falsedad. Vivía para la verdad, y murió por la verdad. La persona que les trae a sus semejantes la voz de Dios hace el papel de su conciencia. Muchos acallarían su conciencia si pudieran; así es que el que habla de parte de Dios siempre tiene que arriesgarse a sí mismo y su vida.

LO PATÉTICO DE LA MULTITUD

Marcos 6:30-34

Los apóstoles se reunieron otra vez con Jesús, y Le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y Jesús les dijo:

-Veníos a un lugar tranquilo, a descansar un poco de tiempo.

Porque había tanto jaleo que no podían encontrar tiempo ni para comer. Así es que se marcharon en la barca a un lugar solitario ellos solos. Pero muchos los vieron marcharse, y los reconocieron; y fueron corriendo juntos de todos los pueblos de por allí, y se les adelantaron.

Cuando Jesús desembarcó, vio una gran multitud, y se Le conmovieron las entrañas de piedad, porque Le parecían como ovejas que no tenían pastor; y Se puso a enseñarles muchas cosas.

Cuando los discípulos volvieron de su misión, informaron a Jesús de todo lo que habían hecho. Las multitudes a la expectativa eran tan insistentes que Jesús y los Suyos no tenían tiempo ni para comer; así es que Jesús les dijo a los apóstoles que fueran con Él a un lugar solitario al otro lado del lago para tener tranquilidad y descansar un poco de tiempo.

Aquí vemos lo que podríamos llamar el ritmo de la vida cristiana. La vida cristiana es un constante entrar en la presencia de Dios desde la presencia de la sociedad, y salir de la presencia de Dios a la presencia de nuestros semejantes. Es como el ritmo del descanso y el trabajo. No podemos trabajar a menos que tengamos un tiempo de descanso; y el sueño no nos vendrá a menos que hayamos trabajado hasta cansarnos.

Hay dos peligros en la vida. El primero es el peligro de una actividad demasiado constante. Ninguna persona puede trabajar sin descansar; y ninguna persona puede vivir la vida cristiana a menos que se tome tiempo con Dios. Bien pudiera ser que todos los problemas de nuestras vidas estuvieran en que no Le damos a Dios la oportunidad de hablarnos, porque no sabemos estarnos quietos y escuchar; no Le damos tiempo a Dios para recargar nuestras energías y fuerza espiritual, porque no apartamos un tiempo para esperar en Él. ¿Cómo podremos asumir las cargas de la vida si no tenemos contacto con el Que es el Señor de toda la vida? ¿Cómo podremos hacer la obra de Dios a menos que sea con las fuerzas que Dios da? ¿Y cómo podremos recibir esas fuerzas si no buscamos en tranquilidad y a solas la presencia de Dios?.

Segundo, existe el peligro de retirarnos demasiado. La devoción que no desemboca en la acción no es la verdadera devoción. La oración que no desemboca en las obras de servicio no es la verdadera oración. No debemos nunca buscar la comunión con Dios a fin de evitar la comunión con nuestros semejantes, sino para prepararnos mejor para ella. El ritmo de la vida cristiana es el encuentro alternativo con Dios en el lugar secreto y con nuestros semejantes en los diversos campos de la actividad humana.

Pero el descanso que Jesús buscaba para Sí mismo y para Sus discípulos no tendría lugar. Las multitudes vieron marcharse a Jesús y a Sus hombres. En este lugar determinado, el lago no tiene más que seis kilómetros de ancho yendo en barca, y quince kilómetros por tierra, rodeando el lago por la parte superior. En un día sin viento, o con viento contrario, se podría necesitar un cierto tiempo para cruzar en barca, y una persona que anduviera deprisa podría rodear el lago a pie y llegar antes que la barca. Eso fue lo que sucedió aquel día; y cuando Jesús y Sus hombres desembarcaron al otro lado, la misma multitud de la que se habían querido retirar para estar tranquilos un tiempo los estaba esperando allí.

Cualquier persona corriente se habría molestado mucho. El descanso que Jesús deseaba y necesitaba y se había ganado con creces se Le negaba. Le invadían Su intimidad. Cualquier persona normal se habría enfadado, pero Jesús Se conmovió de misericordia: por la condición lastimosa de la multitud. Los miró; iban desesperadamente en serio; querían tanto lo que Él solo les podía dar; Le parecían como ovejas que no tuvieran pastor. ¿Qué quería decir con eso?

(i) Una oveja son pastor no puede encontrar el camino. Dejados a nosotros mismos, nos perdemos en la vida. El doctor Caims hablaba de personas que se sienten como « chiquillos en la lluvia.» Dante tiene un verso en el que dice: « Me desperté en medio del bosque, y estaba oscuro, y no se veía ningún camino.» La vida puede llenarnos de confusión. Puede que nos encontremos en un cruce de caminos, y no sepamos cuál toMarcos Es solamente cuando Jesús nos guía y nosotros Le seguimos cuando podemos encontrar el camino:

(ii) Una oveja sin pastor no puede encontrar pastos ni agua. En esta vida tenemos que buscar sustento. Necesitamos fuerzas para seguir adelante; necesitamos inspiración para elevarnos por encima de nosotros mismos. Cuando buscamos estas cosas en otro sitio, nuestra mente sigue insatisfecha, nuestro corazón inquieto, nuestra alma en ayunas. Sólo podemos obtener las fuerzas para la vida del Que es el Pan de la Vida.

(iii) Una oveja sin pastor no tiene defensa frente a los peligros que la acechan. No se puede defender ni de los ladrones ni de las fieras. Si la vida nos ha enseñado algo es que no podemos vivir solos. Nadie se puede defender a sí mismo de las tentaciones que le asedian y del mal del mundo que le ataca. Sólo en la compañía de Jesús podemos caminar por el mundo y librarnos del mal. Sin Él no tenemos defensa; con Él estamos a salvo.

POCO ES MUCHO EN LAS MANOS DE JESÚS

Marcos 6:35-44

Cuando ya era tarde, los discípulos vinieron a decirle a Jesús:

-Este es un lugar solitario, y ya es tarde. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y a las aldeas de alrededor a comprarse algo de comer.

Dadles vosotros algo de comer-les contestó Jesús:

-¿Es que quieres que vayamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para que coman algo? Le preguntaron ellos.

-¿Cuántos panes tenéis? -les preguntó Jesús-. ¡Id a verlo!

Cuando lo comprobaron, Le dijeron a Jesús:

-Cinco, y dos pescados.

Jesús les mandó que hicieran que todos se sentaran en secciones sobre la hierba. Y así hicieron: se sentaron en secciones de cien y de cincuenta personas.

Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y los bendijo, y los partió en trozos. Se los dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente. Y repartió también los dos pescados entre todos ellos.

Y todos comieron hasta quedar satisfechos; y se recogieron los trozos de pan y los restos de pescado: doce cestas llenas. Y los que habían comido sumaban cinco mil hombres.

Es un hecho indudable que ningún milagro de Jesús parece haberles hecho tanta impresión a los discípulos como este, porque es el único que nos cuentan los cuatro evangelios. Ya hemos visto que el evangelio de Marcos realmente incorpora los materiales de la predicación de Pedro. El leer esta historia, tan sencilla pero también tan dramáticamente contada, es leer algo que suena al relato de un testigo presencial. Notemos algunos de sus detalles peculiares y realistas.

La multitud se sentó en la hierba verde. Es como si Pedro estuviera viendo otra vez toda la escena con los ojos de la memoria. Resulta que esta breve frase descriptiva nos provee de un montón de información. La única parte del año cuando la hierba estaría verde sería al final de la primavera, al final de abril. Así es que sería por entonces cuando tuvo lugar este milagro. En esa época, el sol se pone hacia las seis de la tarde; así es que esto tiene que haber sucedido algo antes de esa hora.

Marcos nos dice que se sentaron en secciones de cien o de cincuenta. La palabra que se usa para secciones (prasíai) es una palabra muy pictórica. Es el término griego normal para lechos de plantas en una huerta o de flores en un jardín. Mirando a esos pequeños grupos, sentados ordenadamente, parecerían como bancales de plantas en una huerta.

Al final recogieron doce cestas de pedazos sobrantes. Ningún judío ortodoxo viajaba nunca sin su cesta característica (kofinos). Los autores latinos nos han dejado chistes que se hacían de los judíos con sus cestas. Había dos razones para llevar esa cesta, que estaba hecha de mimbre y tenía un cuello estrecho que se iba ensanchando hacia abajo. La primera era que un judío ortodoxo tenía que llevar sus provisiones de comida para estar seguro de comer alimentos pernútidos por la Ley. Segunda, muchos judíos iban por la vida de pordioseros profesionales, y metían lo que les daban en su cesta. La razón de que hubiera doce cestas es sencillamente que los apóstoles eran doce. Fue en sus propias cestas donde recogieron ahorrativamente los trozos sobrantes para que no se perdiera nada.

Lo más maravilloso de esta historia es que por toda ella discurre el contraste implícito entre la actitud de Jesús y la de Sus discípulos.

(i) Nos muestra dos reacciones a la necesidad humana. Cuando los discípulos vieron lo tarde que era y lo cansada y hambrienta que estaba la gente, dijeron: « Despídelos para que puedan encontrar algo de comer.» Lo que equivalía a decir: «Estas personas están cansadas y hambrientas. Líbrate de ellas, y que sea otro el que se preocupe de ellos.» Pero Jesús dijo: «Dadles vosotros algo de comer.» Lo que Jesús estaba diciendo de hecho era: «Estas personas están cansadas y hambrientas. Tenemos que ayudarlas.» Siempre hay personas que se dan perfecta cuenta de que hay otras que tienen dificultades y problemas, pero que quieren pasarle la responsabilidad de hacer algo para ayudarlos a algún otro; y hay algunas personas que, cuando ven que alguien está pasando apuros, se sienten impulsados a ayudarle por sí mismos. Hay algunos que dicen: «Que se encarguen otros.» Y hay quienes dicen: «La necesidad de tú hermano es mi responsabilidad.»

(ii) Nos muestra dos reacciones a los recursos humanos. Cuando Jesús les pidió a Sus discípulos que le dieran a la gente algo de comer, insistieron en que doscientos denarios no bastarían para comprar solamente el pan. La palabra que usan casi todas las versiones es denario. Esta era una moneda de plata que representaba el salario diario de un obrero. Lo que los discípulos estaban diciendo realmente era: «Lo que ganara un obrero en seis meses no bastaría para darle a cada uno de estos el pan de una comida.» Realmente querían decir: «Lo que nosotros podamos tener es totalmente insuficiente.»

Jesús les preguntó: «¿Cuánto tenéis?» Tenían cinco panes. No serían hogazas grandes, sino más bien panecillos. Juan (6:9) nos dice que eran panecillos de cebada, que eran el alimento de los más pobres de los pobres. El pan de cebada era el más barato y áspero de todos. También tenían dos pescados, que serían probablemente del tamaño de sardinas. Teriquea -que quiere decir « el pueblo del pescado salado»- era un lugar muy conocido en las proximidades del lago, del que se mandaba pescado salado a todo el mundo. Los pescaditos salados se comían con delicia con los panecillos secos.

No parecía gran cosa. Pero Jesús lo tomó en Sus manos, e hizo maravillas con ellos. En las manos de Jesús, poco es siempre mucho. Puede que creamos que tenemos poco talento o pocos medios que ofrecerle a Jesús. Esa no es razón para un pesimismo derrotista como el de los discípulos. Lo único fatal es decir: «Para lo que yo puedo hacer, no vale la pena intentarlo.» Si nos ponemos en manos de Jesucristo, está por ver lo que Él puede hacer con nosotros y por medio de nosotros.

LA CONQUISTA DE LA TEMPESTAD

Marcos 6:45-52

Acto seguido Jesús hizo que los discípulos se embarcaran para cruzar con dirección a Betsaida por delante de Él mientras Él despedía a la multitud. Después de despedirse de ellos Se marchó a orar al monte.

Cuando ya era tarde la barca estaba cruzando el lago a mitad de camino, y Jesús Se había quedado solo en tierra. Los vio remando con mucha dificultad, porque tenían el viento en contra. Hacia la cuarta vigilia de la noche Se dirigió a ellos andando sobre la mar, y parecía como si fuera a adelantarlos. Cuando Le vieron andando sobre la mar creyeron que era un fantasma y se pusieron a chillar de terror, porque todos Le veían y estaban fuera de sí de miedo. Pero Él les dijo en seguida:

-¡Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo!

Y Se subió con ellos a la barca, y amainó el viento. Y estaban totalmente alucinados, porque no habían entendido lo de los panes y estaban Hechos un lío.

Después de calmar el hambre de la multitud, Jesús despidió inmediatamente a Sus discípulos para que se Le adelantaran mientras Él despedía a la gente. ¿Por qué tenía que hacerlo así? Marcos no nos lo dice, pero lo más probable es que tengamos la explicación en el relato de Juan. Juan nos dice que, cuando la multitud se sintió satisfecha, surgió la idea de apoderarse de Jesús y hacerle rey. Eso era lo último que Jesús deseaba. Precisamente ese había sido el camino del poder que Jesús había rechazado de una vez para siempre en Sus tentaciones. Ahora Se lo veía venir. No quería que Sus discípulos se contagiaran de aquel impulso nacionalista. Galilea era un polvorín de revoluciones. Si no se atajaba ese movimiento, podía conducir a una rebelión que lo arruinara todo y que llevara al desastre a todos los implicados. Así es que Jesús mandó por delante a Sus discípulos, no fuera que se inflamaran con ese movimiento, y entonces Jesús calmó a la multitud y la despidió.

Cuando Se quedó solo, subió a una colina a orar. Los problemas se Le echaban encima a barullo: la hostilidad de los religiosos; la suspicacia supersticiosa de Herodes Antipas; los exaltados políticos que querían convertirle contra Su voluntad en un Mesías nacionalista. En este momento concreto se agolpaban muchos problemas en la mente de Jesús y muchas cargas en Su corazón.

Pasó algunas horas solo en el monte con Dios. Como ya hemos visto, esto debe de haber sucedido a mediados de abril, que era el tiempo de la Pascua. La Pascua se celebraba el primer plenilunio de la primavera, como ahora la Semana Santa. La noche duraba desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana, y se dividía en cuatro vigilias: 6 a 9, 9 a 12, 12 a 3 y 3 a 6. A eso de las 3 de la mañana, Jesús miró desde la colina al lago. El lago no tenía más que 6 kilómetros de ancho en ese punto, y se extendía ante Su vista a la luz de la luna llena de la Pascua. El viento estaba rugiendo, y Jesús veía la barca y a Sus hombres en ella luchando denodadamente para alcanzar la otra orilla.

Veamos lo que sucedió. En cuanto Jesús vio a Sus amigos en dificultad, puso a un lado Sus propios problemas; el momento de la oración había pasado; había llegado el momento de la acción; Jesús Se olvidó de Sí mismo, y acudió a ayudar a Sus amigos. Así era, y es, Jesús. Para Él, el clamor de la necesidad humana tenía prioridad sobre todos los otros compromisos. Sus amigos Le necesitaban, y tenía que acudir.

Lo que sucedió físicamente no lo sabemos, ni tal vez lo sepamos nunca. La historia está revestida de un misterio que excluye toda explicación. Lo que sí sabemos es que Jesús se acercó adonde ellos estaban, y su tormenta se convirtió en calma. Con Él a su lado nada podía angustiarlos.

Cuando Agustín estaba escribiendo acerca de este incidente dijo: « Vino hollando las olas; y así pone bajo Sus pies todos los tumultos de las marejadas de la vida. Cristianos, ¿por qué temer?» Es un hecho indiscutible de la vida, un hecho que han experimentado incontables millares de hombres y mujeres de cada generación, que cuando Cristo está presente la tormenta se convierte en calma, el tumulto deja paso a la paz, lo imposible se realiza, lo insoportable se hace soportable y se superan las limitaciones sin sucumbir. Caminar con Cristo será también para nosotros conquistar la tempestad.

LAS MULTITUDES ANSIOSAS

Marcos 6:53-56

Cuando completaron la travesía y arribaron a tierra se encontraron en Genesaret, donde amarraron la barca. En cuanto desembarcaron, la gente reconoció inmediatamente a Jesús, y empezaron a venir corriendo de todos los campos de alrededor, y en todos los lugares donde supieron que estaba se pusieron a traerle sus enfermos en camillas. Y, en cuanto llegaba a aldeas o pueblos o caseríos, colocaban los enfermos en los espacios abiertos, y se ponían a pedirle que les permitiera tocar el borde de Su manto; y todos los que lo tocaban se ponían buenos.

En cuanto arribó Jesús al otro lado del lago, las multitudes Le rodearon otra vez. Algunas veces, Jesús debe de haber mirado a las multitudes con una cierta tristeza de decepción; porque no había ninguna persona allí que no hubiera venido a sacar algo de Él. Venían para recibir; venían con peticiones insistentes. Venían -para decirlo claramente- para aprovecharse de Él. ¡Qué diferente habría sido si hubiera habido algunos entre todos aquellos que vinieran a dar y no a recibir! En cierto sentido es natural que acudamos a Jesús para que nos dé cosas, porque son muchas las que sólo Él nos puede dar; pero siempre es vergonzoso no hacer nada más que recibir sin dar nada a cambio; y sin embargo es lo característico de la naturaleza humana.

(i) Hay algunos que se aprovechan de sus hogares. Esto sucede especialmente con algunos jóvenes, pero no exclusivamente. Se comportan como si sus hogares no estuvieran más que para su conveniencia y comodidad. Esperan que se les sirvan las comidas, que se les arregle la ropa y que se los deje descansar y disfrutar. Pero el hogar es un bien en el que todos debemos poner de nuestra parte, y no meramente estar siempre recibiendo.

(ii) Hay algunos que se aprovechan de sus amigos. Hay algunos de los que no recibimos nunca una carta o una visita como no sea para pedirnos algo. Hay algunos que consideran que los demás no están ahí nada más que para servirlos y ayudarlos en sus necesidades y caprichos, y para olvidarlos cuando sean ellos los que nos necesiten.

(iii) Hay algunos que se aprovechan de la iglesia. Quieren que bautice a sus niños, que case a sus jóvenes y entierre a sus muertos. Será raro verlos por allí a menos que esperen algo. Tienen la actitud inconsciente de que la iglesia está para servirlos, y que no comporta ninguna responsabilidad por su parte.

(iv) Hay algunos que quieren igualmente aprovecharse de Dios. Nunca se acuerdan de Él nada más que cuando creen que Le necesitan para algo. Sus únicas oraciones son peticiones, y hasta demandas que Le hacen a Dios. Alguien ha dicho que es algo así como lo que sucede en los hoteles: Hay un botones al que se puede llamar con la campanilla para que nos haga todos los recados y nos traiga todos los caprichos que se nos ocurran. Para algunos, Dios es una especie de « Botones universal» al Que podemos llamar cuando Le necesitamos.

Si nos examinamos a nosotros mismos nos daremos cuenta de que todos somos culpables hasta cierto punto de estas actitudes. Le alegraríamos el corazón a Jesús si acudiéramos a Él más a menudo para ofrecerle nuestro amor, nuestro servicio, nuestra devoción… y menos a menudo sólo para reclamar la ayuda que necesitamos.

Aunque Jesús enseñaba con eficiencia y sabiduría, la gente de su pueblo lo veía simplemente como un carpintero. «El no es mejor que nosotros; solo es un humilde obrero», decían. Se ofendían al ver que impresionaba a los demás y lo seguían. Rechazaban su autoridad porque era uno de ellos. Creían conocerlo, pero sus nociones preconcebidas no les permitían aceptar su mensaje. No permita que los prejuicios le cieguen ante la verdad. Trate de ver, en Jesús, lo que es.

Jesús dijo que un profeta (o sea, un siervo de Dios) nunca recibe honra en su propia tierra. Pero eso no hace su trabajo menos importante. Una persona no necesita que le reconozcan ni honren para ser útil a Dios. Si sus amigos, vecinos o familiares no aprecian su trabajo cristiano, no deje que su actitud afecte su servicio a Dios.

Jesús pudo haber hecho grandes milagros en Nazaret, pero no quiso hacerlos por el orgullo y la incredulidad del pueblo. Los milagros que hizo tuvo muy poco efecto en la gente porque no quería aceptar su mensaje ni creer que vino de Dios. De ahí que buscó en otra parte personas que respondieran a sus milagros y a su mensaje.

Los discípulos se enviaron en parejas. De haberlo hecho en forma individual, habrían llegado a más lugares, pero ese no era el plan de Cristo. Una ventaja en ir de dos en dos era que podían darse ánimo y apoyo, sobre todo al enfrentar el rechazo. Nuestras fuerzas vienen de Dios, pero El suple muchas de nuestras necesidades a través del trabajo colectivo. Como servidor suyo, no trate de caminar solo.

Marcos destaca que a los discípulos se les instruyó de no llevar nada, excepto bordón, mientras que Mateo y Lucas relatan que Jesús les dijo que no llevaran bordón. Quizás Mateo y Lucas se referían a un garrote que podían usar como arma de defensa, en tanto que Marcos hablaba de una vara de pastor. En cualquier caso, el punto en los tres relatos es el mismo: los discípulos iban a salir al mismo tiempo, sin mucha preparación, confiando en el cuidado de Dios en vez de sus propios recursos.

Los judíos piadosos sacudían el polvo de sus pies después de pasar por ciudades o territorios gentiles, en señal de rechazo a las influencias y prácticas gentiles. Cuando los discípulos sacudían el polvo de sus pies al salir de una ciudad judía, daban una vívida señal de que el pueblo rechazaba a Jesús y su mensaje. Jesús aclaró que el pueblo era responsable de la forma en que respondía al evangelio. Los discípulos no serían culpados si la gente rechazaba el mensaje, siempre que lo presentaran con fidelidad y esmero. Nosotros no tenemos la culpa de que alguien rechace el mensaje de salvación de Cristo, pero tenemos el deber de proclamarlo con fidelidad.

HERODES ANTIPAS

A la mayoría de la gente no le gusta que le señalen sus pecados, mucho menos en público. La vergüenza de verlos expuestos es a menudo peor que el castigo al que se hace acreedor el que peca. Herodes Antipas fue un hombre que experimentó la culpa y la vergüenza.

La despiadada ambición de Herodes era de dominio público, como lo era su matrimonio ilegal con Herodías, la mujer de su hermano. Un hombre hizo de los pecados de Herodes un asunto público. Aquel hombre fue Juan el Bautista. Juan estuvo predicando en el desierto y miles acudieron a escucharle. Al parecer, Juan usó el estilo de vida de Herodes como ejemplo negativo. Herodías estaba particularmente ansiosa de acallar a Juan. Como solución, Herodes puso a Juan en la cárcel. Herodes apreciaba a Juan. Para él, quizás Juan fue uno de los pocos hombres que decía solo la verdad. Pero la verdad acerca de su pecado era una píldora amarga que tuvo que tragarse y Herodes titubeaba en el punto de conflicto: no podía dejar que Juan estuviera siempre recordándole al pueblo la pecaminosidad de su líder, pero al mismo tiempo temía que Juan muriera. Así, decidió no tomar ninguna determinación al respecto. Pero Herodías le tendió una trampa y a Juan lo ejecutaron. Por supuesto, esto solo hizo que la culpa de Herodes fuera mayor.

Al oír de Jesús, de inmediato Herodes lo identifica con Juan. No sabía qué hacer con él. Como no quería repetir el error cometido con Juan, trató de amenazarlo antes de su último viaje a Jerusalén. Cuando ambos se encontraron brevemente durante el juicio de Jesús, el Señor no le dirigió la palabra. Herodes demostró ser un pésimo oyente de Juan y Jesús no tenía nada que agregar a las palabras de Juan. Herodes reaccionó con despecho y mofa. Después de rechazar al mensajero, le pareció fácil rechazar al Mesías.

Para cada persona, Dios elige la mejor forma de revelarse. Usa su Palabra, las circunstancias, nuestras mentes u otra persona para captar nuestra atención. El es persuasivo y persistente, pero no obliga a nadie. Desatender o resistir el mensaje de Dios, como lo hizo Herodes, es una tragedia. ¿Cuán consciente está usted respecto al interés que tiene Dios por entrar en su vida? ¿Lo ha recibido?

Puntos fuertes y logros :

— Construyó la ciudad de Tiberias y otros proyectos arquitectónicos

— Gobernó en la región de Galilea bajo el poder romano

Debilidades y errores :

— Se consumía en la búsqueda de poder

— Pospuso decisiones o decidió mal por estar bajo presiones

— Se divorció de su esposa para casarse con la mujer de su medio hermano, Felipe

— Metió en la cárcel a Juan el Bautista y más tarde ordenó su ejecución

— Jugó un pequeño papel en la ejecución de Jesús

Lecciones de su vida :

— Una vida motivada por la ambición casi siempre se caracteriza por ser autodestructiva

— Por lo general, las oportunidades de hacer el bien vienen en forma de decisiones que debemos tomar

Datos generales :

— Dónde: Jerusalén

— Ocupación: Tetrarca romano de la región de Galilea y Perea

— Familiares: Padre: Herodes el Grande. Madre: Maltace. Primera esposa: hija de Aretas IV. Segunda esposa: Herodías

— Contemporáneos: Juan el Bautista, Jesús, Pilato

Versículo clave :

«Porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana» (Mar_6:20).

La historia de Herodes Antipas aparece en los Evangelios. También se menciona en Act_4:27; Act_13:1.

Herodes, como muchos otros, deseaba saber quién era Jesús. Incapaces de aceptar la declaración de Jesús de que era el Hijo de Dios, muchas personas elaboraban explicaciones de su poder y autoridad. Herodes pensaba que Jesús era Juan el Bautista resucitado, en tanto que los que conocían el Antiguo Testamento creían que se trataba de Elías (Mal_4:5). Otros incluso creían que era un profeta, maestro en la tradición de Moisés, Isaías o Jeremías. Todavía hoy la gente tiene que definirse en cuanto a Jesús. Algunos piensan que si pueden decir lo que El es: profeta, maestro, buen hombre, logran disminuir el poder de su demanda sobre sus vidas. Pero lo que piensen no cambia lo que Jesús es.

Palestina estaba dividida en cuatro regiones, cada una gobernada por un «tetrarca». Herodes Antipas, llamado rey Herodes en los Evangelios, era gobernador de Galilea; su hermano Felipe gobernaba en Traconite e Idumea. La esposa de Felipe era Herodías, pero lo dejó para casarse con Herodes Antipas. Cuando Juan los confrontó a los dos por cometer adulterio, Herodías planeó matarlo. En lugar de dejar su pecado, trató de desembarazarse de aquel que sacó aquello a la luz pública. Era exactamente lo que los líderes religiosos trataban de hacer con Jesús.

Herodes arrestó a Juan el Bautista bajo presión de su esposa ilegítima y sus asesores. Aunque admiraba la integridad de Juan, al final terminó ordenando su muerte. Sus amigos y familiares pudieron más. Lo que hacemos bajo presión a menudo demuestra lo que somos.

En su condición de tetrarca bajo la autoridad romana, Herodes no tenía reino que dar. Su oferta de la mitad de su reino fue su manera de decir que daría a la hija de Herodías casi cualquier cosa que pidiera. Cuando frente a sus invitados Herodías pidió la cabeza de Juan el Bautista, hubiera sido muy vergonzoso para Herodes no complacerla. Las palabras comprometen. Como las palabras nos pueden conducir a cometer grandes pecados, debemos ser muy cuidadosos al usarlas.

Marcos usa la palabra apóstoles una sola vez (3.14). Apóstol significa «enviado» como mensajero o misionero. La palabra llegó a ser título oficial de los discípulos después de la muerte y resurrección de Jesús (Act_1:25-26; Eph_2:20).

Cuando los discípulos regresaron de su misión, Jesús se fue a descansar. Llevar a cabo la obra del Señor es muy importante, pero Jesús reconocía que hacer una obra eficaz para Dios requiere descanso y recuperación de las fuerzas. ¡Pero a Jesús y sus discípulos no siempre les fue fácil descansar cuando lo necesitaban!

La multitud se veía muy desvalida, como ovejas sin pastor. Es muy fácil dispersar las ovejas; sin un pastor las ovejas están en serio peligro. Jesús sabía que El era el Pastor que debía enseñarles todo lo que necesitaban saber y cuidarlas para que no se extraviaran de Dios. Véanse Salmo 23; Isa_40:11 y Eze_34:5ss, donde se hacen descripciones del Buen Pastor.

En este capítulo vemos cómo muchas personas examinan la vida y el ministerio de Jesús: sus vecinos y su familia, el rey Herodes y los discípulos. Pero ninguno lo aprecia por lo que El realmente es. Los discípulos siguen ponderándolo, aún turbados, aún incrédulos. No se dan cuenta que Jesús puede darles el sustento. Están tan preocupados con la imposibilidad de la tarea, que no pueden ver lo posible. ¿Permite que lo que parece imposible en el cristianismo le impida creer en lo posible?

Jesús pidió a sus discípulos que buscaran comida para más de cinco mil personas. Ellos preguntaron asombrados si iban y buscaban doscientos denarios de pan. ¿Cómo reaccionamos cuando se nos encomienda una tarea imposible? Una situación imposible para los humanos es simplemente una oportunidad para Dios. Los discípulos hicieron lo que pudieron: recolectaron la comida disponible y organizaron a la gente en grupos. Luego, en respuesta a la oración, Dios hizo lo imposible. Cuando enfrente una tarea igualmente difícil, haga lo que está en sus posibilidades y pida a Dios que haga lo demás. El puede hacer que suceda lo imposible.

Los discípulos se sorprendieron al ver a Jesús andar sobre el mar. Debían haberse dado cuenta entonces que El podría ayudarles cuando estuvieran en dificultad. Aunque lo perdieron de vista, El no los perdió de vista a ellos. Su preocupación superaba la falta de fe. La próxima vez que se encuentre en «aguas profundas», recuerde que Cristo sabe de sus angustias y tiene cuidado de usted.

Los discípulos estaban asustados, pero la presencia de Jesús ahuyentó el temor. Todos sentimos miedo. ¿Tratamos de arreglárnoslas solos o dejamos que Jesús nos ayude? En tiempos de temor o incertidumbre es reconfortante saber que Cristo está siempre con nosotros (Mat_28:20). Reconocer su presencia es el antídoto contra el miedo.

Los discípulos no querían creer, quizás porque: (1) no podían aceptar que aquel ser humano llamado Jesús era el Hijo de Dios; (2) no se atrevían a creer que el Mesías los escogió como sus seguidores. Era demasiado bueno para ser cierto; (3) todavía no entendían el verdadero propósito de la venida de Jesús a la tierra. Su incredulidad tomó la forma de falta de entendimiento.

Aun después de ver a Jesús alimentar milagrosamente a cinco mil personas, no podían dar el paso final hacia la fe, a creer que El era el Hijo de Dios. Si lo hubieran hecho, no se habrían maravillado que anduviera por las aguas. No podían transferir a sus vidas la verdad que ya sabían acerca de El. Leemos que Jesús caminó por las aguas y aun así a menudo nos maravillamos que pueda obrar en nuestras vidas. No solo debemos creer que los milagros en verdad ocurrieron; debemos transferir la verdad a las circunstancias de nuestras vidas.

Genesaret era una pequeña pero fértil llanura al oeste del mar de Galilea. Capernaum, donde Jesús vivía, se encontraba en la orilla norte de esta llanura.

JESUS CAMINA SOBRE EL AGUA : Después de alimentar a la gente que lo siguió para escucharle en Betsaida, Jesús despidió a la gente, pidió a sus discípulos que se fueran a Betsaida en barca y El se fue a orar. Los discípulos se encontraron con una tempestad y Jesús se acercó a ellos andando sobre el mar. Desembarcaron en Genesaret.

VERDADERO LIDERAZGO

Marcos nos da algunos de los aspectos más relevantes en el carácter de Jesús.

Herodes como líder Jesús como líder

Egoísta Compasivo

Asesino Sanador

Inmoral Justo y bueno

Oportunista político Servidor

Rey de un pequeño territorio Rey sobre toda la creación

Mar 6:1-6

Este pasaje nos muestra a nuestro Señor Jesucristo en «su propio país» en Nazaret. Es una comprobación melancólica de la maldad del corazón humano, y merece atención especial.

Vemos, en primer lugar, cuan dispuestos están los hombres a tener en poco aquello que les es familiar. Nuestro Señor «escandalizaba» a los de Nazaret. No podían imaginarse que el que había vivido tantos años entre ellos, a y cuyos hermanos y hermanas conocían, fuese digno de ser seguido como maestro público.

Ningún lugar en la tierra ha gozado de los privilegios de Nazaret. El Hijo de Dios residió treinta años en esa ciudad, y recorrió sus calles. Por treinta años marchó por las sendas de Dios a vista de sus habitantes, llevando una vida intachable y perfecta. Pero esto no hizo en ellos ninguna impresión. No estaban dispuestos a aceptar el Evangelio, cuando el Señor se presentó para enseñar en su sinagoga. No quisieron convenir en que tuviera ningún título a fijar su atención una persona que conocían tan bien, y que por tanto tiempo estuvo entre ellos, comiendo, bebiendo, y vistiéndose como ellos. Se «escandalizaban de El.

No hay nada en esto que debe sorprendernos; lo mismo está aconteciendo todos los días en torno nuestro y en nuestro mismo país. Las Santas Escrituras, la predicación del Evangelio, el culto público de la religión, los abundantes medios de gracia de que goza la Inglaterra, son muy a menudo tenidos en poco aprecio por los ingleses. Están tan acostumbrados a ellos, que no comprenden sus privilegios. Es una triste verdad, que en religión, más que en nada, la confianza engendra el desprecio.

Lo que experimentó el Señor en este particular es una fuente de consuelos para algunos de los que forman su pueblo. Es un consuelo para los ministros fieles del Evangelio, que angustia la incredulidad de sus feligreses o de los oyentes que regularmente tienen. Es un consuelo para los verdaderos cristianos que se encuentran aislados en medio de sus familias, y ven a todos los que los rodean apegados al mundo. Recuerden que están apurando el mismo cáliz que su amado Maestro. Recuerden que El también fue despreciado por los que mejor lo conocían. Aprendan que la conducta más arreglada y más constante no reducirá a lo demás a adoptar sus opiniones y sus ideas, como sucedió con la gente de Nazaret. Sepan que los siervos del Señor aprenderán por propia experiencia cuan fundadas eran sus quejas doloridas, cuando exclamaba, «un profeta no está deshonrado, sino en su propio país, y entre los de su parentela, y en su propia casa.

Vemos, en segundo lugar, cuan humilde era el rango que en el mundo se dignó aceptar Nuevo Testamento Señor antes de empezar a ejercer su ministerio público. El pueblo de Nazaret decía de El, con desprecio, «¿No es este el carpintero?.

Esta es una expresión muy notable y que solo se encuentra en el Evangelio de S. Marcos. Nos prueba claramente que durante los primeros treinta años de su vida nuestro Señor no se avergonzaba de trabajar con sus manos. Hay algo de maravilloso en esto, y el pensar en ello nos sobrecoge. El que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos ­Aquel sin el cual nada se hizo de lo que ha sido hecho; el Unigénito de Dios tomó la forma de siervo, y «comió el pan con el sudor de su frente» como un obrero. Este es, en verdad, «ese amor de Cristo que sobrepuja toda inteligencia». Aunque era rico, por causa nuestra se hizo pobre; y se humilló en su vida y en su muerte, para que por su medio los pecadores pudieran vivir y reinar eternamente.

Recordemos, al leer este pasaje, que la pobreza no es pecado. No debemos avergonzarnos de nuestra pobreza, a menos que nuestros pecados no la hayan causado; ni debemos despreciar a nadie porque sea pobre. Vergonzoso es ser jugador, borracho, avariento o mentiroso, pero no es una afrenta trabajar con nuestras manos y ganar el pan con nuestro trabajo. El espectáculo del taller del carpintero en Nazaret, debería humillar los altivos pensamientos de todos los que adoran el ídolo de las riquezas. No es una deshonra ocupar la misma posición que el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Vemos, en último lugar, que pecado tan terrible es la incredulidad. En dos expresiones muy notables se encierra esta lección. Una de ellas es, que nuestro Señor «no pudo hacer milagros en Nazaret» por la dureza del corazón del pueblo; la otra, que «El se maravillaba de su incredulidad» La una prueba que la incredulidad puede privar a los hombres de las más ricas bendiciones; la otra que un pecado tan irracional y tan suicida, que aún el Hijo de Dios lo contempla con sorpresa.

Nunca nos deberemos creer bastante en guardia contra la incredulidad. Es el pecado más antiguo en el mundo, pues principió en el Edén, cuando Eva prestó oídos a las promesas del diablo, en vez de creer la palabra de Dios, «moriréis». Es el pecado que produce las consecuencias más desastrosas. Introdujo la muerte en el mundo; mantuvo a Israel cuarenta años fuera de Canaán; es el pecado que llena especialmente el infierno. «El que no cree será condenado». Es el más necio y el más inconsecuente de todos los pecados. Arrastra al hombre anegarse a la evidencia, a cerrar sus ojos al testimonio más claro y a creer, sin embargo, falsedades. Pero lo peor de todo es que ese pecado abunda mucho en el mundo; millares de millares incurren en él, que profesan ser cristianos, que nada han oído de Paine ni Voltaire, pero que en la práctica son incrédulos reales y efectivos; no creen de una manera implícita en la Biblia, ni aceptan a Cristo como su Salvador.

Vigilemos cuidadosamente nuestros corazones en ese particular de la incredulidad. El corazón, no la cabeza, es el trono de su misterioso poder. Los hombres son incrédulos no por falta de pruebas, ni por las dificultades de la doctrina cristiana; es porque no tienen voluntad de creer, y aman el pecado, y están adheridos al mundo. A los que se encuentran en esa condición espiritual nunca les faltan razones aparentes que sostengan su voluntad. El corazón humilde y sencillo como el del niño es el corazón que cree.

Sigamos vigilando nuestro corazón aún después de haber creído, que nunca queda bien extirpada la raíz de la incredulidad.

Si nos descuidamos en vigilar y orar, pronto brotarán las malas yerbas de la incredulidad. Ninguna plegaria es tan importante como la de los discípulos, «Señor aumenta nuestra fe»

Mar 6:7-13

Estos versículos nos describen la manera con que fueron enviados la primera vez los apóstoles a predicar. La gran Cabeza de la iglesia quiso probar a sus ministros, antes de dejarlos solos en el mundo. Los enseñó a e ensayar el poder que tenían para comunicar su doctrina a los demás hombres y descubrir sus deficiencias, mientras que El estaba aun con ellos. Así podía, por una parte, corregir sus equivocaciones y por otra disciplinarlos para la obra que un día tendrían que hacer, para que no estuvieran bisoños cuando tuvieran al fin que dejarlos. Sería un gran bien para la iglesia, que todos los ministros del Evangelio se prepararan de la misma manera para cumplir con su deber, y no entraran en él, como tantas veces sucede, sin pruebas, sin ensayos y sin experiencia.

Notemos en estos versículos que nuestro Señor Jesucristo envía a sus discípulos de «dos en dos». S. Marcos es el único evangelista que menciona este hecho, y merece especial atención.

No hay duda que este hecho tuvo por objeto enseñarnos las ventajas de la asociación cristiana entre todos los que trabajan por Cristo. El sabio tuvo mucha razón en decir, «Mejor es ser dos que uno» Ecl.4.9. Dos hombres unidos hacen más trabajo que dos hombres aislados; se ayudan mutuamente con sus observaciones y comenten menos errores. Se sostienen en las dificultades y no es tan fácil que fracasen en sus propósitos. Se excitan mutuamente cuando la pereza se apodera de ellos y con menos frecuencia la indolencia o la indiferencia los domina. Se consuelan en las adversidades y así no se dejan abatir.

«Desgraciado del que está solo cuando cae; porque no tiene quien le ayude» Ecel.4.10 Probable es que en el día este principio no se recuerda, como fuera debido, en la iglesia de Cristo. No hay duda que la mies es abundante, tanto en la patria como en países extraños, y que los labradores son pocos; que el nombre de hombres fieles es mucho menor que la demanda que de ellos existe. Es innegable que las razones para enviar misiones uno a uno en las circunstancias presentes son fuertes y de mucho peso; pero, a pesar de todo, la conducta de nuestro Señor en este caso es un hecho notable. Apenas hay un solo ejemplo en el libro de los Hechos, en que veamos a Pablo o a cualquier otro apóstol trabajando enteramente solo, y esta es otra circunstancia muy digna también de consideración. Es casi imposible dejar de concluir que si la regla de viajar de «dos en dos» hubiera sido observada más estrictamente, el campo de las misiones hubiera producido resultados más pingues que los que ha dado.

Una cosa, al menos es cierta, el deber de todos los que trabajan por Cristo de cooperar al mismo fin y ayudarse mutuamente siempre que puedan. «Como el hierro afila el hierro, así el rostro de un hombre anima a su amigo». Los ministros, los misioneros, los visitadores de distritos rurales o urbanos, los maestros de las escuelas dominicales deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presentaran para reunirse y consultar entre si.

Pablo encierran una verdad que se olvida con demasiada frecuencia: «Y considerémonos los unos a los otros, para provocarnos a amor y a buenas obras; no dejando nuestra congregación». Heb.10.24-25 Observemos, en segundo lugar, que palabras tan solemnes emplea nuestro Señor cuando se refiere a los que no reciben ni oyen a sus ministros. Dice: «más tolerable será el castigo de Sodoma o de Gomorra en el día del juicio, que el de aquella ciudad.

Esta es una verdad que encontramos muy repetida en los Evangelios, y es doloroso ver como muchos la pasan por alto. Por lo que se ve, millares de personas suponen, que si van a la iglesia, y no matan, ni roban, ni defraudan, ni violan abiertamente ninguno de los mandamientos de Dios, no están en gran peligro. Se olvidan que se necesita algo más que abstenerse de esas irregularidades visibles para salvar su alma. No comprenden que uno de los más grandes pecados que un hombre puede cometer a los ojos de Dios es oír el Evangelio de Cristo y no creer en el, ser invitado a arrepentirse y a creer y permanecer sin embargo, indiferente e incrédulo. En una palabra, rechazar el Evangelio es lo que hunde al alma en lo más profundo del infierno.

No concluyamos las lectura de un pasaje como este sin preguntarnos, ¿Qué es lo que hacemos con el Evangelio? Vivimos en un país cristiano, en nuestras casas se ve la Biblia, durante el año oímos predicar con frecuencia la salvación que encontramos en el Evangelio. Pero ¿lo hemos recibido en nuestros corazones? En una palabra ¿hemos abrazado la esperanza que así se nos ofrece cargando con la cruz y seguido las huellas de Cristo? Si así no obramos, somos peores que los paganos que se prosternan ante leños y piedras; somos más criminales que los habitantes de Sodoma y Gomorra. Estos nunca oyeron predicar el Evangelio, por tanto no lo rechazaron; pero nosotros lo oímos predicar, y sin embargo, no queremos creer en él. Examinemos nuestros corazones y tratemos de no condenar nuestras almas.

Observemos, por último, cual era la doctrina que los apóstoles de nuestro Señor predicaban: Leemos que «salieron y predicaron que los hombres debían arrepentirse.

La necesidad del arrepentimiento podrá parecer a primera vista una verdad muy simple y muy elemental; y, sin embargo, podrían escribirse volúmenes para probar lo fundado de la doctrina y en adaptabilidad a todas las edades y épocas, y a todos los rangos y las clases de la sociedad. Está indisolublemente enlazada con las nociones verdaderas respecto a Dios, la naturaleza humana, el pecado, Cristo, la santidad y el cielo. Todos han pecado y se han apartado de la Gloria de Dios, todos necesitan que en ellos se despierte la convicción íntima de sus pecados, el dolor de haberlos cometido, el deseo y la voluntad de renunciar a ellos, y hambre y sed de perdón. Todos, en una palabra, necesitan volver a nacer y acudir a Cristo. Este es el arrepentimiento que engendra la vida; todo eso se requiera para la salvación de cualquier hombre; hada menos debe exigir de los hombres todo aquel que profese enseñar la religión de la Biblia.

Debemos apremiar a los hombres para que se arrepientan, si pretendemos seguir las huellas de los apóstoles y cuando se hayan arrepentido, debemos insistir en que continúen arrepintiéndose hasta sus últimos momentos.

¿Nos hemos arrepentido? Esto es lo que más nos importa. Bueno es saber lo que los apóstoles enseñaron, muy bueno familiarizarse con todo el sistema de la doctrina cristiana; pero se mucho mejor saber por experiencia propia lo que es el arrepentimiento y sentirlo en lo más profundo de nuestros corazones. No descansemos hasta que sepamos y sintamos que nos hemos arrepentido. En el reino del cielo no entran los impenitentes; todos los que allí están, han sentido el dolor del pecado, lo han lamentado, ha desistido de él y han pedido perdón. Así debemos obrar nosotros si queremos salvarnos.

Mar 6:14-29

Estos versículos narran la muerte de uno de los más eminentes santos de Dios; describen el asesinato de Juan el Bautista. De todos los evangelistas ninguno refiere esa triste historia tan minuciosamente como S. Marcos. Veamos que lecciones prácticas para nuestras almas contiene este pasaje.

Descubrimos, en primer lugar, el poder maravilloso que la verdad ejerce sobre la conciencia. Herodes «teme» a Juan el Bautista mientras este vive, y su recuerdo lo conturba después de su muerte. Un pecador solitario y sin amigos, no usando otra arma que la verdad de Dios, perturba y aterra a un rey.

Todo hombre tiene conciencia, y ese es el secreto del poder que ejerce un ministro fiel. Por eso Félix «tembló» y Agripa quedó «Casi persuadido», cuando Pablo, que era un prisionero, habló en su presencia. Dios ha encerrado un testigo suyo en el corazón de los inconversos. Aunque el hombre es un ser caído y corrompido, sus pensamientos lo acusan o lo excusan, según es su vida, pensamientos que no se pueden ahogar, y que inquietan y espantan aún a los reyes como Herodes.

Nadie tiene que recordar esto más que los ministros y los maestros. Si predican y enseñan la verdad de Cristo, pueden estar seguros que su trabajo no es vano.

Podrán ser los niños desatentos en la escuela, los oyentes en las congregaciones descuidados; pero en uno y otro caso, el efecto producido en la conciencia es a menudo mucho más grande de lo que vemos. Se ven brotar semillas y dar fruto, después que el sembrador, como Juan Bautista, ha muerto o partido.

Vemos, en segundo lugar, cuan adelantados pueden estar en religión algunas personas y no salvarse con todo por ceder a un pecado que los domina.

El rey Herodes fue más lejos que muchos: «temía a Juan;» «sabía que era un justo y un santo;» lo «observaba;» lo «escuchaba, y hacía muchas cosas» de las que recomendaba; hasta «lo oía con gusto». Pero Herodes no quería dejar de hacer una cosa: no quería cesar en su adulterio; no quiso abandonar a Herodías; y por eso condenó su alma por una eternidad.

Que el caso de Herodes sea para nosotros un apercibimiento. No nos reservemos nada, no nos adhiramos a ningún vicio favorito ­no tengamos consideración con nada que se interponga entre nosotros y nuestra salud eterna. Examinemos nuestro interior hasta estar seguros que no hay ninguna concupiscencia favorita, ninguna trasgresión acariciada, que como otra Herodías, esté matando nuestras almas. Prefiramos cortarnos la mano derecha y sacarnos el ojo derecho, a descender al fuego del infierno. No nos contentemos con ir a admirar a predicadores de fama, ni oír con gusto sermones evangélicos; no descansemos hasta que no podamos repetir con David, «Estimo justos todos tus mandamientos, respecto a todas las cosas, y aborrezco los falsos manejos» Salmo 119.128 Vemos en tercer lugar, con que valor un fiel ministro de Dios debe reprochar el pecado. Juan Bautista habló muy francamente a Herodes de la maldad que cometía. No se excusó de hacerlo so pretexto que decírselo pudiera ser imprudente, impolítico, inoportuno o inútil. No lo trató con suavidad, ni intentó paliar la maldad del rey empleando palabras blandas para describir su falta. Dijo a su real oyente la verdad sencilla sin mirar a las consecuencias: «No es justo que tengas a la mujer de tu hermano».

He aquí un ejemplo que todos los ministros deberían imitar. En público y en privado, desde el púlpito y en sus visitas domiciliarias, deben reprochar todo pecado conocido, y apercibir a todos los que viven en él. Quizás incomode; quizás se haga impopular; pero no debe ocuparse de ello; cumplan con su deber y dejen a Dios las consecuencias.

No hay duda que se necesita mucha gracia y mucho valor para manejarse así. No hay duda que un acusador, como Juan Bautista, debe trabajar con mucho amor y mucha prudencia al cumplir con la comisión que ha recibido de su Maestro de reprochar a los malvados; pero es asunto en que su fidelidad y su caridad están empeñadas. Si cree que una persona está perjudicando su alma, debe decírselo; si lo ama realmente, no debe dejar de advertirle que corre a su ruina. Por grande que la ofensa parezca al principio, el acusador fiel al cabo será generalmente respetado. «El que reconviene a un hombre, encontrará después más favor en él, que el que lo lisonjea con sus palabras» Prov. 28.23 Vemos, en cuarto lugar, cuan profundamente odian los hombre a los que los reconvienen cuando están determinados a continuar en sus pecados. Herodías, la desgraciada cómplice de la iniquidad del rey, estaba al parecer más hundida en el abismo del pecado que Herodes. Con una conciencia endurecida y cauterizada por la maldad, aborrecía a Juan Bautista por su franqueza y rectitud, y no paró hasta lograr su muerte.

No debemos maravillarnos; cuando los hombres han escogido su línea de conducta, y están resueltos a continuar por la senda del crimen en que han entrado, miran mal a todo el que trata de sacarlos de ella. Quieren que los dejen tranquilos; se irritan con la oposición, y se enfurecen cuando se les dice la verdad. Se dijo del profeta Elías que era un «hombre que revolvía a Israel». El profeta Miqueas fue odiado por Acab, «porque nunca profetizó de el bien, sino mal». Los profetas y los predicadores fieles han sido tratados de la misma manera en todas épocas. Han sido aborrecidos al mismo tiempo que no creídos.

No nos sorprendamos, pues, cuando oigamos que se odian, que se injurian a algunos ministros fieles del Evangelio, y que se habla mal de ellos. Recordemos que han sido ordenados para servir de testigos contra el pecado, el mundo, y el diablo, y que si son fieles, tienen que causar ofensas. No es una mancha en el carácter de un ministro no agradar a los impíos y a los malvados; ni deben tener por un honor que todos hablen bien de ellos. Creemos que no se meditan bastante estas palabras de nuestro Señor: «Ay de vosotros cuanto todos los hombres hablan bien de ustedes.

Vemos, en quinto lugar, cuanta influencia tienen en producir el pecado las fiestas y los banquetes. Herodes celebra su natalicio con un espléndido banquete; pasa el día con los convidados en beber y danzar; y en un momento de excitación concede a una joven impía la petición que le hacer de ordenar la decapitación de Juan Bautista. Es probable que el día siguiente se arrepintió de su conducta; pero era ya tarde; lo hecho no tenía remedio.

Es una pintura fiel de las consecuencias que suelen tener las fiestas y las diversiones. Se hacen cosas en tales ocasiones, cuando las pasiones se encienden, que se lloran después amargamente. ¡Felices los que se alejan de semejantes tentaciones, y evitan presentarle al diablo esas oportunidades! Nadie sabe lo que es capaz de hacer una vez que se aventura lejos de los caminos seguros y conocidos. Muchos pueden considerar muy inocente permanecer hasta horas muy avanzadas en salones llenos de turbas numerosas, gozando en fiestas espléndidas con la música y con la danza; pero el cristiano no debe olvidar nunca que tomar parte en ellas es abrir ancha puerta a las tentaciones.

Vemos, finalmente, n estos versículos que premio tan escaso reciben en este mundo algunos de los mejores siervos de Dios. Una prisión injusta y una muerte violenta fueron los frutos que recogió Juan Bautista de sus asiduas tareas. Como Esteba y Santiago y otros, de quienes el mundo no fue digno, fue llamado a sellar su testimonio con sangre.

Historias como estas han sido escritas para recordarnos que cosas mejores están reservadas aun para los verdaderos cristianos. Su descanso, su corona, su salario, su premio, están del otro lado de la tumba. Aquí, en este mundo, tienen que marchar guiados por la fe, y no por la vista; y muy desconsolados se verán, si esperan obtener alabanzas de los hombres.

Aquí, en esta vida, tienen que sembrar, trabajar, combatir y sufrir persecuciones; y si esperan una gran recompensa en la tierra, esperan lo que no recibirán. Pero esta vida no es todo: tiene que llegar el día de la retribución, el tiempo de la cosecha de la Gloria, y el cielo compensará por todo. No, los ojos no han visto, ni los oídos han escuchado, las glorias que Dios ha atesorado para todos los que lo aman. No se ha de medir el valor de la religión verdadera por lo que se ve, sino por lo que no se ve. «Porque yo juzgo, que lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la Gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada». Rom.8.18. «Porque nuestra leve tribulación, que no es sino por un momento, obra por nosotros un peso de Gloria inconmensurablemente grande y eterno». Cor.4.17

Mar 6:30-34

Marquemos en este pasaje la conducta de los apóstoles cuando volvieron de su primera misión como predicadores. Leemos que «se juntaron con Jesús, y le dijeron todas las cosas que habían hecho, y lo que habían enseñado».

Estas palabras son muy instructivas: deben servir de guía a todos los ministros del Evangelio y a todos los que trabajan en hacer bien a las almas. Todos ellos deben hacer diariamente lo que los apóstoles en esta ocasión. Deben referir todo lo que hagan a la gran Cabeza de la iglesia; presentar toda su obra a Cristo, y pedirle consejos, dirección, fuerza y ayuda.

La plegaria es el gran secreto del éxito en esas empresas espirituales; conmueve al que pone en movimiento el cielo y la tierra; hace descender la prometida ayuda del Espíritu Santo, sin quien, los mejores sermones, la enseñanza más luminosa, y el trabajo más diligente, son completamente vanos. No son los que tienen las dotes más eminentes los que logran más éxito al trabajar por Dios, sino los que se mantienen en comunión más íntima con Cristo y son más constantes en la oración. Los que claman con el profeta Ezequiel, «Ven de los cuatro puntos cardinales, Oh aliento, y sopla sobre estos muertos para que vivan». Ezeq. 37.9. Los que siguen con más exactitud el modelo apostólico, y «se consagran a la plegaria y al ministerio de la palabra». Hech.6.4. ¡Feliz la iglesia que tiene ministros que saben orar lo mismo que predicar! La pregunta que debemos hacer respecto a un nuevo ministro, no es solamente «¿Sabe predicar bien?» sino también «¿Ora mucho a favor de su pueblo y de su obra?.

Notemos, en segundo lugar, las palabras que nuestro Señor dirigió a los apóstoles, cuando volvieron de su primera misión pública. «Les dijo, venid aparte a un lugar desierto, y descansad un poco».

Estas palabras están llenas de una tierna consideración. Nuestro Señor sabe bien que sus siervos son carne así como espíritu, y que tienen cuerpos lo mismo que almas. Sabe que los mejores tienen un tesoro encerrado en vasos de tierra y están sujetos a muchas flaquezas. Les hace ver que no espera de ellos más que lo que su fuerza corporal permite. Nos exige lo que podemos hacer, no lo imposible. «Apartaos» les dice, «y descansad un poco.

Estas palabras están llenas de profunda sabiduría. Nuestro Señor sabe que sus siervos tienen que atender a sus almas así como atender a las de los demás. Sabe que dedicar una atención constante a una obra pública puede hacernos olvidar los intereses privados de nuestras almas y que mientras cuidemos de las viñas ajenas, corremos peligro de descuidar la Nuevo Testamento. Cant.1.6. nos recuerda que es bueno que los ministros se retiren algunas veces de sus trabajos públicos y se examinen. «Apartaos», les dice, «a un lugar desierto.

Desgraciadamente hay poco en la iglesia de Cristo que necesitan estas amonestaciones; hay pocos en peligro de trabajar demasiado y de dañar sus cuerpos y sus almas por ocuparse con exceso de los demás. La gran mayoría de los que se llaman cristianos es indolente y perezosa, y nada hace en bien del mundo que los rodea; pocos hay que necesiten de la brida tanto como del acicate; estos pocos, sin embargo, deben atesorar en sus corazones las enseñanzas que se desprenden de este pasaje. Deben economizar su salud como un capital, y no malgastarlo como jugadores; deben contentarse con gastar la renta diaria de fuerza que poseen, y no girar contra el principal destinadamente; deben recordar que hacer poco y hacerlo bien, es el medio de hacer más al cabo. Sobre todo no deberían olvidarse nunca de vigilar del continuo sus corazones y proporcionarse de una manera metódica tiempo para examinarse y para meditar con calma. El éxito del ministerio de una persona y de los buenos resultados de sus trabajos públicos está íntimamente enlazado con la buena condición de su alma; muy útil le es el retirarse de cuando en cuando.

Finalmente, fijemos la atención en los sentimientos que manifiesta nuestro Señor Jesucristo respecto a las personas que se les unieron. Leemos «que sintió por ellas gran compasión, porque estaban como ovejas sin pastor». No tenían maestros que los enseñaran, y sus guías eran los escribas y fariseos que estaban ciegos, sin recibir otro alimento espiritual que las tradiciones humanas. Millares de almas inmortales estaban allí, en presencia de nuestro Señor, ignorantes, desvalidas, marchando por el ancho camino de la perdición. El bondadoso corazón de nuestro Señor Jesucristo se conmovió. «Sintió compasión por ellos, y empezó a enseñarles muchas cosas.

No olvidemos nunca que nuestro Señor es el mismo ayer, hoy y eternamente, que jamás cambia y que en el cielo, a la diestra de Dios, contempla compasivo a los hijos de los hombres; se compadece aún del ignorante y de los que están extraviados y aún está dispuesto a «enseñarles muchas cosas». Aunque siente un amor especial por las ovejas que oyen su voz, siente también un amor inmenso y universal por el género humano entero, amor compasivo y lleno de misericordia. Es una teología muy estrecha la que enseña que Cristo se ocupa tan solo de los creyentes. Apoyándonos en la Escrituras podemos asegurar a los pecadores más endurecidos, que Jesús los compadece, que se ocupa de sus almas; que Jesús desea salvarlos y los invita a creer y a encontrar su salvación.

Preguntémonos al concluir este pasaje si comprendemos el espíritu de Cristo y lo sentimos en nosotros. ¿Nos interesamos como El por las almas de los inconversos? ¿Compadecemos, como El, profundamente a todos los que están como o vejas sin pastor? ¿Nos cuidamos de los impenitentes y de los impíos que están a nuestra puerta? ¿Nos cuidamos de los paganos, de los judíos, de los mahometanos, de los católicos romanos que habitan en remotas tierras? ¿Empleamos todos los medios que están a nuestro alcance y damos con placer nuestro dinero, para esparcir el Evangelio por el mundo? Estas son preguntas muy graves, y que exigen graves respuesta. El que no se cuida de las almas de los demás no es como Jesucristo.

Puede muy bien ponerse en duda si está convertido, y si conoce el valor de su misma alma.

Mar 6:35-46

De todos los milagros de nuestro Señor Jesucristo, ninguno se refiere con más frecuencia en los Evangelios, que el que acabamos de leer. Cada uno de los cuatro evangelistas fue inspirado para referirlo. Evidente es que demanda una atención especial de todos los lectores de la palabra de Dios.

Observemos, ante todo, en este pasaje, que prueba nos suministra este milagro del extraordinario poder de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que dio de comer a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces, y se expresa con mucha claridad que aquella multitud no tenía nada que comer. Con no menos claridad se nos dice que todas las provisiones que allí se encontraban eran solo cinco panes y dos peces; y, sin embargo, leemos que nuestro Señor tomó los panes y los peces, los bendijo, los rompió y se los dio a sus discípulos para que se los repartiesen al pueblo. Y al fin de la narración se nos dice, que «comieron y rellenaron» y que se recogieron «doce cestas llenas de fragmentos.

Este, sin duda ninguna, es poder creador. Tuvo manifiestamente que dar existencia a algo sólido, real y sustancia, que antes no existía. No se puede dar entrada a la teoría que las turbas estaban bajo la influencia de una ilusión óptica; o de una imaginación excitada. Cinco mil personas hambrientas no hubieran quedado satisfechas, si no hubieran recibido en la boca pan verdadero. No se hubieran podido recoger doce cestas de fragmentos, si los cinco panes no se hubieran multiplicado de una manera milagrosa. En fin, es muy claro que la mano del que hizo el mundo de la nada medió en esta ocasión; solo Aquel que creó el principio de todas las cosas, que hizo caer el maná en el desierto, pudo así haber preparado «un banquete en el desierto».

Todos los verdaderos cristianos deben atesorar en sus almas hechos como este y recordarlos en épocas de necesidad. Vivimos en medio de un mundo malo y vemos a pocos de nuestro lado y a muchos contra nosotros. Llevamos con nosotros un corazón débil, dispuesto a cada instante a desviarse del camino recto; y siempre tenemos cerca de nosotros a un diablo muy activo, que espía de continuo nuestras debilidades y trata de hacernos caer en tentación. ¿A dónde iremos a buscar consuelo? ¿Quién mantendrá nuestra fe viva y nos impedirá sumirnos en la desesperación? No hay más que una respuesta. Fijemos nuestras miradas en Jesús. Debemos pensar en su poder supremo y en las maravillas que hizo en los tiempos antiguos. Debemos recordar que de la nada puede crear alimento para su pueblo y satisfacer las necesidades de los que lo siguen aunque sea al desierto. Y al resolver estos pensamientos recordemos que ese Jesús vive aun, que nunca cambia y que está de nuestra parte.

Observemos además, en este pasaje, la conducta de nuestro Señor Jesucristo, así que hizo el milagro de dar de comer a la multitud. Leemos que «cuando los despidió, se dirigió a una montaña a orar».

Hay algo de profundamente instructivo en esta circunstancia. Nuestro Señor no buscaba las alabanzas de los hombres, después de uno de sus más grandes milagros, lo vemos buscar inmediatamente la soledad y pasar mucho tiempo en la oración. Practicaba lo que había enseñado, cuando dijo «entra en tu alcoba, cierra la puerta y dirige tus plegarias a tu Padre que está en lo escondido». Nadie hizo cosas tan grandes como el, ni habló tales palabras ni fue nunca tan constante en la oración.

Sírvanos de ejemplo la conducta de nuestro Señor. No podemos hacer milagros como El; no tiene igual en eso, pero podemos seguir sus huellas en todo lo que concierne a la devoción privada. Si tenemos el espíritu de adopción, podremos orar. Resolvámonos a orar más que hasta ahora, empeñémonos en buscar tiempo, lugar y oportunidad de estar solos con Dios. Sobre toda, no oremos solamente antes de trabajar por Dios, sino oremos después de haber concluido nuestra obra.

Muy conveniente sería para nosotros todos que nos examináramos con más frecuencia respecto a este punto de la oración privada. ¿Qué tiempo le concedemos en las veinticuatro horas del día? ¿Qué progresos notamos, según van pasando los años, en el fervor, en la plenitud y en el entusiasmo de nuestras plegarias? ¿Sabemos por experiencia «trabajar fervientemente orando»? Col. 4.12. Estas son indagaciones que nos humillan, pero muy convenientes para nuestras almas.

De temerse es que hay pocas cosas en que los cristianos se aparten más del ejemplo de Cristo, que en punto a plegarias.

Los grandes lamentos y las lagrimas de nuestro Maestro, la frecuencia con que se apartaba a lugar solitarios para ponerse en comunión íntima con el Padre, son cosas que se habla mucho y que se admiran más que se imitan. Vivimos en una edad de precipitación, de bullicio y de un movimiento incesante que se llama actividad. Se ven hombres tentados continuamente a acortar sus devociones privadas y a abreviar sus plegarias. Cuando tal acontece, no debemos admirarnos que la iglesia de Cristo haga tan poco en proporción a lo vasto de su organización. La iglesia debe aprender a imitar más exactamente a su Cabeza; sus miembros deben encerrarse con más frecuencia en sus retretes. «Tenemos poco», porque poco pedimos. Sant. 4.2

Mar 6:47-56

El primer acontecimiento que se relata en estos versículos, es un bello emblema de la condición en que se encontrarán todos los creyentes, antes de la segunda venida de Jesucristo. Como los discípulos, somos juguete de las borrascas y no gozamos de la presencia visible de nuestro Señor; y como los discípulos, veremos otra vez cara a cara a nuestro. Señor. Como los discípulos, veremos tiempos mejores, cuando nuestro Maestro venga a nosotros; no seremos azotados por las tormentas y gozaremos de calma perfecta.

Nada hay de fantástico en la aplicación del pasaje. No debemos dudar que hay una profunda significación en todos los pasos de su vida, y que era «Dios manifiesto en la carne». Por ahora, sin embargo, limitémonos a presentar las enseñanzas claras y prácticas que contienen estos versículos.

Notemos, el primer lugar, como nuestro Señor fija sus miradas en las angustias de su pueblo creyente, y los socorre en debido tiempo. Leemos, que cuando «la barca estaba en medio del mar, y El solo estaba en la tierra, vio a sus discípulos afanados remando» ­se dirigió a ellos caminando sobre el mar, y los animó con estas graciosas palabras, «Soy Yo, no temáis», cambiando la tempestad de bonanza.

¡Cuántos motivos de consuelo no hay en estas palabras para todos los verdaderos creyentes! En donde quiera que se encuentren, y cualesquiera que sean las circunstancias que los rodean, el Señor Jesús los ve. Solos o acompañados, en salud o enfermedad, por tierra o por mar, expuestos a peligros en las ciudades o en los desiertos, los mismos ojos que vieron a los discípulos sacudidos por las olas en el lago, nos están de continuo contemplando. Nunca estamos fuera del alcance de su cuidado, nuestros pasos no se le ocultan, sabe el sendero que tomamos y aún puede socorrernos. Quizás no venga a nuestra ayuda en el momento que más deseamos, pero no permitirá que sucumbamos por completo. El que marchó sobre las olas no cambia nunca; llegará siempre en el tiempo oportuno para sostener a su pueblo. Aunque se demore, esperemos con paciencia. Jesús nos ve y no nos abandonará.

Notemos, en segundo lugar, los terrores de los discípulos, al ver por primera vez a Nuevo Testamento Señor caminar sobre el mar. Se nos dice que «suponían que era un espíritu, y comenzaron a gritar; pues todos ellos lo vieron y se amedrentaron.

¡Qué pintura tan fiel de la naturaleza humana nos presentan estas palabras! ¡Cuántos millares de personas, si vieran al presente lo que vieron los discípulos, se manejarían de la misma manera! ¡Cuán pocos se mantendrían tranquilos, y libres de temor, si estando a bordo de un buque vieran de repente en una noche tempestuosa a una persona marchando sobre las aguas y acercándose al bajel! Dejad que algunos se rían, si así les place, de los temores supersticiosos de sus discípulos ignorantes. Encarezcan, si ese es su deseo, la marcha de la inteligencia y los progresos de los conocimientos de nuestros días. Pocos hay, lo aseguramos con toda confianza, que colocados en la misma situación de los apóstoles, hubieran manifestado más valor que ellos. Los escépticos más audaces han resultado ser los más grandes cobardes, al ver de noche objetos que no podían explicarse.

La verdad es, que hay un sentimiento instintivo en el hombre que lo hace apartarse con disgusto de todo lo que al parecer pertenece a otro mundo. Tenemos la conciencia, que muchos se empeñan en vano ocultar con afectada indiferencia, de que hay seres invisibles así como visibles, y que la vida que ahora vivimos en la carne no es la única existencia que tiene el hombre. Las historias vulgares de apariciones y duendes son, a no dudarlo, necias y supersticiosas; podemos casi siempre encontrar su origen en las ilusiones y los terrores de personas débiles e ignorantes. Sin embargo, es un hecho que merece estudiarse la aceptación y circulación que tales cuentos obtienen en todo el mundo. Es una prueba indirecta de la creencia latente en lo invisible, de la misma manera que la moneda falsa es una evidencia que la hay buena. Forma un testimonio muy peculiar que el incrédulo encontrará difícil refutar, porque prueba que hay algo en el hombre, que testifica que hay un mundo más allá de la tumba, y que lo aterra cuando lo siente.

Deber es del cristiano proveerse de un antídoto que lo preserve de los terrores de ese gran mundo invisible. Ese antídoto es la fe en un Salvador invisible y estar en comunión constante con El. Armados con ese antídoto, y mirando al que invisible, no tenemos por que temer. Estamos en viaje dirigiéndonos al mundo de los espíritus, y aun ahora nos vemos rodeados de muchos peligros, pero teniendo a Jesús por nuestro Pastor, no hay por que alarmarnos; estamos seguros si El es nuestro Escudo.

Notemos, al concluir con este capítulo, que brillante ejemplo tenemos de nuestros deberes mutuos. Se nos dice que cuando nuestro Señor llegó a tierra de Genesaret, el pueblo «recorrió toda aquella región» y le llevó en lechos «a los que estaban enfermos» Leemos que «en dondequiera que entraba, en aldeas, o ciudades o heredades, ponían a los enfermos en las calles, y le suplicaban que les permitiera tocar aunque fuera la orla de su vestido.

Que en esto veamos un ejemplo para nosotros. Hagamos lo mismo; tratemos de llevar a Jesús, el gran Médico, para que cure a todos los que en torno nuestro necesitan medicina espiritual. Almas hay que mueren de continuo, y las oportunidades pasan rápidamente, y la noche viene cuando nadie puede trabajar. No perdonemos esfuerzos en despertar en todos el conocimiento de Jesucristo, para que puedan salvarse. Es una idea consoladora saber que «todos los que lo tocan quedan sanos.

Ahora Puedes adquirir los Libros de Estudio

Al adquirir tus libros de estudios estarás ayudando este Ministerio para cumplir con la Gran Comisión de «Id y llevad el Evangelio a toda criatura en todo lugar. Contamos con tu ayuda. Dios te Bendice rica, grande y abundantemente.

Comparte esta publicacion en tus redes favoritas

También hemos publicado para ti

La flor y la familia

Mi madre siempre contaba una historia así: Había una joven muy rica, que tenía de todo, un marido maravilloso, hijos perfectos, un empleo que le daba muchísimo bien, una familia unida. Lo extraño es

Seguir Leyendo »

Urgente

Urgente es una palabra con la que vivimos día a día en nuestra agitada vida y a la cual le hemos perdido ya todo significado de premura y prioridad. Es la manera mas pobre de

Seguir Leyendo »