Lucas 8 De Camino

Lucas 8: De Camino

Después de aquello, Jesús fue recorriendo todos los pueblos y aldeas, predicando y proclamando la Buena Noticia del Reino de Dios. Los Doce le acompañaban; y también un grupo de mujeres a las que Jesús había sanado de malos espíritus y de enfermedades. Entre ellas estaban: María, a la que todos llamaban la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, que era la mujer de Cusa, uno de los secretarios de hacienda del rey Herodes; Susana, y otras muchas, que contribuían con su dinero a subvenir a las necesidades de Jesús y sus compañeros.

El tiempo que veíamos que se acercaba, ya ha llegado: Jesús está siempre de camino. Ya no le están abiertas las sinagogas, como antes. Jesús había empezado, como si dijéramos, en la iglesia, donde esperaría encontrar una audiencia interesada y receptiva cualquiera que llegara con un mensaje de Dios. En vez de la bienvenida, se había encontrado con la oposición; en vez de personas deseosas de escuchar, se había encontrado con los escribas y los fariseos acechándole para delatarle; así es que ahora salió a los caminos abiertos, a las colinas y a la orilla del lago. (i) Una vez más nos encontramos con un hecho que ya nos ha salido. Este pasaje nombra a un grupito de mujeres que ayudaban a Jesús con su dinero. Se consideraba una obra piadosa el sostener a un rabino, y el hecho de que los fieles seguidores de Jesús le ayudaran de este modo no era nada insólito. Pero, como ya hemos notado con los discípulos, no podemos por menos de sorprendernos de lo diferentes que eran entre sí estas mujeres. Entre ellas se encontraba María Magdalena, así llamada porque era del pueblo de Magdala, de la que Jesús había echado a siete demonios; está claro que había tenido un pasado tenebroso y terrible. Estaba Juana, que era la mujer de Cusa, el epítropos de Herodes. Los reyes tenían muchas fuentes de ingresos y propiedades privadas, y el epítropos era el funcionario que se cuidaba de los intereses financieros del rey. En el Imperio Romano, el mismo emperador tenía sus epitropoi para salvaguardar sus intereses hasta en las provincias gobernadas por procónsules nombrados por el senado. Eran funcionarios de la mayor confianza e importancia. Es sorprendente encontrarse con María Magdalena, con su pasado tenebroso, en la misma compañía que Juana, la dama de la corte.

Es sencillamente maravilloso que Jesús pueda conseguir que vivan en armonía personas de lo más diferentes, sin que ninguna pierda en lo más mínimo su personalidad o sus cualidades. G. K. Chesterton escribe acerca del pasaje en el que se nos dice que el león se acostará con el cordero: «Pero acordaos de que este texto se interpreta muy a la ligera. Se suele dar por sentado… que, cuando el león se acuesta con el cordero, el león se vuelve como el cordero. Pero eso sería una anexión y un imperialismo brutales por parte del cordero. Eso sería sencillamente que el cordero absorbe al león en vez de que el león se coma al cordero. El verdadero problema es: ¿Puede el león acostarse con el cordero, y seguir reteniendo su regia ferocidad? Ese es el problema que se plantea la Iglesia; ese es el milagro que logró.» No hay nada que la iglesia necesite más que el uncir en el mismo yugo los diversos temperamentos y cualidades de personas diferentes. Si estamos fallando es culpa nuestra, porque en Cristo puede hacerse, ¡y se ha hecho!

(ii) En este grupo de mujeres tenemos algunas cuya ayuda era práctica. Como eran mujeres, no se les permitiría predicar; pero aportaban lo que tenían. Había una vez un viejo zapatero que había querido hacerse pastor, pero no se le había presentado la oportunidad. Era amigo de un seminarista; y cuando instalaron a éste en una iglesia, su amigo zapatero le pidió un favor: que le dejara hacerle siempre los zapatos, para que pudiera pensar que el predicador estaba usando sus zapatos en el púlpito al que él nunca podría subir.

No es siempre el que más se ve el que hace lo más importante. Muchas personas importantes en la vida pública no podrían cumplir con su trabajo ni una semana si no fuera por la ayuda que los respalda en casa. No hay don que no se pueda usar en el servicio de Cristo. Muchos de sus servidores más valiosos están en el trasfondo, invisibles pero esenciales a la causa.

EL SEMBRADOR Y LA SEMILLA

Lucas 8:4-15

Se iba reuniendo un gentío impresionante, y de un pueblo tras otro no dejaba de venir gente a Jesús. Y Él les contó una parábola:

-Un sembrador salió a sembrar su campo: Conforme iba sembrando, una parte de la semilla cayó al borde del sendero, y la pisaron, o sé la comieron los pájaros. Otra parte cayó en la poca tierra que cubría la roca, y se secó tan pronto como empezó a crecer, porque no tenía humedad. Otra parte cayó donde había restos de espinos, y los espinos crecieron al mismo tiempo que la semilla, y la ahogaron. Pero otra parte cayó en buena tierra, y creció bien, y produjo cien veces más de lo que se había sembrado. ¡El que tenga entendederas, que se entere!

Los discípulos de Jesús le preguntaron qué quería decir aquella parábola; y Él se la explicó de la siguiente manera: A vosotros se os ha concedido penetrar en los secretos del Reino de Dios, porque sois discípulos; pero a los demás no se les puede hablar más que con ejemplos; para que, aunque ven, no comprendan, y aunque oyen, no se enteren. Este es el sentido de la parábola: la semilla es la Palabra de Dios. La semilla que cayó en el sendero se refiere a los que oyen, pero en seguida viene el diablo y arrebata de sus corazones la Palabra para impedir que crean y se salven. La semilla que cayó en el terreno rocoso representa a los que reciben la palabra con enttts ásmo en cuanto la oyen; pero no tienen raíz; su fe está a merced del momento y, citando se ven expuestos a dificultades, se retiran. La semilla que cayó donde había habido espinos representa a los que han oído la Palabra, pero luego vuelven a lo de antes, y dejan que las preocupaciones y los negocios y los placeres de la vida les ahoguen la Palabra; la semilla no tiene posibilidad de madurar. Y la semilla que cayó en buena tierra representa a los que reciben la Palabra con una disposición buena e íntegra, no se la dejan arrebatar y perseveran frente a todo hasta dar fruto.

En esta parábola Jesús se vale de un ejemplo que todos sus oyentes reconocerían. Es probable que hasta estuvieran viendo entonces a algún sembrador que estaba sembrando su campo mientras Jesús hablaba.

La parábola nos presenta cuatro clases de terreno.

(i) Las parcelas solían ser más bien alargadas, y estaban separadas por senderos o caminos por los que se podía pasar; cuando la semilla caía en esa parte pisoteada y endurecida no tenía posibilidad de penetrar en el suelo.

(ii) Estaba el suelo rocoso, que no quiere decir aquí un sitio lleno de piedras, sino un terreno que no era más que una capita de tierra por encima de una lancha de roca caliza. Allí no había humedad ni nutrientes, así es que la planta, si nacía, pronto se secaba y moría.

(iii) El terreno que se llenó de espinos parecía entonces estar bastante limpio. Se puede hacer que un terreno parezca limpio simplemente labrándolo; pero quedaban allí las semillas de los espinos y las raíces fibrosas de las malas hierbas. Las buenas y las malas semillas crecieron juntas; pero las malas eran más fuertes y ahogaron a las buenas.

(iv) El buen terreno era profundo, y estaba limpio y bien labrado.

Los versículos 9 y 10 siempre han presentado problemas. Parece como si Jesús dijera que hablaba en parábolas para que la gente no le entendiera; pero no podemos creer que ocultara deliberadamente el sentido de su mensaje a sus oyentes. Se han propuesto algunas explicaciones.

(i) Mat_13:13 lo expresa de manera un poco diferente. Dice que Jesús hablaba en parábolas porque la gente no podía ver y entender correctamente. Mateo parece decir que las parábolas no eran para impedir que la gente viera y entendiera, sino para ayudarla a entender.

(ii) Mateo cita inmediatamente después el dicho de Isaías, 6: 9-10, que en efecto dice: « Les he hablado la Palabra de Dios, y el único resultado es que no han entendido ni una palabra.» Según esto, el dicho de Jesús puede indicar, no el

objetivo de su enseñanza por parábolas, sino su resultado. (iii) Lo que Jesús realmente quería decir es que la gente puede llegar a ser tan obtusa y dura de mollera que no pueden entender la Palabra de Dios cuando les llega. No es culpa de Dios; es que se han vuelto tan perezosos mentalmente hablando, tan cegados por los prejuicios, tan indispuestos a ver lo que no quieren ver, que son incapaces de asimilar la Palabra de Dios.

Esta parábola tiene dos interpretaciones.

(i) Se sugiere que quiere decir que la suerte de la Palabra de Dios depende del corazón en el que se siembra.

(a) El sendero endurecido representa la mente cerrada que se niega a recibir la Palabra.

(b) El terreno superficial representa a los que aceptan la Palabra, pero que no la meditan ni se dan cuenta de lo que implica, y que se retiran cuando llegan los problemas.

(c) El terreno espinoso representa a los que están tan ocupados con otras cosas que desplazan las cosas de Dios de su vida. Debemos recordar siempre que las cosas que le quitan el sitio a lo más alto no tienen que ser malas de necesidad. El peor enemigo de lo mejor es lo que es un poco menos bueno.

(d) El buen terreno representa al corazón bueno. El buen entendedor se caracteriza por tres cosas: la primera es que escucha con atención; la segunda, que guarda lo que oye en su mente y corazón, y lo medita hasta encontrar su sentido para su propia vida; la tercera, que lo lleva a la acción, que traduce lo que ha oído en obras.

(ii) Se sugiere que la parábola es en realidad una advertencia contra la desesperación. Consideremos la situación: a Jesús le han expulsado de las sinagogas; los escribas y los fariseos y los líderes religiosos estaban en contra suya, y era inevitable que los discípulos se desanimaran. A ellos dirige Jesús la parábola, y es como si les dijera: «Todos los campesinos saben que una parte de su semilla se perderá; no toda crecerá y dará fruto. Pero eso no los desanima hasta hacer que dejen de sembrar, porque saben que, a pesar de todo, la cosecha es segura. Sé que tenemos nuestros reveses y desánimos; sé que tenemos enemigos y adversarios; pero, no desesperéis: al final, la cosecha es segura.»

Esta parábola puede ser una advertencia acerca de cómo debemos oír y recibir la Palabra de Dios, y un estímulo para desterrar todo desánimo, en la seguridad de que las dificultades no podrán destruir la cosecha de Dios.

LEYES DE VIDA

Lucas 8:16-18

Jesús dijo también:

No se enciende una vela para esconderla debajo de un cacharro o meterla debajo de la cama, sino para ponerla en el candelero para que vean todos los que entran en la casa. No hay nada oculto que no acabe por descubrirse, ni escondido que no acabe sabiéndose y saliendo a la luz. Tened cuidado de cómo oís; porque al que tiene y retiene se le dará más; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que se cree que tiene.

Aquí tenemos tres dichos, cada uno con su propia advertencia para la vida.

(i) El versículo 16 hace hincapié en el carácter visible de la vida cristiana. El Evangelio es por naturaleza algo que se ha de ver. Es fácil encontrar razones prudentes para no hacer ostentación de nuestra fe ante los demás. Casi todo el mundo tiene un miedo instintivo a ser diferente; y el mundo siempre acaba persiguiendo a los que no se someten a sus principios.

Cierto escritor nos cuenta lo que le pasaba con las gallinas: en un gallinero, cuando todas las gallinas eran iguales menos una, a ésa le hacían la vida imposible y la picoteaban hasta acabar con ella. Hasta en el reino animal es un crimen ser diferente de los demás.

Pero, aunque nos resulte difícil, se nos impone la obligación de no avergonzarnos de confesar cuyos somos y a quién servimos; y, si lo miramos como es debido, lo consideraremos no un deber sino un privilegio.

Poco antes de la coronación de la Reina Isabel II de Inglaterra, casi todas las casas y las tiendas estaban adornadas con banderitas. Yo iba entonces por un camino vecinal, y me encontré con un campamento gitano. No tenía nada más que una tienda de campaña; pero al lado tenía una bandera inglesa casi tan grande como la misma tienda. Era como si el gitano quisiera decir: «Yo no tengo muchas cosas en este mundo, pero voy a ponerle la bandera a lo que tengo.» El cristiano, aunque sea de posición humilde, nunca debe avergonzarse de su bandera.

(ii) El versículo 17 hace hincapié en la imposibilidad de mantener secretos. Hay tres clases de personas a las que tratamos de ocultarles algo.

(a) Algunas veces tratamos de ocultarnos cosas a nosotros mismos: cerramos los ojos a las consecuencias de ciertas acciones y hábitos, aunque las conocemos de sobra. Es como cerrar los ojos a los síntomas de una enfermedad que sabemos que tenemos. Es una estupidez increíble.

(b) Algunas veces tratamos de ocultarles las cosas a los demás; pero se las agencian para salir a la luz. Una persona con un secreto no puede ser feliz. La persona feliz es la que no tiene nada que ocultar. Se dice que cierto arquitecto se ofreció a hacerle una casa a Platón en la que todas las habitaciones estarían ocultas a la mirada de la gente. «Te daré el doble del dinero -le dijo Platón- si me haces una casa cuyas habitaciones se puedan ver desde todas partes.» ¡Feliz el que vive así!

(c) Algunas veces tratamos de ocultarle las cosas. a Dios. No hay pretensión más imposible. Haremos bien en tener siempre presente el texto que dice: «Tú eres un Dios que ve» (Gen_16:13 ).

(iii) El versículo 18 expone la ley universal de que el que tiene recibirá más, y el que no tiene, perderá lo que tiene. Si uno está físicamente bien, y se mantiene bien, tendrá el cuerpo dispuesto para nuevos esfuerzos; si se descuida, perderá la capacidad que tenía. Cuanto más estudiamos, más podemos aprender; pero, si nos negamos a estudiar, perderemos lo que sabíamos. Esto es tanto como decir que no nos podemos plantar en la vida. Cuando no vamos para adelante, vamos para atrás. El que busca, siempre encontrará más; pero el que deja de buscar, acabará por perder hasta lo que tiene.

EL VERDADERO PARENTESCO

Lucas 8:19-21

La madre y los hermanos de Jesús llegaron adonde Él estaba, pero no podían acercársele por toda la gente que había. Entonces le pasaron recado a Jesús:

-Tu madre y tus hermanos están ahí fuera, y te quieren ver.»

Mi madre y mis hermanos -contestó Jesús- son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.

No es difícil ver que, por lo menos durante la vida de Jesús, su familia no estaba de acuerdo con Él. Mar_3:21 nos dice que llegaron sus parientes, e intentaron detenerle, porque creían que estaba loco. En Mat_10:36 , Jesús les advierte a sus seguidores que los enemigos de uno pueden muy bien ser los de su propia familia, cosa que parecía estar diciendo por propia y amarga experiencia.

Hay en este pasaje una gran verdad práctica. Es posible que uno se encuentre más próximo a los que no son sus parientes que a su propia familia. Lo que relaciona más profundamente a las personas puede no ser la consanguinidad, sino la mente y el corazón; el tener propósitos, principios e intereses comunes, y un objetivo común en la vida constituyen el verdadero parentesco.

Recordemos la definición del Reino de Dios que hemos deducido: es una sociedad en la Tierra en la que la voluntad de Dios se realiza tan perfectamente como en el Cielo. Lo más sublime de Jesús es que Él es el único ser humano que ha conseguido tener su voluntad en perfecta armonía con la de Dios. Por tanto, todos los que tienen como suprema finalidad en la vida el hacer coincidir su voluntad con la voluntad de Dios son los verdaderos parientes de Jesús. A veces se dice que todos somos hijos de Dios», lo cual es cierto en un sentido real y precioso, porque Dios ama al santo y al pecador; pero la más profunda cualidad de hijos está condicionada éticamente: es cuando una persona pone su voluntad en armonía con la de Dios con la ayuda del Espíritu Santo cuando llega a ser verdaderamente un hijo o una hija de Dios.

Los estoicos enseñaban que esa es la única manera de ser felices en esta vida. Tenían la convicción de que todo lo que sucede -alegría o tristeza, triunfo o desastre, pérdida o ganancia, sol o sombra- es la voluntad de Dios. Cuando uno se niega a aceptarla es como si se diera de cabezazos contra los muros del universo, y no cosecha más que problemas y dolor de corazón.

Cuando uno se dirige a Dios en su corazón y dice: «Haz conmigo lo que quieras»,.,la encontrado el camino de la felicidad.

De aquí se deducen dos cosas.

(i) Hay una lealtad que sobrepasa todas las lealtades terrenales; hay algo que tiene prioridad sobre las cosas más queridas de la Tierra. En este sentido, Jesucristo es un señor exigente, porque no está dispuesto a compartir el corazón humano con nada ni con nadie. El amor es por fuerza exclusivo: no podemos amar nada más que a una persona a la vez, ni. servir más que a un señor a la vez.

(ii) Eso es duro; pero tiene esta maravillosa consecuencia: cuando nos entregamos totalmente a Cristo,. entramos a formar parte de una familia cuyas fronteras abarcan toda la Tierra, lo cual es algo que compensa con creces todas las pérdidas que se hayan de sufrir. Como dice el himno de John Oxenham que tradujo. doña Juanita R. de Balloch:

1 Ni Oriente ni Occidente hay – en Cristo, y su bondad abarca con su amor y paz – la entera humanidad.

2 En Dios, los fieles al Señor – su comunión tendrán, y con los lazos del amor – el mundo rodearán.

3 ¡De razas no haya distinción, – obreros de la fe! EL que cual hijo sirve a Dios, – hermano nuestro es.

4 Oriente y Occidente en Él – se encuentran, y su amor las almas une por la fe – en santa comunión.

El que busca, por medio de Jesucristo, la voluntad de Dios, ha entrado en una familia que incluye a todos « los santos de la Tierra y los del Cielo.»

CALMA EN MEDIO DE LA TEMPESTAD

Lucas 8:22-25

Un día Jesús se embarcó con sus discípulos en una barca, y les dijo:

-Vamos a la otra parte del lago.

Así es que se pusieron a remar y mientras iban bogando, Jesús se quedó dormido. Al poco tiempo se desencadenó en el lago una tempestad de viento tan fuerte que corrían peligro de irse a pique. Entonces se volvieron a Jesús y se pusieron a decirle:

-¡Maestro, Maestro, que nos hundimos!

Jesús se despertó, y reprendió al viento y a las olas encrespadas, que se calmaron en seguida, produciéndose una maravillosa bonanza.

-¿Qué ha sido de vuestra fe? -dijo Jesús a sus atemorizados discípulos. Pero ellos no salían de su asombro, y se decían:

-¿Qué clase de hombre es éste, que le da órdenes hasta al viento y a la mar, y le obedecen?

Lucas nos cuenta esta escena con una extraordinaria economía de palabras, pero con gran efectividad. No cabe duda de que Jesús decidió cruzar el lago porque tenía mucha necesidad de descanso y de tranquilidad. Mientras navegaban, se quedó dormido.

Es encantador pensar en el Jesús durmiente. Estaba cansado, como a veces lo estamos todos nosotros. También Él podía llegar al punto de agotamiento en que es imperiosa la necesidad de dormir. Confiaba en sus hombres; eran pescadores del lago, y Jesús dejó de buena gana todo lo relativo a la travesía, a la experiencia y habilidad de sus discípulos, y se echó, a dormir. Confiaba en Dios; sabía que estaba en sus manos en el lago lo mismo que en tierra firme.

Entonces se desencadenó la tempestad. El Mar de Galilea es famoso por sus turbiones repentinos. Un viajero nos cuenta: «Apenas se había puesto el sol cuando el viento empezó a abalanzarse contra al lago, y siguió toda la noche con creciente violencia de tal manera que, cuando llegamos a la otra orilla la mañana siguiente, el lago parecía un inmenso caldero hirviendo.» La razón es la siguiente: el Mar de Galilea está a más de 200 metros por debajo del nivel del mar, y está rodeado de mesetas cercadas de grandes montañas. Los torrentes han ahondado sus lechos por la llanura hasta el mar, y estos torrentes actúan como embudos que canalizan los vientos fríos de las montañas. Y así surgen las tempestades. El mismo viajero nos cuenta cómo intentaron montar las tiendas en un vendaval semejante: «Teníamos que poner dos clavos a todas las cuerdas de la tienda, y a menudo teníamos que colgarnos con todo nuestro peso para que toda la tienda no saliera volando por la fuerza del viento.»

Fue una de esas tormentas repentinas la que atacó a la barquilla aquel día, y las vidas de Jesús y sus discípulos estuvieron en peligro. Los discípulos le despertaron, y Él calmó la tempestad con una palabra. Todo lo que hacía Jesús tenía un sentido más que temporal. Y el verdadero significado de este incidente es que donde está Jesús, la tempestad se convierte en calma.

(i) Cuando viene Jesús, calma las tormentas de la tentación. A veces nos asaltan las tentaciones con una fuerza casi arrolladora. Stevenson dijo una vez: «¿Conocéis la estación Caledonia de Edimburgo? Una inhóspita y fría mañana yo me encontré allí con Satanás.» A todos nos sorprenden encuentros semejantes. Si nos enfrentamos con la tempestad de la tentación a solas, pereceremos; pero Cristo trae la calma, y las tentaciones pierden la fuerza.

(ii) Jesús calma las tormentas de las pasiones. La vida le es más difícil al que tiene un corazón caliente y un temperamento fogoso. Un amigo se encontró con un hombre de ésos, y le dijo:

-Veo que has conquistado tu temperamento.

-No; no he sido yo el que lo ha conquistado: Jesús lo ha conquistado por mí.

Es una batalla perdida a menos que Jesús nos dé la calma de la victoria.

(iii) Jesús calma la tempestad de la aflicción. A todas las vidas llega a veces la tempestad del dolor, porque el dolor es siempre el precio del amor, y el que ama tiene que sufrir. Cuando murió la esposa de Pusey, él dijo: «Era como si hubiera una mano debajo de mi barbilla sosteniéndome la cabeza.» Ese día, en la presencia de Jesús, se nos enjugan las lágrimas y se nos suavizan las heridas del corazón.

LA DERROTA DE LOS DEMONIOS

Lucas 8:26-39

Luego arribaron al distrito de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. Y tan pronto como Jesús puso pie en tierra, le salió al encuentro un hombre del pueblo, que estaba dominado por el demonio desde hacía mucho tiempo; no iba vestido, ni vivía en una casa, sino entre las tumbas. Cuando vio a Jesús, dio un chillido tremendo y se arrojó a sus pies gritando:

-¿Qué tienes tú que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por favor, no me atormentes!

Eso lo decía porque Jesús le había ordenado al demonio que saliera del hombre al que había tenido dominado tanto tiempo; aunque sujetaran al hombre con cadenas y con cepos, el demonio hacía que los rompiera, y le impulsaba a huir al desierto.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó Jesús.

-«Legión» -le contestó, porque estaba invadido por una multitud de demonios; y éstos se pusieron a suplicarle a Jesús que no los mandara al abismo.

Había por allí una gran piara de cerdos paciendo en el monte, y los demonios le pidieron a Jesús que los dejara entrar en los cerdos; y El se lo permitió. Entonces los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, que se precipitaron al lago por un despeñadero y se ahogaron.

Cuando vieron lo que sucedía los que estaban apacentando los cerdos, salieron huyendo e iban dando la noticia por pueblos y campos; y empezó a salir gente de todas partes a ver lo que había sucedido; y llegaron adonde estaba Jesús; y se encontraron con que el hombre que había estado endemoniado estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y en sus cabales; y aquello les dio mucho miedo. Los que lo habían presenciado todo les contaron a los demás cómo había salvado Jesús al endemoniado; y toda la gente de aquellos alrededores cogió un miedo terrible, y le pidieron a Jesús que se marchara de su distrito.

Así es que Jesús se subió a la barca para marcharse; y el hombre que había quedado libre de los demonios le pedía a Jesús que le dejara irse con Él, pero Jesús se despidió de él y le dijo:

-Vuélvete a tu casa, y cuéntales a todos la maravilla que Dios ha hecho contigo.

Y eso fue lo que hizo el hombre: iba por todo el pueblo diciéndole a todo el mundo lo que Jesús había hecho por él.

Jamás empezaremos a entender este relato a menos que nos demos cuenta de que, pensemos nosotros lo que pensemos, los demonios eran algo muy real para aquella gente de Gadara, y para el mismo hombre. Ahora se diría que era un caso de demencia violenta. Era un peligro para la gente, así es que vivía entre las tumbas, que se creía que eran la morada de los demonios.

Fijémonos en el valor de Jesús al tratar con aquel hombre, que tenía una fuerza más que brutal para romper cadenas y reSantiago Sus vecinos le tenían tanto miedo que no se atrevían a hacer nada por él. Pero Jesús le recibió con tranquilidad y calma.

Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, el hombre contestó que « Legión». La legión romana era un regimiento de 6.000 soldados. Aquel hombre habría visto marchar a una legión roma, y su pobre mente afligida sentía que no era un demonio, sino toda una legión de ellos lo que tenía dentro de sí. Es posible que su mal hubiera empezado al ver en su infancia a una legión romana cometer atrocidades.

La cuestión de los cerdos ha constituido una gran dificultad para muchos, que no comprenden cómo Jesús pudo hacerles aquello a unos cerdos inocentes. Se ha considerado que aquello había sido una acción inmoral y cruel, ¡como si los cerdos se criaran para que disfrutaran de una vida larga y tranquila!

Podemos suponer que lo que sucedió fue que los cerdos estaban pastando por allí cerca; Jesús estaba aplicando su poder para curar un caso realmente difícil. De pronto, los chillidos y gritos salvajes del hombre causaron la estampida de los cerdos, que se precipitaron al lago, ciegos de terror. « ¡Mira dónde han ido tus demonios!», diría Jesús al hombre. Fuera como fuera, ¿podemos comparar el valor de una manada de cerdos con el del alma inmortal de un hombre? ¿Nos vamos a quejar de que costara la vida de aquellos cerdos el salvar aquella alma? ¿No es una estupidez perversa el quejarnos de que murieran los cerdos para sanar a un hombre? Tenemos que mantener un sentido de la proporción. Si la única manera de convencer a ese hombre de la realidad de su cura era el que perecieran aquellos cerdos, parece señal de una necia ceguera el objetar nada.

Tenemos que considerar las reacciones de dos clases de personas.

(i) Tenemos a los gadarenos. Le pidieron a Jesús que se fuera.

(a) Les fastidiaba que les alteraran la rutina de la vida. Todo seguía su marcha en paz hasta que llegó ese revolucionario de Jesús, y le rechazaron. Hay más personas que rechazan a Jesús porque les altera la vida que por ninguna otra razón. Si le dice a uno: « Tienes que abandonar ese hábito, tienes que cambiar tu vida»; si le dice a un empresario: « No puedes ser cristiano y hacer que tus obreros trabajen en esas condiciones»; si le dice al dueño de una casa: « No puedes cobrar dinero por el alquiler de esa pocilga» -es probable que todos le digan: « ¡Vete a la porra, y déjame en paz!»

(b) Apreciaban a sus cerdos más que al alma de un hombre. El dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Y, entre nosotros: eso es lo que nos hace exigir egoístamente nuestra comodidad a costa del sacrificio y de la esclavitud de otros. No hay absolutamente nada en el mundo tan importante como una persona humana.

(c) Tenemos al hombre que fue curado. Era natural que quisiera irse con Jesús, pero Jesús le mandó a su casa. El testimonio cristiano, lo mismo que la caridad, empieza en casa. Nos sería mucho más fácil hablar de Jesús entre los que no nos conocen; pero es nuestro deber, allí donde Cristo nos pone, testificar de Él. Y si resulta que somos los únicos cristianos en la tienda, en la oficina, en la escuela, en la fábrica o en el círculo en el que trabajamos o vivimos, no tenemos por qué quejarnos. Es un desafío en el que Dios nos dice: «Ve a decirles a los que te encuentras todos los días lo que Yo he hecho por ti.»

LA CURACIÓN DE UNA HIJA ÚNICA

Lucas 8:40-42 y 49-56

Cuando volvió Jesús adonde había estado antes, toda la gente le recibió con mucha alegría, porque le habían estado esperando. Entonces llegó un tal Jairo, que era presidente de la sinagoga, y se echó a los pies de Jesús para pedirle que fuera a su casa a curar a su hija única, de unos doce años, que se le estaba muriendo. Cuando se pusieron en camino, todo el gentío iba apretujando a Jesús.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó uno de casa del presidente, y le dijo:

-No molestes más al Maestro, porque ya es demasiado tarde: tu hija ha muerto.

-¡No tengas miedo! -intervino Jesús cuando lo oyó-. Tú ten confianza, que tu hija se pondrá buena.

Al llegar a la casa, Jesús no dejó que entraran con Él nada más que Pedro, Santiago y Juan, con el padre y la madre de la niña. Todos estaban llorando y haciendo duelo por la niña; pero Jesús les dijo:

No os pongáis así, que no está muerta, sino sólo dormida.

Todos se pusieron a reírse de Él, porque sabían muy bien que estaba muerta. Pero Jesús le cogió la mano a la niña, y- le dijo en voz alta:

-¡Niña, levántate!

Y al instante volvió a respirar y se puso en pie. Jesús dijo que le dieran a la niña algo de comer. Los padres estaban atónitos; pero Jesús les encargó que no le dijeran nada a nadie.

La desgracia de la vida de pronto se vuelve alegría. Lucas sintió en lo más íntimo la tragedia de la muerte de esta niña. Había tres cosas que la hacían tan terrible.

(a) Era hija única. Sólo Lucas nos lo dice. Se había apagado la luz de la vida de sus padres.

(b) Tenía unos doce años de edad. Es decir, estaba en el albor de la feminidad, porque en el Este los chicos se desarrollan antes que en el Oeste. Algunas chicas hasta se casaban a esa edad. Lo que debía haber sido la mañana de la vida se había convertido en la noche.

(c) Jairo era el presidente de la sinagoga. Es decir, que era el responsable de la administración de la sinagoga y de mantener el culto público. Había llegado a lo más alto en la estimación de sus semejantes. Sin duda tenía una posición desahogada. Parecía como si la vida, como sucede a veces, le hubiera dado generosamente muchas cosas, pero ahora estuviera a punto de quitarle la más preciosa. Toda la desgracia de la vida estaba en el trasfondo de esta historia.

Ya habían venido las plañideras. A nosotros nos parece algo repulsivamente artificial pero el alquiler de estas mujeres era una señal ineludible respeto a la persona muerta. Estaban seguros de que estaba muerta. Pero Jesús dijo que estaba simplemente dormida. Fuera como fuera, la verdad es que Jesús le devolvió la vida.

Debemos fijarnos en un detalle muy práctico: Jesús dijo que le dieran algo de comer a la niña en seguida. ¿Estaría pensando tanto en la madre como en la hija? La madre, con el dolor de la pérdida y la repentina alegría de la recuperación, debía estar a punto del colapso. En momentos así, el hacer algo práctico con las manos puede salvar la vida. Y es posible que Jesús, con esa amable sabiduría que le permitía conocer la naturaleza humana tan bien, estaba dándole a la madre agotada por la emoción algo que hacer para calmarle los nervios.

Pero con mucho el personaje más interesante de la historia es Jairo.

(i) No cabe duda de que era un hombre que podía tragarse el orgullo. Era presidente de la sinagoga. Para entonces, las puertas de la sinagoga se le estaban cerrando a Jesús a toda prisa, si es que no estaban ya del todo cerradas. Pero en su hora de necesidad, se tragó el orgullo y fue a pedir ayuda.

La historia de Roldán, el paladín de Carlomagno, es una de las más famosas en la literatura universal. Roldán estaba a cargo de la retaguardia del ejército, y los sarracenos le cogieron por sorpresa en Roncesvalles. Los franceses luchaban valerosamente en inferioridad de condiciones. Ahora bien: Roldán tenía un cuerno al que llamaba Olifante, que le había ganado al gigante Jatmund, cuyo toque se podía oír a cincuenta kilómetros, y era tan potente que las aves caían muertas en vuelo cuando su sonido cruzaba los aires. Oliver, su amigo, le pidió que tocara el cuerno para que lo oyera Carlomagno y viniera en su ayuda; pero Roldán era demasiado orgulloso para pedir ayuda. Sus hombres fueron cayendo uno tras otro hasta que se quedó solo. Entonces, con el postrer aliento, tocó el cuerno, y Carlomagno se apresuró en su ayuda; pero fue demasiado tarde, porque Roldán estaba muerto. Fue demasiado orgulloso para pedir ayuda.

Cuando todo va bien pensamos que podemos solos con la vida. Pero para experimentar los milagros de la gracia de Dios tenemos que tragarnos el orgullo, y confesar humildemente nuestra necesidad, y pedir ayuda. «Pedid y recibiréis»; pero no se recibe nada si no se pide.

(ii) No cabe duda de que Jairo era un hombre de fe firme. Sintiera lo que sintiera, no aceptó sin más el veredicto de las plañideras. Esperaba contra toda esperanza. No cabe duda de que, en su corazón, algo le decía: «Nunca se sabe lo que puede hacer Jesús.» Ninguno de nosotros lo sabemos. En el día más negro podemos seguir confiando en los recursos inagotables y en la gracia y en el poder inagotable de Dios.

PERDIDA ENTRE LA MULTITUD

Lucas 8:43-48

Estaba también por allí una mujer que hacía doce años que padecía de flujo de sangre, y que se había gastado en médicos todo el dinero que tenía sin ningún resultado. Jesús estaba rodeado de gente; pero ella se acercó por detrás, y le tocó el borde de la ropa; y al instante se le detuvo el flujo definitivamente.

-¿Quién me ha tocado? preguntó Jesús; pero nadie contestó, y Pedro le dijo a Jesús:

Maestro, toda la gente te está apretujando, ¿y Tú preguntas que quién te ha tocado?

-Yo sé que alguien me ha tocado -contestó Jesús-, porque me he dado cuenta de que ha salido poder de mí.

Cuando la mujer se dio cuenta de que la habían descubierto, vino temblando, y se echó a los pies de Jesús, y confesó delante de toda la gente por qué le había tocado, y que se había curado al instante. Entonces le dijo Jesús:

-Hija, tu fe es lo que te ha curado. ¡Vete, y que Dios te bendiga!

Esta historia quedó grabada en la memoria y en la imaginación de la Iglesia Primitiva. Se creía que la mujer era una gentil de Cesarea de Filipo. Eusebio, el gran historiador de la Iglesia (300 d C.), cuenta que se decía que la mujer había costeado en su ciudad una estatua conmemorativa de su curación. Se decía que aquella estatua había estado allí hasta que Juliano el Apóstata la destruyó, y puso en su lugar una suya que destruyó un rayo que -Dios mandó.

La vergüenza de la mujer se explica porque su enfermedad la hacía inmunda (Lev_15:19-33 ). El flujo de sangre la había separado de la vida. Por eso fue por lo que no vino a Jesús abiertamente, sino ocultándose entre la gente; y por lo que le dio tanta vergüenza darse a conocer cuando Jesús preguntó que quién le había tocado.

Todos los judíos devotos llevaban franjas en la ropa (Num_15:37-41 ; Deu_22:12 ). Las franjas terminaban en. cuatro borlas de hilo blanco atadas con un cordón azul. Servían para recordarles a los judíos cada vez que se vestían que eran hombres de Dios y que tenían que guardar la ley de Dios. Más adelante, cuando llegó a ser peligroso ser judíos, estas borlas se ponían en la ropa interior. Hoy en día todavía existen en el talit o chal que se ponen los judíos por la cabeza y los hombros para la oración. Pero en los días de Jesús los llevaban en la ropa exterior, y probablemente fue uno de esos el que tocó la mujer.

Otra vez se le nota a Lucas que es médico. Marcos dice que la mujer se lo había gastado todo en médicos, y no estaba mejor, sino peor (Mar_5:26 ). ¡Lucas omite ese final, porque no le gustaba esa. crítica de su profesión!

Es interesante en el relato que, desde el momento en que la mujer se encuentra cara a cara con Jesús, parece que ya no hay nadie más en la escena. Todo había sucedido en medio de un gentío impresionante; pero Jesús se olvida de la gente y habla con la mujer como si estuvieran los dos solos. Era una pobre paciente sin importancia, con una dolencia que la hacía inmunda, pero Jesús se le entregó por entero.

Estamos acostumbrados a ponerle etiquetas a la gente, y tratarlos según su relativa importancia. Para Jesús, las personas no tenían esas etiquetas que hace la sociedad; un hombre o una mujer eran simplemente personas en necesidad. El amor no piensa nunca en la gente en términos de importancia humana.

Cierta visita de importancia vino una vez a ver a Thomas Carlyle. El autor escocés estaba trabajando; y no se le podía distraer; pero Jane, su mujer, consintió en llevar a la visita a la puerta, y abrirle una rendijita para que, por- lo menos, pudiera ver al sabio. Así lo hizo; y mientras miraban a Carlyle, que estaba inmerso en su trabajo y ajeno a todo lo demás, escribiendo uno de los libros que le hicieron famoso, dijo su mujer en voz muy baja en escocés:

-Ese es Thomas Carlyle, de quien habla todo el mundo, y es mi hombre.

Jane no pensaba en términos de etiquetas del mundo, sino en los términos del amor.

Una viajera nos cuenta que iba por Georgia en los días que precedieron a la II Guerra Mundial, y la llevaron a ver a una humilde mujeruca que vivía en una cabañita. La anciana campesina le preguntó si iba a Moscú; y cuando la viajera le dijo que sí, le pidió:

-Entonces, ¿le importaría llevarle un paquetito de pastillas de café con leche caseras a mi hijo? No puede conseguir nada parecido en Moscú.

Su hijo era José Stalin. No solemos pensar en el que fue dictador de la URSS como un hombre al que le gustaban las pastillas de café con leche, ¡pero su madre sí! Para ella no contaban las etiquetas.

Casi todo el mundo habría considerado que no tenía ninguna importancia la mujer que se coló por entre la marabunta para tocar la franja de la ropa de Jesús; pero, para Él, era una persona necesitada, y por tanto, como si dijéramos, se retiró del gentío y se entregó totalmente a ella. « Dios nos ama a cada uno como si no hubiera más que uno a quien amar»

Lucas 8:1-56

8.2, 3 Jesús dignificó a las mujeres de la degradación y servidumbre, al compañerismo y servicio. En la cultura judía se suponía que los rabinos no enseñaran a las mujeres. Al permitir que estas mujeres viajaran con El, Jesús demostraba que todas las personas son iguales ante Dios. Estas mujeres apoyaban el ministerio de Jesús con su dinero. Tenían una gran deuda con El porque había echado demonios de algunas y sanado a otras.

8.2, 3 Aquí tenemos un vistazo de varias personas que estaban detrás del escenario en el ministerio de Jesús. A menudo, el ministerio de los que están en primer plano lo sustentan quienes realizan un trabajo menos visible, pero igualmente esencial. Brinde sus recursos a Dios, sin importar si está o no en el centro de la escena.

8.4 A menudo, Jesús comunicó verdades espirituales a través de parábolas, historias cortas o descripciones que parten de una situación familiar y le dan una aplicación espiritual. Al unir lo conocido con lo desconocido y forzar a los oidores a pensar, las parábolas pueden señalar verdades espirituales. Una parábola lleva a los oyentes a descubrir solo la verdad y la encubre de quienes tienen prejuicios para verla. En la lectura de las parábolas de Jesús debemos tener cuidado de no extraer demasiadas cosas de ellas. En su mayoría, tienen un solo tema y significado.

8.5 ¿Por qué permitiría un sembrador que la semilla cayera en el camino, entre espinos o entre rocas? Esta no es la figura de un agricultor irresponsable que esparce la semilla indiscriminadamente. El agricultor usa el método en el que se emplea la mano (voleo) para sembrar en un gran terreno, tirando puñados a medida que recorre el campo. Su meta es lograr que el mayor porcentaje de semillas eche raíz en el buen terreno, pero hay pérdida inevitable cuando algo cae en lugares menos productivos. El hecho de que parte de la semilla no produzca no es culpa del fiel agricultor ni de la semilla, los resultados dependen de la condición del terreno en el que la semilla cae. Nuestra responsabilidad es esparcir la semilla (mensaje de Dios) y no debemos desalentarnos cuando algunos de nuestros esfuerzos fallan. Recuerde, no toda semilla cae en buen terreno.

8.10 ¿Por qué las personas no entendieron las palabras de Jesús? Tal vez porque esperaban un líder militar y sus palabras no encajaban en sus ideas preconcebidas. A lo mejor temían la presión de los líderes religiosos, de manera que no se atrevían a ahondar en las palabras de Jesús. Dios dijo a Isaías que la gente oiría sus palabras y vería milagros portentosos y aun así no comprenderían sus palabras (Isa_6:9). Lo mismo le sucedió a Jesús. La parábola del sembrador es una figura apropiada de la reacción de la gente al resto de sus enseñanzas.

8.11-15 Los del «camino», como muchos líderes religiosos, se negaron a creer en el mensaje de Dios. Los de sobre la «piedra», como las multitudes que seguían a Jesús, confiaban en Dios pero no hacían nada para probarlo. Los que están «entre espinos», como la gente dominada por el materialismo, no le dan cabida a Dios. Los de «buena tierra», en contraste a los otros grupos, le sigue sin tener en cuenta el costo. ¿Qué tipo de terreno es usted?

8.16-17 Cuando la luz de la verdad acerca de Jesús nos ilumina, tenemos la responsabilidad de brillar con la luz que ayuda a otros. Nuestro testimonio debe ser público, no encubierto. No debemos guardarnos los beneficios, debemos compartirlos con otros. A fin de ayudar, debemos estar bien ubicados. Busque oportunidades para estar en el lugar donde los inconversos necesitan ayuda.

8.18 Poner por obra la Palabra de Dios nos ayuda a crecer. Este es un principio físico, mental y espiritual de la vida. Por ejemplo, cuando un músculo se ejercita, crece fuerte; pero uno que no se ejercita crece débil y flácido. Si usted no crece, será débil. Es imposible permanecer así por mucho tiempo. ¿Qué hace con lo que Dios le ha dado?

8.21 Los verdaderos familiares de Jesús son los que escuchan y obedecen sus palabras. Escuchar sin obedecer no es suficiente. Como Jesús amó a su madre (véase Joh_19:25-27), así El nos ama. El nos ofrece una íntima relación familiar con El.

8.23 El mar de Galilea (hoy en día un gran lago) es aún el escenario de tormentas considerables, algunas veces con olas que alcanzan una altura de seis metros. Los discípulos de Jesús no lucharon sin causa. A pesar de que varios eran expertos pescadores y sabían cómo controlar una embarcación, el peligro era real.

8.25 Cuando estamos en medio de la tormenta de la vida, es fácil pensar que Dios ha perdido el control y que estamos a merced de los vientos del destino. En realidad, Dios es soberano. Controla la historia del mundo y nuestro destino personal. Así como Jesús calmó las olas, puede también calmar cualquier tormenta que enfrentemos.

8.26 La tierra de los gadarenos estaba en territorio gentil al sudeste del mar de Galilea, en la región de Decápolis o de las diez ciudades. Esas eran ciudades griegas que no pertenecieron a ningún país y se autogobernaban. Aunque los judíos no poseían cerdos, ya que la religión judía los consideraba inmundos, los gentiles sí.

8.27, 28 Esos demonios reconocieron a Jesús y su autoridad inmediatamente. Sabían quién era y lo que su gran poder podía hacerles. Los demonios, mensajeros de Satanás, son poderosos y destructores. Hoy en día siguen activos, atentan y destruyen la comunión y relación del hombre con Dios. Los demonios y la posesión demoníaca son reales. Es vital que los creyentes reconozcan la potestad de Satanás y sus demonios, pero no debemos permitir que la curiosidad nos conduzca a mezclarnos con fuerzas demoníacas (Deu_18:10-12). Los demonios no tienen poder sobre quienes confían en Dios. Si resistimos al demonio, huirá de nosotros (Jam_4:7).

8.29-31 Los demonios le suplicaron que no los enviara al abismo, que en Rev_9:1 y 20.1-3 también lo mencionan como el lugar de confinamiento para Satanás y sus mensajeros. Ellos, por supuesto, sabían del lugar y no deseaban que los enviaran allá.

8.30 El nombre del demonio era Legión. Una legión era una división principal del ejército romano, tenía entre tres mil y seis mil soldados. El hombre estaba poseído por muchos demonios.

8.33 ¿Por qué Jesús no destruyó estos demonios ni los envió al abismo? Porque el tiempo para ello no había llegado. Jesús libera a muchas personas de la obra destructiva de la posesión demoníaca, pero aún no ha destruido a los demonios. La misma pregunta puede plantearse hoy: ¿Por qué Jesús no destruye ni detiene el pecado del mundo? El tiempo para esto aún no ha llegado. Pero llegará. El libro de Apocalipsis anuncia la victoria futura de Jesús sobre Satanás, sus demonios y toda maldad.

8.33-37 Los demonios ahogaron a los cerdos y causaron un daño económico a sus dueños. Pero, ¿pueden los cerdos y el dinero compararse con la vida humana? Un hombre se liberó del poder demoníaco, sin embargo los pobladores pensaron solamente en el dinero. La gente siempre tiende a valorar más las ganancias que a las mismas personas. A través de la historia han surgido muchas guerras para proteger los intereses económicos. Mucha injusticia y opresión, interna y externa, se debe a que algunos individuos o compañías buscan enriquecerse. Se sacrifican de continuo a las personas a causa del dinero. No dé mayor importancia a los «cerdos» que a las personas. Piense en cómo sus decisiones afectarán a otros seres humanos y esté dispuesto a adoptar un estilo de vida más simple si es que eso evita el sufrimiento en otros.

8.38, 39 Jesús a menudo pidió a los que sanó que no divulgaran su sanidad, en cambio le urgió a este hombre que volviera al seno de la familia y dijera lo que Dios hizo con él. ¿Por qué? (1) Sabía que el hombre sería un testigo eficaz entre quienes le conocían en su estado anterior y que podrían atestiguar su sanidad milagrosa. (2) Quiso expandir su ministerio, al presentar su mensaje en este territorio gentil. (3) Sabía que los gentiles, que no esperaban un Mesías, no desviarían su ministerio tratando de coronarlo rey. Cuando Dios toque su vida, no tema testificar de sus maravillas.

8.41 La sinagoga era el centro local de adoración. El principal de la sinagoga era responsable de la administración, el mantenimiento del edificio y la supervisión de la adoración. Debió haber sido poco usual que un respetable líder de una sinagoga cayera a los pies de un predicador itinerante y suplicara la sanidad de su hija. Jesús honró la confianza y humildad de este hombre (8.50, 54-56).

8.43-48 Mucha gente rodeaba a Jesús cuando iba camino a la casa de Jairo. Virtualmente era imposible lograr pasar entre la gente, pero una mujer desesperada halló la forma de hacerlo a fin de tocar a Jesús. En cuanto lo hizo, sanó. ¡Qué diferencia entre la multitud que rodeaba a Jesús y los pocos que se acercaron para tocarle! Muchas personas poseen una débil familiaridad con El y no hay ningún tipo de cambio ni mejora en sus vidas debido a este conocimiento superficial. Solo el toque de la fe es lo que libera el poder sanador de Dios. ¿Se relaciona apenas con Dios o se acerca a El en fe sabiendo que al tocarlo su alma recibirá sanidad?

8.45 No era que Jesús desconociera quién lo tocó, sino que quiso que la mujer se diera a conocer y se identificara. Quiso enseñarle que su manto no contenía alguna propiedad mágica, sino que su fe la sanó. También quiso dar una lección a la multitud. De acuerdo a la Ley judía, un hombre que tocaba a una mujer que menstruaba se contaminaba (Lev_15:19-28). Siempre era así ya sea que el flujo fuera normal o, como en el caso de esta mujer, se debiera a una enfermedad. Para protegerse de esta contaminación, los hombres judíos evitaban tocarlas, hablarles y aun mirarlas. Por contraste, Jesús proclamó a cientos de personas que esta mujer «inmunda» lo tocó y luego la sanó. En la mente de Jesús, las mujeres no eran fuentes potenciales de contaminación. Eran seres humanos que merecían respeto y reconocimiento.

8.56 ¿Por qué Jesús pidió a los padres que no hablaran de la sanidad de su hija? Sabía que los hechos hablarían por sí solos. Además, estaba consciente de su ministerio. No quería que le conocieran como uno que hacía milagros, quería que la gente escuchara su mensaje que aún hoy posee la virtud de sanar las vidas espirituales quebrantadas.

JESUS Y LAS MUJERES

Jesús habla con una samaritana en el pozo: Joh_4:1-26

Jesús resucita al hijo de una viuda: Luk_7:11-17

Una pecadora unge los pies de Jesús: Luk_7:36-50

La adúltera: Joh_8:1-11

El grupo de mujeres viaja con Jesús: Luk_8:1-3

Jesús visita a María y Marta: Luk_10:38-42

Jesús sana a una mujer encorvada: Luk_13:10-17

Jesús sana a la hija de una gentil: Mar_7:24-30

Las mujeres lloran al seguir a Jesús en su camino a la cruz: Luk_23:27-31

La madre de Jesús y otras mujeres se reúnen al pie de la cruz: Joh_19:25-27

Jesús aparece a María Magdalena: Mar_16:9-11

Jesús aparece a otras mujeres después de su resurrección: Mat_28:8-10

Como gentil que plasma las palabras, obras y vida de Jesús, Lucas demuestra una sensibilidad especial hacia los «extranjeros» con los que Jesús se relacionó. Por ejemplo, Lucas incluye cinco sucesos donde participan mujeres que otros Evangelios no mencionan. La cultura judía en el primer siglo, por lo general trataba a las mujeres como ciudadanas de segunda clase y tenían solo algunos de los derechos que los hombres poseían. Pero Jesús cruzó esas barreras y Lucas mostró la sensibilidad que tenía para con las mujeres. Trató a todas las personas por igual. Varios pasajes anteriores nos dicen de sus encuentros con mujeres.

Lucas 8:1-3

Notemos en estos versículos la actividad incansable de nuestro Señor Jesucristo en hacer bien. Se nos dice que caminaba por todas las ciudades y aldeas predicando, y anunciando el evangelio del reino de Dios.»Sabemos el recibimiento que hallaba en muchos lugares. Sabemos que mientras algunos creían, muchos no creían. Pero la incredulidad de los hombres no hacia desistir de su obra a nuestro Señor. Estaba siempre «atendiendo a los negocios de Su Padre.» Corta como fue su misión terrenal en punto u duración, fue larga si consideramos lo que se llevó a cabo.

Que la actividad de Cristo sea un ejemplo para todos los cristianos. Sigamos las huellas de ese divino Maestro aunque estemos lejos de llegar a su perfección. Como él, trabajemos con ahínco en hacer bien en nuestros días y en nuestro siglo, y dejar el mundo mejor que lo encontramos. No es sin objeto que dice la Escritura expresamente: « El que dice que está en él, debe andar como él anduvo.» 1Jo_2:6.

El tiempo es sin duda corto; pero si lo arreglamos con economía y somos sistemáticos en nuestros hábitos, podemos hacer mucho. Pocos tienen idea de cuanto puede hacerse en doce horas, si uno se consagra a sus negocios, y evita la negligencia y la frivolidad. Seamos pues activos como nuestro Señor, y «aprovechemos el tiempo.

La vida es indudablemente corta. Pero es la única época en que cristianos pueden hacer alguna obra de misericordia. En el otro mundo no habrá ningún ignorante a quien instruir, ningunos afligidos que consolar, ningún error espiritual que aclarar, ninguna miseria que remediar, ningún pesar que mitigar.

Cualquiera obra que hagamos de este género tenemos que hacerla de este lado de la sepultura. Apercibámonos de nuestra responsabilidad individual. Las almas están pereciendo, y el tiempo está pasando rápidamente. Resolvamos con la gracia de Dios hacer algo por la gloria de Dios antes de que muramos.

Recordemos otra vez el ejemplo de nuestro Señor, y como él, seamos activos y «aprovechemos el tiempo..

En segundo lugar notemos en estos versículos el poder de la gracia de Dios, y el influjo impulsivo del amor de Cristo. Leemos que entre las personas que seguían a nuestro Señor en sus viajes, iban «algunas mujeres, que habían sido curadas por él de malos espíritus y enfermedades..

Podemos fácilmente concebir que las dificultades que estas santas mujeres hubieron de arrostrar para hacerse discípulas de Cristo no fueran pocas ni pequeñas. Tenían que sufrir el desprecio y el escarnio que los Escribas y Fariseos vertían sobre todos los que seguían a Jesús. Tenían además muchas pruebas por que pasar a causa de las duras palabras y del mal trato que cualquiera Judía que pensaba por sí misma en materias religiosas tendría probablemente que sufrir. Pero ninguna de estas cosas las arredraban.

Agradecidas como estaban a nuestro Señor por las mercedes recibidas de sus manos, querían sufrir mucho por amor suyo. Fortalecidas interiormente por el poder renovador del Espíritu Santo, se hallaban en aptitud de seguir a Jesús y no flaquear. ¡Y Le permanecieron noblemente fieles hasta el fin! No fue una mujer quien vendió a nuestro Señor por treinta monedas de plata. No fueron mujeres quienes abandonaron al Señor en el jardín y huyeron. No fue una mujer quien le negó tres veces en la casa del sumo sacerdote, fueron mujeres quienes lloraron y lamentaron cuando Jesús era llevado para ser crucificado. Mujeres fueron, quienes se mantuvieron firmes hasta lo ultimo junto a la cruz. Fueron mujeres las que primero visitaron el sepulcro «en que yacía el Señor.» ¡Grande es en verdad el poder de la gracia de Dios! Que el recuerdo de la noble conducta de estas mujeres anime a todas las hijas de Eva a cargar la cruz y seguir a Cristo. Que el conocimiento de su propia debilidad, o el temor de caer no les impida hacer una decidida profesión de fe. Acaso la madre de una larga familia y de escasos recursos nos diga que no tiene tiempo desocupado para la religión. Acaso la mujer de un hombre irreligioso nos diga que no se atreve á. comenzar a ocuparse de religión. Tal vez la joven cuyos padres son indevotos nos diga que lo es imposible tener religión alguna. Y quizás la criada que vive en medio de compañeras no convertidas, pueda decirnos, que en mi posición una persona no puede seguir la religión. Pero este es un gravísimo error. Con Cristo nada es imposible. Que vuelvan a pensarlo, y cambien de parecer. Que empiecen con fe en Cristo, y confíen a él el resultado. El Señor no cambia jamás. El que dio gracia y valor a «algunas mujeres « para que le sirvieran mientras estuvo en la tierra, puede facilitar los medios necesarios para que en estos tiempos las mujeres le sirvan, le glorifiquen, y sean Sus discípulas.

Notemos, finalmente, en estos versículos, el privilegio peculiar que nuestro Señor concede a los que fielmente lo siguen. Se nos dice que las mujeres que lo acompañaban en sus jornadas, «le servían de sus haberes.» Sin duda él no necesitaba de su auxilio. Son suyos todos los animales silvestres, y los ganados que pacen en mulares de montes. Psa_50:10. Aquel poderoso Salvador que pudo multiplicar unos pocos panes y pescados para alimentar a millares de personas, pudo hacer brotar de la tierra alimento para su sustento, si así lo hubiera juzgado conveniente. Más no lo hizo así, por dos razones: primero, porque quiso mostrarnos que era hombre como nosotros mismos en todo, excepto solamente en el pecado, y que vivía con fe en la providencia de su Padre; segundo, porque permitiendo a sus secuaces que le asistieran, podía poner a prueba por sí mismo el amor y respeto con que lo miraban. El que tiene verdadero amor considera un placer dar algo al objeto amado. El que no lo tiene acostumbra hablar, prometer mucho, pero no hace absolutamente nada.

Esto de «servir a Cristo de sus haberes « presenta a la mente una importante serie de reflexiones que haremos bien en considerar. Nuestro Señor Jesucristo cuida continuamente de Su iglesia en nuestros días. Le seria fácil, sin duda, convertir a los chinos o indostaníes en un momento, y crear la gracia con una sola palabra, ¡creó la luz el primer día de la creación! Más El no obra así. Quiere obrar usando como medios a los misioneros y su predicación, para difundir Su Evangelio.

Y haciéndolo así, está poniendo a prueba continuamente la fe y el celo de la iglesia. Permite a los cristianos que sean Sus coladores, para poder probar quien tiene voluntad de «servir,» y quien no la tiene. Permite que la propagación del Evangelio se fomente por medio de suscriciones, contribuciones, y sociedades religiosas, para poder experimentar quienes son los avaros e infieles y quienes los verdaderamente «ricos para con Dios.» En resumen, la iglesia visible de Cristo puede dividirse en dos grandes partes, los que «sirven» a Cristo, y los que no le sirven. ¡Pluguiese a Dios que todos nos acordásemos de esta gran verdad y diésemos pruebas de nuestro amor! Mientras vivimos estamos en tela de juicio. Nuestras vidas están manifestando constantemente de quienes somos y a quien servimos; si amamos a Cristo, o amamos el mundo. ¡Felices los que saben qué es «servir a Cristo con sus haberes»! Todavía podemos hacer esto, aunque nuestros ojos no contemplen su rostro. Aquellas palabras que describen lo que tendrá lugar el día del juicio son muy solemnes: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber.» Mat_25:42.

Lucas 8:4-15

La parábola del sembrador, contenida en estos versículos, se cita con más frecuencia que ninguna otra de la Biblia. Es una parábola de aplicación universal.

Lo que refiere está pasando constantemente en cada congregación en que se predica el Evangelio. Las cuatro clases de personas que describe se encuentran en toda reunión que oye la divina palabra. Estas circunstancias deben hacer que leamos siempre la parábola con un reconocimiento profundo de su importancia. Al leerla debemos decirnos: «Esto me concierne; mi corazón está en esta parábola; yo, también, estoy incluido en ella..

El pasaje por sí mismo requiere poca explicación. En realidad la significación de toda la parábola ha sido tan completamente expresada por nuestro Señor Jesucristo que ninguna explicación ajena puede hacerla mucho más clara. Es una parábola que tiene por objeto recomendar la cautela, y eso en el más importante asunto: en el modo de oír la palabra de Dios. Previno a los apóstoles para que no esperasen demasiado de los oyentes; así mismo advierte a los ministros del Evangelio que no esperen que sus sermones produzcan mayores resultados de los que deben producir; y por último, va dirigida también a los oyentes para que cuiden de como oyen la palabra. La predicación es un medio de instrucción cuyo valor para la iglesia cristiana no puede jamás exagerarse.

Pero nunca debe tampoco olvidarse, si los ministros del culto en su calidad de tales deben predicar bien, que los oyentes tienen que poner mucho de su parte para que la predicación no sea sin fruto. La primera admonición que se nos hace en la parábola es la de guardarnos del demonio cuando oigamos la palabra.

Nuestro Señor nos dice que los corazones de algunos oyentes están como «junto al camino.» La simiente del Evangelio es arrebatada por el demonio casi tan pronto como cae en ellos. No penetra profundamente en su conciencia: no hace la más mínima impresión en su mente. El demonio, sin duda, está en todas partes. Este espíritu maligno es incansable en sus esfuerzos por hacernos daño. Está siempre acechándonos, y buscando ocasión de perder nuestras almas, en ninguna parte es quizás esté tan activo el demonio como en la congregación de los oyentes del Evangelio. En ninguna parte trabaja con tanto ahínco por detener el progreso de lo que es bueno, e impedir que se salven hombres y mujeres. De él provienen las ideas vagarosas y los pensamientos ociosos–él es muchas veces la causa de la indiferencia y la estupidez; él nos envía el cansancio, el aburrimiento, la falta de atención, y la agitación de nervios. La gente extraña de donde proviene todo esto, y se maravillan cómo es que hallan los sermones tan pesados, y los olvidan tan pronto Es que no tienen presente la parábola del sembrador, y lo que ella nos dice respecto del diablo.

Guardémonos de ser como las semillas que cayeron junto al camino. Guardémonos del demonio. Siempre se halla presente en la iglesia. Nunca está ausente del culto público. Acordémonos de esto, y estemos alerta. El calor o el frió, el viento o la niebla, la lluvia o la nieve, atemorizan frecuentemente a los que van a la iglesia, les sirven de excusa para no ir. Pero hay un enemigo a quien deben temer más que a todas estas cosas juntas. Ese enemigo es Satanás.

La segunda admonición que se nos hace en la parábola del sembrador es la de cuidar que la impresión que recibamos al oír la, palabra no sea meramente efímera. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes son semejantes al terreno pedregoso. La simiente de la palabra brota inmediatamente, tan pronto como la oyen, y produce una cosecha de gozo, y de emociones agradables. Pero este gozo y estas emociones no pasan de la superficie. Nada profundo y estable se verifica en sus almas, y por esto, tan pronto como el ardor quemante de la persecución o de la tentación empieza a dejarse sentir, la pequeña semilla de religión, que parecía habían obtenido, se seca y desaparece.

Las emociones, los afectos, tienen, sin duda, gran parte en nuestra religión como individuos. Sin ellos no puede haber religión que salve. La esperanza, el gozo, la paz, la confianza, la resignación, el amor y el temor, son sensaciones que debemos sentir, si existen en realidad. Pero nunca debe olvidarse que hay emociones religiosas que son falsas, y que no proceden de otra cosa que del acaloramiento. Es muy posible sentir gran placer o profunda alarma al oír la predicación del Evangelio, y no obstante estar enteramente destituidos de la gracia de Dios. Las lágrimas do algunos oyentes y la delicia extravagante de otros, no son signos seguros de conversión. Podemos ser admiradores entusiastas do algún predicador favorito, y sin embargo, asemejarnos al terreno pedregoso. Nada debe contentarnos sino aquella humildad, aquella contrición de corazón, que es obra del Espirito Santo, y una unión con Cristo, que nazca del corazón.

La tercera admonición contenida en la parábola del sembrador, es la de guardarnos de los cuidados de este mundo. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes de la palabra son como un terreno lleno de espinas. Cuando la simiente de la palabra se siembra en ellos, es ahogada por el gran número de cosas de nuestra naturaleza, que atraen sus afectos. No hacen ninguna objeción a las doctrinas y preceptos del Evangelio. Hasta tienen deseos de creer y obedecer. Pero dejan que las cosas de la tierra ganen tal posesión de su mente, que no queda espacio en que pueda obrar la palabra de Dios. De aquí resulta que aunque oyen muchos sermones, al parecer no se mejoran. En su corazón la verdad es sofocada cada semana, y, por lo tanto, no dan frutos sazonados.

El mundo es uno de los peligros más grandes que rodean el camino del cristiano. El dinero, los placeres, los negocios diarios, son a menudo otras tantas tentaciones. Millares de cosas, que en si mismas son inocentes, llevadas al exceso se convierten en veneno alma y apresuran la caída del hombre. El pecado cometido con descaro no es lo único que arruina el alma. En medio de nuestras familias, y en el desempeño de nuestras ocupaciones lícitas, demos que estar alerta. Si no velamos y oramos, el mundo puede privarnos cielo, y hacernos olvidar todos los sermones que oigamos. Tal vez vivamos y muramos sin que nuestro corazón pase de ser terreno espinoso.

La última admonición que se nos hace en la parábola del sembrador, es que nos guardemos de estar contentos con religión alguna que no produce fruto en nuestra vida. Nuestro Señor nos dice que los corazones de los que oyen bien la palabra, son como la buena tierra. La simiente del Evangelio penetra profundamente en ellos y produce resultados prácticos de fe, y de buena conducta. Tales personas obran con decisión: se arrepienten, creen, y obedecen. ¡No olvidemos por un solo momento que esta es la única religión que salva las almas! Más la mera profesión del Cristianismo, y un cumplimiento puramente externo con los sacramentos y demás ritos de la iglesia, nunca dan al hombre completa esperanza durante la vida, o paz en la hora de la muerte, o descanso en el mundo que queda más allá del sepulcro. Si en nuestro corazón y en nuestra conducta no manifestamos los frutos del Espíritu, el Evangelio nos ha sido predicado en vano. Tan solo aquellos que producen esos frutos se hallarán a la mano derecha de Cristo el día de su venida.

No terminemos esta parábola sin apercibirnos plenamente del peligro y de la responsabilidad a que están sujetos todos los oyentes del Evangelio. Podemos oír de cuatro maneras, y de estas cuatro solamente una es buena. Hay tres clases de oyentes cuyas almas están en peligro inminente. ¡Cuantos de estas tres clases se encuentran en cada congregación! Hay una sola clase de oyentes que son buenos a los ojos de Dios. ¿Pertenecemos a esa clase? Finalmente, concluyamos estas ideas sobre la parábola con el recuerdo solemne del deber que todo fiel predicador tiene de clasificar su congregación, y de dirigirse a cada clase según sus necesidades. El clérigo que sube al pulpito todos los domingos y habla a su congregación como si todos hubieran de irse al cielo, no está ciertamente cumpliendo con su deber para con Dios ni para con el hombre. Su predicación está en contradicción abierta con la parábola del sembrador.

Lucas 8:16-21

Estos versículos no son otra cosa que una aplicación práctica de la celebre parábola del sembrador. Su objeto es grabar bien en nuestra mente la lección importante que contiene esa parábola Merecen, por lo tanto, la atención especial de todos los oyentes sinceros del Evangelio de Cristo.

Aprendemos primeramente en estos versículos que debemos hacer uso activo de los conocimientos que poseamos en cosas espirituales. Nuestro Señor nos dice que esos son semejantes a una lámpara encendida, que es totalmente inútil, cuando está cubierta con una vasija, o puesta debajo de la cama, y que solo es útil cuando se la pone sobre el candelero, y se la coloca donde puede servir al hombre.

Cuando leamos estas palabras pensemos primero en nuestra propia conducta. El Evangelio que poseemos no nos ha sido dado solamente para que lo admiremos, para que hablemos acerca de él, y profesemos creerlo, sino también para que lo practiquemos. El Cristianismo es un «talento» confiado a nuestro cuidado, y que acarrea gran responsabilidad. Nosotros no estamos en tinieblas como los paganos. Una luz gloriosa ha sido colocada a nuestra vista.

Cuidemos de no cerrar los ojos ante sus rayos. Marchemos mientras tenemos la luz. Joh_12:35.

Pero no pensemos solamente en nosotros. Pensemos también en los demás. Existen en el mundo millones que carecen absolutamente de luz espiritual. Viven sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza. Efes. 2:12. No podemos hacer nada por ellos Hay millares a nuestro derredor, en nuestro propio país, que no se han convertido, que están muertos en el pecado, sin ver ni saber nada de bueno. ¿No podemos hacer nada por ellos? Preguntas son estas a las que todo verdadero cristiano debe dar respuesta satisfactoria. Debemos esforzarnos en extender nuestra religión por todas partes. No hay peor egoísmo que el del hombre que se contenta con ir solo al cielo. La caridad mejor entendida consisto en hacer lo posible por que otros participen de los rayos todos de la luz religiosa que poseamos, y en mantener nuestra lámpara de tal modo que alumbre a todos los que están a nuestro derredor. ¡Feliz aquel que, tan luego como reciba luz del cielo, empieza a pensar en otros, tanto como en sí mismo! Dios no enciende ninguna lámpara para que arda solitaria.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, lo importante que es oír bien. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo deben de grabar profundamente esta lección en nuestros corazones. El dijo: «Mirad pues como oís..

El provecho que los hombres reciben de todos los medios de gracia depende enteramente del modo como estos son empleados. La oración privada se halla en el cimiento mismo de la religión; pero la mera repetición rutinaria de un número determinado de palabras, cuando «el corazón está muy distante,» no hace bien a ninguna alma. La lectura de la Biblia es esencial para obtener un correcto conocimiento del Cristianismo; sin embargo, el mero hábito de leer tantos capítulos como una tarea obligatoria, sin el deseo humilde de ser instruidos por Dios, no es otra cosa que pérdida de tiempo. Y lo que sucede respecto de la oración y de la lectura de la Biblia, puede aplicarse al acto de oír. No basta que vayamos a la iglesia y oigamos sermones. Podemos hacerlo por espacio de cincuenta años y no ser mejores sino más bien peores que antes: «Mirad, como oís,» dijo nuestro Señor.

¿Desea alguno saber cómo debe oírse? Tenga presente tres reglas sencillas. En primer lugar debe oírse con fe, creyendo implícitamente que cada palabra de Dios es verdadera, y que «no pasará.» La palabra aprovechó de poco a los judíos, «por no estar mezclada con fe en aquellos que la oyeron.» Heb_4:2.

También debemos oír con reverencia, teniendo presente constantemente que Biblia es el libro de Dios. Esto fue lo que hicieron los Tesalonicenses; recibieron el mensaje de Pablo, «no como palabra de hombres, sino como la palabra de Dios.» 1Th_2:13. Sobre todo, debemos oír con devoción, orando humildemente por la bendición de Dios antes y después de que se predique el sermón. La falta de la mayor parte de los oyentes consiste en que no piden bendición alguna, y por lo tanto no obtienen ninguna. El sermón pasa por su mente a la manera que el agua pasa por un cedazo, sin dejar nada adentro.

Traigamos a la memoria estas reglas todos los Domingos por la mañana, antes de que vayamos a oír predicar la palabra de Dios. No corramos a la presencia de Dios, descuidada y atolondradamente, como si no nos importara lo que hiciéramos. Entremos en la iglesia con fe, reverencia y devoción. Solo así podremos oír con provecho, y volver a nuestro hogar con agradecimiento.

Aprendemos, finalmente, en estos versículos, cuáles son las prerrogativas de los oyen la palabra de Dios, y la cumplen. Nuestro Señor Jesucristo dice que considera a estos como si fueran su madre y sus hermanos.

El que oye la palabra de Dios, y la cumple es el verdadero cristiano. Ese oye el llamamiento de Dios al arrepentimiento y a la conversión y lo obedece; cesa de obrar mal, y aprende a obrar bien se despoja del hombre viejo, y se reviste del hombre nuevo; oye la exhortación de Dios para creer en Jesucristo a fin de obtener justificación, y lo obedece, abandona su propia rectitud, y confiesa tener necesidad de un Salvador; recibe a Cristo crucificado como su única esperanza, y da por perdidas todas las cosas por conocerlo a él; oye que se le manda ser bueno, y obedece; se esfuerza en vivir, no según la carne, más según el espíritu; y empelase, en fin, en echar a un lado todo peso, y el pecado que tan estrechamente lo persigue. He aquí en lo que consiste el verdadero Cristianismo. Todos los hombres que obran así son verdaderos cristianos.

Pero los sufrimientos de todos los que «oyen la palabra de Dios y la cumplen « no son pocos ni pequeños. El mundo, la carne y el demonio los hacen padecer constantemente; y ellos gimen con frecuencia, estando sobrecargados. 2 Cor. 5.4. Muchas veces la cruz les parece pesada y el camino del cielo escabroso y estrecho; y se sienten dispuestos a exclamar como S. Pablo cuando dijo: « ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Rom_7:24. Los que así piensen y los que así exclamen deben hallar consuelo en las palabras de nuestro Señor Jesucristo que hemos estado considerando. Que recuerden que el mismo Hijo de Dios los mira como a parientes cercanos. Que no hagan caso de la burla, del escarnio y de la persecución de este mundo. La mujer de quien Cristo dice: « Esa es mi madre,» y el hombre de quien dice: « Ese es mi hermano « no tienen nada que temer.

Lucas 8:22-25

El acontecimiento descrito en estos versículos ha sido referido tres veces en los Evangelios. Mateo, Marcos y Lucas fueron inspirados para narrarlo. Esta circunstancia debe indicarnos su importancia, y debe hacernos fijar más la atención en las lecciones que contiene.

Aprendemos, primeramente, en estos versículos, que nuestro Señor Jesucristo era tan realmente hombre como Dios. Refiéresenos que navegando en el lago de Genesaret en una barca con sus discípulos, «se durmió.» El sueño, como es bien sabido, es uno de los fenómenos de nuestra constitución física corno seres humanos. Los ángeles y los espíritus no necesitan alimento ni descanso. Pero los seres humanos, para conservar la existencia, tienen que comer, beber, y dormir. Si Jesús se cansaba y necesitaba de reposo, debió haber unido dos naturalezas en una sola persona–una humana lo mismo que una divina.

Esta verdad es una fuente de consuelo y animación para todos los verdaderos cristianos. El Mediador, en quien se nos manda confiar, participó de la naturaleza humana. El Sumo Sacerdote, que mora a la diestra del Padre, tuvo experiencia propia de todos los sufrimientos corporales, excepto los que causa el pecado. El tuvo hambre y sed, y padeció dolores; El sufrió cansancio, y buscó descanso en el sueño. Abramos con franqueza nuestros corazones en su presencia, y contémosle aun nuestros más pequeños pesares, sin reserva. Aquel que hizo expiación por nosotros en la cruz es quien «puede compadecerse de nuestras flaquezas.» Heb_4:15. Aburrirse de trabajar por Dios es pecaminoso, pero sentir cansancio y decaimiento no es pecado. Jesús mismo estuvo cansado, y reposó.

Vemos, en segundo lugar, en estos versículos, qué de temores y ansiedades turban a veces el corazón de los verdaderos discípulos de Cristo. Se nos dice que cuando descargó una tempestad de viento sobre el lago, y la barca en que nuestro Señor iba se estaba llenando de agua, y se hallaba en peligro, Sus compañeros se alarmaron mucho, y se acercaron a él y lo despertaron diciendo: «Maestro, maestro, que perecemos « Olvidaron, por un instante, el cuidado no interrumpido que su Maestro había tenido de ellos en tiempos pasados. Se olvidaron que a su lado estaban exentos de todo peligro, cualquiera que fuese el accidente que sobreviniese, todo lo olvidaron, excepto la vista y la convicción del peligro presente, y bajo esa impresión ni aun pudieron aguardar a que Cristo despertase. Que cierto es que la vista, las sensaciones y los sentimientos forman muy pobres teólogos.

Hechos como estos abaten el orgullo de la naturaleza humana, nuestra presunción y nuestros pensamientos altivos se desvanecen al ver que criatura tan vil es el hombre, aun en sus mejores circunstancias. Pero hechos tales son, por otra parte, sumamente instructivos: nos enseñan sobre qué cosas debemos velar y contra tales debemos implorar el auxilio divino; nos enseñan cual débenos esperar que sea la conducta de otros cristianos. En nuestras esperanzas debemos ser moderados. No debemos suponer que algunos hombres no sean creyentes, porque algunas veces manifiestan grande fragilidad, porque se encuentren algunas veces abrumados temores. Aun Pedro, Santiago y Juan exclamaron, «Maestro, nuestro, que perecemos..

Se nos da a conocer, en tercer lugar, en estos versículos, cuan grande es el poder de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que cuando Sus discípulos lo llamaron durante la tempestad, «despertando él riñó al viento y a la tempestad de agua, y cesaron; y fue grande bonanza.» Este fue, sin duda, un milagro prodigioso. Se necesitaba el poder de Aquel que hizo descender el diluvio sobre la tierra en los días de Noé, y, a su tiempo lo hizo desaparecer, dividió en dos el mar Rojo y el río Jordán, y abrió camino a Su pueblo por entre las aguas; y que hizo venir las langostas sobre Egipto con un viento del Este, y con un viento del Oste las arrebató. Exo_10:13, Exo_10:19. Ningún poder menor que este hubiera podido convertir en un momento una tempestad en bonanza. «Hablar a los vientos y a las olas « es un proverbio común para denotar que lo que se intenta es imposible. Pero en este pasaje vemos que Jesús habla, y los vientos y las olas obedecen instantáneamente. Como hombre había dormido; como Dios apaciguó la tempestad.

Es un pensamiento glorioso y consolador que nuestro Señor Jesucristo hace uso de su poder infinito en favor de los creyentes. Vino al mundo a salvarlos a todos, y «poderoso es para salvar.» Las tribulaciones de Su pueblo son frecuentemente muchas y muy penosas: el demonio jamás cesa de hacerles la guerra; los gobernantes de este mundo los persiguen con frecuencia; los jefes mismos de la iglesia, que deberían ser pastores afectuosos, se oponen a menudo y obstinadamente contra la verdad que se encuentra en Jesús. Pero, no obstante todo esto, el pueblo de Cristo jamás que dará completamente abandonado.

Aunque cruelmente hostilizado, no será anonadado; aunque abatido, no será vencido. Aun en las horas más sombrías los verdaderos Cristianos pueden tranquilizarse con la reflexión de que «es mayor Aquel que está por ellos que todos los que están contra ellos. El oleaje y los huracanes de la política y de la iglesia pueden acaso estrellarse furiosamente contra ellos, y toda esperanza puede parecer perdida; más ¿por qué desesperar? Aquel divino Protector que mora en los cielos puede hacer que estos vientos y estos oleajes cesen en un instante. La iglesia verdadera, de la cual Cristo es la cabeza, jamás perecerá. El glorioso Jesús es omnipotente, y vive eternamente, y todos los miembros fieles de la iglesia vivirán también y llegarán finalmente salvos a la patria celestial.

Vemos, por ultimo, en estos versículos cuan necesario es que los cristianos mantengan viva su fe para servirse de ella en todo caso. Nuestro Señor dijo a sus discípulos cuando la tempestad había cesado, y sus terrores se habían disipado: «¿Dónde está vuestra fe?» ¡No sin razón hizo esta pregunta! ¿De qué les servia tener fe si no podían creer en el tiempo de la necesidad? ¿Qué mérito positivo tendría su fe, a no ser que la mantuvieran en activo ejercicio? ¿Qué ventaja habría en confiar, si solo confiaban en su Maestro durante la calma, pero no en la borrasca? La lección de que nos ocupamos es de grande y práctica importancia: poseer la fe verdadera es una cosa; mantener viva y activa esa fe para todo caso de necesidad, es otra. Muchos aceptan a Cristo como su Salvador, y le confían sus almas en vida y en muerte; sin embargo, muchas veces les falta la fe cuando acaece algún suceso inesperado u ocurre repentinamente alguna tentación. Esto no debiera ser así. Nuestra oración ferviente debe ser que siempre nuestra fe permanezca a nuestro alcance y que nunca nos encontremos desprevenidos. El cristiano más leal es el que vive «cómo si viese al invisible.» Heb_11:27. Ese cristiano no se arredra ante la tempestad; pues ve a Jesús cerca de él en la hora más tenebrosa, y percibe el azul del cielo tras las nubes más negras

Lucas 8:26-36

Estos incidentes que son bien conocidos han sido cuidadosamente referidos por los tres primeros evangelistas. Presentan una prueba evidente del dominio completo de nuestro Señor sobre el príncipe de este mundo. El gran enemigo de nuestras almas vencido completamente–el «fuerte « fue batido por uno más fuerte que él, y el león fue despojado de su presa.

Observemos, primeramente, en este pasaje, cuan miserable es situación de aquellos sobre quienes reina el demonio. El cuadro puesto ante nuestra vista es horroroso. Se nos dice que cuando nuestro Señor llegó al país de los gadarenos «le salió al encuentro de la ciudad un hombre que tenia demonios ya de mucho tiempo, y no llevaba vestido ni moraba en casa, sino en los sepulcros.» También se nos dice que aunque se le tenia atado con cadenas y grillos, rompía las prisiones e iba impelido del demonio por los despoblados. En resumen, tal caso parece haber sido uno de las más graves formas de posesión demoníaca. El infeliz paciente estaba bajo el dominio completo de Satanás, tanto en cuerpo como en alma. Mientras que continuaba en este estado debió haber servido de estorbo y molestia a todos los que estaban a su derredor. Sus facultades mentales estaban bajo el dominio de una «legión de demonios. Solo podía emplear su fuerza corporal en su propio daño. Difícil es concebir a un mortal en estado más lastimoso.

¡Casos como este son raros, a lo menos, en tiempos modernos! Empero no debemos, por este motivo, olvidar que el demonio está ejerciendo constantemente un poder inmenso sobre muchos corazones y muchas almas. El excita sin cesar a muchos a que se entreguen a prácticas deshonrosas y ruinosas; y gobierna todavía a muchos con cetro de hierro. Lanza a los hombres de vicio en vicio y de maldad en maldad; alejados de la buena sociedad, y del influjo de amigos respetables; sumérgelos en los mas profundos abismos de perversidad; tórnalos en suicidas; y los hace tan inútiles a sus familias, a la iglesia, y al mundo, como si estuviesen muertos, y no vivos. ¿Dónde está el ministro fiel que no podría señalar con el dedo muchos casos semejantes? ¿Á que otra causa puede atribuirse el modo de vivir de muchos jóvenes de ambos sexos?, sino a la de que están poseídos de demonios. Es inútil cerrar los ojos a los hechos. La posesión demoníaca del cuerpo puede ser comparativamente rara; pero muchos, desgraciadamente, son los casos en qua el demonio parece poseer completamente las almas de los hombres.

¡Causa espanto pensar sobre estas cosas! ¡Horroroso es ver a que estado de ruina de cuerpo y alma Satanás lanza con frecuencia a los jóvenes! ¡Horroroso es observar cuan a menudo los aparta de todo buen influjo, y los sumerge en el cieno de las malas compañías, y de pecados asquerosos! ¡Horroroso, sobre todo, es reflexionar que dentro de poco tiempo los esclavos de Satanás se perderán para siempre, y en el infierno! En tal caso queda una sola cosa para hacer por ellos: se puede orar a Cristo por ellos. Aquel que vino al país de los gadarenos, y allí sanó al mísero endemoniado, vive aún en el cielo, y se apiada de los pecadores. Aún el peor esclavo de Satanás no está irremediablemente perdido. Jesús puede aún compadecerse de él, y libertarlo.

Observemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuan absoluto es el poder que nuestro Señor Jesucristo ejerce sobre Satanás. Se nos dice que «mandó al espíritu inmundo que saliese del hombre,» cuya miserable condición acabamos de ver descrita. Al instante el desgraciado paciente fue sanado. Los «muchos demonios» de quienes había estado poseído fueron obligados a dejarlo. Ni es esto todo. Echados fuera del corazón del hombre, estos espíritus malignos suplicaron a nuestro Señor que «no los mandase ir al abismo,» y por tanto confesaron la supremacía de Jesús sobre ellos. Aunque eran poderosos, conocieron claramente que estaban en la presencia de un Ser mas poderoso que ellos. Llenos de malignidad como estaban, ni aun a la piara de cerdos de los gadarenos podían hacer mal hasta que nuestro Señor no les concediera permiso.

El dominio que tiene nuestro Señor Jesucristo sobre el demonio debe ser para todos los verdaderos cristianos un pensamiento consolador. Sin él, a la verdad, podrían con razón desespera de conseguir la salvación. El conocimiento de que tenemos siempre junto a nosotros un enemigo espiritual e invisible, trabajando noche y día por lograr nuestra perdición, seria suficiente para quitarnos toda esperanza, si no supiéramos también que tenemos un Protector.

¡Bendito sea Dios, porque el Evangelio nos lo revela! El Señor es más fuerte que «el fuerte enemigo,» que está siempre en guerra contra nuestras almas.

Jesús puede librarnos del demonio. Muchas veces hizo patente el poder que tiene sobre él, cuando estuvo en la tierra; y sobre la cruz triunfó gloriosamente de él. Nunca lo dejará que arrebate de sus manos ninguna de sus ovejas. Algún día lo quebrantará debajo de nuestros pies, y lo atará con una gran cadena en la prisión del infierno. Rom_16:20; Rev_20:1, Rev_20:4 ¡Felices los que oyen la voz de Cristo y lo siguen! ¡Satanás puede tentarlos, pero no perder sus almas! Ellos serán «más que victoriosos» por medio de Aquel que los amó. Rom_8:37.

Notemos, finalmente, el cambio maravilloso que Cristo puede resultar en los esclavos de Satanás. Se nos dice que los gadarenos hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, vestido, y en su sano juicio, sentado a los pies de Jesús. ¡Este espectáculo debió de haber sido verdaderamente extraño y asombroso! La vida y condición anteriores del hombre eran, sin duda, bien conocidas. Había sido probablemente estorbo y espanto de todo el vecindario.

Pero ya, en un momento, un cambio completo se había efectuado en él. «Lo viejo se pasó ya: he aquí todo es hecho nuevo.» El poder por cuyo medio se obró tal curación, debe, en verdad haber sido infinito. Cuando Cristo es el médico, nada es imposible.

Una cosa, sin embargo, jamás se debe perder de vista. Sorprendente y milagrosa como fue esta cura, no es en verdad más maravillosa que la conversión de un pecador. Maravilloso como fue el cambio que se manifestó en el estado del endemoniado ya curado, no es un ápice más maravilloso que el cambio que sobreviene a cada uno que nace de nuevo, y torna a Dios del poder da Satanás. Jamás estará el hombre en su sano juicio, mientras no se convierta; jamás ocupará su debido lugar, mientras que no se arroje con fe a los pies de Jesús. ¿Nos hemos detenido alguna vez a considerar lo que es una conversión verdadera? No es otra cosa que la milagrosa redención de un cautivo, la restauración milagrosa de un hombre a su sano juicio, el milagroso rescate de un alma del poder del demonio.

¿Qué somos nosotros? Esta, es conclusión, es la gran pregunta que nos atañe. ¿Somos esclavos de Satanás, o siervos de Dios? ¿Nos ha libertado Cristo, o reina todavía el demonio en nuestros corazones? ¿Nos postramos diariamente a los pies de Jesús? ¿Estamos en nuestro sano juicio? ¡Plegué al Señor ayudarnos a dar recta respuesta a estas preguntas!

Lucas 8:37-40

Este pasaje contiene dos súplicas hechas a nuestro Señor Jesucristo, que son muy diferentes entre sí y que emanaron de dos personas de carácter muy distinto. También se nos dice de qué manera las recibió nuestro Señor Jesucristo. Ambas recibieron muy notables respuestas. Todo el pasaje es señaladamente instructivo Observemos, en primer lugar, que los gadarenos rogaron a nuestro Señor que se retirase de ellos, y El accedió a su ruego. Leemos con dolor estas solemnes palabras: «Y él subiendo en la nave, se volvió..

Y ¿porqué deseaban estos desdichados que el Hijo de Dios los dejase? ¿Por qué después del asombroso milagro que acababa de obrar entre ellos y que revelaba tanta misericordia, no sentían deseo ninguno de saber más de Aquel que lo obró? ¿Porqué, en una palabra, declarándose enemigos de sí mismos, desecharon las mercedes que se les concedían, y cerraron la puerta al Evangelio? No hay más que una sola respuesta a estas preguntas: Los gadarenos amaban el mundo y estaban resueltos a no renunciarlo. Se sentían íntimamente convencidos de que no podían recibir a Cristo al mismo tiempo perseverar en sus pecados, y estaban resueltos hacer lo último. Conocieron, a primera vista, que había algo en Jesús con lo cual no se avendrían sus costumbres; y teniendo que coger entre dos líneas de conducta, una antigua y otra nueva, desecharon la nueva y escogieron la antigua. Y ¿por qué nuestro Señor Jesucristo accedió a la petición de gadarenos, y los dejó? Lo hizo por castigo, para dar así a conocer que no ignoraba la enormidad de sus pecados. Lo hizo así mismo por compasión a su iglesia, enseñando cuan grande es la maldad de los que obstinadamente rechazan la verdad. Parece ser una ley eterna de su gobierno, que a los que obstinadamente rehúsen caminar a la luz, se les prive de la luz. ¡Grande es la paciencia y clemencia de Cristo! Su misericordia es eterna. Sus invitaciones y ofrecimientos son extensos, amplios y universales. Concede a cada iglesia su día de gracia y su día de visitación. Luk_19:44. Pero no ha prometido en ningún lugar que si los hombres persisten en desechar su doctrina, los forzará a seguirla. Los que poseen el Evangelio, y sin embargo rehúsan obedecerlo, no deben sorprenderse si se les priva de él. Centenares de iglesias, parroquias, y familias, se encuentran hoy día en el mismo estado que los gadarenos. Han dicho a Cristo: « Retírate de nosotros,» y El les ha otorgado su petición. Se han dado a los ídolos, y ahora «los deja» Job_21:14; Osea 4:17.

Cuidemos de no cometer el pecado de los gadarenos. Estemos alerta no sea que por tibieza, desatención, y vanidad mundana, arrojemos a Jesús de nuestras puertas, y hagamos que nos deje enteramente abandonados. De todos los pecados de que nos hagamos culpables, este es el peor. De todas las situaciones de la vida ninguna es tan terrible como la del que está «abandonado.» Supliquemos diariamente que Cristo no nos deje abandonados a nosotros mismos. El espectáculo que presenta el bajel que muchos días después del naufragio se ve en seco sobre un banco de arena, no es más lastimoso que el del hombre cuyo corazón Cristo ha visitado con bendiciones y castigos, mas al fin ha cesado de visitar por no haber sido recibido. La puerta atrancada es una a la que Jesús no toca jamás. El que obra como los gadarenos no del sorprenderse de ver que Cristo lo deja y se va.

Observemos, en segundo lugar, que el hombre de quien los demonios habían salido suplicó a nuestro Señor que le permitiese estar con El, mas no se le concedió su súplica. Se nos dice que Jesús lo despidió diciéndole: « Vuélvete a tu casa, y cuenta cuan grandes cosas ha hecho Dios contigo..

Podemos comprender fácilmente la causa que impulsó a este hombre a hacer esa súplica. Se sentía sumamente agradecido por la merced que acababa de recibir; se sentía lleno de amor y del afecto ardiente hacia Aquel que lo había curado tan maravillosa y bondadosamente; y quería verlo más, estar más en su compañía, y tener mayor intimidad con El. Todo lo olvidó ante estos sentimientos. Familia, parientes, amigos, patria, hogar, campos, todo parecía pequeño a sus ojos. Sentía que nada quería sino estar con Cristo. Y no podemos culparlo por estos sentimientos. Pueden haber estado mezclados de algo de fanatismo y de indiscreción. Puede haber habido en ellos un celo mal entendido. En el primer momento de excitación que naturalmente se siguió a la cura milagrosa tal vez no estaba en aptitud de juzgar cual debería de ser en el porvenir su línea de conducta; mas los sentimientos exaltados en materias religiosas son mucho mejores que la carencia absoluta de ellos. En la súplica que hizo hay mucho más que alabar que censurar. Pero ¿por qué rehusó nuestro Señor Jesucristo conceder la petición de este hombre? ¿Por qué en una época en que tenia pocos discípulos despidió a este hombre? ¿Por qué en vez de dejarlo ocupar el mismo lugar que Pedro, y Santiago, y Juan ocupaban, le mandó que se volviera a su casa? Nuestro Señor obró con infinita sabiduría. Lo hizo así para bien del alma del hombre; pues vio que era mejor para él que enseñase el Evangelio en su patria que no que fuese discípulo fuera de ella. Lo hizo por favor a los gadarenos, pues así dejaba entre ellos un testimonio permanente de la verdad de Su divina misión. Lo hizo, principalmente, para la instrucción perpetua de toda su iglesia: quiso que supiésemos que hay varios modos en que el hombre puede glorificarse, que puede ser honrado en la vida privada tan bien como en el ministerio apostólico, y que el primer lugar en que debemos proclamar a Cristo es en nuestra casa.

En este pequeño incidente hay una lección que encierra profunda sabiduría, y que harían bien todos los cristianos verdaderos en depositar en el corazón. Esta lección se refiere a nuestra ignorancia en cuanto a la carrera que más nos convenga seguir en este mundo, y la necesidad de someter nuestros deseos a la voluntad de Cristo. La posición que deseamos ocupar no es siempre la que más nos conviene; el partido que deseamos tomar no es siempre el que Cristo cree que es mejor para nuestras almas. El oficio que nos vemos obligados a desempeñar es muchas veces muy fastidioso, y sin embargo puede ser necesario para nuestra santificación. La posición que estamos compelidos a ocupar puede ser muy desagradable a nuestra constitución física, y no obstante puede ser la realmente necesaria para mantenernos en nuestro puesto como cristianos. Es mejor ser despedido de la presencia de Cristo, por el mismo Cristo, que permanecer en su presencia sin Su consentimiento.

Supliquemos se nos conceda resignación y «contento con las cosas que poseamos.» Guardémonos de escoger por nosotros mismos en esta vida sin el consentimiento de Cristo, o de movernos, cuando la columna de nube y fuego no se está moviendo delante de nosotros. Que nuestra oración diaria sea: «Dame lo que tú quieras. Colócame donde tú quieras. Permíteme solamente ser tu discípulo y permanecer en Ti..

Lucas 8:41-48

¡Cuánta miseria y aflicción ha traído el pecado al mundo! El pasaje que hemos acabado de leer nos suministra de esto una prueba melancólica. Vemos primero a un angustiado padre en ansiedad penosa por una hija moribunda. Vemos después a una mujer padeciendo una enfermedad incurable que la había afligido por espacio de doce años; ¡y estos son males que el pecado ha sembrado con mano pródiga sobre toda la tierra! Estos dos casos no son sino muestras de lo que está pasando continuamente en todas partes. Mas Dios no creó al principio tales males: el hombre los trajo sobre sí con la caída. No habrían existido aflicciones ni enfermedades entre los hijos de Adán, si no hubiera habido pecado.

La mujer aquí descrita ofrece un tipo admirable de la condición de muchas almas. Se nos dice, que había estado afligida de una penosa enfermedad por el espacio de doce años, y que había gastado en médicos todo lo que tenía sin que ninguno hubiese podido sanarla. He aquí, como en un espejo, el estado de muchos pecadores, y tal vez de nosotros mismos.

En la mayor parte de las congregaciones hay hombres que han sentido intensamente sus pecados, y que se han afligido en sumo grado creyendo que no han sido perdonados, y que no han estado preparados para morir. Han anhelado consuelo y tranquilidad de conciencia, pero no han sabido en donde hallarlos.

Han experimentado muchos remedios espurios, y en vez de hallar alivio se han empeorado. Han vagado de secta en secta, y de religión en religión, y se han hastiado con todos los sistemas imaginables con que el hombre ha pretendido obtener salud espiritual; más todo ha sido en vano: la paz de conciencia parece estar para ellos tan distante como siempre. La herida interior les parece tan perniciosa y de carácter tal que nada puede curarla. Aún los persiguen la desdicha y el infortunio, aún se sienten descontentos con su situación. En suma, como la mujer de quien tratamos, dicen llenos de dolor «No hay esperanza para mí: nunca me salvaré..

Todos los que se encuentran en ese estado pueden hallar con suelo en el milagro de que venimos hablando, sabiendo que «hay bálsamo en Galaad» que puede curarlos, y que todavía no han buscado; que hay una puerta a la que nunca han tocado desde que han estado haciendo esfuerzos por obtener alivio; que hay un Médico a quien nunca han ocurrido y que jamás deja de curar. Obsérvese qué hizo aquella mujer en su dolor: cuando todos los otros medios habían resultado ser inútiles, acudió a Jesús en busca de remedio. «Id y haced lo mismo..

Obsérvese, en segundo lugar, que la conducta de la mujer presenta un ejemplo notable de la manera con que obra al principio la fe, y de los efectos que esta produce. Se nos dice que ella se acercó a nuestro Señor por detrás, y le tocó el borde del vestido, y al punto se estancó el flujo de sangre. La acción parece muy sencilla, y del todo insuficiente para producir resultado de trascendencia alguna. Sin embargo, el efecto fue maravilloso En un instante la pobre paciente quedó curada; en un instante obtuvo el alivio que tan ton médicos no habían podido darle en doce años. ¡Con tocar solamente una vez, quedó sana! Difícil es imaginar una descripción más vívida de lo que experimentan muchas almas, que la narración de la curación de esta mujer. Hay centenares que pueden decir que, como ella, solicitaron alivio, por largo tiempo, de manos de médicos inhábiles, y se cansaron al fin de usar remedios que no producían cura ninguna. Como ella, oyeron hablar al fin de un Ser, que sana las conciencias afligidas, y perdona a los pecadores, «sin dinero y sin precio,» si vienen a él con fe. Tales condiciones les parecieron demasiado buenas para ser creídas; tales noticias demasiado favorables para ser verdaderas. Pero, a semejanza de la mujer ya citada, se resolvieron a hacer la prueba: se acercaron a Cristo con fe, cargados de todos sus pecados, y para sorpresa suya, al instante hallaron consuelo. Y ahora sienten más consuelo y más esperanza que en ningún otro periodo de su vida. La carga parece haber desaparecido de sus hombros; el dolor parece haber huido de sus almas; la luz empieza a penetrar en su corazón; y ellos comienzan a «gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios.» Rom.

5:2. Y si les preguntásemos nos dirían que todo esto es debido a un acto muy sencillo: se acercaron a Jesús exactamente como se encontraban, le tocaron con fe, y fueron curados.

Grabemos para siempre en nuestros corazones esta gran verdad: que la fe en Cristo es el medio por el cual alcanzamos paz con Dios. Sin ella jamás hallaremos tranquilidad interior, sea lo que fuere, lo que hagamos en punto a religión. Sin ella bien podemos diariamente al servicio divino y tomar parte todas las semanas en la cena del Señor; bien podemos dar nuestros bienes a pobres, y hasta entregarnos para ser quemados; bien podemos ir y llevar cilicios y vivir como ermitaños; bien podemos todo esto, y con todo ser en extremo desgraciados. Allegarse a Cristo con fe, vale más que todas estas cosas reunidas.

Acaso esto no lisonjee el orgullo de la naturaleza humana; pero es cierto. Millares se levantarán el día del juicio y dirán como nunca sintieron tranquilidad hasta que no se acercaron a Cristo con fe, y se resolvieron a no confiar en sus propias obras, y a ser salvos absoluta y enteramente por la gracia de Dios. Se nota, por último, en este pasaje, cuánto desea nuestro Señor que de El han recibido beneficios, lo confiesen ante los hombres. él no permitió a la mujer que se alejase de la multitud en silencio; preguntó quien le había tocado; y tornó a preguntar, hasta que la mujer se adelantó, y expresó, en presencia de todo el pueblo, cuáles eran sus circunstancias. Entonces El profirió estas palabras llenas de benignidad: «Confía, hija, tu fe te ha sanado, ve en paz..

«Confesar a Cristo es cuestión de alta importancia, y que debe se presente por todo fiel cristiano. Lo que nosotros podemos hacer por nuestro divino Maestro es poco y de poco mérito. Los más grandes esfuerzos que hacemos por glorificarle son débiles e imperfectos; nuestras plegarias y alabanzas son lamentablemente decientes; nuestro saber y nuestro amor son en extremo pequeños. Más ¿sentimos interiormente que Cristo ha sanado nuestras almas? ¿No podemos entonces confesar a Cristo delante de los hombres? ¿No podemos contar claramente a otros, todo lo que Cristo ha hecho por nosotros–que estábamos muriéndonos de una enfermedad mortal, y que fuimos curados; que estábamos perdidos, y que hemos sido salvos; que estábamos ciegos, y que ahora vemos? Hagámoslo con valor y no tengamos miedo. No nos ruboricemos que todo el mundo sepa lo que ha hecho Jesús por nuestras almas. Nuestro Maestro quiere que lo confesemos: a él le agrada que su pueblo no se avergüence de su nombre. S. Pablo dijo: «Si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo.» Rom_10:9. Y el mismo Jesús pronunció estas palabras solemnes:»El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará.» Luk_9:26.

Lucas 8:49-56

Estos versículos contienen la relación de uno de los tres casos en que los evangelistas refieren que nuestro Señor restituyó la vida a un muerto. Los otros dos milagros de esta naturaleza son la resurrección de Lázaro y la del dijo de la viuda de Naín. Parece que no hay razón para dudar que nuestro Señor resucitara a otros además de estos tres. Pero estos tres casos bastan para demostrar su infinito poder. Uno fue el de una niña que había acabado de morir; otro el de un joven que llevaban a enterrar; y el tercero el de hombre que hacia ya cuatro días que estaba en el sepulcro. Todos tres volvieron a la vida repentinamente al mandato de Cristo. Observemos en estos versículos cuan universal es el dominio que la muerte tiene sobre los hijos de los hombres. Viene a casa de un rico y arrebátale de un solo golpe el encanto de sus ojos. «Vino de la casa del príncipe de la sinagoga a decirle: Tu hija es muerta. Noticias como estas son parte de los amargos dolores que tenemos que padecer en este mundo. Nada hiere tan intensamente el corazón del hombre como perder a las personas amadas, y tenerlos que enterrar. Pocos pesares son tan grandes y penosos como el que siente un padre por la pérdida de un hijo único. ¡La muerte es en verdad un enemigo cruel! No hace distinción en sus ataques: se presenta en el alcázar del rico lo mismo que la cabaña del pobre. No es más clemente con el joven, el robusto, o el hermoso, que con el viejo, el débil, o el feo. Ni todo el oro Australia, ni toda la habilidad de los doctores, pueden desviar nuestros cuerpos el golpe de la muerte. Cuando llega la hora señalada, y Dios le permite herir, tenemos que abandonar todos nuestros proyectos y cerrar los ojos ante todos los objetos queridos.

Estos pensamientos son melancólicos, y a pocos agrada que se les mencionen. La muerte es un asunto que los hombres rehúsan considerar. «Todos los hombres creen que los demás son mortales excepto ellos mismos.» Pero ¿por qué nos conducimos de esta manera cuando se trata de una verdad tan importante? ¿Por qué no pensamos en la muerte con preferencia a cualquiera otro asunto, para que cuando llegue nuestro turno, estemos preparados para morir? La muerte se presentará en nuestras moradas, queramos o no. La muerte nos llevará a despecho del disgusto que manifestemos al oír hablar de ella.

Es propio del hombre prudente estar preparado a este gran cambio. ¿Y por qué no hemos de estar preparados? Hay Uno que puede librarnos del temor de la muerte. Heb_2:15. Cristo ha puesto fin a la muerte, y «ha sacado a luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.» 2Ti_1:10. El que tiene fe en él tiene la vida eterna, aunque esté muerto, vivirá. Joh_6:25. Creamos en el Señor Jesús, y entonces la muerte perderá su aguijón; entonces podremos decir como Pablo: «Para mí el morir es ganancia.» Filip. 1:21.

Notemos, en segundo lugar, en estos versículos, que la fe en el amor y en el poder de Cristo es el mejor remedio en tiempo de aflicción. Se nos refiere que cuando Jesús oyó que la hija del jefe estaba muerta, dijo a este: «No temas, cree solamente, y será sana.» Estas palabras, sin duda, tenían referencia al milagro que iba a hacer. Pero no debemos dudar tampoco que fuesen pronunciadas así mismo para bien de la iglesia. Con ellas se tuvo el designio de revelarnos el gran secreto para obtener consuelo en la hora ddeo necesidad: ese secreto es ejercer fe, confiar constantemente en el tierno corazón y en la mano poderosa de Cristo, en una palabra, creer.

Que forme parte de nuestras oraciones diarias la súplica por más fe. Si quisiéremos tener siempre paz, y tranquilidad, y serenidad de espíritu, digamos con frecuencia: «Señor, aumenta nuestra fe.» Centenares de penalidades pueden acaecernos en esto mundo de desdichas cuya causa nuestro débil entendimiento no puede comprender jamás. Sin fe estaremos constantemente inquietos y abatidos. Nada puede alegrarnos ni tranquilizarnos sino la meditación continúa en el amor y la sabiduría de Cristo, en su vigilancia sobre nosotros, y en su gobierno providencial de todos los eventos humanos. Si tenemos fe no nos agobiaremos bajo el peso de las malas noticias. Psa_112:7. Si tenemos fe, estaremos tranquilos y esperaremos mejores días. Si tenemos fe podemos ver luz aun en la hora más tenebrosa, y aun en medio de las mas duras pruebas. Si tenemos fe no nos faltarán sitios en donde levantar altares de alabanza en cualesquiera circunstancias, y podremos cantar cánticos de júbilo cualquiera que sea la situación en que nos encontremos. «El que creyere no se apresure.

«Guardarás paz; porque en ti han confiado.» Isa_28:16; Isa_26:3. Repitámoslo: preciso es que se grabe esta lección en nuestra mente Si quisiéremos ir tranquilamente al través de este mundo, tenemos que creer.

Notemos, finalmente, en estos versículos, el poder que tiene nuestro Señor Jesucristo aun sobre la muerte. Se nos dice que llegó a la cada de Jairo, y cambió el pesar en gozo. Tomó por la mano el cadáver de la hija del príncipe, y dijo en voz alta: « Joven, levántate, al instante esa voz todopoderosa le restituyó la vida: «su espíritu se levantó luego..

«Animémonos al pensar que hay un límite al poder de la muerte. El rey del terror» es muy fuerte. ¡Cuántas generaciones no ha ido y precipitado al polvo! ¡Cuántos hombres sabios y fuertes y bellos no han arrojado al sepulcro y arrebatado violentamente en la primavera de la vida! ¡Cuántas victorias no ha ganado, y a menudo no ha escrito «vanidad de vanidades» sobre el orgullo del hombre! Patriarcas, y reyes, y profetas, y apóstoles, todos a su turno se ha visto obligados a someterse a su poder, todos han muerto. Pero, gracias sean dadas a Dios, hay un más Ser poderoso que la muerte. Hay un Ser que ha dicho: «Oh muerte yo seré tu mortandad: ¡O sepulcro! yo seré tu destrucción Hos_13:14. Ese Ser es el Amigo de los pecadores, Cristo Jesús. él manifestó frecuentemente Su poder cuando estuvo en la tierra: en la casa de Jairo, junto al sepulcro de Betania, a la puerta de Nain. Y lo demostrará a todo el mundo en su segunda venida. El postrer enemigo que ha de ser destruido es la muerte.» 1Co_15:26. «La tierra echará los muertos.» Isa_26:19.

Terminemos el pasaje con el pensamiento consolador de que lo le aconteció en la casa de Jairo es un tipo de los felices acontecimientos que están por verificarse. La hora se acerca y pronto llegará en que la voz de Cristo llamará a todo su pueblo de sus tumbas, y lo reunirá para no separarlo jamás. Los maridos creyentes otra vez a sus esposas creyentes; los padres a sus hijos, Cristo reunirá la familia de los fieles en la mansión celestial, y todas las lágrimas serán enjugadas.

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