Lucas 22 Y satanás entró en Judas

Lucas 22: Y satanás entró en Judas

Estaba próxima la fiesta de los ázimos, más generalmente conocida como la Pascua. Los principales sacerdotes y los escribas estaban buscando la manera de acabar con Jesús, pero no les resultaba fácil porque tenían miedo de la reacción de la gente. Entonces Satanás entró en Judas, alias « El Iscariote», que era uno de los Doce, y este fue a los principales sacerdotes y los oficiales de la policía del templo para convenir con ellos la manera de entregarles a Jesús. Ellos se alegraron de que se les presentara una oportunidad, y llegaron al acuerdo de darle dinero a Judas por sus servicios, y él se comprometió a buscar la ocasión para entregarles a Jesús a espaldas de la gente.

Era el tiempo de la Pascua cuando Jesús llegó a Jerusalén para morir. La fiesta de los ázimos, o pan sin levadura, no era exactamente lo mismo que la Pascua. La fiesta de los ázimos duraba una semana, del 15 al 21 de Nisán (Abril), y la Pascua se comía el 15 de Nisán, en conmemoración de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto (Éxodo 12). Aquella noche, el ángel de la muerte había matado a los primogénitos de todas las familias egipcias, pero había pasado por alto -eso quiere decir la palabra pésaj, pascua- los hogares de los israelitas, porque tenían el dintel de sus puertas marcado con la sangre del cordero. Aquella noche tomaron con tanta prisa su última cena en Egipto para salir huyendo inmediatamente que no comieron pan con levadura, porque habría requerido más tiempo esperar a que se leudara la masa antes de cocerla.

Se elaboraban muchos preparativos para la fiesta de la Pascua; se reparaban las carreteras, se aseguraban los puentes, y se enjalbegaban las tumbas que estaban cerca de los caminos para que ningún peregrino se contaminara por tocarlas inadvertidamente. El mes anterior la tradición y el significado de la Pascua eran el tema de la enseñanza en las sinagogas. Dos días antes de la Pascua se llevaba a cabo en todos los hogares una búsqueda ritual de levadura: el cabeza de familia llevaba un candil y buscaba solemnemente y en silencio por todos los rincones y las rendijas hasta que se tiraba la última partícula de levadura, es decir, de pan normal.

Todos los varones judíos mayores de edad que vivieran a un máximo de 25 kilómetros de Jerusalén tenían que ir allí a celebrar la Pascua; pero era el sueño de todos los judíos, y aún lo es, el celebrar la Pascua en Jerusalén por lo menos una vez en la vida. Por eso había tantos peregrinos en Jerusalén en el tiempo de la Pascua. El gobernador de Palestina en tiempos de Nerón era un tal Cestio. Nerón trataba de quitarle importancia a la religión judía, y Cestio, para convencerle, hizo el censo de los corderos que se mataron en cierta Pascua. Josefo nos dice que fueron 256.500. Ahora bien, la ley establecía que habían de ser diez los comensales para celebrar la Pascua; lo que quiere decir que, en aquella ocasión, si las cifras son correctas, habría más de 2.700.000 entre peregrinos y residentes en Jerusalén. Fue en una ciudad abarrotada de público donde se representó el último acto del drama final de la vida de Jesús.

La atmósfera siempre era inflamable en el tiempo de la Pascua. El cuartel general del gobierno romano estaba en Cesárea y, normalmente, bastaba con un destacamento reducido de tropas estacionadas en Jerusalén; pero en la Pascua había muchos más.

Así que el problema de las autoridades judías era cómo arrestar a Jesús sin provocar un levantamiento; y vieron la solución en la traición de Judas. Satanás entró en Judas.

(i) De la misma manera que Dios está siempre buscando personas que sean sus instrumentos, también Satanás. Una persona puede ser un instrumento para bien o para mal, de Dios o del diablo. Los seguidores del zoroastrismo creen que el universo es el campo de batalla entre el dios de la luz y el de las tinieblas, y todos los seres humanos tienen que escoger un bando. Nosotros también sabemos que una persona puede estar al servicio de la luz o de las tinieblas.

(ii) Pero es verdad que Satanás no podría haber entrado en Judas si Judas no le hubiera abierto la puerta. La puerta del corazón humano no tiene la manija por fuera, y sólo se puede abrir desde dentro.

De nosotros depende si vamos a ser un instrumento de Satanás o de Dios. Podemos alistarnos al servicio de uno de los dos. ¡Que Dios nos ayude a escoger su partido!

LA ÚLTIMA CENA JUNTOS

Lucas 22:7-23

Cuando llegó el día de los ázimos, que es cuando hay que sacrificar el cordero pascual, Jesús mandó por delante a Pedro y a Juan, a los que dijo:

-Id a prepararnos la cena de la Pascua que vamos a comer juntos.

-¿Dónde quieres que la preparemos? -le preguntaron ellos.

-Fijaos -les dijo-: cuando entréis en la ciudad os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle hasta que le veáis entrar en una casa, y allí le decís al padre de familia: «De parte del Maestro, que dónde está el cuarto de los huéspedes donde ha de comer el cordero pascual con sus discípulos.» Él os indicará un salón grande en el piso de arriba, con la mesa y los asientos. Allí es donde tenéis que hacer los preparativos.

Pedro y Juan fueron, y lo encontraron todo como les había dicho Jesús, y prepararon la cena de la Pascua.

Cuando llegó la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles, y les dijo:

-¡Qué ganas tenía de comer con vosotros esta cena de Pascua antes de padecer! Porque os aseguro que ya no la voy a comer más hasta que se haga realidad en el banquete del Reino de Dios.

Entonces le pasaron la copa, y Él la tomó y dio gracias a Dios diciendo:

-Coged esto y compartidlo; porque os aseguro que ya no voy a beber más vino hasta que se haga realidad el Reino de Dios.

Luego cogió un pan, y dio gracias a Dios, y lo partió en trozos y se los repartió, diciendo:

-Esto significa mi cuerpo, entregado por amor de vosotros. Haced esto para acordaros de Mí.

De la misma forma, cogió la copa después de la cena, y dijo:

-Esta copa representa el nuevo pacto entre Dios y el hombre que se hace posible al precio de mi sangre, que se derrama por amor de vosotros. Pero la mano del traidor está aquí conmigo a esta mesa; porque este Hijo del Hombre sigue el camino que le estaba preparado; pero, ¡ay del hombre que comete esta traición!

Entonces los Doce empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que hiciera eso.

De nuevo vemos que Jesús no dejó las cosas para el último momento. Se había formado un plan, y lo llevaba a cabo.

Las casas de más categoría tenían dos habitaciones, una encima de la otra; de modo que la casa parecía formada por dos cajas, la más pequeña encima de la otra. A la habitación de arriba se llegaba por una escalera exterior. En el tiempo de la Pascua el hospedaje era gratuito en Jerusalén. Lo único que el hospedador podía recibir por el alojamiento de peregrinos era la piel del cordero que se comían en la fiesta. La habitación de arriba se solía usar para que se reuniera un rabino con sus discípulos predilectos para hablar con ellos en la intimidad.

Jesús había tomado medidas para disponer de una habitación así. Envió por delante a Pedro y a Juan a la ciudad para buscar a un hombre con un cántaro de agua. El acarrear el agua era cosa de mujeres. Sería tan fácil descubrir a un hombre que llevara un cántaro, como en una de nuestras ciudades descubrir a alguien con un paraguas de señora abierto en un día radiante de sol. Según esta suposición, esta sería la consigna convenida entre Jesús y su amigo de Jerusalén.

La fiesta se estaba celebrando, y Jesús usó los símbolos tradicionales para darles un nuevo significado.

(i) Dijo del pan: «Esto significa mi cuerpo, entregado por amor de vosotros.» Aquí tenemos lo que se suele llamar un sacramento. Un sacramento es algo, por lo general ordinario, que ha adquirido un significado nuevo y extraordinario para el que tenga ojos para ver y un corazón para entender. No hay nada especialmente teológico ni misterioso en esto.

Muchos tenemos un cajón lleno de baratijas y cosas que no queremos tirar, porque nos recuerdan a personas o situaciones que nos son queridas. Son cosas corrientes, pero tienen un valor especial para nosotros. Esto es un sacramento.

Cuando enterraron a Nelson en la catedral de San Pablo, unos marinos llevaron el ataúd hasta la tumba. Uno que estuvo presente escribió: «Con reverencia y con eficacia bajaron a la tumba el cuerpo del más grande almirante del mundo. Y entonces, como si obedecieran a una orden de corneta, como un solo hombre, cogieron la bandera británica con la que había estado cubierto el ataúd y la rasgaron en tiras, y cada uno se llevó una como souvenir de tan ilustre hecho.» Aquel trocito de paño de color, toda la vida les hablaría del almirante que tanto habían admirado y querido. Eso es un sacramento.

El pan que tomamos en la Comunión es pan corriente; pero para el que tiene el corazón dispuesto a sentir y entender, es el mismo cuerpo de Cristo.

(ii) Dijo de la copa: «Esta copa representa el nuevo pacto entre Dios y el hombre que se hace posible al precio de mi sangre, que se derrama por amor de vosotros.» En su sentido bíblico, pacto es la relación entre el hombre y Dios. Dios se acercó en su gracia al hombre, y el hombre se comprometió a obedecer y cumplir la ley de Dios (Exo_24:1-8 ). La continuidad de ese pacto dependía de que el hombre cumpliera su compromiso y obedeciera esa ley. Pero el hombre ni pudo ni puede, y el pecado interrumpe la relación entre el hombre y Dios. Todo el sistema sacrificial de Israel estaba diseñado para restaurar esa relación por medio de los sacrificios que hacían expiación por el pecado. Lo que dijo Jesús fue: «Con mi vida y con mi muerte he hecho posible una nueva relación entre vosotros y Dios. Sois pecadores, es cierto; pero, porque Yo he muerto por vosotros, ahora sois amigos, y no enemigos de Dios.» Costó la vida de Jesús el restaurar la relación perdida entre Dios y los hombres. . (iii) Jesús dijo: « Haced esto para acordaros de Mí.» Jesús sabía lo fácilmente que olvida la mente humana. Los griegos decían que « el tiempo borra todas las cosas»; como si la mente fuera una pizarra, y el tiempo la esponja que se usa para limpiarla. Jesús decía: « Con la prisa y las preocupaciones, os olvidaréis de Mí. La gente olvida porque no lo puede evitar. Entrad de cuando en cuando a la paz y tranquilidad de mi casa, y haced esto otra vez con mi pueblo y os acordaréis.»

La presencia del traidor a la mesa hacía la tragedia aún más trágica. Jesucristo tiene a su mesa siempre que se celebra la Comunión los que le traicionan; porque, si en la Casa del Señor nos comprometemos con Él y luego en nuestra vida salimos para negarle, somos traidores a su causa.

RIVALIDAD ENTRE LOS DISCÍPULOS DE CRISTO

Lucas 22:24-30

Entonces los discípulos se pusieron a discutir cuál de ellos había que considerar como el más importante. Pero Jesús les dijo:

-Los reyes de los países se comportan realmente como si fueran dueños y señores, y los máximos dignatarios se dan el título de «bienhechores»; pero entre vosotros no tiene que pasar eso, sino que el más importante se tiene que comportar como el menos importante, y el líder, como el último servidor. Porque, ¿quién es más, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que es el que se sienta a la mesa? Pues fijaos: Yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que siempre habéis estado de mi parte cuando me atacaban. Mi Padre es el que me ha concedido la dignidad de Rey, y Yo os concedo el privilegio de comer y beber a mi mesa en mi Reino, y que os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Es una de las cosas más amargamente trágicas del relato evangélico el que los discípulos se pusieran a discutir sus prerrogativas a la sombra de la Cruz. Los sitios a la mesa en una fiesta judía estaban muy definidos. La mesa estaba dispuesta en forma de cuadrado, con uno de los lados abierto. A la cabecera se sentaba el anfitrión; a su derecha, el huésped más honorable; a su izquierda, el siguiente en cuanto a honor; luego, siempre por orden jerárquico, el segundo de la derecha, el segundo de la izquierda, y así hasta el final de la mesa. Los discípulos habían estado peleándose por los puestos, porque todavía no se habían desembarazado de la idea de un reino terrenal. Jesús les dijo tajantemente que las dignidades de su Reino no eran como las de este mundo. En la Tierra, un rey vale tanto como el poder que ostenta. Uno de los títulos más corrientes para un rey oriental era, en griego, Euerguetes, que quiere decir Bienhechor. Jesús dijo: « En mi Reino, el que obtiene ese título no es el rey, sino el servidor.»

(i) Lo que necesita el mundo es servicio. Lo curioso es que el mundo de los negocios lo sabe. Bruce Barton señala que el título que más se encuentra en la carretera es el de Estación de Servicio. Era la pretensión de cierta empresa que «Nosotros nos metemos debajo de su coche con más facilidad y nos ponemos más guarros que la competencia.» Lo raro es que hay más peleas sobre las dignidades y más preocupación acerca del puesto que le corresponde a cada uno en la iglesia que en ningún otro sitio. El mundo necesita y reconoce el servicio.

(ii) Es el que está dispuesto a servir más que nadie el que realmente sube. El empleado se va a casa a su hora, y se olvida del trabajo hasta la mañana siguiente, mientras que la luz sigue encendida en la oficina del encargado o del ejecutivo hasta las tantas. Muchas veces se veía la luz de la oficina de John D. Rockefeller todavía encendida cuando ya estaban apagadas las demás del edificio. El servicio produce grandeza; y cuanto más alto llega una persona, mejor servicio podrá prestar.

(iii) Podemos fundar la vida, o en dar, o en recibir; pero si la fundamos en el recibir nos perderemos la amistad de los hombres y la recompensa de Dios, porque a nadie le cae bien el que no piensa más que en lo que pueda sacar.

(iv) Jesús acabó sus advertencias prometiendo a sus discípulos que los que habían estado con Él en la lucha estarían con Él en el Reino. Dios no queda en deuda con nadie. Los que compartan la Cruz de Cristo compartirán un día su corona.

LA TRAGEDIA DE PEDRO

Lucas 22:31-38, 54-62

Dijo también el Señor a Pedro:

-¡Simón, Simón! Fijaos que Satanás ha reclamado el derecho de pasar por la piedra vuestra fidelidad; en cuanto a ti, yo he orado para que no falle la tuya. Cuando hayas vuelto a tu puesto, ayuda a tus hermanos a mantenerse firmes.

-¡Señor -le contestó Pedro-, estoy dispuesto a ir contigo, no sólo a la cárcel, sino a la muerte!

-Pedro -le dijo Jesús-, te advierto que antes que cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces.

Y dijo a los demás:

-¿Echasteis algo de menos cuando os envié sin cartera ni bolsa ni calzado?

Ni lo más mínimo -le contestaron.

-Pues ahora es diferente -continuó diciéndoles Jesús-; el que tenga cartera, que la lleve consigo, y lo mismo con la bolsa; y el que no tenga espada, que venda la chaqueta y se compre una. Porque os advierto que todavía se tiene que cumplir en Mí aquello que está escrito: «Le tratarán como a un malhechor.» Y es que lo que está escrito de Mí se tiene que cumplir.

-Señor, aquí hay dos espadas -le dijeron entonces.

-¡Pues basta! -les contestó Jesús.

Cuando le prendieron, le llevaron a la fuerza a la casa del Sumo Sacerdote, y Pedro le seguía a cierta distancia. La gente encendió fuego en medio del patio, y se sentaron alrededor, y Pedro se sentó también con los demás. Pero una criada que le vio sentado al fuego, se le quedó mirando y dijo:

-¡Este también estaba con él!

-¡Mujer, pero si yo ni le conozco! -negó Pedro. Pero un poco después le vio otro, y dijo:

-¡Tú también eres de ellos!

-¡No, hombre, no soy! -dijo Pedro por segunda vez. Y a eso de una hora después, otro aseguró:

-No hay duda de que este también estaba con él, porque es galileo.

-¡Hombre -dijo Pedro-, no sé de qué hablas!

Y en seguida, mientras Pedro estaba todavía hablando, cantó el gallo. El Señor se volvió, y miró a Pedro; y Pedro se acordó de que el Señor le había dicho: «Antes que cante el gallo me negarás tres veces.» Y Pedro se salió afuera, y se puso a llorar amargamente.

Vamos a tomar la historia de la tragedia de Pedro en conjunto. Pedro era una extraña mezcla.

(i) A pesar de la negación, era fundamentalmente leal. H. G. Wells dijo una vez: «Uno puede ser mal músico y sin embargo estar apasionadamente enamorado de la música.» Por encima de lo que hizo, y aunque su fallo fue terrible, estaba apasionadamente consagrado a Jesús. Hay esperanza para el que, hasta cuando cae en pecado, está comprometido con la bondad.

(ii) Pedro estaba advertido. Jesús se lo había advertido directa e indirectamente. Los versículos 33 a 38, con la conversación sobre las espadas, son extraños. Pero lo que quieren decir es que Jesús estaba diciendo: «Hasta ahora me habéis tenido siempre con vosotros. Dentro de poco vais a depender de vuestros propios recursos. ¿Y qué vais a hacer? El peligro no va a consistir en que no tengáis nada, sino en que vais a tener que luchar para subsistir.» Esto no era sugerirles que usaran las armas, sino simplemente una manera oriental de decirles a los discípulos que su vida estaba en juego. No se puede decir que a Pedro no se le advirtió de la seriedad y el peligro de la situación, y de su propia vulnerabilidad.

(iii) Pedro se pasaba de confiado. Si uno dice: «Yo no voy a hacer eso nunca», eso es con lo que tiene que tener más cuidado. Una y otra vez se han tomado castillos porque los atacantes siguieron la ruta que parecía inexpugnable e inescalable, y los defensores no la estaban guardando. Satanás es astuto: ataca el punto del que más seguro está uno, demasiado seguro, porque sabe que estará desguarnecido.

(iv) Para ser justos tenemos que reconocer que Pedro fue uno de los dos discípulos (Joh_18:15 ) que tuvo el valor de seguir a Jesús hasta el patio de la casa del Sumo Sacerdote. Pedro tuvo que arrostrar una tentación que sólo se le podía presentar a un hombre valiente. El valiente siempre corre más riesgos que el cauteloso. El exponerse a la tentación es el peligro que corre el que es arriesgado en pensamiento y en acción. Puede que sea mejor sucumbir en una empresa noble que huir para no emprenderla.

(v) Jesús no le habló a Pedro con ira, sino le miró con pena. Probablemente Pedro habría preferido que Jesús se hubiera vuelto y se lo hubiera echado en cara; pero aquella mirada muda y apesadumbrada le atravesó el corazón como una espada y le abrió la fuente de las lágrimas. El castigo del pecado es ver en los ojos de Jesús, no su ira, sino el dolor de su corazón porque le hemos fallado.

(vi) Jesús le dijo a Pedro algo muy hermoso: «Cuando hayas vuelto a tu puesto, ayuda a tus hermanos a mantenerse firmes.» Es como si le dijera: «Me vas a negar, y llorarás amargamente; pero el resultado será que estarás mejor capacitado para ayudar a tus hermanos que tengan que pasarlo.» No podemos ayudar de veras a otro a menos que hayamos pasado por el mismo horno de aflicción o el mismo abismo de vergüenza. Se dice de Jesús: «Él puede ayudar a los que lo están pasando porque Él lo ha pasado también» (Heb_2:1 $). El experimentar la vergüenza del fracaso no es sin fruto, porque nos da la compasión y la comprensión que no tendríamos de otra manera.

HÁGASE TU VOLUNTAD

Lucas 22:39-46

Jesús salió en la dirección acostumbrada al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegó al lugar adonde iba, les dijo:

-Pedidle a Dios que no tengáis que arrostrar la furia de la tentación.

Jesús se apartó de ellos a una distancia de un tiro de piedra, y se puso a orar de rodillas:

-Padre, si te parece bien, líbrame de tener que apurar este cáliz; pero que suceda lo que Tú quieres, no lo que quiero yo.

Entonces se le apareció un ángel del Cielo para darle fuerzas. Jesús estaba experimentando una verdadera agonía, y. oraba cada vez más intensamente; y le caían hasta la tierra grandes gotas de un sudor de sangre. Pasado algún tiempo se levantó de la postura de la oración, y vino adonde estaban sus discípulos, y los encontró dormidos de pura tristeza.

-¿Cómo podéis dormir? ¡Levantaos y orad para que no tengáis que arrostrar la furia de la tentación!

El espacio era tan limitado en Jerusalén que no había jardines. La gente acomodada tenía jardines privados en el monte de los Olivos. Algún amigo de Jesús le permitiría usar su jardín, y allá se retiró a pelear su solitaria batalla. Sólo tenía treinta y tres años, y nadie quiere morir a esa edad. Sabía lo que era la crucifixión. Estaba en agonía; la palabra griega se refiere a la lucha desesperada por la vida. No hay escena comparable en toda la Historia. Era el momento decisivo de la vida de Jesús. Todavía podía volverse atrás y evitarse la cruz. La salvación del mundo estaba pendiente de aquella decisión de Jesús mientras sudaba grandes gotas de sangre en Getsemaní. ¡Y Él venció!

Un famoso pianista dijo del Nocturno en Do sostenido de Chopin: «Tengo que contároslo. Chopin se lo dijo a Liszt, y él me lo dijo a mí. En esta pieza todo es dolor y tristeza. ¡Y qué dolor y tristeza!, hasta que empieza a hablar con Dios y a orar; entonces todo vuelve a estar bien.» Eso fue lo que pasó con Jesús. Fue a Getsemaní a oscuras, y salió con luz, porque había hablado con Dios. Fue a Getsemaní en agonía, y salió de allí en victoria y con paz en el alma, porque había hablado con Dios.

Todo depende de la forma en que digamos: «Hágase tu voluntad.»

(i) Puede decirse en un tono de resignación impotente, como el que se sabe en las garras de un poder contra el que no puede luchar. Esas palabras pueden indicar la muerte de la esperanza.

(ii) Puede decirse como si uno hubiera llegado a una rendición total, en reconocimiento de una derrota completa.

(iii) Puede decirse en un tono de frustración porque el sueño que se esperaba no se va a realizar. Estas palabras pueden ir cargadas de desilusión y hasta rabia, porque no hay nada que se pueda hacer.

(iv) Puede decirse con el acento de una confianza perfecta. Así es como lo dijo Jesús. Estaba hablando con Uno que es un Padre, con un Dios cuyos brazos eternos le sostenían y rodeaban aun en la cruz. Se sometía, pero a un amor que no le dejaría. Lo más difícil de la vida es aceptar lo que no podemos entender; pero hasta eso lo podemos hacer si hemos recibido en Cristo la seguridad del amor de Dios.

1 ¡Cristo, mi alegría, – pan del alma mía, siempre fiel a mí!
¡Cómo te he buscado, – cómo me he angustiado sediento de Ti!
Siempre tuyo quiero ser, – nada anhelo en este mundo sino sólo a Ti.
2 A su amor me entrego – y a Satán no temo: no puede dañar.
Aunque el mundo tiemble, – mi .temor ardiente Jesús calmará.
El dolor puede atacar – y el pecado asaltarme: ¡Él no ha de fallarme!
3 Cuando la tristeza – llame a mi puerta, ¡Cristo, alégrame!
Si Tú estás conmigo, – mi aflicción olvido. ¡Tenme junto a Ti!
Y, aunque gima de dolor – cantará el alma mía: ¡Cristo, mi alegría!

JOHANN FRANK – FEDERICO FLIEDNER

EL BESO DEL TRAIDOR

Lucas 22:47-53

Todavía estaba Jesús hablando cuando se presentó una pandilla dirigida por el que se llamaba Judas, uno de los Doce, que se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo:

Judas, ¿vas a traicionar al Hijo del Hombre con un beso?

Cuando los camaradas de Jesús vieron lo que iba a suceder, dijeron:

-Maestro, ¿quieres que tiremos de espada?

Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja derecha.

-¡Basta! ¡Dejadlos! -dijo Jesús; y tocó la oreja del herido, y le sanó. Y luego se dirigió a los principales sacerdotes, a los oficiales de la policía del templo y a los ancianos que habían venido contra Él-: ¿Por qué habéis salido a detenerme con espadas y con palos como si fuera un bandolero? ¡He estado todos estos días con vosotros en el templo, y no me habéis echado mano! Pero esta es vuestra ocasión, bajo la protección de las tinieblas.

Judas había encontrado la manera de traicionar a Jesús de forma que las autoridades se le pudieran echar encima cuando no hubiera gente. Sabía que Jesús acostumbraba a ir por las noches al jardín de la colina, y allí guió a los emisarios del Sanedrín. El capitán del templo, el sagán, era responsable del buen orden en el lugar sagrado; los oficiales que se mencionan aquí eran sus subalternos, que estaban a cargo del arresto de Jesús. Cuando un discípulo se encontraba con su querido rabino, le ponía la mano derecha en el hombro izquierdo y la izquierda en el derecho, y le daba un beso. Fue el beso del discípulo al maestro el que Judas usó como señal de su traición.

Hay cuatro personajes implicados en la escena del arresto, y son significativas las acciones y reacciones de cada uno:

(i) Tenemos a Judas, el traidor. Era un hombre que había dejado a Dios para hacerse aliado de Satanás. Sólo cuando se ha echado a Dios de la vida y recibido a Satanás se puede llegar tan bajo como para vender a Cristo.

(ii) Tenemos a los judíos que habían venido a arrestar a Jesús. Estaban ciegos para Dios. Cuando Dios encarnado vino a la Tierra, en lo único que podían pensar era en cómo le podían empujar a la cruz. Llevaban tanto tiempo siguiendo su propio camino y cerrando los oídos y los ojos a la voz y a la luz de Dios que, al final, ya no le pudieron reconocer cuando vino. Es terrible ser sordo y ciego para Dios.

(iii) Tenemos a los discípulos. Eran hombres que de momento habían olvidado a Dios. Se les había hundido el mundo, y estaban convencidos de que aquello era el fin. En lo último que pensaban entonces era en Dios; en lo único que pensaban era en la terrible situación en que se encontraban. Al que se olvida de Dios y le excluye de la situación le pueden pasar dos cosas: o se aterra y desarticula totalmente, o pierde el poder para enfrentarse con la vida y resolver la situación. En tiempo de prueba, la vida es invivible sin Dios.

(iv) Tenemos a Jesús. Era el único en toda la escena que se acordaba de Dios. Lo maravilloso de Jesús en aquellos últimos momentos era su absoluta serenidad una vez que pasó Getsemaní. Aun en su arresto, parecía ser el Que estaba en el control de la situación; hasta en su juicio, Él era el juez. El que vive con Dios puede resolver cualquier situación y mirar impertérrito a los ojos a cualquier enemigo. Sólo cuando un hombre se ha sometido a Dios puede estar por encima de las circunstancias.

BURLAS Y LATIGAZOS Y JUICIO

Lucas 22:63-71

Los hombres que estaban custodiando a Jesús se pusieron a burlarse de Él y a golpearle; le vendaron los ojos, y le pegaban en la cara mientras le preguntaban:

-¡Anda, profeta, adivina quién es el que te ha dado!

Y apilaban insultos sobre El. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al Sanedrín.

-¿Eres tú el Mesías? -le preguntaron directamente-. ¡Dínoslo!

-Si os dijera que sí, no me creeríais -les contestó Jesús-; y si soy Yo el que os hago preguntas, ni me contestaréis ni me dejaréis en libertad. Pero a partir de este momento el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del Dios todopoderoso.

-Entonces, ¿es que tú eres el Hijo de Dios? preguntaron.

-¡Vosotros lo habéis dicho!

-¡Para qué necesitamos más testigos! ¡Él mismo se ha delatado!

Aquella noche habían llevado a Jesús al Sumo Sacerdote para un interrogatorio privado y oficioso, con el propósito de refocilarse, y tratar de pillarle en algo de lo que pudieran acusarle oficialmente. Después de eso entregaron a Jesús a los policías del templo para que le custodiaran, pero estos se aprovecharon para divertirse cruelmente a su costa. Cuando llegó la mañana le llevaron al Sanedrín.

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, que tenía jurisdicción especialmente en cuestiones religiosas. Lo formaban setenta miembros, entre los que figuraban escribas, rabinos y fariseos, sacerdotes y saduceos, y ancianos. No se podía reunir cuando estaba oscuro; porque, decían, cuando no se puede distinguir un hilo blanco de otro negro, ¿cómo se podrá distinguir la verdad del error? Así es que fue por eso por lo que esperaron a la mañana para llevar a Jesús. El Sanedrín sólo se podía reunir en el salón de la Piedra Tallada, en el recinto del templo. El presidente era el Sumo Sacerdote.

Se han conservado las reglas de procedimiento del Sanedrín, que eran probablemente ideales, aunque no se cumplían nunca del todo; pero, por lo menos, nos permiten conocer lo que los judíos consideraban que debía ser el Sanedrín, y cuánto faltó para que se cumpliera en el juicio de Jesús.

El tribunal se sentaba en semicírculo, para que cada uno pudiera ver a todos los demás. El reo se colocaba enfrente del tribunal, vestido con ropas de duelo. Detrás de él se sentaban filas de estudiantes y discípulos de los rabinos, que podían hablar en defensa del acusado, pero no en contra. Las vacantes que se produjeran entre los miembros del tribunal se permitía que las cubrieran algunos de estos estudiantes. Todas las acusaciones tenían que probarse por la evidencia de dos testigos, examinados independientemente. Estaba permitido que un miembro del tribunal hablara primero en contra del acusado y luego cambiara de parecer y hablara a su favor, pero no viceversa. Cuando se llegaba el momento de dar el veredicto, todos los miembros del tribunal tenían que emitir su juicio individualmente, empezando por los más jóvenes hasta acabar por el más anciano. Para la absolución era suficiente con la mayoría de un voto, pero para la condenación se necesitaban por lo menos dos votos. La sentencia de muerte no se podía ejecutar el mismo día que se pronunciaba; tenía que pasar una noche, para que el tribunal durmiera, y considerara si debía aplicar la piedad. Todo el procedimiento estaba diseñado para que prevaleciera la gracia; y, hasta en el breve relato de Lucas, está claro que el Sanedrín no cumplió sus reglas en el caso del juicio de Jesús.

Hay que notar que el crimen del que se acusaba a Jesús era blasfemia. El pretender ser el Hijo de Dios era un insulto a la majestad de Dios, y por tanto blasfemia, que se castigaba con la muerte.

Es el hecho trágico que, cuando Jesús pidió amor, ni siquiera recibió justicia. Es el hecho glorioso que Jesús, aun saliendo de una noche de interrogatorios maliciosos, burlas y malos tratos, no tenía la menor duda de que se sentaría a la diestra de Dios y su victoria era segura. Tenía una fe que desafiaba a los Hechos. Él nunca pensó, ni por un momento, que los hombres podían derrotar el propósito de Dios.

Lucas 22:1-71

22.1 Todos los judíos varones mayores de doce años de edad debían ir a Jerusalén para la Fiesta de la Pascua, a la cual le seguía la Fiesta de los Panes sin Levadura. Para estas festividades, judíos de todas partes del Imperio Romano convergían en Jerusalén para celebrar uno de los acontecimientos más importantes de su historia. Si desea más información acerca de la Pascua y la Fiesta de los Panes sin Levadura, véase la primera nota a Mar_14:1.

22.3 La parte de Satanás en la traición de Jesús no quita en absoluto la responsabilidad de Judas. Desilusionado porque Jesús hablaba de morir antes que establecer su Reino, Judas pudo tratar de manipular al Maestro, procurando que usara su poder para probar que era el Mesías. O a lo mejor, Judas no entendió en qué consistía la misión de Jesús, tampoco creía que era el escogido de Dios. (Si desea más información acerca de Judas, véase su perfil en Marcos 14.) Sin importar lo que Judas pensaba, Satanás supuso que la muerte de Jesús daría por terminada la misión y detendría el plan de Dios. Como Judas, Satanás no sabía que la muerte de Jesús era la parte más importante en el plan de Dios.

22.7, 8 La comida de la Pascua incluía cordero, porque cuando los judíos se preparaban para salir de Egipto, Dios les dijo que debían matar uno, usar su sangre para pintar los dinteles de sus casas y preparar la carne para comerla. Pedro y Juan tuvieron que comprar y preparar el cordero así como también el pan sin levadura, aderezo, vino y otros alimentos ceremoniales.

22.10 Comúnmente las mujeres, no los hombres, iban al pozo y llevaban el agua a la casa. Este hombre quizás estaba entre el gentío.

22.14-18 La Pascua conmemoraba la huida de Israel de Egipto cuando la sangre de un cordero, puesta en los dinteles de las puertas, salvó de la muerte a sus primogénitos. Este acto simbolizaba la obra de Jesús en la cruz. Como el Cordero de Dios sin mancha, derramaría su sangre a fin de salvar a los suyos del juicio y la muerte por el pecado.

22.17, 20 Lucas menciona dos copas de vino, mientras que Mateo y Marcos se refieren solo a una. En la cena tradicional de Pascua, el vino se sirve cuatro veces. Cristo hizo alusión a su cuerpo y a su sangre cuando ofreció la cuarta y última copa.

22.17-20 Los cristianos difieren en su interpretación del significado de la conmemoración de la cena del Señor. Hay tres puntos de vista principales: (1) el pan y el vino llegan a ser el cuerpo y la sangre de Cristo; (2) el pan y el vino permanecen invariables, Cristo está espiritualmente presente y a través de ellos por la fe; (3) el pan y el vino, que permanecen invariables, son el recuerdo del sacrificio de Cristo. No importa cuál punto de vista prefiera, todos los cristianos están de acuerdo en que la santa cena conmemora la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados y señala la venida del Rey en gloria. Cuando participamos, mostramos nuestra profunda gratitud de su obra a nuestro favor y nuestra fe se hace más sólida.

22.19 Jesús le dijo a sus discípulos que partieran el pan y lo comieran «en memoria de mí». Quería que recordaran su sacrificio, la base del perdón de los pecados y también su amistad que podían seguir gozando a través de la obra del Espíritu Santo. Aunque el significado exacto de la Comunión se ha debatido fuertemente a lo largo de la historia de la Iglesia, los cristianos siguen comiendo el pan y bebiendo el vino en memoria de su Señor y Salvador Jesucristo. No renuncie a participar de la cena del Señor, deje que le recuerde lo que Cristo hizo por usted.

22.20 En tiempos del Antiguo Testamento, Dios aceptaba perdonar los pecados si traían animales al sacerdote para que los sacrificara. Cuando se estableció este sistema sacrificial, el acuerdo entre Dios y el hombre se selló con la sangre de animales (Exo_24:8). Sin embargo, la sangre de animales no tiene la virtud de limpiar pecados (solo Dios puede perdonar pecados), el sacrificio de animales se repetía cada día y cada año. Jesús instituyó un «nuevo pacto» o acuerdo entre el hombre y Dios. Bajo este nuevo pacto, Jesús moriría en lugar de los pecadores. Como en el caso de la sangre de los animales, su sangre (porque El es Dios) limpiaría los pecados de todo aquel que depositara su fe en El. Y su sacrificio nunca se repetiría pues sería aceptable por toda la eternidad (Heb_9:23-28). Los profetas vieron este nuevo pacto futuro que cumpliría el antiguo pacto sacrificial (Jer_31:31-34), y Juan el Bautista llamó a Jesús el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Joh_1:29).

22.21 De los relatos de Marcos y Juan concluimos que este amigo es Judas Iscariote. Aunque los demás discípulos se confundieron con las palabras de Jesús, Judas sabía lo que significaban.

22.24 El acontecimiento más importante en la historia estaba a punto de ocurrir, ¡y los discípulos discutían acerca de su prestigio en el Reino! Mirando en retrospectiva podemos decir: «No era el momento para discutir el nivel social». Sin embargo, los discípulos enredados en sus preocupaciones particulares, no percibieron lo que Jesús trataba de decirles acerca de su muerte y resurrección próximos. ¿Cuáles son sus preocupaciones predominantes hoy? Veinte años atrás, ¿parecerían esas preocupaciones mezquinas e inapropiadas? Deje de mirarse y busque las señales del Reino de Dios que en cualquier momento irrumpirá en la historia humana por segunda vez.

22.24-27 El sistema de liderazgo del mundo es muy diferente al que rige en el Reino de Dios. A menudo, los líderes terrenales son egoístas y arrogantes a medida que escalan hacia la cumbre. (Algunos reyes en tiempos antiguos se autonombraban «benefactores».) Pero entre los cristianos, líder es aquel que sirve mejor. Hay estilos diferentes de liderazgo, algunos dirigen mediante la oratoria pública, otros mediante la administración, los restantes a través de las relaciones, pero todos de igual forma necesitan un corazón de siervo. Pregunte a quienes usted sirve cómo puede hacerlo mejor.

22.31, 32 Satanás quiso zarandear a Pedro como si fuera trigo. Esperaba hallar solo paja, fácil de soplar. Pero Jesús aseguró a Pedro que su fe, a pesar de flaquear, no se destruiría, sino que se renovaría hasta convertirse en un líder poderoso.

22.33, 34 Jesús profetizó que Judas lo traicionaría y dice que le espera gran aflicción al traidor (22.22). Luego anuncia que Pedro lo negaría y que después se arrepentiría y recibiría una misión para apacentar a los corderos de Jesús (Joh_21:15). Traicionar es tan malo como negar. Pero los dos hombres tuvieron destinos totalmente diferentes porque uno se arrepintió.

22.35-38 Ahora Jesús cambia su consejo inicial relacionado con los viajes (9.3). Los discípulos debían llevar alforja, dinero y espada. Podrían enfrentar ataques y persecución y tendrían que estar preparados. Cuando Jesús dice: «¡Basta!», quizás daba a entender que dos espadas eran suficientes o que habló demasiado. En uno u otro caso, su necesidad por una espada comunica en forma intensa las dificultades que muy pronto enfrentarían.

22.39 El Monte de los Olivos estaba localizado al este de Jerusalén. Jesús fue a un monte que se hallaba al suroeste, un olivar llamado Getsemaní, que significa «lagar de aceite».

22.40 Jesús pidió a los discípulos que oraran para que no entraran en tentación porque El sabía que muy pronto los iba a dejar. También sabía que necesitarían más fortaleza para enfrentar la tentación que se avecinaba: la de huir o la de negar su relación con El. Además, estaban a punto de verlo morir. ¿Seguirían creyendo que era el Mesías? La tentación más fuerte sería creer que los engañaron.

22.41, 42 ¿Trataba Jesús de abandonar su misión? Nunca es malo expresar nuestros verdaderos sentimientos a Dios. Jesús expuso su temor frente a las aflicciones venideras, pero a la vez reafirmó su decisión de hacer la voluntad de Dios. La copa a la que se refiere significa la agonía terrible que tendría que enfrentar; no solo el horror de la crucifixión, sino peor aun, la separación total de Dios que experimentaría a fin de morir por los pecados del mundo.

22.44 Solo Lucas menciona que Jesús parecía sudar gotas de sangre. Jesús estaba en extrema agonía, pero El no cedió ni renunció. Siguió adelante con la misión a la que había venido.

22.46 Estos discípulos estaban dormidos. Qué trágico es cuando muchos cristianos actúan como si estuvieran profundamente dormidos cuando llega el momento de entrega y servicio a Cristo. No permita que le encuentre insensible ni sin preparación para el trabajo de Cristo.

22.47 Un beso era, y aún lo es, un saludo tradicional entre los hombres en ciertas partes del mundo. En este caso fue la señal para arrestar a Jesús (Mat_26:48). Resulta irónico que un gesto de saludo se traduzca en traición. Fue un falso gesto debido a la traición de Judas. ¿Se han convertido algunas de sus prácticas religiosas en gestos vacíos? Traicionamos a Cristo cuando nuestros actos de servicio o entrega no son sinceros o cuando lo hacemos como espectáculo.

22.50 Por el Evangelio de Juan sabemos que Pedro fue el hombre que cortó la oreja al siervo (Joh_18:10).

22.53 Los líderes religiosos no arrestaron a Jesús en el templo por temor a una revuelta. En cambio, vinieron en secreto durante la noche, bajo la influencia del príncipe de las tinieblas, Satanás mismo. No debe interpretarse como si Satanás ganara ventaja, cada cosa ocurrió de acuerdo al plan de Dios. Había llegado el momento en que Jesús tendría que morir.

22.54 A pesar de que era la media noche, llevaron a Jesús de inmediato a la residencia del sumo sacerdote. Los líderes religiosos ansiaban y querían que se cumpliera la ejecución antes del día de reposo y seguir con la celebración de la Pascua. Esta residencia era un palacio con muros exteriores que daban a un patio donde siervos y soldados buscaban calentarse alrededor del fuego.

22.55 Las experiencias de Pedro en las próximas horas cambiarían su vida. Se convertiría de un seguidor poco entusiasta a un discípulo arrepentido y finalmente a la clase de persona que Cristo podría utilizar para edificar su Iglesia. Si desea más información, véase su perfil en Mateo 27.

22.62 Pedro lloró amargamente, no solo por aceptar que negó a su Señor, el Mesías, sino también porque dio las espaldas a un amigo muy querido, alguien que lo amó y enseñó durante tres años. Sin tomar en cuenta la advertencia de Jesús (Mar_14:29-31; Luk_22:33-34), Pedro manifestó que nunca lo negaría. Sin embargo, cuando sintió temor, actuó en contra de su intrépida promesa. Incapaz de mantenerse a favor de su Señor durante doce horas, falló como discípulo y como amigo. Debemos estar atentos a nuestros lados débiles y no ser autosuficientes ni presumidos. Si fallamos, recordemos que Cristo puede usar a quienes reconocen su falta. Pedro aprendió mucho de esta experiencia humillante y le fue de ayuda en las responsabilidades de líder que muy pronto asumiría.

22.70 Jesús no manifestó en este momento que El era Dios, simplemente respondió con un sí la pregunta del sumo sacerdote, diciendo: «Vosotros decís que lo soy». Pero Jesús se identificó con Dios al usar un título familiar que se halla en el Antiguo Testamento: «Yo soy» (Exo_3:14). El sumo sacerdote reconoció la declaración de Jesús y lo acusó de blasfemo. Para cualquier otro ser humano decir que era Dios era una blasfemia, pero en este caso era verdad. La blasfemia, el pecado de pretender ser Dios o atacar de cualquier forma su autoridad y majestad, se castigaba con la muerte. Los líderes judíos tenían la evidencia que necesitaban.

JUICIO DE JESUS

El juicio de Jesús fue más bien una serie de interrogatorios controlados con cuidado a fin de lograr su muerte. El veredicto estaba profetizado, pero eran necesarios ciertos procedimientos «legales». Demandó un gran esfuerzo condenar y crucificar a un inocente. Jesús enfrentó un juicio injusto en nuestro lugar, de manera que no tuviéramos que sufrir uno de esta naturaleza y recibir el justo castigo por nuestros pecados.

  1. Juicio ante Anás (poderoso ex sumo sacerdote) Joh_18:13-23
  2. Razones probables : Aunque ya no era sumo sacerdote, seguía ostentando mucho poder
  3. Juicio ante Caifás (sumo sacerdote durante el juicio) Mat_26:57-68; Mar_14:53-65; Luk_22:54, Luk_22:63-65; Joh_18:24
  4. Razones probables : Reunir evidencias para el concilio,
  5. Juicio ante el concilio (Sanedrín) Mat_27:1; Mar_15:1; Luk_22:66-71
  6. Razones probables: Juicio religioso formal y condenación a muerte
  7. Juicio ante Pilato (la más alta autoridad romana)

Lucas 22:1-13

En el capítulo al cual dan principio estos versículos empieza la relación que hace S. Lucas de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Ningunas de las páginas del Evangelio son tan importantes como estas. La muerte de Cristo fue la vida del mundo. Ni hay parte de la historia de nuestro Señor que los evangelistas hayan referido de una manera tan circunstanciada como esta. Solo dos de ellos relatan el nacimiento de Jesús; mas todos cuatro, y en especial Lucas, narran su muerte con minuciosidad.

En estos versículos percibimos, en primer lugar, que ni aun los más altos destinos eclesiásticos pueden preservar a los que los desempeñan, de caer en el error y en el pecado. Se nos dice que los príncipes de los sacerdotes y los escribas procuraban matar a Jesús.

Los hombres que dieron los primeros pasos para causar la muerte de Jesús, eran maestros de la nación judía. Los siervos que debieron haber dado la bienvenida al Mesías fueron quienes se conspiraron para matarlo. Los-pastores que debieron haberse regocijado cuando apareció el Cordero de Dios, fueron los mayores cómplices de su inmolación. Ellos ocupaban la silla de Moisés y se jactaban de ser guías de los ciegos y luz do los que estaban en tinieblas, Rom_2:19. Pertenecían a la tribu de Leví y la mayor parte de ellos descendían por línea recta de Aarón. Y sin embargo, crucificaron al Señor de gloria. Con toda su decantada sabiduría eran más ignorantes que los pocos pescadores de Galilea que siguieron a Cristo.

Guardémonos de tributar demasiada veneración a los ministros de la religión a causa de su estado. Las herejías más atroces y los abusos más abominables, han sido introducidos en la iglesia por hombres que, en alguna época, recibieron las órdenes sagradas. Es cierto que los que son superiores en dignidad merecen cierto respecto, y que es preciso no prescindir del orden y de la disciplina; pero hay ciertos límites más allá de los cuales no es prudente que penetremos.

Necesario es que no dejemos que ciegos nos guíen para precipitarnos en el abismo: necesario es que no dejemos que sacerdotes y escribas o la moderna nos hagan crucificar a Cristo de nuevo. Es de nuestro deber pesar a todos los ministros en la fiel balanza de la palabra de Dios. Importa poco quien es el que dice algo sobre religión; pero sí importa mucho qué es lo que dice. ¿Está de acuerdo con la Biblia? ¿Es cierto? He aquí las únicas preguntas que nos debemos hacer.

Advertimos, en seguida, en estos versículos, a qué bajezas tan inauditas pueden descender los hombres después de hacer las protestas más enérgicas. El segundo paso dado en la trama de la crucifixión de nuestro Señor fue la traición de uno de los doce apóstoles: «Y entró Satanás en Judas, que tenia por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce.» Estas palabras contienen algo muy terrible. Ser tentado de Satanás es una desgracia, pero ser dominado y cautivado por él es horrible calamidad.

Judas Iscariote debiera servir de escarmiento a la iglesia cristiana. Recuérdese que este hombre fue uno de los doce apóstoles escogidos por nuestro Señor; que siguió a su Maestro durante Su vida pública; que lo oyó predicar y presenció sus milagros; que él mismo predicó; que habló como los otros apóstoles; que no había nada que lo distinguiera de Pedro, Juan y Santiago; que nunca se sospechó que tuviera mal corazón. Y no obstante todo esto, resulta ser al cabo un hipócrita, traiciona a su Maestro,- ayuda a Sus enemigos a entregarlo a la muerte, y muere como «hijo de perdición.» Esto es terrible; pero cierto.

En estos versículos percibimos, además, cuan enorme es el influjo del amor al dinero. Cuando Judas se presentó ante los príncipes de los sacerdotes para traicionar a su Señor, ellos «concertaron de darle dinero.» Esas cuatro palabras revelan el secreto de la caída de ese hombre: amaba el dinero. Sin duda había oído la solemne amonestación de nuestro Señor: «Mirad y guardaos de la avaricia» (Luk_12:15); mas, o la había olvidado, o no se había cuidado de ella. La avaricia fue el escollo que le hizo naufragar: la avaricia fue para él causa de la pérdida de su alma.

¿Qué mucho que S. Pablo llamara el amor del dinero raíz de todos los males? 1Ti_6:10. Los anales de la iglesia están llenos de ejemplos bien tristes, que manifiestan que esa pasión es uno de los medios do que se sirve Satanás para hacer delinquir a los que han profesado la religión verdadera Giezi, Ananías y Safira, son nombres que naturalmente vienen a la memoria. Más, de todos los ejemplos ninguno es tan triste como el que tenemos a la vista.

Por el vil lucro, un apóstol vendió al Maestro más tierno y amable. Por dinero, Judas Iscariote traicionó a Cristo.

Telemos y oremos para no ser víctimas del amor del dinero. El pobre está tan expuesto como el rico: se puede amar el dinero sin tenerlo; y se le puede tener sin amarlo. Contentémonos con lo que tengamos. Heb_13:5. Es un hecho muy notable que no hay sino una oración en el libro de los Proverbios, y que una de las tres peticiones de esa oración es: « No me des pobreza ni riquezas..

En estos versículos percibimos, por último, la relación que tiene la muerte de nuestro Señor Jesucristo con la fiesta de la Pascua. Por cuatro veces se nos hace recordar que la noche que precedió al día de la crucifixión era que se celebraba la gran fiesta de los judíos, en que era necesario matar la pascua.

Es bien seguro que Dios señaló la hora de la crucifixión. En su sabiduría y su poder infinitos dispuso que el Cordero de Dios muriera al mismo tiempo que se mataba el cordero pascual. La muerte de Cristo fue el cumplimiento de la pascua.

Ese fue el sacrificio real que se había simbolizado por mil quinientos años con el cordero sin mancha. Lo que la muerte del cordero había sido para Israel en Egipto, la muerte de Jesús iba a ser para todos los pecadores de la tierra.

No perdamos jamás de vista el hecho de que la muerte de Cristo tuvo el carácter de sacrificio. Rechacemos con indignación la idea moderna de que no fue sino un acto de abnegación inaudita. Sin duda que fue un acto de abnegación, mas fue también algo más elevado, más importante: fue una propiciación ofrecida por los pecados del mundo; fue una expiación hecha por la transgresión del hombre. «Cristo nuestra pascua,» dice S. Pablo, «ha sido sacrificado por nosotros..

Lucas 22:14-23

Estos versículos contienen la relación que hace S. Lucas de la institución de la Cena del Señor. Este es un pasaje que todo cristiano verdadero leerá siempre con vivo interés. ¡Cuan sorprendente no es que una ceremonia que en su origen fue tan sencillamente bella haya sido enmarañada y confundida en un laberinto de invenciones humanas! ¡Qué prueba tan dolorosa de la corrupción humana no es el hecho de que una de las más acaloradas controversias que han sembrado la discordia en la iglesia de Dios, haya versado sobre el sacramento de la eucaristía! ¡Grande a la verdad es el ingenio que tiene el hombre para hacer degenerar los dones de Dios! Notemos, ante todo, que el objeto principal de la Cena del Señor es traer a la memoria de los cristianos la muerte expiatoria de Cristo. Al instituir la Cena, Jesús dijo a sus discípulos que lo que iban a hacer era en memoria de él. La Cena del Señor no es pues un sacrificio, sino esencial y únicamente un rito conmemorativo.

El pan que el comulgante come en la cena del Señor, sirve para traerle a la memoria el cuerpo de Cristo que fue ofrecido en la cruz por sus pecados; y el vino que bebe tiene por objeto traerle a la memoria la sangre de Cristo que fue derramada también por sus culpas. Con los dos elementos se anuncia en emblemas palpables a Cristo, como nuestro sustituto crucificado: ellos son, por decirlo así, un sermón visible que habla a los sentidos de los oyentes y enseña así la verdad fundamental del Evangelio, es a saber: que Cristo al morir en la cruz dio vida espiritual al hombre.

Bueno será que no perdamos de vista estas verdades. Cierto es que los que participen dignamente en la Cena del Señor recibirán bendiciones señaladas; pero que haya otro medio excepto la fe por el cual los cristianos puedan comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre, debemos siempre negarlo. El que se cerque a la mesa con fe en Jesucristo puede esperar con confianza que su fe sea aumentada; mas no será así con el que lo haga sin fe: después de la comunión estará lo mismo que antes.

Notemos, en seguida, que la observancia de la Cena del Señor es obligatoria para todos los verdaderos cristianos. Los términos que nuestro Señor usó al referirse a este asunto son enérgicos y concluyentes: «Haced esto en memoria de mí.» No es pues válida, en manera alguna, la suposición que hacen algunos de que estas palabras no son otra cosa que un precepto dado a los apóstoles y a todos los ministros de la religión para que administrasen la Cena del Señor. Las palabras en cuestión indican claramente que el precepto fue dirigido a todos los discípulos.

Muchos hombres pierden de vista esta gran verdad. Hay millares y millares de miembros de la iglesia que jamás concurren a tomar parte en la Cena. e individuos que se avergonzarían tal vez de que alguno creyese que quebrantaban el decálogo, no se ruborizan de violar un precepto expreso de Jesucristo. Acaso crean que no cometan falta .alguna con abstenerse de comulgar; acaso olviden que si hubieran vivido en tiempo de los apóstoles no se les habría reputado como cristianos.

Ahora bien ¿qué hacemos nosotros sobre este particular? He aquí la cuestión que más de cerca nos concierne. ¿Dejamos de concurrir a participar de la Cena del Señor porque creemos que ese acto no es necesario? Si tal es nuestra opinión debemos abandonarla tan pronto como nos sea posible. No hay que burlarse así de un precepto que el Hijo de Dios nos ha dado de una manera tan terminante. ¿O es que no concurrimos porque no nos encontramos en aptitud para comulgar? Si así fuere, es preciso que sepamos que en tal caso no nos encontramos tampoco en aptitud para morir. El que no es digno de comulgar no es digno del cielo, ni está preparado para el día del juicio.

Observemos, por último, quiénes fueron los comulgantes cuando la Cena del Señor fue instituida. No todos ellos eran buenos, ni todos ellos eran creyentes. San Lucas nos informa que el traidor, Judas Iscariote, estaba presente, puesto que a las siguientes palabras de nuestro Señor no puede darse ninguna otra interpretación: «He aquí,» dice, «la mano del que me entrega está conmigo en la mesa..

La lección que de estas palabras se desprende es sumamente importante. Según ellas, no hemos de reputar a todos los comulgantes como verdaderos creyentes y siervos sinceros de Cristo. Los malos estarán junto a los justos aun en la celebración de la Cena. Nadie puede impedirlo. También se nos enseña que es insensatez dejar de asistir a la celebración del sacramento, porque algunos de los comulgantes no sean cristianos sinceros, o abandonar la iglesia porque algunos de sus miembros sean malos. El trigo y la cizaña siempre crecerán juntos. Nuestro Señor mismo toleró que hubiese un Judas en la primera comunión que ha tenido lugar. ¿Por qué ha de ser el discípulo más rígido que el Maestro? Que examine su propio corazón y deje que otros contesten por sí mismos ante Dios.

Finalmente, si no somos comulgantes preguntémonos, al terminar este pasaje, ¿por qué no lo somos? ¿Qué razón podemos dar para desobedecer un precepto tan expreso? ¡Afortunados seriamos si no nos sintiésemos tranquilos hasta que hubiésemos reflexionado sobre estas preguntas!

Lucas 22:24-30

Observemos, primeramente, con cuánta tenacidad el orgullo y el deseo de ocupar puestos sobresalientes se apoderan hasta de los buenos. Se nos dice que hubo una contienda entre los discípulos sobre quién de ellos era o parecía ser el mayor.

Nuestro Señor había desaprobado en otra ocasión una contienda semejante; a más de eso, el sacramento que los discípulos habían recibido y las circunstancias bajo las cuales se habían congregado, aumentaban la gravedad de la falta. Y no obstante, a esa hora, la última que pasarían en sosiego con su Maestro antes de la crucifixión, los miembros de ese rebaño empezaron a disputar sobre ¡quién seria el mayor! Tal es el corazón del hombre: siempre débil, siempre engañoso, siempre inclinado, aun en los momentos más supremos, a tornarse a lo que es malo.

El pecado de que venimos tratando es muy antiguo. La ambición, la vanidad, la presunción están profundamente arraigadas en los corazones de los hombres, y muchas veces en aquellos en que menos se les sospecha. Pocos hay, a la verdad, que se regocijen cuando sus semejantes reciben puestos más elevados que los que ellos ocupan. La envidia que hay en el mundo es una prueba concluyente de la prevalecía alarmante del orgullo. Nadie envidiaría a los que ocupan altos puestos si no creyese que sus propios méritos sean mayores que los de estos.

Si profesamos servir a Jesucristo, precavámonos de semejante pecado. Los males que ha causado a la iglesia son incalculables. Tengamos presente constantemente la regla dada a los Filipenses «En humildad de espíritu, estimándoos inferiores los unos a loa otros.» Juan Bautista nos ha ofrecido un ejemplo que debiéramos imitar, cuando dijo respecto de nuestro Señor: «A el conviene crecer; mas a mí decrecer.» Phi_2:3; Joh_3:30.

Notemos, en segundo lugar, lo que el Señor dijo acerca de la verdadera grandeza cristiana. El manifestó a sus discípulos que lo que el mundo llamaba grandeza era el señorío y la potestad. «Mas vosotros,» dijo, «no así: antes el que es mayor entre vosotros, sea como el más mozo; y el que precede, como el que sirve.» Y con firmó este principio de una manera enérgica con su propio ejemplo. «Yo soy entre vosotros como el que sirve..

Prestar algún servicio en la iglesia de Dios; estar listo para hacer con humildad cualquiera cosa y ayudar en cualquiera obra buena; tener voluntad para cumplir cualquiera deber, por bajo que sea, y llenar cualquier destino, aun el más desagradable, si de este modo se puede promover la felicidad y pureza de los hombres–he aquí lo que constituye la grandeza cristiana. En la falange de Cristo el héroe no es el hombre de alto rango, el que posee títulos, dignidades y carruajes, y sale seguido do un magnífico séquito. Lo es el que se afana por el bien ajeno más que por el suyo propio; el que es bondadoso, afable y atento con todos; el que siempre está pronto a socorrer a los demás, y a alegrarse cuando ellos se alegran, y llorar cuando ellos lloran; el que se esfuerza y se desvela por disminuir el vicio y la desdicha humana, por consolar a los afligidos, por proteger a los desamparados, instruir a los que no saben y auxiliar a los necesitados. He ahí el hombre que es verdaderamente grande a los ojos de Dios. Bien puede el mundo hacer burla de sus esfuerzos, y dudar de la sinceridad de sus motivos; mas mientras el mundo ríe, Dios aprueba.

Aspiremos a la grandeza de esta especie si deseamos ser siervos de Cristo. Cuidemos de atender a las necesidades de un mundo pecador. Loado sea Dios que la grandeza que Jesucristo nos ha recomendado está al alcance de todo el mundo. No todos los hombres poseen erudición, talentos o dinero; mas todos pueden prestar su contingente, ya de un modo, ya de otro, para aliviar las necesidades de los demás.

Notemos, en tercer lugar, el encomio que nuestro Señor hizo de sus discípulos. El les dijo a estos: « Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones.» Hay algo muy notable en estas palabras. No ignoramos las debilidades y flaquezas de que fueron frecuentemente culpables los discípulos. Jesús los había amonestado muchas veces por su ignorancia y falta de f é; y en la época a que nos referimos El sabía bien que dentro de pocas horas lo iban a abandonar.

Sin embargo, el misericordioso Salvador se detuvo a tomar en consideración uno de sus buenos rasgos de conducta, y llamó hacia él la atención de toda la iglesia. Los discípulos, a despecho de todas sus faltas, habían sido fieles a su Maestro. Aunque habían incurrido en errores, su lealtad había permanecido firme.

Si somos verdaderos creyentes estemos seguros de que Cristo considera más bien nuestras buenas cualidades que nuestras faltas, que se compadece de nosotros por nuestras debilidades, y que no nos juzgará como merezcan nuestros pecados. No podemos amarlo con demasiado ardor. Puede suceder que cometamos muchos errores; que nos falten conocimientos, valor y fe; que caigamos muchas veces en tentación; empero hay una acción laudable que no está jamás fuera de nuestro alcance, es a saber: amar a nuestro Señor Jesucristo de todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. Feliz el que puede decir como Pedro: «Señor, tú sabes que te amo..

Notemos, por último, la gloriosa promesa que Cristo hace a sus discípulos. El les dice: «Yo pues ordeno un reino como mi Padre me lo ordenó a mí; para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino; y os sentéis sobre tronos juzgando a las doce tribus de Israel..

Estas que fueron las palabras de despedida que nuestro Señor pronunció ante su pequeño rebaño, contienen valiosas promesas. El sabía bien que después de trascurridas algunas horas, la misión que había venido a cumplir sobre la tierra llegaría a su término. Tal vez nosotros no comprendamos de un todo el significado de esas promesas; bástanos saber que nuestro Señor prometió a los once fieles discípulos honor, gloria y recompensas que serian en gran manera superiores a todo lo que ellos habían hecho por él meditemos sobre esta última y consoladora idea al terminar la consideración de este pasaje.

Lucas 22:31-38

Estos versículos nos enseñan qué enemigo tan encarnizado de los creyentes es el demonio. El Señor dijo: «Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.» Ese enemigo estaba cerca del rebaño de Cristo aunque los apóstoles no lo vieran. Estaba ansiando labrar su eterna ruina aunque ellos no lo sabían. Así como el lobo anhela la sangre del cordero, el demonio desea la destrucción de las almas.

La personalidad, la actividad y el poder del demonio son asuetos sobre los cuales los cristianos no meditan tanto como debieran. Satanás fue quien trajo el pecado al mundo tentando a Eva. El es el ser que dice en un pasaje del libro de Job que viene «de rodear la tierra, y de andar por ella.» Es a él a quien el Señor llama «príncipe de este mundo,»homicida y mentiroso. A él es a quien Pedro compara a «un león rugiente que busca a alguno para devorarlo.» A él es a quien Juan llama «el acusador de los hermanos.» Es él quien está siempre causando males en la iglesia do Cristo, arrebatando la buena semilla del corazón de los que oyen la palabra, sembrando cizaña en medio del trigo, sugiriendo falsas doctrinas, y fomentando contiendas. El mundo sirve de lazo al creyente, y la carne le es onerosa; pero ningún enemigo tiene tan peligroso como ese adversario infatigable, mañoso e invisible que se llama Satanás.

Si profesamos tener religión alguna, estemos alerta contra las tretas del diablo. No puede mirarse sin recelo al enemigo que venció a David y a Pedro, y tentó al mismo Jesucristo. El es muy astuto, pues ha estudiado el corazón del hombre nada menos que por seis mil años, y puede acercársenos bajo el disfraz de un ángel de luz. Necesario es que velemos y oremos, y que nos pongamos la coraza de la fe. Gracias sean dadas a Dios que nos ha prometido que si le resistimos huirá de nosotros, y que el Señor, cuando venga, lo quebrantará debajo de nuestras plantas.

Estos versículos nos enseñan también cual es el gran secreto de la perseverancia en la fe. Nuestro Señor dijo a Pedro: «Yo he rogado por ti que tu fe no falte.» Gracias a la intercesión de Cristo fue que Pedro no cayó del todo.

La existencia perenne de la gracia en el corazón del creyente es un gran milagro. Sus enemigos son tan poderosos y sus fuerzas son tan pequeñas, el mundo está tan lleno de engaños y su corazón es tan débil que a primera vista parece imposible que llegue al cielo. El pasaje que tenemos a la vista explica a que debe su seguridad: es que a la diestra de Dios hay un Abogado que constantemente intercede por él, que sabe todas sus necesidades y que diariamente obtiene grandes bendiciones para su alma. La esperanza nunca se extingue en su corazón porque Cristo siempre vive para interceder por él. Heb_7:25.

Para que hallemos consuelo en nuestra religión es preciso que nos formemos ideas claras del poder de intercesión del Hijo. Cristo no solo murió por nosotros, sino que vive perpetuamente para mediar por sus siervos. San Pablo dice: «Cristo es el que murió, antes el que también resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros.» Rom_8:34.

En este pasaje se nos enseña, además, cuál es el deber que incumbe a todos los creyentes que reciben señaladas bendiciones de Cristo. Nuestro Señor dijo a Pedro: «Cuando te conviertas confirma a tus hermanos..

Dios posee, entre otros muchos atributos, el de hacer que de en medio del mal se engendre el bien. El puede hacer que las debilidades y flaquezas de algunos miembros de la iglesia redunden en bien de todo el gremio. El puede hacer que la caída de un discípulo sea el medio por el cual éste se ponga en aptitud de sostener y alentar a otros.

¿Hemos caído nosotros alguna vez y hemos sido levantados por la misericordia de Cristo a una altura mayor de la que antes ocupábamos, a una vida nueva? Si así fuere, es de nuestro deber portarnos con bondad y suavidad para con nuestros hermanos. Digámosles que sabemos por nuestra propia experiencia que el pecado produce frutos acerbos; prevengámosles que no hay que hacer burla de las tentaciones; pongámoslos alertas contra el orgullo y la presunción; y hagámosles ver que Cristo se compadece de los que han caído.

Estos versículos nos enseñan, por último, que el siervo de Cristo ha de emplear, en el eficaz servicio de su Maestro todos los medios que atan justos. Se nos refiere que nuestro Señor dijo a sus discípulos: «El que tiene bolsa, tómela; y también su alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y cómprela..

Estas palabras deben tomarse en sentido proverbial. Se refieren al período incluido entre el primero y el segundo advenimiento de nuestro Señor. En tanto que el Señor venga, los creyentes tienen que hacer un uso acertado de todas las facultades que Dios les ha concedido. Menester es que se dejen de esperar que se obren milagros para ahorrarles trabajo; o que si no trabajen les caerá maná del cielo; o que si no luchan ni se afanan, Dios allanará todas sus dificultades y vencerá a todos sus enemigos. Bueno es que recuerden que la mano diligente es la que enriquece. Pro_10:4.

Trabajemos por la causa de Cristo como si creyésemos que todo depende de nuestros esfuerzos; mas no olvidemos, por otra parte que sin la bendición de Dios nada podremos hacer. Conduzcámonos como Jacob cuando se vio con su hermano Esaú. El empleó para conciliar a éste todos los medios lícitos que tenia a su alcance; mas, después que hubo hecho todo lo que pudo, pasó la noche orando.

Lucas 22:39-46

Los versículos arriba citados contienen la narración que hace S. Lucas de las agonías de nuestro Señor en el jardín. Pasaje es este que debiéramos leer con señalada reverencia. El episodio que en él se refiere es una de « las profundidades de Dios.» Al leerlo nos vienen a la memoria aquellas palabras del éxodo: «Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar donde tú estas, tierra santa es.» Exod. 3: 6.

En este pasaje se nos presenta primeramente un ejemplo de lo que los creyentes deben hacer cuando se encuentran en trabajos. El Jefe mismo de la iglesia presenta el modelo que ha de imitarse. Se nos dice que habiendo venido al monte de las Olivas, la víspera de ser crucificado, «puesto de rodillas, oró..

Es un hecho bien digno de notarse que tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo se da un mismo remedio para los que estén agobiados de trabajos. ¿Qué dice el libro de los Salmos? «Llámame en el día de la angustia; librarte he.» Psa_50:15. ¿Qué dice el apóstol Santiago? «¿Está alguno entre vosotros afligido? haga oración.» Jam_5:18. La oración fue el remedio de que usó Jacob cuando estaba temiendo la saña de Esaú; la oración fue el remedio de que usó Job cuando sus bienes y sus hijos le fueron arrebatados; la oración fue el remedio que Ezequías empleó cuando recibió la amenazante carta de Senaquerib; y finalmente, la oración fue el remedio que el mismo Hijo de Dios empleó cuando se hizo hombre. En la hora de su misteriosa agonía oró.

Si queremos consuelo en la aflicción procuremos emplear ese remedio. Que el primer amigo a quien acudamos sea Dios; que la primera súplica que llagamos sea dirigida al trono de la gracia. Ningún pesar debe estorbárnoslo; ninguna desgracia debe enmudecernos. Si más no podemos decir, exclamemos a lo menos: «Violencia padezco, confórtame.» Isa_38:14.

En estos versículos percibimos, en segundo lugar, qué especie de oraciones debe el creyente hacer a Dios en tiempo de angustia. En este caso también nuestro Señor presenta un modelo a su pueblo. Se nos refiere que dijo: «Padre, si quieres, pasa esta copa de mí; empero no se haga mi voluntad, mas la tuya.» Y tengamos presente que el que así se expresó reunía en una sola persona dos naturalezas distintas: una divina y otra humana. Cuando pidió que no se hiciera su voluntad, se refirió a su voluntad como hombre.

Las palabras que, en el caso a que aludimos, usó nuestro Señor, nos dan a conocer con exactitud el giro que han de tomar las oraciones del creyente cuando esté atribulado. a semejanza de Jesús, debe sin reserva expresar a su Padre celestial sus deseos y sus necesidades; pero también como El, en todo lo que haga, debe someterse completamente a la voluntad de su celestial. Necesario es que recuerde que puede haber sabías, aunque ocultas, razones para que sea afligido.

La resignación es una de las más bellas virtudes que enaltecen el carácter del cristiano. El hijo de Dios debe practicarla en todo tiempo si desea ser como Jesús; pero jamás es tan necesaria como en las horas de duelo, y nunca es tan bella como cuando el creyente, postrado de rodillas, implora a Dios le conceda alivio en su dolor. Aquel ha dado grandes pasos hacia adelante en el camino de la religión que puede decir antes de apurar el cáliz de la amargura: «No se haga mi voluntad, mas la tuya..

Estos versículos nos presentan, en tercer lugar, una prueba de la gravedad extraordinaria del pecado. Se percibe esto en las agonías de Cristo, en el sudor de sangre, en todos sus misteriosos sufrimientos de cuerpo y alma que se nos describen en el pasaje citado. Acaso el que lea la Biblia superficialmente no comprenda esto; sin embargo, no por eso es menos cierto.

¿Cómo se explican las agonías profundas que nuestro Señor experimentó en el jardín? ¿Como esa angustia y esos sufrimientos intensos? ¿Cómo, sino que fueron causados por los pecados que iba a expiar, por los pecados de un mundo infiel? Sí, fue el enorme peso de la maldad del género humano lo que hizo al Hijo de Dios sudar gotas de sangre, y fue eso lo que le hizo dar gemidos y derramar lágrimas. La causa de la agonía de Cristo fue, pues, el pecado del hombre. Heb_5:7.

¿Queremos percibir tal como es en sí la gravedad de nuestras culpas? ¿Queremos odiar el pecado implacablemente? ¿Queremos formarnos una ligera idea de las penas eternas? ¿Queremos saber hasta que punto Cristo puede compadecerse de los que se encuentren en angustias? Traigamos a la memoria la sublime escena de Getsemaní.

Estos versículos nos presentan, por último, un ejemplo que demuestra cuan débiles son los hombres, aun los más justos.

Se nos dice que mientras el Señor estaba en su agonía, sus discípulos dormían. A pesar de que Jesús les había mandado expresamente que orasen y los había prevenido contra la tentación, la carne venció al espíritu.

Pasajes como estos son sumamente instructivos, y nos persuaden a ser humildes. Cuando aun los apóstoles se condujeron de esta manera, el cristiano debe estar alerta, no sea que de repente caiga en tentación. También nos hacen conformar con la muerte, y desear la glorificación del cuerpo, pues solo será cuando eso suceda que podremos servir á› Dios día y noche sin sentir cansancio.

Lucas 22:47-53

Advirtamos, en primer lugar, que hechos los más atroces suelen cometerse bajo el disfraz de amor hacia Cristo. Cuando el traidor Judas guió a los adversarios de nuestro Señor para que lo aprehendiesen, lo traicionó con «un beso.» Fingió afecto y veneración en el instante mismo en que iba a entregar a su Maestro en manos de sus enemigos más encarnizados.

Desgraciadamente, Judas ha tenido muchos imitadores. Las páginas de la historia registran crímenes horribles cometidos bajo el manto de la religión. Muy a menudo se ha invocado el nombre de Dios para justificar persecuciones, actos de traición y delitos de todo género. Jezabel, estando para dar muerte a Naboth, ordenó que se proclamase un ayuno, y que testigos falsos lo acusasen de haber blasfemado contra Dios y contra el rey. El Conde de Montfort, hallándose a la cabeza de una cruzada contra los albigenses, mandó que estos fuesen asesinados y saqueados en nombre y obsequio de la iglesia de Cristo. La inquisición española, que martirizaba a los herejes y los despojaba de sus bienes, justificaba esos hechos de barbarie con protestas de celo por la verdad divina.

Tal conducta es odiosa a los ojos del Eterno. Obrar en perjuicio de la causa de la religión bajo cualesquiera circunstancias es un gran pecado, más hacerlo en tanto que fingimos buenas intenciones, es uno de los crímenes más negros.

Estos versículos nos dejan comprender, además, que pelear por Jesucristo por unos momentos es mucho mas hacedero que someterse a pasar trabajos y a ser aprisionado por amor suyo. Cuéntasenos que cuando los enemigos de nuestro Señor se acercaron a él, uno de los discípulos «hirió al criado del sumo sacerdote, y le quitó la oreja derecha.» Y sin embargo, el celo de ese discípulo fue solo pasajero. Bien pronto le faltó el valor: el temor a los hombres se apoderó de él, y cuando nuestro Señor fue aprendido y conducido a la ciudad, ninguno de sus adeptos lo acompañaba. El discípulo que poco había desenvainado la espada con tanto entusiasmo, abandonó a su Maestro y huyó.

La lección que tenemos a la vista es sumamente instructiva. Sufrir resignadamente por amor de Cristo es mucho más difícil que trabajar activamente en su causa. Los cruzados serán siempre más numerosos que los mártires. El que trabaja en la causa de Cristo puede ser impulsado por incentivos ilícitos; mas el que sufre rara vez es animado por otro móvil que la gracia de Dios. Cuando Pedro desnudó la espada e hirió al soldado, no hizo tanto por la causa de su divino Maestro como cuando, habiendo sido llevado cautivo ante el concilio, dijo con calma: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído.» Actos 4: 20.

Finalmente, estos versículos nos hacen comprender que el tiempo durante el cual se permite que triunfe el mal ha sido fijado y limitado por Dios. Nuestro Señor dijo a sus enemigos: «Esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas..

La soberanía que Dios ejerce sobre todo lo que se hace en la tierra es absoluta y perfecta. Los malos tienen las manos atadas hasta tanto que les permite obrar: nada pueden hacer sin su permiso. Mas esto no es todo: no pueden mover las manos, ni por un instante, después que Dios les mande permanecer quietos. Los judíos no pudieron matar a nuestro Señor sino cuando hubo llegado la hora; y tampoco pudieron impedir su vivificación cuando fue declarado Hijo de Dios, con poder, por la resurrección de los muertos. Rom. 1-4.

Y según nos lo refiere la historia, así ha sucedido con los creyentes en todos los siglos. Han sido cruelmente oprimidos y perseguidos; pero Dios no ha permitido que el poder de sus enemigos prevaleciese por siempre. El triunfo de estos jamás ha sido completo: han tenido su hora; pero nada más. Después de la persecución de Esteban tuvo lugar la conversión de S.

Pablo; después del martirio de Juan Huss, se verificó la reforma en Alemania; después de la persecución dirigida por María se estableció el protestantismo en Inglaterra. A la noche más larga sucede siempre el día; al invierno más riguroso sigue la primavera; y después de las más prolongadas borrascas, el cielo se despeja y ostenta su bello azul.

Consolémonos, pues, con las palabras de nuestro Señor en lo que dicen relación a nuestro porvenir y al de la iglesia. La hora de prueba, por penosa que sea, tendrá su término. Aun en medio de las mayores angustias podemos decir: «La noche ya pasa, y el día va llegando.» Rom_13:12.

Lucas 22:54-62

Los versículos arriba trascritos describen la caída de Pedro. Pasaje es este que hiere profundamente el corazón del hombre; pero que al mismo tiempo es para el verdadero cristiano sumamente instructivo. La caída de Pedro ha servido de escarmiento a la iglesia, y tal vez ha evitado la perdición de millares de almas. Por otra parte, este pasaje suministra una prueba bastante convincente de que la Biblia ha sido inspirada, y de que el Cristianismo ha emanado de Dios. Si la religión cristiana hubiera sido una mera invención de hombres no inspirados, sus primeros historiadores no nos hubieran referido que uno de los apóstoles había negado tres veces a su Maestro.

La historia de la caída de Pedro nos enseña, en primer lugar, que el descenso que termina en el pecado es a veces muy gradual.

Los evangelistas han marcado con cuidado los varios pasos que Pedro dio hacia el abismo en el que se precipitó. El primero fue la confianza inconsiderada en sus propios méritos. ¡El había dicho que aunque todos los demás hombres negaran a Jesucristo, él nunca lo haría; y que estaba pronto a seguir a su Maestro hasta la prisión y la muerte misma! El segundo paso consistió en que dejó de hacer sus oraciones. Cuando su Maestro le dijo que orase no fuese que cayera en tentación, se dejó vencer del cansancio y se durmió. El tercer paso fue su vacilación. Cuando la cohorte vino a aprehender a Cristo, el peleó primero, luego huyó, después regresó y mas tarde siguió a su Maestro de lejos. El cuarto consistió en asociarse con mala compañía. Habiendo ido a la casa del sumo sacerdote se sentó con los criados junto al fuego, e hizo esfuerzos por ocultar a estos su religión, y vio y oyó cosas malas. El quinto y último paso fue el resultado natural de los otros cuatro. Cuando se le acusó de ser discípulo de Jesús se sobrecogió de terror, y se sumergió en el error mucho más que antes, negando a su Maestro tres veces.

Guardémonos de cualquiera cosa, por pequeña que sea, que pueda resultar en un desliz. No sabemos a donde vendremos a parar, si dejamos el camino real señalado por Dios.

El cristiano que, en disculpa de algún vicio o mal hábito a que es adicto, dice que dicho vicio o hábito es insignificante, se halla en peligro inminente, pues está sembrando en su pecho semillas que brotarán algún día y producirán acerbos frutos.

La historia de la caída de Pedro nos enseña, en segundo lugar, hasta qué punto puede llegar el desliz de un cristiano.

Para percibir esto con claridad es preciso hacer un examen detenido de las circunstancias en que Pedro cayó. Había gozado de grandes privilegios espirituales: había acabado de recibir la cena del Señor; había acabado de oír ese admirable discurso que se registra en los capítulos 14, 15 y 16 de S. Juan; había sido avisado del peligro que lo amenazaba; había protestado enérgicamente que estaba listo para cualquier cosa que le sucediese; y sin embargo de todo esto negó a su Maestro, y varias veces, aunque mediaron intervalos en que pudo reflexionar.

Aun los hombres más buenos y más piadosos son débiles y están expuestos a errar. Cuando leemos acerca de la caída de Noé, de Lot, y de Pedro, solo leemos lo que nos pudiera acontecer a nosotros mismos. No seamos presuntuosos. No nos formemos ideas demasiado elevadas de nuestra fuerza de carácter; antes bien que nuestra oración sea que «nos humillemos para andar con Dios..

La historia de la caída de Pedro nos enseña, en tercer lugar, que la misericordia de Jesucristo es infinita.

Un hecho que solo se registra en el Evangelio de S. Lucas nos lo enseña de una manera la más completa. Cuéntasenos que, cuando Pedro negó a Cristo por tercera vez, y el gallo cantó, «vuelto el Señor, miró a Pedro.» Esas palabras son muy conmovedoras. Rodeado de crueles enemigos que lo escarnecían, esperando como esperaba ser víctima de ultrajes sin cuento, de una sentencia injusta y de una muerte dolorosa, el misericordioso Jesús pensó en su pobre y extraviado discípulo. Esa mirada tuvo una significación profunda: fue un sermón que Pedro no pudo olvidar jamás.

El amor de Jesucristo hacia su pueblo es inagotable. No puede comparársele con el amor del hombre o de la mujer.

Excede a cualquiera otro amor como el brillante resplandor del sol a la pálida luz de un cirio. Ningún mortal, por mucho que se haya sumergido en el pecado, debe perder las esperanzas, si está pronto a arrepentirse y a acudir a Cristo. Si Jesús tuvo un corazón tan misericordioso cuando se hallaba en el pretorio, no hay razón alguna para temer que no tenga el mismo corazón ahora que se halla a la diestra de Dios Padre.

La historia de la caída de Pedro nos enseña, en tercer lugar, cuánto pesar causa el pecado a los creyentes tan luego como descubren su error.

Cuando Pedro se acordó de las palabras de nuestro Señor y percibió cuan mal había obrado, «salió y lloró amargamente.» Por experiencia aprendió cuan ciertas son aquellas palabras de Jeremías: «Cuan malo y amargo es dejar a tu Jehová, tu Dios.» Jer_2:13. Y aquellas de Salomón: «De sus caminos será harto el apartado de razón.» Pro_14:14. Y a semejanza de Job pudo haber dicho: «Yo me condeno a mí mismo y me arrepiento en polvo y ceniza..

Un pesar de esta naturaleza acompaña siempre el verdadero arrepentimiento. En esto consiste la diferencia que existe entre el «arrepentimiento que salva» y el vano remordimiento. Este hace al hombre desgraciado como sucedió con Judas Iscariote; mas eso es todo: no lo encamina hacia Dios. El arrepentimiento ablanda el corazón, despierta la conciencia, mueve al hombre a allegarse al trono de su Padre celestial. Cuando el que no se ha convertido de todo corazón cae, no se vuelve a levantar; mas, cuando el creyente peca, siempre concluye por sentirse contrito y humillado y por hacer enmienda de vida.

Aleccionados por lo acontecido a Pedro, velemos y oremos para que no caigamos en tentación. Más, si por desgracia caemos, estemos seguros de que hay esperanza para nosotros como la había para él. No olvidemos, sin embargo, que en tal caso es necesario que nos arrepintamos como él se arrepintió, pues de otra manera no obtendremos la salvación.

Lucas 22:63-70

Notemos, en primer lugar, en estos versículos, qué tratamiento tan ignominioso recibió nuestro Señor de manos de sus enemigos. Se nos refiere que los hombres que lo custodiaban «se burlaron de El,» «le cubrieron los ojos» y «le hirieron el rostro.» No se contentaron con reducir a prisión a un hombre inocente y caritativo. Hicieron más: a la tropelía añadieron el baldón.

Una conducta como esta pone de manifiesto que la naturaleza humana adolece de una corrupción extrema. Los excesos de barbarie a que llegan algunas veces los hombres no convertidos y la cruel satisfacción con que hollan bajo sus plantas lo más santo y más puro, justifican aquella aguda expresión de un teólogo, a saber: que el hombre que no posee la gracia de Dios es mitad fiera y mitad demonio. No ama a Dios ni a persona alguna que lleve impresa en su corazón la imagen de Dios. «El ánimo carnal es enemistad contra Dios.» No podemos formarnos ni la más remota idea de lo que vendría a ser del mundo si Dios no pusiese un dique al mal. No es exageración decir que si los hombres no convertidos pudieran hacer lo que quisieran, el mundo se encontraría muy luego en un infierno.

La resignación imperturbable de nuestro Señor a los insultos que quedan descritos, manifiesta cuan profundo era su amor hacia los pecadores. Si hubiera querido, en un instante habría podido poner fin a la insolencia de sus enemigos. El que con una palabra podía expeler los espíritus inmundos, pudo haber convocado legiones de ángeles y aniquilado a sus adversarios. Pero El había resuelto llevar a cabo la obra que vino a ejecutar sobre la tierra. Se había propuesto libar el amargo cáliz del sufrimiento expiatorio, a fin de salvar a los pecadores, y «habiéndole sido propuesto gozo, menospreció la vergüenza,» y apuró el cáliz hasta las heces. Heb.12:2.

La paciencia que nuestro Señor manifestó en tales circunstancias debiera enseñarnos una lección muy provechosa; nos debiera enseñar a abstenernos de murmurar y de airarnos cuando el mundo nos ultraje. ¿Qué son las afrentas por las que tenemos que pasar a veces, comparadas con las que se irrogaron a nuestro Señor? Y sin embargo, «maldiciéndole no tornaba a maldecir; y cuando padecía no amenazaba.» Hagamos lo mismo.

Notemos, en segundo lugar, que profecía tan notable pronunció nuestro Señor acerca de la gloria que se le esperaba. Dijo así a sus enemigos: «Desde ahora el hijo del hombre se asentará a la diestra del poder de Dios.» ¿Se quejaban de su humilde presencia y deseaban ver un Mesías rodeado de gloria? En gloria lo verían algún día. Se imaginaban que era débil, inerme y despreciable, porque no poseía entonces signos ningunos de majestad. Algún día lo verían ocupando en el cielo el lugar más excelso.

Que la futura gloria de Cristo forme, pues, parte de nuestro credo, de la misma manera que en pasión y crucifixión. No olvidemos que el mismo Jesús que fue escarnecido y menospreciado es el que posee ahora poder omnímodo en el cielo y en la tierra, y vendrá algún día con todos sus ángeles revestido de la gloria de Su Padre. Feliz el cristiano que tiene siempre ante su mente la palabra «después.» Al presente los creyentes deben contentarse con tomar parte en los sufrimientos de su Maestro. «Después» participarán de su gloria.

Notemos, por ultimo, en estos versículos, qué revelación tan explícita y completa hace nuestro Señor de su divinidad y de su carácter como Mesías. Cuando sus enemigos le preguntaron si era el Hijo de Dios, El repuso: «Vosotros lo decís que yo soy.» Esta expresión significa en otras palabras: Vosotros decís la verdad. Soy, como decís, Hijo de Dios.

Esa revelación dejó a los judíos sin excusas para disculpar su incredulidad. Y los Israelitas de hoy no puedan alegar que Jesús dejara a sus antepasados a oscuras acerca del objeto de Su misión, y que los mantuviera en dudas y cavilaciones.

Según se nos refiere en el pasaje de que tratamos, nuestro Señor les dijo claramente quién era, y en palabras que son más significativas para un judío que para nosotros. Y sin embargo, los hijos de Judá, lejos de conmoverse al oír dicha revelación, se sumergieron más hondamente en el pecado.

Con esa declaratoria nuestro Señor quiso dar un ejemplo a todo el pueblo creyente. a semejanza de él hemos de hablar sin temor cuando las circunstancias así lo exijan. No hay necesidad de que hagamos tocar la trompeta delante de nosotros y de que vayamos a las plazas a proclamar nuestra religión. Es bien seguro que, en el curso ordinario de la vida civil, se nos presentarán oportunidades para que demos a conocer «de quienes somos y a quienes vamos,» como Pablo a bordo del buque. En tales ocasiones si poseemos el espíritu de Cristo, no tengamos miedo de enseñar nuestra divisa. «Cualquiera,» dijo Jesús, «que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo delante de mi Padre.» Mat_10:32

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