Lucas 20 Con qué autoridad

Lucas 20: Con qué autoridad

Un día, cuando Jesús estaba enseñando al pueblo y proclamando la Buena Nueva en el templo, sucedió que llegaron los principales sacerdotes y los escribas con los ancianos, y se dirigieron a Jesús para preguntarle:

-Dinos con qué autoridad haces todo esto, y quién te ha dado esa autoridad.

-Yo también quiero haceros una pregunta -les dijo Jesús-: A ver, decidme vosotros si el bautismo de Juan era cosa de Dios, o cosa de hombres.

Aquellos hombres se pusieron a discutir entre sí, y se decían:

-Si decimos que de Dios, nos dirá que por qué no le creímos; y si decimos que era cosa de hombres, nos apedreará todo el pueblo, porque están convencidos de que Juan era un profeta.

Así es que le contestaron a Jesús que no sabían; y entonces Jesús les dijo:

-Pues tampoco Yo os diré con qué autoridad hago todo esto.

Este capítulo describe « el día de los interrogatorios», como se le suele llaMarcos Las autoridades judías, en sus diferentes secciones, le vinieron a Jesús con toda clase de preguntas encaminadas a atraparle, pero que Él contestó con tal sabiduría que los dejó sin argumentos.

La primera pregunta se la dirigieron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos. Los principales sacerdotes eran los que habían sido sumos sacerdotes y los miembros de sus familias; es decir, la aristocracia religiosa del templo. Las tres clases -principales sacerdotes, escribas y ancianos- componían las fuerzas vivas que estaban representadas en el Sanedrín, que era el tribunal supremo y el gobierno de los judíos. Podemos suponer que la pregunta la habían urdido en el Sanedrín para formular una acusación contra Jesús.

¡No nos sorprende que le preguntaran con qué autoridad hacía esas cosas! Al entrar en Jerusalén de esa manera, y luego tomar la ley en sus manos y limpiar el templo, requerían alguna explicación. Para los judíos ortodoxos de entonces, la manera en que Jesús se había tomado la autoridad era algo pasmoso. Ningún rabino decidía una cuestión o emitía un juicio sin citar sus autoridades, diciendo: «Hay una enseñanza de que…» , o «esto se confirma con lo que dijo rabí Tal y Tal…» Pero ninguno se habría atribuido la autoridad independiente con la que Jesús actuaba. Lo que querían era que Jesús dijera claramente que era el Mesías y el Hijo de Dios. Entonces le podrían acusar de blasfemia, y le podrían arrestar inmediatamente. Pero Él no les dio esa respuesta, porque no había llegado su hora.

La contestación de Jesús se describe a veces como una contra inteligente, usada simplemente para apuntarse un tanto; pero es mucho más. Les preguntó: «¿Era divina o humana la autoridad de Juan el Bautista?» La cosa era que la respuesta que dieran a la pregunta de Jesús sería también la contestación a su propia pregunta. Todos sabían cómo consideraba Juan a Jesús, y que él se presentaba como el precursor del Mesías. Si reconocían que la autoridad de Juan el Bautista era divina, entonces tenían que reconocer también que Jesús era el Mesías, porque eso es lo que Juan había dicho. Si negaban la autoridad divina de Juan, todo el pueblo se levantaría contra ellos, porque estaban convencidos de que era un profeta. En su respuesta, Jesús les devolvía la pregunta: «¿De dónde decís vosotros que Yo he recibido la autoridad?» No tenía que contestar a la pregunta de ellos si ellos contestaban a la suya.

Los emisarios del Sanedrín se negaron a enfrentarse con la verdad, y tuvieron que retirarse fracasados y desacreditados ante todo el mundo.

UNA PARÁBOLA QUE ERA UNA CONDENACIÓN

Lucas 20:9-18

Entonces Jesús se puso a contarle a la gente esta parábola:

-Hubo una vez un hombre que plantó una viña, y se la arrendó a unos labradores y se marchó a vivir a otra parte. A su debido tiempo les mandó a los labradores a un siervo suyo para que le diesen la parte que le correspondía a él de la vendimia; pero los labradores le apalearon y le mandaron con las manos vacías. Luego el señor volvió a enviar a otro siervo; pero a ese también le apalearon y maltrataron vergonzosamente, y le mandaron con las manos vacías. El señor volvió a enviar a un tercer siervo, y también a ese le echaron de la propiedad malherido. Entonces el señor de la viña se dijo: «¿Qué voy a hacer ahora? Ya sé: les enviaré a mi querido y único hijo. Espero que, cuando le vean, le tendrán respeto.» Pero los labradores, cuando le vieron venir, se pusieron a tramar: «¡Este es el heredero! ¡Venga, vamos a matarle, y entonces nos quedaremos con la heredad!» Así es que le echaron de la viña, y le mataron. ¿Qué pensáis que haría entonces el señor de la viña? ¡Iría a destruir a aquellos labradores, y luego les confiará la viña a otros!

Cuando los que escuchaban a Jesús oyeron esto, exclamaron:

-¡Dios nos libre!

-¿Qué si no es lo que está escrito? -les dijo Jesús clavando en ellos la mirada-: «La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra fundamental del ángulo.» EL que caiga en esta piedra se hará trizas; pero, si la piedra le cae a alguien encima, le hará polvo del todo.

Los principales sacerdotes y los escribas se dieron cuenta de que esta parábola iba por ellos, y habrían querido echarle mano a Jesús en seguida; pero tenían miedo a la reacción del pueblo.

Esta parábola estaba más clara que el agua para los primeros que la escucharon. La viña representa al pueblo de Israel (cp. Isa_5:1-7 ). Los arrendatarios son los gobernantes judíos a los que se ha confiado la nación. Los siervos son los profetas que Dios envió, que fueron despreciados, perseguidos y muertos. El hijo es Jesús mismo. Y la sentencia es que el lugar que hubiera correspondido a Israel será dado a otros.

La parábola misma indica lo que podía suceder, y sucedió. En los días de Jesús, Judasa estaba en una agonía de problemas económicos y laborales. Había muchos terratenientes ausentes que arrendaban sus tierras como el de la parábola. La renta rara vez se pagaba en dinero; más corrientemente en especie, ya fuera una cantidad fija independientemente de cómo hubiera ido la cosecha, o una parte proporcional cada año.

En su enseñanza, esta es una de las parábolas más ricas. Nos dice ciertas cosas acerca del hombre:

(i) Nos habla del privilegio humano. Los arrendatarios no habían plantado la viña, y sin embargo, era como si fuera suya. El dueño no les hacía trabajar con el látigo, sino que se marchó y los dejó trabajar a su manera.

(ii) Nos habla del pecado humano. El pecado de los arrendatarios consistió en que se negaron a darle al dueño lo que legalmente le correspondía, y querían controlar lo que el dueño solo podía controlar. El pecado consiste en no darle a Dios lo que le pertenece, y en tratar de usurpar su poder.

(iii) Nos habla de la responsabilidad humana. Los arrendatarios pudieron actuar con libertad bastante tiempo; pero llegó el día del ajuste de cuentas. Más tarde o más temprano todos tendremos que dar cuenta de lo que se nos ha confiado.

La parábola nos dice ciertas cosas acerca de Dios:

(i) Nos habla de la paciencia de Dios. El dueño no castigó a los labradores a la primera señal de rebelión, sino que les dio una oportunidad tras otra para que se corrigieran. No hay nada más maravilloso que la paciencia de Dios. Si cualquiera de nosotros hubiera estado en su lugar, habría perdido la paciencia con la humanidad mucho antes.

(ii) Nos habla del juicio de Dios. Los labradores creyeron que podían contar con la paciencia del dueño y salirse con la suya. Pero Dios no ha abdicado. Por mucho que nos parezca que podemos hacer lo que nos dé la gana, llegará el día de rendir cuentas. Como decían los Romanos: «La Justicia sostiene la balanza en un equilibrio perfecto y escrupuloso, y tiene la última palabra.»

La parábola nos dice ciertas cosas acerca de Jesús:

(i) Nos dice que Él sabía lo que iba a suceder. No fue a Jerusalén abrigando la esperanza de evitar la cruz; fue con los ojos y el corazón abiertos.

(ii) Nos dice que Jesús nunca puso en duda la victoria final de Dios. Por encima del poder de los malvados estaba la majestad invencible de Dios. La maldad puede dar la impresión de que va a prevalecer, pero no puede escapar al castigo.

«Dime, Padre común, pues eres justo, ¿por qué ha de permitir tu providencia que, arrastrando prisiones la inocencia, suba la fraude a tribunal augusto?

¿Quién da fuerzas al brazo que robusto hace a tus leyes firme resistencia, y que el celo que más las reverencia gima a los pies del vencedor injusto?

Vemos que vibran victoriosas palmas manos inicuas, la virtud gimiendo del vicio en el injusto regocijo.»

Esto decía yo, cuando riendo celestial ninfa apareció y me dijo: «¡Ciego!, ¿es la Tierra el centro de las almas?»

BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA (1562-1631).

(iii) Jesús presenta sus credenciales como Hijo de Dios de una manera irrefutable. Deliberadamente se separa de la sucesión de los profetas. Ellos eran siervos; Él es el Hijo. En esta parábola, Jesús se presenta abiertamente como el Rey Ungido de Dios. La cita de la Piedra que los constructores rechazaron está tomada del Psa_118:22 s, que la Iglesia Primitiva reconoció como profecía de la muerte y resurrección de Cristo (Act_4:11 ; 1Pe_2:7 ).

CÉSAR Y DIOS

Lucas 20:19-26

Los principales sacerdotes y los escribas se dieron cuenta de que esta parábola iba por ellos, y habrían querido echarle mano a Jesús en seguida; pero tenían miedo a la reacción del pueblo. Lo que hicieron para seguir acechándole fue enviarle espías que se fingieran sinceramente interesados en hacer las cosas como Dios manda, para pescarle en algo que dijera que les permitiera entregarle al poder y a la autoridad del gobernador romano. Con esa intención le preguntaron a Jesús:

-Maestro: sabemos que Tú dices y enseñas las cosas como son, y que no tienes favoritismos, sino que enseñas sinceramente cómo Dios quiere que vivamos. Dinos: ¿es justo que le paguemos tributo a César, o no?

Jesús se dio cuenta de sus intenciones, y les dijo:

-¿Por qué me estáis tendiendo una trampa? Enseñadme la moneda del impuesto. ¿De quién son la imagen y la inscripción?

-Del César -le contestaron; y Jesús entonces les dijo:

-¡Pues dadle al César lo que es suyo! Y a Dios, lo que es de Dios.

Así es que no pudieron pillarle en nada que le comprometiera con el pueblo, ni decir nada más después de una respuesta tan maravillosa.

Aquí los emisarios del Sanedrín pasaron al ataque. Sobornaron a unos para que fueran a hacerle una pregunta a Jesús pretendiendo que era algo que les preocupaba sinceramente. El tributo al César era un impuesto de un denario por cabeza que tenían que pagar todos los varones de 14 a 65 años y todas las mujeres de 12 a 65, simplemente por el privilegio de existir. Este tributo era una cuestión polémica entre los judíos, y ya había sido la causa de más de una rebelión. No era una mera cuestión económica, sino que se consideraba como una imposición ofensiva. Los judíos fanáticos pretendían que no tenían más rey que Dios, y por tanto era contra su religión el pagar tributo al César. Era una cuestión religiosa por la que muchos estaban dispuestos a morir. Ya se comprende que los emisarios querían poner a Jesús entre la espada y la pared. Si decía que no se debía pagar tributo al César, le denunciarían inmediatamente a Pilato, lo que conduciría a su arresto tan seguro como que el día sigue a la noche; y si decía que estaba bien que se pagara el tributo, muchos de sus presuntos seguidores, especialmente los galileos, se pondrían en contra suya.

Jesús les contestó en sus propios términos. Les pidió que le enseñaran un denario del tributo. En el mundo antiguo la señal de autoridad suprema era poder acuñar moneda; por ejemplo, los Macabeos sacaron su propia moneda en cuanto liberaron a Jerusalén de los sirios. Más aún, se reconocía universalmente que el que acuñara moneda tenía derecho a cobrar impuestos. Si un hombre tenía derecho a poner su imagen y nombre en la moneda, ipsofacto tenía derecho a imponer un tributo. Así que Jesús dijo: «Si aceptáis y usáis la moneda del César estáis obligados a aceptar su derecho a cobrar impuestos; pero dijo además- hay un área de la vida en la que la autoridad del César no tiene vigencia, porque pertenece solamente a Dios.»

Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.

CALDERÓN DE LA BARCA

(i) Si una persona vive en un estado y goza de todos sus derechos, no puede descargarse de sus responsabilidades. Cuanto mejores cristianos seamos, mejores ciudadanos seremos. Una de las tragedias de la vida moderna es que los cristianos se resisten a asumir su parte en el gobierno de su país. Si ellos abandonan sus responsabilidades y dejan la tarea de gobernar en las manos de los políticos materialistas, no pueden luego justificar sus críticas de lo que se hace mal o no se hace.

(ii) Pero en cualquier caso, está claro que en la vida de los cristianos es Dios y no el Estado el que tiene la última palabra. Pedro y los apóstoles le dijeron al Sanedrín: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act_5:29 ). La voz de la conciencia debe ser más clara que la de las leyes hechas por los hombres. El cristiano es al mismo tiempo servidor y conciencia del Estado. Precisamente por ser el mejor ciudadano, el cristiano se negará a hacer todo lo que no pueda hacer un ciudadano cristiano. En su vida temerá a Dios y honrará al rey (1Pe_2:17 ).

LA PREGUNTA DE LOS SADUCEOS

Lucas 20:27-40

Después de aquello se le acercaron a Jesús unos saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le presentaron su pregunta:

-Maestro: Moisés nos ha dejado escrito que si un hombre casado se muere sin dejar hijos, su hermano se tiene que casar con la viuda, y el hijo que tengan se considerará el descendiente del difunto. Ahora bien: en una ocasión había siete hermanos, y el mayor se casó, y murió sin dejar hijos. Entonces el segundo se casó con la viuda, pero también murió sin tener ningún hijo; y así siguió la cosa con el tercero, y luego todos los demás hasta el séptimo, que también murió sin dejar descendencia; y por último murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, ¿con cuál de ellos estará casada, si en realidad fue la mujer de los siete? Cuando acabaron, Jesús les contestó:

-En este mundo la gente se casa y contrae matrimonio; pero los que tengan el privilegio de llegar a la eternidad y a la resurrección de los muertos, ni se casarán ni contraerán matrimonio, porque ya no serán mortales, sino como los ángeles de Dios: hijos de Dios e hijos de la resurrección. En cuanto a si hay o no resurrección de los muertos, el mismo Moisés al que habéis citado da la respuesta afirmativa en el pasaje de la zarza ardiendo, donde llama al Señor «Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob». Y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; así es que los muertos están vivos para Dios.

-¡Bien dicho, Maestro! -exclamaron algunos escribas, que sí creían en la resurrección.

Y los saduceos ya no se atrevieron a hacerle más preguntas.

Cuando los emisarios del Sanedrín agotaron sus tretas, aparecieron en la escena los saduceos. Su pregunta dependía de dos cosas:

(i) La primera era la ley del levirato (Deu_25:5 ). Según esa ley, cuando un casado moría sin dejar hijos, su hermano se tenía que casar con la viuda, y el hijo que tuvieran se consideraría descendiente legal del primer marido. No es probable que esa ley se aplicara en tiempo de Jesús, pero formaba parte de las leyes mosaicas, y los saduceos la consideraban vigente.

(ii) La pregunta tenía que ver con las creencias de los saduceos. A veces se los nombra con los fariseos, pero eran diametralmente opuestos en sus creencias.

(a) Los fariseos eran una denominación exclusivamente religiosa; es decir, no tenían ambiciones políticas, y se conformaban con cualquier gobierno que les permitiera cumplir la ley tradicional. Los saduceos eran pocos, pero ricos e influyentes. Los sacerdotes y los aristócratas eran casi todos saduceos. Eran la clase que estaba en el gobierno. Eran colaboracionistas con los Romanos, porque querían conservar su riqueza y posición.

(b) Los fariseos aceptaban las Escrituras del Antiguo Testamento y la tradición de los antepasados, que incluía miles de reglas y normas que se habían transmitido oralmente, tales como las leyes referentes al sábado y a las abluciones. Los saduceos no aceptaban más que la ley escrita del Antiguo Testamento, y especialmente el Pentateuco o Torá, Ley, a la que daban más importancia que a los Profetas y demás Escritos.

(c) Los fariseos creían en la resurrección de los muertos y en ángeles y espíritus. Los saduceos no creían en ninguna de estas cosas (Act_23:8 ).

(d) Los fariseos creían en la predestinación; es decir, que la vida humana está planificada y ordenada por Dios. Los saduceos creían en el libre albedrío.

(e) Los fariseos creían en la venida del Mesías y le esperaban; pero los saduceos no, porque habría perturbado sus vidas y planes materialistas.

Los saduceos, pues, vinieron con la pregunta de los siete hermanos que habían estado casados con la misma mujer, y que de cuál de ellos sería esposa en la resurrección, pretendiendo ridiculizar la fe en la resurrección. La respuesta de Jesús tiene un valor permanente. Dijo que el Cielo no es como la Tierra, que la vida futura será diferente de la actual, porque nosotros seremos diferentes. Nos ahorraríamos muchas discusiones inútiles y aun disgustos si dejáramos de especular acerca de la vida futura y dejáramos esas cuestiones al amor de Dios.

Jesús fue aún más lejos. Como hemos dicho, los saduceos no creían en la resurrección del cuerpo; y decían que es que no se nos enseña en las Escrituras, y menos en la Ley de Moisés. Hasta entonces ningún fariseo había podido argumentar con ellos, pero Jesús los hizo callar: les citó el pasaje de la zarza ardiendo en el que el mismo Moisés oyó que el Señor le decía: «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (Exo_3:1-6 ), lo que quiere decir que Abraham, Isaac y Jacob no están muertos para siempre, porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. No nos sorprende que la respuesta de Jesús arrancara un grito de aprobación de los escribas que estaban escuchando. Jesús había contestado a los saduceos usando su misma suprema autoridad. Jesús usaba argumentos que sus interlocutores podían comprender y aceptar. Les hablaba en su propio lenguaje, y por eso la gente de su tiempo le oía de buena gana.

Jesús no satisface la curiosidad acerca de «cómo resucitarán los muertos, o con qué cuerpo» 1Co_15:35 ); pero da el fundamento firme y fiel de nuestra confesión: «Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.»

LA ADVERTENCIA DE JESÚS

Lucas 20:41-44

También les dijo Jesús:

-¿Cómo es que dicen algunos que el Mesías es hijo de David? El mismo David dice en el Libro de los Salmos: « Dijo el SEÑOR a mi Señor: `Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.›» Pues, si David le llama «mi Señor», ¿cómo puede tratarse de su hijo?

Vale la pena estudiar por separado este breve pasaje, porque es difícil de entender. El título más popular del Mesías era Hijo de David. Así llamó a Jesús el ciego de Jericó Luk_18:38-39 ), y también la multitud que presenció su entrada en Jerusalén Mat_21:9 ). Sin embargo, aquí parece que Jesús pone en duda la validez de tal título. La cita está tomada del Psa_110:1 , que es el versículo del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo. Muchos Salmos se atribuían a David, y éste se suponía que hablaba del Mesías. En él David dice que oyó que Dios le decía a su Ungido, el Mesías, que se sentara a su diestra hasta que todos sus enemigos estuvieran a sus pies; y en él David llama al Mesías mi Señor. ¿Cómo puede ser a la vez hijo y Señor de David?

Jesús hace aquí lo mismo que en otras ocasiones: corregir la idea popular acerca del Mesías como el Rey conquistador que haría del pueblo de Israel el más poderoso de la Tierra e iniciaría la Edad de Oro, idea que estaba inexplicablemente unida al título de Hijo de David.

En realidad, lo que Jesús dice aquí es: «Vosotros pensáis en el Mesías como el Hijo de David, y lo es; pero es mucho más. Es Señor.» Estaba diciéndole a la gente que tenían que revisar sus ideas acerca de lo que quería decir Hijo de David. Tenían que abandonar esos sueños fantásticos de poder terrenal, y reconocer al Mesías como el Señor de los corazones y de las vidas de los hombres. Jesús les dice que tienen una idea demasiado pequeña de Dios. Siempre ha sido la tendencia humana el hacer a Dios a nuestra imagen, despojándole de su plena majestad.

EL AMOR A LA GLORIA HUMANA

Lucas 20:45-47

Jesús les dijo a sus discípulos en presencia de toda la gente:

-Tened mucho cuidado con los escribas; porque les encanta ir por ahí con vestiduras largas, y que los saluden ceremoniosamente en las plazas, y ocupar los asientos preferentes en las sinagogas y los mejores sitios en los banquetes y en las cenas; y luego, con el pretexto de hacer muchos rezos, devoran las haciendas de las viudas. Esos son los que van a recibir una condenación más severa.

Los escribas y los rabinos esperaban recibir honores extraordinarios. Para ello habían establecido toda clase de reglas. En los centros de estudios, eran los rabinos más eruditos los que tenían preferencia; en los banquetes, los más viejos. Se cuenta que dos rabinos estaban muy ofendidos porque varias personas los habían saludado con «¡Que tengáis mucha paz!», sin añadir «¡Maestros míos!» Pretendían que se los considerara por encima de los padres. Decían: «El respeto que debes a tu maestro es casi como el que debes a Dios.» «El respeto que se le tiene a un maestro debe estar por encima del que se le tiene al padre, porque tanto el padre como el hijo deben respetar al maestro.» «Si el padre y el maestro pierden algo, lo que pierde el maestro es más importante, porque el padre no ha hecho más que traerle a uno a este mundo, pero el maestro le enseña la sabiduría que le permitirá entrar en el mundo venidero… Si el padre y el maestro de alguien llevan cargas, debe ayudar al maestro en primer lugar, y luego a su padre. Si su padre y su maestro están cautivos, debe redimir primero a su maestro, y después a su padre.» Tales pretensiones parecen increíbles; no era bueno que nadie las tuviera, pero mucho menos que se le tuvieran en cuenta.

Jesús también acusa a los escribas de devorar las haciendas de las viudas. La ley obligaba al rabino a no cobrar por enseñar. Todos los rabinos se suponía que tenían negocios o trabajos para mantenerse, y enseñar de balde. Eso suena muy bien; pero también se enseñaba que el mantener a un rabino era un acto de suprema piedad. Decían: «Todo el que pone parte de sus ingresos en la cartera de los sabios es merecedor de un sitio en la academia celestial.» «Al que da asilo a un discípulo de los sabios en su casa se le cuenta como si ofreciera un sacrificio todos los días.» «Deja que tu casa sea lugar de reunión de los sabios.» No cuesta creer que ciertas mujeres impresionables fueran presas fáciles de rabinos poco escrupulosos y muy dados a la codicia. Estos a veces devorarían las casas de las viudas.

.Todo ese negocio le disgustaba y repugnaba a Jesús. Y además, eran precisamente los hombres que tenían acceso a la cultura y que tenían puestos de responsabilidad en la comunidad. Dios no dará por inocente al que usa una posición de confianza para aprovecharse y abusar de los que confían en él.

Juan 19:1-42

19.1ss A fin de captar todo el cuadro de la crucifixión de Jesús, léase la perspectiva de Juan junto a los otros tres relatos en Mateo 27, Marcos 15 y Lucas 23. Cada escritor agrega detalles significativos, pero cada uno trasmite el mismo mensaje: Jesús murió en la cruz en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, para que pudiésemos ser salvos de nuestros pecados y recibir vida eterna.

19.1-3 El azote pudo haber matado a Jesús. El procedimiento acostumbrado era desnudar la parte superior del cuerpo de la víctima y atar sus manos a un pilar antes de azotarlo con un látigo de tres puntas. La cantidad de latigazos se determinaba por la severidad del delito; bajo la Ley se permitían hasta cuarenta (Deu_25:3). Después de azotarlo, Jesús también debió soportar otras agonías que se narran aquí y en los otros Evangelios.

19.2-5 Los soldados fueron más allá de la orden de azotar a Jesús; también se burlaron de su pretensión de realeza colocando una corona sobre su cabeza y un manto real sobre sus hombros.

19.7 Finalmente la verdad salió a la luz: los líderes religiosos no llevaron a Jesús ante Pilato por causar una rebelión contra Roma, sino porque pensaban que había quebrantado sus leyes religiosas. La blasfemia, uno de los delitos más serios en la Ley judía, merecía la pena de muerte. Acusar a Jesús de blasfemia daría credibilidad a su caso ante los ojos de los judíos; acusar a Jesús de traición daría credibilidad a su caso ante los ojos de los romanos. A ellos les daba igual que Pilato escuchase una acusación u otra, con tal que cooperase con ellos en matar a Jesús.

19.10 Durante el juicio vemos que Jesús fue el que mantuvo el control, no Pilato ni los líderes religiosos. Pilato vaciló, los líderes religiosos reaccionaron movidos por odio y enojo, pero Jesús mantuvo su compostura. Sabía la verdad, conocía el plan de Dios y el motivo de su juicio. A pesar de la presión y la persecución, Jesús permaneció impasible. En realidad eran Pilato y los líderes religiosos los que se estaban juzgando, no Jesús. Cuando a usted lo cuestionen o ridiculicen debido a su fe, recuerde que aunque esté en juicio ante sus acusadores, ellos están en juicio ante Dios.

19.11 Cuando Jesús dijo que el hombre que lo entregó era más culpable que Pilato, no disculpaba a Pilato por reaccionar ante la presión política que se ejercía sobre él. Pilato era responsable de su decisión con respecto a Jesús. Caifás y los otros líderes religiosos eran culpables de un pecado mayor porque premeditaron el homicidio de Jesús.

19.12, 13 Estas palabras obligaron a Pilato a permitir la crucifixión de Jesús. Como gobernador romano de la región, se esperaba que Pilato mantuviera la paz. Debido a que Roma no podía proporcionar tropas numerosas a las regiones distantes, mantenía el control aplastando cualquier rebelión en forma inmediata y con fuerza brutal. Pilato temía que si al César llegaban informes de insurrección en su región le costara el puesto e incluso la vida. Cuando enfrentamos una decisión difícil, podemos tomar el camino más fácil o defender lo que es bueno, sin importar el costo. «Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (Jam_4:17).

19.13 El Enlosado era el lugar contiguo a la Torre Antonia, fortaleza en la esquina noroeste del complejo del templo.

19.15 Los líderes judíos buscaban con desesperación librarse de Jesús al punto que, a pesar de su intenso odio por Roma, gritaban: «No tenemos más rey que César». ¡Qué ironía aparentar alianza con Roma mientras rechazaban su Mesías! Sus palabras los condenaron porque Dios tenía que ser único y verdadero Rey, y ellos abandonaron todo rasgo de lealtad hacia El. Los sacerdotes en realidad perdieron su razón de ser: en lugar de volver a la gente hacia Dios, clamaban apoyar a Roma a fin de dar muerte a su Mesías.

19.17 Este lugar llamado de la «Calavera» o Gólgota era una colina que se hallaba en las afueras de Jerusalén, junto a una vía principal muy transitada. Muchas ejecuciones se realizaban allí de modo que todos lo vieran y sirviera como escarmiento a la gente.

19.18 La crucifixión era una forma romana de castigar. A la víctima sentenciada a este tipo de ejecución la obligaban a llevar su cruz por la vía principal hasta el lugar de la ejecución, como una advertencia a todo observador. Las cruces y los métodos de crucifixión variaban. A Jesús lo clavaron en la cruz, a otros simplemente lo amarraban con sogas. La muerte llegaba por sofocación, debido a que el peso del cuerpo impedía la respiración normal a medida que la víctima perdía energías. La crucifixión era una muerte terriblemente lenta y dolorosa.

19.19 Este letrero intentaba ser irónico. Un rey, desnudado y ejecutado en público, obviamente tenía que haber perdido su reino para siempre. Pero Jesús, que invierte la sabiduría del mundo, iniciaba así su reino. Su muerte y resurrección darían un golpe mortal al gobierno de Satanás y establecería su autoridad eterna sobre la tierra. Muy pocas personas entenderían aquella tarde sombría el verdadero significado de ese letrero, que no hacía otra cosa sino expresar la verdad. No estaba todo perdido. Jesús era el Rey de los judíos, de los gentiles y de todo el universo.

19.20 El título estaba escrito en tres idiomas: arameo para los judíos nativos, latín para las fuerzas de ocupación romanas y griego para los extranjeros y judíos visitantes de otros lugares.

19.23, 24 Los soldados romanos encargados de la crucifixión acostumbraban apropiarse de las vestimentas de los condenados. Se repartieron sus vestidos, pero les costó mucho determinar quién se llevaba su túnica, pieza valiosa de su vestimenta. De esta manera se cumplía la profecía del Psa_22:18.

MARIA MAGDALENA

La falta de mujeres entre los doce discípulos ha incomodado a algunas personas. Pero es obvio que hubo muchas mujeres entre los seguidores de Jesús. También es bueno notar que Jesús no trató a las mujeres como lo hacía su cultura; las trató con dignidad, como personas valiosas.

María de Magdala fue una de los primeros seguidores de Jesús y por cierto merece llamarse discípula. Una mujer enérgica, impulsiva y cariñosa, que no solo viajó con Jesús, sino que también contribuyó a las necesidades del grupo. Presenció la crucifixión y fue a ungir el cuerpo de Jesús la mañana del domingo cuando descubrió la tumba vacía. María fue la primera en ver a Jesús luego de resucitado.

María Magdalena es un ejemplo de corazón ardiente que vivió agradecido. Jesús la liberó milagrosamente cuando echó fuera de ella siete demonios. En todo cuanto se nos dice de ella, notamos su agradecimiento por la libertad que Cristo le concedió. Esa libertad la llevó a estar al pie de la cruz cuando todos los discípulos, excepto Juan, estaban ocultos por temor. Se mantuvo cerca de su Señor. Después de la muerte de Jesús, su intención fue ofrecerle todo el respeto posible. Como todos los seguidores de Jesús, nunca esperó una resurrección corporal, pero se regocijó en gran manera al descubrir que había resucitado.

María no tenía una fe complicada. Fue directa y genuina. Le interesaba más creer y obedecer que comprenderlo todo. Jesús honró su fe casi infantil, concediéndole el privilegio de ser la primera en verlo resucitado y confiándole el primer mensaje de su resurrección.

Puntos fuertes y logros :

— Contribuyó a las necesidades de Jesús y sus discípulos

— Una de las pocas seguidoras fieles que estuvo al pie de la cruz

— Primera en ver al Cristo resucitado

Debilidades y errores :

— Jesús tuvo que echar de ella siete demonios

Lecciones de su vida :

— Los obedientes crecen en entendimiento

— Las mujeres son vitales en el ministerio de Jesús

— Jesús se relaciona con las mujeres de acuerdo a cómo las creó: reflejando de igual a igual la imagen de Dios

Datos generales :

— Dónde: Magdala

— Ocupación: No se nos dice, pero al parecer era adinerada

— Contemporáneos: Jesús, los doce discípulos, María, Marta, Lázaro, la madre de Jesús, María

Versículo clave :

«Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios» (Mar_16:9).

La historia de María Magdalena aparece en Mateo 27-28; Marcos 15-16; Lucas 23-24 y Juan 19-20. También se menciona en Luk_8:2.

Tomás, a menudo recordado como el «incrédulo», merece respeto por su fe. Fue un incrédulo, pero su incredulidad tuvo un propósito: quería saber la verdad. Tomás no se aferró a sus dudas. Creyó de buena gana cuando le dieron razones para hacerlo. Expresó todas sus dudas y esperó la explicación de las mismas. Sus dudas eran solo una forma de reaccionar, no una costumbre.

A pesar de que nuestra visión de Tomás es breve, su carácter se manifiesta con firmeza. Procuró ser fiel a lo que conocía, a pesar de lo que sentía. En un momento, cuando para todos era evidente que la vida de Jesús peligraba, solo Tomás expresó con palabras lo que la mayoría sentía. «Vamos también nosotros, para que muramos con El» (Joh_11:16). No dudó en seguir a Jesús.

No sabemos por qué Tomás estaba ausente la primera vez en que Jesús apareció a los discípulos después de la resurrección, pero fue renuente en aceptar el testimonio de ellos acerca de este hecho. ¡Ni siquiera sus diez amigos lograrían cambiar su forma de pensar!

Podemos dudar sin tener que vivir en incredulidad toda la vida. Las dudas motivan una reconsideración. Su propósito se relaciona más con agudizar la mente que con cambiar de manera de pensar. La duda puede usarse para plantear la pregunta, lograr una respuesta e impulsar a una decisión. Pero la duda nunca debe ser una condición permanente. La duda es un pie en alto, listo para ponerlo delante o detrás. No hay acción hasta que el pie baja.

Cuando titubee, anímese a pensar en Tomás. No se plantó en sus dudas, sino que permitió que Jesús lo encaminara a creer. Anímese pensando en que un sinnúmero de seguidores de Jesús tuvieron problemas con las dudas. Las respuestas que Cristo les dio le pueden ser de gran ayuda. No se detenga en las dudas, siga hasta tomar una decisión y creer. Busque a otro creyente con el que pueda expresar sus vacilaciones. Las dudas silentes rara vez hallan respuestas.

Puntos fuertes y logros :

— Uno de los doce discípulos

— Efusivo en dudas o creencias

— Fue un hombre leal y sincero

Juan 19:1-16

Los versículos que acabamos de transcribir contienen cuatro puntos notables de la pasión de nuestro Señor que solo se encuentran en la relación que hace San  Juan.

El primero se refiere a los falsos escrúpulos de conciencia de los perversos enemigos de nuestro Señor. Se nos dice que los judíos que condujeron a Jesús no  entraron en el pretorio por no contaminarse, y ser así impedidos de celebrar la pascua. ¡Esa sí que era escrupulosidad! Esos hombres crueles estaban  cometiendo el hecho más atroz que jamás haya cometido algún mortal: querían matar a su propio Mesías; y, no obstante, en tales circunstancias hablaban de  contaminación y del deber de celebrar la pascua.

La conciencia de los hombres no convertidos es de una naturaleza muy curiosa. En tanto que en ciertos casos se endurece, se paraliza, por decirlo así, hasta  que no siente nada, en otros se vuelve nimiamente escrupulosa acerca de las materias religiosas de importancia secundaria. No son raras las personas que  observan con exactitud los ritos y ceremonias más insignificantes, en tanto que cometen los más inmundos pecados, y los más detestables actos de  inmoralidad. En algunos países los ladrones y los asesinos son muy rígidos acerca de la confesión, la absolución y las oraciones a los santos. a los ayunos y el  ascetismo voluntario de la cuaresma muchas veces se siguen los excesos y el libertinaje del Carnaval. Estos son síntomas de una enfermedad espiritual, de un  corazón quo abriga algún secreto descontento. Las personas que descuidan sus deberes en unas cosas se esfuerzan en compensar su falta desplegando un celo  exagerado en otras. Ese celo sirve de título a su propia sentencia.

Pidamos a Dios que ilumine nuestras conciencias con su Santo Espíritu, y que nos libro de practicar un Cristianismo deformo y bastardo. Una religión que  permite al hombre descuidar la santidad de vida, y que lo hace fijar toda su atención en formas, sacramentos, ceremonias y oficios públicos, es, por lo menos,  sospechosa. Puede ser que el que la profese manifieste mucho celo y entusiasmo, mas no es sana a los ojos de Dios. Los fariseos pagaban diezmos de la  yerbabuena, el eneldo y el comino, y rodeaban la mar y la tierra para hacer un prosélito, en tanto que pasaban por alto lo más grave de la ley, como el juicio, la  misericordia y la fe.  Mat_23:23. Los mismos judíos que estaban sedientos de la sangre del Salvador, eran los que rehusaban entrar en el pretorio por no  contaminarse, y los que se afanaban por celebrar la pascua con todas las formalidades prescritas por la ley. Que su conducta sirva siempre de escarmiento a los  cristianos. Poco, muy poco vale la religión que no nos impulsa a exclamar: «Por tanto todos los mandamientos do todas las cosas estimé rectos: todo camino  de mentira aborrecí.» Psa_119:128.

El segundo punto que es de notarse se refiere a la aserción que nuestro Señor hizo acerca de su reino. Hela aquí: «Mi reino no m de este mundo.» Estas  célebres palabras han sido tantas veces torcidas de su verdadero significado que puede decirse que el esclarecimiento que expresan yace oculto bajo un  montón de interpretaciones falsas.

El objeto principal que nuestro Señor se propuso al decir que su reino no era de este mundo fue dar a conocer a Pilato la verdadera naturaleza de su reino, y  rectificar cualquiera idea errada que sobre ese particular hubiera recibido de los judíos. Le dio a entender que no había venido al mundo a establecer un reino  que estorbase la marcha del gobierno romano; que su objeto no era erigir un poder temporal sostenido por las armas y mantenido por medio de contribuciones;  que el único dominio que él poseía era el que ejercía sobre el corazón del hombre, y que las únicas armas que sus súbditos empleaban eran las espirituales; que  un reino que no exigía dinero ni se apoyaba en soldados mal podía asustar a los emperadores de Roma.

Mas por otra parte, es preciso no inferir que nuestro Señor quisiese dejar comprender que los reyes de este mundo no tienen nada que hacer con asuntos  religiosos, o que deben gobernar con absoluta prescindencia de toda autoridad y de todo precepto divinos. Es bien seguro que él no tuvo en mira semejante  cosa. El sabia bien que estaba escrito: «Por mí reinan los reyes,» (Pro_8:15) y que los monarcas tienen tanto deber de servir a Dios en su puesto como los  más humildes de sus súbditos. También sabía que la prosperidad de los reinos depende de un todo de la bendición de Dios, y que los reyes están tan obligados a propender por la justicia y la piedad, como a castigar la injusticia y la impiedad. Es un absurdo suponer que nuestro Señor quisiera enseñar a Pilato que un  incrédulo puede ser tan buen rey como un cristiano, y un hombre como Gallion tan buen gobernante como David o Salomón.

El tercer punto que es de notarse se refiere a la aserción que nuestro Señor hizo respecto de su misión. Dijo así: «Yo para esto he nacido y para esto he venido  al mundo, es á, saber, para dar testimonio a la verdad..

Por supuesto que nuestro Señor no quiso decir que este era el único fin de su misión; es de suponerse que el habló con referencia a los pensamientos que él  sabia se estaban cruzando en la mente de Pilato. No había venido a ganar un reino con la espada, ni a reunir defensores y partidarios por medio de la fuerza.

La única espada que había empuñado era la «verdad.» Declarar al hombre caído la verdad acerca de Dios, acerca del pecado, acerca de la necesidad de un  Redentor, acerca de la naturaleza de la santidad, he aquí un gran fin de su misión. Ni vaciló en decirle al orgulloso gobernador que el mundo necesitaba de esa  misión. A esta circunstancia fue precisamente que aludió San Pablo cuando dijo a Timoteo: «Jesucristo testificó una buena profesión delante de Poncio  Pilato.» 1Ti_6:13.

Esa noble conducta debe servirnos de ejemplo. a semejanza de nuestro Señor debemos declarar la verdad de Dios, y ser luz en medio de las tinieblas,  poniéndonos de pié ante el mundo para protestar sin temor contra su corrupción y sus vicios. Tal proceder nos acarreará acaso muchas molestias, y aun  persecuciones; mas nuestro deber es claro. Si anhelamos nuestra salvación, si queremos satisfacer nuestra conciencia, si deseamos que Jesucristo nos  reconozca en el último día, es preciso que seamos testigos de la verdad. Escrito está: «El que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación  adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles.»  Mar_8:38.

El único punto que debemos observar es el que respecta a la pregunta que Poncio Pilato dirigió a nuestro Señor. Se nos dice que cuando Jesús aludió a la  verdad el gobernador romano replicó, «¿Qué cosa es verdad?» No se nos dice qué razón especial tuviera para hacer esa pregunta, ni puede inferirse que  aguardara la contestación. Lo más probable es que la hiciera con burla y sarcasmo, como si no creyera que hubiese tal cosa como la verdad. Talvez por haber  oído desde su más temprana edad las excéntricas especulaciones de los filósofos griegos y romanos, dudaba de mi misma existencia.

Doloroso como es el decirlo, hay gran número de personas de los países cristianos que se encuentran en el mismo estado mental en que estaba Pilato en  aquella hora. Centenares hay, especialmente en las clases altas, que excusan su irreligión con el pretexto de que, a semejanza del gobernador romano, no  pueden, discernir qué cosa sea la verdad. Citan las interminables controversias entre los romanistas y protestantes, entre los miembros de la iglesia  establecida y los disidentes, y quieren hacer creer que no saben quiénes tengan razón y quiénes no la tengan. Bajo el abrigo de esa disculpa pasan la vida sin  profesar decididamente ninguna, religión, y muy a menudo mueren en ese estado de desdicha y desconsuelo.

Mas ¿es cierto realmente que es imposible descubrir la verdad? Do ninguna manera. Dios no deja jamás al sincero y diligente investigador sin luz y sin  dirección. Uno do los obstáculos que a muchos impide descubrir la verdad es el orgullo: no le piden a Dios hincados do rodillas que los guíe. Otro obstáculo  es la desidia: no se empeñan en escudriñar las Escrituras, Por regla general, los imitadores del miserable Pilato no acatan con afanosa atención la voz de la  conciencia. Ojalá que reconocieran cuan ciertas son las siguientes palabras do Salomón: «Si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, si como a tesoros la escudriñares: entonces entenderás el temor do Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios.» Pro_2:3-5. Es  imposible seguir ese consejo y no atinar con el camino del cielo.

Juan 19:17-27

Estos versículos presentan un cuadro histórico de grande interés para todos los que profesen ser cristianos. Contiene ese cuadro dos figuras y un grupo,  pintados al vivo, que bien merecen un examen detenido.

La primera figura es la de nuestro Señor Jesucristo.

Vernos ahí al Salvador del género humano azotado, coronado de espinas, befado, rechazado por los de su misma nación, condenado por un juez que no halla  falta en él, y, por último, entregado a la muerte más dolorosa. Y no obstante, era él el Hijo eterno de Dios, el Ser que había sido adorado por una multitud  innumerable de ángeles; era el Ser que había venido al mundo para salvar a los pecadores, y que después de haber vivido treinta años sin cometer falta alguna,  pasó los últimos tres de su existencia en la tierra en socorrer a los afligidos y menesterosos, y en predicar el Evangelio. ¡Desde el día que apareció por vez  primera, jamás resplandeció el sol sobre una escena más maravillosa! No hay amor terrenal que pueda compararse con el amor de Jesucristo, pues es un amor sin igual, un amor que como dice San Pablo, sobrepuja todo  entendimiento. Cuando meditemos sobre la triste historia do la pasión, no olvidemos que Jesucristo sufrió por los pecados de nosotros, el Justo por los  injustos; que fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados, y que con sus cardenales fuimos sanados. Isaías 53.

Imitemos escrupulosamente su paciencia en todos los contratiempos y aflicciones que nos sobrevengan, especialmente en los que nos acaezcan a consecuencia  de nuestra religión. Recordemos que cuando le maldecían, no tornaba a maldecir, cuando sufría no amenazó a nadie, mas se encomendó a Aquel que juzga  con justicia. Imitemos su ejemplo, y procuremos glorificar su nombre con el bien sufrir, así como también con el bien obrar.

El grupo del cuadro se compone de los incrédulos Judíos que estaban a favor de la muerte de nuestro Señor.

Vedlos como rechazan obstinadamente la oferta que Pilato les hace de soltar a nuestro Señor. Vedlos cómo exigen ferozmente su crucifixión, y piden a gritos  salvajes su condenación, como un derecho que les es debido; vedlos cómo rehúsan firmemente reconocerlo como Rey, cómo aseveran que César era su  soberano y acumulan sobre sus cabezas la mayor parte del crimen atroz. Y esos hombres eran los hijos de Israel, la simiente de Abraham, los que habían  recibido las promesas y la ley ceremonial, la institución de los sacrificios y el orden de sacerdotes. ¡Esos eran los hombres que decían que estaban esperando a  un Profeta semejante a Moisés, y a un hijo de David que había de fundar un reino y proclamarse Mesías! Un espíritu sensible no puede menos que sentir cierto pavor religioso al considerar las terribles consecuencias que sobrevienen a los que repetidas veces  rechazan la luz y los conocimientos que Dios les concede. La ceguedad espiritual es la desgracia más grande que Dios envía al hombre. El que, como Faraón y  Ahab, desoye las frecuentes amonestaciones del Altísimo, vendrá al fin a tener un corazón tan duro como el granito y una conciencia cauterizada como un  hierro hecho ascua. Tal era el estado de los judíos en la época de que nos ocupamos, los cuales llenaron la copa de su maldad con el acto de escarnecer y  menospreciar a Aquel a quien Pilato quería poner en libertad. ¡Plegue a Dios librarnos de semejante obstinación! El peor castigo que la Providencia puede  enviarnos acá en la tierra es abandonarnos al mal que existe dentro de nosotros a las tentaciones de Satanás. Y el medio más seguro de atraer sobre nosotros  ese castigo es desoír la voz de admonición que en variados acentos se nos dirige. Las siguientes palabras de Salomón son muy solemnes: «Por cuanto llamé y  no quisisteis, ext4endí mi mano y no hubo quien escuchase, y desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión: también yo me reiré en vuestra  calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis.» Prov. 1.24-26. y no olvidemos que nosotros estamos amenazados por los mismos peligros que  habían amenazado a los judíos y que podemos de tal manera llegar a engañarnos, que adoptemos falsas doctrinas y creamos que estamos sirviendo a Dios  cuando estamos incurriendo en el pecado.

La tercera figura es la de Poncio Pilato.

Un personaje de elevado rango y posición, un representante de la nación más poderosa de la tierra, un hombre que debía ser el más entusiasta defensor de la  equidad y la justicia, en fin, todo un gobernador romano, está suspenso entre dos juicios de una causa en que la verdad es tan clara como la luz meridiana.

Sabiendo de parte de quien está el derecho, se niega a obrar de acuerdo con sus convicciones; diciéndole su conc8iencia que debe poner en libertad al  prisionero, teme desagradar a sus acusadores, y sacrifica así la justicia al capricho de los hombres, y sanciona un crimen atroz, y consiente a que se de muerte  a una persona inocente. Jamás la naturaleza humana presentó tan triste ejemplo de una degradación. Ningún hombre ha sido jamás con más justicia  transmitido por la historia para desprecio de la posteridad, como el que se encuentra incrustado en nuestros credos, el de Poncio Pilato.

¡Qué criaturas tan despreciables son los hombres grandes cuando no están animados de principios elevados y no tienen fe en Dios! El labriego más humilde  que posea la gracia divina y tema a Dios es un se más noble a los ojos de su Creador que el gobernante o estadista cuya principal aspiración es agradar al  pueblo. Tener como guía una conciencia para la conducta pública y otra para la conducta privada; saber lo que ante los ojos de Dios es bueno, y sin embargo  obrar el mal en obsequio de la popularidad, es un proceder que ningún cristiano puede contemplar con aprobación.

Pidamos a la divina Providencia que en el país que nos haya dado por patria no falten nunca magistrados que tengan la rectitud suficiente para concebir ideas  sanas, y la enterca necesaria para ajustar sus acciones a esas ideas, sin ceder servilmente a las opiniones de los hombres. Los que temen a Dios más que a los  hombres y prefieren agradarle a él más bien que a éstos, son los mejores gobernantes de una nación, y los que a la larga se granjean más el respecto de los  gobernados. Magistrados como Pilato son a menudo el azote con que Dios castiga a los pecados de todo un pueblo.

Juan 19:28-37

Quien lea un pasaje como este sin sentir profunda gratitud hacia Jesucristo debe ser muy insensible o muy indiferente. Grande debe de ser el amor de  Jesucristo hacia los pecadores cuando se sometió -voluntariamente a tantos sufrimientos a fin de salvarlos; y grande debe de ser la maldad del pecado cuando  tantos sufrimientos fueron necesarios para obtener nuestra redención.

Debemos advertir, en primer lugar, cómo nuestro Señor tuvo que llevar la cruz a cuestas desde la ciudad hasta el Gólgota..

Ese acto tuvo su significación. Por una parte, fue una porción de la profunda humillación a que tuvo que someterse nuestro Señor como nuestro sustituto. Á los más viles criminales se les obligaba a que llevaran su propia cruz cuando iban a ser ejecutados, y nuestro Señor no fue eximido de ese castigo. Por otra  parte, fue el cumplimiento de la grande ofrenda del pecado prescrita en la ley de Moisés. Lev_16:27. Al insistir que los romanos crucificaran a Jesús fuera de  los muros de la ciudad, los judíos no llegaron a imaginarse que impensadamente estaban presentando la más grande ofrenda por el pecado que jamás había  sido dado a los mortales contemplar. Escrito está: «Por lo cual Jesús también, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta.»  Heb_13:12.

Nosotros debemos estar prontos, como nuestro Maestro, a dar un adiós a nuestro sosiego y sufrir las afrentas que él sufrió. Debemos estar prontos a dejar el  mundo, y vivir separados de él, aunque nadie imite nuestra conducta y siga nuestros pasos. a semejanza de nuestro Maestro, es menester que nos resignemos a llevar la cruz diariamente y a ser perseguidos por nuestros principios y nuestra conducta. Fácil y hacedero es usar por adorno cruces materiales, y colocarlas  en las iglesias o en las tumbas; mas tener grabada en nuestros corazones la cruz de Jesucristo y llevarla ahí todos los dias, crucificar nuestros afectos y nuestra  vida misma, de manera que participemos de algún modo en los sufrimientos del Redentor–son actos para los cuales necesitamos de abnegación. Y sin  embargo, ese modo moral de llevar la cruz es el único que puede producir bienes al mundo. Lo que en estos tiempos se necesita no es de la cruz que adorna,  sino de la que humilla.

Es de advertirse, en segundo lugar, que nuestro Señor fue crucificado como Rey.

La inscripción colocada en la parte superior de la cruz expresaba esto de una manera clara e inequívoca. Cualquier espectador que pudiera leer griego, latín o hebreo no podría menos de percibir que al que pendía de la cruz se le había dado el título de rey. Dios en su omnipotencia arregló de tal manera los  acontecimientos que la voluntad de Pilato prevaleció siquiera en un respecto sobre los malignos deseos de los judíos. Á. despecho de los sumos sacerdotes  nuestro Señor fue crucificado como Rey de los Judíos.

Había cierta congruencia en que así sucediese. Aun antes de que nuestro Señor hubiera nacido, el ángel Gabriel dijo así a la Virgen María: «Le dará el Señor  Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente, y de su reino no habrá cabo.» Luk_1:32-33. Casi tan pronto como nació  concurrieron a la Palestina unos sabios del Oriente que decían: «¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?» En la semana misma que precedió a la de  la crucifixión la muchedumbre que acompañó a nuestro Señor en su entrada triunfal a Jerusalén había dicho: «Bendito el que viene en el nombre del Señor, el  Rey de Israel.» Joh_12:13. La creencia general entre el pueblo judío era que el Mesías, el Hijo de David, había de venir como Rey. Nuestro Señor, por su  parte, proclamó durante su ministerio el reino de los cielos, el reino de Dios. Sí era Rey a la verdad, como le dijo a Pilato, mas de un reino enteramente  distinto de los de este mundo, aunque no menos real y verdadero. Come Jefe de ese reino había nacido, y había vivido, y había sido crucificado.

Cuidemos de reconocer a Jesucristo como nuestro Rey, como el Rey de nuestros corazones. Tan solo de los que le han obedecido como tal en este mundo,  será el Salvador en el último día. Tributémosle con alborozo esa fe, ese amor, esa obediencia que él estima más que el oro. Y sobro todo, no recelemos jamás  de declarar que somos súbditos, siervos y discípulos suyos, por mucho que el mundo lo desprecie. Vendrá un día en que el escarnecido Nazareno que fue  suspendido de la cruz, tomará en sus manos el poder que le pertenece y pondrá bajo sus plantas a todos sus enemigos. Según predijo Daniel, los reinos  terrenales serán derruidos, y el mundo entero formará el reino de Dios y de su Hijo; y al fin toda rodilla se hincará ante él y toda boca confesará que Jesucristo  es el Señor.

Debe advertirse, por último, con cuánta ternura pensó nuestro Señor en su madre María.

Aun en medio de su terrible agonía corporal y mental, Jesús no se olvidó de la mujer de quien había nacido, mas se acordó de su estado de desamparo, y del  quebranto que debía producirle la luctuosa escena que tenía a la vista. El sabía que, santa como era, no era más que una mujer, y que, como tal, debería sentir  profundamente la muerte de su Hijo. Por lo tanto la encomendó a la protección de Juan, su más amado y más amante discípulo. «Mujer,» le dijo, «he ahí tu  hijo» Entonces dijo al discípulo: «He ahí tu madre.» «Y desde aquella hora.» agrega el Evangelista, «el discípulo la recibió en su propia casa..

No necesitamos prueba más concluyente que la que nos suministra este pasaje para convencernos de que Dios jamás ordenó que venerásemos como divina a la madre de Jesús, o que le orásemos y confiásemos en ella como patrona de los pecadores. El sentido común nos enseña que, habiendo ella necesitado ajena  protección, mal puede ayudar a los hombres a llegar al cielo, o ser bajo respecto alguno mediadora entre Dios y los hombres. Por doloroso que ello sea, no  podemos menos que afirmar que de todas las doctrinas de la iglesia de Roma no hay ninguna que carezca tanto de apoyo en la Escritura, o en la razón natural  como la de la adoración de María.

Más, prescindamos de estos puntos de controversia, y consideremos un asunto de importancia más práctica. Consolémonos con el pensamiento de que Jesús  es un Salvador de sin igual ternura y compasión, y que toma en consideración el estado de los creyentes. No olvidemos jamás estas palabras suyas:  «Cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, esto es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»  Mar_3:35. Jesús no se olvida nunca de los que lo aman, y en  todo tiempo tiene presentes sus necesidades.

Juan 19:38-42

Este pasaje contiene también alusiones que Mateo, Marcos y Lucas omiten del todo.

Notemos primeramente cuántas fueron las profecías que se cumplieron en la crucifixión de nuestro Señor. De tres, tomadas del éxodo, los Salmos y Zacarías,  se hace especial mención; y, como sabe todo lector de la Biblia, a esas podrían agregarse otras. Todas a una prueban lo mismo, a saber: que la muerte de  nuestro Señor Jesucristo en el Calvario era un acontecimiento que Dios había previsto y preordenado. Es pues cierto, en el sentido más genuino y elevado que  «Jesucristo fue muerto conforme a las Escrituras..

Esas realizaciones de las profecías son pruebas muy vigorosas de que la Biblia es de autoridad divina. Los profetas predijeron no solo la muerte de Jesucristo  sino todos sus detalles; y es imposible explicar el cumplimiento de sus pronósticos si no se admite que habían sido inspirados por Dios. Decir que aquello fue  obra del acaso, de la suerte o de una coincidencia, es incurrir en un absurdo. Sí, los profetas que predijeron los pormenores de la escena del Gólgota fueron  inspirados por aquel Ser que ve todo desde el principio; y los libros que fueron escritos bajo su soberana dirección no deben ser leídos como composiciones  humanas, sino como una obra divina. En grandes dificultades se sumen los que se esfuerzan por, negar la inspiración de la Biblia. A la verdad, se necesita más  fe (y esa una fe ciega) para ser infiel que para ser cristiano.

Debemos fijar, en seguida, la atención en las palabras sobre manera solemnes que pronunció nuestro Señor cuando estaba para morir. San Juan refiere que  habiendo tomado el vinagre exclamó: «¡Consumado está!.

El Espíritu Santo no ha tenido a bien revelarnos cual sea el significado preciso de estas palabras. Son ellas tan profundas que el hombre no alcanza a sondearíais; mas, no obstante, tal vez no se nos tachará de irreverentes si procuramos conjeturar cuales eran los pensamientos que ocupaban la mente del  Señor cuando las pronunció. A la consumación, de todos los sufrimientos, conocidos y desconocidos, por los cuales tuvo que pasar como sustituto nuestro; a la consumación de la ley ceremonial que él vino a terminar y a cumplir como sacrificio por el pecado; a la consumación de muchas profecías que vino a realizar; a la consumación de la obra de la redención que ya estaba cercana: he aquí a lo que sin duda se refirió nuestro Señor con la expresión: «Consumado  está.» Acaso se refirió a algunos hechos más, empero, el comentador debe proceder con cautela cuando se trata do un momento tan crítico y tan misterioso  como aquel.

Á todo trance, una idea consoladora surge de esas palabras: nuestras esperanzas estriban en una obra consumada, si confiamos en la de nuestro Señor  Jesucristo, no tenemos porqué temer que el pecado, o Satanás, o la ley nos condenen en el último día, pues nuestro Salvador ha ejecutado y cumplido todo lo  que era necesario para nuestra salvación. En lugar de sobrecogernos de pavor podemos lanzar el reto del apóstol: «¿Quién es el que condena? Cristo es el que  murió: antes el que también resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros.» Rom_8:34.

Debemos observar, por último, que la muerte da Jesús fue real y verdadera. Cuéntasenos que uno de los soldados le hirió el costado con una lanza, y que luego  salieron sangre y agua. Insignificante como a primera vista parece esta circunstancia, ella demuestra que es bien probable que le atravesaran el corazón a nuestro Señor, y que así se cercioraran que su vida se había extinguido, no fue que se desmayó o que se quedó sin sentido meramente, como han pretendido  algunos: fue que le dejó de latir el corazón y murió efectivamente. Grande es, a la verdad, la importancia de ese hecho, pues bien se comprende que sin haber  ocurrido una muerte real, no podía haber habido verdadero sacrificio ni verdadera resurrección; y que sin verdadero sacrificio ni verdadera resurrección todo  el edificio del Cristianismo seria como la casa edificada sobre la arena movediza. Muy poco se imaginó el feroz soldado al introducir su lanza en el costado de  nuestro Señor, que ese acto redundaría en provecho de nuestra santa religión.

Mo es de dudarse que la sangre y agua de que se hace mención en este pasaje tengan un significado profundamente místico. San Juan mismo parece aludir a ellas en su primera Epístola cuando dice: «Este es Jesucristo que vino por sangre y agua.» La iglesia en todos tiempos parece haber convenido en que son  emblemas de cosas espirituales, más respecto de qué es lo que representan las opiniones han sido muy diversas, y quizá jamás habrá un acuerdo completo  hasta que el Señor venga.

Más, cualquiera que sea nuestra opinión en el asunto, esforcémonos para ser lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. Rev_7:14. Poco importará en  el último día que hayamos tenido opiniones elevadas acerca de tales materias, si no nos hubiéremos acercado a Jesucristo por medio de la fe, ni hubiéremos  tenido comunión con él. La fe en Jesucristo es lo esencial. «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene vida.» 1Jo_5:12.

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