Lucas 19 El huéspes del que todos necesitaban

Lucas 19: El huésped del que todos necesitaban

Luego entró Jesús en Jericó, e iba cruzándolo cuando sucedió algo. Allí vivía un tal Zaqueo, que era el jefe de los publicanos, y era muy rico. Tenía interés en ver quién era Jesús; pero no podía porque era muy bajito y había mucha gente rodeando a Jesús. Así es que lo que hizo fue adelantarse corriendo, y encaramarse a un sicomoro para verle cuando pasara por allí.

Cuando llegó Jesús a aquel lugar, miró hacia arriba y le dijo:

-¡Zaqueo, bájate de ahí a toda prisa, que hoy necesito parar en tu casa!

Y Zaqueo se bajó del árbol a toda prisa, y se alegró mucho de que Jesús le visitara; pero toda la gente no hacía más que criticar a Jesús por haberse alojado con un pecador despreciable. Zaqueo se puso en pie, y le dijo al Señor:

Mira, Señor: voy a darles a los pobres la mitad de todo lo que tengo, y a los que haya cobrado de más se lo voy a devolver cuadruplicado.

-Hoy ha venido a esta casa la salvación -dijo Jesús-; porque, al fin y al cabo, este también es hijo de Abraham. El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Jericó era una ciudad muy importante y rica. Estaba en el valle del Jordán, y controlaba el acceso a Jerusalén y el paso al Este del Jordán. Tenía un gran palmeral, y bosques de balsameras mundialmente famosos que perfumaban el aire varios kilómetros a la redonda. Sus jardines de rosas también eran célebres. También lo llamaban « La Ciudad de las Palmeras», y Josefo dice que era una región divina», «la más feroz de Palestina.» Los Romanos comercializaron e hicieron famosos sus dátiles y bálsamo.

Todo eso convirtió a Jericó en uno de los principales centros de impuestos de Palestina. Ya hemos estudiado los impuestos y el negocio de los publicanos (Luk_5:27-32 ). Zaqueo había llegado a la cima de su profesión, por lo que sería el hombre más odiado del distrito. La historia tiene tres etapas:

(i) Zaqueo era rico, pero no era feliz. No podía por menos de sentirse solo, porque había escogido una profesión que le convertía en un descastado. Había oído hablar de Jesús, que recibía a los publicanos y a los pecadores, y quería saber si tendría algo para él. Despreciado y odiado por los hombres, Zaqueo buscaba el amor de Dios.

(ii) Zaqueo decidió ver a Jesús, y no dejó que nada se lo impidiera. El mezclarse con la multitud requería valor en su caso, porque muchos aprovecharían la oportunidad para pegarle una patada o un puñetazo o algo peor, de forma que Zaqueo acabaría el día con más cardenales que la curia romana. Pero aun así no podía ver nada, porque era bajito; así es que tuvo una gran idea: salió corriendo, se adelantó a la comitiva, se subió a un árbol corpulento y frondoso cuyas ramas daban sombra a la carretera, y allí se dispuso a ver lo que pasaba sin ser visto ni molestado.

(iii) Zaqueo se comprometió con la comunidad al anunciar su cambio. Cuando Jesús le hizo saber que pararía en su casa aquel día, y cuando Zaqueo descubrió que había encontrado un nuevo amigo maravilloso, hizo la mayor decisión de su vida: decidió darles a los pobres la mitad de todo lo que tenía; y la otra mitad no se la reservó para sí mismo, sino para hacer restitución de los fraudes que hubiera cometido. En esto de la restitución fue mucho más allá de lo que mandaba la ley, que obligaba a devolver por cuadruplicado o quintuplicado sólo lo que se hubiera robado violentamente (Exo_22:1 ). Si se trataba de un robo ordinario y no se podían devolver las cosas, había que pagar el doble de su valor (Exo_22:4 ; 7). Si se confesaba el robo y se hacía restitución voluntariamente, había que devolver el valor de lo robado más una quinta parte (Lev_6:5 ; Num_5:7 ). Zaqueo estaba decidido a hacer más de lo que demandaba la ley, y mostrar en sus obras que era un hombre cambiado. La conversión es algo que no se demuestra con palabras, sino con obras.

(iv) La historia termina con una gloriosa afirmación: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Debemos tener cuidado con el sentido que damos a la palabra perdido. En el Nuevo Testamento no quiere decir condenado, sino sencillamente que no está en su sitio, y que no se sabe dónde está. Cuando encontramos aquello que habíamos perdido, lo volvemos a poner en su sitio. Una persona está perdida cuando no está en contacto con Dios; y es hallada cuando una vez más ocupa su debido lugar como hijo o hija obediente en la casa y familia de su Padre Dios.

EL REY CONFÍA EN SUS SIERVOS

Lucas 19:11-27

Cuando le estaban escuchando estas cosas, Jesús siguió hablando y les contó una parábola, porque se iban acercando a Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios se haría realidad de manera inmediata: «Una vez hubo un hombre de la nobleza que se iba a marchar a un país lejano para que le reconocieran como rey y luego volver; y antes de nada llamó a diez siervos suyos, y les confió diez minas, diciéndoles: -Haced negocios hasta mi vuelta.

Pero los de su país le aborrecían, y enviaron tras él a unos emisarios que dijeran que no querían tenerle como rey. El caso es que él consiguió que le reconocieran su derecho al trono y volvió a su tierra; y al poco tiempo mandó llamar a los siervos a los que les había confiado el dinero, para que le presentaran las cuentas de su gestión. El primero llegó diciendo:

-Señor, tu mina se ha convertido en diez minas.

-¡Bien hecho, buen siervo! -le contestó el rey-. Has sido fiel en una empresa pequeña, y ahora vas a tener diez ciudades a tu cargo.

-Señor, tu mina ha producido cinco minas -dijo otro.

-¡Bien hecho, buen siervo! Tú vas a gobernar cinco ciudades -le dijo el rey. Y entonces llegó otro diciendo:

-Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido envuelta en un paño; porque tenía miedo de ti, que eres tan duro que recoges lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado.

-¡Conque sí, mal siervo! Por tus propias palabras te juzgo. Si sabías que soy tan duro que me apropio lo que no he trabajado y siego lo que no he sembrado, ¿por qué no dejaste mi dinero en un banco para que yo sacara siquiera los intereses a mi vuelta? -Y dijo a los que estaban presentes-: ¡Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez minas!

-Señor -le contestaron-, ese ya tiene diez minas.

-¡Pues yo os digo que al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará lo poco que tenga! Y en cuanto a mis enemigos que no querían que yo fuera su rey, ¡traedlos a mi presencia y decapitádmelos aquí delante de mí!»

Esta es la única parábola de Jesús, por lo que nosotros sabemos, que está basada en un hecho histórico. Cuando murió Herodes el Grande el 4 a C., dejó su reino dividido entre Herodes Antipas, Herodes Felipe y Arquelao. Aquel reparto tenía que ser ratificado por los Romanos antes de ser efectivo. Arquelao, al que le había correspondido Judasa, fue a Roma a tratar de convencer a Augusto para que le reconociera su derecho; pero los judíos mandaron una embajada de cincuenta hombres para decirle a Augusto que no querían a Arquelao. De hecho, Augusto le confirmó en su herencia, aunque sin título de rey. Así es que, cualquiera que oyera esta parábola en Judasa se acordaría del hecho histórico.

Pero lo importante es que ilustra grandes verdades de la vida cristiana:

(i) Nos habla de la confianza de un Rey, que dio dinero a sus siervos cuando se marchó, y les dejó usarlo como mejor les pareciera, sin imponerles ninguna condición. Se lo dejó a su criterio. Así es como se porta Dios con nosotros. Alguien ha dicho: « Lo más bonito es que Dios se fía de que vamos a hacer muchas cosas por nuestra cuenta.»

(ii) Nos habla de la prueba del Rey. Como siempre, la confianza era una prueba para ver si sus hombres eran de fiar en las cosas pequeñas. A veces se justifica el descuido o la ineficacia en los asuntos ordinarios pretendiendo que «se está por encima de esas fruslerías.» Pero Dios no, y es precisamente en esos deberes rutinarios en los que está probando a los hombres. Jesús es en esto, como en todo, el ejemplo supremo. De sus treinta y tres años de vida pasó treinta en Nazaret. Si no hubiera cumplido con absoluta fidelidad las obligaciones del taller de carpintería y del mantenimiento de su familia, no habría estado preparado para ser el Salvador del mundo.

(iii) Nos habla de la recompensa del Rey. La que recibieron los siervos fieles no fue que se les dejara sentarse tranquilos para no hacer nada. Uno se encontró a cargo de diez ciudades, y otro de cinco. La recompensa por un trabajo bien hecho es más trabajo. El mayor cumplido que se le puede hacer a una persona es darle mayores responsabilidades. La gran recompensa de Dios al que ha satisfecho la prueba es más confianza. El mismo Cielo no se nos presenta como una jubilación; porque se nos dice que «sus siervos le servirán» (Rev_22:3 ).

(iv) La parábola concluye con una de las leyes inexorables de la vida: «Al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará lo poco que tenga.» Si practicamos algún deporte, y seguimos entrenándonos, iremos dominándolo cada vez más; pero, si dejamos de practicarlo, perderemos las habilidades que tuviéramos. Si disciplinamos y entrenamos nuestros cuerpos, los tendremos más capaces y fuertes; si hacemos lo contrario, perderemos la agilidad y la fuerza que tuviéramos. Si se nos da bien una asignatura o un arte y nos aplicamos a su estudio, se nos abrirán sus secretos y cada vez disfrutaremos y podremos utilizar más de sus riquezas; pero, si no nos aplicamos, perderemos hasta la habilidad que teníamos al principio.

No hay tal cosa como plantarse en la vida cristiana: o avanzamos, o vamos para atrás; o recibimos más, o perdemos lo que teníamos.

LA ENTRADA DEL REY

Lucas 19:28-40

Después de decir estas cosas, Jesús se adelantó en el camino de subida a Jerusalén. Y sucedió cuando llegaron al monte que se llama de los Olivos cerca de Betfagé y de Betania, que Jesús mandó por delante a dos discípulos suyos con estas instrucciones:

-Dirigíos a la aldea de enfrente y, a la entrada, encontraréis citado un borriquillo que todavía no ha montado nadie. Lo desatáis, y os lo traéis. Y si os pregunta alguien que por qué lo estáis haciendo, le decís: «Porque el Señor lo necesita.»

Los que mandó Jesús fueron y lo encontraron todo como les había dicho Jesús. Cuando estaban desatando el borriquillo, les preguntaron los dueños:

-¿Por qué estáis desatando el borriquillo?

-Porque el Señor lo necesita -contestaron.

Y se lo trajeron a Jesús, y pusieron sus mantos encima del borriquillo, y ayudaron a Jesús a montar. Y cuando echó a andar alfombraron con sus mantos el camino por donde había de pasar.

Cuando llegaron cerca del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos no pudieron ya contener la alegría, y se pusieron a dar voces alabando a Dios por todos los acontecimientos maravillosos que habían presenciado; y gritaban:

-¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y gloria en las Alturas!

Algunos fariseos que iban entre la gente le dijeron a Jesús:

-¡Maestro, diles a tus discípulos que se contengan!

-¡Os aseguro -les contestó Jesús—, que si ellos se callan gritarán las piedras!

De Jerusalén a Jericó no hay más que 28 kilómetros, así es que Jesús ya estaba llegando a la meta. Jerusalén, el final del viaje, estaba ahí delante. Los profetas, cuando las palabras no producían efecto, cuando la gente se resistía a recibir o a aceptar el mensaje, recurrían a algún gesto dramático para que nadie dejara de enterarse. Tenemos ejemplos de tales acciones dramáticas en 1Ki_11:29-31 ; Jer_11:1-11 ; Jer_27:1-11 ; Eze_4:1-3 ; S:1-4. Algo así era lo que Jesús se proponía hacer entonces: entrar en Jerusalén cabalgando de una manera que le hiciera comprender a todo el mundo que Él era el Mesías, el Rey Ungido por Dios. Tenemos que fijarnos en algunos detalles de la entrada de Jesús en Jerusalén.

Nos da la impresión de que aquella no fue una acción improvisada, sino algo cuidadosamente preparado. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Lo más seguro es que ya hubiera llegado a un acuerdo con los dueños del borriquillo. «Porque el Señor lo necesita» era la consigna convenida de antemano.

(ii) Fue un gesto de glorioso desafío y de valor superlativo. Ya entonces los líderes judíos le habían puesto precio a su cabeza (Joh_11:57 ). Habría sido natural que, si Jesús tenía que ir a Jerusalén, entrara de incógnito y secretamente; pero lo hizo de una manera que le colocó en el centro de atención de toda la ciudad. Es algo sobrecogedor el pensar en un hombre a cuya cabeza se había puesto precio, un proscrito, cabalgando a cara descubierta en la capital de forma que todos pudieran verle y saber que estaba allí. Es imposible exagerar el valor de Jesús.

(iii) Fue una declaración deliberada de su derecho al trono, en cumplimiento de la profecía de Zec_9:9 . Pero, hasta en este acto, Jesús subrayó el carácter del Rey que pretendía ser. El asno no era en Palestina la acémila humilde de otros países, sino un animal noble. Los reyes iban a caballo a la guerra; cuando iban en son de paz usaban el asno. Al escoger su montura, Jesús se ofrecía como rey de amor y de paz, y no como el héroe militar y conquistador que la gente esperaba.

(iv) Fue la última invitación. Jesús vino, como si dijéramos, con los brazos abiertos, como diciendo: «¿Me queréis ahora aceptar como vuestro Rey?» Antes de que el odio de los hombres le tragara totalmente, una vez más los confrontó con la invitación del amor.

Lucas 19:41-48

LA PIEDAD Y LA IRA DE JESÚS

Lucas 19:41-48

Cuando Jesús llegó cerca de Jerusalén y empezó a verla, rompió en sollozos por ella, clamando:

-¡Ah, si por lo menos este día tan especial para ti reconocieras lo que se te ofrece para tu paz! Pero ahora te está oculto su significado. Te sobrevendrán días en los que tus enemigos te rodearán con sus máquinas de guerra, y te sitiarán, y te apretarán por todas partes hasta derribarte a tierra con tus hijos en tu interior hasta no dejar en ti piedra sobre piedra; y todo esto porque no te diste cuenta cuando Dios vino a visitarte.

Después entró en el templo, y se puso a echar a todos los que estaban allí vendiendo y comprando, y les dijo:

-¡Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en «una guarida de bandidos»!

A partir de entonces Jesús estaba enseñando en el templo todos los días. Los jefes de los sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo hacían todo lo posible para matarle; pero no encontraban motivo, porque toda la gente estaba pendiente de sus palabras.

En este pasaje hay tres incidentes diferentes:

(i) Está el llanto de Jesús por Jerusalén. Al descender el monte de los Olivos se tiene una magnífica vista panorámica de Jerusalén. Cuando Jesús llegó a un recodo del camino, se detuvo, y lloró por Jerusalén. Sabía lo que le iba a suceder a Él y a la ciudad. Los judíos se estaban embarcando en la carrera de maniobras e intrigas políticas que acabó en la destrucción de Jerusalén el año 70 d C., cuando la ciudad quedó tan devastada que se pasó un arado de lado a lado. La tragedia consistió en que, si hubieran renunciado a sus sueños de grandeza política y hubieran aceptado el yugo manso y humilde de Cristo, aquella desgracia nacional no había sucedido.

Las lágrimas de Jesús son las de Dios cuando ve el dolor y el sufrimiento innecesario que los hombres se echan encima cuando se rebelan estúpidamente contra su voluntad.

(ii) Está la limpieza del templo. El relato de Lucas está muy resumido; el de Mateo es más extenso (21:12-13). ¿Por qué Jesús, que era la misma encarnación del amor, actuó con tal violencia con los cambistas y los que vendían animales en los atrios del templo?

Primero, vamos a considerar a los cambistas. Todo judío varón tenía que pagar un tributo anual de medio siclo al templo, lo que equivalía al salario de dos días de un obrero. Un mes antes de la Pascua se instalaban puestos en todas las ciudades y aldeas donde se podía pagar; pero la mayor parte la pagaban los peregrinos en Jerusalén cuando venían a la fiesta. En Palestina circulaban varios tipos de moneda -griego, romano, tirio, sirio, egipcio-, y todos eran válidos para los usos ordinarios; pero el tributo del templo se tenía que pagar, o en los medios siclos del santuario, o en los siclos galileos ordinarios. Y ahí es donde entraban los cambistas: para cambiar otras monedas del mismo valor exactamente cobraban una ma›á, digamos que una peseta; pero, si había que dar cambio, se cobraba otra ma›á más. Se ha calculado que estos cambistas sacaban una ganancia de unos dos millones al año, lo que era un robo y un abuso para los pobres fieles, que eran los que siempre salían perdiendo.

Segundo, los que vendían animales. Casi todas las visitas al templo se hacían para ofrecer un sacrificio. Las víctimas se podían comprar fuera a precios razonables; pero las autoridades del templo habían puesto inspectores que comprobaran que las víctimas no tenían mancha ni defecto. Por tanto, ¡era más seguro comprar los animales en los puestos oficiales del templo! Pero había veces en que un par de palomas costaba quince veces más que en la calle. Aquí también se abusaba de los pobres peregrinos de una forma que era realmente un robo legal. Además, estos puestos se conocían como «las tiendas de Anás», y eran propiedad de la familia del sumo sacerdote. Por eso, cuando detuvieron a Jesús le llevaron primeramente a Anás Joh_18:13 ), que estaría encantado de vengarse del que había desafiado y atentado contra su malvado monopolio. Jesús desplegó aquella violencia porque aquel tráfico se estaba usando para explotar a los pobres indefensos. No es que el comprar y vender manchaba la dignidad y la solemnidad del culto; sino que, además, la casa de Dios se usaba para explotar a los adoradores. Jesús también se inflamaba al contemplar aquellos flagrantes atentados a la justicia social.

(iii) Hay algo increíblemente audaz en la acción de Jesús poniéndose a enseñar en el templo cuando se había puesto precio a su cabeza. Era un desafío abierto. Entonces las autoridades no le podían prender, porque la gente estaba prendida de sus labios. Pero cada vez que hablaba exponía su vida, y sabía que era cuestión de poco tiempo el que llegara el fin. El valor del cristiano debe parecerse al de su Señor: Él nos ha dejado un ejemplo a seguir para mostrar cuyos somos y a quién servimos.

Lucas 19:1-48

19.1-10 Para financiar su gran imperio mundial, los romanos cargaron de impuestos elevados a las naciones que estaban bajo su dominio. Los judíos se oponían a estos impuestos porque servían para apoyar a un gobierno secular y a sus dioses paganos, pero aun así estaban obligados a pagar. Los cobradores de impuestos eran las personas más impopulares en Israel. A los judíos por nacimiento que optaban trabajar para los romanos se les consideraba traidores. Además, era sabido por todos, que los cobradores de impuestos se enriquecieron a expensas de sus compatriotas. No sorprende, por lo tanto, que las multitudes se sintieron molestas cuando Jesús visitó a Zaqueo, un cobrador de impuestos. A pesar de que Zaqueo era deshonesto y traidor, Jesús lo amaba y, en respuesta, el pequeño recaudador de impuestos se convirtió. En toda sociedad ciertos grupos de personas se consideran “intocables” ya sea por su opinión política, conducta inmoral o forma de vivir. No debemos ceder a la presión social y evadir a este tipo de personas. Jesús las ama y estas necesitan oír sus buenas nuevas.

19.8 Por la reacción de la gente se puede juzgar que Zaqueo fue, sin duda, un torcido publicano. Sin embargo, después de su encuentro con Jesús llegó a la conclusión de que su vida necesitaba que la enderezaran. Al dar a los pobres y restituir con intereses generosos a los que defraudó, Zaqueo demostró mediante acciones externas el cambio interno que experimentó. No es suficiente seguir a Cristo de corazón. Debe mostrar su cambio de vida mediante una nueva conducta. ¿Traduce su fe en acciones? ¿Qué cambios necesita hacer?

19.9, 10 Cuando Jesús dijo que Zaqueo era un hijo perdido de Abraham, debe haber sorprendido a sus oyentes al menos en dos maneras. No les debe haber gustado reconocer que este cobrador de impuestos tan impopular era un compatriota hijo de Abraham y no deben haber deseado admitir que hijos de Abraham pudieran perderse. Una persona no se salva por un notable linaje, ni se condena por uno malo; la fe es más importante que la estirpe. A Jesús le interesa llevar su Reino a los perdidos, sin importarle sus antecedentes ni estilos de vida anteriores. Mediante la fe, los perdona y hace nuevos.

19.11ss La gente seguía esperando un líder político que llegara a establecer un reino terrenal y que los librara del dominio de Roma. La parábola de Jesús mostró que su Reino no tendría esta característica de inmediato. Primero, se ausentaría por un tiempo y se requería de sus seguidores que fueran fieles y productivos durante su ausencia. Su regreso establecería el Reino más poderoso y justo que jamás hayan imaginado.

19.11ss Esta parábola mostró a sus seguidores lo que tendrían que hacer en el lapso entre su partida y su Segunda Venida. Ya que vivimos en este tiempo, se relaciona directamente con nosotros. Se nos han dado medios excelentes para edificar y extender el Reino de Dios. Jesús espera que usemos estos talentos al grado que puedan multiplicarse y que el Reino se expanda. El nos pedirá cuenta a cada uno sobre lo que hemos hecho con lo que nos dio. Mientras esperamos la venida del Reino de Dios en gloria, cumplamos la tarea encomendada.

19.20-27 ¿Por qué el rey fue tan duro con el hombre que no incrementó el dinero? Lo castigó porque: (1) no tenía el mismo interés que su amo en el reino; (2) no confió en las intenciones de su amo; (3) su lealtad solo fue para él mismo; y (4) no hizo nada para invertir el dinero. Como el rey en esta historia, Dios nos ha dado dones para usarlos en beneficio de su Reino. ¿Desea que el Reino crezca? ¿Confía en que Dios lo gobierna con justicia? ¿Le interesa el bienestar de los demás así como en el suyo? ¿Está deseoso de usar con fidelidad lo que se le ha confiado?

19.30-35 En este momento Jesús ya era muy conocido. Todo el que venía a Jerusalén para la Pascua había oído de El y por un tiempo el ánimo popular estaba a su favor. “El Señor lo necesita”, fue todo lo que dijeron los discípulos, y los dueños del pollino con agrado lo dieron.

19.35-38 Los cristianos celebran el acontecimiento del Domingo de Ramos. La gente estaba a lo largo del camino, alabando a Dios, agitando ramas de árboles y tendiendo sus mantos delante del pollino a medida que pasaba. “¡Larga vida al Rey!”, era el significado de sus gritos de alegría porque sabían que Jesús cumplía con toda intención la profecía de Zec_9:9 : “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humildemente, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna”. Para anunciar que El era en realidad el Mesías, Jesús escogió el tiempo cuando todo Israel estaría congregado en Jerusalén, un lugar en el que una gran multitud lo vería, una forma por la cual mostraría que su misión era inconfundible. Las multitudes estaban entusiasmadas. Ahora tenían la seguridad de que su liberación estaba cerca.

ULTIMA SEMANA EN JERUSALEN

Al acercarse a Jerusalén viniendo de Jericó (Zec_19:1), Jesús y sus discípulos visitaron las aldeas de Betania y Betfagé, situadas al este del Monte de los Olivos, solo a pocos kilómetros de Jerusalén. Durante las noches de esa última semana, Jesús se quedó en Betania y entraba a Jerusalén durante el día.

19.38 La multitud que alababa a Dios por darles un Rey tenía un concepto erróneo de Jesús. Estaban seguros de que sería un líder nacional que restauraría la nación a su gloria inicial y esto demostraba que eran sordos a las palabras de los profetas y ciegos a la verdadera misión de Jesús. Cuando llegó a ser evidente que Jesús no cumpliría con sus esperanzas, se volvieron en su contra.

19.39, 40 Los fariseos consideraron que las palabras de la multitud eran sacrílegas y blasfemas. No querían a alguien que trastornara su poder y autoridad, y a la vez no querían una sublevación que sofocara el ejército romano. De ahí que pidieron a Jesús que calmara a su gente. Pero Jesús dijo que si la gente callaba, aun las piedras clamarían. ¿Por qué? No porque Jesús instituía un reino político poderoso, sino porque establecía el Reino eterno de Dios, una razón más que suficiente para la gran celebración de todos.

19.41-44 Los líderes judíos rechazaban a su Rey (19.47). Iban demasiado lejos. Rechazaban la oferta de salvación de Dios en Jesucristo cuando Dios mismo los visitaba (“el tiempo de tu visitación”) y muy pronto su nación sufriría. De todos modos, Dios no le dio las espaldas a los judíos que le obedecieron. Continúa ofreciendo salvación a la gente que ama, sean judíos o gentiles. La paz eterna está a su alcance, acéptela antes que sea demasiado tarde.

19.43, 44 Estas palabras se hicieron realidad cuarenta años después que Jesús las pronunciara. En 66 d.C. los judíos se levantaron en contra de Roma. Tres años más tarde enviaron a Tito, hijo del emperador Vespasiano, para sofocar la rebelión, los soldados romanos atacaron Jerusalén y se abrieron paso a través de los muros del norte, pero aun así no pudieron tomar la ciudad. Finalmente la sitiaron y en 70 d.C. entraron en la ciudad que estaba demasiado debilitada y la incendiaron. Seiscientos mil judíos murieron durante el ataque de Tito.

19.47 ¿Quiénes eran los “principales del pueblo”? Este grupo quizás incluía prósperos líderes en política, comercio y leyes. Tenían muchas razones para deshacerse de Jesús. Les causó daño en el negocio que desarrollaban en el templo al echar fuera a los mercaderes. Además, predicó en contra de la injusticia y muchas veces sus enseñanzas favorecían a los pobres antes que a los ricos. Aún más, su gran popularidad podía atraer la atención de Roma y los líderes de Israel querían relacionarse lo menos posible con esta ciudad, por lo que representaba.

Lucas 19:1-10

Estos versículos describen la salvación de un alma. La historia de Zaqueo, lo mismo que la de Nicodemo y de la mujer Samaritana, debiera ser frecuente asunto de estudio para todo cristiano.

En primer lugar se nos enseña que ninguno es tan malo que no pueda ser salvo, o que esté fuera del alcance de la gracia de Cristo. Un acontecimiento más inesperado no puede concebirse. He aquí «el camello pasando por el ojo de una aguja,» y el rico «entrando en el reino de Dios.» ¡He aquí al avaro recaudador de diezmos transformado en cristiano bondadoso! Prueba de que para Dios nada es imposible.

La puerta de salvación que el Evangelio señala a los pecadores está abierta de par en par. No pretendamos cerrarla en nuestra ignorancia y fanatismo. Cristo puede salvar de una manera ilimitada, y aun el pecador más vil puede obtener perdón si viene a él. Ofrezcamos sin recelo el Evangelio aun a los hombres más bajos y malvados, y digámosles: «Esperanza hay para vosotros si os arrepentís.» «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, serán tornados como la lana.» Isa_1:18.

Estos versículos nos enseñan, en segundo lugar, que las cosas más pequeñas e insignificantes son ocasión muchas veces de la salvación de un alma. Se nos dice que Zaqueo quería ver a Jesús para saber quien era; pero que no podía por ser pequeño de estatura. La curiosidad, y nada más que la curiosidad, parece haber sido lo que lo movió, y una vez que experimentó el deseo, se resolvió a satisfacerlo. Con ese fin corrió hacia el camino y se subió en un árbol. En cuanto sobre semejantes acontecimientos le es dado penetrar al hombre, ese acto fue el que inició su nueva vida. Nuestro Señor se detuvo debajo del árbol y le dijo: «Desciende; porque hoy es menester que pose en tu casa.» Desde ese momento Zaqueo experimentó un cambio radical. Por la mañana se había levantado incrédulo, por la noche se acostó cristiano.

Jamás menospreciemos el día de los «pequeños principios.» Zec_4:10. Para toda obra se necesita un principio, y en las operaciones espirituales es muchas veces muy pequeño. ¿Observamos que uno de nuestros hermanos empieza a hacer uso de loa medios de gracia que antes desdeñaba? ¿Lo vemos concurrir a la iglesia a oír la predicación del evangelio, después de haber profanado el domingo por mucho tiempo? Cuando percibamos tales cosas traigamos a la memoria la historia de Zaqueo, y abriguemos buenas esperanzas de su cambio de vida. No lo tratemos con desabrimiento porque los incentivos que lo impelan a concurrir a la iglesia no sean de buen carácter. Es mejor oír el Evangelio por mera curiosidad, que no oírlo absolutamente.

Estos versículos nos enseñan, en tercer lugar, que Cristo se compadece de los pecadores y tiene poder para cambiar los corazones. Un ejemplo más asombroso que el de que tratamos es difícil de concebir. Sin ser solicitado, nuestro Señor se detiene y habla a Zaqueo. Sin ser solicitado a ello, se ofrece como huésped en la casa de un pecador. Sin ser solicitado, hace penetrar en el corazón de un publicano la gracia renovadora del Espíritu, y le da ese mismo día un lugar entre los hijos de Dios. Jer_3:19.

Á vista de un pasaje como este no es posible ensalzar debidamente la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Ni podemos afirmar de la manera que debiéramos, que siempre tiene voluntad y poder sin límites para salvar a los pecadores y que la salvación no se obtiene por medio de las obras, sino por medio de la gracia. Si alguna alma se ha salvado sin haber ejecutado nada que la hiciese merecedora del cielo, esa alma fue la de Zaqueo. Penetrémonos bien de estas doctrinas y no las arrojemos al olvido; son más valiosas que los rubíes. La gracia de Dios es lo único que puede dar descanso al hombre a la hora de la muerte. Démoselas a conocer a todos a quienes hablemos sobre asuntos espirituales y recordémosles aquellas palabras de Jesucristo: «He aquí yo estoy parado a la puerta y llamo; si alguno oyere mi voz, y me abriere la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo..

El pasaje de que tratamos nos enseña, por ultimo, que los que experimentan el cambio de corazón dan siempre a conocer su conversión por medio de manifestaciones exteriores. Zaqueo, según nos refiere la Escritura, dijo al Señor: «La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo vuelvo con los cuatro tantos. Había algo real en esas palabras; ellas contienen una prueba inequívoca de que Zaqueo había cambiado de sentimientos y de vida. Cuando un rico empieza a distribuir sus riquezas, y un concusionario empieza a indemnizar, podemos decir con seguridad, que «lo viejo se pasó ya, y que todo es hecho nuevo.» 2Co_6:19. Esas palabras indicaban una resolución firme. «Doy,» «vuelvo,» dice Zaqueo. No se refiere a propósitos que ha hecho para el porvenir. Habiendo sido perdonado sin merecerlo, y habiendo sido transportado de la muerte a la vida, Zaqueo pensó que debía empezar al punto a mostrar en manos de quien se había entregado y a quien servia.

El cristiano que desee dar a conocer que es creyente verdadero, debe seguir el ejemplo de Zaqueo. Como este, debe abandonar los pecados que más lo hayan dominado, y practicar las virtudes cristianas que más haya descuidado. De todos modos, el cristiano debe vivir de manera que todos sepan que es creyente. La fe que no purifique el corazón y la vida es una fe espuria. La virtud que no se puede ver como la luz, no es verdadera virtud sino hipocresía. El corazón que realmente ha experimentado la gracia de Cristo, aborrece el pecado como por instinto.

Antes de terminar la consideración do este pasaje meditemos sobre el último versículo: «El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Es como Salvador más bien que como juez que Jesús quiere que sus criaturas lo reconozcan. Esforcémonos por conocerlo bajo ese carácter. Aseguremos la salvación de nuestras almas, y cuando nos hayamos convertido, exclamemos: « ¿Qué pagaremos a Jehová por todos sus beneficios sobre nosotros?.

Lucas 19:11-27

Es bien claro cuál fue el objeto que se propuso nuestro Señor al pronunciar la parábola que acabamos de transcribir. Fue el de poner un dique a las infundadas esperanzas que los apóstoles se habían formado respecto a su reino. El bosquejo que en ella hizo del presente y del futuro ofrece asunto para serias meditaciones.

En estos versículos se nos enseña, primeramente, en qué lugar mora actualmente Jesucristo. La parábola lo describe como un noble que partió a una tierra remota con el fin de tomar para sí un reino, y volver después.

Cuando Jesús partió de este mundo, ascendió al cielo, coronado con la victoria y «llevando cautiva la cautividad;» y al presente está allí sentado, a la diestra de Dios, haciendo las veces de sumo sacerdote de su pueblo, e intercediendo por éste constantemente. Empero, no permanecerá siempre en ese lugar, mas saldrá de él, del santo de los santos, para bendecir a su pueblo, y revestido de poder y gloria poner a sus enemigos debajo de sus plantas y establecer su reino universal.

Este pasaje nos da a conocer, en seguida, que lugar ocupan los que hayan profesado la fe cristiana. Nuestro Señor los compara con unos siervos a quienes había sido encomendada una cantidad de dinero con órdenes estrictas de emplearla bien: «Negociad entre tanto que vengo..

Los privilegios de que gozan los cristianos en comparación con los paganos, son otras tantas minas que Cristo les ha dado, y de las cuales algún día tendrán que dar cuenta. En el último día no se pesarán nuestras acciones en la misma balanza que las del Cafre o del chino que jamás vieron la Biblia ni oyeron hablar de la trinidad y de la crucifixión. Por lo común nos olvidamos que sobre nosotros pesa una inmensa responsabilidad. a quien mucho se le ha dado mucho le será exigido.

También se nos enseña con esta parábola, que todos los cristianos tendrán indefectiblemente que dar cuenta de sus acciones. Cuando el noble regresó, «mandó llamar a sí aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno.

Vendrá un día en que nuestro Señor Jesucristo juzgará a su pueblo y en que recompensará a cada individuo de acuerdo con sus obras. El mundo no seguirá siempre el mismo curso que sigue ahora. El desorden, la confusión, la hipocresía, el pecado impune no permanecerán perdurablemente sobre la faz de la tierra. El gran trono blanco será erigido, y el Juez universal se sentará sobre él; los muertos serán resucitados; todos los vivientes comparecerán ante el tribunal; los libros serán abiertos; y, nobles y plebeyos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, todos, todos tendrán que dar cuenta a Dios, y todos recibirán una sentencia cuyos efectos serán eternos.

Con esta parábola se nos da a entender, además, cuál será el galardón de los verdaderos cristianos. Nuestro Señor dijo que los que resultaren ser siervos fieles recibirán honra y provecho. El premio de cada uno será proporcionado a su consagración a los deberes que le hayan tocado en suerte. A uno se le dará autoridad sobre diez ciudades, y a otro sobre Lucas cinco.

En la apariencia los hijos de Dios reciben pocas recompensas en la vida presente. Muchas veces se les llena de baldón, y para entrar en el reino de Dios tienen que pasar muchos trabajos. Es que los goces que acarrea la piedad no consisten en bienes terrenales sino en la paz interior, la esperanza y el placer de creer. Además, algún día serán abundantemente recompensados; y se llenarán de asombro al ver que su maestro les da un premio inapreciable por todo lo que han tenido que sufrir por amor suyo. «Lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la gloria venidera .que en nosotros ha de ser manifestada.» Rom_8:18.

Estos versículos nos enseñan, por último, cuan inevitable será en el día postrero la condenación de los hombres irreligiosos. En ellos se nos refiere que uno de los siervos no había hecho cosa alguna de utilidad con el dinero de su señor, sino que lo colocó en un pañezuelo. También se nos dice cómo fueron vanas las palabras que pronunció en defensa propia, y como fue castigado por no haber hecho buen uso de lo que se le había confiado. Ni es difícil determinar de qué clase de personas es tipo ese hombre: lo es de todos los impíos, y el castigo que recibió simboliza el castigo a que estos serán condenados en el último día.

No olvidemos qué fin es el que espera a los impíos. No hay medio alguno de evadir la terrible majestad del día del juicio.

Las falsas protestas de fe, y la mera formalidad en el cumplimiento de los ritos exteriores, no serán parte a obtenernos del eterno Juez una sentencia favorable. Las disculpas con que tantas personas tranquilizan ahora su conciencia serán vanas ante el tribunal de Cristo. Los que han poseído privilegios y talentos especiales, y no han hecho uso de ellos, tendrán que lamentar su negligencia.

Estos son pensamientos solemnes. ¿Quién se atreverá a levantar la cerviz en el gran día en que el Señor de cielos y tierra pida cuenta de sus minas? No es importuno terminar la consideración de esta parábola con las siguientes palabras de S.

Pedro: «Estando en esperanza de estas cosas, procurad con diligencia que seáis de él hallados sin mácula y sin reprensión, en paz.» 2Pe_3:14.

Lucas 19:28-40

Notemos, en primer lugar, la omnisciencia divina que en Cristo revelan estos versículos. Mandó a dos de sus discípulos que fueran a una aldea vecina, y les dijo que a la entrada encontrarían un pollino en el cual no se había sentado hombre alguno. Es decir, les expresó con tanta exactitud lo que verían y oirían como si ya todo hubiera tenido lugar.

El lector atento observará que en otros pasajes del Evangelio se nota la misma circunstancia. En uno se nos dice que él sabía cuales eran los pensamientos de sus enemigos; en otro, que conocía lo que pasaba en el interior del hombre; y en otro, que desde el principio sabía quienes eran los que no creían y quien le había de entregar. Tal conocimiento es un atributo que solo pertenece a Dios.

La omnisciencia de Cristo debiera alarmar a los pecadores e inclinarlos al arrepentimiento. «No hay tinieblas ni sombra de muerte en que se encubran los que obran maldad.» Si van a un retrete privado, allí los sigue la vista de Cristo. Si en lo oculto traman villanías y maldades, Cristo los observa. Si en secreto hablan contra las personas rectas y piadosas, Cristo los oye. Tal vez logren engañar a los hombres, mas no pueden engañar al Señor.

Al pensar en el conocimiento ilimitado de Cristo el verdadero cristiano debiera llenarse de esperanza y sentirse impulsado a hacer mayores bienes sobre la tierra. Cristo lo ve constantemente, y oye cada palabra que sale de sus labios, y lee todos los pensamientos que cruzan su mente. Que no se aflija, pues, cuando el mundo lo injurie o calumnie. Que diga en tales casos: «Señor, tú sabes todas las cosas: tú sabes que te amo..

Notemos, por otra parte, cuan pública fue la entrada de nuestro Señor en Jerusalén. Se nos dice que entró montado en un pollino, como un rey cuando regresa a la capital de su reino o un vencedor que vuelve en triunfo a su patria. En el pasaje se refiere, además, que al acercarse a la ciudad lo rodeó una multitud de sus discípulos que regocijándose comenzó a alabar a Dios a gran voz. Este episodio es de una naturaleza bien distinta del resto de la vida de nuestra Señor. él, por lo general, procuraba evadirse de la observación pública, se retiraba al desierto y encargaba a los que sanaba que no contasen a nadie lo acontecido. En la ocasión de que tratamos, deja a un lado la reserva y parece deseoso de que todos perciban y noten con cuidado todo lo que hace.

Á primera vista no es fácil descubrir las razones que tuviera nuestro Señor para adoptar semejante línea de conducta; pero, después de que se haya reflexionado un poco sobre el asunto, la dificultad desaparecerá. El sabía que ya se acercaba el día en que había de morir en la cruz por los pecadores. Su obra como Profeta, en lo que tenia relación a su misión terrenal, había terminado. Mas todavía le faltaba llevar a cabo la obra de ofrecerse a sí mismo como sacrificio expiatorio y como sustituto de los pecadores. Antes de que esa obra fuese cumplida quería llamar hacia sí la atención de los judíos. El Cordero de Dios iba a ser inmolado: bueno era, por tanto, que todos los Israelitas dirigiesen los ojos hacia él. No era posible que un acontecimiento de tan alta significación tuviese lugar en lo oculto.

Démosle gracias al Todopoderoso de que la muerte de nuestro Señor Jesucristo fuese un acontecimiento tan público y notorio. Si hubiera sido apedreado de repente en un motín, o degollado secretamente en una prisión, como Juan el Bautista, no habrían faltado judíos y gentiles incrédulos que hubieran negado del todo la muerte del Hijo de Dios. Dios en su sabiduría dirigió los acontecimientos de tal manera que no hubiese lugar a tal negación. Por diversos que sean los dictámenes de los hombres acerca de los efectos expiatorios de la muerte del Redentor, sobre su muerte misma, como acontecimiento histórico, no hay duda alguna. a vista de todos entró Jesús en Jerusalén pocos días antes de su muerte; a vista de todos anduvo por las calles de la ciudad y pronunció palabras edificantes hasta el día en que fue traicionado.

Públicamente fue conducido ante los sumos sacerdotes y ante Pilatos, y fue condenado; en público también lo llevaron al Calvario y lo clavaron en la cruz. Su muerte fue el acontecimiento más público de su historia acá en la tierra; y esa muerte fue la vida del mundo. Joh_6:51.

Terminemos este pasaje con la consoladora reflexión de que el gozo que sintieron los discípulos de Jesucristo a su entrada en Jerusalén es nada comparado con el que todos los creyentes experimentarán cuando él aparezca otra vez revestido de gloria y majestad. El primero tuvo pronto fin y se tornó en lágrimas de amargura: el segundo será sempiterno. El primer gozo fue a menudo interrumpido por la irrisión de encarnizados enemigos: el segundo no estará expuesto a tales interrupciones. Ni una palabra se dirá contra el Rey cuando se presente otra vez en el trono de su gloria. «Ante El se hincará toda rodilla y toda lengua confesará que El es el Señor..

Lucas 19:41-48

En estos versículos se revela, en primer lugar, cuan grande es la ternura y compasión de Cristo para con los pecadores. Se nos dice que cuando el Salvador se acercó a Jerusalén por última vez, contempló la ciudad y lloró sobre ella. él sabía bien cual era el carácter de los habitantes de Jerusalén. Su crueldad, su hipocresía, su obstinación, su preocupación en contra de la verdad no le eran desconocidas. También sabía cual seria su conducta para con él. La sentencia injusta, el acto de ponerlo en manos de los gentiles, sus sufrimientos, su crucifixión, todo estaba ante su mente. Y, sin embargo de todo esto se compadeció de Jerusalén. «Viendo la ciudad lloró sobre ella..

Estamos gravemente equivocados si creemos que Jesús vela solo sobre los creyentes. él se interesa en la suerte de todos.

Tiene un corazón tan tierno que puede bien apiadarse de la humanidad entera. Se compadece del hombre que continúa en su maldad así como tiene afecto especial hacer las ovejas que oyen su voz y le siguen; no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan.

Se nos da a entender en este pasaje, en segundo lugar, que hay una ignorancia en materias religiosos que es pecaminosa y reprensible. Nuestro Señor anunció desgracias a Jerusalén «por cuanto no conoció el tiempo de su visitación.» Habiendo podido conocer que ya se habían llegado los días del Mesías y que Jesús Nazareno era ese Mesías, prefirió ignorarlo todo.

Su pueblo cerró los ojos ante los presagios de la época. Por eso, un juicio terrible vendría sobre ella.

El principio que así sentó nuestro Señor es de suma importancia, pues enseña claramente que no toda ignorancia es disculpable, y que, ante los ojos de Dios, es una falta muy grave no percibir la verdad cuando ha habido oportunidad para ello. Hasta cierto punto somos responsables por nuestros conocimientos, y si por indolencia, o a causa de nuestras preocupaciones, permanecemos en la ignorancia, esa falta nos acarreará la miseria eterna.

En estos versículos se nos enseña, en tercer lugar, que Dios se digna, de cuando en cuando, hacer a los hombres especiales llamamientos y ofrecerles oportunidades también especiales. Nuestro Señor dijo que Jerusalén no conocía el tiempo de su visitación. Jerusalén tuvo una época en que se le ofrecieron señaladas mercedes y prerrogativas : el mismo Hijo de Dios habitó en su seno ; los milagros más portentosos que jamás hombre alguno había contemplado, fueron obrados en su recinto ; dentro de sus murallas se oyeron los sermones más admirables que los hombres tuvieron jamás la dicha de oír. Jamás ciudad alguna, fue exhortada con tanto encarecimiento como lo fue Jerusalén en los días que nuestro Señor habitó sobre la tierra. Las exhortaciones fueron, a la verdad, tan notables, tan enérgicas, tan diferentes de las que la ciudad había recibido en otros tiempos, que parece imposible que hubieran sido desoídas. Sin embargo, consta que fueron desdeñadas; y nuestro Señor dijo que ese desprecio era uno de los pecados más graves de la ciudad. La materia de que tratamos es de suyo harto profunda y misteriosa. Preciso es que procedamos con mesura y precaución para que no vayamos a caer en contradicciones. Según parece, no cabe duda que las iglesias, las naciones, y aun los individuos reciben a veces de la Divinidad manifestaciones especiales, y que el menosprecio de tales manifestaciones ha dado principio a su decadencia espiritual. Por qué razón ha de tener esto lugar en algunos casos y no en otros, es cosa que no podemos explicar. Hechos históricos de claridad bien reconocida parecen demostrarlo. Tal vez en el postrer día se manifieste al mundo entero que hubo épocas en la vida de muchos que murieron sin arrepentirse, en que Dios parecía allegarse a ellos, en que tenían la conciencia despierta y en que parecían distar de la salvación solo un paso. Esas épocas resultarán ser sin duda, lo que Cristo denominó «tiempos de visitación..

Aunque el asunto es profundo, la importantísima lección que nos enseña es práctica. Esa lección es, que debemos cuidar de no extinguir las convicciones que ardan en el pecho ni acallar la voz de la conciencia. Muchas veces con el acto de desoír este admonitor secreto cerramos para siempre la puerta de nuestra salvación. Esa voz es una visitación de Dios.

Estos versículos nos enseñan, últimamente, cuánto reprueba Cristo la profanación de las cosas santas. Se nos refiere que arrojó del templo a los que vendían y compraban, y les dijo que habían hecho la casa de Dios «cueva de ladrones.» El sabía bien cuan ignorantes y ceremoniosos eran los ministros del templo; y tampoco ignoraba que pronto el templo y su culto llegarían a su fin, que el velo seria rasgado, y que no habría más sacerdotes. Mas quería darnos a entender que hemos de mirar con reverencia todo lugar en donde se rinda adoración al Altísimo.

Siempre que concurramos a alguna iglesia o casa de oración, recordemos la conducta de nuestro Señor en la ocasión referida. Cierto es que las iglesias evangélicas no son como los templos judaicos: no tienen ni altares, ni sacerdotes, ni sacrificios, ni paramentos emblemáticos; mas en ellas se lee la palabra de Dios, en ellas está Cristo presente y el Espíritu Santo obra en las almas da los concurrentes.

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