Jesús sana a un leproso

Categorías: Evangelio Armonizado.

Un día, cuando Jesús bajó del monte, en un pueblo, mucha gente lo siguió. En esto se le acercó un hombre enfermo de lepra, el cual se puso de rodillas delante de él y le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús Jesús tuvo compasión de él, lo tocó con la mano, y dijo: Quiero. ¡Queda limpio! Al momento, se le quitó la lepra al enfermo, el leproso quedó limpio de su enfermedad. Jesús lo despidió en seguida, y le recomendó mucho: Mira, no se lo digas a nadie; solamente ve y preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda por tu purificación que ordenó Moisés, para que conste ante los sacerdotes. Pero el hombre se fue y comenzó a contar a todos lo que había pasado. La fama de Jesús aumentaba cada vez más, por eso Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, sino que se quedaba fuera, se retiraba a orar a lugares donde no había nadie, en lugares donde no había gente; pero de todas partes acudían a verlo. Mateo 8:1-4; Marcos 1:40-45; Lucas 5:12-16 

En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E.W.G. Masterman escribe: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina repugnante.»

Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente; las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración silbante. Las manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en desequilibrio, coma, y por fin, la muerte.

La lepra podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.

La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. Josefo nos dice que se trataba a los leprosos «como si fueran, en efecto, personas muertas.» Tan pronto como se diagnosticaba la lepra, se desterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana. «Todo el tiempo que tenga las llagas, será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del campamento vivirá» (Levítico 13:46). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con el labio inferior tapado y, por dondequiera que fuera iba gritando: «¡Impuro! ¡Impuro!» (Levítico 13:45). En la Edad Media, si una persona contraía la lepra, el sacerdote se ponía la estola y tomaba el crucifijo, y la llevaba a la iglesia, y leía sobre ella el oficio fúnebre. Aquella persona era como si hubiera muerto.

En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los pueblos vallados. En la sinagoga se proveía para ellos una habitación aislada de tres por dos metros, llamada mejitsá. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba inmunda hasta las vigas del tejado. Hasta en un espacio abierto era ilegal saludar a un leproso.

Nadie se le podía acercar más de cuatro codos -es decir, unos dos metros. Si soplaba el viento en el sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a cien codos de distancia. Cierto rabino no se comería ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otro rabino llegaba a presumir de tirarle piedras a los leprosos para que se mantuvieran lejos. Otros rabinos se escondían, o ponían pies en polvorosa, cuando veían un leproso en la distancia.

No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto como la lepra a una persona de sus semejantes. Fue a un hombre así al que Jesús tocó. Para un judío no habría una frase más sorprendente en todo el Nuevo Testamento que la sencilla afirmación: «Y Jesús extendió la mano y tocó al leproso.»

Compasión más allá de la ley

En esta historia debemos notar dos cosas: La aproximación del leproso, y la respuesta de Jesús. En la aproximación del leproso había tres elementos.

(i) El leproso vino con confianza. No tenía duda que, si Jesús quería, podía limpiarle.
Ningún leproso se habría acercado jamás a un escriba o rabino ortodoxos; sabía demasiado bien que le habrían alejado a pedradas; pero este hombre vino a Jesús. Tenía perfecta confianza en la disposición de Jesús a recibir a una persona que todos los demás habrían rechazado. Nadie tiene por qué sentirse demasiado inmundo para venir a Jesucristo. Tenía una confianza absoluta en el poder de Jesús. La lepra era la única enfermedad para la que no se prescribía un remedio rabínico. Pero este hombre estaba seguro de que Jesús podía hacer lo que no podía hacer nadie más. Nadie tiene por qué sentirse incurable de cuerpo o imperdonable de alma mientras exista Jesucristo.

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