Juan 6 Los panes y los peces

Juan 6: Los panes y los peces

Después de estas cosas, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea, es decir, el mar de Tiberíades. Le seguía un gentío impresionante, porque veían las señales que realizaba en los que estaban enfermos.

Jesús se subió a la colina, y se sentó allí con Sus discípulos. Era cerca de la fiesta judía de la Pascua.

Cuando Jesús levantó la mirada y vio todo aquel gentío que venía hacia Él, le dijo a Felipe:

-¿Dónde vamos a comprar comida para todos estos?

Eso lo decía para ver por dónde salía Felipe; porque Jesús sabía muy bien lo que iba a hacer. Felipe Le contestó:

Doscientos denarios de pan no serían suficientes para que cada uno tomara un poquito.

Otro discípulo, Andrés, el hermano de Simón Pedro, Le dijo:

Aquí hay un chaval que tiene cinco panecillos de cebada y dos pescaditos; pero, ¿qué es eso entre tantos?

Decidle a la gente que se recueste -les dijo Jesús.

Había mucha hierba en aquel lugar; así es que la gente se recostó, como unas cinco mil personas.

Jesús tomó en Sus manos los panecillos y dio gracias a Dios; luego los partió en trozos para repartirlos entre los qué estaban recostados. Luego hizo lo mismo con los pescados, todo lo que quisieron.

Cuando todos estaban satisfechos, Jesús les dijo a Sus discípulos:

-Recoged los pedazos que hayan quedado, para que no se desperdicie nada.

Los discípulos lo hicieron, y llenaron doce cestas con lo que les había sobrado a los que habían comido.

Había veces que Jesús quería retirarse de la gente. Estaba sometido a un estrés continuo, y necesitaba descansar. Además, necesitaba estar a solas con Sus discípulos para irlos guiando a una comprensión más profunda de Sí mismo. Y también necesitaba tiempo para la oración. En esta ocasión particular era prudente retirarse para no tener una colisión frontal con las autoridades, porque todavía no había llegado la hora del conflicto final.

De Cafarnaún al otro lado del mar de Galilea había una distancia de unos siete kilómetros, que recorrieron en la barca. La gente había estado observando con admiración las obras de Jesús. Era fácil adivinar la dirección que llevaba la barca, así es que se dieron prisa para dar la vuelta a la parte superior del mar por tierra. El río Jordán entra por el extremo Norte del mar de Galilea. Dos millas río arriba estaba los vados del Jordán. Cerca de los vados había un pueblo que se llamaba Betsaida Julias, para distinguirla de la otra Betsaida de Galilea; y era hacia ese lugar hacia el que se dirigía Jesús (Luk_9:10 ). Cerca de Betsaida Julias, casi a la orilla del lago, había una llanurita en la que solía haber buena hierba. Iba a ser el escenario de un acontecimiento extraordinario.

En un principio Jesús había subido a la colina que hay detrás de la llanura y se había sentado allí con Sus discípulos. Luego, el gentío empezó a presentarse en tropel. Habían recorrido a toda prisa 15 km rodeando el lago y vadeando el río. Se nos dice que era cerca de la fiesta de la Pascua, lo que haría que hubiera aún más gente en las carreteras. Posiblemente muchos iban de camino por allí a Jerusalén. Muchos peregrinos galileos viajaban por el Norte, cruzaban el vado, pasaban a Perea y luego volvían a cruzar el Jordán por Jericó. El camino era más largo, pero les permitía evitar el paso por la odiada y peligrosa Samaria. Es probable que los grupos de peregrinos que iban a Jerusalén para la fiesta de la Pascua engrosaran el gentío.

A Jesús se le avivó la compasión a la vista de la multitud. Llegaban hambrientos y agotados. Era natural acudir en primer lugar a Felipe, que era de Betsaida (Juan l: 44) y conocería bien los recursos de la región. Jesús le preguntó dónde se podían obtener alimentos. La respuesta de Felipe era descorazonadora,,:. Dijo que, aun en el caso de que se pudiera conseguir, costaría más de 200 denarios dar a cada uno de los presentes aunque nos, fuera más que un bocado. Recordemos que un denarios serían, unas diez pesetas; pero era el salario diario de un obrero, así; que tendríamos que calcular a lo que equivaldría hoy en día en cada país. En España sería algo así como medio millón de pesetas. El sueldo de siete meses. Comprendemos la perplejidad de Felipe.

Pero entonces aparece Andrés en la escena. Había descubierto a un chaval que llevaba cinco panecillos de cebada y dos pescaditos. Probablemente aquello era su merendilla. A lo mejor había salido a pasar el día en el campo, y se había unido al gentío. Andrés, como tenía por costumbre, le trajo a Cristo.

El chico no llevaba gran cosa. El pan de cebada era el más barato, y se tenía en poco. En la Misná se estipula la ofrenda que debe ofrecer una mujer que haya sido sorprendida en adulterio. Debe, desde luego, hacer la ofrenda de la expiación. Con todas las ofrendas se incluía comida, que consistía en harina, vino y aceite mezclados. Por lo general se usaba harina de trigo; pero se establecía que, en el caso de la ofrenda por adulterio, la harina podía ser de cebada, que es comida de animales, porque el pecado de la mujer había sido propio de los tales. El pan de cebada era el de los más pobres.

Los pescaditos no serían más grandes que sardinas. El pescado en escabeche que se preparaba en Galilea en aquel tiempo se conocía en todo el imperio romano. Entonces el pescado fresco era un lujo inasequible para la mayoría, porque no había medios para transportarlo y conservarlo en buenas condiciones. Pececillos parecidos a las sardinas que abundaban en el mar de Galilea eran los que se conservaban en escabeche, y esos serían los que llevara el muchacho para hacer más apetitoso el pan de cebada.

Jesús les dijo a Sus discípulos que hicieran que la gente se sentara. Tomó en Sus manos los panecillos y los pescaditos y dio gracias a Dios por ellos. Al hacerlo estaba actuando como el padre de aquella familia. La acción de gracias sería la que se decía entonces en las casas: « Bendito seas, oh Señor nuestro Dios, Que haces que el pan salga de la tierra.» La gente comió hasta quedar satisfecha. Hasta la palabra que se usa para satisfecha, llena (jortázesthai), es muy sugestiva. Antiguamente, en griego clásico, era una palabra que se usaba de cebar los animales. Cuando se usaba de las personas quería decir « darse un hartazgo» o « una jartá».

Cuando la gente se quedó satisfecha, Jesús mandó a Sus discípulos que recogieran los restos. ¿Por qué? En las fiestas judías se tenía la costumbre de dejar algo para los servidores. Lo que se dejaba se llamaba la pea; y no hay duda que eso es lo que harían muchos en esta ocasión.

Se recogieron doce cestas llenas de pedazos sobrantes. Sin duda cada uno de los apóstoles tendría su cesta (kófinos, como en español cofín). Solía tener una forma como de botella, y ningún judío viajaba sin ella. Dos veces menciona Juvenal (3:14; 6:542) « al judío con su cestita y su manojo de heno.» (El heno era para usarlo de cama, porque parece que había muchos judíos errantes).

El judío con su cestita inseparable era un tipo notorio. La llevaba, en parte, porque guardaba lo que encontrara de interés; y también para llevar su propia comida si quería cumplir todas las reglas alimentarias judías.

Con los restos de aquella comida, cada discípulo llenó su cestita. Así se alimentó la hambrienta multitud, y más.

EL SENTIDO DE UN MILAGRO

Tal vez nunca sepamos exactamente lo que sucedió en aquella llanurita herbosa cerca de Betsaida Julias. Vamos a considerarlo de tres maneras.

(a) Podemos considerarlo sencillamente como un milagro en el que Jesús multiplicó panes y pescados. Algunos lo encontrarán difícil de imaginar; y algunos lo encontrarán difícil de conciliar con el hecho de que eso es lo que Jesús se negaba a hacer en Sus tentaciones (Mat_4:3 s). Si podemos creer en el sencillo carácter milagroso de este milagro, no tenemos por qué cambiar de opinión. Pero si estamos perplejos, consideremos otras dos explicaciones.

(b) Puede que se tratara en realidad de una comida sacramental. En el resto el capítulo, el lenguaje de Jesús es el que usó en la última Cena acerca de comer Su carne y beber Su sangre. Podría ser que en esta comida no les dio más que un bocadito, como el sacramento, que cada persona recibía; y la emoción y la maravilla de la presencia de Jesús y la realidad de Dios convirtió aquella miguita sacramental en algo que realmente alimentó sus corazones y almas, como sigue sucediendo en la Mesa de Comunión hasta nuestros días.

(c) Puede que haya otra explicación muy entrañable. Cuesta creer que aquella multitud se había puesto en camino para una expedición de quince kilómetros sin hacer los más mínimos preparativos. Si había peregrinos entre ellos, es de suponer que llevarían provisiones para el camino. Pero puede ser que ninguno sacara lo que llevaba porque, por un egoísmo muy humano, se lo quería guardar para él mismo. Puede ser que Jesús, con aquella cautivadora sonrisa Suya, sacara las escasas reservas que tenían É1 y Sus discípulos; con una fe radiante diera gracias a Dios, y empezara a compartirlo; y que, movidos por Su ejemplo, todos los que tuvieran algo hicieran lo mismo, y al final hubiera suficiente, y más que suficiente, para todos.

Puede que este sea un milagro en el que la presencia de Jesús convirtiera una multitud de hombres y mujeres egoístas en una comunidad de personas dispuestas a compartir. Puede que esta historia represente el milagro más grande de todos, no el de un cambio que se realizó en unos panes y unos peces, sino en unos hombres y unas mujeres. ¿No es éste el milagro que tiene que asumirse en la humanidad, y que estamos seguros de que se repetiría si, siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendiéramos todos a compartir?

Fuera como fuera, allí había ciertas personas sin las cuales el milagro no habría sido posible.

(i) Estaba Andrés. Hay un contraste entre Andrés y Felipe. Felipe fue el que dijo: « Estamos en una situación desesperada. No se puede hacer nada.» y Andrés fue el que dijo: « ¡A ver lo que puedo hacer yo! Seguro que Jesús hará todo lo demás.»

Fue Andrés el que trajo a aquel muchacho a Jesús, lo que fue el primer paso para que se realizara el milagro. No podemos saber nunca lo que puede suceder cuando le traemos a alguien a Jesús. Si un padre entrena a su hijo en el conocimiento y el amor y el temor de Dios, no hay nadie que pueda decir lo que Dios puede llegar a hacer algún día con ese niño. Si un maestro de escuela dominical le lleva un niño a Jesús, nadie puede saber lo que algún día Jesús hará con él.

Se cuenta que un anciano maestro de escuela alemán, cuando entraba en el aula por la mañana, se quitaba el sombrero para saludarlos respetuosamente. Una vez alguien le preguntó por qué lo hacía, y él contestó: « Uno no sabe lo que uno de estos chicos puede llegar a ser el día de mañana.» Y tenía razón: uno de aquellos niños era Martín Lutero.

Andrés no sabía lo que pasaría con aquel chico y su merendilla cuando le trajo a Jesús aquel día, pero estaba aportando una pieza clave para que sucediera un milagro. No podemos calcular las posibilidades cuando le traemos a alguien a Jesús.

(ii) Estaba el muchacho. No podía ofrecer mucho; pero con aquello tuvo Jesús el material necesario para obrar un milagro. Habría habido un acontecimiento maravilloso menos en la humanidad si aquel chico se hubiera guardado sus panes y sus peces para sí, y nadie se lo habría podido reprochar.

Jesús necesita lo que le podamos ofrecer. Puede que no sea mucho, pero Él lo necesita. Puede que el mundo se vea privado de milagro tras milagro y triunfo tras triunfo porque no le traemos a Jesús lo que tenemos y lo que somos. Si nos colocáramos en el altar de su servicio, no se puede decir lo que Él haría con nosotros y por medio de nosotros. Puede que sintamos no tener más y nos dé vergüenza traer tan poco; pero eso no es razón para dejar de aportar lo que tenemos y somos: Poco es a menudo mucho en las manos de Cristo.

LA REACCIÓN DEL GENTÍO

Juan 6:14-15

Cuando toda aquella gente se dio cuenta de lo que había hecho Jesús, dijeron:

-¡No cabe duda que Éste es el Profeta Que tenía que venir al mundo!

Pero Jesús, consciente de que iban a venir a apoderarse de Él para hacerle rey, se retiró a la montaña a solas.

Aquí tenemos la reacción de la multitud. Los judíos esperaban al Profeta que creían que les había prometido Moisés. «Profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios. A él atenderéis» (Deuteronomio 18: J5). En aquel momento, en Betsaida Julias, estaban dispuestos a reconocer a Jesús como el esperado Profeta, y hacerle rey por aclamación popular. Pero aquello sucedía no mucho antes de que otro gentío gritara: «¡Crucifícale, crucifícale!» ¿Por qué le aclamaron entonces en la primera de estas dos ocasiones?

Una de las razones fue que estaban ansiosos por respaldar a Jesús porque les había dado lo que ellos querían. Los había curado y los había alimentado; en consecuencia, estaban dispuestos a reconocerle como su jefe. Hay tal cosa como una lealtad interesada. Hay tal cosa como amor de despensa. El doctor Johnson, en uno de sus momentos más cínicos, definió el agradecimiento como « un sentimiento vivo de favores que se espera que continúen.»

La actitud del gentío nos desagrada. Pero, ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando queremos consuelo en la aflicción, fuerza en la dificultad, paz en el revuelo, ayuda en la depresión, esperanza ante la muerte, no hay nadie tan maravilloso como Jesús, y le hablamos y vamos a Él y le abrimos nuestro corazón; pero, cuando nos viene con alguna seria demanda de sacrificio, con algún desafío al esfuerzo, con el ofrecimiento de alguna cruz, no queremos saber nada de Él. Si nos examinamos el corazón, puede que descubramos que nosotros también queremos a Jesús por lo que le podamos sacar.

Además, la gente quería usar a Jesús para sus propios fines y moldearle de acuerdo con sus propios sueños. Estaban esperando al Mesías; pero se le figuraban a su manera. Buscaban a un Mesías que fuera un rey conquistador, que le pisara el cuello al águila romana y expulsara sus legiones de su tierra. Habían visto lo que Jesús podía hacer; y lo que se les pasaba por la mente era: « Este Hombre tiene poder, un poder maravilloso. Si le podemos uncir a Él con todo Su poder a nuestros sueños, empezarán a suceder cosas.» Si hubieran sido honrados, habrían reconocido que lo que querían era usarle para sus propios fines.

Veamos, otra vez: ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando invocamos a Cristo, ¿es para que nos dé fuerzas para proseguir con nuestros proyectos e ideas, o para aceptar Sus planes y deseos humilde y obedientemente? ¿Es nuestra oración: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que Tú quieres que haga, « o: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que yo quiero hacer»?

Aquella multitud de judíos habría seguido a Jesús al momento porque les daba lo que ellos querían, y deseaban usarle para sus propios fines. Esa actitud todavía prevalece. Querríamos los dones de Cristo sin Su Cruz; querríamos usarle en vez de dejarle que nos usara Él.

DEFENSA EN TRANCE AGUDO

Juan 6:16-21

Al anochecer, los discípulos se fueron a la orilla, se embarcaron y se pusieron a cruzar el mar hacia Cafarnaún. Para entonces ya se había hecho de noche, y Jesús no había vuelto todavía con ellos. Y empezó a rugir una tempestad tremenda que encrespaba el Marcos

Cuando llevaban bogando entre tres y cuatro millas, vieron a Jesús Que se acercaba a la barca andando sobre el mar; y les dio mucho miedo. Pero Jesús les dijo:

-¡No tengáis miedo, que soy Yo!

Ellos querían tenerle a bordo en la barca; e inmediatamente la barca llegó a su destino.

Esta es una de las historias más maravillosas del Cuarto Evangelio; y resulta tanto más maravillosa cuanto más investigamos el sentido del original y hallamos que no es un milagro extraordinario lo que se nos describe, sino un sencillo incidente en el que Juan descubrió, de una manera que ya no olvidaría nunca, cómo es Jesús.

Vamos a reconstruir la historia. Después de dar de comer a los cinco mil que luego quisieron hacerle rey, Jesús se retiró a solas al monte. El día se extinguió. Llegó la hora que los judíos describían como «la segunda tarde», el tiempo entre el crepúsculo y la noche. Jesús todavía no había vuelto. No debemos pensar que los discípulos eran tan olvidadizos o descorteses como para dejarse atrás a Jesús; porque, según nos cuenta la historia Marcos, Jesús les había dicho que se le adelantaran (Mar_6:45 ), mientras Él trataba de convencer a la gente para que se fuera a casa. Sin duda tenía intención de rodear a pie la cabecera del lago mientras ellos la cruzaban a remo, y reunirse con ellos en Cafarnaún.

Los discípulos se embarcaron. Como sucede a veces en aquel lago rodeado de montañas, se levantó un fuerte viento que batía las aguas y las convertía en espuma amenazadora. Era cerca de la Pascua, es decir, cerca de la primera luna llena de primavera (Joh_6:4 ). En la colina, Jesús había estado orando en comunión con Dios; cuando se puso en camino, la luna iluminaba la escena como si fuera de día; y allá abajo podía ver la barca y a los remeros, bogando a más no poder. Entonces Jesús bajó de la colina.

Debemos recordar dos Hechos. Por la parte Norte el lago no tenía más que cuatro millas de ancho, y Juan nos dice que los discípulos habían remado entre tres y cuatro millas; es decir, que estaban ya cerca de su destino. Es natural suponer que en la tormenta procurarían llegar a la orilla lo más pronto posible para buscar cualquier refugio que pudieran encontrar. Este es el primer hecho, y ahora pasamos al segundo. Vieron a Jesús, dice la versión Reina-Valera, que andaba sobre el Marcos En griego dice epi tés thalassés, la misma frase que se usa en Joh_21:1 , donde se traduce, y nunca se ha tenido la menor duda, por junto al mar de Tiberíades, es decir, a la orilla. Eso es lo que quiere decir la frase también en este pasaje.

Jesús iba andando epi tés thalassés, por la orilla. Los agotados discípulos levantaron la vista y, de pronto, le vieron. Era tan inesperado, y llevaban tanto tiempo remando desesperadamente, que se alarmaron como si estuvieran viendo un fantasma. Pero sobre las aguas turbulentas les llegó aquella voz bien amada: «¡No tengáis miedo, que soy Yo!» Ellos querían que viniera a bordo. En griego el sentido más natural es que su deseo no se cumplió. ¿Por qué? Recordad que el ancho del lago por ahí es de cuatro millas, y ya casi habían remado esa distancia. La razón sencilla es que, antes de que Jesús subiera a la barca, ésta encalló en la orilla, y se encontraron en tierra.

Aquí tenemos precisamente la clase de historia que un pescador como Juan atesoraría con cariño en su memoria. Siempre que la recordara la reviviría: el gris plateado de la luz de la Luna, la aspereza de los remos en las manos cansadas, el rugido de la tempestad, las sacudidas de la vela, el sordo murmullo del agua, la sorprendentemente inesperada aparición de Jesús en la orilla, el sonido de Sus palabras a través de las olas enfurecidas y el golpe de la barca al tocar tierra.

Al recordarlo, Juan descubrió maravillas que quiso compartir con nosotros.

(i) Vio que Jesús vigila. En lo alto de la colina había estado vigilándolos. No estaba demasiado ocupado con Dios para acordarse de ellos. Juan se dio cuenta de que todo el tiempo que habían estado bregando con los remos y la vela, la mirada amorosa de Jesús había estado sobre ellos.

Cuando nos encontramos en situaciones difíciles, Jesús vigila. No nos baja el listón. Nos deja pelear nuestras batallas. Como un padre que ve a su hijo echar el resto en una contienda deportiva, está orgulloso de nosotros; o, como un padre que ve a su hijo fracasar, está triste. Vivimos la vida bajo la mirada cariñosa de Jesús.

(ii) Vio que Jesús viene. Bajó de la colina para animar a sus discípulos a hacer el esfuerzo final que los pondría a salvo.

No nos observa con distante indiferencia; cuando faltan las fuerzas viene a darnos nuevas fuerzas para el esfuerzo final que ha de lograr la victoria.

(iii) Vio que Jesús ayuda. Observa, acude y ayuda. Una de las maravillas de la vida cristiana es que no nos encontramos nunca solos. Margaret Avery relata que había una maestra en la escuela de un pueblecito que les había contado esta historia a los niños, y se la habría contado muy bien. Pocos días después hubo una tempestad de viento y nieve. Cuando salieron de la escuela, la maestra estaba ayudando a los niños a llegar a sus casas. A veces tenía casi que llevarlos en vilo por las comentes de aire. Cuando casi todos estaban agotados con la lucha, oyó a un chiquillo decir para sí: « Nos vendría bien tener a ese Jesús aquí ahora.» Lo maravilloso es que no tenemos que echarle de menos en ninguna situación, porque Jesús siempre está con nosotros.

(iv) Vio que Jesús nos lleva al puerto. A Juan le parecía al recordarlo que, tan pronto como llegó Jesús, la quilla de la barca tocó tierra, y habían llegado a salvo. Como decía el salmista: « Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban» (Salmo 107.30). Aunque no sepamos cómo, con Jesús se hace más corto el viaje más largo, y la batalla más dura se hace más fácil.

Una de las cosas maravillosas del Cuarto Evangelio es que Juan, el viejo pescador reciclado a evangelista, encontró toda la riqueza de Cristo en el recuerdo de la historia de una travesía azarosa.

LA BÚSQUEDA INFRUCTUOSA

Juan 6:22-27

Al día siguiente, la gente que seguía todavía al otro lado del lago se dio cuenta de que allí no había habido nada más que una barca, y que Jesús no se había embarcado en ella con Sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. Pero algunos barcos de Tiberíades amarraron cerca del lugar en que la multitud habían compartido la comida después que el Señor dio gracias. Así que, cuando comprobaron que Jesús ya no estaba allí, ni Sus discípulos tampoco, se embarcaron en los barcos y llegaron a Cafarnaún buscando a Jesús. Cuando Le encontraron al otro lado del lago, Le dijeron:

-Rabí, ¿cuando has llegado?

-Os diré la verdad -les contestó Jesús-: No Me estáis buscando porque habéis comprendido las señales, sino porque comisteis el pan hasta llenaros el estómago. No os afanéis por el alimento perecedero, sino por el permanente y que da la vida eterna, que es el que el Hijo del Hombre os dará; porque el Padre Dios ha puesto Su sello sobre Él.

La multitud se había quedado al otro lado el lago: En tiempos de Jesús la gente no tenía que observar, el horario de oficina, tenían tiempo para esperar que Jesús volviera otra vez. Esperaron porque se habían dado cuenta de que no había más que una barca, y que los discípulos se habían ido en ella sin Jesús; así es que dedujeron que Él tendría que estar por allí cerca. Después de esperar algún tiempo; empezaron a darse cuenta de que Jesús no volvía. Habían llegado a la bahía algunos barcos de Tiberíades, tal vez para refugiarse de la tormenta de la noche anterior. Los que estaban esperando se embarcaron y volvieron así a Cafamaún.

Al descubrir; para su sorpresa; que Jesús ya estaba allí, Le preguntaron que cuándo había llegado. Jesús, sencillamente, no contestó a la pregunta; la cosa no tenía el menor interés. La vida es demasiado corta para perderla charlando sobre viajes; así es que entró en materia de inmediato. «Habéis visto -les dijo- cosas maravillosas. Habéis visto cómo ha permitido la gracia de Dios que se alimentara una multitud. Vuestro pensamiento se tendría que haber concentrado en el Dios que lo había hecho; en cambio, en lo único que estáis pensando es en la comida.» Es como si les dijera: «Estáis tan ocupados pensando en vuestro estómago que no os acordáis de vuestra alma.»

«La gente -decía Crisóstomo- está enganchada a las cosas de esta vida.» Ahí estaban. unas personas cuyos ojos nunca se habían remontado de los terraplenes de este mundo a las eternidades del más allá. Una vez estaban hablando de las cosas de la vida Napoleón y un amigo suyo. Estaba oscuro. Fueron hacia la ventana y miraron hacia fuera. Allá en el cielo había estrellas distantes, como poco más que puntas de alfileres de luz. Napoleón, que tenía una vista muy aguda mientras que su amigo era miope; señaló hacia el cielo. «¿Ves esas estrellas?» -le preguntó-. «No -le contestó su amigo-, yo no veo nada.» Y entonces le dijo Napoleón: «Esa es la diferencia entre nosotros dos.» El que está atado a la tierra no vive más que media vida, si acaso. El que está vivo de veras es el que tiene visión, el que mira al horizonte y ve las estrellas.

Jesús comprimió su mandamiento en una frase: «No os afanéis por el alimento perecedero, sino por el permanente .y que da la vida eterna.» Mucho tiempo atrás, un profeta había preguntado: «¿Por qué os gastáis el dinero en lo que no es pan, y el producto de vuestro trabajo en lo que no satisface?» (Isa_55:2 ). Hay dos clases de hambre: el hambre física, que puede satisfacer la comida física; y el hambre espiritual, que aquel alimento no puede saciar. Una persona puede ser tan rica como Creso, y seguir con insatisfacción en su vida.

En los años posteriores al 60 d C. el lujo de la sociedad romana era sin igual. Era cuando servían banquetes de sesos de pavo real y de lenguas de ruiseñor; cuando cultivaban el extraño hábito de tomar eméticos entre platos para que el siguiente les supiera aún mejor; cuando las comidas multimillonarias eran cosa de todos los días. Fue por aquel tiempo cuando cuenta Plinio que una señora romana llevó puesta en su boda una túnica tan llena de joyas y de oro que costó lo que equivaldría ahora a cien millones de pesetas. Todo eso era por algo: por la profunda insatisfacción que les producía aquella vida, un hambre que nada podía satisfacer. Estaban dispuestos a pagar cualquier precio para obtener una nueva sensación, porque eran inmensamente ricos pero estaban inmensamente insatisfechos.

Lo que Jesús quería decir era que aquellos judíos no estaban interesados nada más que en cosas materiales. Habían recibido una comida inesperadamente gratuita y abundante, y querían más. Pero hay otras hambres que sólo Jesús puede saciar. Está el hambre de verdad: sólo en Jesús se encuentra la verdad de Dios. Está el hambre de vida: sólo en Jesús encontramos vida en abundancia. Está el hambre de amor: sólo en Jesús se encuentra el amor que sobrepuja al pecado y a la muerte. Sólo Jesús puede satisfacer el hambre del corazón y del alma.

¿Por qué? Hay una mina de sentido en la frase: «Dios ha puesto su sello sobre Él.» H. B. Tristram, en su libro Costumbres orientales en las tierras de la Biblia, tiene una sección interesantísima sobre los sellos en el mundo antiguo. No era la firma, sino el sello lo que autenticaba. En documentos comerciales y políticos era el sello, impreso con un anillo, lo que hacía que un documento fuera válido, lo que autenticaba un testamento o lo que garantizaba el contenido de un saco o embalaje. Tristram nos dice que, en sus viajes- por el oriente, cuando hacía un trato con los muleteros o arrieros, éstos ponían su sello sobre el documento de su acuerdo para mostrar que era en firme. Los sellos se hacían de arcilla, de metal o de joyas. En el Museo Británico hay sellos de casi todos los reyes asirios. El sello se imprimía en arcilla o cera que quedaba pegada al documento.

Los rabinos tenían un dicho: «El sello de Dios es la verdad.»

«Un día -dice el Talmud- la gran sinagoga (la asamblea de los expertos en la ley) estaba llorando, orando y ayunando todos sus miembros, cuando les cayó del firmamento un pequeño rollo de escritura. Lo abrieron, y vieron que sólo contenía una palabra: Emet, que quiere decir verdad. «Ese -dijo un rabino- es el sello de Dios.»» Emet se escribe con tres letras hebreas: álef, la primera del alfabeto; min, la de en medio, y tau, la última. La verdad de Dios es el principio, el -centro y el final de la vida.

Por eso Jesús puede satisfacer el hambre de eternidad: Él es el sello de Dios, la verdad encarnada de Dios; y Dios es el único que puede satisfacer plenamente el hambre del alma que Él mismo ha creado.

LA UNICA OBRA VERDADERA

Juan 6:28-29

-¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios? -le preguntaron a Jesús; y Él respondió:

-Esto es lo que Dios quiere que hagáis: que creáis en el Que Él ha enviado.

Cuando Jesús hablaba de las obras de Dios, los judíos pensaban en términos de «buenas obras». Estaban convencidos de que se podía ganar el favor de Dios haciendo buenas obras. Para ellos, la humanidad se dividía en tres clases: los buenos, los malos y los de en medio; éstos últimos, si hacían una buena obra, pasaban a la categoría de buenos, y si mala, a la de malos. Así que, cuando los judíos Le preguntaron a Jesús sobre las obras de Dios, esperaban que estableciera una lista de cosas. Pero no es eso lo que dice Jesús.

La respuesta de Jesús es sumamente breve y compendiada, y tenemos que desarrollarla para entender lo que contiene. Dijo que lo que Dios espera de nosotros es que creamos en el Que Él ha enviado. Pablo habría dicho que la única obra que Dios espera del hombre es la fe. ¿Qué quiere decir la fe? Quiere decir estar en una relación con Dios tal que somos Sus amigos. Ya no nos inspira terror, sino que Le conocemos como a nuestro Padre y Amigo, y Le damos la confianza, la sumisión y la obediencia que surgen naturalmente de esta nueva relación de amor.

¿Qué relación tiene con esto el creer en Jesús? La vieja distancia y enemistad desaparecen y la. nueva relación con Dios es posible sólo gracias a Jesús. Él es Quien vino a decirnos que Dios es nuestro Padre y nos ama y quiere perdonarnos por encima de todo.

Pero esa nueva relación con Dios desemboca en una cierta clase de vida. Ahora que sabemos cómo es Dios, nuestra vida tiene que reflejar ese conocimiento. Ese reflejo se proyectará en tres direcciones, cada-una de las cuales corresponde a lo que Jesús nos ha dicho de Dios.

(i) Dios es amor. Por tanto, en nuestras vidas debe haber el amor y servicio a los demás que correspondan al amor y servicio de Dios, y debemos perdonar a otros como Dios nos ha perdonado en Cristo.

(ii) Dios es santidad. Por tanto, en nuestras vidas debe haber una pureza que corresponda a la santidad de Dios.(iii) Dios es sabiduría. Por tanto, en -nuestras vidas debe haber la completa sumisión y confianza que corresponden a la sabiduría de Dios.

La esencia de la vida cristiana es una nueva relación con Dios, una relación que Él nos ofrece, y que hace posible la Revelación que Jesús nos ha traído de Dios; una relación que conduce al servicio, pureza y confianza que son un reflejo de Dios en nuestras vidas. Esta es la obra que Dios quiere que hagamos, y para la cual nos capacita.

LA DEMANDA DE SEÑAL

Juan 6:30-34

Los judíos Le dijeron a Jesús:

-¿Qué señal vas a realizar que nosotros podamos ver para creer en Ti? ¿Cuál es Tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del Cielo.»

Jesús les respondió:

-Esto que os digo es la pura verdad: No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo, sino Mi Padre; Él sí que os da el verdadero pan del Cielo. El pan de Dios es el Que procede del Cielo y da la vida al mundo.

-¡Señor, danos siempre ese pan! -Le dijeron ellos.

La conversación es aquí típicamente judía en terminología, trasfondo y alusiones. Jesús acababa de presentar una gran credencial: creer en Él era la verdadera obra de Dios. «Muy bien -Le dijeron los judíos-, ¿luego Tú pretendes ser el Mesías? ¡Demuéstralo!»

Todavía seguían pensando en la alimentación de la multitud, e inevitablemente se retrotrajeron con el pensamiento al maná en el desierto. No podían por menos de conectar las dos cosas. Era tradicional referirse al maná como «el pan de Dios» (Psa_78:24 ; Exo_16:1 S); y los rabinos creían firmemente que, cuando viniera el Mesías, repetiría el milagro del maná. La provisión del maná se consideraba la obra cumbre de la vida de Moisés, y el Mesías no podría por menos de superarla. «Como fue el primer redentor, así será el Redentor final; como el primer redentor hizo que cayera maná del Cielo, así el postrer Redentor hará descender maná del Cielo.» «No encontraréis el maná en esta era, pero lo encontraréis en la era por venir.» «¿Para quiénes está preparado el maná? Para los justos de la era por venir. Todos los que crean serán dignos de comerlo.» Una vasija que contenía maná se había conservado en el arca del primer templo; y se creía que, cuando éste fue destruido, Jeremías lo había escondido, y lo sacaría a la luz otra vez cuando viniera el Mesías. En otras palabras: los judíos estaban desafiando a Jesús a que produjera el pan de Dios para justificar Sus pretensiones. No consideraban que el pan que habían comido los cinco mil era el pan de Dios en el sentido que ellos esperaban; procedía de panes terrenales y se había multiplicado como pan terrenal. El maná, creían, había sido otra cosa diferente, y sería la prueba definitiva.

La respuesta de Jesús era doble. En primer lugar, les recordó que no había sido Moisés el que les había dado el maná, sino Dios. Y en segundo lugar, les dijo que el maná no había sido el verdadero pan de Dios, sino sólo un símbolo. El pan de Dios era el Que había descendido del Cielo para dar a la Humanidad, no la simple satisfacción del hambre física, sino la vida. Jesús presentaba Sus credenciales de que la única verdadera satisfacción se encuentra en Él.

EL PAN DE LA VIDA

Juan 6:35-40

Jesús les dijo:

-Yo soy el pan de la vida. El que acude a Mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en Mí, ya no tendrá más sed. Pero os aseguro que, aunque Me habéis visto, no creéis en Mí. Todos los que Me dé el Padre acudirán -a Mí; porque Yo he descendido del Cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la del Que Me envió. Y esta es la: voluntad del Que Me envió: Que no pierda ninguno de los que Él Me ha dado, sino que los resucite a todos el último día. Esta es la voluntad de Mi Padre: Que cualquiera que crea en el Hijo cuando Le vea, tenga la vida eterna. Y Yo le resucitaré el último día.

Este es uno de los grandes pasajes del Cuarto Evangelio, y de todo el Nuevo Testamento. En él encontramos dos grandes líneas de pensamiento que debemos tratar de analizar.

En primer lugar, ¿qué quería decir Jesús con: « Yo soy el pan de la vida»? No basta con tomarlo sencillamente como una frase bonita y poética. Vamos a analizarla paso a paso. (i) El pan sostiene la vida. Es algo sin lo cual la vida no puede proseguir. (ii) Pero, ¿qué es la vida? No cabe duda de que es mucho más que la mera existencia física. ¿Cuál es el sentido espiritual de la vida? (iii) La vida verdadera es la nueva relación con Dios, esa relación de confianza y obediencia y amor que ya hemos considerado. (iv) Esa relación sólo es posible por medio de Jesucristo. sin El no podemos entrar en ella. (v) Es decir: sin Jesús puede que haya existencia, pero no vida. (vi) Por tanto, si Jesús es esencial a la vida, se Le puede describir como el pan de la vida. El hambre de la situación humana termina cuando conocemos a Cristo y, por medio de Él, a Dios. En Él el alma inquieta encuentra reposo; el corazón hambriento encuentra satisfacción.

En segundo lugar, este pasaje nos despliega las etapas de la vida cristiana.

(i) Vemos a Jesús. Le vemos en las páginas del Nuevo Testamento, en la enseñanza de la Iglesia, a veces hasta cara a cara.

(ii) Habiéndole visto, acudimos a Él. Le miramos, no como un héroe o dechado distante, no como el protagonista de un libro, sino como Alguien accesible.

(iii) Creemos en Él. Es decir, Le aceptamos como la suprema autoridad acerca de Dios, de nosotros mismos y de la vida. Eso quiere decir que no acudimos a Él por mero interés, ni en igualdad de términos; sino, esencialmente, para someternos.

(iv) Este proceso nos da la vida. Es decir, nos pone en una nueva relación de amor con Dios, en la que Le conocemos como Amigo íntimo; ahora podemos sentirnos a gusto con el Que antes temíamos y no conocíamos.

(v) Esta posibilidad es gratuita y universal. La invitación es para todos los seres humanos. No tenemos más que aceptarlo, y ya es nuestro el pan de la vida.

(vi) El único acceso a esta nueva relación con Dios es por medio de Jesús; sin Él nunca habría sido posible, y aparte de Él sigue siendo imposible. No hay investigación de la mente ni anhelo del corazón que pueda encontrar a Dios aparte de Jesús.

(vii) Detrás de todo este proceso está Dios. Los que acuden a Jesús son los que Dios Le ha dado. Dios no se limita a proveer la meta; también mueve el corazón para que Le desee; también obra en el corazón para desarraigar la rebeldía y el orgullo que podrían obstaculizar la entrega total. No podríamos ni siquiera empezar a buscarle si no fuera porque Él ya nos ha encontrado.

(viii) Queda ese algo tozudo en el corazón humano que nos hace seguir rehusando la invitación de Dios. En último análisis, lo único que puede frustrar el propósito de Dios es la oposición del corazón humano. La vida está ahí para que la tomemos… o para que la rechacemos.

Cuando la tomamos, suceden dos cosas. La primera es que entra en la vida una nueva satisfacción. El corazón humano encuentra lo que estaba buscando, y la vida deja de ser un mero vegetar para ser algo lleno a la vez de emoción y de paz. Y la segunda es que tenemos seguridad hasta más allá de la muerte. Aun el último día, cuando todo termine, estaremos a salvo. Como dijo un gran comentarista: « Cristo nos lleva al puerto en el que se acaban todos los peligros.» Esas son la grandeza y la gloria de las que nos privamos cuando rehusamos Su invitación.

EL FRACASO DE LOS JUDÍOS

Juan 6:41-51

Los judíos siguieron murmurando de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan que ha descendido del Cielo»; y siguieron diciendo:

-¡Como si no supiéramos que Éste es Jesús hijo de José, a Cuyos padres conocemos! ¿Cómo es que nos viene ahora diciendo: «Yo he descendido del Cielo?»

-Dejad ya de murmurar entre vosotros -les dijo Jesús-. No hay nadie que pueda acudir a Mí a menos que le traiga el Padre que Me envió; y Yo le resucitaré el último día. Está escrito en los Profetas: «Y serán todos enseñados por Dios.» Todos los que han escuchado a Mi Padre y aprendido de Él, vienen a Mí. No es que nadie haya visto jamás al Padre, excepto el Que procede de Dios; Él sí ha visto al Padre. Lo que os digo es la pura verdad: El que cree, tiene la vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron maná en el desierto, y murieron. Este es el pan de la vida del que se puede comer para no morir. Yo soy el pan de la vida Que he descendido del Cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre.

Este pasaje da las razones por las que los judíos rechazaron a Jesús y, al rechazarle a Él, rechazaron la vida eterna.

(i) Juzgaban las cosas con una escala de valores humana y por motivos externos. Su reacción ante las credenciales de Jesús era recordar el hecho de que Él era el hijo del carpintero y que Le habían visto crecer en Nazaret. Eran incapaces de aceptar que Uno Que era un artesano y Que procedía de una familia humilde pudiera ser un Mensajero especial de Dios.

T. E. Lawrence era amigo íntimo del poeta Thomas Hardy. En los días en que Lawrence estaba sirviendo en las fuerzas aéreas británicas solía visitar a Hardy y su esposa vestido de uniforme. En una ocasión, su visita coincidió con la de la alcaldesa de Dorchester, que se dio por muy ofendida de que se la hubiera sometido a compartir su tiempo con un vulgar aviador, porque no tenía idea de quién era. Le dijo a la señora Hardy en francés que nunca en toda su vida se había sentado a tomar el té con un soldado. Nadie dijo nada. Entonces Lawrence dijo en perfecto francés: «Suplico su perdón, señora; pero, ¿puedo serle útil como intérprete? La señora Hardy no entiende el francés.» Una mujer esnob y descortés había cometido un craso error al juzgar por las apariencias. Eso fue lo que hicieron los judíos con Jesús.

Debemos tener cuidado con rechazar un mensaje de Dios al despreciar o infravalorar a Su mensajero. Nadie desecharía un cheque de 1,000,000 porque resulta que está metido en un sobre vulgar y corriente. Dios tiene muchos mensajeros. Su Mensaje supremo nos lo trajo un Carpintero galileo, y por eso fue por lo que los judíos lo rechazaron.

(ii) Los judíos se pusieron a discutir entre ellos. Estaban tan pagados de sus razonamientos personales que no se les ocurrió dejar a Dios que decidiera la cuestión. Lo que más les interesaba era hacerles saber a los demás cuál era su opinión; y lo que menos, lo que Dios pudiera pensar. Sucede a veces en tribunales y comités, cuando cada cual está tratando de hacerle tragar a los demás su parecer, que sería mejor callarse y preguntarle a Dios lo que El piensa y quiere que se haga. Después de todo, no importa tanto lo que pensemos nosotros; pero lo que piense Dios sí tiene una importancia suprema -aunque rara vez nos interesa lo bastante como para preguntárselo.

(iii) Los judíos oyeron, pero no aprendieron. Hay diferentes maneras de escuchar. Está la manera de la crítica; la del resentimiento; la de la superioridad; la de la indiferencia, y la del que escucha sólo porque en ese momento no tiene oportunidad de hablar. La única manera de escuchar que vale la pena es la de oír y aprender; y es la única manera de escuchar a Dios.

(iv) Los judíos resistieron la atracción de Dios. Solamente aceptan a Jesús los que Dios atrae a Él. La palabra que usa Juan para atraer es helkyein. Es la palabra que se usa en la traducción griega del hebreo en el pasaje en que Jeremías oye decir a Dios: «Con fidelidad conyugal te he atraído a Mí» (Jer_31:3 ; R V. «te soporté con misericordia»). Lo interesante. de la palabra es que casi implica una cierta resistencia. Se usa para tirar de una red cargadísima hacia la orilla (Joh_21:6; Joh_21:11 ). Se usa de cuando arrastraron a Pablo y Silas a los magistrados en Filipos (Act_16:19 ). Es la palabra que se usa para desenvainar o tirar de espada (Joh_18:10 ). Siempre implica algo de resistencia. Dios puede atraer a las personas; pero la resistencia de éstas a veces puede más que el tirón de Dios.

Jesús es el pan de la vida, lo que quiere decir que es esencial para la vida; por tanto, el rechazar la invitación y orden de Jesús es perder la .vida, y morir. Los rabinos tenían un dicho: «La generación del desierto no tiene parte en la vida por venir.» En la antigua historia de Números, los que rehusaron insistentemente arrostrar los peligros de la tierra prometida después del informe de los exploradores fueron condenados a vagar por el desierto hasta morir. Porque se negaron a aceptar la dirección de Dios, fueron excluidos para siempre de la tierra prometida. Los rabinos creían que los antepasados que murieron en el desierto, no sólo se perdieron la tierra prometida, sino también la vida por venir. El rehusar el ofrecimiento de Cristo es perderse la vida en este mundo y en el venidero, mientras que el aceptarla es hallar la verdadera vida en este mundo y la gloria en el venidero.

SU CUERPO Y SU SANGRE

Juan 6:51-59

-El pan que Yo daré es Mi carne, dada para que el mundo obtenga la vida -dijo Jesús.

Los judíos se pusieron a discutir entre sí otra vez:

-¿Cómo puede este Hombre darnos a comer su carne?

-Esto que os digo es la pura verdad -les dijo Jesús-: A menos que comáis la carne del Hijo del Hombre y bebáis Su sangre, no podéis poseer la vida eterna dentro de vosotros. El que come Mi carne y bebe Mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré el último día.- Mi carne es la comida verdadera, y Mi sangre la verdadera bebida. El que come Mi carne y bebe Mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Como el Padre viviente Me ha enviado, así Yo vivo por medio de Él, y el que Me coma vivirá por medio de Mí. Este es el pan Que ha descendido del Cielo. No se trata de comer como vuestros padres comieron y murieron. Es el que coma este pan el que vivirá para siempre.

Estas cosas las dijo cuando estaba enseñando en la sinagoga de Cafarnaún.

Para la mayoría de nosotros éste es un pasaje sumamente difícil. Usa un lenguaje y se mueve en un mundo de ideas que nos resultan totalmente extrañas, y que podrían parecer hasta fantásticos y grotescos. Pero, para los que los oyeron por primera vez, era moverse entre ideas familiares que se remontaban hasta la misma infancia de su raza.

Estas ideas serían perfectamente normales para los que conocían los sacrificios en el mundo antiguo. La víctima rara vez se quemaba del todo. Por lo general sólo una pequeña porción, aunque todo el animal se ofrecía en sacrificio. Parte de la carne correspondía a los sacerdotes por derecho de su oficio; y otra parte se devolvía a los adoradores, que la usaban para hacer una fiesta con sus amigos en el recinto del templo pagano. En esa fiesta se consideraba que el dios del lugar era el huésped de honor. Además, una vez que la carne se había ofrecido al dios, se creía que éste había entrado en ella y, por tanto, cuando el adorador la comía, estaba recibiendo igualmente al dios en su cuerpo. Cuando las personas que habían participado de la fiesta se volvían a sus casas, creían que iban literalmente llenas de ese dios. Es posible que nosotros lo consideremos un culto idolátrico, o un tremendo engaño; pero no cabe duda de que aquella gente salía completamente segura de que estaba en ellos la vitalidad dinámica de su dios. Para los que vivían en aquel mundo de ideas este pasaje no presentaba ninguna dificultad.

Además, en aquel mundo antiguo la única forma de religión que merecía ese nombre era la de los misterios. Lo que ofrecían las religiones misteriosas era la comunión y aun la identificación con algún dios. La manera como se lograba era la siguiente. Todos los misterios eran esencialmente representaciones de la pasión de un dios que había sufrido terriblemente, y que había muerto y resucitado. La historia se presentaba en un auto de pasión sumamente conmovedor. Antes que el iniciado pudiera presenciarlo, tenía que someterse a un largo catecumenado sobre el sentido del misterio. Tenía que hacer toda clase de purificaciones ceremoniales, y un largo período de ayuno y de abstención de relaciones sexuales.

En la representación propiamente dicha del auto de la pasión, todo estaba diseñado para producir una atmósfera altamente emocional. Se calculaba cuidadosamente la iluminación, el incienso, la música y una liturgia maravillosa; todo estaba programado cuidadosamente para conducir al iniciado a un estado de emoción y de expectación como nunca antes lo había experimentado. Se puede considerar alucinación, o una combinación de hipnotismo y autosugestión; pero algo sucedía, que se suponía la identificación con aquel dios. Al contemplar todo aquello el iniciado, cuidadosamente preparado, llegaba a ser uno con el dios: compartía sus sufrimientos y dolores, su muerte y su resurrección. El dios y él llegaban a confundirse, y él estaba a salvo en la vida y en la muerte.

Algunos de los dichos y las oraciones de los misterios tienen una belleza indiscutible. En los misterios de Mitra, el iniciado rezaba: « Mora en mi alma; no me dejes, para que sea iniciado y el espíritu santo more dentro de mí.» En los misterios herméticos, el iniciado decía: «Yo te conozco, Hermes, y tú me conoces a mí; yo soy tú, y tú eres yo.» En los mismos misterios había una oración que decía: «Ven a mí, señor Hermes, como vienen los bebés al seno materno.» En los misterios de Isis decía el adorador: «Tan cierto como que vive Osiris, vivirán sus seguidores. Tan cierto como que Osiris no está muerto, sus seguidores ya no morirán.»

Debemos recordar que aquellas personas de la antigüedad sabían lo que era el esfuerzo, el anhelo, el sueño de identificación con su dios y de la bendición de recibirle en su interior. No entenderían frases como comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre con un literalismo crudo. Sabrían algo de la experiencia inefable de unión, más íntima que ninguna unión material, de la que hablan estos versículos. Este era un mensaje que podía entender el mundo antiguo, y nosotros también.

Será bueno que recordemos que Juan está haciendo aquí lo que hace a menudo. No está reproduciendo, ni intentando reproducir, las mismísimas palabras de Jesús. Ha pasado setenta años pensando en lo que dijo Jesús; y ahora, guiado por el Espíritu Santo, nos transmite el significado espiritual de Sus palabras. No son las palabras lo que Juan reproduce -eso no habría sido más que la aportación de un buen reportero-;sino el sentido espiritual de las palabras: esa es la dirección del Espíritu Santo.

SU CUERPO Y SU SANGRE

Veamos ahora si podemos descubrir algo de lo que quiso decir Jesús y de lo que entendió Juan de palabras como éstas. Podemos tomar este pasaje de dos maneras.

(i) Podemos tomarlo en sentido general. Jesús habló de comer Su carne y beber Su sangre.

Ahora bien: la carne de Jesús era Su completa humanidad. Juan, en su primera carta, establece casi apasionadamente: «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios.» De hecho, el espíritu que niega que Jesús ha venido en la carne es del anticristo (1Jo_4:2-3 ). Juan insistía en que debemos aferrarnos y no soltarnos nunca de la plena humanidad de Jesús, Que fue carne de nuestra carne y hueso de nuestro hueso. ¿Qué quiere decir esto? Jesús, como hemos visto una y otra vez, era la Mente de Dios Que se había presentado como una Persona. Esto quiere decir que, en Jesús, Dios ha asumido la vida humana, enfrentándose con nuestras situaciones, luchando con nuestros problemas, resistiendo nuestras tentaciones, sufriendo nuestros dolores y desarrollando nuestras relaciones humanas.

Por tanto, es como si Jesús dijera: «Alimentad vuestro corazón, vuestra mente y vuestra alma con Mi humanidad. Cuando estéis desanimados o desesperados, mordiendo el polvo y asqueados de la vida… ¡acordaos de que Yo tomé esa vida vuestra y esas luchas vuestras sobre Mí!» Y veremos que, de pronto, la vida y la carne se revisten de gloria, porque Dios ha dejado en ellas Su huella. Ha sido y es la gran convicción de la cristología griega ortodoxa que Jesús deificó nuestra carne al asumirla. El comer el cuerpo de Cristo es alimentarnos con el pensamiento de Su humanidad hasta que nuestra propia humanidad se fortalezca y limpie e impregne de la Suya.

Jesús dijo que hemos de beber Su sangre. En el pensamiento judío, la sangre representa la vida. Es fácil comprender por qué: cuando uno se desangra por una herida, se le va la vida. Además, para los judíos la sangre pertenece a Dios. Por eso, hasta el día de hoy, ningún judío fiel comerá carne que no haya sido completamente drenada de la sangre. «Pero carne con su vida, es decir, su sangre, no comeréis» (Gen_9:4 ). «Solamente que no comas su sangre: sobre la tierra la derramarás como agua» Deu_15:23 ). Ahora volvamos a lo que dice Jesús: «Tenéis que beber Mi sangre; es decir, poner Mi vida en el mismo centro de vuestro ser; y esa vida Mía es una vida que pertenece a Dios.» Cuando Jesús dijo que tenemos que beber Su sangre, quería decir que tenemos que recibir Su vida en lo más íntimo de la nuestra.

¿Qué quiere decir eso? Pensadlo así: figuraos que hay en un estante un libro que una persona no ha leído nunca. Puede que sea el Quijote, la más grande novela de la literatura universal; pero, mientras siga sin leerla, estará fuera de esa persona. Un buen día la toma en sus manos y la lee. La emociona, encanta y conmueve. Argumento y personajes quedan en su memoria; y, a partir de entonces, siempre que quiera, puede recuperar esa maravilla que tiene en su interior, y recordarla y meditarla y saborearla, y alimentar su mente y su corazón con ella. Hubo un tiempo en que aquel libro estaba fuera de la persona. Ahora está dentro de ella, y se puede alimentar de él.

Así sucede con todas las grandes experiencias de la vida: están fuera de nosotros hasta que las asumimos.

Eso es lo que sucede con Jesús. Mientras no sea para nosotros más que el personaje de un libro, está fuera de nosotros; pero cuando entra en nuestro corazón, podemos alimentarnos de la vida y la fuerza y la vitalidad que Él nos da. Jesús dijo que hemos de beber Su sangre. Está diciéndonos: «Tenéis que dejar de pensar en Mí como el tema de una discusión teológica; tenéis que recibirme en vuestro interior y entrar en Mi interior, y entonces tendréis la vida verdadera.» Eso era lo que quería decir Jesús cuando hablaba de morar en Él y Él en nosotros.

Cuando nos mandó comer Su carne y beber Su sangre nos estaba diciendo que alimentáramos nuestros corazones, almas y mentes con Su humanidad, y que revitalizáramos nuestras vidas con Su vida hasta llenarnos de la vida de Dios.

(ii) Pero Juan quería decir mucho más que eso, y estaba pensando también en la Mesa del Señor. Estaba diciendo: «Si queréis vida, tenéis que venir y sentaros a esa mesa en la que coméis el pan partido y bebéis el vino que se sirve que, de alguna manera, por la gracia de Dios, os ponen en contacto con el amor y la vida de Jesucristo.» Pero -aquí está la maravilla de este punto de vista-Juan no nos relata la última Cena. Nos aporta su enseñanza acerca de ella, no en el relato del Aposento Alto, sino en el de una comida campestre, en una ladera cerca de Betsaida Julias, junto a las aguas azules del mar de Galilea.

No cabe duda: Juan está diciendo que, para un cristiano, toda comida se convierte en un sacramento. Puede que hubiera algunos que, si se me permite la frase, estaban exagerando la importancia del sacramento dentro de la iglesia, convirtiéndolo en algo mágico, implicando que es la única manera de entrar a la presencia del Cristo Resucitado. Es verdad que el sacramento es una cita especial que tenemos con Dios; pero Juan mantenía con todo su corazón que cualquier comida en el hogar más humilde o en el más lujoso palacio, o bajo la bóveda del cielo con sólo la hierba como alfombra, era un sacramento. Decía: «En cualquier comida podéis encontrar otra vez ese pan que nos habla de la humanidad del Maestro, y ese vino que nos habla de Su sangre, que es la vida.»

En el pensamiento de Juan, la mesa de la comunión y la del comedor de casa, la comida campestre en la playa o en la montaña se parecen en que en todas gustamos y tocamos el pan y el vino que nos traen a Cristo. El Cristianismo sería muy pobre si Cristo estuviera limitado a las iglesias. Juan está convencido de que Le podemos encontrar en cualquier sitio, porque el mundo está lleno de Él. No es que reduzca el sacramento, sino que lo expande de tal manera que podemos encontrar a Cristo a Su mesa en la iglesia, y luego salir a encontrarle dondequiera que haya personas que se reúnan para disfrutar de los dones de Dios.

EL ESPÍRITU IMPRESCINDIBLE

Juan 6:59-65

Estas cosas las dijo Jesús cuando estaba enseñando en la sinagoga de Cafarnaún. Cuando Le oyeron esta exposición, muchos de Sus discípulos dijeron:

-¡Qué difícil es este mensaje! ¿Cómo lo podemos escuchar?

Jesús conocía muy bien en Su interior lo que. estaban murmurando Sus discípulos, así es que les dijo:

-¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué os pasaría si vierais al Hijo del Hombre ascender adonde estaba antes? El poder vivificador es el Espíritu; la carne no puede hacer nada. Lo que os he dicho es espíritu y vida. Pero hay algunos que no creen.

Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién iba a ser el que Le traicionara. Por eso era por lo que decía a menudo: «No hay nadie que acuda a Mí a menos que le sea concedido por Mi Padre.

No nos sorprende que los discípulos de Jesús encontraran difícil de entender Su predicación en la sinagoga de Cafamaún. Pero la palabra griega que se usa aquí es skléros, duro, que quiere decir, no difícil de entender, sino difícil de aceptar. Los discípulos sabían muy bien que Jesús había estado presentándose como la misma vida de Dios que había descendido del Cielo, y que nadie podía vivir esta vida ni enfrentarse con la eternidad sin someterse a Él.

Aquí nos encontramos con una verdad que vuelve a aparecer en cada época. Una y otra vez no es la dificultad intelectual lo que impide que muchos se hagan cristianos, sino la altura de la demanda moral de Cristo. En el corazón de toda religión tiene que haber misterio, por la sencilla razón de que allí está Dios. Es natural que las personas no podamos comprender plenamente a Dios. Cualquier sincero pensador aceptará que tiene que haber misterios.

La dificultad real del Cristianismo es doble. Demanda un acto de rendición a Cristo, aceptarle a Él como la autoridad final; y demanda un estándar moral de la más alta calidad. Los discípulos se daban cuenta de que Jesús Se había presentado como la misma vida y Mente de Dios venida a la Tierra; la dificultad de la gente era aceptar aquello como verdad, con todas sus consecuencias. Hasta el día de hoy hay muchos que rechazan a Cristo, no porque se lo pone difícil al intelecto, sino porque desafía a la vida.

Jesús continúa, no probando Sus credenciales, sino afirmando que algún día los Hechos demostrarían que tenía razón. Lo que decía era en realidad: «Os resulta difícil creer que Yo soy el pan, eso esencial para la vida, descendido del Cielo. Pues bien, no tendréis dificultad en aceptarlo cuando un día Me veáis ascendiendo de vuelta al Cielo.» Es un anuncio de la Ascensión. Quiere decir que la Resurrección es la garantía de las credenciales de Jesús. Él no fue simplemente alguien que vivió noblemente y murió heroicamente por una causa perdida; es el único Cuyas credenciales han sido confirmadas por el hecho de Su resurrección.

Jesús sigue. diciendo que lo único absolutamente imprescindible es el poder vivificador del Espíritu; la carne no puede hacer nada. Podemos expresarlo muy sencillamente de una manera que nos dará por lo menos algo de su significado: La cosa más importante es el espíritu en el que se realiza una acción. Alguien lo ha dicho de otra manera: «Todas las cosas humanas son triviales si no existen por algo que está más allá de ellas.» El verdadero valor de una cosa depende de su finalidad. Si comemos nada más que por comer, somos unos glotones, y nos hará más daño que bien; pero si comemos para mantener la vida, para cumplir mejor con nuestro trabajo, para estar sanos, tiene sentido comer. Si uno pasa un montón de tiempo haciendo deporte sin más, está, en el mejor de los casos, perdiendo el tiempo. Pero si dedica un tiempo al deporte para mantener su cuerpo en forma y así poder hacer mejor su trabajo para Dios y sus semejantes, el deporte deja de ser algo trivial y pasa a ser importante. Las cosas de la carne adquieren su verdadero valor del espíritu con que se hacen.

Jesús añade: « Mis palabras son espíritu y vida.» Él es el único que nos puede decir lo que es la vida, poner en nosotros el espíritu en que debe vivirse y darnos la fuerza para vivirla. La vida adquiere su valor de su propósito y de su invalidad. Cristo es el único que puede darnos un verdadero propósito en la vida, y el poder para desarrollar ese propósito frente a la constante oposición que nos viene de dentro y de fuera.

Jesús se daba perfecta cuenta de que algunos, no sólo rechazarían Su ofrecimiento, sino que lo rechazarían hostilmente. Nadie puede aceptar a Jesús a menos que le mueva el Espíritu de Dios; pero uno puede seguir resistiendo a ese Espíritu hasta llegar al punto en que ya no podrá cambiar de actitud. El que Le resiste es excluido, no por Dios, sino por su misma actitud.

ACTITUDES ANTE CRISTO

Juan 6:66-71

Después de esto, muchos de los discípulos de Jesús se volvieron atrás y ya no quisieron seguir con Él. Jesús les dijo a los Doce:

¿Estáis seguros de que no queréis marcharos vosotros también?

A lo que Le respondió Pedro:

-Señor, ¿y a quién vamos a ir? Tú eres el Que tienes las palabras de la vida eterna, y nosotros hemos creído y hemos llegado a saber que Tú eres el Santo de Dios.

Jesús les contestó:

-¿No os escogí Yo a los Doce, y uno de vosotros es un diablo?

Se refería a Judas hijo de Simón, el Iscariote, porque ése le iba a entregar y era uno de los Doce.

Aquí tenemos un pasaje henchido de tragedia, porque es el principio del fin. Había habido un tiempo cuando la gente venía a Jesús en grandes multitudes. Cuando estuvo en Jerusalén para la Pascua, muchos vieron Sus milagros y creyeron en Su nombre (2:23). Tantos vinieron a que los bautizaran los discípulos de Jesús que su número creaba problemas (4:1, 39, 45). En Galilea, la muchedumbre había salido en Su seguimiento el día antes (6:2). Pero ahora el cariz había cambiado; desde ahora en adelante habría un odio creciente que culminaría en la Cruz. Juan nos introduce en el último acto de la tragedia. Son circunstancias así las que revelan los corazones de las personas y las muestran tal como son en realidad. En estas circunstancias había tres actitudes ante Jesús.

(i) Hubo defección. Algunos se volvieron atrás y dejaron de andar con Jesús. Se fueron separando por varias razones.

Algunos vieron claramente hacia dónde se dirigía Jesús. Uno no se podía desafiar a las autoridades como Él lo estaba haciendo y salirse con la suya. Estaba abocado a un desastre, y ellos querían desmarcarse a tiempo. Eran seguidores de conveniencia. Se ha dicho que el temple de un ejército se ve en cómo pelea cuando está cansado. Los que se marcharon habrían permanecido con Jesús siempre que Su carrera hubiera estado en ascendente; pero a la primera sombra de la Cruz Le dejaron.

Algunos esquivaron el desafío de Jesús. Su punto de vista era que habían venido a Jesús para sacar algo; cuando se barruntaba el sufrir por Él y darle a Él, se salieron. Nadie puede dar tanto como Jesús; pero, si acudimos a Él solamente para recibir y nunca para dar, seguro que acabaremos por volverle la espalda. La persona que quiera seguir a Jesús debe tener presente que en Su seguimiento hay siempre una cruz.

(ii) Hubo deterioro. Esto lo vemos especialmente en Judas. Jesús debe de haber visto en él un hombre que Él podía usar en Su obra. Pero Judas, que podría haber llegado a ser un héroe, resultó un villano; podría. haber sido un santo y dejó su nombre a la ignominia.

Hay una terrible historia de un artista que estaba pintando la última Cena. Era un gran cuadro, y le llevó muchos años. Como modelo para el rostro de Cristo usó a un joven de rostro transparente en su nobleza y pureza. Poco a poco fue completando el cuadro con los rostros de cada uno de los discípulos, hasta que le llegó el día en que necesitaba un modelo para Judas, al que había dejado para el final. Salió a buscar su tipo en los barrios más bajos de la ciudad y en las guaridas del vicio. Por fin encontró a uno cuya cara era tan depravada y viciosa que cumplía los requisitos. Cuando estaba para terminar el tiempo que tenía que posar, aquel hombre le dijo al artista: « Tú me habías pintado ya antes.» « ¡Que va!» -exclamó el artista-. « ¡Claro que sí! Yo fui el modelo para tu Cristo.» Los años habían obrado un terrible deterioro.

Los años pueden ser crueles. Pueden arrebatarnos los ideales, entusiasmos, sueños y lealtades. Pueden dejarnos con una vida empequeñecida y empobrecida. Pueden dejarnos con un corazón marchito en vez de henchido del amor de Cristo. Puede perderse el encanto de la vida. ¡Que Dios nos libre de ello!

(iii) Hubo resolución. Esta es la versión que Juan nos da de la gran confesión de Pedro en Cesarea de Filipo Mar_8:27; Mat_16:13 ; Luk_9:18 ). Fue precisamente una situación así la que produjo la lealtad del corazón de Pedro. Para él, el hecho era que no había absolutamente nadie al que ir después de haber estado con Jesús. Por decirlo de alguna manera, Jesús era el único que tenía palabras de vida eterna.

La lealtad de Pedro tenía sus raíces en su relación personal con Jesucristo. Habría muchas cosas que Pedro no entendía; estaría a veces tan confuso y despistado como cualquier otro. Pero había algo en Jesús por lo que habría estado dispuesto a morir. En último análisis, el Cristianismo no es una filosofía que podemos aceptar, ni una teoría a la que nos adherimos. Es una respuesta personal a Jesucristo. Es la lealtad y el amor que da una persona porque el corazón no le deja hacer otra cosa.

EL TIEMPO DEL HOMBRE Y EL DE DIOS

Juan 7:1-9

Después de estas cosas, Jesús estuvo yendo de un sitio para otro en Galilea. No quería andar por Judasa porque los judíos se habían propuesto matarle.

Era cerca de la fiesta judía de los Tabernáculos, y Sus hermanos Le dijeron:

Márchate de aquí y vete a Judasa para que Tus discípulos tengan oportunidad de ver las obras que realizas; porque nadie que quiera llamar la atención de la gente se limita a hacerlo todo en secreto. Puesto que puedes hacer estas cosas, manifiéstate al mundo.

Y es que ni Sus hermanos creían en Él. Y Jesús les dijo:

-El momento de oportunidad que estoy buscando no ha llegado todavía; pero vuestro tiempo siempre está a punto. El mundo no tiene por qué aborreceros a vosotros; pero a mí sí, porque Yo doy testimonio en contra suya de que sus obras son malas. Subid vosotros ahora a la fiesta. Yo no voy todavía porque no me ha llegado el momento.

Y, después de decirles eso, se quedó en Galilea.

La fiesta de los Tabernáculos caía a finales de septiembre o principios de, octubre. Era una de las fiestas de guardar, y todos los varones israelitas que vivieran a menos de veinticinco kilómetros de Jerusalén estaban obligados a asistir. Pero los judíos practicantes de más lejos también procuraban ir. Duraba ocho días en total. Más adelante tendremos ocasión de tratar de la fiesta más extensamente.

Cuando Jesús llegó a Su casa, Sus hermanos Le empujaron para que fuera a Jerusalén; pero Jesús no hizo caso de sus razonamientos, y fue en Su momento.

Hay una cosa exclusiva de este pasaje que debemos advertir. Según la versión Reina-Valera (versículo 6), Jesús dice: «Mi tiempo aún no ha llegado.» Jesús hablaba a menudo acerca de Su tiempo o Su hora. Pero aquí hay una palabra diferente, que no usa nada más que aquí. En los otros pasajes (Joh_2:4 ; Joh_7:30 ; Joh_8:20 ; Joh_12:27 ), la palabra que usa Jesús, o Juan, es hóra, que quiere decir la hora señalada por Dios. Ese tiempo u hora era inalterable e inevitable. Tenía que aceptarse sin discusión ni posibilidad de cambio porque era la hora en que algo tenía que suceder para que se cumpliera el plan de Dios. Pero en este pasaje la palabra es kairos, que propiamente quiere decir estación propicia, oportunidad; es decir, el mejor momento para hacer algo, cuando las circunstancias son favorables, el momento psicológico. Jesús no está diciendo aquí que no ha llegado la hora señalada por Dios, sino algo mucho más sencillo. Está diciendo que ése no era el momento que podía ofrecerle la oportunidad que estaba esperando.

Esto explica por qué Jesús más tarde sí fue a Jerusalén. Mucha gente se sorprende de que Jesús dijera primero a Sus hermanos que no iría, y luego fue. Schopenhauer, el filósofo alemán, llegó a decir: «Jesucristo dijo una mentira a propósito.» Otros han tratado de explicar que lo que Jesús quería decir era que no iría a la fiesta públicamente, pero eso no excluía el ir privadamente. Pero lo que Jesús dijo fue sencillamente: «Si voy ahora con vosotros no tendré la oportunidad que estoy buscando. El momento no es oportuno.» Así es que retrasó Su marcha hasta en medio de la fiesta; porque el llegar cuando toda la gente ya estuviera reunida y expectante le daría una oportunidad mucho mejor que si hubiera ido al principio. Jesús eligió el momento con cuidadosa previsión para poder obtener los resultados más efectivos.

En este pasaje aprendemos dos cosas.

(i) Es imposible manipular a Jesús. Sus hermanos hicieron lo posible para obligarle a ir a Jerusalén. Le desafiaron. Tenían razón desde un punto de vista humano. Jesús había realizado Sus mayores milagros en Galilea -el convertir el agua en vino (Joh_2:1 ss); la curación del hijo del noble (Joh_4:46 ); la multiplicación de los panes y los peces (Joh_6:1 ss). El único milagro que se nos relata que hiciera en Jerusalén -aunque se nos dice que «muchos creyeron en Él viendo las señales que hacía» (2:23; 3:2)- fue la curación del inválido de la piscina (Joh_5:1 ss). Era natural que le dijeran a Jesús que fuera a Jerusalén para que sus partidarios vieran lo que podía hacer. La historia deja bien claro que la curación del inválido se había considerado mucho más como un acto de quebrantamiento del sábado que como un milagro. Además, si Jesús hubiera de conseguir alguna vez ganar adeptos, no podía esperarlo mientras estuviera escondido en un rincón; tenía que actuar de manera que todos pudieran ver lo que era capaz de hacer. Y además, Jerusalén era la clave. Los galileos tenían fama de tener la sangre caliente y la cabeza también. Al que quisiera tener seguidores no le sería difícil conseguirlos en la tensa atmósfera de Galilea; pero Jerusalén era otra cosa. Y era la piedra de toque.

Los hermanos de Jesús tenían toda la razón del mundo para insistir; pero a Jesús no se le puede manipular. Él hace las cosas, no en el tiempo de los hombres, sino en el de Dios. La impaciencia humana tiene que aprender a esperar en la sabiduría de Dios.

(ii) Es imposible tratar a Jesús con indiferencia. No importaba cuándo fueran a Jerusalén los hermanos de Jesús, porque no iba a pasar nada porque fueran, ni se iba a notar su presencia. Pero el que fuera Jesús era algo muy diferente. ¿Por qué? Porque sus hermanos estaban a tono con el mundo y no lo inquietaban; pero la venida de Jesús es una condenación de la manera de vivir del mundo, y un desafío al egoísmo y al letargo. Jesús tenía que escoger su momento porque, cuando Él llega, suceden cosas.

Juan 6:1-71

6.5 De saber alguno dónde conseguir comida, ese hubiese sido Felipe, porque era de Betsaida, una aldea a unos catorce kilómetros y medio de distancia (1.44). Jesús probaba a Felipe a fin de fortalecer su fe. Al pedir una solución humana (sabiendo que no existía tal cosa), destacó el acto poderoso y milagroso que estaba a punto de realizar.

6.5-7 Cuando Jesús preguntó a Felipe dónde comprar una enorme cantidad de pan, este empezó a calcular el costo probable. Jesús quería enseñarle que los recursos financieros no son los más importantes. Es posible que limitemos la obra de Dios en nosotros por suponer de antemano lo que es posible y lo que no. ¿Existe alguna tarea imposible que cree que Dios desea que haga? No permita que su evaluación de lo irrealizable le impida aceptar la tarea. Dios puede hacer algo milagroso; confíe en El en cuanto a la provisión de recursos.

6.8, 9 Se hace un contraste entre los discípulos y el niño que brindó lo que tenía. Contaban con más medios que el niño, pero como sabían que lo que tenían no era suficiente, no dieron nada. El niño entregó lo poco que tenía y eso fue lo que lo cambió todo. Si no ofrecemos nada a Dios, El no tendrá nada para usar. Pero puede tomar lo poco que tenemos y convertirlo en algo grande.

6.8, 9 Al efectuar sus milagros, Jesús por lo general prefería obrar a través de la gente. Aquí tomó lo que le ofrecía un niño y lo usó para llevar a cabo uno de los milagros más espectaculares narrados en los Evangelios. La edad no representa una barrera para Cristo. Nunca piense que es demasiado joven ni demasiado viejo para serle útil.

6.13 Existe una lección en las sobras. Dios da en abundancia. Toma lo que podemos ofrecerle en cuanto a tiempo, habilidad o recursos y multiplica su eficacia más allá de nuestras expectativas más alocadas. Si da el primer paso poniéndose a la disposición de Dios, este le mostrará cuán grandemente puede utilizarlo para extender su reino.

6.14 «El profeta» es aquel que profetizó Moisés (Deu_18:15).

6.18 El mar de Galilea está 195 m por debajo del nivel del mar, tiene una profundidad de 45 m y está rodeado de colinas. Estas características físicas hacen que quede expuesto a tormentas repentinas con vientos que causan olas muy altas. Tales tormentas se esperaban en este lago, pero también eran atemorizantes. Cuando Jesús fue a sus discípulos durante una tormenta andando sobre el agua (a más de 5 km de la costa), les dijo que no temiesen. A menudo nos enfrentamos a tormentas espirituales y emocionales y nos sentimos sacudidos como un pequeño bote en un gran lago. A pesar de las circunstancias aterradoras, si confiamos nuestras vidas a Cristo para que las proteja, El nos dará paz en cualquier tormenta.

6.18, 19 Los discípulos, atemorizados, quizás pensaron que veían un fantasma (Mar_6:49). Pero si hubiesen recordado las cosas que habían visto hacer a Jesús, podrían haber aceptado este milagro. Tuvieron miedo. No esperaban que Jesús se apareciese y no estaban preparados para recibir su ayuda. La fe es una actitud mental que nos hace esperar que Dios actúe. Cuando actuamos de acuerdo con esta expectativa, podemos vencer los temores.

6.26 Jesús criticaba a las personas que lo seguían únicamente por los beneficios físicos y temporales en lugar de hacerlo para saciar su hambre espiritual. Muchas personas utilizan la religión para obtener prestigio, consuelo, incluso votos políticos. Pero esos motivos son egoístas. Los verdaderos creyentes siguen a Jesús porque saben que El tiene la verdad y que su verdad es camino de vida.

6.28, 29 Muchos que buscan sinceramente a Dios quedan perplejos en cuanto a lo que El desea que hagan. Las religiones del mundo representan los intentos de la humanidad en responder a esta pregunta. Pero la respuesta de Jesús es breve y sencilla: debemos creer en el que Dios ha enviado. Lo que agrada a Dios no surge del trabajo que hacemos, sino de ver en quién creemos. El primer paso es aceptar que Jesús es el que dice ser. Todo desarrollo espiritual se edifica sobre esta aseveración. Declare a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mat_16:16), y embárquese en una vida de fe que agrade a su Creador.

6.35 La gente come pan para saciar su hambre física y para mantener su vida física. Podemos saciar el hambre y mantener la vida espirituales únicamente mediante una adecuada relación con Jesucristo. Con razón decía que era el pan de vida. Pero el pan debe comerse para mantener la vida y a Cristo debe invitarse a entrar a nuestro diario andar para mantener la vida espiritual.

6.37, 38 Jesús no obraba independientemente de Dios el Padre, sino con El. Esto debiera darnos mayor seguridad de ser aceptos en la presencia de Dios y protegidos por El. El propósito de Jesús era hacer la voluntad de Dios, no satisfacer sus deseos humanos. Debiéramos tener el mismo propósito.

6.39 Jesús dijo que no perdería una persona siquiera de las que el Padre le había dado. Así que cualquiera que se comprometa sinceramente a creer en Jesucristo como Salvador está seguro en la promesa de vida eterna que da Dios. Cristo no permitirá que Satanás venza a su pueblo y este pierda la salvación (véanse también 17.12; Phi_1:6).

6.40 Los que ponen su fe en Cristo resucitarán de la muerte física a la vida eterna con Dios cuando Cristo vuelva otra vez (véanse 1Co_15:52; 1Th_4:16).

6.41 Cuando Juan dice judíos, se refiere a los líderes que eran hostiles a Jesús, no a los judíos en general. Juan mismo era judío, y también Jesús.

6.41 Los líderes religiosos murmuraban porque no podían aceptar la declaración de divinidad de Jesús. Solo lo veían como el carpintero de Nazaret. Se negaron a creer que Jesús era el Hijo divino de Dios y no toleraban su mensaje. Muchas personas rechazan a Cristo porque dicen que no creen que sea el Hijo de Dios. En realidad, lo que no pueden aceptar son las exigencias de lealtad y obediencia que les hace Cristo. De modo que para protegerse del mensaje, rechazan al mensajero.

6.44 Dios, no el hombre, juega el papel más activo en la salvación. Cuando alguien decide creer en Jesucristo como Salvador, lo hace únicamente respondiendo al mover del Espíritu Santo de Dios. El pone en nosotros la inquietud, nosotros decidimos si creer o no. Nadie puede creer en Jesús sin la ayuda de Dios.

6.45 Jesús hacía alusión a una idea del Antiguo Testamento sobre el reino mesiánico según la cual todas las personas reciben enseñanza directa de Dios (Isa_54:13; Jer_31:31-34). Enfatizaba la importancia de no oír solamente, sino de aprender. Dios nos enseña mediante la Biblia, nuestras experiencias, los pensamientos que nos da el Espíritu Santo y las relaciones con otros cristianos. ¿Es usted receptivo a la enseñanza de Dios?

6.47 Cree, según se usa aquí, significa «sigue creyendo». No creemos una sola vez, sino que seguimos creyendo y confiando en Jesús.

6.47ss A menudo, los líderes religiosos le pedían a Jesús que les probara por qué era mejor que los profetas que habían tenido. Aquí Jesús se refiere al maná que Moisés dio a sus antepasados en el desierto (véase Exodo 16). Este pan era físico y temporal. El pueblo lo comía y les daba el sustento de un día. Pero era necesario obtener más pan cada día y este no impedía que muriesen. Jesús, que es mucho más grande que Moisés, se ofrece como pan espiritual del cielo que satisface plenamente y conduce a la vida eterna.

6.51 ¿Cómo puede Jesús darnos su carne como pan para que comamos? Comer pan de vida significa aceptar a Cristo y unirnos a El. Nos unimos a Cristo de dos formas: (1) al creer en su muerte (el sacrificio de su carne) y resurrección, y (2) al dedicarnos a vivir como El manda, dependiendo de sus enseñanzas para guiarnos y confiando en el Espíritu Santo para recibir poder.

6.56 Este mensaje resultaba chocante: comer carne y beber sangre sonaba a canibalismo. La idea de beber cualquier sangre, con más razón la humana, resultaba repugnante para los líderes religiosos porque la Ley lo prohibía (Lev_17:10-11). Por supuesto que Jesús no se refería a la sangre en forma literal. Lo que decía era que su vida debía convertirse en la de ellos. Pero ellos no podían aceptar este concepto. El apóstol Pablo más tarde usó la imagen del cuerpo y de la sangre al hablar de la cena del Señor (véase 1Co_11:23-26).

6.63, 65 El Espíritu Santo da vida espiritual; sin la obra del Espíritu Santo ni siquiera podemos ver nuestra necesidad de vida nueva (14.17). Toda renovación espiritual empieza y acaba en Dios. El nos revela verdad, vive en nosotros y luego nos capacita para responder a esa verdad.

6.66 ¿Por qué las palabras de Jesús hicieron que muchos de sus seguidores lo abandonasen? (1) Es posible que se hayan dado cuenta de que no sería el Mesías-Rey conquistador que esperaban. (2) Rehusó ceder ante sus exigencias egocéntricas. (3) Enfatizó la fe, no los hechos. (4) Sus enseñanzas eran difíciles de entender y algunas de sus palabras eran ofensivas. Al crecer en nuestra fe, es posible que nos sintamos tentados a apartarnos porque las lecciones de Jesús son difíciles. ¿Reaccionará usted dándose por vencido, pasando por alto ciertas enseñanzas o rechazando a Cristo? En lugar de eso, pida a Dios que le muestre el significado de sus enseñanzas y le diga cómo se aplican a su vida. Luego tenga el valor de actuar en base a la verdad de Dios.

6.67 Para Jesús no existen términos medios. Cuando preguntó a sus discípulos si también se irían, les mostraba que podían tanto aceptarlo como rechazarlo. Jesús no intentaba rechazar a la gente con sus enseñanzas. Sencillamente decía la verdad. Cuanto más escuchaban las personas el verdadero mensaje de Jesús, más se dividían en dos bandos: los que buscaban con sinceridad porque deseaban entender más, y los que rechazaban a Jesús porque no les gustaba lo que oían.

6.67, 68 Después que muchos de los seguidores lo abandonaron, Jesús preguntó a los doce discípulos si también lo dejarían. Pedro respondió: «¿A quién iremos?» En su estilo directo, Pedro respondió por todos nosotros: no hay otro camino. A pesar de que existen muchas filosofías y autoridades autoproclamadas, únicamente Jesús tiene palabras de vida eterna. La gente busca la vida eterna por todas partes y no ven a Cristo, la única fuente. Permanezca con Jesús, sobre todo cuando esté confundido o se sienta solo.

6.70 Como respuesta al mensaje de Jesús, algunas personas se fueron; otros se quedaron y creyeron de verdad; y algunos, como Judas, se quedaron pero intentaron usar a Jesús para ganancia personal. Muchas personas hoy en día se alejan de Cristo. Otros fingen seguir, asistiendo a la iglesia por una cuestión social, para recibir aprobación de familia y amigos, o relaciones de negocio. Pero en realidad solo hay dos respuestas posibles a Jesús: lo acepta o lo rechaza. ¿Cómo ha respondido a Cristo?

6.71 Si desea más información sobre Judas, véase su perfil en Marcos 14.

Juan 6:1-14

En estos versículos se nos describe uno de los milagros más notables que jamás hizo nuestro Señor. Ninguno de sus actos fue ejecutado tan públicamente, y en presencia de tantos testigos. Pero hay otro hecho en relación a este milagro que merece particular atención, y es que de todos los que registran los Evangelios este es el único que se encuentra en todos cuatro.

En ese milagro percibimos, primeramente, el poder infinito de Jesucristo. Nuestro Señor alimentó a cinco mil hombres con cinco panes de cebada y dos pececillos. Que un hecho portentoso tuvo lugar lo prueba la circunstancia de que quedaron doce canastas después que todos hubieron satisfecho el hambre. No cabe duda de que se ejerció un poder creador, puesto que se hizo existir algo que antes no existía, a diferencia de los milagros de sanar a los enfermos y resucitar a los muertos, en los cuales se restituía algo que antes había existido.

Este episodio sirve de instrucción y de consuelo a todos los que se empeñan en promover el bien de las almas, por cuanto demuestra que nuestro Señor es poderoso para salvar. No solo puede unir lo que esté roto, reconstruir lo que esté arruinado, y comunicar fuerza a lo que esté débil: puede hacer existir lo que antes no existía. No perdamos la esperanza de la salvación de persona alguna. Puede parecemos que tal o cual pecador se encuentran tan endurecidos o en edad tan avanzada que no pueden convertirse; mas la fe nos dirá: « Nuestro Señor puede crear así corno también puede renovar.

Nada es imposible para un Salvador que, por medio de su Espíritu, puede crear un corazón nuevo..

En estos versículos se nos enseña también algo acerca de las funciones de los ministros. Los apóstoles recibieron el pan de manos de nuestro Señor cuando él lo hubo bendecido, y lo repartieron entre la multitud. No fueron ellos quienes lo hicieron crecer y multiplicar, sino su Maestro. Fue Su poder el que suministró abundantes provisiones. a ellos les tocaba tan solo recibir con humildad y distribuir con fidelidad.

He aquí un emblema a lo vivo de los deberes que incumben al verdadero ministro del Evangelio. No es este una especie de Mediador entre Dios y los hombres, ni tiene poder para absolver del pecado o comunicar la gracia divina. Todos sus deberes se reducen a recibir el pan de la vida que provee su Maestro, y a distribuirlo en medio de sus feligreses. No puede hacer que los hombres estimen el pan en su debido valor y lo reciban, ni tampoco puede trasmitirle la virtud de salvar o de dar vida a persona alguna. Ese no es su deber, y por lo tanto, su responsabilidad no alcanza hasta allá. Una vez que haya distribuido el pan de vida, ha llenado sus funciones.

Este milagro nos suministra finalmente una lección acerca de la suficiencia del Evangelio para satisfacer las necesidades de toda la humanidad. Nuestro Señor satisfizo el hambre de una muchedumbre de cinco mil hombres. Los víveres parecían, en tales circunstancias, exiguos por demás. Parecía imposible llenar tantas bocas en semejante desierto con tan pocas provisiones. Pero pronto se demostró que no solo había bastante sino de sobra. Ni uno solo se quejó de no haberse llenado.

No hay duda que con ese hecho quiso enseñársenos que el Evangelio de Jesucristo es suficiente para proveer a las necesidades de todo al mundo. Aunque a los hombres les parezca necia é insignificante la sencilla historia de la cruz, por ella pueden salvarse todos los hijos de Adán. Las nuevas de la muerte de Jesucristo por los pecadores y de la expiación que de ella surgió, alcanza a conmover los corazones y satisfacer las conciencias de todos los hombres, cualquiera que sea su raza, su idioma o su grado de civilización. «La predicación de la cruz, a la verdad, insensatez es para los que se pierden; mas para los que se salvan, es a saber, para nosotros, poder de Dios es.» 1Co_1:18.

No hay que dudarlo: la historia de Cristo crucificado, la historia de su pasión, muerte y expiación basta para satisfacer todas las necesidades espirituales del género humano. No se envejece ni pierde su valor. No queremos nada de nuevo, nada más universal y benéfico, nada más racional, nada más eficaz. No queremos sino el pan de vida que Cristo ofrece, para que sea distribuido fielmente a las almas necesitadas. Que los hombres se rían y ridiculicen. No hay otra cosa que pueda librar del mal a este mundo pecador. Ninguna otra doctrina puede poner fin a la ansiedad de las conciencias y darles calma.

Todos nos encontramos en un desierto, y menester es que tomemos el pan que Cristo nos ofrece, o de otra manera tendremos que perecer.

Juan 6:15-21

EN estos versículos es de notarse, en primer lugar, cuan grande es la humildad de Jesucristo. Se nos dice que, después de dar de comer a la muchedumbre, entendiendo que iba a tomarlo por fuerza y hacerlo rey, partió al punto y la dejó. El no necesitaba de semejantes honores. Había venido «no para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Mat. 20: 28.

Y el Salvador manifestó el mismo espíritu durante toda su vida terrenal. Desde la cuna hasta el sepulcro estuvo revestido de humildad. 1 Pedro 5 5. Nació de una pobre mujer, y pasó los primeros treinta años de su vida en la casa de un carpintero en Nazaret. Le siguieron unos compañeros pobres: la mayor parte de ellos no eran más que pescadores. Vivió de la manera más humilde: « Las zorras tenían cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tenia donde recostar su cabeza.» Mat. 8: 20. Cuando atravesó el mar de Galilea fue en un bote prestado. Cuando entró montado en Jerusalén fue en un asno prestado. Cuando fue sepultado, lo fue en un sepulcro prestado. «Siendo rico, por amor de nosotros se hizo pobre.» 2 Cor. 8:0.

Es este un ejemplo que debiéramos siempre tener presente. ¡Cuan comunes no son el orgullo, la ambición, la altanería! ¡Cuan raras no son la humildad y la mansedumbre! ¡Cuan pocos no son los que rechazan el boato cuando se lo ofrecen! Cuántos no hay que buscan para sí grandezas, olvidándose del precepto: « No busques.» Jere. 45:5. No fue sin objeto alguno que, después de haberles lavado los pies a sus discípulos, nuestro Señor dijo: «Ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis.» Es de temerse que los cristianos han obedecido muy poco esta gran verdad: que la humildad es la reina de las virtudes. Alguno ha dicho: « Decidme cuan humilde es una persona dada, y yo os diré cuan religiosa es..

Notemos, en seguida, cuan severas eran las pruebas por las cuales tenían que pasar los discípulos de Jesucristo. Se nos dice que ellos descendieron solos a la mar en tanto que su Maestro se fue a un monte, y que luego un gran viento empezó a agitar las olas. ¡Extraña transición! Después de presenciar un milagro prodigioso, y aun de tomar parte en él, en medio de una muchedumbre llena de admiración, se encuentran en la soledad, en medio de las tinieblas, a merced de los vientos, las olas, la tormenta, y llenos de ansiedad y de espanto. Mas Cristo lo sabía, pues él lo había ordenado, y todo iba a redundar en bien de ellos.

Fuerza es que comprendamos que los trabajos caen en lote a cada cristiano, pues son uno de los medios por los cuales se somete a prueba su fe y se determina cuáles son sus verdaderas convicciones. El invierno y el estío, el frió y el calor, las negras nubes y la clara luz del sol–todo contribuye a sazonar el fruto del Espíritu. Cierto es que esto no nos agrada: quisiéramos más bien atravesar el lago en tiempo bonancible y con vientos favorables, con Jesús a nuestro lado y el sol iluminando nuestra faz. Mas tales deseos no pueden ser cumplidos: no es así como los hijos de Dios se hacen participantes de Su santidad. Tanto Abrahán como Jacob, Moisés, David y Job pasaron muchos trabajos. Sigamos de buen grado sus huellas y bebamos del mismo cáliz que ellos apuraron. Veces hay en que nos parece que estamos en completo abandono, mas realmente nunca estamos solos.

Notemos, finalmente, qué poder tenia nuestro Señor Jesucristo sobre las olas del mar. Vino hacia sus discípulos caminando sobre las aguas, cuando ellos estaban amenazados por las embravecidas olas; y lo hizo con tanta facilidad como si asentara sus plantas sobre el pavimento del templo o las colinas de Nazaret. Lo que parece contrario a la razón natural es muy posible para Jesucristo. Hombres ilustrados hacen a veces alarde de la eterna uniformidad de las leyes de la naturaleza, como si estas fueran superiores a Dios y jamás pudieran ser suspendidas. Bueno es que recordemos, de cuando en cuando, en vista de milagros como el de que venimos tratando, que las leyes de la naturaleza no son ni inmutables ni eternas, que tuvieron un principio y tendrán un fin.

Que infunda, pues, ánimo, en el corazón de todos los cristianos la idea de que el Salvador es Señor de las olas, los vientos, y las tempestades, y puede acercarse hacia ellos, caminando sobre las aguas, en la hora más lóbrega y sombría. Hay olas de dolor más violentas que las del lago de Galilea: hay trances de lobreguez profunda que ponen a prueba la fe del cristiano más santo. Empero, si Cristo es nuestro Protector jamás debemos desesperar: El puede venir a socorrernos en la hora y del modo que menos esperamos; y cuando El venga sobrevendrá la bonanza.

Juan 6:22-27

Es digno de advertirse, en primer lugar, cuánto conoce Jesús el corazón del hombre. Según se nos refiere en el presente pasaje, dio a conocer cuáles eran los verdaderos incentivos de los que lo siguieran hasta el otro lado del lago de Galilea. a primera vista parecían dispuestos a creer en El y a venerarlo. Pero El sabía cuales eran las razones secretas de semejante conducta, y no se engañó.

Y nuestro Señor es siempre el mismo. El lee los corazones de los que se titulan cristianos y sabe con exactitud la razón verdadera de todo acto ú omisión en materias religiosas. Por qué concurren a la iglesia y reciben el sacramento, por qué asisten a la oración do familia y santifican el domingo–todo está manifiesto al gran Jefe de la iglesia. «El hombre ve lo que está delante de sus ojos, mas Jehová ve el corazón..

Seamos, pues, sinceros en nuestras profesiones y prácticas religiosas. La maldad de los hipócritas es muy grande, mas su insensatez es mayor. No es difícil engañar a los ministros, a los parientes y a los amigos, pero es imposible engañar a Cristo. «Sus ojos son como llama de fuego.» Dichosos los que pueden decir: « Señor, tú que sabes todas las cosas, sabes que te amamos..

Notemos, en segundo lugar, la prohibición que hizo nuestro Señor. A. la muchedumbre que le seguía con tanto tesón, a causa de los panes y de los pescados, le dijo que no trabajaran por la comida que perece.

Desde luego debe percibirse que nuestro Señor no tuvo por mira dar pábulo a la holgazanería. Quien tal cosa suponga incurrirá en un grave error. El trabajo fue ordenado a Adán en el paraíso, y fue señalado como ocupación necesaria del hombre después de la caída. El trabajo no deshonra a persona alguna. Nadie debe avergonzarse de pertenecer a las clases laboriosas. Nuestro Señor mismo trabajó en Nazaret en el taller de carpintería, y S. Pablo hizo tiendas con sus propias manos.

Lo que nuestro Señor quiso reprochar fue ese cuidado excesivo por las necesidades del cuerpo, en perjuicio de las necesidades del alma que prevalece en todas partes. Lo que atacó fue la costumbre, harto común, de afanarse por lo que pertenece al tiempo y permanecer indiferente a lo que pertenece a la eternidad–de fijarse solo en la vida presente y cerrar los ojos a la venidera.

Notemos, en tercer lugar, qué fue lo que aconsejó Jesucristo. Ordenó que trabajásemos por la comida que a vida eterna permanece, que nos empeñásemos en buscar nutrimento para nuestras almas.

¿De qué manera hemos de trabajar? a esta pregunta no puede darse sino una sola respuesta: hemos de trabajar haciendo uso debido de los medios que se han señalado para ese objeto. Hemos de leer la Biblia con el cuidado y el ahínco del que busca un tesoro oculto. Hemos de orar con el fervor y la perseverancia del que sabe que en ello le va la vida. Hemos de ir de todo corazón a la casa de Dios, y rendir alabanza, oyendo la predicación de la palabra con la atención profunda del que oye la lectura de un testamento. Hemos de luchar cada día contra el pecado, el mundo y el demonio, como el que lucha por su libertad y tiene que vencer o ser esclavo. He aquí lo que se llama trabajar. He aquí el secreto de nuestra prosperidad espiritual.

Es cierto que esta especie de trabajo es de difícil ejecución. Cuando lo emprendamos es bien seguro que nuestros semejantes nos alentarán muy poco, y que por el contrario nos injuriarán llamándonos exaltados y fanáticos. Aunque extraño y absurdo en demasía, sin embargo es cierto que el hombre en su estado natural se imagina que hay riesgo en pensar demasiado en materias religiosas, y no quiere convencerse de que hay riesgo en pensar demasiado en asuntos mundanos. Mas, digan los hombres lo que dijeren, el alma no puede sin trabajo obtener alimento espiritual.

Notemos, finalmente, la promesa que hizo Jesucristo. He aquí sus palabras: « El Hijo del hombre os dará la comida que a vida eterna permanece..

¡Cuánta misericordia no revelan estas palabras y cuan consoladoras no son! Jesús está pronto a concedernos todo lo que nuestras almas necesiten. Para esto ha sido sellado, para esto ha sido comisionado por el Padre. Cual otro José, durante el hambre de Egipto, su misión es aliviar y amparar a un mundo pecador.

Al poner fin a nuestra disertación sobre este pasaje preguntémonos por qué cosas trabajamos nosotros? ¿Qué alimento hemos buscado para nuestras almas? No estemos tranquilos hasta que no comamos del alimento que solo Jesucristo puede dar. Los que se contentan con otro nutrimento espiritual, tarde o temprano «en dolor serán sepultados.» Isa_50:2.

Juan 6:28-34

Es de observarse en estos versículos cuan grandes son la ignorancia espiritual y la incredulidad del hombre en su estado natural. Dos veces fue esto manifestado y ejemplificado. Cuando nuestro Señor mandó a sus oyentes que trabajasen por la comida que en la vida eterna permanece, ellos empezaron a pensar en las buenas obras que habrían de hacer y en el bien que de ellos había de emanar. «Qué haremos,» dijeron, «para que obremos las obras de Dios.» A obrar se reducía su método de obtener el cielo. Además, cuando nuestro Señor habló de sí mismo como enviado de Dios y manifestó que era necesario que creyesen en él sin tardanza, le dirigieron ansiosos esa pregunta: « ¿Qué señal haces? ¿Qué obras tú?» Reciente como había sido el maravilloso milagro de los panes y los pescados, se podría suponer que habían tenido un signo suficiente para convencerlos; y enseñados como fueron por nuestro Señor Jesucristo en persona, debería esperarse que creyeran con prontitud. Pero, ¡ah! la torpeza, la preocupación y la incredulidad del hombre en materias espirituales no tienen límites. Es digno de notarse que la única cosa de que se dice que nuestro Señor se maravilló es la incredulidad. Mar_6:6.

Cuando trabajemos, pues, en la viña del Señor, acordémonos de esto y no desmayemos porque no se dé crédito a nuestras palabras y porque nuestros esfuerzos parezcan vanos. Si aun nuestro Señor, que era un Maestro tan perfecto, no fue creído, ¿qué derecho tenemos para maravillarnos de que los hombres no nos crean? Observemos, además, en estos versículos, la alta importancia en que Cristo tenía la fe en sí mismo. Los Judíos le habían preguntado qué harían para obrar lo que Dios mandaba, y El les replicó: « Esta es la obra de. Dios, que creáis en el que él envió.» Sorprendente expresión, a la verdad. No hay dos cosas en el Nuevo Testamento que se presenten en un contraste tan marcado como la fe y las obras. «No obrando sino creyendo,» «no por las obras sino por la fe,» son expresiones bien conocidas de todos los que con cuidado leen la Biblia. Y sin embargo, la Cabeza de la iglesia declaró que el creer en. él es la más elevada y la más grande de las obras: que es «La obra de Dios..

Indudablemente que nuestro Señor no quiso decir que creer sea una obra meritoria. La fe de los hombres, aun de los más santos, es débil y deficiente. Considerada como «obra» no está a prueba de la severidad del juicio de Dios, ni puede acarrear el perdón o lograr el cielo. Pero nuestro Señor sí quiso decir, que la fe en él, como único Salvador, es el primer acto del alma que Dios exige del pecador; que la fe en El es el acto del alma que, en especial, agrada a Dios. Cuando el Padre ve que un pecador no se apoya en sus propios méritos, mas confía simplemente en su amado Hijo, siéntese complacido. Sin una fe de esa especie es imposible agradar a Dios. Mas, ante todo, nuestro Señor quiso decir que la fe en sí misma es el acto más difícil que el hombre tiene que ejecutar en su estado natural. ¿Querían los Judíos hacer algo en materias religiosas? Necesario era que supieran que la obra mayor que tenían que llevar a efecto era hacer a un lado su orgullo, confesar su culpabilidad, y creer con humildad.

¡Bienaventurados los que creen! Es esa una dote que no han alcanzado muchos de los sabios de la tierra. Acaso tengamos conciencia de ser pecadores frágiles y débiles; mas, ¿creemos? Acaso faltemos a muchos deberes y cometamos muchos deslices; más, ¿creemos? Quien ha aprendido a reconocer sus pecados, y a confiar en Cristo como en un Salvador ha aprendido las dos lecciones más difíciles y más importantes del Cristianismo; ha pasado por la mejor de las escuelas; ha sido enseñado por el Espíritu Santo.

Observaremos, por último, en estos versículos, cuánto más grandes eran los privilegios de que disfrutaban los oyentes de Jesucristo en comparación de los que disfrutaban los que vivieron en tiempo de Moisés. Admirable y milagroso como era el maná que cayó del cielo, no era nada comparado con el verdadero pan que Jesucristo tenia para dar a sus discípulos. El mismo era el pan de Dios, que había venido del cielo para dar vida al mundo. El pan que cayó en los días de Moisés solo podía alimentar y satisfacer el cuerpo: el Hijo del hombre vino a alimentar el alma. El pan que cayó en los días de Moisés fue solo para provecho exclusivo de Israel: el Hijo del hombre había venido a ofrecer vida eterna al mundo. Los que comieron el maná murieron y fueron sepultados, y muchos de ellos se perdieron para siempre: los que coman el pan que suministró el Hijo del hombre se salvarán eternamente.

Ahora bien, velemos por nuestro bien, y cuidemos de ser contados en el número de los que comen el pan de Dios y viven.

No nos contentemos con aguardar perezosamente; mas comamos el pan de la vida, y creamos para obtener la salvación de nuestras almas. Los Judíos pidieron que se lea diera siempre ese pan; mas es de temerse que no pasaron de ese punto. No estemos tranquilos hasta que por medio de la fe hayamos comido de ese pan y podamos decir: « Jesucristo es mío. Sé por experiencia que soy suyo..

Juan 6:35-40

En estos versículos se encuentra, primeramente, un dicho que Jesucristo pronunció acerca de sí mismo. En este: «Yo soy el pan de vida: el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás..

Toda alma está por naturaleza pereciendo a causa del pecado. Jesucristo ha sido dado por el Padre para que satisfaga y alivie las necesidades espirituales del hombre. Su mediación, su expiación, su sacrificio, su gracia, su amor, su poder ofrecen bastante alimento para todos los necesitados. El es « pan de vida..

¡Y cuánto no se revela la sabiduría divina en la elección de ese nombre! El pan es un alimento necesario. Se puede, sin desagrado, omitir a la mesa muchas manjares, pero es difícil acostumbrarse a comer sin pan. Y así sucede con Cristo: si no lo poseemos en nuestros corazones, morimos en nuestros pecados. Además, el pan es un alimento que a todos agrada.

Algunas personas no pueden comer carne, y otras no pueden comer vegetales; pero a todos les gusta el pan: es el alimento del rico y del pobre. Así sucede con Jesucristo: como Salvador satisface las necesidades de todas las clases sociales. El pan es un alimento que necesitamos cada día. Hay otras especies de alimentos que tomamos solo de cuando en cuando; mas todos los días, a mañana y tarde, necesitamos pan. Lo propio nos acontece respecto de Jesucristo: no hay día de nuestra vida que no sintamos necesidad de su sangre, su justicia, su intercesión y su gracia. Con razón se le llama «el pan de vida..

Estos versículos contienen, en segundo lugar, un dicho que pronunció Jesucristo acerca de los que acuden a El. «Al que a mí viene,» dijo, «no le echo fuera..

¿Qué significa «venir» en este caso? Significa ese acto del alma que tiene lugar cuando un hombre, que tiene conciencia de su propia culpabilidad y halla que no puede salvarse a sí mismo, acule a Cristo, confia en El, y le encomienda de un todo su salvación. Cuando esto sucede, se dice según el lenguaje de la Escritura que ese hombre « ha venido « a Cristo.

¿Qué quiso decir nuestro Señor con las palabras: «No le echo fuera»? Quiso decir que no negará la salvación a ninguno que acuda a él, cualquiera que haya sido su conducta y su carácter. Acaso sus pecados pasados hayan sido muy negros, y sus faltas actuales muy grandes; mas si viniere a Cristo por medio de la fe, El lo recibirá con misericordia, y le concederá vida eterna.

Estas son a la verdad palabras de un valor inapreciable. Ellas han consolado a muchos moribundos, y devuelto la tranquilidad a muchas conciencias alarmadas. Grabémoslas indeleblemente en nuestra memoria y en nuestro corazón. Día llegará en que nos encontremos ya al borde del sepulcro, y en que el inundo no podrá ya prestarnos auxilio alguno. Felices seremos entonces si el Espíritu Santo nos asegura que hemos estado con Jesucristo.

En este pasaje se encuentra, por último, un dicho de Jesucristo con relación a la voluntad de su Padre. Dos veces pronunció las solemnes palabras: «Esta es la voluntad del que me envió.» Y también dijo que era la voluntad del que lo había enviado que todo aquel que viera al Hijo y creyera en él tuviera vida eterna. Así mismo, « que de todo lo que había dado a Jesucristo no perdería nada..

Con estas palabras se nos enseña que Jesucristo ha traído consigo al mundo una salvación que cada pecador puede obtener «sin dinero y sin precio.» Nuestro Señor la simbolizó con las virtudes de la serpiente de bronce. Todo el que miraba hacia esta obtenía vida y salud; y asimismo todo el que desee vida eterna puede dirigir con fe sus miradas hacia Jesús y recibirla de sus manos. No hay dique, ni límite, ni restricción de ninguna especie. Todos pueden mirar y obtener vida.

Se nos enseña, además, que Jesús no permitirá jamás que un alma que le ha sido encomendada se extravíe del todo y se pierda. El velará sobre ella y la mantendrá segura a despecho del mundo, de la carne y del demonio. Jamás se quebrará ni un solo hueso de su cuerpo místico. Jamás quedará abandonado en el desierto ni una sola oveja de su rebaño. El último día introducirá en la gloria todo el rebaño que ha tenido a su cargo, y no faltará ningún cordero.

Que el cristiano verdadero medite detenidamente sobre el pasaje que hemos venido considerando. Jesucristo es el pan de vida: Jesucristo recibe a todos los que vienen a él; Jesucristo preserva a todos los creyentes; Jesucristo pertenece a todos los que crean en El. Esto es, a la verdad, regocijador.

Juan 6:41-51

En estos versículos se deja ver que la humilde condición de Jesucristo cuando estuvo en la tierra, es motivo de escándalo para el hombre no convertido. Cuéntasenos que los Judíos murmuraban, porque Jesús les decía que El era el pan que había descendido del cielo, y que preguntando si no era ese Jesús, el hijo de José, y cuyos padres ellos conocían, se admiraban de que dijese que había bajado del cielo. Si nuestro Señor se hubiese presentado como un rey orgulloso, rodeado de riquezas y honores para otorgarlos a los que lo siguiesen, y acompañado de fuertes ejércitos, es seguro que le habrían dado una cordial acogida. Pero un Mesías pobre, humilde y afligido los llenaba de escándalo. Repugnaba a su orgullo el creer que era enviado de Dios.

Ni debe esto sorprendernos. No es sino la naturaleza humana exhibiéndose tal como es en sí. Lo mismo aconteció en los tiempos de los apóstoles. Cristo crucificado «era a los Judíos tropezadero, y a los Griegos insensatez.» 1Co_1:23. Y lo mismo también puede verse en nuestros días. Millares de hombres hay que detestan las doctrinas cardinales del Evangelio solo porque ellas son la esencia misma de la humildad. No pueden aceptar la expiación, el sacrificio y la sustitución de Jesucristo. Aprueban sus preceptos morales, y admiran su conducta irreprensible y su noble abnegación. Mas habladles de la sangre del Cordero inmaculado, decidles que la muerte de Jesucristo es la piedra angular en la cual estriban todas nuestras esperanzas, y os convenceréis del odio que tienen por todas esas grandes verdades.

En este pasaje se nos enseña también cuan inútil (espiritualmente hablando) es el hombre por naturaleza, y cuan incapaz de arrepentirse o de creer. Nuestro Señor dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» Hasta que el Padre atraiga a sí el corazón por medio de la gracia, el hombre no puede creer.

La sagrada verdad que estas palabras expresan merece detenida consideración. Es en vano procurar negar que, sin la gracia de Dios, ninguno puede hacerse verdadero cristiano. Estamos espiritualmente muertos, y no tenemos poder para darnos vida a nosotros mismos. Necesitamos que de lo alto se implante en nuestro corazón un nuevo móvil de todos nuestros actos. Los hechos lo prueban y una gran mayoría de teólogos lo reconoce.

Pero, después de sentado todo esto, ocurre preguntar: ¿en qué consiste esta incapacidad humana? ¿En cuál de las facultades del alma tiene su asiento? Este tema ha dado lugar a muchos y muy graves errores. Tengamos presente que la voluntad del hombre es la facultad que está viciada. Su incapacidad es moral y no física. No expresaríamos la verdad al decir que el hombre tiene verdadero deseo de acudir a Jesucristo, pero no puede. Nos expresaríamos con mayor exactitud si dijésemos que no puede porque no tiene deseo o anhelo de hacerlo. No es cierto que acudiría si pudiera; mas sí que podría acudir si quisiera.

Estos asuntos son profundos y misteriosos. Con verdades como éstas Dios pone a prueba la fe y la paciencia de su pueblo.

¿Puede este creerle? ¿Puede esperar hasta el último día para obtener una contestación más clara? Lo que sí podemos percibir al presente con toda claridad es que el hombre es responsable por su propia alma.

Finalmente, en este pasaje se nos enseña que la salvación del creyente empieza en la vida presente. Nuestro Señor Jesucristo dijo: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna.» No que al que creyere en él se le concederá vida eterna en el día del juicio, sino que ya le pertenece en este mundo. La obtiene en el momento mismo que cree.

Asunto es este con el cual está enlazada nuestra paz, nuestro sosiego, y sobre el cual abundan muchos errores. Muchos hay que piensan que el perdón y la aceptación de Dios son dones que no podemos obtener en la vida presente–dones que tenemos que ganar por medio de la continua y prolongada práctica del arrepentimiento, la fe y la santidad–dones que recibiremos en el último día ante el tribunal de Dios; pero que 110 podemos ni columbrar en este mundo. Ese es un error grave. Tan pronto como el pecador cree en Jesucristo, es justificado y aceptado delante de Dios.

Juan 6:51-59

Pocos pasajes hay en las Escrituras a los cuales se haya dado una interpretación tan torcida como al que tenemos a la vista.

Los judíos no han sido los únicos que han tenido disputas acerca de su significado. El hombre caído tiene la dote especial, al interpretar la Biblia, de desvirtuar el sentido de sus palabras, convirtiendo así lo que ha sido escrito para su provecho, en ocasión de tropezadero.

Examinemos primero con cuidado cuál es la interpretación inadmisible de estos versículos. El «comer» y el «beber» de qué trató Cristo no deben ser tomados en su sentido literal. Ni tampoco tienen referencia al sacramento de la Cena. Podemos participar de esta sin comer ni beber el cuerpo y sangre del Señor; y viceversa, podemos comer el pan y beber el vino sin participar de la Eucaristía. No olvidemos esto.

La opinión que queda expresada alarmará, acaso, a los que no hayan estudiado con detención el asunto; mas se apoya en tres razones de muchísimo peso. En primer lugar, eso de comer y beber literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo habría repugnado sobre manera a los judíos, y habría contravenido abiertamente un precepto, frecuentemente repetido, de su ley.

En segundo lugar, tomar esas palabras en sentido literal es interponer un acto externo entre el alma del hombre y la salvación. Para esto la Escritura no presenta precedente alguno. Los únicos actos sin los cuales no podemos salvarnos son el arrepentimiento y la fe. Por último, y esta razón no es la de menos importancia, si tomáramos las palabras «comer» y «beber» en sentido literal, tendríamos que aceptar consecuencias sacrílegas. Según esa opinión, el ladrón penitente no entró al cielo, puesto que murió mucho tiempo después de que fueron pronunciadas las palabras de que nos ocupamos, sin haber comido el cuerpo y bebido la sangre de Cristo real y verdaderamente. Según esa opinión también, se salvarían millares de comulgantes ignorantes é irreligiosos que viven en nuestros días. Sin duda ellos comen y beben real y verdaderamente; pero no tienen vida eterna y no serán elevados a la gloria en el último día.

La verdad es que el hombre caído siente siempre un deseo ansioso de dar un sentido material a las Sagradas Escrituras.

Empeñase en hacer consistir la religión en ritos y ceremonias, en obrar esto o en celebrar aquello, en cumplir con este sacramento, o con aquel precepto de la iglesia, en cosas, en fin, que pueden percibirse por medio de los sentidos. En su interior aborrece el sistema cristiano que asigna el primer lugar al estado del corazón, y considera los sacramentos y los ritos como cosas secundarias. No hay duda de que el bautismo y la cena del Señor son sacramentos santos y acarrean bendiciones, cuando se hace de ellos el debido uso; pero es un absurdo pretender que en todo pasaje se alude a ellos.

Examinemos cuidadosamente en seguida la correcta interpretación de estos versículos. Las expresiones que contienen son, sin duda, muy notables. Procuremos entenderlas claramente.

La «carne y sangre del Hijo del hombre» significan el sacrificio de su propio cuerpo, el cual ofreció El por los pecadores cuando murió en la cruz. La expiación llevada a cabo con su muerte, la satisfacción hecha con sus sufrimientos, como sustituto nuestro, la redención verificada cuando sufrió en la cruz el castigo que nuestros propios pecados merecían–he aquí las ideas que debe sugerirnos.

El comer y el beber, sin lo cual no podemos obtener vida, significan esa aceptación del gran sacrificio, que tiene lugar cuando el hombre confía para la salvación en Cristo crucificado. Es un acto interno y espiritual del corazón y nada tiene que hacer con el cuerpo. Siempre que, sintiendo nuestra propia culpabilidad y pecado, nos acogemos a Jesucristo y confiamos en la expiación que El hizo, comemos, por ese mismo acto, la carne del Hijo del hombre y bebemos su sangre.

Las lecciones prácticas que surgen de este pasaje son de alta importancia. Una vez que queda comprobado que la carne y la sangre significan en estos versículos la expiación hecha por Cristo, y que el comer y beber denotan la fe, fácil nos es percibir los grandes principios que forman la base misma del Cristianismo.

Percibimos que la expiación que Jesucristo hizo es absolutamente necesaria para la salvación. Así como en Egipto, en aquella noche memorable en que todos los primogénitos fueron inmolados, no gozaba de seguridad el Israelita que no comiese el cordero pascual, así también no puede gozar de vida eterna el pecador que no come la carne y bebe la sangre de Cristo.

Advertimos también que la fe en esa misma expiación, nos une a nuestro Salvador con los vínculos más estrechos, y nos eleva al goce de los más altos privilegios. Nuestras almas serán plenamente satisfechas: « Su carne verdaderamente es comida, y su sangre verdaderamente es bebida.» Nada de lo que necesitemos para el tiempo y para la eternidad nos faltará: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero..

Notamos, por último, que la fe en la expiación de Cristo es un acto propio, un acto diario, un acto cuyos resultados pueden ser sentidos. Nadie puede comer y beber en nuestro lugar; y del mismo modo, nadie puede creer en nuestro lugar.

Necesitamos alimento cada día, y no una vez a la semana, o una vez al mes; y del mismo modo, es menester que ejerzamos la fe todos los días. Después de haber comido y bebido nos sentimos mejor más vigorosos y refrigerados; y de una manera análoga, si creemos sinceramente, nuestro espíritu sentirá esa tranquilidad que comunica la esperanza y que es hermana de la paz interna.

Juan 6:60-65

En estos versículos se nos enseña que algunas palabras de Jesucristo parecen duras al hombre no convertido. Se nos refiere que muchos que, por algún tiempo habían seguido a nuestro Señor, se escandalizaron de lo que decía acerca de comer su carne y beber su sangre; y murmuraban diciendo: « Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?.

Murmuraciones y quejas como estas son muy comunes; jamás debemos sorprendernos al oirías. A algunos las palabras de Cristo les parecen difíciles de entender; a otros, como en el caso de que nos ocupamos, les parecen difíciles de creer, y aun más difíciles do practicar. Ese es solo uno de los muchos modos en que se manifiesta la corrupción del hombre.

Si anhelamos evitar el escandalizarnos, oremos a Dios nos conceda humildad. Si algunas de las palabras de Jesucristo nos parecieren difíciles de comprender, es de nuestro deber el tener presente que por ahora nos encontramos en la ignorancia, y que más tarde poseeremos mayores conocimientos. Si algunos de sus preceptos nos parecieren difíciles de practicar, debemos recordar que él jamás exige de nosotros lo imposible, y que nos dará gracia para hacer todo aquello que nos haya ordenado.

También se no enseña en estos versículos que debemos guardarnos de dar un significado material a palabras espirituales.

Nuestro Señor dijo a los judíos que se escandalizaron de la idea de comer su carne y beber su sangre: « El espíritu es el que da vida: la carne de nada aprovecha: las palabras que yo os hablo, espíritu son, y vida son..

Inútil seria negar que este versículo presenta para su interpretación muchas dificultades, puesto que contiene expresiones muy profundas. Es más fácil formar una idea general del significado del período en conjunto, que explicar palabra por palabra. Hay en él, no obstante, verdades que podemos percibir y retener con facilidad. Veamos cuáles son.

Nuestro Señor dijo: « El espíritu es el que da vida.» Con esto quiso decir que el Espíritu Santo es el autor especial de la vida espiritual que posee el hombre. Si los judíos llegaron a imaginarse que lo que el quería decir era que el hombre podía obtener vida espiritual por medio del comer y del beber material, padecieron, sin duda, una grave equivocación.

Nuestro Señor dijo: « La carne de nada aprovecha.» Con estas palabras quiso decir que ni su carne ni otra carne que comamos real y verdaderamente pueden aprovechar en nada a nuestras almas.

Los bienes espirituales no penetran por la boca, sino por el corazón. El alma no es material, y por lo tanto no puede ser nutrida con alimento material.

Nuestro Señor dijo también: « Las palabras que yo os hablo espíritu son, y vida son.» Con esto quiso decir que sus palabras y preceptos, aplicados al corazón del hombre por el Espíritu Santo, son el verdadero medio de producir resultados espirituales y comunicar vida también espiritual. Por medio de las palabras se engendran y despiertan nuevas ideas, se comunica actividad a la mente y se conmueve la conciencia. Esto es especialmente cierto de las palabras de Cristo.

El principio contenido en este versículo, aunque no nos sea dado comprenderlo sino débilmente, merece en nuestros días especial atención. Muchos hay que se inclinan a dar demasiada importancia a las exterioridades de la religión. Se olvidan que el Espíritu es el que da vida y que la carne nada aprovecha.

En estos versículos se nos enseña, finalmente, que Jesucristo tiene un conocimiento perfecto de los corazones de los hombres. Se nos dice que él sabía desde el principio quiénes eran los que no habían, de creer y quién le había de entregar.

Es con tanta frecuencia que se encuentran en los Evangelios palabras de esta naturaleza, que, por lo general, dejamos de apreciarlas en su debido valor. Y sin embargo, pocas nos será tan provechoso recordar como las que quedan citadas.

Nuestro Salvador sabe todas las cosas.

¡Cuan bien explica esto la paciencia maravillosa que manifestó nuestro Señor Jesucristo durante los primeros días de su ministerio terrenal! él sabía cuánto dolor, cuánta humillación lo aguardaban y de qué manera había cíe morir. Tampoco ignoraba que algunos que profesaban ser sus amigos íntimos eran traidores. Más «habiéndole sido propuesto gozo» lo sufrió todo.

Y cuan bien no pone de manifiesto la insensatez y la hipocresía de que adolecen los que hacen falsas profesiones en materias religiosas. Que los que son culpables de ese pecado recuerden que no pueden engañar a Jesucristo. él los ve y los conoce, y los denunciará en el último día a menos que se arrepientan. Cualquiera que sea nuestra conducta como cristianos, y por espiritualmente débiles que nos sintamos, seamos, ante todas cosas, francos, sinceros y justos.

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