Juan 18 Jesús es llevado ante Pilatos

Juan 19: Jesús es llevado ante Pilatos

Luego llevaron a Jesús de Caifás al cuartel general del gobernador. Era de madrugada, y ellos mismos no entraron en el edificio para no contaminarse; querían evitar el contagio de cosas inmundas porque estaban manteniendo la pureza ritual para poder comer la pascua.

Así es que Pilato salió a recibirlos y les dijo:

-¿Qué acusación traéis contra este hombre?

-Si no fuera un criminal no te Le entregaríamos -le contestaron; y él les dijo:

-Lleváosle vosotros, y juzgadle según vuestras leyes.

Los judíos le dijeron a Pilato:

A nosotros no se nos permite ajusticiar a nadie.

Eso era el cumplimiento de lo que había dicho Jesús dando a entender cómo iba a morir.

Entonces Pilato volvió a entrar a su cuartel general, llamó a Jesús y Le preguntó:

-¿Eres Tú el «Rey de los Judíos»?

-¿Dices eso -le preguntó a Su vez Jesús- porque lo has descubierto por ti mismo, o porque te lo han dicho otros de Mí?

-¿Es que soy yo judío? -siguió diciendo Pilato-. Tus propios compatriotas y los principales sacerdotes son los que Te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?

-Mi Reino -le contestó Jesús- no es de este mundo. Si lo fuera, mis súbditos habrían peleado para impedir que fuera entregado a los judíos. Eso prueba que mi Reino no tiene aquí su base.

-¿Entonces, eres Rey? -le preguntó Pilato.

-Tú eres el que dices que Yo soy Rey -le contestó Jesús-. Para lo que fue necesario que Yo naciera y viniera a este mundo fue para dar testimonio de la verdad. Todos los que están de parte de la verdad Me escuchan.

-¡Y qué es la verdad! -le respondió Pilato.

E inmediatamente salió otra vez adonde estaba los judíos y les dijo:

-Yo no Le encuentro ningún delito. Tenéis costumbre de que os suelte a uno para la Pascua. ¿Queréis que os suelte al «Rey de los Judíos»?

-¡No a Éste -se pusieron a gritar-, sino a Barrabás!

Barrabás era un bandolero.

Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y mandó que Le azotaran. Los soldados trenzaron una corona de espinas, y Se la pusieron en la cabeza; y Le pusieron una túnica púrpura, y se pusieron a acercársele diciendo:

-¡Salve, «Rey de los Judíos»!

Y se liaron a darle de bofetadas.

Pilato salió otra vez a decirles:

-¡Mirad! Os Le vuelvo a sacar porque quiero que sepáis que yo no Le encuentro ningún delito.

Y entonces salió Jesús, con la corona de espinas y la túnica púrpura puestas. Y Pilato les dijo:

-¡Ahí tenéis al Hombre!

Pero, cuando Le vieron los principales sacerdotes y los agentes, se pusieron a gritar:

-¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

-¡Lleváosle vosotros y crúcifccadle! ¡A mí no me parece culpable de nada!

-Nosotros tenemos una ley según la cual debe morir, porque pretende ser Hijo de Dios -le contestaron los judíos; y Pilato todavía se alarmó más cuando lo oyó. Entonces volvió a entrar en su cuartel general.

-¿De dónde eres? -Le preguntó a Jesús.

Jesús no le contestó. Pilato entonces Le dijo:

-¿Te niegas a responderme? ¿Es que no sabes que tengo autoridad para soltarte o para crucificarte?

Jesús entonces le respondió:

-No tendrías absolutamente ninguna autoridad sobre Mí si no se te hubiera dado de Arriba. Por eso, el que Me entregó a ti es culpable de un mayor pecado.

Desde ese momento Pilato trató de dejarle en libertad por todos los medios; pero los judíos no dejaban de gritar:

-¡Si sueltas a Éste, no eres amigo del César! ¡Cualquiera que se proclama rey se pone en contra del César!

Al oír eso, volvió a sacar a Jesús, y se sentó en el sillón de juez en el lugar que se llama el Enlosado (en hebreo, Gabatá). Era la víspera de la Pascua, como al mediodía. Y Pilato les dijo a los judíos:

-¡Aquí tenéis a vuestro «Rey»!

-¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale! -siguieron gritando.

-¿Queréis que crucifique a vuestro «Rey»? -dijo Pilato.

Y los principales sacerdotes contestaron:

-¡No tenemos más rey que el César!

Entonces Pilato entregó a Jesús para que Le crucificaran.

Este es el relato más dramático del juicio de Jesús que tenemos en el Nuevo Testamento, y el dividirlo en pequeñas secciones habría sido perder el drama. Tiene que leerse en conjunto; pero requerirá después varios días el estudiarlo. El drama de este pasaje viene dado por el choque y la interacción de las personalidades. Por tanto, será mejor estudiarlo, no sección por sección, sino siguiendo a los personajes que intervienen en él.

Empezaremos por los judíos. En el tiempo de Jesús los judíos estaban sometidos a los Romanos, que les concedían una cierta medida de autogobierno pero no les permitían dictar ni ejecutar sentencias de muerte. El ius gladii, como se llamaba en latín, el derecho de la espada, era atribución exclusiva de los Romanos.

EL Talmud, la gran enciclopedia tradicional del judaísmo, informa: «Cuarenta años antes de la destrucción del templo, se privó a Israel del derecho a juzgar en materias de vida o muerte.» El primer gobernador romano de Palestina se llamaba Coponio, y Josefo, refiriéndose a su nombramiento como gobernador, dice que fue enviado como procurador «haciendo que el poder de vida o muerte estuviera en manos del César» (Josefo, La guerra de los judíos, 2, 8, 1). Josefo habla también de un cierto sacerdote llamado Anano, que decidió ejecutar a algunos de sus enemigos. Los judíos más prudentes protestaron contra aquella sentencia sobre la base de que no tenía derecho ni a dictarla ni a ejecutarla. A Anano no se le permitió llevar a cabo su decisión, y fue depuesto de su cargo por sólo haber pensado hacer aquello (Josefo, Antigüedades de los judíos, 20, 9, 1). Es verdad que algunas veces, como en el caso de Esteban, los judíos se tomaban la ley en sus propias manos; pero, legalmente, no tenían derecho a infligir la pena capital. Por eso tuvieron que traer a Jesús a Pilato, para que Le condenara legalmente a muerte y Le mandara crucificar.

Si los judíos hubieran podido ejecutar la sentencia de muerte, habría sido mediante lapidación. La Ley establecía: «El que blasfemare el nombre del Señor, ha de ser muerto; toda la congregación le apedreará» (Lev_24:16 ). En ese caso, los testigos cuya palabra había probado el crimen tenían que tirar las primeras piedras: «La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarle, y después la mano de todo el pueblo» (Deu_17:7 ). Ese es el detalle del versículo 32, que dice que todo aquello estaba pasando así para que se cumpliera lo que había dicho Jesús refiriéndose a la clase de muerte que habría de sufrir. Había dicho que, cuando fuera elevado, es decir, crucificado, atraería a Sí a toda la humanidad (Joh_12:32 ). Si había de cumplirse la profecía de Jesús, tenía que ser crucificado, no apedreado; y por tanto, aun aparte del hecho de que la ley romana no permitía que los judíos ejecutaran la sentencia de muerte, Jesús tenía que recibir la muerte romana, porque tenía que ser elevado.

Los judíos, de principio a fin, estaban procurando* usar a Pilato para sus fines. No podían matar a Jesús por sí mismos, así es que determinaron que los Romanos les hicieran ese servicio.

Pero aún quedan otras cosas interesantes acerca de los judíos.

(i) Empezaron por odiar a Jesús, pero acabaron en una histeria de odio, aullando como lobos y con los rostros contorsionados por la amargura: «¡Crucifícale, crucifícale!» Por último alcanzaron tal locura de odio que eran impermeables a todo razonamiento, y a la piedad, y hasta a los más elementales derechos humanos. Nada de este mundo deforma el juicio tanto como el odio. Una vez que una persona sucumbe al odio, ya no puede pensar ni ver ni escuchar nada sin distorsiones. El odio es una cosa terrible porque trastorna los sentidos y el sentido y el sentimiento.

(ii) El odio de los judíos les hizo perder todo sentido de proporción. Estaban tan pendientes de la pureza ceremonial y ritual que se negaban a entrar en el cuartel general de Pilato; y sin embargo estaban haciendo todo lo posible para crucificar al Hijo de Dios. Para comer la pascua, un judío tenía que estar ceremonialmente limpio. Ahora bien: si hubieran entrado en el cuartel general de Pilato, habrían contraído impureza en dos sentidos.

(a) Primero, la ley de los escribas decía: «Las moradas de los gentiles son inmundas.»

(b) Segundo, la Pascua era la fiesta de los panes sin levadura. Una parte de la preparación para la Pascua consistía en una búsqueda y limpieza ceremoniosa de todo resto de levadura o de pan leudado por todos los rincones de la casa, porque era el símbolo de la maldad. Entrar en el cuartel general de Pilato habría supuesto entrar en un lugar en el que no se habría hecho eso ni se mantendría esa limpieza, así que habría restos de levadura; y el entrar en un lugar así cuando se estaban preparando para comer la pascua era arriesgarse a quedar contaminados. Pero, aunque los judíos hubieran entrado en una casa gentil en la que hubiera levadura, el contagio les habría durado sólo hasta la tarde, y entonces habrían tenido que darse un baño ceremonial para quedar limpios otra vez.

Fijaos lo que estaban haciendo los judíos: estaban cumpliendo meticulosamente los detalles de la ley ceremonial y, al mismo tiempo, estaban empujando hacia la Cruz al Hijo de Dios. Eso es algo de lo que somos capaces los humanos. Muchos miembros de iglesia hacen un mundo de fruslerías, pero quebrantan la ley del amor, y del perdón, y del servicio todos los días. Hasta hay muchas iglesias en las que los detalles de las vestiduras, los tapetes, los candelabros y los adornos están relucientes, pero el espíritu de amor y la verdadera comunión no brillan más que por su ausencia. Entre las cosas más trágicas del mundo está cómo se pueden perder el sentido de la proporción y la habilidad de poner lo primero en primer lugar.

(ii) Los judíos no dudaban en tergiversar sus acusaciones a Jesús. En su interrogatorio privado ya habían llegado a la conclusión, si es que no habían partido ya de ella, de que Jesús era culpable de blasfemia (Mat_26:65 ). Sabían muy bien que Pilato no tomaría en consideración una acusación así, y que diría que sus disputas religiosas se las podían resolver solos sin molestarle a él. A sí que los cargos que presentaron los judíos contra Jesús fueron de rebelión y de insurrección política. Acusaron a Jesús de querer proclamarse rey, aunque sabían muy bien que aquello era una mentira. El odio es una cosa terrible, y no duda en tergiversar la verdad.

(iv) Para lograr la muerte de Jesús, los judíos negaron todos sus principios. Llegaron hasta el colmo cuando dijeron: « ¡No tenemos más rey que el César!» Samuel le había dicho al pueblo de Israel que Dios era su único Rey (1Sa_12:12 ). Cuando le ofrecieron la corona a Gedeón, contestó: «Ni yo seré el que os gobierne, ni mi hijo; el Señor será el único que os gobernará» (Jdg_8:23 ). Cuando los Romanos llegaron por primera vez a Palestina, tomaron un censo para organizar los impuestos que tendrían que pagar como pueblo sometido; y se produjo la rebelión más sangrienta, porque los judíos insistían en que Dios era su único Rey, y a Él sería al único que pagarían tributo.

Cuando el líder judío proclamó ante Pilato: «¡No tenemos más rey que el César!» fue la más alucinante volte face de la Historia. El solo oírlo debe de haber dejado a Pilato sin aliento, y seguramente se los quedaría mirando medio alucinado y medio divertido. Los judíos estaban dispuestos a renegar de todos sus principios con tal de eliminar a Jesús.

Es un cuadro horrible. El odio de los judíos los convirtió en una enloquecida chusma de fanáticos y frenéticos vociferadores y frenéticos. En su odio olvidaron toda misericordia, todo sentido de proporción, toda justicia, todos sus principios, hasta a Dios. Nunca en toda la Historia de la humanidad se mostró más claramente la locura del odio.

Ahora nos volvemos hacia la segunda personalidad de esta historia: Pilato. Durante todo el juicio su conducta es, por decir lo menos, incomprensible. Está suficientemente claro, no podía estarlo más, que Pilato sabía que las acusaciones de los judíos eran una serie de mentiras, y que Jesús era totalmente inocente. Le dejó profundamente impresionado, y no quería condenarle a muerte -y, sin embargo, eso fue lo que hizo. En primer lugar trató de sacudirse aquel caso; luego, intentó dejar en libertad a Jesús sobre la base de que se solía soltar a un preso para la Pascua; y después, trató de satisfacer el deseo de venganza de los judíos mandando azotar a Jesús; por último, hizo una última apelación. Pero el caso es que rehusó en absoluto mantenerse firme y decirles a los judíos que no quería saber nada de sus asesinas maquinaciones. Nunca podremos empezar a entender a Pilato a menos que conozcamos su historia, que podemos reconstruir en parte por los escritos de Josefo y en parte por los de Filón.

Para entender el papel que representó Pilato en este drama tenemos que retroceder considerablemente en el tiempo. Para empezar, ¿qué pintaba un gobernador romano en Judasa?

El año 4 a C. murió Herodes el Grande, que había reinado sobre toda Palestina. A pesar de sus muchas faltas fue, en muchos sentidos, un buen rey, y consiguió llevarse bien con los Romanos. En su testamento dividió su reino entre tres de sus hijos, dejando a Antipas Galilea y Perea; a Felipe Batanea, Auranitis y Traconitis, las salvajes y casi despobladas regiones del Nordeste, y a Arquelao, que entonces no tenía más que dieciocho años, Idumea, Judasa y Samaria. Los Romanos aprobaron y ratificaron esta división.

Antipas y Felipe gobernaron pacíficamente y bien; pero Arquelao gobernó con tales extorsiones y tiranía que los mismos judíos pidieron a Roma que le quitara y les mandara un gobernador. Lo más probable es que esperaran que se los incorporara a la gran provincia de Siria; y, si hubiera sido así, la provincia era tan extensa que se les habría permitido seguir más o menos como estaban. Todas las provincias romanas se dividían en dos clases: las que requerían tropas estacionadas estaban bajo el control directo del emperador y eran provincias imperiales; y las que no requerían tropas y eran pacíficas y fáciles de gobernar dependían directamente del senado y se llamaban provincias senatoriales.

Palestina era, sin duda, una tierra conflictiva; necesitaba tropas, y por tanto estaba bajo el control directo del emperador. Las provincias realmente grandes las gobernaba un proconsul o un legado, como en el caso de Siria; las más pequeñas, o de segunda clase, las gobernaba un procurador, que tenía a su cargo la administración militar y judicial de la provincia. Visitaba todos los lugares de la provincia por lo menos una vez al año, y escuchaba los casos y las queSantiago Supervisaba el cobro de los impuestos, pero no tenía autoridad para aumentarlos. Cobraba del tesoro, y tenía estrictamente prohibido aceptar ya fueran regalos o sobornos; y, si se excedía en el cumplimiento de sus deberes, los habitantes de su provincia tenían derecho a informar al emperador.

Fue un procurador el que nombró Augusto para llevar los asuntos de Palestina, y el primero se instaló en el año 6 d C. Pilato fue instalado en el año 26 d C., y siguió en el puesto hasta el año 35 d C. Palestina era una provincia peliaguda, que requería una mano firme y sabia. No conocemos la historia anterior de Pilato, pero suponemos que tendría reputación de buen administrador para ser elegido para la posición responsable de gobernador de Palestina. Había que mantenerla en orden; porque, como se ve por una simple ojeada al mapa, era el puente entre Egipto y Siria.

Pero Pilato fue un fracaso como gobernador. Pareció empezar con un desprecio olímpico y una total falta de simpatía hacia los judíos. Tres famosos, o infames, incidentes marcaron su carrera.

El primero tuvo lugar en su primera visita a Jerusalén. Jerusalén no era la capital de la provincia, sino Cesarea, donde estaban la sede del gobierno y el cuartel general; pero el procurador visitaba Jerusalén con frecuencia y, cuando lo hacía, se quedaba en el antiguo palacio de Herodes en la parte Oeste de la ciudad. Cuando venía a Jerusalén, siempre se traía un destacamento de soldados, que tenían sus banderas, en la parte más alta de las cuales había un pequeño busto de metal del emperador del momento. Al emperador se le consideraba un dios; y, para los judíos, aquel pequeño busto de las banderas era la imagen de un ídolo.

Todos los gobernadores Romanos anteriores, por respeto a los escrúpulos religiosos de los judíos, habían quitado los bustos antes de entrar en Jerusalén; pero Pilato se negó. Los judíos se lo pidieron insistentemente. Pilato se mantuvo firme en la negativa; no iba a ser indulgente con las supersticiones de los judíos. Se volvió a Cesarea. Los judíos le siguieron durante cinco días. Eran humildes, pero insistentes en sus peticiones. Por último, Pilato les dijo que los recibiría en el anfiteatro. Los rodeó de soldados armados, y los informó de que, si no retiraban sus peticiones, los mataría allí inmediatamente. Los judíos descubrieron los cuellos e invitaron a los soldados a matarlos. Ni aun Pilato podía masacrar a hombres indefensos. Se dio por vencido y se vio obligado a quitar las imágenes de las banderas en lo sucesivo. Así empezó Pilato, y fue un mal principio.

El segundo incidente fue el siguiente. El servicio de agua era insuficiente en Jerusalén. Pilato decidió construir un nuevo acueducto. ¿De dónde podía sacar el dinero? Saqueó el tesoro del templo, que era riquísimo. No es probable que se incautara del dinero de los sacrificios y demás servicios del templo. Lo más probable es que tomara el dinero que se llamaba korbán, que procedía de fuentes que hacían imposible el que se usara para fines sagrados. El acueducto era una primera necesidad; se trataba de un proyecto grande y digno; el servicio de agua mejoraría considerablemente; incluso el funcionamiento del templo, que necesitaba limpiar los restos de tantos sacrificios.

Pero el pueblo se lo tomó a mal; hubo levantamientos en todas las calles. Pilato hizo que sus soldados se mezclaran con la multitud vestidos de paisanos, con las armas escondidas y, a una señal convenida, atacaron al gentío y se liaron a palos y a puñaladas con la gente, matando a muchos. Una vez más Pilato puso en contra suya a todo el pueblo, y estuvo en peligro de que le denunciaran al emperador.

El tercer episodio aún resultó peor para Pilato que los anteriores. Como ya hemos visto, cuando estaba en Jerusalén se alojaba en el antiguo palacio de Herodes. Mandó hacer algunos escudos con el nombre del emperador Tiberio, que eran los que se llamaban escudos votivos, es decir, dedicados a la memoria y en honor del emperador. Ahora bien: el emperador era considerado por los Romanos como un dios, así que ahí estaba el nombre de un dios extraño inscrito y desplegado para que se le dieran honores en la santa ciudad. La gente se enfureció; los más nobles, hasta sus más íntimos colaboradores judíos, le pidieron a Pilato que los quitara, pero se negó. Esta vez los judíos le denunciaron al emperador Tiberio, lo que le costó a Pilato el puesto.

Hace al caso cómo terminó Pilato. Este último incidente sucedió después de la crucifixión de Jesús, en el año 35 d C. Hubo una revuelta en Samaria. No fue nada muy serio, peto Pilato lo aplastó con una crueldad feroz y con abundancia de ejecuciones. Los samaritanos estaban considerados como leales súbditos de Roma, e intervino el legado de Siria. Tiberio mandó llamar a Roma a Pilato; pero, cuando estaba de camino, murió Tiberio. Por lo que sabemos, Pilato nunca se presentó a juicio; y, desde ese momento, desaparece de la historia.

Está claro por qué Pilato actuó en el juicio de Jesús de aquella manera. Los judíos le chantajearon para que crucificara a Jesús. Le dijeron: «¡Tú no eres amigo del césar si sueltas a este Hombre!» Lo que equivalía a decirle: «Tu hoja de servicio no está muy limpia; ya te hemos denunciado una vez; si no nos haces caso, informaremos otra vez al emperador y te costará el puesto.» Aquel día en Jerusalén, el pasado de Pilato le alcanzó y desafió. Le chantajearon para que consintiera en la muerte de Cristo porque sus errores anteriores le habían colocado en una posición de inferioridad, imposibilitándole para enfrentarse con los judíos y mantener su puesto. Casi no se puede evitar el sentir pena por él. Quería hacer justicia, pero no tuvo valor para enfrentarse con los judíos. Mandó crucificar a Jesús para conservar su posición.

JESÚS Y PILATO

Hemos visto la historia de Pilato; veamos ahora su comportamiento durante el proceso de Jesús. Pilato no quería condenar a Jesús, porque sabía que era inocente; pero se vio enredado en la maraña de su pasado.

(i) Pilato empezó tratando de echarle encima la responsabilidad a alguna otra persona. Les dijo a los judíos: «Llevaos a este Hombre y juzgadle según vuestras leyes.» Trató de evadir la responsabilidad de encararse con Jesús; pero eso es precisamente lo que nadie puede hacer. Nadie puede tratar con Jesús por nosotros; es algo que tenemos que hacer personalmente cada uno por sí mismo.

(ii) Pilato pasó a tratar de encontrar la salida del embrollo en que se encontraba. Propuso resolver la cuestión de Jesús aplicándole la costumbre de soltar a un preso para la Pascua. De esa manera se libraría de tratar directamente con Jesús; pero, digámoslo otra vez, precisamente eso es lo que nadie puede hacer. No hay escape de una decisión personal con respecto a Jesús; tenemos que decidir cada uno lo que vamos a hacer con Él, si rechazarle o aceptarle.

(iii) Pilato entonces pasó a ver la manera de hacer una decisión final. Mandó que le dieran una paliza a Jesús. Sin duda pensaba que aquello satisfaría, o al menos reduciría la virulencia de la hostilidad judía. Pensó que así se evitaría el dictar sentencia de crucifixión. Pero, otra vez, eso es lo que no se puede hacer con Jesús. Nadie puede llegar a un compromiso con Jesús; no se puede servir a dos señores. O estamos por Jesús, o en contra de Él.

(iv) Pilato entonces pasó a intentar apelar a los sentimientos: hizo que sacaran a Jesús, destrozado por la paliza, para que la gente Le viera. Y les preguntó a los manifestantes: «¿Queréis que crucifique a vuestro «Rey» ?» Trataba de inclinar la balanza apelando a la emoción y a la piedad. Pero nadie puede esperar que el apelar a otros le ahorre el tener que hacer su propia decisión personal; era a Pilato al que correspondía hacer aquella decisión. Nadie puede evitar su propio veredicto personal y su propia decisión personal sobre Jesús.

Por último, Pilato reconoció su derrota. Entregó a Jesús a la voluntad de la chusma porque no tuvo valor para hacer la decisión justa y asumir su responsabilidad.

Pero aún quedan facetas laterales del carácter de Pilato.

(i) Hay una insinuación de una actitud inveterada de desprecio en Pilato. Le preguntó a Jesús si era verdad que era Rey. Jesús le contestó preguntándole a Su vez si Se lo preguntaba sobre la base de lo que él mismo había descubierto, o por la información indirecta que hubiera recibido. La respuesta de Pilato fue: «¿Es que soy yo judío? ¿Cómo puedes esperar que yo sepa nada de las cuestiones judías?» En resumidas cuentas: que era demasiado orgulloso para involucrarse en lo que consideraba disputas y supersticiones judías. Y ese orgullo era precisamente lo que le hacía ser un mal gobernador. Nadie puede gobernar a un pueblo negándose a hacer el menor esfuerzo por comprenderlo y por penetrar en sus pensamientos y sentimientos.

(ii) Hay una especie de curiosidad supersticiosa en Pilato. Quería saber de dónde procedía Jesús -y se refería, sin duda, a algo distinto de Su lugar de nacimiento. Cuando oyó decir a los judíos que Jesús pretendía ser el Hijo de Dios, aún se sintió más inquieto, temiendo que aquello pudiera encerrar algún misterio. Pilato era supersticioso, que es lo que es mucha gente que presume de ser, o de no ser, religiosa. Tenía miedo de llegar a una decisión a favor de Jesús a causa de los judíos; pero también tenía miedo de hacer ninguna decisión en contra de Él porque tenía la vaga sospecha de que Dios pudiera estar de alguna manera en aquel asunto.

(iii) Pero había un anhelo indecible en el corazón de Pilato. Cuando Jesús le dijo que había venido para dar testimonio de la verdad, la respuesta, o más bien pregunta, de Pilato fue: «¿Y dónde está la verdad?» Hay muchas maneras de hacer esa pregunta. Puede hacerse con cinismo y como en broma. Bacon inmortalizó la respuesta de Pilato cuando escribió: «¿Qué es la verdad?, preguntó en broma Pilato; y no esperó la respuesta.» Pero no fue con cinismo como Pilato hizo la pregunta; ni como si no le importara. Aquí estaba el punto débil de su armadura. Lo preguntó anhelante y fatigosamente.

Pilato, según el estándar del mundo, era un hombre con éxito. Había llegado casi a la cima de su escalafón diplomático; era gobernador de toda una provincia; pero había algo que echaba de menos. Allí, en presencia de aquel sencillo, inquietante, odiado Galileo, Pilato se dio cuenta de que la verdad seguía siendo un misterio para él… y se había metido en una situación en la que ya no tenía esperanza de descubrirla. Puede que bromeara; pero era la última broma de un desesperado. Philip Gibbs habla en algún lugar de haber escuchado un debate entre T. S. Eliot, Margaret lrwin, C. Day Lewis y otras personalidades distinguidas sobre el tema: «¿Vale la pena vivir esta vida?» «Es verdad que bromeaban -dijo-, pero bromeaban como si fueran juglares llamando a las puertas de la muerte.»

Así era Pilato. En su vida apareció Jesús, y de pronto se dio cuenta de lo que había estado perdiéndose. Aquel día podría haber encontrado todo lo que se había perdido; pero no tuvo el coraje de desafiar al mundo a pesar de su pasado, y ponerse al lado de Cristo y de un futuro que sería glorioso.

JESÚS Y PILATO

Hemos considerado el cuadro de la multitud en el juicio de Jesús y hemos pensado en la figura de Pilato. Ahora debemos concentrar nuestra atención en el Personaje central del drama: Jesús mismo.

Juan nos traza Su semblanza con una serie de pinceladas magistrales en las que sugiere más de lo que describe.

(i) Lo primero y principal es que no se puede leer esta historia sin percibir la absoluta majestad de Jesús. No hay nada que Le coloque en tela de juicio. Cuando alguien se enfrenta con Él, no es Jesús el que recibe el veredicto, sino la otra persona. Puede que Pilato tratara muchas cosas judías con desprecio arrogante, pero no a Jesús. No podemos por menos de tener la impresión de que es Jesús el Que está en control, y Pilato el que no sabe por dónde tirar y se debate en una situación que no puede controlar ni comprender. La majestad de Jesús nunca brilló más gloriosamente que cuando se presentó a juicio ante la humanidad.

(ii) Jesús nos habla con absoluta claridad acerca de Su Reino. No es, nos dice, de esta Tierra. El ambiente de Jerusalén era siempre explosivo, y durante la Pascua era pura dinamita. Los Romanos lo sabían muy bien, y en el tiempo de la Pascua destacaban más tropa a Jerusalén. Pero Pilato nunca tenía más de tres mil hombres a su mando. Algunos estarían en Cesarea, su cuartel general; otros, en la guarnición de Samaria; no es probable que hubiera más que unos pocos centenares de servicio en Jerusalén. Si Jesús hubiera querido enarbolar la bandera de la rebelión y entablar batalla, podría haberlo hecho con la máxima facilidad. Pero deja bien claras Sus credenciales regias, e igualmente claro que Su Reino no se basa en la fuerza, sino que se establece en los corazones. Nunca habría negado Jesús que se proponía la conquista; pero era la conquista del amor.

(iii) Jesús nos dice para qué había venido al mundo: para dar testimonio de la verdad, para decirle a la humanidad la verdad acerca de Dios, acerca de sí misma y acerca de la vida. Los días de las conjeturas, de las medias verdades y del andar a tientas se habían terminado. Jesús vino a decirnos la verdad. Esa es una de las grandes razones por las que no tenemos más remedio que aceptar o rechazar a Cristo. No hay término medio en relación con la verdad. O la aceptamos, o la rechazamos; y Cristo es la verdad.

(iv) Vemos el ánimo valeroso de Jesús. Pilato mandó que Le azotaran. Eso se hacía atando al reo a una columna dejándole la espalda totalmente expuesta. El látigo era una correa larga con trozos de plomo o huesos puntiagudos incrustados. Literalmente reducía la espalda de la persona a tiras. Pocos eran los que se mantenían conscientes durante el suplicio; algunos morían, y otros se volvían locos. Jesús lo soportó. Y después, Pilato Le sacó a la vista de la multitud y dijo: « ¡Ahí tenéis a vuestro Hombre!»

Aquí tenemos uno de los dobles sentidos característicos de Juan. Debe de haber sido la primera intención de Pilato el despertar la piedad de los judíos. «¡Fijaos! ¡Mirad a este pobre hombre destrozado y sangrante! ¡Mirad esta ruina humana! ¿Es que todavía podéis querer seguir acechándole y arrastrándole a una muerte completamente innecesaria?» Pero casi podemos escuchar el cambio en el tono de su voz al decirlo, y contemplar la admiración que amanece en su mirada. En vez de decirlo medio despectivamente para despertar la lástima, le sale como una admiración incontenible. La palabra que usó Pilato fue ho ánthrópos, que es la que se usaba corrientemente refiriéndose a un ser humano; pero no mucho después la usarían los pensadores griegos para designar al hombre celestial, el hombre ideal, el dechado de la humanidad. Siempre será verdad que, aunque digamos o dejemos de decir otras muchas cosas acerca de Jesús, Su heroísmo integral no tiene paralelo. Aquí tenemos, sin duda, a un Hombre.

(v) Una vez más vemos aquí en el juicio de Jesús Su aceptación voluntaria de la Cruz y el supremo control de Dios. Pilato Le advirtió a Jesús que tenía poder para soltarle y para crucificarle. Jesús le contestó que él, Pilato, no tenía absolutamente ningún poder, excepto el que Dios mismo le había dado. La Crucifixión nunca, de principio a fin, se nos presenta como la historia de un hombre que se encuentra enredado en una maraña inexorable de circunstancias sobre las que no tiene absolutamente ningún control; nunca se nos presenta como la historia de un hombre conducido a la muerte, sino como la de un Hombre cuyos últimos días fueron una marcha triunfal hacia la meta de la Cruz.

(vi) Y aquí tenemos también la escena terrible del silencio de Jesús. Hubo un momento en el que no tuvo respuesta que darle a Pilato. Hubo otros momentos en los que Jesús guardó silencio. Estuvo callado ante el sumo sacerdote Mat_26:63; Mar_14:61 ), y también ante Herodes Luk_23:9 ). Guardó silencio cuando las autoridades judías presentaron los cargos que tenían contra Él ante Pilato Mat_27:14; Mar_15:5 ). Algunas veces tenemos la experiencia, cuando estamos hablando con otras personas, de que hemos llegado a un punto en el que no se puede seguir razonando ni discutiendo, porque no hay terreno común entre nosotros y nuestros interlocutores. Es como si habláramos distintos idiomas. Eso sucede cuando las personas hablan de hecho distintos idiomas mentales y espirituales. Es un día terrible cuando Jesús guarda silencio con una persona. No puede haber nada más terrible para una mente humana que el estar tan cerrada por el orgullo o la propia voluntad que no hay nada que le pueda decir Jesús que pueda tener sentido o suponer ninguna diferencia.

(vii) Por último, es posible que tengamos aquí otro ejemplo magnífico de la ironía dramática de Juan.

La escena llega a su fin cuando se nos dice que Pilato sacó a Jesús; como lo hemos traducido y lo expresa la versión ReinaValera, Pilato salió al lugar que se llamaba el Pavimento de Gabatá -que puede querer decir un suelo de mosaico de mármol- y se sentó en el sillón del juez. Esto era el béma, en el que se sentaba el magistrado para pronunciar la sentencia definitiva. El verbo para sentarse es kathizein, que puede ser transitivo o intransitivo; es decir, sentarse uno mismo o sentar a otro. Es posible que quiera decir que Pilato, en un último gesto burlesco, sacó a Jesús vestido de aquella túnica púrpura y con la corona de espinas en la frente, todo cubierto de sangre, y Le sentó en el sillón del juez, diciendo a continuación con un gesto y tono irónicos: «¿Cómo voy a crucificar a vuestro «Rey»?» El evangelio apócrifo de Pedro dice que, para burlarse, sentaron a Jesús en el sillón del juez y Le dijeron: «¡Haz justicia, Rey de Israel!» Justino Mártir también dice que «sentaron a Jesús en el sillón del juez, y dijeron: «Da la sentencia por nosotros.»» Puede ser que Pilato, en burla, hiciera a Jesús representar el papel del juez. Si fue así, ¡qué tremenda ironía dramática había en aquella escena! Lo que se presentó en burla es en realidad la verdad; y un día, los que caricaturizaron a Jesús como juez se presentarán ante Él como el Juez -y se acordarán de lo que Le hicieron.

Así que en la escena dramática del juicio contemplamos la inmutable majestad, el valor inalterable, la serena aceptación de la Cruz, de Jesús. Nunca se Le vio en la Tierra tan regio como cuando se hizo todo lo posible para humillarle.

Ya hemos visto las principales personalidades que intervinieron en el proceso de Jesús: los judíos, con su odio; Pilato, con su dudoso pasado, y Jesús, con su serenidad y majestad regia.

Pero había otras personas al borde de la escena.

(i) Estaban los soldados. Cuando les entregaron a Jesús para que Le azotaran, se divirtieron con Él de una manera brutal y cruel. ¿Era un rey? Pues entonces Le proveyeron de un manto y una corona. Le pusieron una vieja túnica de púrpura y una corona de espinas, y se entretuvieron dándole de bofetadas. Estaban jugando a una cosa que era antigua y corriente. Filón, en su obra Sobre Flaco, cuenta una cosa muy semejante que hacían los gamberros de Alejandría: «Había un loco que se llamaba Carabás, aquejado no de la clase salvaje y bestial de locura -que pasa desapercibida tanto para los que la sufren como para los espectadores-, sino de otra clase mucho más tranquila y benigna. Solía pasar los días y las noches desnudo en la calle, sin guarecerse ni del frío ni del calor, y era el juguete de los niños y de los jóvenes. Se ponían de acuerdo para llevársele al gimnasio donde, dejándole solo donde todos pudieran verle, le ponían de sombrero una corteza de árbol aplastada, y alrededor del cuerpo una estera como manto, y como cetro un trozo de papiro que uno de ellos había encontrado por ahí tirado. Y una vez que él había asumido los emblemas y las insignias de la realeza como se hace en los mimos teatrales, los jóvenes, con palos al hombro, se ponían a sus dos lados, representando el papel de lanceros cómicos. Luego se acercaban unos como para saludarle, otros como para presentarle algunas reclamaciones, otros como para solicitarle algunas cuestiones sociales. Y entonces, de la multitud de espectadores vibraba un extraño grito de «¡Marín!» -Señor nuestro-, que es el nombre que se les da a los reyes en Siria.» Es patético que los soldados trataran a Jesús como los gamberros podrían tratar a un pobre idiota.

Y sin embargo, de todos los que intervinieron en el proceso de Jesús, los soldados eran los menos culpables, porque no sabían lo que estaban haciendo. Lo más probable es que les había correspondido venir de Cesarea como refuerzo para los días de la Pascua, y no sabían nada de lo que estaba pasando. Jesús no era para ellos más que el criminal de turno.

Aquí tenemos otro ejemplo de la ironía dramática de Juan. Los soldados hacían una caricatura de Jesús como rey, cuando en realidad Él era allí el único Rey. Bajo la parodia se ocultaba y revelaba la verdad eterna.

(ii) El último de todos era Barrabás, cuyo episodio cuenta Juan con suma brevedad. De esa costumbre de soltar a un preso para la Pascua no sabemos más que lo que nos dicen los evangelios. Los otros tres completan la breve noticia de Juan y, cuando lo reunimos todo, descubrimos que Barrabás era un preso notable, un bandolero que había tomado parte en una insurrección en la ciudad y había cometido un asesinato (Mat_27:15-26 ; Mar_15:6-15 ; Luk_23:17-25 ; Act_3:14 ).

El nombre de Barrabás es interesante. Hay dos posibilidades en cuanto a su origen. Puede venir de Bar Abba, que querría decir «Hijo de Papá», o de Bar Rabban, que querría decir «Hijo del Rabino.» No es imposible que Barrabás fuera hijo de algún rabino, un vástago descarriado de alguna familia noble. Y es posible que, con todo y ser un criminal, gozara de las simpatías de la gente del pueblo como una especie de Robin Hood. Es probable que no debamos tenerle por un delincuente vulgar. La palabra que se le aplica es léstés, que quiere decir bandolero. O era uno de los muchos que infestaban la carretera de Jerusalén a Jericó, la clase de personas en cuyas manos cayó el viajero de la parábola; o, todavía más probable, era uno de los celotas que habían jurado barrer de Palestina a los Romanos, aunque tuviera que ser a base de crímenes, asaltos, robos y asesinatos. Barrabás no era un delincuente cualquiera. Era un hombre violento, eso sí; pero de los que se convierten en leyenda y son considerados como héroes populares y azote de las autoridades al mismo tiempo.

Pero hay otro detalle todavía más interesante acerca de Barrabás. Ese era su segundo nombre, y tiene que haber tenido otro, como Pedro, que se llamaba Simón Bar-Yoná, Hijo de Jonás. Ahora bien: hay algunos manuscritos antiguos del Nuevo Testamento y las traducciones siria y armenia que coinciden en dar el nombre propio de Barrabás como Jesús. Eso no es imposible ni mucho menos, porque el nombre de Jesús era bastante corriente, derivado de la forma griega del nombre hebreo Yehoshúa»Yoshúa, Josué. En ese caso la elección del pueblo era aún más dramática, porque gritarían de hecho: «¡No Jesús Nazareno, sino Jesús Barrabás!» Era la elección entre Jesús Bar-Abba (el hijo de un padre cualquiera) y Jesús, el Hijo del Padre Dios.

La elección de la multitud ha sido siempre la elección histórica. Barrabás era un hombre que alcanzaba sus propósitos por medios violentos. Jesús era un Hombre de amor y ternura, cuyo Reino se hace realidad en los corazones. Es un hecho trágico de la Historia que los pueblos escogen muchas veces el camino de la violencia en lugar del del amor, el camino de Barrabás en lugar del de Cristo.

Lo que fue de Barrabás no lo dice la historia, y es tema de reconstrucciones poéticas tan conmovedoras como la de Gabriel y Miró en sus Figuras de la Pasión del Señor. También John Oxenham continúa la historia de Barrabás en uno de sus libros. Al recuperar la libertad, Barrabás no podía pensar más que en que era libre. Luego se quedó mirando al Hombre que iba a tomar su lugar en la Cruz. Algo en Él le fascinaba, y Barrabás se encontró siguiéndole hasta la cima del Monte de la Calavera. Todo el camino, viendo a Jesús cargando con la Cruz, le ardía en la mente un solo pensamiento: «Esa es la cruz que tenía que haber llevado yo. ¡Yo la merecía! Y Él la está llevando por mí.» Y, cuando levantaron la cruz con Jesús colgando de ella, lo único que podía pensar Barrabás era: «¡Soy yo el que tenía que estar colgado ahí, no Él! ¡Él me salvó!» Lo que sí es seguro es que Barrabás fue uno de los pecadores por los que murió Jesús.

EL CAMINO DE LA CRUZ

Juan 19:17-22

Así es que se hicieron cargo de Jesús, Que iba llevando a cuestas Su Cruz, y salieron al lugar que se llama La Calavera, y en hebreo Gólgota. Allí Le crucificaron con otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio.

Pilato escribió un cartel para poner en la Cruz:

«JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS».

Muchos judíos leían el cartel, porque el lugar en que estaba crucificado Jesús era cerca de la ciudad; y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Así que los principales sacerdotes dijeron insistentemente a Pilato:

-¡No escribas «Rey de los Judíos», sino que Él dijo que era el rey de los judíos!

-¡Lo escrito, escrito está! -les contestó Pilato.

No había una muerte peor que la crucifixión. Hasta los Romanos la miraban con horror. Cicerón declaraba que era «la muerte más cruel y aterradora.» Tácito dijo que era «una muerte denigrante.» Fue en su origen un método persa de ejecución. Tal vez lo inventaron porque para los persas la tierra era sagrada, y no querían contaminarla con el cuerpo de un criminal; así que le clavaban a una cruz y le dejaban morir allí, a la vista de los buitres y de las otras carroñeras que terminarían la ejecución. Los cartagineses adoptaron de los persas la crucifixión, y los Romanos, de los cartagineses.

La crucifixión no era el método de ejecución que se seguía en Roma, pero sí en las provincias, aunque sólo se solía aplicar a los esclavos. Era inconcebible que se le aplicara esa muerte a un ciudadano romano. Dice Cicerón: «Es un crimen atar a un ciudadano romano; todavía un crimen mayor el apalearle; es casi como cometer un parricidio el darle muerte. ¿Y qué podría decirse de crucificarle? Acción tan nefasta no se podría describir con palabras, porque no tiene calificativo.» Fue esa muerte, la más terrible del mundo antiguo, reservada para esclavos y criminales, la que sufrió Jesús.

La rutina de la crucifixión era siempre igual. Después de celebrarse el juicio y de ser condenado el criminal, el juez pronunciaba la terrible sentencia: «¡Ibis ad crucem!» «¡Irás a la cruz!» El veredicto se llevaba a cabo inmediatamente. Se ponía al condenado en medio de un quaternium o compañía de cuatro soldados. Se le colocaba el travesaño de la cruz sobre los hombros. Era costumbre azotarle antes, y ya hemos recordado lo terrible que era; y era corriente que hubiera que seguir pinchándole o azotándole a lo largo del camino para que siguiera adelante o se levantara si se caía, hasta que llegara al lugar de la ejecución. Delante de él iba un oficial con el cartel en el que se podía leer el crimen por el que se le había condenado, y se le conducía pasando por el mayor número posible de calles. Eso se hacía por dos razones. La primera, para que el mayor número posible de personas lo vieran y tomaran ejemplo; pero también por una razón más humana: se llevaba el cartel delante del condenado por la ruta más larga para que, si alguien podía dar testimonio a su favor, saliera a hacerlo. En tal caso, se detenía la comitiva y se devolvía el caso al tribunal.

El lugar de ejecución en Jerusalén se llamaba El lugar de la Calavera, Kranion, en hebreo Gólgota. (Calvario es la palabra latina con el mismo significado). Estaba fuera de la muralla, porque no era legal crucificar a nadie dentro de los límites de la ciudad. No se sabe con absoluta certeza dónde estaba.

Se han hecho varias sugerencias para explicar el macabro nombre, Lugar de la Calavera. Cuenta una leyenda que se llamaba así porque estaba enterrada allí la calavera de Adán. Otra sugerencia es que aquel lugar estaba lleno de calaveras de crucificados; pero eso no es probable, porque, según el derecho criminal romano, el criminal tenía que permanecer crucificado hasta morir de hambre, sed o lo que fuera, una tortura que a veces duraba días; pero la ley judía decía que el cuerpo del criminal se tenía que bajar de la cruz y enterrar para la tarde. En la ley romana, el cuerpo no se enterraba, sino se dejaba a los buitres y los perros parias para que acabaran con él; pero eso habría sido ilegal para los judíos, y no se concibe que hubiera un lugar contaminado de calaveras. Lo más probable es que el lugar se llamara así por ser una colina pelada que parecía una calavera. En cualquier caso, era un nombre idóneo para las cosas macabras que en él tenían lugar.

Así es que Jesús salió, destrozado y sangrante, con la espalda rasgada en tiras por los azotes, llevando Su Cruz hasta el lugar donde había de morir.

En este pasaje hay otras dos cosas que no debemos pasar por alto. El cartel que se puso en la Cruz de Jesús estaba escrito en hebreo, latín y griego. Estas eran las tres grandes lenguas del mundo antiguo, y representaban a tres naciones. En el plan de Dios, todas las naciones tienen algo que enseñarle al mundo; y estas tres hicieron tres grandes aportaciones al mundo y a la Historia universal. Grecia le enseñó al mundo la belleza de la forma y del pensamiento; Roma le enseñó al mundo la ley y el gobierno, e Israel le enseñó al mundo la religión y el culto del único Dios verdadero. En Jesús vemos la consumación de estas tres cosas. En Él está la suprema belleza y el pensamiento más elevado acerca de Dios. En Él está la Ley de Dios y el Reino de Dios. Y en Él está la verdadera Imagen de Dios. Todas las búsquedas y los esfuerzos del mundo encuentran en Él su culminación. Es significativo que Le llamaran Rey las tres grandes lenguas del mundo.

No cabe duda que Pilato puso aquel cartel en la Cruz de Jesús para humillar y enfurecer a los judíos. Acababan de decir que no tenían más rey que al césar; acababan de rechazar a Jesús como su Rey. Y Pilato, sarcásticamente, puso aquel cartel en la Cruz. Las autoridades judías le pidieron insistentemente que lo quitara o cambiara, pero Pilato se negó. «¡Lo escrito, escrito está!» -les contestó. Aquí tenemos a Pilato el inflexible, el que no estaba dispuesto a ceder ni un pelo. Hacía poco que había vacilado cobardemente entre crucificar a Jesús o soltarle; y había acabado por dejarse intimidar y chantajear por los judíos. Inflexible acerca del cartel cuando había sido tan débil sobre la crucifixión.

Es una de las paradojas de la vida que uno puede mantenerse firme acerca de cosas que no importan y débil ante las que tienen una importancia suprema. Si Pilato hubiera resistido las tácticas de los judíos y no les hubiera concedido su voluntad en el caso de Jesús, probablemente habría pasado a la Historia como uno de sus nobles ejemplos. Pero, como se sometió en lo más importante y sólo se mantuvo firme en lo accesorio, su nombre está cubierto de vergüenza. Pilato aplicó mal y tarde su autoridad.

LOS JUGADORES AL PIE DE LA CRUZ

Juan 19:23-24

Después de crucificar a Jesús, los soldados cogieron Su ropa y se la repartieron en cuatro partes, una para cada soldado. También estaba la túnica; pero, como era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

-No la cortemos, sino echémosla a suertes para ver a quién le toca.

Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice un pasaje de la Escritura: «Se repartieron mi ropa y se jugaron a suertes mi túnica.» Eso fue exactamente lo que hicieron los soldados.

Ya hemos visto que un quatermum de soldados conducía al reo al lugar de la ejecución. Uno de los gajes de esos soldados era la ropa del reo. Los judíos solían ponerse cinco artículos: calzado, turbante, cinto, túnica y manto exterior. Eran cuatro soldados, y había cinco artículos a repartir. Se los jugaron a los dados, y aún quedaba la túnica interior. Era inconsútil, sin costura, tejida toda de una pieza. Cortarla en cuatro piezas no habría servido para nada, así es que se la jugaron a los dados. Hay mucho que descubrir en esta escena tan gráfica y tan dramática.

(i) Stuart Kennedy escribió un poema basado en esto. Los soldados eran jugadores; y, en cierto sentido, Jesús también. Él se lo había jugado todo a Su fidelidad a ultranza a Dios; lo envidó todo en la Cruz. Era Su última y definitiva llamada a la humanidad, Su último y supremo acto de obediencia a Dios.

Sentados, Le miraban,
sí, los soldados;
allí, mientras echaban
los dados…
Mientras Él, presentaba el sacrificio
muriendo en el patíbulo
para limpiar al mundo del pecado.
Él era un Jugador también, mi Cristo:
cogió Su vida y la envidó
para ganar a un mundo redimido.
Y antes que terminara Su agonía
y se sumiera el Sol en el ocaso
coronando de púrpura aquel día,
¡supo que había ganado!

En cierto sentido, un cristiano también es un jugador, porque se juega la vida a que Jesús es el Que es.

(ii) No hay escena en la que se vea más claramente la indiferencia con que pagaba a Cristo el mundo. Allí, en aquella Cruz, Cristo estaba en agonía; y, al pie de la misma Cruz, los soldados echaban los dados como si no estuviera pasando nada. Un artista moderno ha pintado a Jesús, con las manos taladradas por los clavos y los brazos extendidos hacia una ciudad moderna por la que pasan las multitudes sin fijarse en Él. Sólo entre la gente Le dirige una mirada la enfermera de un hospital; y el título del cuadro es: «¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?» (Lam_1:12 ). La tragedia no es la hostilidad del mundo hacia Cristo, sino su indiferencia, el no darle ninguna importancia al amor de Dios.

Hay otros dos puntos que debemos considerar en esta escena. El primero se refiere a la leyenda de que había sido María la que había tejido la túnica inconsútil para dársela como un último regalo a su Hijo cuando salía al mundo. Si es verdad -y bien puede serlo, porque era lo que solían hacer las madres judías-, hay un doble patetismo en la escena de aquellos soldados insensibles, jugándose la túnica de Jesús que Le había regalado Su Madre.

(iv) Pero hay otra cosa aquí entre líneas. La túnica de Jesús se nos dice que era sin costura, tejida de una sola pieza de arriba abajo. Esa es exactamente la descripción de la túnica de lino que usaba el sumo sacerdote. Recordemos que la función sacerdotal consistía en ser el lazo de unión entre Dios y el pueblo. La palabra latina para sacerdote es pontifex, que quiere decir el que hace de puente, porque su función era precisamente Jade ser intermediario entre Dios y los seres humanos. Nadie había realizado jamás esa función como la realizó entonces Jesús. Él es el perfecto Sumo Sacerdote por el Que la humanidad tiene acceso a Dios. Una y otra vez hemos visto que lo que nos dice Juan tiene más de un sentido: uno, que está a la vista, en la superficie, y otro más profundo que hay que pensar y estudiar para descubrirlo. Cuando Juan menciona la túnica inconsútil, no lo hace simplemente para describirnos la ropa que llevaba Jesús, sino para presentárnosle como el perfecto Sacerdote Que abre con Su perfecto y definitivo Sacrificio el camino para que todos podamos llegar a la presencia de Dios.

(v) Por último, advertimos que Juan encuentra en este incidente el cumplimiento literal de una profecía del Antiguo Testamento. Le aplica como reflejo anticipado lo que dijo el salmista en un Salmo en el que no es esta la única alusión profética a la pasión del Redentor: «Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes» (Psa_22:18 ).

EL AMOR DE UN HIJO

Juan 19:25-27

Pero Su Madre, y la hermana de Su Madre, y María la mujer de Cleofás, y María Magdalena, estaban cerca de la Cruz de Jesús. Y cuando Jesús vio allí cerca a Su Madre, y también a Su discípulo amado, dijo a Su Madre:

-¡Mujer: mira, tu hijo!

Y después, dirigiéndose al discípulo:

-¡Mira: tu Madre!

Y desde aquel momento el discípulo se cuidó de ella.

Al final, Jesús no estaba completamente solo. Cerca de la Cruz había cuatro mujeres que Le amaban. Se ha explicado su presencia diciendo que, en aquel tiempo, las mujeres tenían tan poca importancia que nadie se fijaba en las discípulas, y por eso estas mujeres no corrían mucho riesgo al acercarse a la Cruz de Jesús. Pero siempre era peligroso, y para todo el mundo, asociarse con una Persona Que el gobierno romano consideraba lo suficientemente peligrosa como para merecer la Cruz. Siempre es peligroso mostrar afecto por Alguien Que los ortodoxos consideran un hereje. La presencia de estas mujeres cerca de la Cruz no era debida al hecho de que fueran tan poco importantes que nadie les prestaba atención, sino al hecho de que el perfecto amor destierra el temor.

Eran un curioso grupo. De una, María la mujer de Cleofás, no sabemos nada; pero sí de las otras tres.

(i) Allí estaba María, la Madre de Jesús. Puede que no llegara a comprenderlo todo, pero sí a amar totalmente. Su presencia allí era la cosa más natural del mundo para una madre. Puede que Jesús fuera un criminal a los ojos de la ley, pero era su Hijo. Como lo expresó Kipling:

Si me ahorcaran en el más alto cerro, yo sé qué amor allí me seguiría, ¡oh madre mía, sí, oh madre mía!

Y si me hundiera en lo hondo de los mares, sé qué llanto hasta mí descendería, ¡oh madre mía, sí, oh madre mía!

Si condenado de alma y cuerpo fuera, sé la oración que me redimiría, ¡oh madre mía, sí, oh madre mía!

El amor eterno de todas las madres estaba representado en María al pie de la Cruz.

(ii) Allí estaba la hermana de Su Madre. Juan no la nombra; pero si estudiamos los pasajes paralelos resulta claro que era Salomé, la madre de Santiago y de Juan (Mar_15:40 ; Mat_27:56 ). Lo curioso es que Jesús le había dirigido unas serias palabras de reprensión cuando vino a Él para pedirle que les concediera a sus hijos los puestos más importantes de Su Reino, y Jesús le enseñó lo equivocados que eran sus deseos ambiciosos (Mat_20:20 ). Salomé era la mujer que Jesús había reprendido -¡y allí estaba, al pies de la Cruz! Su presencia la honra; nos la muestra como una mujer que era suficientemente humilde para aceptar la reprensión y seguir amando con la más completa devoción. Y en cuanto a Jesús, nos muestra que Su reprensión nunca ocultaba, sino revelaba Su amor. La presencia de Salomé al pie de la Cruz es una lección para nosotros acerca de cómo se debe dar y cómo se debe recibir una corrección.

(iii) Allí estaba María Magdalena. Todo lo que sabemos de ella es que Jesús la había librado de siete demonios (Mar_16:9 ; Luk_8:2 ). Nunca pudo olvidar lo que Jesús había hecho por ella: el amor de Jesús la había rescatado, y el amor que ella Le tenía no podía morir. El lema de María, escrito en su corazón, era: «Jamás olvidaré lo que Él hizo por mí.»

Pero en este pasaje hay algo que es una de las cosas más encantadoras de toda la historia evangélica. Cuando Jesús vio a Su Madre, no pudo por menos de pensar en los días por venir. No se la podía confiar a Sus hermanos, porque, hasta entonces, no creían en Él (Joh_7:5 ). Y, después de todo, Juan estaba doblemente cualificado para el servicio que Jesús le encomendó: era primo de Jesús y sobrino de María, y era el discípulo amado de Jesús. Así es que Jesús confió a María al cuidado de Juan, y a Juan al cuidado de María, de forma que se consolaran mutuamente de Su partida.

Hay algo infinitamente conmovedor en el hecho de que Jesús, en la agonía de la Cruz, cuando la Salvación del mundo estaba en juego y dependía exclusivamente de Él, considerara la soledad en que quedaría Su Madre en los días por venir. Él nunca olvidó los deberes que Le concernían y que estaba en Su mano cumplir. Era el Hijo primogénito de María; y, aun en el momento de Su batalla cósmica, no Se olvidó de las cosas más sencillas que concernían a Su hogar. Hasta el mismo final de Su vida en la Tierra, aun sobre la Cruz, Jesús está pensando más en los dolores de otros que en los Suyos.

EL FINAL TRIUNFAL

Juan 19:28-30

Después, cuando Jesús supo que ya todo estaba completo, dijo, para que también se cumpliera la Escritura:

-¡Tengo sed!

Había allí un recipiente lleno de vinagre; así que pusieron una esponja empapada en vinagre en lo alto de una caña de hisopo, y Se la acercaron a la boca.

Cuando Jesús probó el vinagre, dijo:

-¡Ya todo está completo!

Y recostando hacia atrás la cabeza, entregó el espíritu.

En este pasaje Juan nos coloca frente a frente a dos cosas acerca de Jesús.

(i) Nos pone cara a cara con Su sufrimiento humano; cuando Jesús estaba en la Cruz experimentó la agonía de la sed. Cuando Juan estaba escribiendo su evangelio, allá por el año 100 d C., había surgido una cierta tendencia en el pensamiento filosófico y religioso que se llamaba el gnosticismo. Una de sus doctrinas básicas era que el espíritu es totalmente bueno, y la materia totalmente mala. De ahí se deducían ciertas conclusiones. Una era que Dios, que es Espíritu puro, no puede de ninguna manera asumir un cuerpo que es materia, y por tanto malo. Por tanto, los gnósticos enseñaban que Jesús no tenía un cuerpo de verdad, sino que era sólo un fantasma. Decían, por ejemplo, que cuando andaba no dejaba huellas en el suelo, porque era un espíritu puro en un cuerpo irreal.

De ahí pasaban a decir que Dios no podía sufrir; y, por tanto, Jesús no sufrió de veras, sino que pasó por la experiencia de la Cruz sin padecer ningún dolor. Cuando los gnósticos hablaban así creían que estaban honrando a Dios y a Jesús; pero lo que estaban haciendo era destruyendo la realidad de Jesús. Si Él había de redimir a la humanidad, tenía que hacerse humano. Tenía que hacerse como nosotros para hacernos como Él. Por eso Juan hace hincapié en el hecho de que Jesús sufrió la sed. Quería hacer ver que era verdaderamente humano, y que realmente experimentó la agonía de la Cruz. Juan se detiene todo lo necesario para subrayar el hecho de la perfecta humanidad y el sufrimiento real de Jesús.

(ii) Pero, igualmente, nos pone cara a cara ante el triunfo de Jesús. Cuando comparamos los cuatro evangelios descubrimos un hecho iluminador. Los otros tres evangelios no nos relatan que Jesús dijera: « ¡Ya todo está completo!»; pero sí nos dicen que exclamó en voz muy alta (Mateo 27.50; Mar_15:37 ; Luk_23:46 ). Por otra parte, Juan no nos menciona el gran grito; pero sí nos dice que Sus últimas palabras fueron: «¡Ya todo está completo!» La explicación es que el gran grito y las palabras «¡Ya todo está completo!» son la misma cosa. «¡Ya todo está completo!» es sólo una palabra en griego, tetélestai; y Jesús murió con un grito de triunfo en Sus labios. No dijo: «Todo se acabó,» como reconociendo Su derrota; sino proclamando Su victoria con un grito de júbilo. Parecía estar destrozado en la Cruz, pero sabía que había obtenido la victoria.

La última frase de este pasaje aún lo deja más claro. Juan dice que Jesús recostó la cabeza hacia atrás y entregó el espíritu. Como si reclinara la cabeza en la almohada. Para Jesús, el combate había terminado, y aun en la Cruz conoció el gozo de la victoria y el descanso del Que ha completado Su tarea y puede relajarse, contento y en paz.

Hay otras dos cosas que no debemos pasar por alto en este pasaje. La primera es que Juan relaciona el grito de Jesús: «¡Tengo sed!», con el cumplimiento de un versículo del Antiguo Testamento: «Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre» (Psa_69:21 ).

La segunda es otra de las alusiones de Juan. Nos dice que fue en una caña del hisopo donde pusieron la esponja con el vinagre. Ahora bien: la caña o junco de hisopo era una cosa muy poco idónea para ese uso, porque no era más que un junco semejante a la hierba fuerte, pero que no tenía mucho más de medio metro de altura. Tan improbable es que se tratara de esa planta que algunos investigadores han sugerido que se trata de un pequeño error ortográfico, y que la palabra sería la que quiere decir lanza. Pero fue hisopo lo que escribió y quería decir Juan. Si retrocedemos bastantes siglos hasta la primera Pascua, cuando los israelitas salieron para siempre de la esclavitud de Egipto, recordamos que el ángel de la muerte iba pasando por todas las casas aquella noche matando a los primogénitos de los egipcios. Recordamos que los israelitas tenían que matar su cordero pascual, y untar los lados de las puertas de sus casas con la sangre para que el ángel de la muerte pasara por alto sus casas -que es lo que quiere decir la Pascua. Y las instrucciones originales habían sido: «Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre del lebrillo» (Exo_12:22 ). Fue la sangre del cordero pascual la que salvó al pueblo de Dios; y era la sangre de Jesús la que salvaría al mundo del pecado. La sola mención del hisopo conduciría el pensamiento de cualquier israelita al poder salvador de la sangre del cordero pascual; y esta era la manera en que Juan presentaba a Jesús como el Cordero pascual de Dios Cuya muerte salva al mundo del pecado.

EL AGUA Y LA SANGRE

Juan 19:31-37

Como era el viernes por la tarde, para que los cuerpos no se quedaran en las cruces todo el sábado (porque aquel sábado era un día especialmente solemne), los judíos le pidieron a Pilato que se les quebraran las piernas a los crucificados y se los bajara de las cruces.

Así es que llegaron los soldados, y le quebraron las piernas al primer reo, y también al otro que habían crucificado con Jesús. Pero al llegar a Él y ver que ya estaba muerto, no Le quebraron las piernas; pero uno de los soldados Le atravesó el costado con la lanza, e inmediatamente salieron sangre y agua.

Y el que da testimonio de esto lo vio, y lo que dice es cierto; y él sabe que está diciendo la verdad para que vosotros también creáis. Todo esto sucedió así en cumplimiento del pasaje de la Escritura que dice: «No se Le romperán los huesos.» Y también del otro que dice: «Verán al Que traspasaron.»

En una cosa sí eran los judíos más piadosos que los Romanos. Cuando los Romanos ejecutaban una crucifixión siguiendo sus reglas, simplemente dejaban que el reo muriera en la cruz, aunque fuera después de pasar varios días al calor del mediodía y al frío de la noche, torturado por la sed y por los insectos que se cebaban en sus heridas abiertas. A menudo los crucificados morían dando muestras de locura furiosa aunque impotente. Tampoco enterraban los Romanos a los que morían en la cruz, sino simplemente los dejaban a merced de los buitres y de los perros.

La ley judía era diferente, y establecía: «Si alguno hubiere cometido algún crimen por el que merece la muerte, y le ajusticiáis colgándole de un madero, no dejéis que su cuerpo pase la noche expuesto en el patíbulo; enterradlo sin falta el mismo día» (Deu_21:22-23 ). La Misná, la ley judía de los escribas, establecía: «Todo el que permita que un muerto pase la noche sin enterrar transgrede un mandamiento positivo.» El sanedrín se encargaba de que hubiera dos tumbas dispuestas para los que sufrieran la pena de muerte y no pudieran enterrarse en el mismo lugar que sus padres. En esta ocasión era todavía más importante el que no se dejaran los cuerpos en las cruces durante la noche, porque el día siguiente era sábado, y el muy especial sábado de la Pascua.

Para despachar a los reos que seguían vivos más de lo conveniente se usaba un método bastante macabro: se les rompían las piernas con una maza. Eso fue lo que hicieron a los reos que estaban crucificados con Jesús; pero en Su caso no fue necesario, porque cuando llegaron los soldados Jesús ya estaba muerto. Juan ve en esa circunstancia el cumplimiento de otro símbolo del Antiguo Testamento: había la norma de no quebrantar ningún hueso del cordero pascual (Num_9:12 ). De nuevo Juan ve en Jesús al Cordero pascual de Dios que libra de la muerte a Su pueblo.

Por último se nos presenta un extraño incidente. Cuando los soldados vieron que Jesús ya estaba muerto, no Le rompieron los miembros con la maza; pero uno de ellos, probablemente para asegurarse aún más de que estaba muerto, le atravesó con la lanza el costado, del que fluyeron agua y sangre. Juan le atribuye a aquello un sentido especial. Ve en ello el cumplimiento de la profecía de Zec_12:10 : «Me mirarán a Mí, a Quien traspasaron.» Y añade expresamente que ese es el testimonio de un testigo ocular de lo que realmente sucedió, y que él personalmente garantiza que es cierto.

En primer lugar, preguntémonos qué fue lo que sucedió de hecho. No podemos asegurarlo, pero puede ser que Jesús muriera literalmente porque se Le rompiera el corazón. Lo normal, desde luego, es que el cuerpo de un muerto no sangre. Se ha sugerido que lo que realmente sucedió fue que las experiencias físicas y emocionales de Jesús fueron tan terribles que se Le reventó el corazón. Cuando sucedió aquello, la sangre del corazón se mezcló con el líquido del pericardio que rodea el corazón; la lanza del soldado rompió el pericardio, y brotó la mezcla de sangre y agua. Sería patético creer que Jesús, en el sentido más literal, murió porque se Le partió el corazón.

Aun así, ¿por qué lo subraya tanto Juan? Por estas dos razones.

(i) Para él era la prueba definitiva e irrefutable de que Jesús era un hombre real con un cuerpo real. Esa era la respuesta a los gnósticos con sus ideas de fantasmas y espíritus y una humanidad irreal. Aquí está la prueba de que Jesús fue carne de nuestra carne y hueso de nuestro hueso.

(ii) Pero para Juan aquello era más que una prueba de la humanidad de Jesús: era un símbolo de los dos grandes sacramentos de la Iglesia. Hay un sacramento que tiene por materia el agua: el Bautismo; y otro que representa la sangre: la Comunión, con su copa de vino rojo como la sangre. El agua del Bautismo es el símbolo de la gracia purificadora de Dios en Jesucristo; el vino de la Comunión es el símbolo de la sangre que fue derramada para salvarnos de nuestros pecados. El agua y la sangre que fluyeron del costado abierto de Jesús eran para Juan el agua purificadora del Bautismo y la sangre purificadora que se conmemora en la Mesa del Señor.

LOS DONES PÓSTUMOS A JESÚS

Juan 19:38-42

Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque secreto por temor a los judíos, le pidió a Pilato que le permitiera hacerse cargo del cuerpo de Jesús, y Pilato se lo concedió. Así es que fue a llevarse el cuerpo.

Nicodemo, el que en un principio había venido a Jesús una noche, también fue, llevando unos treinta kilos de mezcla de mirra y áloe. Los dos se llevaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos de lino con especias, que es como entierran los judíos a sus muertos.

Donde habían crucificado a Jesús había un huerto, y en él había una tumba nueva en la que todavía no se había enterrado a nadie. Allí fue donde enterraron a Jesús, porque estaba a mano y era víspera de sábado.

Así es que Jesús murió; y lo que quedaba por hacer había que hacerlo deprisa, porque el sábado estaba para empezar, y los sábados no se podía hacer ningún trabajo. Los discípulos de Jesús eran pobres, y no Le habrían podido dar un entierro digno; pero otros dos se hicieron cargo.

Uno era José de Arimatea. Siempre había sido discípulo de Jesús; era un hombre importante y miembro del sanedrín, y hasta entonces había mantenido secreto que era discípulo de Jesús por temor a las consecuencias. Y el otro era Nicodemo. La costumbre de los judíos era envolver los cadáveres en tela de lino y poner especias aromáticas entre los pliegues. Nicodemo trajo especias suficientes para el entierro de un rey. Así es que José de Arimatea le dio la tumba a Jesús, y Nicodemo Le dio la ropa y los perfumes que habrían de cubrirle en la tumba.

Aquí se armonizan la tragedia y la gloria.

(i) Hay tragedia. Tanto Nicodemo como José de Arimatea eran miembros del sanedrín, y eran también discípulos secretos de Jesús. O no estuvieron presentes en la reunión del sanedrín en la que juzgaron y condenaron a Jesús, o no intervinieron en ella, por lo que nosotros sabemos. ¡Qué diferente habría sido para Jesús el que, entre aquellas voces intimidadoras y condenatorias, hubiera sonado alguna en Su defensa! ¡Qué diferencia si hubiera visto lealtad en un rostro, entre tantos hostiles y envenenados! Pero José y Nicodemo estaban atemorizados.

Todos dejamos muchas veces los tributos para cuando se ha muerto la persona. ¡Cuánto más grande habría sido la lealtad en vida que una tumba y un sudario dignos de un rey! Una florecilla en vida vale más que todas las coronas de flores después de muerta la persona; una palabra de afecto o de aprecio o de agradecimiento en vida vale más que todos los panegíricos del mundo cuando la vida ha terminado.

(ii) Pero aquí hay también gloria. La muerte de Jesús había hecho por José y Nicodemo lo que no había hecho toda Su vida. En cuanto murió Jesús en la Cruz, José olvidó sus temores y fue a dar la cara ante el gobernador romano para pedirle Su cuerpo. En cuanto murió Jesús en la Cruz, allí estaba Nicodemo para llevarle un tributo que todos podían ver. La cobardía, la vacilación, la prudente reserva se habían acabado. Los que habían tenido miedo cuando Jesús estaba vivo, se declararon por Él de una manera que todos podían ver tan pronto como murió. No hacía ni una hora que había muerto cuando empezó a cumplirse Su profecía: «En cuanto a Mí, cuando sea levantado de la tierra atraeré a Mí a toda la humanidad» Joh_12:32 ). Puede que la ausencia o el silencio de Nicodemo y José en el sanedrín causaran dolor a Jesús; pero seguro que cómo se desembarazaron de sus temores después de la Cruz Le alegró el corazón al comprobar que el poder de la Cruz había empezado a obrar maravillas y ya estaba atrayendo a las personas hacia Él. El poder de la Cruz ya entonces estaba transformando a los cobardes en héroes y a los vacilantes en personas que se decidían irrevocablemente por Cristo.

NOTA SOBRE LA FECHA DE LA CRUCIFIXIÓN

El Cuarto Evangelio presenta un problema al que no aludimos cuando estábamos estudiando ese pasaje. Aquí sólo podemos mencionarlo brevemente, porque es un problema que no está resuelto, aunque se le ha dedicado una literatura inmensa.

Está claro que, el Cuarto Evangelio por una parte y los otros tres por la otra, dan fechas diferentes de la Crucifixión, y dan impresiones diferentes en cuanto a lo que fue la última Cena.

En los evangelios sinópticos está claro que la última Cena fue la Pascua, y que Jesús fue crucificado el día de la Pascua. Debemos recordar que el día empezaba para los judíos a las 6 de la tarde de lo que sería para nosotros el día anterior. La Pascua caía el 15 de Nisán; pero ese día empezaba a las 6 de la tarde de lo que sería para nosotros el 14 de Nisán. Marcos lo pone bien claro: «Y el primer día de los ázimos, cuando se sacrifican los corderos pascuales, Sus discípulos Le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de la Pascua?» Y Jesús les dio instrucciones. Marcos continúa: «Y prepararon la pascua; y, cuando llegó la tarde, Jesús vino con los doce.» (Mar_14:12-17 ). No cabe duda de que Marcos presenta la Última Cena como la comida de la Pascua, y que Jesús fue crucificado el día de la Pascua; y Mateo y Lucas siguen a Marcos.

Por otra parte, Juan deja bien claro que Jesús fue crucificado el día antes de la Pascua. Empieza la historia de la última Cena: « Ahora bien: antes de la fiesta de la Pascua…» (Joh_13:1 ). Cuando Judas se marchó del aposento alto, los otros discípulos pensaron que iba a preparar la pascua (Joh_13:29 ). Los judíos no querían entrar en la sala del juicio para no contaminarse, incapacitándose así para comer la pascua (Joh_18:28 ). El juicio tuvo lugar el día de la preparación para la Pascua, es decir, en la víspera (Joh_19:14 ).

Aquí nos encontramos con una diferencia que no podemos soslayar. O tienen razón los sinópticos, o la tiene Juan. Juan estaba atento para descubrir el sentido espiritual. En su relato, crucificaron a Jesús cerca de la hora sexta (Joh_19:14 ). Era precisamente entonces cuando se estaban sacrificando los corderos pascuales en el templo. Lo más probable es que Juan siguiera un orden que hiciera que la Crucifixión coincidiera con la matanza de los corderos en el templo, para que se viera que Jesús era el gran Cordero Pascual que salvó a Su pueblo y tomó sobre Sí los pecados del mundo. Según esto, los sinópticos son correctos de hecho; pero Juan tenía más interés en la verdad espiritual que en lo meramente histórico.

No hay una explicación plenamente satisfactoria de esta discrepancia innegable; pero la expuesta nos parece la mejor.

Juan 19:1-42

19.1ss A fin de captar todo el cuadro de la crucifixión de Jesús, léase la perspectiva de Juan junto a los otros tres relatos en Mateo 27, Marcos 15 y Lucas 23. Cada escritor agrega detalles significativos, pero cada uno trasmite el mismo mensaje: Jesús murió en la cruz en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, para que pudiésemos ser salvos de nuestros pecados y recibir vida eterna.

19.1-3 El azote pudo haber matado a Jesús. El procedimiento acostumbrado era desnudar la parte superior del cuerpo de la víctima y atar sus manos a un pilar antes de azotarlo con un látigo de tres puntas. La cantidad de latigazos se determinaba por la severidad del delito; bajo la Ley se permitían hasta cuarenta (Deu_25:3). Después de azotarlo, Jesús también debió soportar otras agonías que se narran aquí y en los otros Evangelios.

19.2-5 Los soldados fueron más allá de la orden de azotar a Jesús; también se burlaron de su pretensión de realeza colocando una corona sobre su cabeza y un manto real sobre sus hombros.

19.7 Finalmente la verdad salió a la luz: los líderes religiosos no llevaron a Jesús ante Pilato por causar una rebelión contra Roma, sino porque pensaban que había quebrantado sus leyes religiosas. La blasfemia, uno de los delitos más serios en la Ley judía, merecía la pena de muerte. Acusar a Jesús de blasfemia daría credibilidad a su caso ante los ojos de los judíos; acusar a Jesús de traición daría credibilidad a su caso ante los ojos de los romanos. A ellos les daba igual que Pilato escuchase una acusación u otra, con tal que cooperase con ellos en matar a Jesús.

19.10 Durante el juicio vemos que Jesús fue el que mantuvo el control, no Pilato ni los líderes religiosos. Pilato vaciló, los líderes religiosos reaccionaron movidos por odio y enojo, pero Jesús mantuvo su compostura. Sabía la verdad, conocía el plan de Dios y el motivo de su juicio. A pesar de la presión y la persecución, Jesús permaneció impasible. En realidad eran Pilato y los líderes religiosos los que se estaban juzgando, no Jesús. Cuando a usted lo cuestionen o ridiculicen debido a su fe, recuerde que aunque esté en juicio ante sus acusadores, ellos están en juicio ante Dios.

19.11 Cuando Jesús dijo que el hombre que lo entregó era más culpable que Pilato, no disculpaba a Pilato por reaccionar ante la presión política que se ejercía sobre él. Pilato era responsable de su decisión con respecto a Jesús. Caifás y los otros líderes religiosos eran culpables de un pecado mayor porque premeditaron el homicidio de Jesús.

19.12, 13 Estas palabras obligaron a Pilato a permitir la crucifixión de Jesús. Como gobernador romano de la región, se esperaba que Pilato mantuviera la paz. Debido a que Roma no podía proporcionar tropas numerosas a las regiones distantes, mantenía el control aplastando cualquier rebelión en forma inmediata y con fuerza brutal. Pilato temía que si al César llegaban informes de insurrección en su región le costara el puesto e incluso la vida. Cuando enfrentamos una decisión difícil, podemos tomar el camino más fácil o defender lo que es bueno, sin importar el costo. «Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (Jam_4:17).

19.13 El Enlosado era el lugar contiguo a la Torre Antonia, fortaleza en la esquina noroeste del complejo del templo.

19.15 Los líderes judíos buscaban con desesperación librarse de Jesús al punto que, a pesar de su intenso odio por Roma, gritaban: «No tenemos más rey que César». ¡Qué ironía aparentar alianza con Roma mientras rechazaban su Mesías! Sus palabras los condenaron porque Dios tenía que ser único y verdadero Rey, y ellos abandonaron todo rasgo de lealtad hacia El. Los sacerdotes en realidad perdieron su razón de ser: en lugar de volver a la gente hacia Dios, clamaban apoyar a Roma a fin de dar muerte a su Mesías.

19.17 Este lugar llamado de la «Calavera» o Gólgota era una colina que se hallaba en las afueras de Jerusalén, junto a una vía principal muy transitada. Muchas ejecuciones se realizaban allí de modo que todos lo vieran y sirviera como escarmiento a la gente.

19.18 La crucifixión era una forma romana de castigar. A la víctima sentenciada a este tipo de ejecución la obligaban a llevar su cruz por la vía principal hasta el lugar de la ejecución, como una advertencia a todo observador. Las cruces y los métodos de crucifixión variaban. A Jesús lo clavaron en la cruz, a otros simplemente lo amarraban con sogas. La muerte llegaba por sofocación, debido a que el peso del cuerpo impedía la respiración normal a medida que la víctima perdía energías. La crucifixión era una muerte terriblemente lenta y dolorosa.

19.19 Este letrero intentaba ser irónico. Un rey, desnudado y ejecutado en público, obviamente tenía que haber perdido su reino para siempre. Pero Jesús, que invierte la sabiduría del mundo, iniciaba así su reino. Su muerte y resurrección darían un golpe mortal al gobierno de Satanás y establecería su autoridad eterna sobre la tierra. Muy pocas personas entenderían aquella tarde sombría el verdadero significado de ese letrero, que no hacía otra cosa sino expresar la verdad. No estaba todo perdido. Jesús era el Rey de los judíos, de los gentiles y de todo el universo.

19.20 El título estaba escrito en tres idiomas: arameo para los judíos nativos, latín para las fuerzas de ocupación romanas y griego para los extranjeros y judíos visitantes de otros lugares.

19.23, 24 Los soldados romanos encargados de la crucifixión acostumbraban apropiarse de las vestimentas de los condenados. Se repartieron sus vestidos, pero les costó mucho determinar quién se llevaba su túnica, pieza valiosa de su vestimenta. De esta manera se cumplía la profecía del Psa_22:18.

MARIA MAGDALENA

La falta de mujeres entre los doce discípulos ha incomodado a algunas personas. Pero es obvio que hubo muchas mujeres entre los seguidores de Jesús. También es bueno notar que Jesús no trató a las mujeres como lo hacía su cultura; las trató con dignidad, como personas valiosas.

María de Magdala fue una de los primeros seguidores de Jesús y por cierto merece llamarse discípula. Una mujer enérgica, impulsiva y cariñosa, que no solo viajó con Jesús, sino que también contribuyó a las necesidades del grupo. Presenció la crucifixión y fue a ungir el cuerpo de Jesús la mañana del domingo cuando descubrió la tumba vacía. María fue la primera en ver a Jesús luego de resucitado.

María Magdalena es un ejemplo de corazón ardiente que vivió agradecido. Jesús la liberó milagrosamente cuando echó fuera de ella siete demonios. En todo cuanto se nos dice de ella, notamos su agradecimiento por la libertad que Cristo le concedió. Esa libertad la llevó a estar al pie de la cruz cuando todos los discípulos, excepto Juan, estaban ocultos por temor. Se mantuvo cerca de su Señor. Después de la muerte de Jesús, su intención fue ofrecerle todo el respeto posible. Como todos los seguidores de Jesús, nunca esperó una resurrección corporal, pero se regocijó en gran manera al descubrir que había resucitado.

María no tenía una fe complicada. Fue directa y genuina. Le interesaba más creer y obedecer que comprenderlo todo. Jesús honró su fe casi infantil, concediéndole el privilegio de ser la primera en verlo resucitado y confiándole el primer mensaje de su resurrección.

Puntos fuertes y logros :

— Contribuyó a las necesidades de Jesús y sus discípulos

— Una de las pocas seguidoras fieles que estuvo al pie de la cruz

— Primera en ver al Cristo resucitado

Debilidades y errores :

— Jesús tuvo que echar de ella siete demonios

Lecciones de su vida :

— Los obedientes crecen en entendimiento

— Las mujeres son vitales en el ministerio de Jesús

— Jesús se relaciona con las mujeres de acuerdo a cómo las creó: reflejando de igual a igual la imagen de Dios

Datos generales :

— Dónde: Magdala

— Ocupación: No se nos dice, pero al parecer era adinerada

— Contemporáneos: Jesús, los doce discípulos, María, Marta, Lázaro, la madre de Jesús, María

Versículo clave :

«Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios» (Mar_16:9).

La historia de María Magdalena aparece en Mateo 27-28; Marcos 15-16; Lucas 23-24 y Juan 19-20. También se menciona en Luk_8:2.

Tomás, a menudo recordado como el «incrédulo», merece respeto por su fe. Fue un incrédulo, pero su incredulidad tuvo un propósito: quería saber la verdad. Tomás no se aferró a sus dudas. Creyó de buena gana cuando le dieron razones para hacerlo. Expresó todas sus dudas y esperó la explicación de las mismas. Sus dudas eran solo una forma de reaccionar, no una costumbre.

A pesar de que nuestra visión de Tomás es breve, su carácter se manifiesta con firmeza. Procuró ser fiel a lo que conocía, a pesar de lo que sentía. En un momento, cuando para todos era evidente que la vida de Jesús peligraba, solo Tomás expresó con palabras lo que la mayoría sentía. «Vamos también nosotros, para que muramos con El» (Joh_11:16). No dudó en seguir a Jesús.

No sabemos por qué Tomás estaba ausente la primera vez en que Jesús apareció a los discípulos después de la resurrección, pero fue renuente en aceptar el testimonio de ellos acerca de este hecho. ¡Ni siquiera sus diez amigos lograrían cambiar su forma de pensar!

Podemos dudar sin tener que vivir en incredulidad toda la vida. Las dudas motivan una reconsideración. Su propósito se relaciona más con agudizar la mente que con cambiar de manera de pensar. La duda puede usarse para plantear la pregunta, lograr una respuesta e impulsar a una decisión. Pero la duda nunca debe ser una condición permanente. La duda es un pie en alto, listo para ponerlo delante o detrás. No hay acción hasta que el pie baja.

Cuando titubee, anímese a pensar en Tomás. No se plantó en sus dudas, sino que permitió que Jesús lo encaminara a creer. Anímese pensando en que un sinnúmero de seguidores de Jesús tuvieron problemas con las dudas. Las respuestas que Cristo les dio le pueden ser de gran ayuda. No se detenga en las dudas, siga hasta tomar una decisión y creer. Busque a otro creyente con el que pueda expresar sus vacilaciones. Las dudas silentes rara vez hallan respuestas.

Puntos fuertes y logros :

— Uno de los doce discípulos

— Efusivo en dudas o creencias

— Fue un hombre leal y sincero

Debilidades y errores :

— Junto con los otros, abandonó a Jesús en su arresto

— Rehusó creer las afirmaciones de otros que vieron a Jesús y demandó pruebas

— Manifestó una actitud algo pesimista

Lecciones de su vida :

— Jesús no rechaza las dudas sinceras y dirigidas a creer

— Es mejor creer en voz alta que ser incrédulo en silencio

Datos generales :

— Dónde: Galilea, Judea, Samaria

— Ocupación: Discípulo de Jesús

— Contemporáneos: Jesús, otros discípulos, Herodes, Pilato

Versículos clave :

«Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás le respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío!» (Joh_20:27-28).

La historia de Tomás se narra en los Evangelios. También se menciona en Act_1:13.

19.25-27 Aun mientras agonizaba en la cruz, Jesús seguía ocupándose de su familia. Pidió a Juan que se hiciera cargo de María, su madre. Nuestra familia es un regalo precioso de Dios y debiéramos valorarla y cuidarla bajo todo tipo de circunstancias. Ninguna labor cristiana ni responsabilidad en cualquier trabajo o posición nos exime de la obligación de cuidar de nuestra familia. ¿Qué puede hacer hoy para demostrar amor a su familia?

19.27 Jesús pidió a su amigo cercano Juan, escritor de este Evangelio, que cuidara a su madre, María, cuyo esposo, José, quizás ya había fallecido. ¿Por qué no asignó Jesús esta tarea a sus hermanos? Como hijo mayor, confió su madre a una persona que estaba con El junto a la cruz y esa persona era Juan.

19.29 Esta vasija de vinagre era un vino barato que los soldados romanos bebían mientras esperaban que muriera el crucificado.

19.30 Hasta ese momento, un sistema complicado de sacrificios se ofrecía por los pecados. El pecado separa al hombre de Dios y solo mediante el sacrificio de un animal, un sustituto, la gente podía recibir perdón de su pecado y llegar a obtener limpieza delante de Dios. Pero la gente peca continuamente, de modo que eran necesarios sacrificios frecuentes. Jesús, sin embargo, fue el sacrificio final por el pecado. La palabra consumado es la misma que se traduce «cancelado». Jesús vino a consumar la salvación de Dios (4.34; 17.4), a pagar la deuda total de nuestros pecados. Con su muerte, el complejo sistema sacrificial terminaba porque Jesús cargó con todos nuestros pecados. Ahora podemos acercarnos con libertad a Dios por lo que hizo a nuestro favor. Los que creen en la muerte y resurrección de Jesús pueden vivir por la eternidad con Dios y escapar de la muerte que lleva consigo el pecado.

19.31 Iba en contra de la Ley de Dios exponer el cadáver de una persona toda la noche (Deu_21:23), así como también estaba prohibido trabajar después de la puesta de sol el viernes, cuando el sábado empezaba. Por eso los líderes religiosos querían que en cuanto fuera posible, el cuerpo de Jesús se bajara de la cruz y se le diera sepultura antes de la puesta del sol.

19.31-35 Estos romanos eran soldados experimentados. Sabían por crucifixiones anteriores si un hombre estaba o no muerto. Sin lugar a dudas, Jesús estaba muerto cuando se acercaron para comprobarlo, por eso decidieron no quebrarle las piernas como lo hacían con otras víctimas. Cuando atravesaron su costado y vieron la separación de la sangre y el agua (indicadores de que punzaron la membrana externa cardíaca y el corazón mismo) ratificaron que había fallecido. Algunas personas dicen que en realidad Jesús no murió, sino que se desmayó, y es por eso que «resucitó». Pero tenemos el testimonio imparcial de los soldados romanos de que Jesús en verdad murió en la cruz (véase Mar_15:44-45).

19.32 Los soldados romanos quebraban las piernas de las víctimas para apresurarles la muerte. Cuando una persona cuelga de la cruz, la muerte viene por sofocación, pero la víctima podía elevarse presionando la cruz con sus pies y así continuar respirando. Con las piernas rotas, la sofocación era inmediata.

19.34, 35 Los detalles gráficos de la muerte de Jesús en los relatos de Juan son muy importantes, ya que Juan fue un testigo presencial.

19.36, 37 Jesús murió cuando se disponían a matar a los corderos para la Pascua. Ni un hueso se rompía en los corderos sacrificados (Exo_12:46; Num_9:12). Jesús, el Cordero de Dios, fue el sacrificio perfecto por los pecados del mundo (1Co_5:7).

19.38, 39 Cuatro personas cambiaron en el proceso de la muerte de Jesús. El malhechor, que agonizaba en la cruz próxima a Jesús, pidió que se acordara de él en su reino (Luk_23:39-43). El centurión romano proclamó que Jesús verdaderamente era el Hijo de Dios (Mar_15:39). José y Nicodemo, miembros del concilio judío y seguidores secretos de Jesús (Mar_7:50-52), dejaron de encubrirse. Estos hombres cambiaron más por la muerte de Jesús que por su vida. Descubrieron quién era y ese descubrimiento hizo aflorar en ellos fe, proclamación y acción. Al meditar en Jesús y su muerte, debemos llegar a lo mismo: creer, proclamar y actuar.

19.38-42 José de Arimatea y Nicodemo eran seguidores de Jesús a escondidas. Temían darse a conocer por la posición que ocupaban en la comunidad judía. José era un líder y miembro de honor del Sanedrín. Nicodemo, también era un miembro del concilio, fue a Jesús de noche (3.1) y más tarde intentó defenderlo delante de otros líderes religiosos (7.50-52). Sin embargo, arriesgaron su reputación para dar sepultura a Jesús. ¿Es usted un creyente a escondidas? ¿Se oculta de sus amigos y compañeros de trabajo? Este es el momento de salir de su encierro y proclamar su fe.

19.42 Esta tumba quizás era una cueva que se hallaba en una colina rocosa. Era tan espaciosa que un hombre podía caminar dentro, de manera que José y Nicodemo pusieron el cuerpo de Jesús dentro. Una piedra de gran tamaño se colocó en la entrada.

19.42 Al sepultar a Jesús, Nicodemo y José debieron apurarse para no trabajar en el día de reposo, que empezaba el viernes al atardecer, con la puesta del sol.

Juan 19:1-16

Los versículos que acabamos de transcribir contienen cuatro puntos notables de la pasión de nuestro Señor que solo se encuentran en la relación que hace San Juan.

El primero se refiere a los falsos escrúpulos de conciencia de los perversos enemigos de nuestro Señor. Se nos dice que los judíos que condujeron a Jesús no entraron en el pretorio por no contaminarse, y ser así impedidos de celebrar la pascua. ¡Esa sí que era escrupulosidad! Esos hombres crueles estaban cometiendo el hecho más atroz que jamás haya cometido algún mortal: querían matar a su propio Mesías; y, no obstante, en tales circunstancias hablaban de contaminación y del deber de celebrar la pascua.

La conciencia de los hombres no convertidos es de una naturaleza muy curiosa. En tanto que en ciertos casos se endurece, se paraliza, por decirlo así, hasta que no siente nada, en otros se vuelve nimiamente escrupulosa acerca de las materias religiosas de importancia secundaria. No son raras las personas que observan con exactitud los ritos y ceremonias más insignificantes, en tanto que cometen los más inmundos pecados, y los más detestables actos de inmoralidad. En algunos países los ladrones y los asesinos son muy rígidos acerca de la confesión, la absolución y las oraciones a los santos. a los ayunos y el ascetismo voluntario de la cuaresma muchas veces se siguen los excesos y el libertinaje del Carnaval. Estos son síntomas de una enfermedad espiritual, de un corazón quo abriga algún secreto descontento. Las personas que descuidan sus deberes en unas cosas se esfuerzan en compensar su falta desplegando un celo exagerado en otras. Ese celo sirve de título a su propia sentencia.

Pidamos a Dios que ilumine nuestras conciencias con su Santo Espíritu, y que nos libro de practicar un Cristianismo deformo y bastardo. Una religión que permite al hombre descuidar la santidad de vida, y que lo hace fijar toda su atención en formas, sacramentos, ceremonias y oficios públicos, es, por lo menos, sospechosa. Puede ser que el que la profese manifieste mucho celo y entusiasmo, mas no es sana a los ojos de Dios. Los fariseos pagaban diezmos de la yerbabuena, el eneldo y el comino, y rodeaban la mar y la tierra para hacer un prosélito, en tanto que pasaban por alto lo más grave de la ley, como el juicio, la misericordia y la fe. Mat_23:23. Los mismos judíos que estaban sedientos de la sangre del Salvador, eran los que rehusaban entrar en el pretorio por no contaminarse, y los que se afanaban por celebrar la pascua con todas las formalidades prescritas por la ley. Que su conducta sirva siempre de escarmiento a los cristianos. Poco, muy poco vale la religión que no nos impulsa a exclamar: «Por tanto todos los mandamientos do todas las cosas estimé rectos: todo camino de mentira aborrecí.» Psa_119:128.

El segundo punto que es de notarse se refiere a la aserción que nuestro Señor hizo acerca de su reino. Hela aquí: «Mi reino no m de este mundo.» Estas célebres palabras han sido tantas veces torcidas de su verdadero significado que puede decirse que el esclarecimiento que expresan yace oculto bajo un montón de interpretaciones falsas.

El objeto principal que nuestro Señor se propuso al decir que su reino no era de este mundo fue dar a conocer a Pilato la verdadera naturaleza de su reino, y rectificar cualquiera idea errada que sobre ese particular hubiera recibido de los judíos. Le dio a entender que no había venido al mundo a establecer un reino que estorbase la marcha del gobierno romano; que su objeto no era erigir un poder temporal sostenido por las armas y mantenido por medio de contribuciones; que el único dominio que él poseía era el que ejercía sobre el corazón del hombre, y que las únicas armas que sus súbditos empleaban eran las espirituales; que un reino que no exigía dinero ni se apoyaba en soldados mal podía asustar a los emperadores de Roma.

Mas por otra parte, es preciso no inferir que nuestro Señor quisiese dejar comprender que los reyes de este mundo no tienen nada que hacer con asuntos religiosos, o que deben gobernar con absoluta prescindencia de toda autoridad y de todo precepto divinos. Es bien seguro que él no tuvo en mira semejante cosa. El sabia bien que estaba escrito: «Por mí reinan los reyes,» (Pro_8:15) y que los monarcas tienen tanto deber de servir a Dios en su puesto como los más humildes de sus súbditos. También sabía que la prosperidad de los reinos depende de un todo de la bendición de Dios, y que los reyes están tan obligados a propender por la justicia y la piedad, como a castigar la injusticia y la impiedad. Es un absurdo suponer que nuestro Señor quisiera enseñar a Pilato que un incrédulo puede ser tan buen rey como un cristiano, y un hombre como Gallion tan buen gobernante como David o Salomón.

El tercer punto que es de notarse se refiere a la aserción que nuestro Señor hizo respecto de su misión. Dijo así: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, es á, saber, para dar testimonio a la verdad..

Por supuesto que nuestro Señor no quiso decir que este era el único fin de su misión; es de suponerse que el habló con referencia a los pensamientos que él sabia se estaban cruzando en la mente de Pilato. No había venido a ganar un reino con la espada, ni a reunir defensores y partidarios por medio de la fuerza.

La única espada que había empuñado era la «verdad.» Declarar al hombre caído la verdad acerca de Dios, acerca del pecado, acerca de la necesidad de un Redentor, acerca de la naturaleza de la santidad, he aquí un gran fin de su misión. Ni vaciló en decirle al orgulloso gobernador que el mundo necesitaba de esa misión. A esta circunstancia fue precisamente que aludió San Pablo cuando dijo a Timoteo: «Jesucristo testificó una buena profesión delante de Poncio Pilato.» 1Ti_6:13.

Esa noble conducta debe servirnos de ejemplo. a semejanza de nuestro Señor debemos declarar la verdad de Dios, y ser luz en medio de las tinieblas, poniéndonos de pié ante el mundo para protestar sin temor contra su corrupción y sus vicios. Tal proceder nos acarreará acaso muchas molestias, y aun persecuciones; mas nuestro deber es claro. Si anhelamos nuestra salvación, si queremos satisfacer nuestra conciencia, si deseamos que Jesucristo nos reconozca en el último día, es preciso que seamos testigos de la verdad. Escrito está: «El que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles.» Mar_8:38.

El único punto que debemos observar es el que respecta a la pregunta que Poncio Pilato dirigió a nuestro Señor. Se nos dice que cuando Jesús aludió a la verdad el gobernador romano replicó, «¿Qué cosa es verdad?» No se nos dice qué razón especial tuviera para hacer esa pregunta, ni puede inferirse que aguardara la contestación. Lo más probable es que la hiciera con burla y sarcasmo, como si no creyera que hubiese tal cosa como la verdad. Talvez por haber oído desde su más temprana edad las excéntricas especulaciones de los filósofos griegos y romanos, dudaba de mi misma existencia.

Doloroso como es el decirlo, hay gran número de personas de los países cristianos que se encuentran en el mismo estado mental en que estaba Pilato en aquella hora. Centenares hay, especialmente en las clases altas, que excusan su irreligión con el pretexto de que, a semejanza del gobernador romano, no pueden, discernir qué cosa sea la verdad. Citan las interminables controversias entre los romanistas y protestantes, entre los miembros de la iglesia establecida y los disidentes, y quieren hacer creer que no saben quiénes tengan razón y quiénes no la tengan. Bajo el abrigo de esa disculpa pasan la vida sin profesar decididamente ninguna, religión, y muy a menudo mueren en ese estado de desdicha y desconsuelo.

Mas ¿es cierto realmente que es imposible descubrir la verdad? Do ninguna manera. Dios no deja jamás al sincero y diligente investigador sin luz y sin dirección. Uno do los obstáculos que a muchos impide descubrir la verdad es el orgullo: no le piden a Dios hincados do rodillas que los guíe. Otro obstáculo es la desidia: no se empeñan en escudriñar las Escrituras, Por regla general, los imitadores del miserable Pilato no acatan con afanosa atención la voz de la conciencia. Ojalá que reconocieran cuan ciertas son las siguientes palabras do Salomón: «Si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, si como a tesoros la escudriñares: entonces entenderás el temor do Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios.» Pro_2:3-5. Es imposible seguir ese consejo y no atinar con el camino del cielo.

Juan 19:17-27

Estos versículos presentan un cuadro histórico de grande interés para todos los que profesen ser cristianos. Contiene ese cuadro dos figuras y un grupo, pintados al vivo, que bien merecen un examen detenido.

La primera figura es la de nuestro Señor Jesucristo.

Vernos ahí al Salvador del género humano azotado, coronado de espinas, befado, rechazado por los de su misma nación, condenado por un juez que no halla falta en él, y, por último, entregado a la muerte más dolorosa. Y no obstante, era él el Hijo eterno de Dios, el Ser que había sido adorado por una multitud innumerable de ángeles; era el Ser que había venido al mundo para salvar a los pecadores, y que después de haber vivido treinta años sin cometer falta alguna, pasó los últimos tres de su existencia en la tierra en socorrer a los afligidos y menesterosos, y en predicar el Evangelio. ¡Desde el día que apareció por vez primera, jamás resplandeció el sol sobre una escena más maravillosa! No hay amor terrenal que pueda compararse con el amor de Jesucristo, pues es un amor sin igual, un amor que como dice San Pablo, sobrepuja todo entendimiento. Cuando meditemos sobre la triste historia do la pasión, no olvidemos que Jesucristo sufrió por los pecados de nosotros, el Justo por los injustos; que fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados, y que con sus cardenales fuimos sanados. Isaías 53.

Imitemos escrupulosamente su paciencia en todos los contratiempos y aflicciones que nos sobrevengan, especialmente en los que nos acaezcan a consecuencia de nuestra religión. Recordemos que cuando le maldecían, no tornaba a maldecir, cuando sufría no amenazó a nadie, mas se encomendó a Aquel que juzga con justicia. Imitemos su ejemplo, y procuremos glorificar su nombre con el bien sufrir, así como también con el bien obrar.

El grupo del cuadro se compone de los incrédulos Judíos que estaban a favor de la muerte de nuestro Señor.

Vedlos como rechazan obstinadamente la oferta que Pilato les hace de soltar a nuestro Señor. Vedlos cómo exigen ferozmente su crucifixión, y piden a gritos salvajes su condenación, como un derecho que les es debido; vedlos cómo rehúsan firmemente reconocerlo como Rey, cómo aseveran que César era su soberano y acumulan sobre sus cabezas la mayor parte del crimen atroz. Y esos hombres eran los hijos de Israel, la simiente de Abraham, los que habían recibido las promesas y la ley ceremonial, la institución de los sacrificios y el orden de sacerdotes. ¡Esos eran los hombres que decían que estaban esperando a un Profeta semejante a Moisés, y a un hijo de David que había de fundar un reino y proclamarse Mesías! Un espíritu sensible no puede menos que sentir cierto pavor religioso al considerar las terribles consecuencias que sobrevienen a los que repetidas veces rechazan la luz y los conocimientos que Dios les concede. La ceguedad espiritual es la desgracia más grande que Dios envía al hombre. El que, como Faraón y Ahab, desoye las frecuentes amonestaciones del Altísimo, vendrá al fin a tener un corazón tan duro como el granito y una conciencia cauterizada como un hierro hecho ascua. Tal era el estado de los judíos en la época de que nos ocupamos, los cuales llenaron la copa de su maldad con el acto de escarnecer y menospreciar a Aquel a quien Pilato quería poner en libertad. ¡Plegue a Dios librarnos de semejante obstinación! El peor castigo que la Providencia puede enviarnos acá en la tierra es abandonarnos al mal que existe dentro de nosotros a las tentaciones de Satanás. Y el medio más seguro de atraer sobre nosotros ese castigo es desoír la voz de admonición que en variados acentos se nos dirige. Las siguientes palabras de Salomón son muy solemnes: «Por cuanto llamé y no quisisteis, ext4endí mi mano y no hubo quien escuchase, y desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión: también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis.» Prov. 1.24-26. y no olvidemos que nosotros estamos amenazados por los mismos peligros que habían amenazado a los judíos y que podemos de tal manera llegar a engañarnos, que adoptemos falsas doctrinas y creamos que estamos sirviendo a Dios cuando estamos incurriendo en el pecado.

La tercera figura es la de Poncio Pilato.

Un personaje de elevado rango y posición, un representante de la nación más poderosa de la tierra, un hombre que debía ser el más entusiasta defensor de la equidad y la justicia, en fin, todo un gobernador romano, está suspenso entre dos juicios de una causa en que la verdad es tan clara como la luz meridiana.

Sabiendo de parte de quien está el derecho, se niega a obrar de acuerdo con sus convicciones; diciéndole su conc8iencia que debe poner en libertad al prisionero, teme desagradar a sus acusadores, y sacrifica así la justicia al capricho de los hombres, y sanciona un crimen atroz, y consiente a que se de muerte a una persona inocente. Jamás la naturaleza humana presentó tan triste ejemplo de una degradación. Ningún hombre ha sido jamás con más justicia transmitido por la historia para desprecio de la posteridad, como el que se encuentra incrustado en nuestros credos, el de Poncio Pilato.

¡Qué criaturas tan despreciables son los hombres grandes cuando no están animados de principios elevados y no tienen fe en Dios! El labriego más humilde que posea la gracia divina y tema a Dios es un se más noble a los ojos de su Creador que el gobernante o estadista cuya principal aspiración es agradar al pueblo. Tener como guía una conciencia para la conducta pública y otra para la conducta privada; saber lo que ante los ojos de Dios es bueno, y sin embargo obrar el mal en obsequio de la popularidad, es un proceder que ningún cristiano puede contemplar con aprobación.

Pidamos a la divina Providencia que en el país que nos haya dado por patria no falten nunca magistrados que tengan la rectitud suficiente para concebir ideas sanas, y la enterca necesaria para ajustar sus acciones a esas ideas, sin ceder servilmente a las opiniones de los hombres. Los que temen a Dios más que a los hombres y prefieren agradarle a él más bien que a éstos, son los mejores gobernantes de una nación, y los que a la larga se granjean más el respecto de los gobernados. Magistrados como Pilato son a menudo el azote con que Dios castiga a los pecados de todo un pueblo.

Juan 19:28-37

Quien lea un pasaje como este sin sentir profunda gratitud hacia Jesucristo debe ser muy insensible o muy indiferente. Grande debe de ser el amor de Jesucristo hacia los pecadores cuando se sometió -voluntariamente a tantos sufrimientos a fin de salvarlos; y grande debe de ser la maldad del pecado cuando tantos sufrimientos fueron necesarios para obtener nuestra redención.

Debemos advertir, en primer lugar, cómo nuestro Señor tuvo que llevar la cruz a cuestas desde la ciudad hasta el Gólgota..

Ese acto tuvo su significación. Por una parte, fue una porción de la profunda humillación a que tuvo que someterse nuestro Señor como nuestro sustituto. Á.

los más viles criminales se les obligaba a que llevaran su propia cruz cuando iban a ser ejecutados, y nuestro Señor no fue eximido de ese castigo. Por otra parte, fue el cumplimiento de la grande ofrenda del pecado prescrita en la ley de Moisés. Lev_16:27. Al insistir que los romanos crucificaran a Jesús fuera de los muros de la ciudad, los judíos no llegaron a imaginarse que impensadamente estaban presentando la más grande ofrenda por el pecado que jamás había sido dado a los mortales contemplar. Escrito está: «Por lo cual Jesús también, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta.» Heb_13:12.

Nosotros debemos estar prontos, como nuestro Maestro, a dar un adiós a nuestro sosiego y sufrir las afrentas que él sufrió. Debemos estar prontos a dejar el mundo, y vivir separados de él, aunque nadie imite nuestra conducta y siga nuestros pasos. a semejanza de nuestro Maestro, es menester que nos resignemos a llevar la cruz diariamente y a ser perseguidos por nuestros principios y nuestra conducta. Fácil y hacedero es usar por adorno cruces materiales, y colocarlas en las iglesias o en las tumbas; mas tener grabada en nuestros corazones la cruz de Jesucristo y llevarla ahí todos los dias, crucificar nuestros afectos y nuestra vida misma, de manera que participemos de algún modo en los sufrimientos del Redentor–son actos para los cuales necesitamos de abnegación. Y sin embargo, ese modo moral de llevar la cruz es el único que puede producir bienes al mundo. Lo que en estos tiempos se necesita no es de la cruz que adorna, sino de la que humilla.

Es de advertirse, en segundo lugar, que nuestro Señor fue crucificado como Rey.

La inscripción colocada en la parte superior de la cruz expresaba esto de una manera clara e inequívoca. Cualquier espectador que pudiera leer griego, latín o hebreo no podría menos de percibir que al que pendía de la cruz se le había dado el título de rey. Dios en su omnipotencia arregló de tal manera los acontecimientos que la voluntad de Pilato prevaleció siquiera en un respecto sobre los malignos deseos de los judíos. Á. despecho de los sumos sacerdotes nuestro Señor fue crucificado como Rey de los Judíos.

Había cierta congruencia en que así sucediese. Aun antes de que nuestro Señor hubiera nacido, el ángel Gabriel dijo así a la Virgen María: «Le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente, y de su reino no habrá cabo.» Luk_1:32-33. Casi tan pronto como nació concurrieron a la Palestina unos sabios del Oriente que decían: «¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?» En la semana misma que precedió a la de la crucifixión la muchedumbre que acompañó a nuestro Señor en su entrada triunfal a Jerusalén había dicho: «Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel.» Joh_12:13. La creencia general entre el pueblo judío era que el Mesías, el Hijo de David, había de venir como Rey. Nuestro Señor, por su parte, proclamó durante su ministerio el reino de los cielos, el reino de Dios. Sí era Rey a la verdad, como le dijo a Pilato, mas de un reino enteramente distinto de los de este mundo, aunque no menos real y verdadero. Come Jefe de ese reino había nacido, y había vivido, y había sido crucificado.

Cuidemos de reconocer a Jesucristo como nuestro Rey, como el Rey de nuestros corazones. Tan solo de los que le han obedecido como tal en este mundo, será el Salvador en el último día. Tributémosle con alborozo esa fe, ese amor, esa obediencia que él estima más que el oro. Y sobro todo, no recelemos jamás de declarar que somos súbditos, siervos y discípulos suyos, por mucho que el mundo lo desprecie. Vendrá un día en que el escarnecido Nazareno que fue suspendido de la cruz, tomará en sus manos el poder que le pertenece y pondrá bajo sus plantas a todos sus enemigos. Según predijo Daniel, los reinos terrenales serán derruidos, y el mundo entero formará el reino de Dios y de su Hijo; y al fin toda rodilla se hincará ante él y toda boca confesará que Jesucristo es el Señor.

Debe advertirse, por último, con cuánta ternura pensó nuestro Señor en su madre María.

Aun en medio de su terrible agonía corporal y mental, Jesús no se olvidó de la mujer de quien había nacido, mas se acordó de su estado de desamparo, y del quebranto que debía producirle la luctuosa escena que tenía a la vista. El sabía que, santa como era, no era más que una mujer, y que, como tal, debería sentir profundamente la muerte de su Hijo. Por lo tanto la encomendó a la protección de Juan, su más amado y más amante discípulo. «Mujer,» le dijo, «he ahí tu hijo» Entonces dijo al discípulo: «He ahí tu madre.» «Y desde aquella hora.» agrega el Evangelista, «el discípulo la recibió en su propia casa..

No necesitamos prueba más concluyente que la que nos suministra este pasaje para convencernos de que Dios jamás ordenó que venerásemos como divina a la madre de Jesús, o que le orásemos y confiásemos en ella como patrona de los pecadores. El sentido común nos enseña que, habiendo ella necesitado ajena protección, mal puede ayudar a los hombres a llegar al cielo, o ser bajo respecto alguno mediadora entre Dios y los hombres. Por doloroso que ello sea, no podemos menos que afirmar que de todas las doctrinas de la iglesia de Roma no hay ninguna que carezca tanto de apoyo en la Escritura, o en la razón natural como la de la adoración de María.

Más, prescindamos de estos puntos de controversia, y consideremos un asunto de importancia más práctica. Consolémonos con el pensamiento de que Jesús es un Salvador de sin igual ternura y compasión, y que toma en consideración el estado de los creyentes. No olvidemos jamás estas palabras suyas: «Cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, esto es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.» Mar_3:35. Jesús no se olvida nunca de los que lo aman, y en todo tiempo tiene presentes sus necesidades.

Juan 19:38-42

Este pasaje contiene también alusiones que Mateo, Marcos y Lucas omiten del todo.

Notemos primeramente cuántas fueron las profecías que se cumplieron en la crucifixión de nuestro Señor. De tres, tomadas del éxodo, los Salmos y Zacarías, se hace especial mención; y, como sabe todo lector de la Biblia, a esas podrían agregarse otras. Todas a una prueban lo mismo, a saber: que la muerte de nuestro Señor Jesucristo en el Calvario era un acontecimiento que Dios había previsto y preordenado. Es pues cierto, en el sentido más genuino y elevado que «Jesucristo fue muerto conforme a las Escrituras..

Esas realizaciones de las profecías son pruebas muy vigorosas de que la Biblia es de autoridad divina. Los profetas predijeron no solo la muerte de Jesucristo sino todos sus detalles; y es imposible explicar el cumplimiento de sus pronósticos si no se admite que habían sido inspirados por Dios. Decir que aquello fue obra del acaso, de la suerte o de una coincidencia, es incurrir en un absurdo. Sí, los profetas que predijeron los pormenores de la escena del Gólgota fueron inspirados por aquel Ser que ve todo desde el principio; y los libros que fueron escritos bajo su soberana dirección no deben ser leídos como composiciones humanas, sino como una obra divina. En grandes dificultades se sumen los que se esfuerzan por, negar la inspiración de la Biblia. A la verdad, se necesita más fe (y esa una fe ciega) para ser infiel que para ser cristiano.

Debemos fijar, en seguida, la atención en las palabras sobre manera solemnes que pronunció nuestro Señor cuando estaba para morir. San Juan refiere que habiendo tomado el vinagre exclamó: «¡Consumado está!.

El Espíritu Santo no ha tenido a bien revelarnos cual sea el significado preciso de estas palabras. Son ellas tan profundas que el hombre no alcanza a sondearíais; mas, no obstante, tal vez no se nos tachará de irreverentes si procuramos conjeturar cuales eran los pensamientos que ocupaban la mente del Señor cuando las pronunció. A la consumación, de todos los sufrimientos, conocidos y desconocidos, por los cuales tuvo que pasar como sustituto nuestro; a la consumación de la ley ceremonial que él vino a terminar y a cumplir como sacrificio por el pecado; a la consumación de muchas profecías que vino a realizar; a la consumación de la obra de la redención que ya estaba cercana: he aquí a lo que sin duda se refirió nuestro Señor con la expresión: «Consumado está.» Acaso se refirió a algunos hechos más, empero, el comentador debe proceder con cautela cuando se trata do un momento tan crítico y tan misterioso como aquel.

Á todo trance, una idea consoladora surge de esas palabras: nuestras esperanzas estriban en una obra consumada, si confiamos en la de nuestro Señor Jesucristo, no tenemos porqué temer que el pecado, o Satanás, o la ley nos condenen en el último día, pues nuestro Salvador ha ejecutado y cumplido todo lo que era necesario para nuestra salvación. En lugar de sobrecogernos de pavor podemos lanzar el reto del apóstol: «¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió: antes el que también resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros.» Rom_8:34.

Debemos observar, por último, que la muerte da Jesús fue real y verdadera. Cuéntasenos que uno de los soldados le hirió el costado con una lanza, y que luego salieron sangre y agua. Insignificante como a primera vista parece esta circunstancia, ella demuestra que es bien probable que le atravesaran el corazón a nuestro Señor, y que así se cercioraran que su vida se había extinguido, no fue que se desmayó o que se quedó sin sentido meramente, como han pretendido algunos: fue que le dejó de latir el corazón y murió efectivamente. Grande es, a la verdad, la importancia de ese hecho, pues bien se comprende que sin haber ocurrido una muerte real, no podía haber habido verdadero sacrificio ni verdadera resurrección; y que sin verdadero sacrificio ni verdadera resurrección todo el edificio del Cristianismo seria como la casa edificada sobre la arena movediza. Muy poco se imaginó el feroz soldado al introducir su lanza en el costado de nuestro Señor, que ese acto redundaría en provecho de nuestra santa religión.

No es de dudarse que la sangre y agua de que se hace mención en este pasaje tengan un significado profundamente místico. San Juan mismo parece aludir a ellas en su primera Epístola cuando dice: «Este es Jesucristo que vino por sangre y agua.» La iglesia en todos tiempos parece haber convenido en que son emblemas de cosas espirituales, más respecto de qué es lo que representan las opiniones han sido muy diversas, y quizá jamás habrá un acuerdo completo hasta que el Señor venga.

Más, cualquiera que sea nuestra opinión en el asunto, esforcémonos para ser lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. Rev_7:14. Poco importará en el último día que hayamos tenido opiniones elevadas acerca de tales materias, si no nos hubiéremos acercado a Jesucristo por medio de la fe, ni hubiéremos tenido comunión con él. La fe en Jesucristo es lo esencial. «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene vida.» 1Jo_5:12.

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